La recompensa del diablo

Sean Black · Capítulo 24 de 80

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La recompensa del diablo

Segunda Parte

 

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Veintidós

 

Envuelto en el calor del fogoso sol anaranjado que brillaba sobre el océano Pacífico, Charlie Méndez desperezó su delgado y bronceado cuerpo y lanzó un sonoro bostezo. Tenía toda la jornada por delante. En un par de minutos se levantaría de la tumbona, iría a buscar la tabla de surf e intentaría coger algunas olas. Y pasada una hora, volvería a la orilla, entraría en la villa para ducharse y saldría a comer. Luego, regresaría a la villa con una de las chicas locales que iba variando de semana en semana. Después de una siesta con ella, en la que solía acabar quemando más calorías que con el surf, descansaría como es debido. En torno a las siete, iría a cenar, luego a tomar una copa en el bar, donde elegiría a otra chica, casi siempre distinta a la de la tarde. A medianoche la despacharía y dormiría tranquilo en su cama.

Mientras que la mayoría de hombres se cansaría de llevar una vida como aquella, Méndez estaba acostumbrado a la indolencia, a hacer mucho de nada. Y eso le había facilitado la transición a la vida que llevaba en México. Solo había un problema: las chicas locales. Eran guapas, algunas asombrosamente bellas, pero no le suponían desafío alguno. Él era joven, rico y americano, lo que significaba que acostarse con ellas era más sencillo que coger una ola. Echaba tanto de menos su antigua vida, que incluso había drogado a una de las chicas mientras estaba con ella en la villa. Pero, cuando la tuvo inconsciente, la emoción se esfumó. Habría hecho igualmente con ella todo lo que le hubiera venido en gana, por degradante o escabroso que fuera. ¿Qué gracia tenía?

Por eso, a última hora de aquella tarde, abandonaría sigilosamente la villa y cogería el coche hasta Diablo, donde había un par de hoteles para turistas norteamericanos y donde podría encontrar diversión de la buena. Había comprado una videocámara nueva especialmente para la ocasión. Se había abastecido de drogas. Corría un riesgo. Había muchas posibilidades de que, pese a lo que le había pasado al último, hubiera aún algún cazador de recompensas buscándolo. Pero eso no servía más que para aumentar la emoción. Charlie Méndez sería tanto cazador como presa. Sintió un hormigueo de pura anticipación y se le puso incluso la carne de gallina.

Se incorporó, se quitó las sandalias y cogió la tabla. Detrás de él, en el paseo, dos de sus guardaespaldas montaban guardia junto al Mercedes clásico rojo, sus armas automáticas colgadas al hombro… allí, los hombres descaradamente armados no sorprendían a nadie. Les saludó con la mano. Uno de ellos, Héctor, le devolvió el saludo. Héctor le daba miedo. Aunque era el más bajito de los hombres que le seguían a todas partes, era a quien todos acataban, el líder del grupo. Se veía en sus ojos, que eran de depredador.

Méndez echó a correr hacia el mar, la promesa de una velada entretenida de verdad haciéndole sentir vivo por primera vez en muchos meses. Por fin tenía algo que le motivaba. Y entonces oyó que Héctor lo llamaba desde la acera.

—¡Charlie!

Siguió corriendo, pero Héctor volvió a llamarlo. Podía ignorar a aquel tipo una vez, pero no dos, se giró. Héctor le llamaba con señas. Caminó rápido hacia el coche.

—¿Qué pasa, Héctor? —preguntó.

—Tenemos que volver a la casa.

—¿Por qué?

Héctor dio un paso al frente.

—Ya me ocupo yo de la tabla. Entre.

Cabreado, Méndez le entregó la tabla. Héctor se sentó en el asiento del acompañante, el rifle de asalto en su regazo.

—¿Qué problema hay? —preguntó Méndez—. ¿Por qué tenemos que irnos?

Héctor se volvió hacia él en su asiento y le sonrió.

—No hay ningún problema.

—¿Se trata de otro cazador de recompensas?

—Como le he dicho, no hay ningún problema. Es una cuestión de protección.

—Pero ha pasado algo, ¿no es eso?

—La chica que estaba causándole tantos problemas. La chica Warner.

Méndez llevaba una eternidad sin pensar en ella. Durante un tiempo había tenido fantasías recurrentes sobre matarla de maneras cada vez más macabras, o de vez en cuando había pensado en la noche en que la violó.

—Oh, sí, esa puta… ¿qué pasa con ella?

—Ha muerto —dijo Héctor.

Recibió la noticia como si acabara de decirle que el plato especial del día se había agotado.

—¿Ah sí? ¿Y qué pasó?

Héctor se encogió de hombros.

—Estaba en un concierto de un grupo de raperos. Le pegaron un tiro. En Los Angeles. Son cosas que pasan allí de vez en cuando.

—¿Y por qué tengo que volver a casa? —«Maldita sea. Esa puta le cortaba el rollo incluso muerta». Aborrecía la casa donde lo tenían metido desde que llegara Brady. No tenía vistas sobre el mar, ni de la montaña, solo se veían edificios, e incluso esos eran difíciles de ver detrás de los muros y la alambrada.

Los labios de Héctor se tensaron en una fina línea debajo de su nariz gruesa y bulbosa. Era un indicio de que empezaba a hartarse de tantas preguntas.

—Da lo mismo, Héctor. Seguro que debe de haber un buen motivo — dijo, suspirando. Subió al asiento trasero del coche. El aire acondicionado estaba a tope y se estremeció al recibir la gélida ráfaga. Se recostó en el asiento e intentó dormir. Recordó a Melissa y, pensando en ella, rememoró las imágenes de aquella noche. Incluso drogada, había intentado plantarle cara, le había clavado las uñas en la cara. Y a él le había gustado. Solo de pensarlo le sobrevino una erección. ¿Qué daría por poder disfrutar de otra Melissa?

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