La tiranía de la igualdad
Epílogo: La tiranía de la igualdad
Epílogo
La tiranía de la igualdad
Las ideas y las personas que las ponen de moda, esto es, los intelectuales, son de lejos el factor de mayor impacto en la evolución social e institucional de un país en el largo plazo. Si ideas colectivistas como las que plantea buena parte de la izquierda en América Latina y Europa se convierten en «hegemonía», no habrá nada que hacer para evitar la progresiva destrucción del orden social libre. La fatal ignorancia de la llamada «derecha» política, social y económica ha sido despreciar el rol de los intelectuales y la función de la cultura como soportes de las instituciones, sobre las que descansa la prosperidad y paz de las naciones. En todos los tiempos han sido ideas e ideologías avanzadas desde las esferas intelectuales las responsables de la destrucción de las sociedades.
El igualitarismo primitivo, que busca nivelar a las personas a través de la ley en lugar de hacerlas iguales frente a la ley, ha sido siempre la más destructiva de las ideologías. Su fuerza viene de antiguos impulsos tribales que aún se encuentran presentes entre nosotros. La idea romántica de un solo colectivo indisolublemente unido, en el que todos velan por todos, es una reminiscencia tribal cuya materialización consecuente debe necesariamente pagarse sacrificando la libertad de los individuos e incrementando el control que la autoridad —reclamando representar el «interés general» que sólo ella es capaz de interpretar—, debe ejercer sobre la población. Resulta extremadamente peligroso que este tipo de lógica se instale como la dominante en la discusión intelectual y pública; pues el programa igualitarista, aunque se disfrace de libertad, necesariamente conducirá a la tiranía, específicamente, a una tiranía de la igualdad en que las preferencias individuales serán cada vez menos toleradas. La visión de la izquierda latinoamericana, aun aquella no alineada con el moribundo socialismo del siglo XXI, tiene suficientes elementos colectivistas y populistas como para preocuparse seriamente. Ello se aplica igualmente a la derecha estatista.
El tema central de la teoría socialista, como hemos visto a lo largo del presente libro, es la igualdad. Toda la argumentación la desarrolla a modo de justificar una expansión del poder del Estado en orden a igualar a las personas. Estado que es concebido en un sentido ideal y no real. Por lo mismo, se trata de un proyecto puramente ideológico que, aunque animado muchas veces por las mejores intenciones, tiene consecuencias fatales para nuestra prosperidad y libertad como ya está quedando demostrado. Esto, además, porque la dinámica antilibertad, o lo que es lo mismo decir, proigualdad, no puede ser jamás saciada. Los países que se han embarcado en ella sólo han visto crecer la espiral de intervencionismo estatal, el que muchas veces es responsable de crear la misma desigualdad que se propone resolver. Sin duda, América Latina continuará arruinándose si sigue el camino igualitarista que, con una pasión casi adolescente, han promovido las élites intelectuales y políticas siguiendo doctrinas europeas. Lo que hace falta en toda América Latina, y cada vez más en Europa, es un programa genuinamente liberal con capacidad de proyectarse políticamente. Un núcleo de ideas capaces de contrarrestar el asalto igualitarista-populista que hoy nos está hundiendo en la mediocridad. La fe en el individuo y su capacidad de salir adelante, la idea de que la dignidad de las personas pasa porque éstas puedan pararse sobre sus propios pies y que la autoridad no es la responsable de resolver «los problemas de la gente», sino de generar condiciones para que ésta resuelva sus propios problemas, deben volver a ser el eje de un relato y proyecto político realmente alternativo al de la izquierda. Desgraciadamente, muy pocos creen en esos valores. El Estado sigue siendo visto universalmente como el referente central de la vida en sociedad. El individuo se encuentra completamente olvidado y debe ser rescatado del pantano paternalista en que derechas e izquierdas lo han ahogado. Hoy, a lo sumo, frente al proyecto igualitarista de la izquierda, se opone un ingenieril concepto de eficiencia, como si la libertad fuera deseable en la medida en que la eficiencia lo permite.
La izquierda, en cambio, está dispuesta a sacrificar la eficiencia por la igualdad porque cree que la igualdad es la idea fuerza sobre la que debe basarse una sociedad justa. Su lema es algo así como «toda la eficiencia posible dentro de lo que una sociedad igualitaria permita». Su fuerza está en la ventaja moral que obtiene por hacer de un valor como lo es la igualdad, su idea central. La eficiencia, en cambio, no es un valor que pueda proveer de estatus moral, sino una aspiración de la técnica puramente utilitaria. No se puede construir una épica de la eficiencia, y una utopía de la eficiencia sería, sin duda, una distopía espantosa al estilo del «mundo feliz» de Aldous Huxley. El corazón humano jamás se ha motivado para luchar por la «eficiencia». Pero sí lo ha hecho por la libertad, incluso al punto de arriesgar y perder la vida. La «centroderecha», como se llama a quienes se oponen a la izquierda, no tiene una filosofía política, es decir, carece de una idea sobre lo justo. Cree que lo justo es que el dinero de los contribuyentes se gaste bien. Pero la idea de lo justo debería ser la de la responsabilidad personal. La llamada «centroderecha» debiera decir «toda la eficiencia posible dentro de lo que permite una sociedad de personas libres y dignas». No se trata en primer lugar de que los impuestos se gasten bien y no generen distorsiones, aunque eso es importante desde luego. Se trata de que éstos sean lo más bajos posibles porque la libertad de las personas y el derecho sobre los frutos de su trabajo así lo demandan. Eso es relato, lo otro es contabilidad.
Si la izquierda lo que busca es incrementar el poder del Estado sobre el individuo, es decir, el control sobre su vida, el lado contrario debería buscar incrementar el poder del individuo sobre su propia vida y reducir el control que la autoridad ejerce sobre su existencia. Se trata de potenciar al individuo frente al poder de la autoridad para que pueda resistirlo y no hacer del poder que tiene la autoridad lo más eficiente posible. Desde tiempos inmemoriales el programa del liberalismo clásico ha sido precisamente la limitación del poder del gobernante sobre los gobernados. Por eso combatió con tanta determinación el absolutismo y luego el socialismo en todas sus versiones. Ahora bien, no debemos engañarnos: si hasta hoy no ha surgido un grupo político relevante que promueva los valores del autogobierno es porque casi nadie en la esfera política, y muy pocos en las empresariales, cree en ellos. Con pocas excepciones todos son, más allá de los matices, estatistas. Pero la población tiene un sentido común más sensato y sano de lo que creen los líderes intelectuales y políticos de izquierda, aunque también éste ha sido corrompido por décadas de intervencionismo estatal. Ella necesita de un liderazgo capaz de sintonizar con ese sentido común y proyectarlo en una narrativa política, de lo contrario ese potencial no será jamás capitalizado como fuerza real de cambio. Urge, por lo mismo, una clase política sin complejos y dispuesta a asumir el desafío de proponer un proyecto realmente distinto al de la izquierda. Para ello será necesario dar una batalla sin cuartel en el ámbito de las ideas y la cultura de manera que sean las ideas liberales las que constituyan la hegemonía. Eso requerirá, a su vez, de personas comprometidas con el valor de la libertad: empresarios, profesionales, académicos, periodistas y muchos otros.
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Axel Kaiser
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