La vida entera

David Grossman · Capítulo 11 de 14 · parte 1/3

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La vida entera

Abram le pregunta por las profundas grietas…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Abram le pregunta por las profundas grietas que había ya en sus tiempos en las paredes de la casa, sobre todo en la cocina aunque también en los dormitorios. También quiere saber si la estructura entera siguió inclinándose con los años y qué es lo que hicieron Ilan y ella para solucionar el problema de los dinteles que tendían a salirse de las jambas. Le pregunta si el armario empotrado grande, el que había en la habitación de él, todavía existe, y ella le cuenta que hasta el día en que la familia se marchó de la casa para mudarse a Ein Kerem, el armario seguía allí, reinando como un viejo patriarca sobre la habitación entera. Y el armario del dormitorio también seguía allí, porque en realidad habían tocado muy pocas cosas de la casa, añadió Ora, solo algo en la cocina, ya te lo he contado, y abajo, en el sótano, en el cuarto de costura, pero eso cuando los chicos crecieron.

La cuesta es pronunciada, el día muy caluroso desde bien temprano y, según parece, el monte Tabor es el más empinado de todos los que han subido hasta ahora. A ratos se vuelven de espaldas a la cuesta y andan hacia atrás. Así dejamos descansar los cuádriceps, le explica Ora, y hacemos trabajar a este par de amiguitos que tenemos aquí, añade, y se da unas palmaditas con ambas manos en el trasero, el glúteo mayor y el glúteo medio, que también tienen que esforzarse un poco, a ver si no.

Y así, andando hacia atrás, con Kfar Tabor y el valle Yabneel abajo, a sus pies, van repasando la casa entera, habitación por habitación. Abram le pregunta por la baldosa hundida en medio del pasillo, por el dintel tan alto y especial del dormitorio, por el complicadísimo sistema de tuberías de las cuales muchas estaban a la vista. Abram recuerda cada cosa estropeada, cada defecto, lo mismo que todos los encantos de esa casa. Es como si no hubiera dejado de estar en ella ni un solo día y como si tampoco hubiera dejado nunca de cuidarla. Le pregunta si el desagüe del sótano seguía rebosando cada vez que llovía.

Eso era competencia de Ofer. Siempre que amenazaba lluvia preparaba mochos, cubos y trapos, y más tarde ideó un pequeño sistema de bombeo, tenías que haberlo visto, con un motor y dos tuberías, y solucionó definitivamente un problema que me parece que había existido siempre, desde que se construyó la casa.

También nos hizo una cama, vuelve a escapársele a Ora, y eso que le da la sensación de que sería mejor no contárselo, pero ya que están hablando con tanta franqueza, ¿qué razón puede haber para ocultárselo, en realidad?

¿Pero la construyó él solo?

Cuando estaba en séptimo grado, ¿o estaba en octavo? Ora jadea, se apoya en un pino que crece en diagonal con una osada inclinación. Pero no tiene importancia, mira, acabo de acordarme de otra cosa, cambia disimuladamente de tema —porque ha notado cierta punzada de dolor en la voz de Abram al preguntarle, como si diera un paso atrás— y le cuenta cómo Ofer, cuando tenía unos tres años, le decía, quiero contarte un cuento, y ella, encantada, te escucho, y esperaba y esperaba mientras Ofer se quedaba mirando largamente un rincón de la habitación, con una expresión muy solemne, hasta que llenando los pulmones de aire le decía con una voz ronca y emocionada: y entonces…

¿Y entonces qué?, le pregunta Abram tras una breve espera.

¿No lo captas?, le pregunta Ora y sus risas ruedan valle abajo.

¿Ah, eso era todo?

Y entonces… y entonces… ¿No es eso lo más importante en los cuentos?

Ese cuento es todavía más breve que el más breve de los míos, se sonríe Abram inclinándose hacia delante y apoyando las manos en las rodillas mientras jadea pesadamente.

¿Cuál, por ejemplo?

El día que nací mi vida cambió por completo.

Ora suspira. Y entonces…

Y entonces les hizo una cama.

Al principio pensó en una cama para él, le aclara a Abram. Una noche lo oyó andar por la casa y cuando se levantó a preguntarle qué le pasaba le dijo que le estaba dando vueltas a la idea de hacer una cama, pero que no era capaz de decidir qué tipo de cama y que las dudas no lo dejaban dormir. A Ora le pareció una idea estupenda: la pequeña cama en la que dormía desde que era niño estaba ya en muy mal estado, rechinaba y estaba a punto de descuajaringarse bajo el peso de aquel cuerpo en crecimiento. Tengo un montón de ideas pero me cuesta decidirme por una, le dijo, y se sopló en las palmas de las manos como si le ardieran. Le repitió que no podía dormir y que hacía ya varias noches que se despertaba con la sensación de que tenía que ponerse manos a la obra, y ya mismo, aunque seguía sin tener muy claro qué tipo de cama iba a ser porque era como si las ideas le vinieran y se le fueran.

Daba vueltas y más vueltas alrededor de Ora, tamborileando muy deprisa con los dedos y mordiéndose el labio inferior. Hasta que se detuvo, levantó la cabeza, la expresión del rostro le cambió, cruzó la habitación, casi atravesándola a ella, cogió un folio que había encima de la mesa, encontró un lápiz, improvisó una regla y a las tres de la mañana se puso a dibujar una cama para él.

Ora se asomó por encima del hombro de Ofer. Con facilidad y precisión las líneas fluían de sus dedos como si fueran una prolongación de ellos. Murmuraba muy bajito y parecía estar manteniendo una viva discusión consigo mismo mientras ante los ojos de Ora iba apareciendo un lecho de reyes, con su dosel y todo, pero como a Ofer le pareció demasiado elegante arrugó el papel lleno de furia: él quería una cama menos relamida, una cama de campesinos, así que arrancó una hoja nueva, volvió a empezar —qué manos tan hermosas tiene, pensó Ora, fuertes y delicadas a la vez, y ese triángulo hecho de lunares, justo en la muñeca— y mientras dibujaba le explicaba, quiero que aquí, todo el borde, esté hecho de travesaños de la vía del tren.

Pues en eso te puedo ayudar, le dijo Ora encantada. Podemos ir a Binyamina, que es de donde traje esto, y señaló el travesaño que había en la pared por encima del fregadero y del que colgaban cazuelas, sartenes y unos pimientos secos.

¿Me vas a llevar?

Pues claro, y después podemos pasar un día estupendo en Zichron Yaacov.

Quiero conseguir también unos buenos troncos de eucaliptos, para las patas.

¿Y por qué de eucaliptos?

Porque me gusta el color que tiene, respondió Ofer como si le sorprendiera la pregunta. Y la cabecera va a ser un arco de hierro, que al instante dibujó.

Estuvo casi diez meses trabajando la cama, le cuenta Ora a Abram. Hay unos herreros en el pueblo árabe de Ein Nakuba y como se hizo muy amigo de uno de ellos se pasaba horas y más horas mirando cómo trabajaba y aprendiendo de él. A veces, cuando lo llevaba en el coche, me dejaba ver lo avanzada que iba ya la cama. Con el meñique dibuja en la tierra: el arco es así y es la cabecera de la cama, la perla de la corona.

Qué bonito, dice Abram y piensa, mientras mira la cara de Ora que a su vez está mirando el suelo: como cabecera de ellos dos.

Un poco antes de llegar a la cima se sientan a descansar entre encinas y pinos. La pequeña tienda de ultramarinos del pueblo beduino de Shibli, que está enclavado a los pies del monte les ha devuelto la vida. Incluso han encontrado en él un saquito de comida para perros y además no tenían puesta la radio. Ahora están tomándose un rico desayuno con un café nuevo, recién molido y bien fuerte. El viento les seca el sudor y como las vistas son magníficas se solazan mirando la cuadrícula que forman los campos labrados del valle de Jezreel, en sus tonos marrones, amarillos y verdes, y ya más lejos los distintos abultamientos que rompen la línea del horizonte, el monte Gilead, los cerros de Menasheh y el monte Carmelo.

Mírala, dice Ora señalando con los ojos a la perra que está vuelta de espaldas hacia ellos apuntándoles con el rabo, desde que nos acostamos que está así.

¿Estás celosa?, le pregunta Abram a la perra lanzándole una piña muy cerca de la cabeza, que ella vuelve hacia el lado contrario manifiestamente desafiante.

Ora se levanta y va hasta ella, acerca la mejilla al morro y le rasca la cabeza. ¿Qué te pasa?, ¿qué te hemos hecho? Ah, quizá es que echas de menos a tu amigo, el perro negro. La verdad es que era bien guapo, pero ya verás como en Beit Zayit te presentamos a alguien. La perra se levanta, se aleja unos cuantos pasos más y se sienta mirando hacia el valle. ¿Habrase visto?, dice Ora sorprendida.

Cuéntame lo de la cabecera de la cama, le dice Abram, sorprendido ante lo ofendida que Ora parece estar por lo de la perra.

Ofer se lo había explicado de la siguiente manera: al principio hice un arco con dos mitades iguales que tenían que unirse por medio de esta abrazadera, por aquí, y la verdad es que no quedaba mal y técnicamente era perfecto, pero no me gustaba porque no iba del todo con la cama que yo quiero. Ora no entendía todos los detalles pero disfrutaba escuchándolo y observándolo mientras él le describía su trabajo. Por eso estoy haciendo un arco diferente, ahora de una sola pieza, y tengo pensado soldarle unas hojas de hierro; va a resultar un poco complicado, pero es que es así como tiene que ser y no de otra manera, ¿lo entiendes?

¡Que si lo entendía!

Lo primero que hizo fue tratar todos los agujeros de la carcoma con un producto especial para después taparlos con una laca para maderas; a continuación cinceló hasta el centro de cada tronco un ángulo de noventa grados, y eso que se trata de una madera dura, que opone su resistencia, habla Ora con palabras de Ofer, pero como es fuerte, porque los brazos los tiene como los tuyos, bien robustos por aquí —y le da unos golpecitos a Abram en ese mismo punto—, tras varias semanas de durísimo trabajo finalmente decidió comprar con su dinero —todo lo hizo él solo, porque excepto por el hecho de llevarlo aquí o allá en el coche, no quiso que lo ayudáramos en nada— una sierra radial para cortar hierro, aunque tampoco resultó adecuada para lo que él quería hacer, así que tuvo que ir a comprar otra más resistente. Después hizo unos canales en la madera y, espera —exclama para frenar una pregunta que ya asoma en los labios de Abram—, que también hizo él solo las hojitas de hierro para el arco de la cabecera, unas hojas de rosal, veintiuna en total, preciosas, con las espinas y todo.

Abram la escucha con los ojos entrecerrados, muy concentrado y acariciándose distraídamente los brazos.

Cuidó en cada hojita hasta el último detalle. Te habría encantado ver lo delicadas y bonitas que le quedaron y la madera de la cama lo mismo, la estructura, el borde, porque se veía una verdadera profusión de madera que parecía fluir como a oleadas, y al mostrárselo ahora le da la sensación de que está acariciando la ondulante madera y con ella al mismísimo Ofer, tan corpulento, fuerte y suave a la vez, y es que te tengo que decir que no he visto una cama así en mi vida.

Había algo vivo en esa cama, piensa Ora, incluso las partes de hierro parecían tener movimiento.

Cuando la terminó decidió regalárnosla a nosotros.

¿Después de tanto trabajo?

Discutimos con él porque nos negábamos a quedarnos con una cama tan especial. Pero si has trabajado muchísimo en ella, ¿por qué no te la quedas tú?

Pero él es testarudo, sonríe Abram.

No sé qué es lo que le pasó. Puede que al verla terminada lo asustara un poco. Además, es que era gigantesca. La cama más grande que yo haya visto jamás.

Se traga apresuradamente otras palabras que casi se le escapan acerca del tamaño de la cama, como, por ejemplo, las muchísimas personas que podrían acostarse en ella tan cómodamente y, mientras, se sacude la tierra que se le ha pegado al dedo. ¿Para qué le habrá tenido que contar esto? Lo que quiere ahora es dejar el tema cuanto antes.

En resumen que nos dijo, cuando un día me case me haré otra cama. Ahora compradme una en la tienda. Y ya está. Se acabó el asunto de la cama, que no tiene mayor importancia. Era solo para que lo supieras. Ven, sigamos andando.

Se levantan y echan a andar, rodean el pezón del monte, para evitar las iglesias y el convento que hay en la cima, y vuelven a bajar en dirección a Shibli. Un cernícalo se cierne en lo alto y en los espinos de un cardo ven enredado un puñado del blanco vellón de una oveja. La perra oye los ladridos de los perros del pueblo y como quien no quiere la cosa se refugia junto a las piernas de Ora, que incapaz de guardarle rencor ni por un segundo más se agacha mientras sigue andando y le acaricia el dorado pelaje, ¿qué?, ¿hacemos las paces?, ¿ya me has perdonado?, ¿eres un poco figura, no te lo han dicho antes?

Y así siguen avanzando juntas, entre reprimenda y caricia, el rabo de la perra de nuevo cimbreante y en forma de lazo, las patas trotando ligeras alrededor de Ora, que se pone a pensar en la noche anterior y en la noche que se avecina mientras le mira la espalda a Abram, que va delante de ella. Anoche se dio cuenta de que él ya no tiene las cejas suaves y aterciopeladas que ella recordaba, mientras que esos carnosos lóbulos de la oreja sí los tiene muy suaves; en la familia solo los tiene Ofer, lo que llevaba a Ilan y a Adam a burlarse de él por sus lóbulos de Dumbo, unos lóbulos que Ofer no se deja tocar jamás pero que gracias a anoche ahora ella sabe el tacto que tienen. Ora piensa, eso fue hace cinco años, hace solo cinco años que Ilan y yo estrenamos la cama. Se acuerda perfectamente: Ilan temía que la cama fuera a rechinar cuando se acostaran en ella. Bajó al piso de abajo, al salón, y le gritó, ¡ya!, y Ora, arriba, empezó a revolcarse y a saltar por toda la cama hasta casi perder el sentido de la risa tan histérica que le dio (mientras que abajo no se oyó ni el más mínimo crujido).

Me gusta, dice Abram de pronto.

¿Qué?

Abram se encoge de hombros y con una mueca de sorpresa en los labios añade, es que es tan…

Tan qué.

No sé, es así como —levanta las manos y esculpe en el aire un Ofer de materia viva, tan fuerte, sólido y masculino, al que parece abrazar imaginariamente—, y Ora piensa en que si en ese momento Abram le dijera que la ama ella no sentiría una emoción mayor que la que está sintiendo en este momento.

Y eso que Ofer no es…, empieza Ora la frase pero se arrepiente y se calla.

¿No es qué?

Que no es nada, ¿cómo decirlo?, ¿que no es un artista?

¿Un artista?, exclama Abram sorprendido, ¿y qué tiene eso que ver?

Nada, tonterías mías, olvídalo. Pero espera, que todavía no te he contado casi nada. Uf, resopla soltando una bocanada de aire, ahora sí que me has impresionado, y cogiéndole la mano se la coloca sobre su pecho, toca aquí, ¿notas cómo me late? Lo que acabas de decir, de que te gusta como es Ofer…, y eso que todavía tengo tantas cosas que contarte de él.

Hasta salvó un manantial, ya sabes, pero no me hagas caso, es que me encanta presumir de él, le dice Ora riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

Abram salta enseguida, un punto ofendido, ¿a eso se le llama presumir?

¿Pues cómo se le llama?

Creía que estabas hablándome de él.

Ora aprieta el paso, lo adelanta y continúa andando extendiendo los brazos hacia los lados. Cuesta respirar de tanto oxígeno como hay.

Mira, escucha esto. Adam y Ofer encontraron un manantial paseando a los pies del monte Adar, por Beit Nekofa, un pequeño manantial completamente tapado con barro y piedras y del que manaba ya poquísima agua, un hilillo finísimo. Ofer decidió que lo quería recuperar y durante un año entero, ¿me oyes?, durante los permisos de la mili, iba allí, a veces también con Adam, que, aunque no le entusiasmaba demasiado la idea, lo acompañaba porque le daba miedo que Ofer estuviera allí solo, ya que aquello está en la mismísima frontera, y así, los dos juntos, por lo menos…

Abram ya se ha dado cuenta de que cada vez que Ora dice «los dos» él nota un repentino calor en las mejillas.

Se dedicaron a retirar las piedras y las rocas que obstruían la salida del agua del manantial, retiraron tierra, barro y raíces —Ora está radiante mientras lo cuenta, como si por momentos Ofer la fuera llenando de vida, tanto, que en estos momentos ya sabe que todo va bien, que todo irá bien, que su loco plan está dando sus frutos— y cuando lo dejaron bien limpio excavaron una pequeña alberca de un metro y medio de profundidad. Nosotros también fuimos con ellos bastantes veces, no queríamos que estuvieran allí solos, así que los días de fiesta nos acercábamos allí para llevarles comida y hasta sus amigos y los nuestros se acercaban por allí. Tengo que llevarte. Hay una morera enorme al lado de la alberca. Ofer era el jefe, y los demás trabajábamos a sus órdenes.

¿Pero cómo sabía lo que había que hacer?

Primero hizo una maqueta en casa, con la que Ilan le ayudó —recuerda la febril actividad que se apoderó de ambos y que la casa se llenó de bocetos y de cálculos sobre caudales, ángulos, flujos, volúmenes, pruebas y experimentos—, y después, ya sabes, todo lo que hay que tener es…

¿Qué?, ¿qué es lo que hay que tener?

Manos para construirlo, para preparar el cemento, poner los ladrillos, enlucirlo todo, cuidar bien todas las fases, además de que hace falta un cemento especial. Ilan llegó a llevar en el coche una tonelada de cemento, arena y cal. Imagina, se ríe Ora, solamente por darle gusto a Ofer fue capaz de sacrificar su Land Cruiser. Y después plantó una huerta de árboles frutales. Le ayudamos, claro está, llevamos un ciruelo, un limonero, un granado, un almendro, unos cuantos olivos y ahora aquello es un oasis con un manantial de agua viva.

Ora abre los brazos y camina ligera: tiene tantísimo que contar.

 

Han dejado atrás Shibli y el camino cruza campos y sembrados por entre senderos ocultos inundados del verde de la vegetación, que prácticamente los cubre por ambos lados. Ora se queda un poco atrás porque una sombra acaba de pasar por su mente sin que sepa exactamente qué es, como un dolor no localizado que ha hecho desaparecer su esperanzado estado de ánimo de hace tan solo un momento y que ahora le parece estúpido y sin sentido.

Abram piensa en Ofer, que ahora está allí. Intenta imaginárselo allí, se esfuerza por transportarse a sí mismo hasta allí, a esas calles y callejuelas, pero tiene en su cabeza una sola escena siempre fija de la guerra, una escena que se abre paso en él constantemente y que consiste en una sala vacía en la que él nunca entra. Abram tiene cinco salas como esa, oscuras y vacías, en las que tiene lugar una representación distinta y que nunca cesa, cuando se acuesta y cuando se levanta, porque la representación tiene siempre que seguir y las voces que provienen de ella le llegan a los oídos amortiguadas y lejanas, porque él nunca entra.

A cada paso que da el miedo de Ora aumenta. Puede que esté equivocada y que lo haya estado viendo todo al revés, es decir, que el hecho de estarle contando a Abram la vida de Ofer esté llevando a este a irse quedando sin ella. Ya prácticamente asfixiada por la angustia dice, no hago más que pensar en la persona que será cuando vuelva de allí.

Sí, susurra Abram a su lado, yo estaba pensando exactamente eso mismo.

No me veo capaz de forzarme a imaginar lo que estará viendo allí y lo que estará haciendo.

Sí, sí.

Porque es muy posible que vuelva siendo otra persona.

Avanzan encorvados, cargando con un terrible peso.

Aunque puede que Ofer ya esté inmunizado, se dice Ora para sus adentros, porque es muy posible que después de lo de Hebrón sea capaz ya de soportar cualquier cosa. ¡Yo qué sé! ¿Qué es lo que sé de él, en realidad? Puede que se las apañe mucho mejor que yo con la vida que llevamos aquí.

Porque yo, por ejemplo, si aquel día me hubiera callado la bocaza, puede que hoy todavía tuviera una familia. Y eso que los tres, Ilan, Adam y Ofer, la habían avisado constantemente de una y mil maneras de que hay situaciones en las que es mejor callar, simplemente callarse la boca, que no es necesario retransmitir en directo todo lo que a uno se le ocurre, ¿verdad? Pero ella solo se dio cuenta después de que todo hubo pasado, después de que todo terminara: ellos estaban siempre preparándose para cualquier situación, cualquier situación, porque sabían que tarde o temprano llegaría el momento de «la situación», ya que no había que ser adivino para saber que si Adam y Ofer iban a estar sirviendo allí durante seis años, tres y tres, patrullando, haciendo guardias en los controles, participando en persecuciones, emboscadas, registros nocturnos y reprimiendo manifestaciones, era imposible que no fueran a verse implicados en «una situación». Aquello era una habilidad de hombres que la ponía muy nerviosa, que la volvía loca, hierve Ora por dentro, pero el caso es que los tres llevaban bien puesta la coraza, mientras que solamente ella andaba por allí en cueros, como una niñita. Que ya no estás en tu Neve Sheanan de Haifa, Dorothy, le había espetado Adam durante una discusión familiar. ¿Sobre qué sería?, ¿estarían hablando del asunto de Ofer o sería de otra cosa? Cualquiera se acordaba. Porque hasta que se dio cuenta de lo que Adam había querido decir ya habían cambiado de tema, y es que en aquella época los tres cambiaban de tema con la sorprendente rapidez de unos fulleros tahúres cada vez que ella empezaba a darles la lata con sus ideas. Le gustaría saber la opinión de Abram sobre todo ese asunto.

Abram revisa a toda velocidad sus cinco salas, cinco, como los dedos de la mano. Hubo un tiempo en el que tenía muchísimas más, pero con los años y haciendo un gran esfuerzo había conseguido ir reduciendo su número, porque le resultaba imposible tenerlas todas activas a la vez, eso era algo que quedaba muy por encima de sus posibilidades. Pasa por delante de las puertas cerradas de las salas, corretea de adelante atrás contándolas con los dedos de las dos manos —la otra mano no es más que el respaldo de la primera— y acerca el oído para escuchar el apagado murmullo que surge de dentro, la banda sonora de las representaciones que allí tienen lugar ininterrumpidamente, día y noche, desde hace ya veinticinco años, sin perder ni una pizca de su frescura. Caza una frase por aquí y otra por allá y en ocasiones le basta con una sola palabra para saber en que punto de la trama están. Piensa también en que ojalá pudiera cerrar definitivamente esas salas que le quedan, dejarlas a oscuras, destruirlas, pero por otro lado el solo hecho de pensar en el silencio en el que entonces va a vivir lo aterroriza aún más, ese sonido a vacío, el silbido de la infinita caída hacia el abismo.

Vuelve a contarlas a escondidas, pasando el pulgar por la punta de los otros dedos. De vez en cuando debe hacerlo, por lo menos una vez a la hora, como parte de sus obligaciones dentro de su rutina de mantenimiento. Tiene la representación de la guerra, la de después de la guerra, con los ingresos hospitalarios y las operaciones, y la de los interrogatorios que tuvo que pasar en Israel con los de la seguridad de campo, los del servicio de seguridad general, los del Ministerio de Defensa y los de los servicios de inteligencia de la policía; y tiene la de Ilan, Ora y los chicos y la de prisionero de guerra en Abbasiya, claro está, que es en realidad la que habría tenido que nombrar primero porque ocupa la sala número uno, y ahora resulta que se le ha olvidado empezar por ella y eso no está nada bien, aunque debe de haber sido el hecho de pensar en Ofer lo que lo ha confundido, por el hecho de que Ofer esté luchando en estos momentos. Muy mal.

Vuelve a mover los dedos a toda velocidad. Primero, el pulgar, con el que cuenta, y la primera sala que señala es la del cautiverio, a la que de ningún modo puede ofender, así que está más que claro que va a tener que pagar con el sacrificio de una víctima esa grave falta tan insufrible, execrable, ofensiva e insolente que ha cometido contra ella hace un momento. Y la segunda sala es la de la enfermedad. El hospital y las terapias, la tres. Los interrogatorios a los que fue sometido en Israel, la cuarta sala. Y la familia de Ilan y Ora, la quinta.

Para mantener ese orden como es debido se mete la mano en el bolsillo y se pellizca a escondidas, se retuerce la carne del muslo y le clava las uñas bien a fondo, el pulgar y el anular, como si fuera la carne de otro, ¿cómo te has atrevido?, ¿cómo se te ha podido olvidar empezar por el cautiverio? Y sin dejar de andar, suplicante, cae de rodillas ante el interrogador alto y con bigote, el doctor Ashraf, que tiene unas manos espantosamente fuertes y nervudas, y le explica: casi nunca me sucede, me ha pasado poquísimas veces y ya no volverá a suceder. Y dentro, más hondo, a través de la piel que se desgarra: muy bien, ahora estás hablando, ahora entiendes tu error, y la humedad se va extendiendo ya por la tela y por la punta de los dedos.

Ora se encuentra delante de él, le sujeta la cara entre sus manos y grita como si gritara hacia el interior de un pozo vacío, ¡Abram, Abram! Él la mira con los ojos muertos, no está ahí, está correteando demencialmente por entre las salas oscuras. Abram, Abram, lo llama, asustada, luchando, sin querer ceder, porque sabe que lo va a poder sacar de ahí. Y entonces él emprende el regreso, despacio, a oleadas vacilantes, volviendo a llenar de vida las pupilas, con una abatida sonrisa de sumisión.

 

Una vez cada tres semanas, aproximadamente, llegaba a casa de permiso, le cuenta Ora, y entonces ella salía corriendo a recibirlo a la puerta de entrada y se abrazaba a él, aunque enseguida se acordaba de retirar el pecho hacia atrás mientras notaba en la cara los pelos de la barba de él, todavía suaves, y sus dedos rehuían el contacto del metal del arma que él llevaba colgada a la espalda mientras buscaban en esa misma espalda un trocito libre, un rincón que no perteneciera al ejército en el que posar la mano. En ese momento cerraba los ojos y daba gracias a quien fuera —incluso con Dios hubiera estado dispuesta a reconciliarse— por el hecho de que Ofer hubiera regresado sano y salvo también esta vez, aunque volvía a desilusionarse al notar que él se limitaba a darle las tres palmaditas de rigor en la espalda, como si fuera un amigo a quien estuviera abrazando, un amigo masculino al que marcaba los límites con ese gesto, pam, pam, pam, pero en eso también estaba ya curtida, así que siempre conseguía acallar el susurro de la afrenta con unos gritos de júbilo, ven, ven que te vea, qué bronceado, más que eso quemado, no te habrás puesto suficiente protección, ¿y ese arañazo?, ¿pero cómo llevas tantísimo peso?, porque no me vas a decir que todos se van a casa con una mochila como la tuya. Entonces él masculla algo y ella se contiene para no recordarle que también a la escuela se iba con la casa entera a la espalda hasta el punto de que ya entonces tendrían que haber adivinado que al final iría a dar con sus huesos en el cuerpo de blindados.

Se quitaba despacio el arma, un rifle Glilon, al que adhería los cargadores con una gruesa goma de color caqui. Ora lo veía inmenso, la casa le quedaba pequeña, con esa cabeza afeitada en la que solo apuntaba el pelo, y la frente abombada que le daba un aspecto amenazante que la empujaba a verse, por una fracción de segundo, mostrándole el carnet de identidad en un puesto de control cualquiera. ¡Seguro que estarás muerto de hambre!, le gritaba jubilosa con la garganta seca, ¿por qué no me has avisado de que llegabas a mediodía?, creíamos que venías por la tarde, habrías podido llamar por el camino para que me hubiera dado tiempo a descongelarte un filete.

Hasta hoy no me he acostumbrado a la idea de que vuelva a comer carne, le dice a Abram. A los dieciséis, más o menos, un buen día decidió que dejaba de ser vegetariano, y me resultó mucho más duro a mí que a él, ¿puedes entenderlo?

Pero ¿qué es ser vegetariano?, intenta averiguar Abram con mucho interés, ¿es ser alguien especial?, ¿es carácter?

No sé, me imagino que también es una manera de estar limpio. No diré que puro, porque Ofer, incluso cuando era vegetariano, siempre fue también —vacila un instante, ¿se lo dice?, ¿se lo puede decir ya?, ¿conviene?— muy terrenal, sí (por lo menos ha conseguido no decir «corpóreo»), y me daba la sensación de que parte de su maduración como persona iba en esa dirección, en lo contrario de ser vegetariano, una especie de postura «anti», pero ya ni sé lo que te estoy diciendo, añade Ora soltando una embarazosa carcajada.

¿Anti qué?

No lo sé, pero creo que quizá se trataba más bien de un «anti quién»

¿Anti quién?

No tengo ni idea —aunque cree que acertaría si se pone a adivinar—, ¿la delicadeza?, ¿la fragilidad?

Abram propone, ¿Adam?

No sé, es posible, porque era como si quisiera ser el más, ¿cómo formularlo?, el más duro, el más macho, con los pies bien firmes en el suelo, ¿y puede que hasta un poco intencionadamente «corpóreo»?

El día va siendo cada vez más caluroso. Los dos se quedan en silencio y les resulta muy cómodo estar así. Lo que no se cuente ahora se contará por la noche, o mañana, ¿o dentro de unos años? El caso es que al final se contará. Llegan a la cima del monte Débora y se echan a dormitar en un pedazo de hierba que encuentran a la sombra. Se quedan dormidos casi dos horas, agotados como están por haber subido a dos montes, y cuando se despiertan se encuentran completamente rodeados de familias que han acudido allí a pasar el día, a ese lugar desde el que se ven el monte Tabor y monte Gilboa, Nazaret y todo el valle de Jezreel. Una atronadora música árabe se oye por todas partes, proveniente de las radios de los coches, que tienen las puertas abiertas, y un aroma a carne asada inunda el aire. Unas diligentes mujeres cortan carne y verduras y le dan forma al kibbeh en unas largas mesas de madera. Los niños pequeños lo mismo se ríen que lloriquean, los hombres fuman sus pipas de agua y los adolescentes juegan a hacer puntería tirando piedras a unas botellas de cristal, que estallan una tras otra. Ora y Abram se ponen de pie de un salto. ¿Pero esto qué es?, ¿a qué extraño abismo los ha lanzado esa siesta? Tienen además la sensación de no haber sabido estar lo suficientemente en guardia, por lo que recogen rápidamente las mochilas y los bastones y cruzan a toda velocidad por en medio del gentío, sin pronunciar palabra, escabulléndose, como queriendo pasar desapercibidos sin que sepan muy bien por qué, aunque la verdad es que también la perra huye de allí con el rabo entre las patas. Descienden por un camino que les lleva hacia el cercano pueblo árabe y en ese mismo momento el almuédano empieza a llamar a la oración, el eco de su canto los envuelve y Abram se acuerda del almuédano de Abbasiya con el que él solía cantar desde su celda pero con una letra hebrea que él había compuesto para la melodía.

Bajo y rojizo se cierne el sol sobre la tierra abrasando con su último contacto cuantos colores encuentra a su paso. Pronto será de noche, dice Abram, tendríamos que buscar un sitio para dormir. La señalización del camino está borrada con carbón y más adelante alguien parece haber volcado intencionadamente los postes indicadores y le ha dado la vuelta a los letreros de madera que indican la dirección a seguir. Pero es que esto es tan bonito, susurra Ora, aunque en su voz parece notarse un punto de vergüenza, como si estuviera contemplando algo a lo que no tuviera derecho. El camino, que puede que ya no sea el de ellos, porque quizá hayan tomado otro, serpentea entre viñedos, olivares y árboles frutales y a su vera fluye un arroyo que hace que Ora vuelva a sentir una punzada de dolor al pensar en Sami y el viaje de aquel día con Ofer para llevarlo al punto de concentración, y al pensar en Yazdi, acurrucado contra ella, y en la mujer que después lo amamantó, y en los que estaban allí sentados en el suelo, en aquel hospital clandestino, calentándose la comida en un hornillo de camping. Y también se acuerda de aquel hombre que rodilla en tierra le vendaba la pierna al que tenía sentado delante de él en la silla.

Cómo es posible que no se diera cuenta por lo que estaba pasando Sami al ver allí a todos aquellos heridos y enfermos. Se jura que en cuanto vuelva a casa lo primero que va a hacer va a ser llamarlo para pedirle disculpas. Le contará con pelos y señales cómo estaba ese día y literalmente lo obligará a hacer las paces con ella. Y si se niega le explicará de la manera más sencilla posible que tienen que hacer las paces porque si ellos dos no son capaces de volver a ser amigos después de un solo día como el que pasaron, puede que sea cierto que tampoco vaya a haber solución para el gran conflicto en el que viven inmersos. Mientras se encuentra sumida en esas reflexiones, planeando qué dirá y moviendo los labios para reproducir con frenesí la conversación que va a mantener con Sami, Abram le señala con los ojos en dirección a la cima de una colina cercana en la que detrás de una roca asoma un pastor que los está observando pero que al verse descubierto se coloca las manos junto a la boca y llama en árabe a otro pastor que se encuentra en otra colina, en el lado opuesto, montado en un caballo o en un mulo, y este llama a un tercer pastor que asoma de la cima de otra colina. Ora y Abram aprietan el paso por el camino que fluye allí abajo mientras oyen a los pastores en lo alto conversar entre ellos a gritos. Abram se lo va traduciendo a Ora a media voz. ¿Quiénes son estos?, pregunta un pastor. No sé, responde el otro, ¿serán turistas? Son judíos, determina el tercero, mira las botas de él, seguro que son judíos. ¿Pues qué hacen aquí? No lo sé, quizá estén de paseo, contesta el segundo. ¿Unos judíos paseando por aquí?, pregunta el pastor a caballo, y la pregunta queda sin respuesta. Los perros de los pastores ladran con los gritos de sus dueños, y la perra dorada gruñe y ladra mientras Ora intenta tranquilizarla llevándola pegada a su pierna.

Uno de los pastores se pone a cantar, su voz serpentea ondulante cada vez más potente y los otros se le unen desde sus propias colinas. Abram le indica a Ora que se dé prisa. A ella los cantos le suenan a una canción amorosa, de flirteo o simplemente un canto soez dedicado especialmente a ella. Avanzan en silencio, casi corriendo, muy deprisa por el estrecho sendero que discurre entre las colinas que se van acercando la una a la otra hasta juntarse al final en un amontonamiento de rocas que les corta el paso. A los pies de las enormes rocas, sobre una amplia estera, yacen tan plácidamente tres orondos hombres que los miran inexpresivos.

Shalom, les dice Ora jadeando.

Shalom, le responden los tres. En la estera, entre los tres, hay unas cáscaras de sandía y una bandeja de cobre con unas tazas de café. A un lado, en un hornillo, la cafetera está puesta al fuego.

Estamos paseando por aquí, les dice Ora.

Pues que lo disfruten, dice el mayor de los tres, que tiene el rostro fuerte y pesado y un espeso bigote de un blanco amarillento.

Esto es muy bonito, insiste ella, con un extraño deje de disculpa.

Tened la bondad de sentaros, le dice el hombre a Abram, tendiéndoles un plato de pistachos.

¿Cómo se llama este lugar?, le pregunta Ora, cogiendo un puñado de pistachos mayor del que hubiera querido.

Esto es Ein Mahel, responde el hombre, y ahí arriba está Nazaret, y el estadio. ¿De dónde venís?

Ora se lo cuenta. Los tres hombres parecen muy sorprendidos, tanto que se van incorporando hasta quedar sentados. ¿Tanto habéis andado?, ¿pero qué sois, deportistas?

Ora se ríe. ¡En absoluto! Si estamos haciendo este viaje casi por casualidad.

¿Café?, les ofrece el hombre.

Ora mira a Abram y este asiente.

Se quitan las mochilas de la espalda. Ora saca una bolsa de pastas que ha comprado por la mañana en Shibli y un paquete de galletas de la moshavah Kinneret. El hombre les ofrece unas rajas de sandía.

¿Hay algún motivo en especial para que estéis haciendo este viaje?, le pregunta el hombre, removiendo muy despacio el café en la cafetera.

No, solo queríamos descansar un poco de la rutina diaria.

El hombre sirve el café en unas tacitas. El que está a su lado tiene un aspecto taciturno, los brazos bien fornidos, va tocado con una kufiyya con el negro cordón del aqal y está fumando una pipa de agua de la que le ofrece a Abram, que se la acepta. Un muchacho joven, sin duda uno de los tres pastores que los han seguido desde las colinas circundantes, llega cabalgando y se une a ellos. Resulta ser el nieto del hombre mayor. El abuelo le da un beso en la frente y se lo presenta a los huéspedes. Se llama Alí Habib-Allah, es músico, y ha pasado ya la primera selección en un concurso televisivo, se ríe el abuelo dándole una cariñosa palmadita a su nieto en la espalda.

Decidme, se aventura Ora, ¿tendríais inconveniente en contestarme a un par de preguntas?

¿Unas preguntas?, se sorprende el abuelo volviendo hacia ella todo el cuerpo, ¿qué tipo de preguntas?

Nada, es una tontería, se ríe Ora, es que estamos haciendo —en realidad todavía no hemos empezado con ello, solo hemos estado pensándolo— un pequeño cuestionario, por el camino. Vuelve a reírse y sin mirar a Abram añade, hemos pensado, he pensado, en hacerle dos pequeñas preguntas a cada persona con la que me encuentre por el camino.

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