La Quinta Columna
Segunda parte: Los enlaces
SEGUNDA PARTE
LOS ENLACES
Capítulo 4
Los primeros correos humanos
Atravesaban a diario las líneas enemigas, se disfrazaban de milicianos para
pasar desapercibidos y llevaban consigo mensajes cifrados sin que nadie
sospechara de ellos. Así actuaban los enlaces de Franco que penetraban de
manera clandestina en la retaguardia republicana para contactar con los
primeros grupos de la Quinta Columna. No empezarían a operar de una
manera efectiva hasta la primavera de 1937 pero, desde entonces, sus visitas a
Madrid se prolongarían hasta el final de la guerra. Eran, por lo general,
jóvenes con espíritu aventurero, que se habían evadido de territorio
«enemigo» y que estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por unos ideales. Su
líder indiscutible fue el comandante de Caballería Francisco Bonel Huici, jefe
del espionaje de los sublevados en el frente de Madrid.
Uno de los primeros enlaces que tuvo el servicio de información de los
sublevados se llamaba Juan María Bartolí Bella, tenía veintidós años y
estudiaba Derecho antes de la guerra. Hijo de un importante contratista de
obras de Reus (Tarragona), sentía un gran recelo hacia el Frente Popular,
porque el despacho de su padre había sido atacado varias veces tras las
elecciones de 1936. Esto le llevó a afiliarse a la Falange unos meses antes de
la sublevación, aunque esta le sorprendería en Madrid mientras hacía el
servicio militar. A diferencia de otras unidades militares, la suya no se levantó
en armas contra la República el 18 de julio, por lo que no pudo participar en
los primeros combates.
Una vez aplastado el alzamiento en la capital, Juanito, como le conocían
sus amigos, tomó la decisión de no regresar más al cuartel donde estaba
cumpliendo sus obligaciones militares. Pensaba que le enviarían al frente para
combatir a los sublevados, por lo que optó por permanecer «sin hacer nada»
en la pensión en la que residía, en plena Puerta del Sol. Pensaba que la guerra
duraría unas pocas semanas y que todo regresaría a la calma en poco tiempo.
A medida que pasaban los meses, Bartolí empezó a tener problemas
económicos. El negocio de su padre había sido requisado y sus cuentas
embargadas por la República. Casi de golpe, dejó de percibir la paga mensual
que solía enviarle su progenitor desde Reus, por lo que tuvo que empezar a trabajar como dependiente de comercio a finales de octubre de 1936. Pero
unas semanas después, su vida dio un giro radical.
A mediados de noviembre de 1936, la policía le detuvo acusándole de
«desertor» por no haberse presentado en su unidad tras la sublevación del 18
de julio. Fue trasladado a la cárcel de San Antón, donde permaneció más de
un mes incomunicado hasta pasar a disposición del Tribunal Popular de
Urgencia número 4 de Madrid. Durante el juicio, Bartolí negó pertenecer a
Falange y también desmintió haber cursado los estudios de Derecho en la
Universidad Central. El joven catalán no quería que los policías pudieran
encontrar pruebas incriminatorias contra él en los ambientes universitarios, ya
que fue allí donde había empezado a coquetear con el partido de José Antonio
en 1935.
Infiltrados en la CNT
El juicio contra Bartolí se celebró el 14 de diciembre de 1936 y el tribunal
terminó absolviéndole por falta de pruebas. Una vez en libertad se puso en
contacto con un amigo falangista, Manuel Manzano Monís, que se había
afiliado a la CNT para pasar desapercibido en la retaguardia republicana. Le
recomendó que él también se afiliara y le presentó al secretario general del
Sindicato de Enseñanza, Juan Tebar Carrasco que, pese a ocupar un puesto de
responsabilidad, simpatizaba con los sublevados. Desde su puesto, Tebar
había conseguido ayudar a muchos derechistas que se encontraban
perseguidos, por lo que decidió también echar una mano a Bartolí. Ambos
hicieron amistad desde el principio. El catalán se enteró muy pronto de que
Tebar, el falso anarcosindicalista, era en realidad un licenciado en Filosofía y
Letras que antes de la guerra pertenecía al Cuerpo Pericial de Aduanas y
compaginaba su empleo con el de profesor en el Instituto Samper, una
academia que preparaba oposiciones. Tras la proclamación de la Segunda
República, Tebar se aproximó a algunos partidos de izquierdas, pero a medida
que pasaban los años se posicionó cerca de Falange. Solía participar en las
tertulias que José Antonio organizaba en el Café Europeo, y entre sus amigos
íntimos se encontraban los falangistas —y escritores—, José María Alfaro y
Alfredo Marqueríe.
A mediados de 1937, Tebar empezó a tener problemas con la justicia por
unos artículos aparecidos contra él en la prensa. El periódico Ahora,
perteneciente a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), le acusaba
directamente de «fascista» por haber permitido afiliarse al Sindicato de Enseñanza a varios sacerdotes y personas de derechas. Una de estas personas
a las que había ayudado fue Manuel Hernández, quien antes de la guerra
había militado en Acción Popular y Falange, pero que al estallar el conflicto
se infiltró como delineante en la Brigada Stajanov. La policía descubrió que
había practicado sabotajes en su unidad tras modificar de manera voluntaria
los planos que pasaban por sus manos. Fue detenido y acusado de «espionaje
y alta traición», y entre sus pertenencias, los agentes descubrieron un carné
del Sindicato de Enseñanza de la CNT. Tras ser interrogado, el chico confesó
que dentro del sindicato había varios derechistas infiltrados, entre ellos su
secretario general.
Antes de ser acusado formalmente de derechista, Tebar elaboró un plan
para salir de la España republicana lo antes posible. Contó con la ayuda de
Bartolí, que también deseaba escapar de Madrid para combatir al lado de los
nacionales en el frente. Mientras la policía ultimaba una «limpieza» dentro
del Sindicato de Enseñanza, los dos emboscados prepararon su fuga con
precisión milimétrica. En ella también iban a ser evacuadas otras veinte
personas, entre las que estaba Juan Tebar Alemany, el padre del falso
sindicalista, que pertenecía a Izquierda Republicana.
La gran evasión
Tebar y Bartolí utilizarían para escapar un camión de la CNT y un coche del
Sindicato de Enseñanza en el que pintaron las siglas de la formación. Dos
motoristas escoltarían el convoy y portarían los salvoconductos necesarios
para abandonar Madrid sin ser molestados por las patrullas de milicianos. La
expedición partió la tarde del 19 de mayo de 1937. La lista de fugados
ascendía a veintiséis personas, entre las que se encontraba otro personaje, que,
pasados unos meses, tendría cierto protagonismo dentro del espionaje
sublevado. Se trataba de Carlos Bareño Escalante, un estudiante asturiano de
Físicas que había mantenido contacto con un teniente de Intendencia que
llevaba meses intentando organizar la Quinta Columna dentro de Madrid.
Tanto Tebar como Bartolí se dieron cuenta de que Bareño podría resultar una
persona de gran utilidad para los servicios de información de los suvlevados
por sus vínculos con los grupos clandestinos que ya se estaban gestando en la
retaguardia.
El convoy de la CNT con los evadidos llegó por la tarde hasta Fontanarejo
de los Montes, un pequeño pueblo de Ciudad Real próximo a las posiciones
de los sublevados. En ese lugar les esperaban cuatro jóvenes de la localidad, conocidos de Tebar, que también pretendían «pasarse» a la España sublevada
por el frente de Toledo. Los cuatro hicieron de guías por el monte y en plena
noche trasladaron a los huidos hasta las inmediaciones del Tajo. Allí pudieron
adentrarse en la fábrica de electricidad de Los Ciscarros, donde hacía guardia
una patrulla avanzada de los sublevados, formada por guardias civiles y
falangistas. Los evadidos se presentaron ante ellos con los brazos en alto y el
grito de «nos pasamos». Les entregaron las pocas armas que llevaban, varias
pistolas y un fusil, y algunos billetes del Banco de España sin estampillar.
Los evadidos fueron interrogados por el oficial de la Guardia Civil que
estaba al mando de la posición y trasladados a la mañana siguiente hasta
Calera y Chozas (Toledo), donde volvieron a prestar declaración ante el
comandante de puesto de la Benemérita. Hemos tenido acceso a las
manifestaciones que hizo Bartolí, en las que explicaba algunos datos
generales sobre la situación en la retaguardia republicana. Dijo que la
organización que ofrecía «más garantías» para circular libremente por Madrid
era el Partido Comunista. También señaló que el Sindicato de Enseñanza de la
CNT, al que pertenecía, «contaba con unos 2.000 afiliados, siendo unos 1.500
de derechas».
Tras sus declaraciones, los huidos fueron llevados a Talavera para ser
entrevistados por el comandante militar de la plaza, que decidió su
internamiento en un campo de concentración de evadidos y prisioneros. Casi
todos estuvieron recluidos unos pocos días hasta que la Comisión
Clasificadora de Pasados y Prisioneros decretó su libertad.
Indagaciones en Madrid
Mientras tanto en Madrid se había producido una operación de limpieza a
gran escala en el Sindicato de Enseñanza de la CNT al comprobar la huida de
su secretario general. Un gran número de afiliados fueron detenidos y puestos
a disposición judicial por «desafección al régimen». Hemos recuperado un
fragmento del interrogatorio al que fue sometido Luis Xarríe Martínez, un
joven de diecinueve años que figuraba entre los arrestados por la policía:
A su llegada a Madrid, en octubre de 1935, por la amistad de su padre con Juan Tebar Carrasco por pertenecer ambos al Cuerpo Pericial de Aduanas y precisando el diciente a alguna Agrupación Sindical, se afilió a la CNT, Sindicato de Enseñanza, sección de Estudiantes. Se afilió por la facilidad que le fue dada por el citado Juan Tebar Carrasco, entonces Secretario de Segunda Enseñanza de dicho sindicato. Preguntado sobre su opinión acerca de la ideología política del citado Tebar y tras
unas digresiones en las que el diciente no se manifiesta con claridad, termina diciendo que va a manifestar con toda certeza lo que piensa.
Como se puede apreciar en estas declaraciones, Tebar ya formaba parte de
la CNT un año antes de que estallara la Guerra Civil. Por aquel entonces
debía tener cierto peso dentro del sindicato, ya que «facilitaba» la infiltración
a amigos y familiares que se sentían perseguidos por las autoridades. Sigamos
leyendo las declaraciones de Luis Xarríe:
Juan Tebar Carrasco es un hombre que le ha producido siempre admiración por su sapiencia, puesto que domina varias lenguas muertas y es un hombre docto en literatura, historia y filosofía. Que sabe positivamente que a su alrededor y como miembros del sindicato estaban constantemente dos individuos llamados Juan Bartolí Bella y José María Patxot Ortiz, de los que con certeza absoluta sabe que eran fascistas. Que por su parte manifiesta que dada su formación intelectual se considera apolítico y que únicamente le preocupa ver a las personas perseguidas. A causa de esto, lo mismo encubriría, o mejor dicho no delatará, a cualquiera que fuera fascista, lo mismo que haría en su caso con cualquier izquierdista. Que por esta causa, conociendo que Bartolí y Patxot eran fascistas, no manifestó a Tebar ni a ningún miembro del sindicato de la CNT su convencimiento respeto a los citados individuos a quienes conocía como tales por declaración de ellos mismos. De Tebar tenía la impresión de que era un antifascista tibio y que le creía un hombre de circunstancias.
Las palabras de Xarríe también vincularon a Tebar con María, una joven
madrileña hermana de Carmen Cabezuelo, jefa de Falange de El Escorial que
desapareció sin dejar rastro en 1937. Según el relato de Xarríe, fue María
Cabezuelo quien le informó de la evasión de Tebar a la España de Franco:
Que habiendo hablado con María Cabezuelo de la marcha a Valencia de Tebar, esta le dijo confidencialmente que donde se había ido era al campo faccioso habiendo pasado por el sector del Jarama. Y que no solamente sabía esto, sino que también sabía que había llegado con seguridad absoluta, pues oyendo la radio había oído las contraseñas, las cuales decían en estas palabras o muy parecidas: «LEONES ROJOS LLEGAMOS CON SEGURIDAD. NO REPETIR EL CAMINO».
Xarríe no creyó las palabras de María Cabezuelo en un primer momento.
Por eso decidió desplazarse hasta la vivienda de Tebar en la calle teniente
Castilla (hoy, Augusto Figueroa) para charlar con él unos minutos. Pero en la
puerta se encontró con un hombre de uniforme con una actitud bastante
sospechosa:
Cuando el compareciente llegó a la calle del teniente Castillo, en la acera de enfrente se encontraba un individuo cuyas señas son: mediana estatura, moreno, enjuto, de pelo castaño, vestido con una canadiense de color marrón oscura, ostentando en el pecho una escarapela con los colores republicanos y sobre ella una estrella de cinco puntas roja, característica de los que prestan servicio en el Ministerio de la Guerra. Le dijo que Tebar no estaba en Madrid, que se había ido a Valencia a gestionar el
asunto de su cesantía (Cuerpo de Aduanas) y que en la casa no había nadie, instándole repetidamente para que se marchara. El compareciente preguntó a dicho individuo cuándo volvería Tebar respondiéndole que le esperaba el viernes anterior y que no sabía cuándo volvería. Por las gestiones que ha hecho en el sindicato ha llegado al convencimiento de que las noticias de María Cabezuelo eran ciertas.
Unos días después de la huida de Tebar a la zona de los sublevados, la
policía registró su domicilio con la intención de encontrar pruebas que le
incriminaran como espía al servicio de Franco. De ese registro solo hemos
conocido que los agentes localizaron un potente aparato de radio que permitía
sintonizar las emisoras franquistas.
Reclutados por Bonel Huici
Regresemos de nuevo hasta Talavera, donde habíamos dejado a los miembros
de la expedición de evadidos. Tras abandonar el campo de concentración
donde estaban recluidos, la mayoría de los fugados en edad militar fueron
llamados a filas por el Ejército de los sublevados. Antes de acudir a la caja de
reclutas de Toledo, Bartolí, Tebar y el joven asturiano Bareño fueron
convocados a una reunión secreta en la Torre de Esteban Hambrán (Toledo).
El convocante era el comandante Bonel Huici, jefe de los Servicios
Especiales de la 14.ª División, el embrión de lo que más adelante sería el
Servicio de Información y Policía Militar (SIPM). Este oficial, que se había
convertido en el máximo responsable del espionaje franquista en el frente de
Madrid, quería hacerles una proposición de lo más arriesgada. Teniendo en
cuenta la manera en la que se habían evadido de Madrid, propuso a Bartolí y
Bareño convertirse en agentes secretos y formar parte de la «sección de
enlaces» que estaba poniendo en marcha. A Tebar, sin embargo, prefirió
mantenerlo al margen porque su rostro era «muy conocido» en la retaguardia
republicana.
Los dos jóvenes escucharon con atención la propuesta del comandante.
Deberían atravesar las líneas enemigas por el Tajo y llegar a Madrid por sus
propios medios para contactar con grupos quintacolumnistas. Una vez en la
capital, tendrían que localizar a los jefes de estas organizaciones y entregarles
«en mano» las órdenes del espionaje de los sublevados. También deberían
recoger los datos sobre el enemigo que habían recopilado los emboscados y
trasladarlos a la otra zona por el mismo conducto que habían utilizado para
salir.
Bonel Huici les explicó que había decidido reclutarles porque ambos
(Bartolí y Bareño) tenían un profundo conocimiento de la retaguardia
republicana, puesto que habían vivido en el «Madrid Rojo». También les dijo
que confiaba en su capacidad de adaptación al territorio enemigo, en el amor
que profesaban hacia España y en su fuerte sentimiento religioso. Aunque con
dudas iniciales, los dos jóvenes aceptaron la propuesta sin ser demasiado
conscientes de los riesgos que podría entrañar su nuevo cometido.
Oficialmente fueron nombrados «soldados voluntarios» del Batallón de
Toledo, aunque nunca quedaron encuadrados en esta unidad militar. Su
nombramiento fue un hecho puramente burocrático, ya que a partir de ese
instante trabajarían directamente para los Servicios Especiales como «enlaces
con la retaguardia enemiga».
La primera misión de Bareño
Los dos nuevos espías apenas tuvieron tiempo para formarse como agentes
secretos. Bonel encomendó a Bareño su primera misión como enlace justo un
mes después de haberse pasado a zona nacional. El 19 de junio tendría que
atravesar las líneas enemigas y llegar a Madrid para contactar con Antonio
Rodríguez Aguado, el militar al que conocía desde antes de evadirse. Bareño
debería reunirse con él y entregarle unas cartas de Bonel, ya que estaba
intentando crear una red clandestina en la retaguardia madrileña junto a varios
oficiales del cuerpo de Intendencia. También le facilitaría varios grupos de
claves para descifrar mensajes secretos que debería escuchar a través de
Radio Salamanca.
Días antes de su marcha, el asturiano estuvo en varias posiciones
avanzadas de primera línea del frente junto al Tajo. Tenía que familiarizarse
con el terreno para adentrarse poco tiempo después en territorio republicano.
Permaneció una semana en los puestos de Añover y los Ciscarros hasta que,
vestido con un mono azul, se internó en territorio enemigo a través del río.
Solo un día después de atravesar las líneas republicanas, Bareño llegó a
Madrid para entrevistarse con Rodríguez Aguado en su vivienda del barrio de
Salamanca. Como veremos en el siguiente bloque, allí le entregó las cartas
que había escrito Bonel con instrucciones para su organización. El
quintacolumnista recibió de buen grado las órdenes y le facilitó al enlace
franquista varios croquis y documentos con información militar para que la
trasladase a la otra zona.
En la capital permaneció ocho días. Tras contactar con otras
organizaciones de la Quinta Columna, por fin regresó a territorio nacional sin
sobresaltos, por el mismo lugar por el que se había evadido en el mes de
mayo. Su primera misión como enlace del espionaje de Franco había sido un
éxito.
El debut de Bartolí
Bartolí tardó unas semanas más en realizar su primera misión en Madrid. El
13 de julio de 1937 penetró en la retaguardia republicana por la misma ruta
que Bareño había utilizado semanas atrás. Es posible que su marcha a
territorio enemigo se precipitara por la ofensiva republicana en Brunete. En la
capital se reunió con dos miembros de la Quinta Columna en el Café
Europeo, situado en plena glorieta de Bilbao. A ellos les facilitó las nuevas
indicaciones de Bonel en las que solicitaba, con carácter urgente, datos
precisos sobre el ataque del Ejército Popular en Brunete. También les pedía
que intentaran captar a alguno de los oficiales del estado mayor del Ejército
del Centro para que actuara como agente doble del espionaje de los
sublevados.
A los tres días, Bartolí regresó a Toledo con toda la información que había
recopilado de los quintacolumnistas madrileños. En la retaguardia nacional
estuvo poco tiempo, ya que el 5 de agosto volvió a cruzar el Tajo para
retornar a la capital, donde permaneció poco más de una semana. En esta
ocasión se reunió con dos oficiales del Ejército del Centro que se encontraban
muy próximos a los generales Vicente Rojo y José Miaja y que colaboraban
con la Quinta Columna. Aunque la ofensiva de Brunete ya había terminado,
ambos militares le entregaron un superponible al 1:50.000 con la ubicación
exacta de las fuerzas republicanas en la zona de Villanueva de la Cañada y
Quijorna. También le dieron otro mapa a gran escala con las «unidades
fascistas que los rojos creían tener identificadas en el frente», así como otros
documentos de interés sobre las bajas (muertos y heridos) que había sufrido la
República durante la batalla.
Ocultó todos esos papeles en una mochila e intentó regresar a territorio
franquista. No pudo conseguirlo. Cuando estaba aproximándose al Tajo, se
percató de que la zona estaba fuertemente vigilada, por lo que tuvo que
regresar a Madrid y pedir ayuda a uno de los oficiales que le había entregado
los mapas sobre Brunete. Lo primero que hizo este militar —llamado José
López Palazón— fue ocultar los documentos en un pozo sin agua del cuartel en el que estaba destinado. Después le entregó un uniforme a Bartolí para que
se hiciera pasar por un soldado más de la guarnición. Allí permaneció una
semana hasta que otro quintacolumnista le facilitó un salvoconducto del
Ejército del Centro que le permitía circular por el frente del Tajo con total
libertad. De esta manera se podría mover libremente por las inmediaciones
del río hasta encontrar el «paso» más seguro para volver con los documentos
que le habían entregado. Con una semana de retraso, Bartolí conseguiría
regresar a casa sano y salvo.
Tebar, a la caza de masones
Mientras los dos enlaces se adentraban en territorio republicano, Juan Tebar
también se puso a las órdenes de los Servicios Especiales. Fue nombrado
«agente de campo» en zona nacional y su principal cometido consistió en
localizar masones en el interior de la retaguardia sublevada. El funcionario de
Aduanas tenía un amplio conocimiento de la masonería, puesto que su padre
había sido un masón reconocido en Madrid, y había tratado, sin éxito, de
introducirle en ese misterioso mundo. Bonel le encargó que investigara en
Toledo los vínculos de algunas personalidades con determinadas
hermandades secretas, y por lo que parece, sus investigaciones levantaron
ampollas entre las altas esferas. Debido a las presiones recibidas, el jefe de los
espías tuvo que destituirle y nombrarle secretario del Centro Nacional
Sindicalista de Toledo, cargo en el que solo permaneció unos meses. También
fue destituido por mantener vínculos con falangistas contrarios al Decreto de
Unificación. La policía le acusó, sin pruebas concluyentes, de ser un «posible
agente al servicio de Francia», por lo que cayó en desgracia hasta el final de
la guerra.
Una etapa nueva
Después de realizar sus visitas a Madrid, tanto Bareño como Bartolí
comunicaron a Bonel que querían hacer la guerra de otra manera. Al tener
ambos estudios universitarios, le comunicaron que pretendían hacer el curso
de alféreces provisionales para combatir a los republicanos en el frente. El
jefe de los espías franquistas no opuso impedimento y les dejó marchar sin
demasiados problemas. Sabía perfectamente los riesgos que corrían sus
enlaces cuando se internaban en territorio enemigo. Los dos superaron el curso y, el 19 de septiembre de 1937, fueron destinados como alféreces
provisionales de Infantería. Bartolí fue enviado con la 2.º Bandera de la
Falange de Castilla, en las posiciones franquistas de Somosierra. Más
adelante combatiría en Lérida, Extremadura y Córdoba, donde permanecía en
abril de 1939.
Por su parte, Bareño fue enviado al Regimiento de Infantería de San
Quintín n.º 25, una compañía que combatía en el frente de Lozoya
(Guadarrama). Según consta en su hoja de servicios, participó en la ocupación
de varias posiciones republicanas de alta montaña como El Puerto y El
Nevero. Después formó parte del Cuerpo del Ejército de Castilla y
permaneció seis meses en Medianía (Zaragoza), al frente de una compañía de
ametralladoras y morteros. En marzo de 1938 estuvo a punto de morir tras
despeñarse por un barranco mientras buscaba un emplazamiento para su
unidad. Tras pasar dos meses en los hospitales de Hijar y San Sebastián, se
incorporó voluntariamente al 10.º Tabor de Regulares n.º 4 de Larache,
participando en los avances franquistas en pueblos como Aldehuela y Cubla.
El 18 de septiembre de este año, Bareño y sus hombres sufrieron lo
indecible en Sarrión (Teruel). Los republicanos lanzaron una gran ofensiva
con la intención de recuperar dos posiciones estratégicas que estaban
defendidas por el asturiano y sus hombres. Según consta en su hoja de
servicios, el ataque fue especialmente duro en la posición Cónico donde se
encontraba Bareño: «La sección mandada por este oficial opuso siempre tenaz
resistencia a pesar de ser diezmada hasta quedar solamente con tres sargentos,
cinco cabos y nueve soldados, siendo envuelta y rebasada en dos ocasiones».
Tras sobrevivir a aquella dura batalla, Bareño continuó prestando servicios en
Teruel, donde estaba cuando terminó la guerra.
Tras la Guerra Civil
Carlos Bareño
A los pocos días de terminar la guerra, la unidad de Bareño prestó servicios
de vigilancia de prisioneros republicanos en la plaza de Toros de Utiel
(Valencia). Después le mandaron hasta Rocafort (Valencia), donde fue
nombrado instructor para la preparación del desfile de la victoria que tuvo
lugar en Valencia el 2 de mayo. Ocho días después se embarcó con su tabor
rumbo a Ceuta, para llegar el día 14 a Alcazarquivir. Permaneció durante los meses de junio y julio en el campamento de Teffer, donde le notificaron que
le habían concedido las siguientes medallas por su papel en la guerra: Medalla
de Campaña con distintivo negro, Cruz Roja del Mérito Militar y una Cruz de
Guerra.
En octubre de 1939 fue destinado a la plana mayor del tabor y se encargó
de reorganizar el gabinete de cartografía. Tomó el mando de la sección de
enlace y transmisión, así como de la sección de información y del grupo de
escolta. En 1940 se incorporó al Regimiento de Artillería n.º 49 de Ceuta,
aunque solo por unos meses. Este mismo año comenzó sus estudios en la
Academia Militar de Segovia y contrajo matrimonio con Sofía Guillermina
López, con la que tuvo nueve hijos.
En 1940 tuvo que participar como testigo en el proceso de depuración de
su hermana Margarita Daisy, que era maestra nacional al empezar la guerra.
Margarita fue acusada de ser izquierdista tanto por la Guardia Civil como por
la Falange de Carabanchel Bajo. Decían que había realizado manifestaciones
contrarias a Franco y que solía vestir durante la guerra con el gorro de
miliciana. También aseguraban que fue «ascendida por los rojos a inspectora
de las escuelas de la provincia de Madrid y nombrada directora del colegio
Santa Cruz, una vez que las monjas fueron expulsadas del mismo».
En el proceso contra su hermana, Bareño declaró que Margarita no podía
tener ideas izquierdistas, ya que fue componente de la Quinta Columna.
Según la revista Muesca, declaró a su favor Francisco Bonel Huici, ex jefe de
Carlos Bareño en los Servicios Especiales, quien confirmó que Margarita
había realizado tareas quintacolumnistas en la retaguardia republicana. En los
fondos de la Asociación Nueva Andadura hemos contrastado este hecho
gracias a un certificado en el que figura como miembro de la organización
femenina Auxilio Azul. Finalmente fue depurada en 1942 y pudo seguir
ejerciendo como maestra con cierta normalidad.
Por lo demás, Bareño hizo carrera dentro del Ejército. Llegó a ser general
de brigada de Artillería en septiembre de 1977 y dedicó gran parte de su
trayectoria a la enseñanza castrense. Murió en Madrid el 13 de septiembre de
1994 a los setenta y seis años.
Juan María Bartolí Bella
Terminada la guerra se incorporó a la escolta personal de Franco en El Pardo
hasta que se enroló en la División Azul y fue destinado a la 2.ª Compañía de
Antitanques. Murió el 13 de diciembre de 1941 a los veintisiete años en el hospital de Riga y está enterrado en el cementerio de Porchow. Según consta
en el foro de Internet Memoria Blau, el escritor Dionisio Ridruejo incluyó en
su libro Cuadernos de Rusia más detalles sobre su muerte:
Al pobre Bartolí no podré olvidarle. Recuerdo su expresión cuando subió a Possad. Estaba enfermo y más pesimista que de costumbre. Vestía un abrigo blanco de piel y llevaba al aire la cabeza. Cuando pasó herido por el puesto, sabía que llevaba la muerte sobre sí —un tiro en la médula— y se mostraba valiente, sin disgusto grave de terminar... El tiro en la médula ha convertido en un cadáver toda la parte inferior de su cuerpo. Sufre mucho y a veces desea morir. Sus ojos expresan una infinita tristeza, pero es muy valiente y resignado.
Lo último que sabemos de Bartolí es que en 1996 sus amigos publicaron
en La Vanguardia una esquela en su memoria, recordando que había muerto
muchos años atrás mientras combatía a los soviéticos durante la Segunda
Guerra Mundial. Hemos contactado con uno de los pocos descendientes vivos
que todavía le quedan al divisionario, un sobrino ya mayor que reside en
Barcelona. Los recuerdos de su tío son escasos, aunque todavía permanece en
su mente el sufrimiento que padeció su abuelo, el padre de Bartolí, cuando se
enteró de la muerte de su hijo en Rusia. «Nunca más volvió a ser el mismo, y
en la familia estaba prohibido hablar del tío Juanito», dice su descendiente.
Juan Tebar Carrasco
En abril de 1939 Juan Tebar regresó a Madrid y se instaló en una vivienda
situada en la calle Alcántara. Luego fue destinado como agente de Aduanas
en el paso fronterizo de Canfranc (Huesca). Mientras se reincorporaba al
servicio activo, tuvo que someterse a un intenso proceso de depuración por
parte del Juzgado de Instrucción de Funcionarios de Aduanas. Este juzgado
emitió inicialmente un informe desfavorable contra Tebar, basándose en
varias acusaciones que había en su contra, procedentes de Valcarlos, un
pueblecito navarro en el que había estado destinado durante los años treinta.
Las acusaciones procedían del puesto de la Guardia Civil y de la
comisaría de policía de esta localidad. Los agentes decían que el funcionario
había «fundado un partido político de izquierdas» y, más adelante, había
puesto en marcha una «sección de la CNT, que dependía de Pamplona». Le
tildaban de «ateo», de «practicante del espiritismo» y de ostentar símbolos
masónicos. El cura del pueblo llegó a declarar que, en una ocasión, le mostró
una insignia de esta hermandad secreta con intención de «provocarle». En
otro informe policial la acusación fue más contundente y los agentes denunciantes aseguraban de manera abierta que era «masón» y que pertenecía
a la logia de Irún. La Falange de Valcarlos se mostró menos tajante en su
escrito, pero advertía que a Tebar le «gustaba el juego» y que viajaba con
frecuencia a San Juan de Luz.
Estas imputaciones hicieron que el Tribunal para la Represión de la
Masonería y el Comunismo abriera en 1942 una investigación para intentar
localizar los antecedentes masónicos de Tebar. Como es lógico, fue
interrogado por el tribunal, y en su declaración desmintió rotundamente su
vinculación con la masonería. También rechazó haber formado parte de un
partido izquierdista y aseguró que todas estas acusaciones procedentes de
Valcarlos tenían su origen en viejas rencillas con el maestro y el médico del
pueblo. En relación con la CNT, dijo que nunca antes de 1936 había tenido
contactos con los anarcosindicalistas y que había pertenecido a Falange desde
antes de la sublevación.
En su proceso de depuración como funcionario de Aduanas, Tebar contó
con un gran número de declaraciones a su favor, pero también en su contra.
La Guardia Civil y la policía de Irún, donde estuvo destinado entre 1927 y
1931, dijeron de él que tenía «buena conducta», aunque con tendencia
«izquierdista». Sin embargo, en sus informes indicaban que durante la
contienda había protegido a muchas personas de derechas dentro del
Sindicato de Enseñanza de la CNT. Pese a ello, el tribunal continuó
investigando su posible vinculación con otras sociedades secretas, como el
movimiento teosófico. De hecho, le llegaron a acusar de haber aparecido en
una lista de la Sociedad Teosófica de la Rama de Bilbao de 1931, con nombre
simbólico de Mefisto.
La Delegación Nacional de Información e Investigación de Falange
calificó a Tebar como una «persona de orden y de ideales derechistas antes
del Movimiento». Pese a los elogios iniciales, esta delegación se mostró
enérgicamente en su contra por su actuación como secretario de la Central
Nacional Sindical de Toledo en 1938. Decían de él que «dejó algunas deudas
pendientes» en la ciudad y le tildaron de traidor por «acusar sin justificación»
de masones a personas de «buena conducta». Por estos hechos le
consideraban una persona con una gran «falta de conciencia y honradez», un
«hombre endiablado con espíritu canallesco».
El tribunal que juzgó su proceso de depuración propuso inicialmente
sancionarle con una «inhabilitación para el desempeño de puestos de mando y
confianza». Sin embargo, unos meses más tarde se retractaría de la propuesta
y anunciaría su absolución tras escuchar un gran número de declaraciones a su favor, como las de José María Alfaro o Alfredo Marquerie. Los avales de
ambos personajes públicos, amigos con los que solía coincidir en las tertulias
del Café Europeo que organizaba José Antonio, resultaron decisivos para su
reingreso en el Cuerpo de Aduanas a mediados de los cuarenta.