La torre de Babel
O.L.P.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Herodes el Grande; el que, después de la llegada de los reyes persas, ordenó la masacre de los niños pequeños.
Idris Jarrah lo había visto todo unas cien veces. No le importaba absolutamente nada la leyenda de los pastores y de sus visitantes angélicos, ni el mesías cristiano, ni los cruzados que habían asesinado en su nombre.
Le preocupaba una experiencia nueva, una sensación casi sexual por su intensidad y la satisfacción que le deparaba. La había empezado a sentir apenas salió del hotel. Una vez más se estaba arriesgando por entero, tal como en los tiempos en que corría por los cerros de Judea realizando misiones de hostigamiento contra los usurpadores judíos.
Si lo consideraba en estricta y fría lógica, este viaje al territorio de la O.L.P. era una completa locura. Estaba exponiendo la vida en el supuesto de que los guerrilleros palestinos aún no sabían nada de su traición ni sabrían nada de ella por lo menos durante doce horas más. Pero, si la suposición era correcta y le seguían aceptando como director de operaciones, su palabra tendría más poder sobre ellos que la ley de los medos y los persas; y buscarían medios para que cruzara la frontera y caminara al día siguiente -al alba siguiente- en calidad de hombre libre en Israel.
El viejo Hamid, que fabricaba candelabros en Belén, tenía un hijo que conocía el modo de pasar por un sendero donde no había minas y donde se podía cortar el alambre espinoso, un sendero que después de una hora de cuidadosa marcha podría dejarle sano y salvo en la Jerusalén Nueva. Abdul, el pastor, le había hablado de un túnel que empezaba -como una caverna- en Jordania y atravesaba entre los cerros hasta una salida segura en Israel.
Había por lo menos una docena de hombres con esas cualidades entre Belén y Hebrón, pero siempre había negociado con ellos por intermedio de Café Blanco, el jefe de las guerrillas de la bolsa del sur, que trabajaba de día como maestro en una aldea de Hebrón y por la noche entrenaba artilleros y grupos de dinamiteros de la
O.L.P.
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Café Blanco era un hombre amable, bien educado y siempre servicial.
Tenía buenos amigos entre los armenios, los ortodoxos y los católicos romanos que cuidaban de los santuarios cristianos. Y también se preocupaba de su pueblo. Les prestaba dinero, arbitraba en sus disputas, actuaba de testigo en los matrimonios. Nadie le había visto enfadarse. Pero había rumores y leyendas -un denunciante muerto a palos, un saboteador vacilante apuñalado y arrojado a un pozo seco- que hacían temible su nombre y mantenían incólume e indiscutida su autoridad. Idris Jarrah había encontrado en él un colega competente y agradable. Esperaba que ahora le sirviese de voluntario colaborador en sus designios particulares. Pero antes le haría algunas preguntas. ¿Por qué arriesgaba su cabeza tratando de cruzar la frontera? ¿No lo había hecho nunca y por qué lo quería hacer ahora? ¿Y
por qué solo? ¿Qué objetivo justificaba el riesgo de un hombre de su posición que, si lo cogían los israelitas iba a convertirse en una verdadera mina de informaciones sobre la O.L.P.? Idris Jarrah debería responder rápida y exactamente a tales preguntas y tendría que desplegar una fuerza de convicción suficiente para que no quedara la menor duda sobre la urgencia y autenticidad de su misión.
Así pues, llegado a Belén, Idris Jarrah le pagó el doble al taxista y le despidió, entró en la iglesia de la Navidad y se sentó, como cualquier cristiano, en un ángulo oscuro y se dedicó a meditar. La meditación resultó fructífera y destilaba gracia sensual: Le dio la humildad necesaria para no descartar tranquilamente la sabiduría de serpiente de Safreddin, las sutilezas del sin nombre del Cairo ni la astucia animal del cafetero. Le dio prudencia para no perder una vía de escape antes de asegurar la otra. Y, finalmente, le llevó a una serie de precisas conclusiones.
En primer lugar, debería reservar una habitación en el hostal de los peregrinos de Belén. No dormiría allí, pero eso no tenía importancia. Su nombre quedaría allí registrado. Y conservaría el escondrijo del hotel Intercontinental. Evitaría un encuentro personal con Café Blanco. Le telefonearía desde Belén. Le pediría un guía y un punto de reunión para un agente que debía cruzar la frontera aquella misma noche en misión específica. Y si Café Blanco le pedía más datos, Jarrah invocaría la autoridad de el Cairo y le amenazaría con retirar los fondos que el otro sabía que traía consigo. Si había más objeciones, interrumpiría la conversación y regresaría a su escondite del Intercontinental.
Cuanto más lo pensaba, más oportuno le parecía el plan. En el mejor de los casos, llegaría a Israel al amanecer, armado de otro pasaporte. Y en el peor, revelaría a la O.L.P. que estaba oculto en algún lugar de Jordania occidental, suposición que ellos harían de todos modos.
No le quedaba, en realidad, otro recurso. Caminó por la calle polvorienta y calurosa y se dirigió en seguida a la estrecha callejuela que llevaba al hostal de los peregrinos. Vacilaron un momento antes de aceptar la inscripción de quien se presentaba sin equipaje ni pasaporte, pero el pago adelantado de dos días y la promesa de presentarse por la noche documentado y en forma, les hizo entrar en razón y aceptarle. Firmó de modo ilegible y se marchó al correo.
Le costó media hora localizar en Hebrón a Café Blanco y diez minutos identificarse y explicarse en la jerga propia de las guerrillas. Pero -Alá sea bendito- Café Blanco se mostró bien dispuesto y eficaz. Aceptó la historia de Jarrah. Sentía mucho no poder intervenir personalmente en la operación.
Debía partir a Nablus apenas terminara con las clases en el colegio. Sin embargo, le dejaría todo a punto. El viajero se debía presentar una hora antes de medianoche en casa de Hamid, el fabricante de candelabros. Y
desde allí le pasarían de mano en mano hasta dejarle dentro de territorio israelí al amanecer. Café Blanco preguntó discretamente por la salud de su hermano. Jarrah le aseguró que su hermano estaba muy bien, a pesar del calor. Café Blanco se rió y le dijo que esperaba ver a su hermano dentro de poco. Necesitaba dinero. Jarrah se rió también y le dijo que su hermano sólo esperaba el momento más conveniente para pagar todas sus deudas. Se bendijeron mutuamente y todo quedó a punto sin más problemas ni preguntas, como cosa reglamentaria.
Idris Jarrah se quedó sentado en la fétida cabina y se rió hasta que se le empañaron las gafas. Sacó el pañuelo para limpiarlas. Le temblaban las manos y se le cayeron al suelo. Afortunadamente, no se rompieron. Se habría sentido muy desprovisto sin ellas.
Beirut
El embajador de los Estados Unidos en la república del Líbano era hombre cordial por naturaleza. Sonreía con facilidad. Escuchaba pacientemente. Desplegaba toda suerte de detalles amables, lo que hacía que todos sus visitantes se sintieran importantes y estimados. Había vivido mucho tiempo en el mundo árabe y comprendía la utilidad de la línea
oblicua. Nunca decía que sí ni que no. Alentaba la elocuencia de los demás; pero nunca hablaba demasiado. Era muy fácil subestimarle, cosa que más de un colega había comprobado para su desgracia. Hacía cualquier favor, especialmente los que no le costaban nada. Cuando tenía que ejecutar diplomáticamente a alguien, efectuaba la maniobra con tal delicadeza que la víctima sufría por él y moría bendiciéndole.
Respetaba profesionalmente a Mark Matheson, aunque abrigaba ciertas dudas sobre el personaje.
El hombre era un banquero excelente. Bien educado e informado.
Comprendía y sabía interpretar inteligentemente las ecuaciones monetarias de la política, aunque solía ser ingenuo frente a las tendencias tribales y carismáticas de las relaciones en el Oriente Medio. A nivel social, llevaba vida impecable. Mantenía discretamente oculta su vida privada. Y, aunque nunca se había puesto a prueba su lealtad con su país, tampoco se podía dudar de su integridad al respecto. Dudaba de él a nivel intuitivo, no a nivel racional. Si hubiera tenido que dejar escritas tales sensaciones, lo habría hecho mediante una serie de negaciones. A Mark Matheson le faltaba energía. No se le podía apreciar una dirección fija. Impresionaba bien por su simpatía, pero se notaba cierta falta de carácter. No provocaba ni mala voluntad ni entusiasmo: e incluso sus mujeres -había varias- le describían sólo con términos de afecto indiferente.
Hoy, sin embargo, el embajador apreciaba cierto cambio en su actitud.
Le había contado con mucho nervio aquella historia de que los rusos querían comprar el banco Fenicio. Y defendió la causa de compra por los norteamericanos con pasión que traducía a desespero.
–No nos equivoquemos, señor. Si los rusos se apoderan de nuestro banco, podrán manipular su programa de inversiones de modo que obtuvieran el máximo de ventajas políticas. Podrían llegar a controlar las instituciones donde tenemos dinero invertido. Podrían establecer alianzas que de otro modo no habrían podido ni siquiera soñar. Podrían comprar amigos y apartar a sus enemigos. Podrían ejercer una influencia desproporcionada en la política del Líbano así como en las cuestiones petroleras… Y no me gustaría nada que sucediera así.
–¿Está convencido, Mark, de que va a suceder eso? El embajador hizo la pregunta sin inmutarse.
Matheson la pensó un instante y le respondió con precisión.
–Sé que esta mañana hicieron el primer sondeo. Y sé que el señor Chakry está dispuesto a discutir la posibilidad.
–Según mis datos, ya está soportando mucha presión desde muchos lados.
–Así ha sido. Y está desilusionado y desengañado de la conducta de los que consideraba sus amigos. Creo que está dispuesto a vender.
–¿Y cree que alguna empresa norteamericana compraría el banco?
–Sí.
Pero el gobierno de los Estados Unidos no es una institución bancaria.
Es un organismo político. No veo por dónde ni cómo podríamos intervenir.
–El interés de los rusos convierte todo esto en una cuestión política, señor embajador. Por eso me pareció que le debía hablar sobre el asunto.
–Me alegro de que lo haya hecho, Mark. Pero no veo muy claro lo que me sugiere que haga.
–Yo tampoco lo veo muy claro.
Matheson trataba de seducirle con el máximo de franqueza.
–Creí que usted quizá pudiera informar de esto al Departamento de Estado, el cual, a su vez, podría recomendar que una corporación bancaria norteamericana estudiara el asunto.
El embajador arrugó la frente y pensó el punto. Finalmente sacudió la cabeza.
–Una maniobra muy delicada para hacerse dentro de una sociedad de libre empresa, Mark. No creo que nadie esté dispuesto a intervenir en esto.
–Como banquero y como ciudadano particular, creo que se les debiera dar la oportunidad de pensarlo… a nivel político.
–Eso está muy bien, Mark. Sin embargo, como diplomático, veo las cosas de otro modo. Me parece que debemos informar al Departamento de Estado sobre el interés de los rusos en el banco y dejar que allí decidan si conviene dar más vueltas al asunto. De este modo evitaremos hacer una recomendación directa, cosa que, a la larga, podría resultar equivocada.
–Me parece suficiente. Siempre que los rusos no se muevan más rápido de lo que esperamos.
–¿Si no hay más compradores, Mark, por qué se van a mover tan rápido? Y en todo caso ¿cuánto tiempo haría falta para ultimar una transacción de esa especie?
–No mucho. Las cifras están disponibles.
–¿Las aceptarán los rusos?
–No veo razón alguna para que las rechacen. Tienen que confiar en el crédito del banco.
–Que actualmente es muy poco, ¿verdad?
–En cuanto a cifras comerciales, no. Lo peor que podría decir es que esas cifras están afectadas por la actual situación política. Pero se aclararían rápidamente durante la negociación final.
–¿Sabe Chakry que se entrevistaría conmigo, Mark?
–Sí. Le pedí autorización. Tenía que hacerlo.
–¿Se opuso a la idea?
–No; se mostró más bien indiferente.
–Eso es algo raro.
–¿Por qué, señor embajador?
–Una propuesta norteamericana significaría una subasta. Y una subasta subiría el precio del banco. Y Chakry difícilmente sería indiferente a una posibilidad de tal envergadura..
–Eso mismo le dije yo. Pero su respuesta me pareció clara en relación con su actual estado de ánimo: “No tengo ganas de tomarme la molestia”.
–¿Y le creíste?
–Sí. Le creí y le creo.
–A mí me parece una incongruencia de Chakry. Aunque no le conozco tan bien como usted.
–En cierto sentido lo es. Pero en otro no. Chakry se abrió camino luchando hasta la cumbre. Tiene que luchar para permanecer allí. Y me parece razonable que crea llegado el momento de retirar las ganancias y dedicarse a la vida fácil.
–Otra pregunta, Mark. ¿No sería más fácil hablar directamente con algún banco norteamericano sin tocar para nada la parte política?
–No puedo hacerlo, a menos que Chakry me lo pida. Soy un empleado del banco. Chakry es quien posee la mayor parte de las acciones. Le pedí permiso para hablar con usted porque soy ciudadano norteamericano y está en juego mi lealtad con el país.
–¿Y ahora…?
–Usted tiene ya los datos, señor embajador. Usted debe decidir cómo usarlos.
El embajador se apoyó en el respaldo del asiento y empezó a jugar con el abrecartas sobre el papel secante. Por primera vez parecía incómodo. No quería terminar la conversación, pero tampoco sabía cómo continuarla.
Finalmente le dijo a Mark:
–Me ha respondido con franqueza, Mark. Voy a serle franco también.
Chakry es un gran hombre con mala fama. Cuanto más sabemos de él, menos nos gusta. Juega demasiadas cartas bajo la manga… cartas que nada tienen que ver con la banca. Durante la última semana nos llegaron varios informes sorprendentes del servicio de inteligencia en los cuales se le mencionaba de modo prominente. No quiero complicarte con ellos, porque eres un servidor en un puesto de confianza. Ni siquiera te estoy insinuando que sepas algo al respecto. Sin embargo quiero que me contestes claramente a una pregunta, que me contestes con un sí o con un no. ¿Tienes confianza en el señor Chakry, en el trabajo que haces para él y con él?
–En el trabajo que hago -que es lo único que conozco- sí, tengo confianza en él.
–Te hago la pregunta de otro modo, entonces. Me estás recomendando que alguna empresa norteamericana compre el banco Fenicio. ¿Y
recomendarías esa compra a base de las cifras de Chakry?
–Siempre recomendaría a cualquier empresa, que solicitara primero una investigación independiente antes de firmar contrato alguno. Pero esto es sólo cuestión de sentido común.
–¿Y las cifras se mantendrían en pie?
–¿Qué quiere que le diga, señor?
Matheson hizo un esfuerzo para subrayar su irritación.
–Somos una institución solvente que hasta ahora ha ganado dinero. Los interventores que tenemos -una de las empresas de mayor prestigio mundial- han firmado las cuentas. No puedo darle más datos.
–No, me imagino que no.
El embajador se puso en pie y le alargó la mano.
–Gracias por los informes, Mark. Los discutiré con el encargado de negocios y después enviaré un memorándum a Washington. El asunto ya no dependerá de mí.
Dos minutos más tarde, de pie junto a la puerta de la embajada se preguntaba si había actuado de manera imprudente y, sabía, se daba perfecta cuenta, de que se había convertido definitiva e irrevocablemente en un
mentiroso. Lo más extraño era que no se sentía culpable al respecto, que sólo experimentaba agudo resentimiento por haberse visto forzado a recurrir a aquel ultimo y elemental instrumento de supervivencia. Estaba resentido con el embajador, que con tanta facilidad le había destrozado el disfraz virtuoso. Estaba resentido con Chakry, que por tanto tiempo le había llenado de mentiras y se las había condimentado con la suficiente dosis de verdad que las hacía comestibles. Estaba resentido con el personaje débil y vergonzoso que habitaba dentro de su piel, con el personaje que le incitaba a hacer innobles locuras y nunca a emprender las grandes y arriesgadas obras de su señor. La bocina de un coche sonó a sus espaldas con tal fuerza que dio un salto hacia la verja de hierro de la embajada. Se volvió en redondo, furioso, y descubrió a Lew Mortimer, que le sonreía por la ventanilla de un lujoso automóvil.
–¡Hola Matheson! Sube. Te llevo a la ciudad.
–¡Por Dios, Mortimer! ¡Me has asustado de veras!
–Te hacía falta un buen susto. Parecías uno de esos hombres que llevan un mono a la espalda. ¡Vamos, bebamos algo por ahí!
No tenía fuerza para negarse. No podría soportar una discusión desagradable con aquel charlatán. Subió al coche.
Mortimer sonreía.
–Las cosas se ponen difíciles, ¿verdad muchacho?
–No más que de costumbre.
–He oído otra versión. Supe que Chakry se dedica a espía. Ahora negocia con informaciones… Se las vende a Kuwait y a Jordania.
–No sé a qué te refieres.
Mortimer le miró de reojo. Y asintió.
–Te creo. Eres la clase de hombre que hace su trabajo en el despacho y después se marcha por ahí con rameras. Pero debieras leer las noticias, hombre. ¡Muy interesante! Un excliente de ustedes se ha ocultado porque le persigue la policía debido a una denuncia -bien pagada- que hizo Chakry.
Se llama Idris Jarrah. Trabaja para la O.L.P. Le vendió a Chakry unos datos sobre las operaciones próximas en Jordania. Chakry negoció después la grabación magnetofónica y el recibo de Jarrah. Dicen que ganó bastante con la operación.
–¿Dónde diablos te han contado todo eso?
Mortimer volvió a reírse.
–Toda la ciudad lo comenta. La prensa lo dice. Pero no cita el nombre de Chakry. La C.I.A. lo sabe. El embajador lo sabe. Le estaba hablando de este asunto antes de que llegaras tú. Es raro que no te lo haya dicho.
–No me dijo nada.
–¿Por qué sería?
–¿Cómo demonios quieres que lo sepa? No tocamos el tema.
–¿Has pensado en mi proposición?
–No.
–Creo que deberías pensar en ella. Todavía estás limpio, muchacho. Lo sé. La mayoría de la gente lo sabe. Pero si te quedas más tiempo en el Fenicio se te va a pegar la mugre. Y perderás importancia y valor. Incluso en el Líbano. Si no dicen que eres deshonesto, dirán que eres torpe. Y esto es muy grave en nuestro oficio.
–¿Nunca me dejarás en paz?
–Te lo he dicho. Sé odiar. Eres un buen banquero. Mientras estés limpio, te podré emplear.
–Vamos a beber algo -le dijo Mark Matheson, cansado.
–Te invito -le dijo Mortimer-. Y si no me interrumpes te diré punto por punto lo que va a suceder al señor Nuri Chakry en las próximas tres semanas.
Se lo dijo. Se lo dijo en el bar del hotel Fenicio y con tal abundancia de detalles concretos y tan perfecta y demoledora lógica que Matheson quedó perplejo. Terminó con un resumen que parecía una sentencia de muerte:
–A Chakry sólo le queda un lugar donde ir: ¡Fuera del Líbano! Tiene preparados dos refugios. Los dos están en Sudamérica. En los dos tiene bastante capital para vivir desahogadamente. Uno de los dos puede conceder la extradición. El otro no. Lo sé porque mis abogados han realizado el estudio al respecto. Pero ya no podrá hacer nada ni en el Líbano, ni en Europa, ni en ningún sitio del mundo árabe. La jugada de Jarrah ha terminado definitivamente con él. Así que ya puedes irte preguntando a dónde irás después de los funerales.
–Según Chakry -le dijo Matheson, lentamente-, no habrá ningún funeral. – ¿Y te lo crees? – ¿Por qué iba a mentir? – Porque te necesita, muchacho. Te necesita como un cadáver necesita quien lo embalsame…
para ocultar la hediondez. Necesita tu cara bonita y honrada en el despacho, mientras procura evadirse por la puerta de servicio justo antes de
que llegue la policía. ¡Vamos, Matheson! ¡Sé honesto contigo mismo!
Necesita cincuenta millones, por lo menos, para salir del lío. ¿Por qué no los saca a relucir ya?
–Dice que los tiene. – ¿Dónde y de quién? – No lo sé. – ¿Se lo has preguntado? – Sí. Pero sólo sonríe y dice que los tiene. Y que los utilizará en el momento oportuno.
–¡Una cortina de humo! – Quizá no sea así. – ¿Quieres ponerle a prueba? – Por supuesto. Ojalá pudiera. – Puedes hacer esto: Mañana te enfrentas con él en su despacho. Le dices que te han ofrecido otro empleo. Es la verdad. Yo te lo ofrezco. Dile que quieres seguir con él, pero que necesitas pruebas tangibles de que tienes buen porvenir en el banco Fenicio. Dile que te muestre el dinero. Y agrégale otra cosa. Que se lo controlaré dólar por dólar en siete días.
–¿Lo podrás hacer? – ¡Por supuesto que sí, si me da el control efectivo de las inversiones! – No lo aceptará. – No importa. Pero es la oportunidad buena de probarle. Puede que te haga falta un poco de valor. ¿Y qué vas a perder al cabo? – Nada.
–¡Entonces juega, compañero!
Mortimer le sonrió por detrás del vaso. Matheson estaba demasiado confundido como para aclarar si la sonrisa era de aliento o de burla. Por otra parte, la bailarina le estaba esperando para cenar e irse a la cama. Y
Matheson, allí, por lo menos podría luchar con alguien que estaba a su misma altura.
Jerusalén Israel
El puesto de observación israelí era un bunker de hormigón situado en lo alto de un cerro desnudo que dominaba el valle de Hebrón. Hacia el norte, el sur y el este, dominaba la planicie rocosa, las pequeñas aldeas que brillaban al sol, los desfiladeros y depresiones de los cerros bajos.
Jacob Baratz estaba de pie en la plataforma protegida por sacos terreros, frente al bunker, y observaba, junto con el jefe del estado mayor y sus ayudantes, el helicóptero que cruzaba, negro y retumbante, contra el resplandor del cielo. El helicóptero llevaba un observador que estudiaba los movimientos y la circulación de la carretera de Hebrón enviando los datos en hebreo al operador de radio del bunker. Oían la voz monótona vibrar en el aire seco y veían cómo las instrucciones se transformaban en símbolos en la superficie de plástico del mapa de operaciones.
Era una extraña escena estática, como un ensayo en un escenario vacío.
No daba sensación de urgencia ni de peligro alguno. Los actores permanecían de pie, silenciosos y relajados, escuchando el ruido del helicóptero y las palabras precisas del observador. La planicie estaba desierta, excepción hecha de un beduino inmóvil como breve estatua negra apoyada en el cayado y que cuidaba así de su rebaño. Las aldeas parecían cementerios de apretadas paredes de piedra. El espacio aéreo era un vacío resplandeciente donde el negro aparato evolucionaba sin que nadie le desafiara. La ilusión teatral era tan fuerte que Jacob Baratz tuvo que hacer un verdadero esfuerzo físico para volver a la realidad.
La aldea no estaba muerta. En ella había niños que cantaban números en la clase; mujeres que hacían la limpieza y lavaban ropa; trabajadores artesanos, y labradores que cuidaban la escasa tierra en la linde de las fronteras. Había un puesto de policía donde seguramente profesionales, como él, estarían contemplando el helicóptero y tratando de explicarse aquel vuelo aparentemente sin sentido y hombres también en armas; tropas irregulares que dedicaban la vida a acabar con Israel para recuperar el pedazo de tierra que antaño les había pertenecido. Hacia el oeste, en aeropuertos secretos, había aviones de combate. Los tanquistas revisaban sus vehículos, se reunían los camiones de transporte; mucha gente preparaba las armas para una operación que podría hacer que el valle floreciera de fuego y producir una explosión que quizá sonase por todo el planeta.
Miró por encima del hombro del oficial que estaba anotando las instrucciones y datos que comunicaba el observador aéreo. No había cambios significativos en el orden de batalla previsto. A menos que se produjeran cambios en las próximas treinta horas, deberían atacar conforme a lo estipulado. Le alegraba no tener que discutir y volver a ser el preciso mercenario, a quien pagan por un trabajo bien hecho y puede dormir profundamente una vez que lo ha concluido. Se sentía feliz con la posibilidad de volver a compartir la sencilla camaradería de los que mantienen la vigilancia sobre los cerros de Judá.
El jefe del estado mayor le hizo una pregunta.
–¿No hay nada nuevo, Jacob?
–Nada importante. Los movimientos de tropas están dentro de lo normal. El resto es circulación civil y turística. Y no hay cambios en el
dispositivo de defensa aérea.
–¡Bien! Que vuelva el helicóptero. Que repita lo mismo mañana por la mañana y por la tarde.
El encargado de trasmisiones dio la orden y muy pronto el aparato cambió de dirección volviendo a casa. Conversaron unos diez minutos más sobre el cerro y después Baratz y el jefe del estado mayor volvieron a su vehículo.
–Me iré contigo al punto de reunión general, Chaim -dijo Baratz-. Y si no hay ninguna novedad regresaré inmediatamente a Tel Aviv. Subiré otra vez mañana por la tarde.
–No hace falta que vuelvas, Jacob. Ya entramos en operaciones.
–Me gustaría venir -le dijo Baratz.
–Como quieras.
Mientras bajaban por los desfiladeros rocosos hacia el punto de reunión, el jefe del estado mayor preguntó a Baratz:
–¿Cómo te encuentras ahora, Jacob?
–Mejor. Casi perfectamente.
–Pero aún no te has convencido.
–No.
–Es demasiado fácil ¿verdad?
–Demasiado fácil.
–No puedo dejar de pensar en lo distinto que sería todo si se hubiera decidido atacar a los sirios para arrebatarles las montañas de Galilea. La batalla resultaría sangrienta.
–Seguramente tendremos que darla de todos modos… Y quizá muy pronto.
–Ya lo sé.
–He vuelto a estudiar esa zona. Hemos pedido más información a nuestro hombre de Damasco. Hasta el momento nos mantiene al día en cuanto se refiere a la disposición de tropas, pero tenemos un peligroso vacío de información.
–¿El mismo de siempre?
–Sí. No tenemos plan detallado de las fortificaciones sirias en las alturas. Tienen que ser complicadas: las han estado dirigiendo los rusos.
Pero carecemos de planos. Los sirios no suelen ser buenos guardadores de secretos, pero en este caso su sistema de seguridad parece impermeable.
–Sin embargo nos queda aún nuestro plan de batalla.
–Fundado en barrera artillera y bombas napalm. No me parece el ideal.
La primera ola de infantería podría ser acribillada.
–¿Y no nos puede ayudar tu agente?
–Figura en su lista. Sé que está trabajando al respecto. Pero falta tiempo para que consiga esos datos. No le he presionado, porque nosotros también tenemos tiempo. Por lo menos así parece. Aunque ahora ya no estoy tan seguro.
–Yo tampoco, Jacob. Preferiría que dieras prioridad a este proyecto sirio. Detengámonos un momento.
Estaban en la ladera de un alto cerro que caía abruptamente sobre un valle plano y amplio, cubierto de pinos jóvenes. Después de tanto cerro desnudo, el verde del valle era un descanso para la vista y el espíritu…
hasta que, después del primer momento de placer y de sorpresa, se descubría que el bosque estaba vivo, lleno de hombres acampados bajo los árboles; que cada claro era una zona de estacionamiento de tanques y vehículos acorazados, un verdadero zoológico lleno de monstruos mortíferos.
–Impresionante, ¿verdad?
–Una apisonadora para aplastar a un escarabajo -dijo Baratz, secamente-. ¿Habéis invitado a la prensa?
–No. Máxima seguridad y máxima sorpresa. La prensa ya vendrá cuando todo haya terminado y podrá adornar la historia como quiera.
Baratz alzó los anteojos de campaña y examinó el valle con mirada de profesional.
–Buen despliegue. Algo débil el camuflaje en un par de sitios. ¿Eso es todo?
–No. El resto vendrá esta noche. Será un buen ejercicio de control de circulación nocturna. Bajemos a hablar con Zakkai y sus hombres.
–Antes de que bajemos, Chaim…
–¿Sí?
–Un asunto personal. Quiero hablarte.
–Adelante.
–Nuestro agente de Damasco se va a divorciar dentro de poco. Su esposa está de acuerdo. Lo he arreglado todo con los rabinos. Está enamorado de una joven de Damasco.
–Lo cual no es muy bueno desde nuestro punto de vista, Jacob.
–No. Pero a menos que le retiremos del servicio activo inmediatamente
-cosa que no quiero hacer- tendremos que aguantarnos y ver qué sucede.
–Me dijiste que era un asunto personal, Jacob.
–Lo es. Y mucho. Estoy enamorado de su esposa.
–Oh…
El otro estaba sorprendido. Y se quedó en silencio un instante.
–¿Y qué será de Hannah?
–Lieberman me dijo que no había esperanzas. Ya he esperado bastante para estar seguro.
–¿Y qué quieres que te diga, Jacob?
–Nada. Pero creí que debía decírtelo.
–Gracias. Es una cuestión difícil y dura. Lo siento. Pero no altera en absoluto nuestras relaciones, ni profesionales ni personales.
–Pero a mí me ha afectado de otro modo -le dijo Baratz en voz baja-.
Me ha afectado a nivel profesional.
–¿Cómo?
–Me preguntabas por los planes de las fortificaciones No le he presionado por una razón de orden personal.
–¿Qué es?
Jacob Baratz le citó, irónica y amargamente, las palabras del profeta Samuel:
–Y David escribió a Joab y le dijo: “Envía a Urías a la primera línea de combate y déjalo solo para que le hieran y maten… Y Urías, el hitita, murió… Y cuando terminaron los lamentos, David se llevó a Betsabé a su casa y la hizo su esposa…” No podía correr tal riesgo, Chaim, sencillamente no podía.
–¿Y ahora puedes?
–Sí. Fathalla pidió el divorcio. Judit no intervino para nada en su decisión. Y no es ni mi amante ni mi esposa.
–¿No te parece que estás viviendo una moralidad peligrosísima?
–¿Y ésa no lo es?
Baratz levantó el brazo y señaló los campamentos del valle.
–Y ahora no hay profetas que puedan revelarnos la voluntad de Yaveh.
–No te culpo de nada, amigo mío -dijo el jefe del estado mayor, suavemente-. Y no tienes por qué justificarte ante mí.
–¿Ante quién entonces?
–Ante ti mismo. Pero de verdad necesitamos saber los datos de esos emplazamientos, ¿no te parece?
–Sí. Tenemos que averiguarlos.
Volvieron al coche y bajaron hacia la sombra de los pinos del jardín de los monstruos.
Damasco
La noche de su vuelta de Beirut, el coronel Omar Safreddin presidió la reunión semanal del Club Hunafa y escogió como texto fundamental de su discurso la Surah que se suele llamar “AlMujadila”:
“¡Oh, vosotros, creyentes! Cuando conspiráis juntos, no conspiréis para cometer crímenes y malas acciones ni para desobedecer al mensajero; conspirad juntos en pro de la rectitud y la piedad y permaneced al servicio de Alá que os mantendrá unidos…”
Leyó dos veces el texto, para que todos lo recordaran perfectamente. Y
después empezó a tejer su discurso en torno al mismo, apasionada y violentamente:
–En nombre de Alá, el benévolo, y el misericordioso… Habréis notado, hermanos míos, que el profeta, en esta revelación, establece una clara distinción entre dos especies de conspiración. No dice que la conspiración sea, en sí misma, un acto malo. Por el contrario, la recomienda cuando persigue un fin bueno. Somos conspiradores: nos reunimos a discutir en privado lo que en público crearía disputas y disensiones. El profeta nos habla a nosotros… “¡Todo el que cree!” Somos creyentes. Creemos en el Islam, creemos en la misión unificadora del Islam. Creemos que el Baas es su instrumento político. Creemos en el derecho que tiene el iluminado a aconsejar y el fuerte a mandar. La conspiración en que estamos comprometidos es para darnos luz, conspiración para probar nuestras fuerzas en secreto antes de que debamos emplearlas abiertamente. Pero hay otros, aquí y en otros lugares, que conspiran en sentido contrario y buscan el crimen y los actos perversos… Debemos expulsarlos de nuestro seno antes de que se conviertan en plaga… En la última reunión os hice una pregunta: suponiendo que hubiera agentes israelíes en Damasco, ¿cómo y dónde empezaríais a buscarlos? Si tenéis alguna respuesta me gustaría escucharla ahora mismo…
Se produjo un silencio breve e intranquilo que hizo perder la paciencia a Safreddin.
–Hablad por orden de antigüedad y graduación. ¡Usted, comandante!
El comandante era un hombre de baja estatura, fuerte, de estructura de luchador; pero hablaba con voz suave y baja.
–Le buscaría, coronel, en lugar de poca importancia. Eli Cohen vivía ostentoso y a la vista de todos. Este debe vivir de modo vulgar y en contacto con gente sin importancia.
–¿Y cómo va a obtener así información sobre asuntos de importancia?
–De la misma gente de segundo orden a que hacía referencia… de empleados, secretarias, funcionarios que harían cualquier cosa por un poco de dinero extra, un portero, un camarero que sirve en una embajada, un conductor de camiones del ejército, un operador de radio. Esa gente ve y escucha más de lo que imaginamos.
–¿Y conocerá esa gente a su jefe?
–No. Le cambiarán constantemente. Debe haber aprendido mucho de los errores de Cohen. Y Cohen estaba siempre en contacto directo con sus fuentes de información.
–¿Necesitaría entonces una red organizada?
–Exactamente.
–¿Y cómo la controlaría?
–Por un sistema de grupos… de tres, de cinco…
–¿Y dónde buscaría los líderes de cada grupo?
–Buscaría hombres necesitados de dinero. Hombres necesitados de amigos. Al hombre rencoroso. A la mujer que busca amante. Y nunca trataría directamente con ellos; siempre lo haría a través de terceros.
–¿Y quiénes serían esos terceros?
–Alguien que pueda hacer favores. Un oficial que dé licencias y permisos, un comerciante que dé crédito. Un médico, un funcionario de aduana.
–¿Me puede esbozar un retrato de ese espía?
–No, coronel, no puedo.
–¿Capitán Shabibi?
Era un hombre joven, delgado y estudioso. Estaba un poco nervioso al verse sometido al interrogatorio del gran Safreddin.
–No creo, coronel, que nos sirva de mucho un retrato. Un hombre puede cambiar de rostro en diez minutos. Y sirve de poco saber si tiene buena posición o se oculta entre gente de segunda o tercera fila. Creo que nos acercaremos mucho más a él si estudiamos los modos que puede tener para comunicarse con sus superiores.
–¡Muy bien!
Safreddin le aprobó fríamente.
–Continúe capitán, por favor.
–Rara vez utilizará el correo que, por otra parte en Siria no es muy perfecto ni de fiar.
Vaciló al decir esto último.
En la habitación se escucharon algunas risas; pero la expresión de Safreddin las frenó en seguida. El joven capitán siguió hablando:
–Eli Cohen utilizaba a veces mensajeros. Pero esto le obligaba a desplazarse, a encontrarse con mucha gente y a reunirse en lugares extraños. Y un agente debe enviar informes regulares. A veces éstos pueden ser urgentes. Por eso creo que necesita una radio. Tenemos un sistema de detección. Y también un equipo perseguidor. Los he examinado. El equipo no es perfecto para una investigación policial. El personal, por otra parte, no está bien entrenado.
Esta vez no se rió nadie. Pero Safreddin sonrió.
–¿Podría explicar mejor su caso, capitán?
–Puedo hacerlo, coronel. Anoche me encontraba en la estación de seguimiento. Captamos una emisión no identificada, que trasmitía desde aquí en grupos cifrados. Solicitamos la ayuda de los detectores de dirección.
Una de las máquinas estaba en mal estado. Y antes de que la otra alcanzara a darnos el primer dato, la estación había desaparecido del aire. Todo lo que conseguimos fueron treinta grupos cifrados… imposibles de descifrar.
Encontrará una copia de las señales y un informe al respecto sobre su escritorio.
–Ya lo he visto, capitán. Muy claro y conciso. Le felicito.
–Gracias, coronel.
–Y desde mañana contaremos con cuatro detectores de dirección en la zona de Damasco… ¿Tiene algo que decir, capitán Kasem?
–Quería referirme al dinero. Una red de espionaje utiliza mucho dinero y lo necesita constantemente al contado. Esto significa que hay mucha
gente que está gastando un dinero cuya procedencia no podría explicar… Y
por allí podríamos dar también los primeros pasos.
–Pero aún no los hemos dado, al parecer.
–No, coronel.
–¿Ha pensado en la razón?
–Sí. Está muy controlado el dinero que sale del país. Pero no se controla el que entra. Bajo el nuevo… bajo el nuevo gobierno se ha creado cierta desconfianza de los bancos. La gente está ocultando su dinero para que nadie repare en ella.
–¿Cree usted que nuestra política está equivocada en ese sentido, capitán?
–No me opongo a eso coronel, pero…
–Entonces la debes criticar como el hermano prudente que eres. Si existe algún defecto, lo debemos tratar de remediar mediante la crítica fraterna. ¿Estaba diciendo…?
–Que desde el punto de vista de los servicios de inteligencia, tenemos una desventaja con las restricciones de la circulación monetaria.
–De acuerdo. Pero tenemos también otros problemas a que atender. El servicio de inteligencia sólo es un elemento de la vida nacional. Si empezamos a preguntar en la frontera a todos los turistas qué dinero traen, nos quedaremos finalmente sin turistas. El turista que viene dispuesto a gastar en Siria tiene toda la razón si exige que no se le moleste…
Recuperó la calma y se sentó, en un cojín de cuero, entre sus hombres.
–Pero la observación es válida. Esta misma mañana estuve examinando las cuentas bancarias de los que tienen fondos en el extranjero. Surgieron hechos muy interesantes. Dos conocidos ciudadanos habían estado engañando mucho tiempo al gobierno: mantenían dinero en el extranjero en lugar de repatriarlo como exige la ley. No son espías. Son criminales, sin embargo. Se les castigará con severidad. Otro ciudadano -y su caso puede resultarnos un interesante ejercicio- no ha hecho nada ilegal. Pero descubrí que se financiaba con importante crédito de una empresa italiana. Por pura casualidad tuve que revisar la lista de las personas que han entrado en Damasco durante estos dos últimos días. Y allí aparece el nombre de ese financiero amigo. Nuestras investigaciones revelaron que se hospeda en el Hotel de los Califas y que ha venido a realizar más inversiones en Siria.
Esto no tiene nada de sospechoso. Por el contrario, damos la bienvenida a
cualquier inversionista extranjero, con tal que no se transforme en un explotador. Así pues, aquí tenemos al empresario extranjero y al hombre a quien ya ha prestado dinero con anterioridad. Un expediente neutro y nada más. Pero el hombre a que prestan dinero es un iraquí que trabaja para el gobierno. Así que me gustaría saber más sobre esas relaciones. Mi pregunta: ¿Cómo proceder?
–Interrogando al iraquí.
La sugerencia la hizo un joven oficial situado en un extremo de la sala.
Safreddin le miró con benevolencia.
–Conozco al iraquí. Tengo documentación completa sobre el personaje.
Respondería a todas mis preguntas, se encogería de hombros y me diría que si quiero que siga haciendo negocios en beneficio de Siria, no debo asustar a los comerciantes. Y tendría razón, además… Me parece que nos hace falta un método mejor.
–Con su permiso, coronel -dijo el estudioso Shabibi, que volvió a ponerse de pie-, me parece que en esta materia también fallamos. No existen canales adecuados por los cuales un visitante amistoso, o un comerciante amigo, pueda incorporarse a nuestra sociedad y así podamos nosotros conocerle.
–Existen esos canales, capitán. Nunca hemos dejado de ser amables a nivel comercial y diplomático con nuestros visitantes.
–Eso no es suficiente, coronel. Son canales demasiado formales. Todo el mundo utiliza su máscara pública y se guarda la cara privada. En este sentido estamos pareciéndonos excesivamente a rusos y chinos, que tanta influencia tienen hoy en nuestro país.
El círculo de iniciados se estremeció con un susurro de sorpresa. Todos los ojos se volvieron al sorprendente personaje que hacía tan franco desafío en público a la autoridad máxima. Safreddin permaneció sentado, inmutable, meditando en las implicaciones de la queja del joven. Debería estar orgulloso del oficial, pensaba, pero, por otra parte la envidia y el amor propio corroían ese legítimo orgullo. Debía felicitarle y, sin embargo, apenas dominaba la tentación de burlarse de su falta de comedimiento.
Se le estaba abriendo un pozo bajo los pies y caería fácilmente si no lograba dominar la vanidad y el miedo a los posibles rivales. El capitán Shabibi continuaba en pie, a la espera. Safreddin empezó a hablar tranquila y persuasivamente:
–Siéntese, capitán, por favor… En primer lugar, permítame felicitarle por su franqueza. No es fácil hacer una declaración impopular ni siquiera en esta… en esta conspiración de los justos. Nada hay que pudiera gustarme más que pudiéramos mostrarnos maduros, orgullosos y fuertes entre las naciones del mundo; de tal modo que todo extranjero se sintiera honrado al entrar en nuestra casa y compartir nuestra intimidad. Pero Siria ha estado enferma durante mucho tiempo. Ya hemos purgado la enfermedad. Pero el paciente continúa en plena convalecencia. Aún persiste el ambiente de hospital y la humillación del continuo tratamiento. Nuestra cara privada, como usted dice, sigue demacrada y pálida. Por eso nos aferramos con fuerza a nuestros amigos más fuertes: a aquellos que han sufrido antes la misma enfermedad, que han emprendido el mismo remedio radical de la revolución, que están dispuestos a ayudarnos con dinero, armas, comercio y apoyo político. Nos han dado nueva sangre. Nos están ayudando a adquirir huesos y músculos fuertes para saber luchar en el día del gran combate.
¿Me comprende?
–Le comprendo, coronel -dijo el joven capitán-. Pero…
–Permítame explicar el pero en su nombre, capitán… No nos gustan todas las costumbres de nuestros amigos. No compartimos todas las ambiciones que quieren inculcarnos. Lo mismo nos sucedió con los egipcios: no podíamos plegarnos a todas sus exigencias cuando se ensayó el mando único. Pero eso no basta para quebrar la amistad. Somos más sutiles.
Sabemos ceder al viento como los juncos del Tigris. Cuando el viento cesa, volvemos a erguimos otra vez. Dejamos que los rusos nos enseñen organización. Dejamos que los chinos nos enserien el modo de conservar la unidad cuando está la lucha interna en el país. Y siempre continuamos siendo nosotros mismos… arraigados en el Islam, arraigados en la tierra que antaño fue trono del Islam. Y ahora…
Se interrumpió y contempló al grupo, con afecto y autoridad.
–Y ahora volvamos a la pregunta que habéis respondido sólo en parte.
¿Cómo podemos capturar a nuestro espía y destrozarle toda la red? ¿Cómo se captura a la rata que se pasea en torno a los sacos de grano? Os lo diré.
Los espías sólo trabajan en busca de una sola cosa: informaciones. ¿Cómo podemos tentarle para que salga de su escondite? ¡Con una información!
Contésteme, capitán Shabibi; si usted fuera un espía judío, ¿qué le interesaría averiguar en Siria?
Selim Fathalla había pasado un mal día. Estaba irritado desde la comida, desde la discusión con Sergio Bellarmino; discusión que había añadido nuevos riesgos a una situación ya de suyo muy peligrosa. Emilie, injuriada por las observaciones del italiano, había pasado la tarde en tal estado de tensión nerviosa que tuvo que enviarla a casa antes de la hora habitual.
Bellarmino se había negado a aceptarla como guía e intérprete: se marchó solo a hacer sus gestiones cerca de los comerciantes y los funcionarios del ministerio de Comercio. O era un descontrolado o estaba actuando de acuerdo con órdenes e instrucciones especiales de Tel Aviv… Y no era éste el estilo de Baratz. En modo alguno. Baratz escogía con sumo cuidado a sus agentes, confiaba enteramente en ellos, los ayudaba en las crisis y cargaba sobre sus hombros la responsabilidad definitiva de las gestiones. Cuantos correos enviaba, llevaban afirmaciones de confianza y palabras de aliento.
Pero este personaje no se contentaba con hacer de mensajero; estaba actuando como un verdadero inspector. Y presentaba juicios de tipo moral, verdadero lujo dentro de un oficio amoral por esencia. Trataba de imponer una autoridad que no tenía derecho ni siquiera a pretender. Se irritaba fácilmente y parecía demasiado seguro de su propia rectitud, para dejarle suelto entre un pueblo siempre famoso por su sutileza.
Había perdido su pista desde por la tarde. Le telefoneó una vez para anunciarle que había sido invitado a cenar a la noche siguiente por un funcionario del ministerio de Comercio y que también podía acudir él si quería. Después, nada. Desesperado, Fathalla le había telefoneado al hotel a las nueve de la noche. Le informaron que aquel caballero había alquilado un coche para ir a Aleppo y que no regresaría hasta la tarde del día siguiente.
Su conducta tenía cada vez menos sentido; a menos que… Se le ocurrió otra posible explicación y se quedó pensando largo rato mientras Emilie dormía intranquila murmurando y quejándose.
El servicio de inteligencia de Israel no dependía de una sola mano ni de una sola organización. Jacob Baratz dirigía la sección de inteligencia militar. La sección de investigación y análisis dependía del ministerio de Relaciones Exteriores. Y había, en fin, una tercera organización, dedicada al contraespionaje, que estaba bajo control directo del Primer Ministro. Como todo el mundo en Israel, las tres secciones trabajaban a veces en armonía y otras veces entrechocándose. No era imposible que Baratz, preocupado con la inclusión de Emilie, hubiera solicitado la colaboración del servicio de
contraespionaje para investigar dicho extremo. La idea no le gustaba nada; le era molesta, como alfilerazos en la piel; pero no podía descontarla.
Explicaba, por lo menos, la extraordinaria brusquedad de Bellarmino y su evidente deseo de colocar a Emilie y a él mismo a la defensiva. Sólo había un medio de averiguar la verdad: ponerse en contacto con Baratz. Miró la hora. Las diez y cuarenta y cinco. El programa de trasmisiones establecía que debía llamar a Tel Aviv a las doce y treinta y cinco minutos de la noche.
Cerró la puerta del dormitorio, abrió el panel de faenza y se sentó a preparar el informe.
Llevaba unos veinte minutos trabajando cuando sonó el timbre de la puerta del departamento. El sonido le dejó espantado. Las visitas nocturnas eran cosa extraña en Damasco. Salió de su agujero en la pared, cerró el panel de mayólica y se puso una bata. Volvió a sonar el timbre, largo e impaciente, resonando por la casa. Corrió abajo y abrió la pesada puerta de madera. Un camión cargado de vegetales estaba estacionado junto a la puerta y el conductor, un personaje desgarbado y truculento que olía a alcohol, le esperaba en el umbral. Llevaba del brazo a Sergio Bellarmino, encorvado e inconsciente. El italiano traía la ropa rota y sucia, el rostro destrozado y lleno de fragmentos de vidrio y piedras y la cabeza le sangraba por debajo de un vendaje nada limpio.
–¡Alá! – exclamó tristemente el conductor del camión-. Creí que no bajaría nunca. – ¿Qué ha sucedido? – Un accidente. A sesenta kilómetros al norte de Damasco. Un camión chocó con un taxi. El conductor del taxi ha muerto. Este cayó a la carretera. Al principio parecía estar bien. Me dio el nombre de usted. Le traje. Después se ha puesto estúpido. La policía le querrá ver por la mañana. ¡Por Alá!
¡Quítemelo de encima!… Pero tiene que pagarme algo.
–Ayúdeme a entrarlo.
Subieron a Bellarmino y le dejaron sobre el diván del dormitorio.
Estaba completamente aturdido, se movía sin coordinación y balbucía palabras incoherentes. Le salía espuma sanguinolenta por la boca. Emilie se despertó y se sentó en la cama. Espantada, se cubrió el cuerpo desnudo con la sábana. El conductor la miraba fijamente con ojos de borracho feliz.
Fathalla le puso un puñado de billetes en la mano, le sacó rápidamente de la casa y cerró la puerta.
Cuando volvió al dormitorio, Emilie ya se estaba ocupando del herido.
Le dio una orden en seguida.
–Debieras llamar al doctor Bitar. Está muy enfermo. Fathalla marcó el número de Bitar y tuvo que esperar largo rato antes de que le respondiera el médico, molesto y soñoliento. Le contó lo sucedido.
–Hoy llegó a Damasco uno de mis socios. Acaba de tener un accidente.
Está herido en la cabeza
y en otros sitios. Parece serio. Ojalá pudieras verle inmediatamente. –
Mejor que llames a una ambulancia y le dejes en el hospital. Iré a verle en seguida. – No estoy seguro de si podemos moverle ahora mismo. – Dame entonces quince minutos. Ahora salgo.
Bellarmino estaba más tranquilo. Pudieron limpiarle, quitarle la chaqueta destrozada y cubrirle con sábanas. Emilie se sentó junto al diván y Fathalla le revisó los bolsillos. Encontró dinero suelto, un pañuelo ensangrentado, un pasaporte italiano, un certificado internacional de vacuna, una cartera llena de billetes sirios y una libreta de cheques de viaje de cincuenta y de cien dólares. Había también siete tarjetas de visita que le identificaban como Sergio Bellarmino, representante de Intercommercio Bellarmino, de Roma. Hallaron también otra libreta llena de direcciones y números de teléfono. Detrás de la cubierta llevaba oculto un pequeño objeto rectangular. Fathalla la rompió en el centro y extrajo el objeto. Era una placa de oro con la estrella de David grabada. El reverso, escrito en hebreo, contenía los nombres de los campos de concentración de Europa y el número de víctimas de cada uno. Fathalla barbotó invectivas de la peor especie.
Emilie alzó la vista, asustada. – ¿Qué has encontrado, Selim? – Lo suficiente para que nos ahorquen a todos. Bellarmino es un loco fanático.