La torre de Babel

Morris West · Capítulo 3 de 4 · parte 1/4

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La torre de Babel

*

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Arosa, a Zermatt y a Saint Moritz, algunas algo más sabias o más ricas y todas mucho más viejas y gastadas en el tráfico internacional.

Se movían hábilmente de grupo en grupo y dejando a su paso una estela de perfume y un temblor de sensualidad. Tocaban con mano suave muñecas o mejillas y se retiraban en seguida. Hablaban melodiosamente en el tono alto e insípido de las geishas, entretejían sus frases con nombres y lugares y hacían fugaces promesas a hombres que habían comprado infinidad de veces semejante satisfacción y para quienes ellas no representaban una conquista sino una elegante conveniencia.

Chakry pasaba y repasaba entre los invitados como hebra de oro, acariciaba un hombro desnudo, susurraba en oídos atentos, se llevaba ahora a este y luego a otro a coloquio privado, retirándose siempre a tiempo para no verse obligado a concluir nada ni dar veredicto alguno. Matheson le observaba admirado y envidioso, maravillándose de la precisión y soltura con que se apartaba de una conversación cuando la creía ya algo peligrosa.

Era el perfecto creador de confianza, disipaba temores, ponía bálsamo en las heridas financieras y hacía promesas demasiado brillantes para admitir contradicción. A Matheson le llegaban fragmentos de su charla hasta donde estaba sentado ausente y acariciando las rodillas de la bailarina sentada en el brazo de su sillón y a la que le hablaba satisfecho sin advertir su aburrimiento.

–…Todo el mundo envidia la autonomía e independencia de el Líbano… Cuando nos atacan a nosotros es a aquellos a los que apuntan…

El estado socialista significa la muerte de la empresa bancaria… Son inevitables los períodos de opresión… aun en el mismo negocio del petróleo pueden cortarnos el cuello. El truco consiste en disponer siempre de nuevas bolsas de dinero, como estamos haciendo nosotros… Las reservas norteamericanas de oro están en crisis… Los británicos siempre prometen mucho, pero la libra apenas se sostiene… El siete por ciento anual de aumento en el valor de bienes raíces… Las líneas aéreas y los hoteles deben desarrollarse al unísono… No vengas,

*

Así en el original [Nota del escaneador].

aguanta…

Era la actuación de un virtuoso. Mark Matheson se daba cuenta de que no podría igualarlo en cien años. Así pues, al poco rato se entregó al licor y dejó que la charla le pasara por encima sin tocarle. Ahogó así la culpa de su propia rendición y empezó a calcular, mareado, cuánto tiempo tardaría en interrumpir la cháchara de la bailarina para poder irse a dormir.

T el Aviv

–A veces pienso que en nuestras vidas sólo tiene lugar un gran combate… Así se expresaba Jacob Baratz cuando ya estaba dándose fin a su muy privada cena. – Sólo una vez en la vida, tienen esplendor las banderas; son de plata las trompetas y

proclamamos nuestra victoria o rogamos humildes. Después ya sabemos demasiado y lo mejor que

podemos esperar es seguir siendo mercenarios leales. – ¿Y tú, Jacob, eres eso… un mercenario? No había ironía en la pregunta. Desde su explosión de autohumillación, Judit se había mostrado muy sumisa. Durante la cena habló con bastante soltura. Pero de todos modos apenas parecía interesada, como si se le hubieran agotado todas las reservas de pasión y debiera mantenerse serena y distante hasta poderlas recuperar nuevamente. Baratz seguía sombrío y preocupado; necesitaba explicarse, pero tenía miedo de traicionarse a sí mismo.

–No sé qué otra cosa puedo ser. Soy un soldado permanente. Cobro mi sueldo como cualquier servidor del estado. Me gusta mi trabajo. Sé que lo hago algo mejor que la mayoría… pero esto es cuestión de aptitud y no de inspiración… Así que soy un mercenario.

–¿Y te preocupa? – El trabajo… sin duda. – Me refiero a lo que significa… a la vigilancia, a la tradición, a la tierra, al pueblo… -Eso también. Pero me preocupa de otro modo. Ya no me forjo ilusiones. He escuchado los

debates amargos del Knesset. He visto a hombres que conspiraron y lucharon juntos para fundar Israel, burlarse y atacarse mutuamente.

Contemplo el juego del poder y los arañazos furiosos en el mercado del dinero y me pregunto si luchamos sólo para esto.

–Sin embargo has enviado a Adom y a otros como él a arriesgar diariamente la vida por esa causa. Estabas muy contento esta noche cuando quemé mis pequeñas esperanzas en ofrenda de la misma causa. ¿Por qué?

–¿Quieres que ponga un poco de música? – ¿Pero vas a contestarme o no? – dijo Judit, impaciente. – Estoy buscando una respuesta para mí. –

Entonces dime por lo menos dónde la estás buscando. Baratz se levantó de la mesa, puso en marcha el tocadiscos y poco después escucharon a Horowitz en el concierto para piano de Schumann, ese rico y dolorido poema de despedida y añoranza. Judit se arrellanó en un rincón del sofá, cerró los ojos y dejó que la música resbalase sobre ella en oleadas sucesivas. Parecía tan vulnerada, tan perdida y tan agradecida al momentáneo alivio, que Baratz experimentó un súbito estremecimiento de piedad. Deseaba abrazarla, calmar su cuerpo insatisfecho, tranquilizarla con ternura y alegrarla con pasión de amante. Pero no se atrevía ni siquiera a tocarla a menos de incurrir en traición.

Pasó un momento. Sin abrir los ojos, volvió ella a preguntar: -¿Dónde estás buscando, Jacob? ¿Qué estás buscando? – Quiero lo que he perdido…

aquello en que se puede creer, lo que te permite dar la vida y morir cantando. – ¿Lo has poseído alguna vez? – Creo que lo tuve una vez.

Ahora ya no estoy seguro. – ¿Por qué? – ¿Por qué? Por lo que te he hecho esta noche. Porque las razones de todo lo demás que debo hacer, se me hacen cada día más confusas. – ¿Eres creyente, Jacob? –

En Dios, no. Ojalá lo fuera. Hace un par de semanas estuve en Jerusalén.

Fui al museo a pedir

información sobre una pieza de porcelana nabatea que compré a unos beduinos en el Negev. Uno de los guías hizo entrar a un grupo de ancianos de Safad. Verdaderos adukim. Ya los conoces. No es necesario que entre en detalles. Los seguí. No sé por qué. Apenas se interesaban en las antigüedades. Parecían más preocupados de ellos mismos y del paseo que estaban dando. Pero cuando entraron a la gran habitación donde tienen la vieja Torah, los vasos sagrados y las vestiduras, se animaron repentinamente y de manera extraña. Y vi como hombres y mujeres se besaban los dedos y los apoyaban en las vitrinas. Algunos se quedaron como en éxtasis, con los ojos cerrados, moviendo los labios en oración. Les tuve tanta envidia que casi lloré. Para mí eso era sólo historia y tradición, algo que ata, sí, pero no lo suficiente. ¡Casi nada! Se me escapaba el amor.

El amor por el que se les hacía real y presente el Dios de Nuestros Padres.

–Quizá sea esa la respuesta, Jacob… el amor. – Quizá. ¿Pero sabes lo que eso significa? – Tú amabas a Hannah. – La amaba. La poseía. La

destruí. Franz Lieberman me dijo que tenía que suceder. No le quise escuchar. ¿Qué es lo que sé del amor?

Judit abrió entonces los ojos y le miró la cara gris y tensa, mitad a la sombra y mitad a la luz de las velas. Por un momento la turbó y avergonzó el evidente sufrimiento del hombre; pero la venció otra vez el resentimiento y le volvió a poner a prueba:

–¿Y qué haces ahora, Jacob?

–Trabajo. Hago lo que un creyente, pero sin creer. Practico la lealtad e impongo la disciplina. Me pagan para que mande. Y mando. Se confía en mí para que dé juicios y opiniones honradas. Trato de darlos lo mejor posible.

–¿Y te basta? – Es cuanto tengo. – ¿Y cuánto tiempo piensas seguir así?

– Un día. – ¿Y después? – Otro día. – ¿Y es ésa toda tu esperanza? – Es todo lo que tengo. La esperanza es otra cosa. – ¿Y qué esperas, Jacob? – Lo que Goethe pedía antes de morir. “Luz. Más luz”. – Yo también estoy a oscuras, Jacob. – Ya lo sé. Ya no había música. Ni les quedaban palabras.

Eran dos islas en una habitación llena de sombras y silencio. En algún sitio de Damasco había un hombre cuya ausencia los separaba como una espada desnuda. Baratz se levantó del sofá y salió de la habitación. Volvió en seguida y se sentó junto a Judit. Extendió la mano derecha y Judit vio, en la palma extendida, una cajita. Jacob le habló suave y juicioso.

–Hemos hablado demasiado. Nos hemos herido el uno al otro. No debemos volver a hacerlo. Esto es lo más precioso que tengo. Lo encontré en un agujero en la roca durante el primer combate de Ramle. Quiero que lo aceptes y te vayas a casa. Guárdalo y míralo alguna vez para que te diga todas las cosas que yo ahora no sé decirte.

Tomó la caja y le preguntó: -¿Lo puedo ver ahora, por favor? – Por supuesto. Abrió la cajita, quitó el algodón y cogió el pequeño tesoro entre los dedos: una piedra antigua,

cuadrada y plana, de color verde veteado y con la imagen de Venus surgiendo del mar. – ¡Qué hermoso, Jacob! ¿Qué es?

–Una esmeralda. No es de las mejores. El color es demasiado suave. Y

muy veteada. Es romana, tallada quizás en la época de Tito, en Alejandría.

Por lo menos eso creen en el museo. Me dijeron que probablemente sería un adorno para un cinturón femenino.

–¿Quién sería ella? ¿Se la habría regalado a su hombre antes de partir a la guerra? ¿O se la habría comprado él y no pudo dársela antes de morir?

–Fue hace tanto tiempo. ¿Quién puede saberlo? ¿Y qué importa?

–Lo sé yo -dijo Judit Ronen en voz baja-. Yo lo sé y me importa y te estoy tan agradecida que no puedo ni llorar. Mándame a casa ahora mismo, Jacob. Mándame a casa en seguida.

Damasco

En una sucia habitación de lo que antaño fuera un gran hotel, Idris Jarrah echado en la cama observaba la pantalla de la lámpara pendiente del techo. Había comido mal y pasado dos horas en un club nocturno donde las mujeres eran más rapaces y menos favorecidas de lo que es habitual en Oriente Medio y había decidido que Damasco había muerto una vez más y sin esperanza alguna de ser resucitado por el Baas ni por nadie. Las calles estaban llenas de soldados inútiles y de policía excesivamente vigilante que le había pedido ya dos veces la documentación. La mercancía en las tiendas era escasa y de pobre calidad. Los edificios de aspecto sucio y abandonado.

No había visto una sola mujer elegante, ni un hombre bien vestido. Y como la moralidad pública era ahora materia de preocupación oficial, sólo le quedaban dos posibilidades: o dormir solo en un hotel o arriesgar salud y dinero en un burdel clandestino. Y decidió, sin pensarlo demasiado, que ante el dudoso solaz no valía la pena arriesgarse: Su único consuelo era que, a primera hora del día siguiente, estaría ya fuera de la ciudad y camino de Amman y Jerusalén. Pero ni aun eso era bastante para suavizar las dudas que empezaban a acosarle en su monótono escondite. Había salido entusiasmado y seguro de la entrevista con Safreddin, confiando en que, como tenía planeado, seguiría siendo el árbitro de la situación. Pero ahora, aislado en un rincón nada amable de aquella ciudad suspicaz y triste, ya no estaba tan seguro. Safreddin estuvo demasiado complaciente. Había demostrado excesivo respeto por un intruso, aunque éste llevase en la cartera buen dinero de la O.L.P. Y cuando la actitud de Safreddin no resultaba congruente con su conocido temperamento quería decir que algo malo estaba sucediendo. ¿Pero cuál podía ser el peligro? Buena pregunta; de vida o muerte para Idris Jarrah, que tenía cien mil dólares en el banco y quería gozar plenamente de ellos en el futuro.

Había tantas corrientes contradictorias en la política árabe, tantos cambios y bandazos, que hacía falta ser un genio o un mago para adivinarlo todo a tiempo. Dentro del mismo Islam había sectas y sectarios y los hijos del profeta no constituían una familia muy feliz. Había pendencias, reyertas y celos tribales; tensiones étnicas y rivalidades nacionales; disensiones políticas y súbitos juramentos de amistad que se esfumaban tras los breves momentos de interés común. El interés oficial de Safreddin era el derrocamiento de la monarquía de Jordania; pero bastaría una amenaza de los israelíes de Galilea para que tuviera que cuidar de su propia parcela, donde, fácilmente, podía estallar la guerra civil. Toda la conspiración quizá fuera un truco para demostrar que Safreddin era, en el fondo, amigo de la monarquía hachemita y estaba dispuesto a desenmascarar a los traidores que atentaban contra la unidad árabe y la fundamental fraternidad islámica.

Como había señalado el kadí, hacía siglos, a Abu el Bromista, hay muchos modos de copular con un gato… y el desgraciado Bromista fue azotado por haber dicho que sólo había uno.

Safreddin le había pedido que se pusiera en contacto con el comandante Jalil. Pero Jalil ya estaba comprometido -y quizá bajo arresto en aquellos momentos- porque Jarrah le había traicionado ante Nuri Chakry. Hablar con él sería meter el cuello en la horca. Negarse a hablar con el comandante provocaría las sospechas de Safreddin, aunque no revelara toda la amplitud de la traición… Y cayó en la cuenta de lo afilada y peligrosa que era la espada sobre la que estaba haciendo equilibrios.

Se lo había jugado todo en la creencia de que Chakry no revelaría su fuente de información, y que podría sobrevivir a la crisis financiera y permanecer en el mercado como comprador de informaciones. Pero si no era así, si ya no le quedaba crédito alguno, ¿cómo iba entonces a recuperar el dinero que había pagado a su informante? Era obvio que lo recuperaría.

Aunque tuviera que cobrarlo en sangre. ¿Qué haría un comprador de informes cuando le fueran ofrecidos por persona ya desacreditada? Exigiría pruebas de su autenticidad. Y Chakry las poseía: la firma en documento acreditativo, un recibo del dinero pagado y cinta magnetofónica con una voz perfectamente reconocible. Jarrah conoció a otros hombres que murieron en callejuelas oscuras o cayeron por la borda en alta mar porque, después de muchos años de perfectos cálculos habían cometido un pequeño error de discernimiento.

Desde aquel instante, su vida dependía de conjuraciones condicionales; de si Chakry había vendido a su informante; de si los hombres a quienes lo había vendido pasaban su nombre a Safreddin. En Jordania podría sobrevivir algo más porque acababa de hacer un evidente servicio al trono.

Por lo menos tendría tiempo de pensar y pesar las posibilidades a favor y en contra. Pero en Damasco estaba en peligro de muerte.

Hizo un cálculo rápido. Desde Damasco hasta el puesto fronterizo jordano de Rumtha había dos horas y media por carretera. Podía pedir un taxi y marcharse en aquel momento, pero debería quedarse cerca de la frontera, esperando un vehículo que le llevase a Amman por la mañana.

Partida tan precipitada despertaría sospechas en Safreddin. Y la llegada a Rumtha a hora tan insólita no dejaría de sorprender a los guardias. Mejor descansar en los condicionales, arriesgarse en su última y larga noche en Damasco y partir, como tenía previsto, por la mañana.

Se levantó del lecho y se fue a la puerta. No había llave. La cadena de seguridad estaba rota. Encajó una silla bajo el tirador de la puerta. Sería muy fácil entrar, pero, por lo menos, tendría unos instantes para defenderse de cualquier intruso. Buscó algo en la maleta. Sacó su pequeña pistola negra. Y se recostó en la cama, vestido. Se tapó con la sábana hasta los hombros y dormitó intranquilo, despertándose con cada ruido de la calle y cada pisada que sonaba en el corredor.

Damasco

Después que se marcharon Safreddin y sus hombres, Fathalla llamó por teléfono a Emilie.

–¿Emilie? Soy Selim. Estoy en la bodega. El vigilante ha salido a tomar café. ¿Por qué no me pasas a buscar en coche? Daremos un paseo.

–¿A dónde?

Era la pregunta que esperaba que le hiciera. Respondió cariñosamente, para tranquilidad del agente que debía estar escuchándoles.

–Adonde quieras. He tenido mucho trabajo y estoy cansado. Si te parece, podemos ir a cenar al Hakim y después estacionamos en algún sitio a mirar la luna. Me siento muy romántico.

–Como quieras, Selim. Estaba preocupada. Vinieron dos hombres de los servicios de seguridad. Dijeron que tenían órdenes de registrar la casa.

–Ya lo sabía -le dijo Fathalla tranquilamente-. Me lo dijo Safreddin. Se trata de una investigación de reglamento en casa de los que tienen cuentas

bancarias en el extranjero.

–Ojalá me lo hubieras dicho antes. No sabía qué hacer. Tuve que dejarles entrar.

–Está muy bien. No te preocupes por eso. Pásame a recoger dentro de media hora.

Colgó el auricular y se dedicó a pensar en cuanto debía hacer inmediatamente. En primer lugar, dar la alarma a toda la red de espionaje y advertir a todos que se estaba efectuando una investigación. La alarma suponía un riesgo: el pánico, la precipitación o la debilidad de los inexpertos. Su modo de trabajar era completamente distinto al de Eli Cohen.

Este se había convertido en hombre público. Tenía amigos importantes en el mundo de los negocios, en la diplomacia y en la política. Había utilizado el viejo truco teatral de la capa invisible. Estaba tan presente que durante mucho tiempo nadie reparó en él. Era tan claramente sospechoso que nadie sospechaba de él. Pero apenas se descubrió el truco, toda la red se le derrumbó como un castillo de naipes.

Los agentes de Fathalla eran más humildes: empleados de los ministerios, infelices y mal pagados; funcionarios jóvenes, molestos por el lento escalafón y el sistema de preferencias políticas; mercaderes desposeídos, víctimas de la revolución socialista; miembros de los grupos nasseristas, eliminados del poder cuando subió el Baas. Estaban repartidos por todo el país y su contacto con ellos no era directo. La red se fundaba en el clásico tríptico: cada agente sólo conocía a otros dos pudiendo sólo traicionar a éstos. Fathalla estaba en contacto personal con Bitar y con un hombre de Aleppo; pero ninguno de ambos conocía la existencia del otro.

Así pues, disponía de dos redes distintas y que funcionaban independientemente. Al día siguiente avisaría a Bitar. Y en cuanto pudiera se marcharía a Aleppo a hacer la misma advertencia.

Pero había un problema mucho más urgente: debía enviar lo antes posible un mensaje a Jacob Baratz, en Tel Aviv. Baratz debía ser informado del nombre y dirección del consignatario de las armas que al otro día despacharía Safreddin. Y, más urgente aún, Baratz debía ser informado de que el banco Fenicio pasaba un mal momento y tenía también que enviarle un agente del exterior, con el que pudiera hacer un nuevo arreglo para financiar a sus informadores. Pero su casa ya no era centro seguro de comunicaciones ni lo sería hasta que Safreddin quitara los aparatos de

escucha para asegurarse de que nada había que temer. Bitar tenía una emisora en su casa, oculta tras los paneles del aparato de rayosX; pero la casa de Bitar debía estar también sometida a vigilancia y, en cualquier caso, aquella noche no era la ocasión más propicia para establecer contacto.

Finalmente, tenía que pensar en Emilie y tomar una decisión delicada: hacerla partícipe o no de su trabajo. Cuanto más lo pensaba, más evidente le parecía le decisión a adoptar. La amaba. No le cabía la menor duda de que ella le correspondía. Si él caía, ella estaba dispuesta a caer también, y su inocencia no la protegería de la venganza de Safreddin. Así pues, debía armarla haciéndole saber, armarse él con la gustosa cooperación de la joven y, finalmente, pagarle con el matrimonio y una vida segura en un país nuevo. Emilie ya sabía algo por lo que él había dicho en pleno delirio.

Fuera lo que fuere era demasiado para estar confiado y muy poco para que ella quedara protegida frente a las hábiles preguntas de un interrogatorio sutil. Debía confiar, pero antes debía asegurarse de que Emilie se entregaría de buen grado. Apenas le hiciera las revelaciones del caso, la joven tendría en sus finas manos su propia vida y la de toda la red. Era un riesgo temible.

Toda su experiencia de conspirador le aconsejaba evitar el peligro de compartir secretos con una mujer; no obstante, sabía también con certeza que no podría soportar otra división de sí mismo en otra aventura amorosa desgraciada. La personalidad es un capital que necesita el constante refuerzo de relación con otra persona. Ya había gastado con excesiva prodigalidad y visto muy claro el peligro de la destrucción personal.

Volvió el vigilante y Fathalla salió fuera y se quedó en la sombra, junto a la puerta, fumando un cigarrillo. La callejuela estaba oscura y desierta; Safreddin, al parecer, no creía necesario hacerle vigilar. Anduvo hasta la esquina donde la calleja se cruzaba con una calle más ancha, se detuvo en un quiosco, pidió una naranjada y bebió lentamente, sin dejar de mirar a todas partes por si pasaba algún sospechoso. No vio a nadie. Más tranquilo, regresó a la puerta de la bodega y esperó a que Emilie pasara a buscarle.

La luna del desierto brillaba baja en el cielo frío mientras cruzaban la vieja ciudad hacia la carretera de Rumtha. Los escarpados cerros cortaban el horizonte y se destacaban, estériles y grises, sobre las débiles estrellas.

Una brisa fría atravesaba la tierra yerma y trayendo el olor acre de la arena y de las piedras. Emilie se apretaba junto a él para calentarse y Fathalla conducía poniéndole una mano sobre los hombros. Sentía su cabellera

rozarle los labios y una mano de ella bajo la pechera de la camisa. Un par de kilómetros después de los últimos suburbios, Fathalla dejó la carretera principal y dobló por un camino empinado y estrecho que seguía el curso de un arroyo seco y ventoso y se internaba entre los cerros. Era poco más que un sendero de mulas y el coche saltaba y se estremecía al pasar sobre piedras o hundirse en las zanjas. Finalmente, Fathalla lo detuvo frente a una pequeña iglesia blanca, de bajas paredes de piedra. Tenía una torre a punto de derrumbarse y un cementerio destrozado. Fathalla bajó del coche y caminó hacia la vieja puerta.

Emilie le siguió, confusa y algo asustada.

–¿Qué lugar es éste, Selim?

–Una iglesia. Le pasó un brazo por los hombros y le sonrió. – Dicen que en el tiempo de las Cruzadas era una famosa ermita y tenía un pozo de agua milagrosa. Y ahora nadie viene aquí. Excepto yo. Le miró fijamente, sorprendida. – ¿Y por qué tú? – Es mía. Se la compré al patriarca de Siria cuando llegué a Damasco. – Pero aquí no hay nada. – Estamos nosotros. –

Lo sé, pero… -¿Me quieres, Emilie? – ¡Sabes que sí! ¡Y mucho! –

¡Bésame! Se besaron a la luz de la luna, con los muertos como testigos silenciosos. Después, Fathalla la

tomó de la mano y entraron al cementerio. Levantó una losa de un nicho, expulsó a un pequeño lagarto y cogió una antigua llave. Abrió la puerta de la iglesia, entró con la joven y cerró la puerta. El aire, dentro, era seco y olía a cerrado. Finos rayos de luna dejaban entrever una nave vacía, un altar caído y una fuente bautismal quebrada. Hacía mucho tiempo que habían quitado de allí todo vestigio de muebles, quemado todo objeto de madera y arrancado de las ventanas todo lo arrancable.

–¿Por qué me has traído aquí, Selim? Se rió suavemente, pero el sonido, de todos modos, retumbó en la nave de piedra. – Ten paciencia. Te lo diré en seguida. Se puso de puntillas, buscó algo en la parte superior de un pilar normando y bajó una linterna. La

encendió y la enfocó hacia la bóveda del santuario. Brilló un mosaico de oro, púrpura y verde y, cuando el rayo de luz atravesó la cúpula, la joven pudo ver una procesión de santos que se alzaba hasta la gloria de una divinidad con cabeza triangular. Fathalla le explicó lo que representaba medio en serio medio en broma.

–Les llaman los santos mártires de Nediran. Eran trescientos cuarenta -

puedes contarlos, si quieres-. Su jefe era Abdulah ibn Kaab de la tribu de Beni Harit. Dhu Novas, un judío, con ayuda de algunos árabes, hizo una verdadera matanza en el siglo sexto. Los musulmanes los veneran y Mahoma los menciona en el glorioso Corán… ¿Ves al niño? Dicen que siguió a su madre a las llamas y saltó a la hoguera susurrando el nombre de Cristo… Creí que te gustaría verlos.

–Nunca los había oído nombrar. – Y no sé de nadie que los conozca. Así que son un secreto nuestro, Emilie. – No me gustan los secretos. Me dan miedo. – Esta noche te quiero contar un secreto, Emilie. – No, por favor. –

Tengo que contártelo. Quiero que te cases conmigo. – ¡Dios mío! Las palabras fueron un suspiro apenas audible. Se le fue el color del rostro y se quedó inmóvil,

como estatua de piedra. Le miraba como si no pudiera creer lo que había oído. Un instante después,

se aferró al cuerpo de Fathalla, y gemía; parecía sufrir intensamente. –

¡No puedo, Selim! ¡Yo quiero, pero no puedo! ¡No puedo! – ¿Por qué no?

La sacudió violentamente. – ¡Dime por qué no! – ¡No lo sé! – Tienes que saberlo. ¡Dímelo! – ¡Me estás haciendo daño, Selim! La dejó libre y retrocedió. La miró mientras se pasaba las manos por los brazos doloridos y trataba de tranquilizarse. Finalmente, Emilie le dijo con voz débil:

–No puedo. No me atrevo a casarme con un musulmán. – Pero te has acostado con uno. Estás enamorada de uno. – Todo eso… bueno, sí. Pero el matrimonio… el matrimonio es otra cosa. Puedes tener cuatro esposas si quieres. Pero yo no soportaría rivales en mi casa, Selim. Y no aguantaría que me dejaras cuando te cansaras, puedo marcharme o retirarme cuando quiera. Y si estoy casada no podré hacerlo.

–¡Y sin embargo dices que me quieres! – Es verdad. Por eso quiero que sigamos tal como hasta ahora, hasta que el amor se acabe. Fue tan categórica y firme, tan fuerte, que Fathalla tuvo la impresión de estar ante una extraña.

Trató de buscar palabras que pudieran conmoverla. Por fin encontró algunas, no muy adecuadas,

pero las pronunció con voz que no era la suya. – Escúchame, Emilie, por favor. – Te estoy escuchando. – Te traje aquí para contarte un secreto.

Cuando te lo haya dicho podrás aniquilarme con una

sola palabra. Si no te digo nada, me aniquilo yo en otro sentido. Así que si no quieres saber los secretos, te llevaré de vuelta a casa y mañana mismo se acaba todo. ¡Todo! No podríamos ni seguir trabajando juntos.

–¿Cómo puedes ser tan cruel? – No soy cruel… Puedes creerme. – ¿Por qué no podemos seguir como hasta ahora? – Porque, aunque tú puedas soportarlo, yo no puedo seguir dividido. – Me das miedo, Selim. – ¿Por qué? – Eres un hombre tan reservado. No lo digo por hoy. A veces, incluso me gusta que seas así

porque puedo actuar a mi modo; tengo libertad para ser yo misma casi siempre. Pero estar casada y pasar la mitad de la vida en un mundo aparte…

¡no! – ¿Pero no te das cuenta de que se trata de eso precisamente? Te estoy pidiendo que me dejes

entrar en tu mundo. Y quiero que tú te unas al mío… y me cambies. – Y

cuál es tu mundo, Selim? Ya había llegado demasiado lejos y no podía retroceder. Su propia vida y la vida de otras cien personas no pesaba bastante para equilibrar la necesidad que tenía de Emilie. La tomó de la mano, la guió con la linterna, la llevó atrás del altar.

Bajaron, por unos peldaños viejos, a la cripta de la ermita, vacía hacía siglos de cuantas maravillas guardó en un tiempo. En las paredes de la cripta había un nicho donde antaño había yacido un santo bajo una losa de mármol. El santo ya no estaba, pero la losa seguía intacta. La hizo subir allí encima y Emilie se quedó sentada, pálida y borrosa como una vieja pitonisa. Le miraba fijamente a los ojos. Fathalla le habló. – Te voy a entregar mi vida, Emilie. Desde ahora quedo en tus manos. No soy musulmán. Soy judío. No soy Selim Fathalla. Me llamo Adom Ronen. Soy agente del gobierno de Israel.

–Ya lo sabía… por lo menos en parte. Se lo dijo con toda sencillez. Pero Fathalla se conmovió hasta la medula de los huesos. – Lo sabía y no lo quería saber. Me decía a mí misma que no podía ser verdad. – ¿Y ahora? –

Me alegro. Y lo siento. – ¿Me sigues teniendo miedo? – Temo por ti. Y

también por mí. – He solicitado que me reemplacen lo antes posible. – ¿Por mi causa? – Sí. – No debes hacerlo. Nos marcharemos en el momento oportuno, cuando puedas decir “se

terminó, ya no tengo nada que hacer”. – ¿Y te casarás conmigo? – Si entonces me sigues necesitando…, dímelo.

–Te necesito ahora.

Le habló entonces apasionadamente, casi con aspereza.

–Tengo esposa en Israel. En este momento está realizando los trámites del divorcio para que me pueda casar contigo. Si queremos sobrevivir, tenemos que trabajar juntos. De otro modo será posible que me traicionases o te traicionaras a ti misma, sin querer.

–¿Es ésa la única razón por la que quieres casarte conmigo?

–Sabes que no.

–Sí, lo sé. Pero tendrás que recordármelo siempre, Selim. Es el precio que has de pagar. Dices que quedas en mis manos. Yo también en las tuyas.

No podría soportar que me dejaras.

–No te dejaré nunca, Emilie. Te lo prometo por mi vida.

La bajó de la losa de mármol y se abrazaron y besaron en la oscuridad.

Fathalla abrió la tumba vacía y le mostró el trasmisor de urgencia. Levantó una piedra del suelo y sacó un libro de claves, un cuaderno de notas y una lista de longitudes de onda. Emilie le sostuvo la linterna y observó las operaciones por encima del hombro de Fathalla. Emitieron la señal para Jacob Baratz.

Armas despachadas a coronel Abid Badaoui 37 Kamouz Amman punto Por razones desconocidas Safreddin realizando investigación sobre personas que tienen cuenta en banco Fenicio punto Me ha incluido en investigación punto Casa ya comprometida por esta investigación, pero Safreddin dice que no se sospecha de mí punto Me informó que banco Fenicio está en crisis y me sugirió que trasladara mi cuenta a institución árabe representada en Damasco punto Esto implica inmediata y esencial reconstrucción de nuestros canales financieros punto Requiero inmediato contacto con agente tuyo punto Pido información asunto personal ya comunicado.

Vaciló un instante y agregó después una frase final: En vista delicada situación he designado persona confianza para que haga trasmisiones si no puedo hacerlas personalmente punto La firma Emil indicará situación de emergencia.

Capítulo sexto

Tel Aviv

El mensaje de Damasco planteó a Jacob Baratz una situación irónica, un dilema difícil y una pregunta sin respuesta.

Lo irónico consistió en que, mientras estaba formulando los planes de ataque a una aldea jordana, estaba a la vez cursando, por medio del ministro de Relaciones Exteriores y sus canales diplomáticos, ciertos datos que podrían salvar la vida del rey de Jordania. Y cuando redactó el despacho correspondiente a Jerusalén, no pudo resistir el cínico pensamiento de que la muerte de diez hombres vulgares podía significar un incidente fronterizo, pero la de un hombre de sangre real podría provocar una crisis internacional. La primera podía aceptarse con la serenidad de un riesgo en el mercado de cereales; la otra crearía pesadillas y trastornos diplomáticos.

Y lo más lamentable de la broma era que, el rey, no agradecería en lo más mínimo la prevención a su favor, pero el incidente fronterizo le serviría de queja a explotar, agradecidamente, en el foro de las naciones. Si la política era el arte de los posibles, era también la crónica de lo improbable, crónica que nunca podría describir la más imaginativa de las novelas.

El dilema no tenía nada de gracioso. Si no lograba sacar de sus dificultades a Fathalla, perdería un agente y una red de espionaje. Mientras el Banco Fenicio funcionase normalmente, podría proporcionarse a Fathalla dinero de varias procedencias, correspondiendo cada una de ellas a un ingreso en su cuenta comercial. Pero si cada envío, viniese de Suiza, Roma o Atenas, era objeto de análisis por un banco gubernamental de Siria, Fathalla estaría perdido a un mes plazo. La única alternativa era la de enviarle dinero por correo. Pero esto era un riesgo para el dinero, para el correo y para el mismo Fathalla que, por otra parte, parecía estar en una situación bastante difícil. Baratz decidió, finalmente, enviarle un agente desde Roma y hacer llegar a Fathalla el dinero que le hiciera falta durante un mes. Estos arreglos, y una llamada al Banco Central para solicitar información, consumieron media hora de su tiempo disponible.

Pero aún le quedaba una pregunta pendiente: ¿quién era Emil y por qué Fathalla había dado el paso sin precedentes de cursar un radio vital e información cifrada a un agente que el cuartel general no conocía ni había autorizado? Sólo había un modo de conseguir la respuesta. Escribió un mensaje y agregó en él que se le trasmitiera en su propio nombre a Fathalla.

Informa lo más completa y rápidamente identidad Emil punto Tu contacto bancario llega en cuatro días punto Identificación ópera cómica punto Requiero urgencia informes siguientes seguridad personal y red movimientos tropas sirias en terreno área Galilea y detalles técnicos

posiciones fortificadas en cerros Galilea información llegada aparatos MIG

y curso negociaciones instalación rusa misiles tierra aire participación Iraquí pacto defensa Siria RAU punto Asunto personal arreglado amistosamente plazo dos semanas.

Puso el mensaje en un sobre que cerró y selló, agregando una nota para el servicio de comunicaciones y pidió un mensajero que lo llevara. Selim Fathalla volvió a los archivos: ya era una cifra en las cuentas de una nación, una pequeña variable en la ecuación de la supervivencia. ¡Si Baratz pudiera simplemente alejarle de su cerebro con la misma facilidad!

Afortunadamente, tenía más cosas de que ocuparse, por lo menos durante las horas de trabajo. Los planes de la incursión de represalias ya estaba cobrando forma definida. Todo su equipo recomendó el mismo blanco de la zona de Hebrón. El servicio de operaciones lo aprobó. Había desacuerdos de detalle -sobre el armamento, el apoyo artillero y el despliegue de la infantería-, pero todo se podría resolver en la mesa de conferencias. Sin embargo, había dos preguntas todavía sin respuesta: la potencia de las posiciones árabes y las consecuencias políticas de la agresión. La segunda respuesta dependía, en cierto modo, de la primera. De no producirse un encuentro armado de grandes dimensiones, la destrucción del pueblo podría interpretarse como pura y simple represalia. Pero si las acciones militares resultaban importantes, el acto se interpretaría como operación agresiva… Y otra vez la ironía y la terrible locura del juicio militar y diplomático.

La actual disposición de las tropas jordanas consistía en dos columnas blindadas, patrullando por el sector de Hebrón, y dos compañías de infantería motorizada en reserva a diez millas de la zona que iba a ser atacada. La única vía de acceso al pueblo era una estrecha carretera de montaña fácil de cortar con fuego de artillería pesada. Sólo podía recibir apoyo aéreo de un escuadrón de Hunters, muy inferiores a los Mirage israelíes. Pero toda aquella disposición de tropas quizá fuera muy distinta en el momento de efectuarse la incursión: podía estallar una revolución en palacio o haber una visita de dignatarios extranjeros que necesitara de protección armada. Así pues, hasta la víspera misma de la operación, habría que calcular sobre la base de cantidades variables y de resultados muy diferentes sobre el conjunto.

Cuanto más pensaba Baratz, menos le gustaba. Cuanto más progresaban sus cálculos, menos control tenía sobre la situación global. El orden de las cosas estaba claro: El servicio de inteligencia aconsejaba; el de operaciones dirigía y el ministerio de Defensa daba o negaba su consentimiento. ¡Amén!

Y que Dios nos ayudara a todos… con tal de que no hubiera desaparecido para siempre del escenario de las cosas humanas.

Sonó el teléfono. Tomó el auricular y pudo escuchar el apresurado pero exacto informe de una acción que en tales momentos se desarrollaba en Galilea. Una embarcación israelí, de pesca por el lago de Tiberíades, se había acercado excesivamente a la ribera oriental. Los sirios le habían disparado. Una lancha patrullera, enviada en su ayuda, había encallado en un banco de arena y ahora constituía blanco perfecto para el fuego sirio.

Ordenaron que despegara un avión de combate para silenciar la artillería siria. Baratz, en su escritorio, tomó unas notas, dejó el teléfono y se quedó sentado, con el ceño fruncido, pensando en la nueva información.

El verdadero peligro estaba en Galilea. En términos puramente militares debía golpearse allí, arrebatar a los sirios el control de los cerros y conseguir de este modo que el lago y el valle del Jordán fueran sitio seguro para el cultivo y la población. Pero cualquier encuentro con los sirios era riesgo de peligro para una guerra general con los estados árabes. Siria, amenazada, invocaría la ayuda egipcia. Y Egipto vociferaría en pro de la guerra santa por todo el Mediterráneo. Esta nueva acción introducía un nuevo elemento en los planes de represalia contra Jordania. Alteraba confusamente el cuadro político: un duelo de artillería tiene siempre más difusión en la prensa mundial que un simple acto de sabotaje. Y una vez más, Jacob Baratz se estaba dando de cabeza contra las paredes que le cercaban. Era soldado. Tenía que ir tomando nota de las implicaciones políticas. Pero en ningún caso podía determinarlas.

De hecho -y tal era la verdadera tragedia de la condición humana- ni la más elemental relación entre el Yo y el Tú cabe más allá de la determinación de un solo hombre. Y de nada sirve la sabiduría: la luz de un hombre ilumina su propio rincón; la de su vecino ilumina otro, y entre ambos queda una zona oscura y yerma, minada y traicionera. La buena voluntad no basta. Toda la buena voluntad del mundo no puede hacer justicia cabal a un solo ser humano que, por el acto de nacer, se convirtió en víctima de la paradoja humana. La sombría cripta de Yad Vashem

conmemoraba la muerte de seis millones de judíos; pero en las chozas de la franja de Gaza acampaban trescientos mil árabes que no renunciarían por ningún motivo a recuperar la tierra que antes ocuparon en su patria.

El más sabio Yo y el Tú más conocido y amado podían llegar a cierta armonía. Pero el conocimiento nunca era completo y el amor jamás entregado completamente, pues en el mismo centro de cada persona siempre hay una zona amurallada que la persona defiende como piedra sagrada, aún a costa de su propia autodestrucción. Los místicos de todas las religiones han comprobado, acertadamente, que la paz y la perfección se consiguen en el momento en que se derriba esta última muralla y se renuncia a ese último territorio y ya no queda nada que defender ni por qué luchar. Pero hasta los místicos aceptan que la perfección es una visión, algo que se encuentra y se escapa al mismo tiempo -si es que existe- y que sólo podría hallarse en otra vida…

Y estas reflexiones retrotrajeron a Jacob Baratz a la tarea para la que había sido contratado: juntar los fragmentos de informaciones incompletas y construir un cuadro en parte verdadero y en parte falso; ponderar los riesgos y beneficios en la pérdida de vidas humanas; elaborar mapas de combate con alfileres y banderas de papel de colores; equilibrar una amenaza con otra porque, al parecer, los hombres, que nacen de un acto de amor, sólo pueden sobrevivir practicando el terror…

Rumtha

Por un milagro -en el que no creía-, por un acto de misericordia -que había aprendido a no esperar nunca- o, simplemente, gracias a la buena fortuna del jugador avezado, Idris Jarrah descubrió que seguía vivo al despertar aquella mañana. El descubrimiento le hizo recuperar la confianza en poder salir tranquilo de Siria: sabía muy bien que los arrestos se suelen ejecutar a esa hora indecisa antes del alba, cuando el ánimo personal está a su nivel más bajo y cuando hay pocos testigos que puedan incitar a la violencia. A pesar de la noche inquieta que había pasado, se encontraba lo bastante lúcido como para tomar decisiones precisas. La primera: utilizaría su pasaporte jordano, un documento muy bien hecho, que ya había soportado muchas inspecciones en muchas fronteras. La segunda: no se quedaría mucho tiempo en Amman. Se marcharía inmediatamente a Jerusalén y se buscaría una guarida segura en la vieja ciudad donde los extraños eran un lugar común.

Tomadas las decisiones, se tranquilizó sintiéndose mejor. Se quitó la ropa con que había dormido, se bañó, se afeitó, se instaló la pistola en la parte interior de la pantorrilla, se puso un traje ligero y bastante bien planchado y salió del hotel. Le estaba esperando el coche: un vehículo propiedad de una de las agencias turísticas que llevaban gente de Damasco a Amman y a Petra. Le alegró descubrir que viajaría acompañado: en el coche había una pareja de viejos del medio oeste de Estados Unidos y un británico de aspecto melancólico que mordía una pipa vacía y, a todas las preguntas, respondía con monosílabos apenas audibles. Jarrah no tenía muchos deseos de conversar y, por tanto, después de varios intentos fracasados de parte de los norteamericanos, un silencio polvoriento descendió sobre el coche y sus incongruentes pasajeros.

El camino discurría a través de un desierto blanco con unas cuantas parcelas de cultivo entre rocas. Algunas aldeas bíblicas cobraban lentamente vida bajo el creciente calor de la mañana. Viajaron media hora detrás de una fila de camiones militares. Respiraron arena y petróleo. Y las repetidas maldiciones del conductor les asaltaron los oídos. Finalmente, el conductor aceleró, adelantaron el convoy y continuaron la marcha a velocidad moderada por curvas flanqueadas de rocas hasta que se vieron obligados a volver al paso de tortuga, ahora tras de un rebaño de ovejas.

Después de adelantar con dificultad a los animales, pudieron avanzar libremente otros quince kilómetros, pronto para quedar detrás de dos camiones cubiertos que subían laboriosamente una empinada cuesta y se mantenían en el centro de la carretera. No hubo maldición ni bocinazo que los obligara a dejar paso. Llegaron a la cima de la cuesta y aceleraron a gran velocidad hacia abajo. Les dejaron como recuerdo una cegadora nube de polvo.

En el puesto fronterizo de Siria, Jarrah volvió a sufrir ansiedad ¡no fuera que el largo brazo de Safreddin le cogiera allí y le llevara de vuelta a Damasco! Pero los despacharon con el mínimo de formalidades, dejándoles pasar sin molestia alguna. Pero cuando llegaron frente al puesto jordano, a Jarrah se le paralizó el corazón. El lugar estaba lleno de tropas armadas.

Desviaban los vehículos pesados a un costado de la carretera y los taxis y coches los enviaban a un camino secundario. La policía revisaba los documentos y los funcionarios de aduana abrían y hurgaban todos los coches y maletas. Jarrah recordó la pistola que llevaba amarrada a la pierna

y el dinero oculto en el doble fondo de la maleta. Buscó desesperadamente alguna cara conocida o algún funcionario que tuviera aspecto negligente.

Recordó también el despacho de armas de Safreddin. Y se sintió más tranquilo: todo el problema podía deberse al dato que el sirio pasara al servicio de seguridad jordano. Si esto era así -otra vez un “si” incómodo- no tendría nada que temer. Si se trataba de otra cosa… Preparó el rostro de luna, adoptó expresión y sonrisa de funcionario paciente y se dispuso a jugarse la vida.

Tenía diez coches por delante y avanzaban muy poco. El aire, dentro del vehículo, se volvía caliente y fétido por momentos. Jarrah cogió su maleta y bajó del coche. Fingió, ostentosamente por supuesto, que quería estirar las piernas y tomar un poco de aire fresco. Tal como suponía, sus compañeros hicieron otro tanto y los cuatro se quedaron fuera, observando a la policía y a los funcionarios de aduana y esperando que les llegara el turno de someterse a la inspección. Jarrah se interesaba más en los camiones. La tropa, dirigida por un oficial de la Legión Árabe, los estaba registrando rápida y eficientemente. No se detenían en las etiquetas ni en los nombres de los paquetes y las cajas. Bajaban el cargamento como lo hacen los estibadores de los puertos. Abrían las cajas de cartón y de madera. Rompían los bidones de aceite y metían punzones de hierro en los sacos de grano.

Varios guardias, con rifles automáticos, vigilaban la entrada y la salida del camino a su paso por el puerto fronterizo, mientras un sargento y un cabo registraban a los conductores de camiones. Tardarían varias horas antes de terminar con todos. Y era evidente que se tomarían todo el tiempo que fuera necesario.

Los coches empezaron a moverse. A Jarrah y demás pasajeros les examinaron con más cuidado el pasaporte y los otros documentos.

Registraron el coche de un extremo a otro. Quitaron hasta los asientos. Les abrieron todas las maletas. Uno de los funcionarios le pidió a Jarrah que le mostrara su maleta. La abrió con toda clase de demostraciones de buena voluntad e incluso empezó a sacar uno por uno todos sus documentos y a darle una serie de explicaciones sobre cada uno. El funcionario se aburrió en seguida, se encogió de hombros y se marchó.

Seguir: parte 2 de 4