La recompensa del diablo
Cuarenta y uno
Rafaela entró en su despacho en comisaría y cerró la puerta a sus espaldas. Acababa de comer y el edificio estaba casi vacío, aunque tampoco podía decirse que acostumbrara a estar lleno. La ciudad de Santa María tenía ochocientos oficiales de policía, pero había al menos trescientos que nunca aparecían por su puesto ni hacían nada que la ciudadanía pudiera reconocer como labor policial. Estaban en la nómina de los cárteles, reclutados incluso antes de entrar en la academia para recibir instrucción. Lucían uniforme, la ciudad o el gobierno les pagaban el sueldo (además del de los cárteles), llevaban una placa y un arma y se movían en coches policiales, pero pasaban sus días y sus noches trabajando para los malos. Escoltaban cargamentos de dinero y drogas. Secuestraban a traficantes de bajo nivel, a gente que le debía dinero al cártel o que se les habían cruzado de alguna manera, importante o insignificante. A menudo, después de una llamada telefónica de su superior, mataban a esa gente y los enterraban en las docenas de fosas comunes que había repartidas por la ciudad. Rafaela creía que algunos podían haber secuestrado también chicas, para después asesinarlas y enterrarlas. Se decía que un policía en tierras fronterizas solo tenía dos alternativas: plata o plomo. O te llevabas un sobresueldo o acababas con una bala en el cuerpo.
Ahora que estaba sola y tenía tiempo para pensar, empezaba a arrepentirse de su cambio de idea con respecto a los norteamericanos. Más que arrepentirse. Había cometido muchas estupideces en su vida, pero aquella era la más estúpida de todas ellas. Debería haber insistido en que volvieran a casa. Pero Lock había logrado convencerla. ¿Pero cómo podía aquel hombre cambiar la situación? Ni siquiera estaba segura de que pudiera ayudarla a localizar a la chica norteamericana. Antes de llegar a comisaría, había verificado las dos residencias y no había observado nada que se saliera de lo normal. Si la chica estaba allí, habría visto alguna medida de seguridad excepcional, pero todo estaba como siempre.
Llamaban a la puerta del despacho. Asomó la cabeza un joven oficial. Era un chico muy dispuesto. Se tomaba el trabajo en serio. Rafaela se preguntaba cuánto le duraría el idealismo. Seguramente hasta la primera vez que le enseñaran cinco mil dólares a cambio de mirar hacia el otro lado o la primera vez que su madre recibiera una llamada telefónica preguntándole si ya le había reservado espacio en el cementerio.
—El jefe quiere verte.
—Gracias. Dile que voy enseguida.
—Ha dicho que es urgente.
—Muy bien.
Se levantó y lo siguió por el pasillo. El chico se quedó en su cubículo y ella siguió andando. Sintió más curiosidad que nervios cuando la secretaria del jefe la hizo esperar un momento antes de hacerla pasar.
Zapatero estaba sentado detrás de la mesa. Vestía camisa blanca, pantalones sueltos y mocasines. Era su nuevo uniforme desde que llegara de un seminario directivo sobre liderazgo al que había asistido en los Estados Unidos. Se preguntaba si la Agencia Norteamericana contra el Narcotráfico, que le había pagado el curso, sabría que aceptaba dinero del cártel. Era una de las características de los sobornados: a menos que llevaras mucho tiempo a su lado, era imposible adivinarlo. La única pista evidente era que podían permitirse enviar a sus hijos a colegios privados y conducir buenos coches. Si no fuera por eso, hablaban y se comportaban exactamente igual que los demás. Era probable que algunos creyeran que poniéndose del lado de un cártel colaboraban en imponer cierto orden a una mala situación, que estaban haciendo lo correcto.
—Detective Carcharón, siéntese, por favor — dijo, moviendo la mano. Cuando abrió la boca, Rafaela recordó las repugnantes palabras que le había murmurado al teléfono la otra noche cuando estaba borracho.
Se sentó delante de él. En la mesa tenía varias fotografías de la familia. Una esposa y dos hijas. Se preguntó qué pensarían las niñas de saber la verdad sobre su padre. Seguramente las quería y no deseaba que les sucediese nada malo. Le resultaba extraño poder albergar sentimientos tan profundos hacia los tuyos y no respetar en absoluto a los hijos de los otros. Pero mientras esa gente tuviera cubiertas sus necesidades y sus hijos estuvieran a salvo, lo demás les traía sin cuidado.
—Esos dos cazadores de recompensas americanos que capturamos — empezó diciendo—. Imagino que han abandonado el país.
Tosió ella para aclararse la garganta.
—Sí, me aseguré personalmente de que lo hicieran.
El hombre le sonrió.
—Bien, eso está muy bien. Ya tenemos problemas suficientes sin esos… — hizo una pausa teatral—… sin necesidad de que esos disidentes vengan aquí a causarnos más. Encontraremos al hombre que andan buscando. A ese tal Charlie Méndez.
—Sí, señor. Estoy segura —dijo ella.
Cogió una fotografía que tenía sobre la mesa.
—Y hablando de americanos, por lo que parece tenemos otro motivo de preocupación.
Le pasó una carpeta a Rafaela, comiéndose con los ojos la blusa en busca de algún botón abierto cuando ella se inclinó hacia delante para cogerla. Aquel hombre le ponía los pelos de punta.
Rafaela abrió la carpeta. Era un informe de una persona desaparecida y una fotografía.
—Esta chica ha desaparecido. Sus padres están muy preocupados —dijo —. Lo más probable es que no sea nada. Sin duda estará con algún chico que habrá conocido. Todos sabemos cómo pueden llegar a comportarse las chicas a esta edad. Pero el consulado está también muy preocupado, de manera que les he dicho que a pesar de que la desaparición de una persona no es para nosotros una prioridad, con todo lo que está pasando últimamente, asignaré a uno de mis principales agentes a la investigación. — Volvió a sonreír. Rafaela sintió nauseas—. Alguien cuya integridad quede fuera de toda duda. Alguien con los más elevados estándares morales.
—¿Cree que puede haberle pasado alguna cosa? — preguntó ella, deseosa, necesitada de oír las mentiras que vertía su boca.
—No creo. ¿Pero quién sabe? Hay mucho criminal suelto, mal agente. Lo sabemos mucho mejor que la mayoría, nos toca tratar con ellos a diario.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Así es. Gente muy mala.
Hizo él un leve gesto de asentimiento, la señal de que daba la reunión por concluida. Rafaela se levantó y abandonó el despacho. Notaba los ojos de él encima a cada paso que daba.
Ya en el pasillo, volvió a abrir la carpeta. Era lo único que podía hacer para no echarse a reír. Era perfecto. Era una muestra de cómo operaban. Le confiaban el caso a alguien cuya conducta todo el mundo —americanos incluidos— consideraba irreprochable, no porque quisieran descubrir el paradero de la chica — eso podían hacerlo con una simple llamada telefónica—, sino para parecer que acababan descubriéndolo. Humo y espejos. Engaño. Ambigüedades. Aunque quizá esta vez se habían pasado de listos. En cualquier caso, ella quería encontrar a la chica, y ahora disponía además de su aprobación. Contaban en que ella no estaba tan loca como para localizarla. Y a lo mejor tenían razón. O a lo mejor se equivocaban. Realizando su trabajo y descubriendo el paradero de una chica que preocupaba a gente importante tal vez conseguiría hacer justicia en nombre de todos aquellos que no importaban a nadie.
Y si se equivocaba en eso, podía también equivocarse con los americanos. Tal y como les había dicho el jefe a la vuelta de su curso al otro lado de la frontera: «El problema no existe. No es más que una oportunidad camuflada».
OceanofPDF.com