La vida entera

David Grossman · Capítulo 2 de 14 · parte 1/3

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La vida entera

El convoy serpenteaba como una ristra torpe…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

El convoy serpenteaba como una ristra torpe de vehículos civiles, jeeps, ambulancias militares, tanques y unas gigantescas excavadoras cargadas en remolques. El taxista que la llevaba a ella iba en silencio y tenía un aire taciturno. Tenía la mano sobre el pomo del cambio de marchas del Mercedes y, como hacía ya rato que no había mirado ni hacia ella ni hacia Ofer, su grueso cuello permanecía inmóvil.

Ofer, por su parte, en cuanto había subido al taxi, había dejado escapar un furioso resoplido por entre los labios al tiempo que su mirada decía, no ha sido una idea nada inteligente, mamá, llamarlo precisamente a él para una carrera como esta, y fue solamente entonces cuando ella se dio cuenta de lo que había hecho. A las siete de la mañana había telefoneado a Sami para pedirle que acudiera preparado para un viaje largo, a la zona del monte Gilboa. Y ahora recordaba que por algún motivo no le había dado más detalles y que, a diferencia de lo que tenía por costumbre hacer, tampoco le había explicado los motivos del viaje. Sami le preguntó a qué hora lo necesitaba y ella, tras un momento de vacilación, le dijo, ven a las tres, y él, Ora, quizá sea mejor que salgamos antes, porque va a haber mucho movimiento en la carretera. Esa fue la única mención que él había hecho de la locura de ese día, pero ni siquiera entonces cayó ella en la cuenta, sino que se limitó a decirle que le resultaría absolutamente imposible salir antes de las tres. Quería pasar esas horas con Ofer, ya que este había accedido. A ella no le había pasado inadvertido el enorme esfuerzo que Ofer había tenido que hacer para responder a su requerimiento. Siete u ocho horas era todo lo que quedaba del viaje de una semana que Ora había planeado para los dos y solo ahora se daba cuenta de que ni siquiera le había dicho a Sami por teléfono que Ofer también formaba parte de la carrera de taxi, porque si se lo hubiera dicho puede que él le hubiera pedido que lo eximiera de cumplir con su obligación, decididamente que se lo habría pedido, o le hubiera enviado a uno de los chóferes judíos que trabajaban para él, «mi retén judío», como él los llamaba, pero cuando lo telefoneó por la mañana estaba ya completamente ida y no se le había ocurrido pensar — porque la angustia no hacía más que crecerle en el pecho— que para un viaje como aquel en un día como ese era preferible no llamar a un taxista árabe.

Aunque sea un árabe de aquí, de los nuestros, le taladró Ilan el cerebro cuando intentó por todos los medios justificarse a sí misma. Aunque se tratara de Sami, que era casi como de la familia y el que los llevaba a todos en su taxi —a los del despacho de Ilan, su marido, por no llamarlo ya su ex, y a toda la familia— desde hacía ya más de veinte años. Ellos constituían su mayor fuente de ingresos, su sueldo fijo mensual, y él, a cambio, tenía la obligación de estar a su disposición en cualquier momento que lo necesitaran, las veinticuatro horas del día; iban a su casa de Abu Gosh a todas las celebraciones familiares, conocían a Inam, su mujer, y lo ayudaban en no poca medida proporcionándole contactos, y hasta económicamente, como cuando sus dos hijos mayores quisieron emigrar a Argentina. Sami y ella tenían cientos de horas de viaje juntos pero un silencio como aquel, la verdad, es que no lo recordaba. Todos y cada uno de los viajes con Sami resultaban siempre una pequeña exhibición de teatro vivo. Era ingenioso, sagaz, sibilino político que blandía su espada de doble filo, en definitiva, que a ella ni se le ocurriría llamar a otro taxista que no fuera él, y en cuanto a lo de conducir ella misma no tenía intenciones de hacerlo en todo el año —tres accidentes y seis infracciones graves llevaba acumulados durante el último año, algo realmente exagerado incluso para alguien como ella, a quien el vil juez que le había retirado el permiso de conducir le había dicho entre dientes que le estaba haciendo un gran favor y que en realidad hasta le debía la vida— y eso que todo habría sido tan sencillo si ella lo hubiera podido llevar ahora en su coche, porque por lo menos habría tenido la oportunidad de estar con él a solas durante una hora y media más, hasta puede que lo hubiera convencido para que se detuvieran un rato por el camino, porque hay unos cuantos buenos restaurantes en la zona de Wadi Ara, y eso habría supuesto una hora más, una hora menos, ¿qué más te da ya?, ¿qué prisa tienes por llegar tan pronto?, dime, ¿qué te espera allí?

Lo que era un viaje a solas con él no iba a tenerlo en un futuro próximo, ni tampoco consigo misma, así que debía acostumbrarse a esa limitación, renunciar, dejar de lamentarse nuevamente todos los días por la libertad de movimientos que le estaba siendo negada. Tendría que estar contenta de por lo menos poder disponer de Sami, que la seguía llevando en su taxi aunque se hubiera separado de Ilan —este se había empeñado, había insistido en ello, porque lo que era ella no estaba entonces para pensar en esas cosas—; de Sami, que era un párrafo más de su contrato de separación y hasta él mismo decía que se veía dividido entre los dos como los muebles, las alfombras y la cubertería. Nosotros, los árabes, se reía abiertamente mostrando unos dientes enormes, desde el Plan de Partición nos hemos acostumbrado a que nos partan y repartan, y el recuerdo de esa broma tan suya la hacía volver a encogerse de vergüenza por el hecho de que hoy le hubiera vuelto a suceder, ya que de alguna manera, en medio del desconcierto general, ella le había borrado de un plumazo esa parte de su persona que podría denominarse su condición de árabe.

Ya por la mañana, cuando vio a Ofer con el teléfono en la mano y la mirada de culpabilidad notó que alguien había llegado para, con delicadeza pero con determinación, retirarle de la mano las riendas de sus propios asuntos. Fue empujada a un lado, rebajada al grado de observadora, de pasmado testigo. Sus pensamientos no eran otra cosa que destellos de sensaciones. Se movía por la casa con unos movimientos mecánicos y entrecortados. Más tarde salió con él al centro comercial para comprarle ropa, dulces y unos discos —había salido un nuevo recopilatorio de Johnny Cash— y durante toda la mañana anduvo con él de un lado para otro completamente aturdida y riéndose como una chiquilla de cualquier cosa que él dijera. Se lo había estado comiendo con los ojos sin el más mínimo signo de vergüenza con el fin de hacerse con su imagen para los interminables años de hambruna que vendrían, porque estaba convencida de que estos llegarían. Desde el momento en que le había dicho que salía para allá a ella no le había cabido la menor duda de ello. En tres ocasiones a lo largo de la mañana le había pedido disculpas para dirigirse a toda prisa a un lavabo público y aliviarse de su diarrea. Ofer se había reído, ¿pero qué es lo que te pasa?, ¿qué has comido? Y ella lo miraba absorta, con una media sonrisa, mientras se grababa en la memoria la carcajada de él y ese ligero echar la cabeza hacia atrás al reírse.

La joven dependienta de la tienda de ropa lo observó cuando se probaba una camisa, el rubor le tiñó las mejillas y Ora se sintió muy orgullosa mientras pensaba, «al gamo y al cervatillo se parece mi amado». La dependienta de la tienda de música, una chica que había estudiado un año por detrás de él, al enterarse de a dónde se marchaba ese mismo día, dentro de tres horas, se llegó hasta él y lo abrazó, se apretó bien contra él con su cuerpo cimbreante y generoso, y hasta le pidió que la llamara en cuanto regresara. Ora se dio perfecta cuenta de que su hijo estaba ciego a todas esas manifestaciones de sentimientos porque seguía sin olvidar a Talia. Había pasado un año desde que ella lo dejara, pero Ofer no tenía ojos para otra. Ora pensó con tristeza que su hijo era una persona fiel, como ella, y mucho más monógamo que ella, así que cualquiera sabía los años que tendrían que pasar para que superara lo de Talia, si es que podía disponer de esos años, pensó, aunque desterró salvajemente la idea, se arrancó del cerebro con las dos manos ese pensamiento, y a pesar de todo se le coló una imagen, Talia yendo a visitarla a ella, a consolarla, puede que de paso también a recibir de ella el perdón, y notó que se ponía lívida de rabia, ¿cómo pudiste hacerle tanto daño?, pensó, y por lo visto también lo dijo en voz alta, porque Ofer se inclinó hacia ella y le dijo con dulzura, ¿qué dices, mamá?, y por un momento ella no le vio el rostro, él no tenía rostro, sus ojos miraban al vacío, absolutamente espantados… Nada, sonrió, estaba pensando en Talia, ¿has hablado con ella, últimamente? Y Ofer, acompañándose de un gesto de la mano, le dijo, deja eso, basta, es agua pasada.

 

Ora no dejaba de mirar el reloj. El suyo, el de él, los enormes relojes del centro comercial, los visores digitales de los aparatos de televisión que se encontraban allí a la venta. También el tiempo se comportaba de una manera extraña, unos ratos volaba, otros se arrastraba y en ocasiones se detenía por completo. Tenía la impresión de que con toda facilidad podría rebobinarlo hacia atrás, no mucho, una hora, media hora, aunque fuera poco a poco a ella le bastaba, y es que a todos esos gigantes —el tiempo, el destino, Dios— se les podía derrotar a veces con un pequeño regateo, insignificante. Después se fueron al centro de la ciudad, a uno de los restaurantes del mercado, y pidieron un montón de platos aunque ninguno de los dos tenía apetito; Ofer, sin embargo, intentaba hacerla reír, y le contó una y mil anécdotas del puesto de control de Tapuah, en una de cuyas barreras había estado sirviendo durante siete meses, y así es como se enteró de que su hijo había tenido que registrar con un simple detector de metales, como el que utilizan en la entrada del centro comercial, a los miles de palestinos que pasaban por allí. ¿Solo tenías eso?, le susurró, y él se rió, ¿pero qué pensabas que tenía?, a lo que ella respondió, no pensaba nada. Ofer insistió extrañado, ¿pero nunca te habías preguntado cómo lo hacíamos?, y en su voz pudo apreciarse cierta decepción infantil cuando ella le respondió, es que como nunca contabas nada. Él le volvió un perfil que decía con claridad, sabes perfectamente la razón, pero antes de que a ella le diera tiempo a responderle adelantó su mano ancha, bronceada y áspera, cubrió con ella la de Ora, y ese contacto tan simple y poco frecuente la conmocionó hasta dejarla sin habla, porque Ofer parecía desear, aunque fuera en el último momento, resarcirla, así es que se puso a hablarle muy deprisa sobre la base fortificada en la que había vivido durante cuatro meses frente a la zona norte de Jenin, y cómo iba todos los días a las cinco de la mañana a abrir el portón de la valla de la base y a comprobar que los palestinos no les hubieran puesto allí ninguna trampa durante la noche. Ora le preguntó, ¿ibas así, tú solo?, y él le dijo, por lo general me acompañaba para cubrirme alguien de la base, suponiendo que se despertara a tiempo. Ella quería preguntarle más cosas pero tenía la garganta seca, así que Ofer se encogió de hombros y dijo con la voz de un palestino anciano, kulu min Allah, todo está en manos de Dios, y ella le susurró, no lo sabía, y él se rió sin amargura, como si ya se hubiera hecho a la idea de que no debía esperar que ella lo supiera, así que le empezó a hablar de la kasbah de Nablus, la más interesante de todas las kasbah, le dijo, la más antigua, tiene casas de época romana y otras construidas como puentes por encima de los callejones, y por debajo de toda la ciudad, de este a oeste, la cruza un canal de agua con acequias y ramificaciones que salen de él en todas direcciones, y los sospechosos que buscamos viven ahí porque saben que nosotros no nos atreveremos a bajar. Estaba tan entusiasmado como si le estuviera hablando de un juego nuevo para el ordenador mientras ella se esforzaba por vencer el impulso que la empujaba a sujetarle la cabeza con las dos manos, mirarlo directamente a los ojos y verle el alma que hacía ya años que se escabullía de ella con una sonrisa, con afecto, con un guiño, como si estuvieran tan contentos jugando alegremente al escondite por mutuo acuerdo, pero no se atrevió a hacerlo y tampoco consiguió decirle con naturalidad, sin que la voz se le empapara enseguida con la humedad de la queja o de la acusación, dime, Ofer, ¿por qué ya no somos amigos como lo éramos antes?, ¿y qué que yo sea tu madre?

A las tres llegaría Sami para llevarlos a ella y a Ofer al punto de concentración. Las tres era el plazo límite de su pensamiento, no le quedaban fuerzas para imaginar lo que sucedería después, y eso constituía una prueba más de lo que ella siempre había sostenido, que no tenía ni pizca de imaginación. Aunque eso tampoco era ya verdad. También eso había cambiado, porque últimamente había sufrido una avalancha de situaciones imaginarias, padecía una verdadera intoxicación de imaginación. Seguro que Sami, además, le haría el viaje llevadero, y todavía más el de vuelta, que sin ningún lugar a dudas le iba a resultar mucho más duro. Y es que los dos se habían hecho con una rutina casi de pareja para sus viajes juntos. A ella le gustaba oírlo hablar de su familia, de los complicadísimos vínculos entre los clanes de Abu Gosh, de las intrigas de los consejos regionales, y también de la mujer a la que Sami amaba desde que tenía quince años y a la que probablemente no había dejado de amar ni siquiera después de que lo hubieran casado con su prima Inam. Por lo menos una vez a la semana, absolutamente por casualidad, según sus palabras, la veía en el pueblo. Era maestra y hubo años en los que impartió clase a las hijas de él, hasta que la nombraron inspectora de distrito. Según Sami contaba se trataba de una mujer de carácter y muy erudita y él siempre se las apañaba para dirigir la conversación de manera que Ora le preguntara por ella para informarle con cierta solemnidad acerca de las novedades que hubiera: el nacimiento de un nuevo hijo, su primer nieto, el premio que le había concedido el Ministerio de Educación, el fallecimiento de su marido en un accidente laboral. Con un detallismo que a Ora le llegaba al alma le repetía palabra por palabra las conversaciones eventuales que mantenía con ella en la tienda de comestibles, en la panadería o en los viajes de las escasas veces en que la llevaba en su taxi, y Ora adivinaba que solamente con ella se permitía Sami hablar así de esa mujer, quizá porque confiaba en que jamás le haría la pregunta clave cuya respuesta era evidente.

Sami era un hombre muy salado y de mente rápida, y su sabiduría para la vida salpicada de la astucia de un buen comerciante había dado como fruto, entre otras cosas, que dispusiera de su propia flota de taxis. A los doce años tenía una cabra. Todos los años la cabra paría dos cabritillos. Y un cabritillo añal en buen estado, le había contado en una ocasión a Ora, lo puede uno vender por mil shéquels. Así que cuando el cabrito llegaba a los mil shéquels, lo vendía y guardaba el dinero. Fui guardando y guardando hasta que tuve ocho mil shéquels y a los diecisiete años me saqué el permiso de conducir y me compré un Fiat 127, un modelo antiguo pero que funcionaba muy bien; se lo compré a un profesor mío y fui el primer chico del pueblo que iba a la escuela en coche privado. Por la tarde me dedicaba a hacer recados para unos y otros, llevaba a este, traía a aquel otro, vete allí, trae aquello, y así fui progresando poco a poco.

Durante el último año, en medio de los grandes avatares por los que estaba pasando la vida de Ora, un amigo le había encontrado un trabajo eventual que no la ataba demasiado; se trataba de estar al servicio de un museo nuevo que iban a construir en Nevada y que por la razón que fuera estaba muy interesado en Israel, principalmente en su cultura artesanal. A Ora le gustaba esa ocupación nada rutinaria que le había caído del cielo y que la distraía un poco de sí misma, de manera que prefirió no profundizar demasiado en los motivos ocultos que pudiera tener dicho museo ni indagar en la razón por la que sus promotores invertían sumas ingentes precisamente en querer reproducir el Estado de Israel en el desierto de Nevada. Ella estaba en el equipo encargado de los años cincuenta y sabía que había otras decenas de «recolectores» como ella que trabajaban en los distintos equipos. Jamás había conocido a ninguno de ellos. Cada dos o tres semanas salía con Sami hacia sus placenteros viajes de compras por todo el país y por delicadeza evitaba hablarle del museo y de las intenciones de este. Sami no preguntaba y ella no dejaba de pensar en qué creería él que hacía Ora en esos viajes y cómo se los describiría a Inam. Días enteros se pasaban los dos juntos viajando por el país, comprando una colección de kolbonik en un kibutz del valle del Jordán, una máquina de ordeñar muy antigua en un moshav del norte, una nevera de hielo limpísima y brillantísima, que parecía nueva, en un barrio de Jerusalén, y por supuesto toda clase de pequeños objetos caídos en el olvido y que al encontrarlos le producían a Ora una felicidad casi física: un octavo de onza de jabón Tasbin, un tubo de queso Velveeta, un paquete de compresas higiénicas, las rugosas fundas de goma para los pulgares de los conductores de la compañía de autobuses Egged, una colección de flores silvestres secadas entre las páginas de unos cuadernos, y una cantidad ingente de libros de estudio y de lectura de ese decenio —porque entre otras cosas se le había pedido que intentara reconstruir la biblioteca típica de un kibutz de la época— y una vez tras otra veía cómo Sami Jubran hechizaba con su encanto a todo el que se topaba con él: los miembros más ancianos de los kibutz estaban convencidos de que Sami también había sido un miembro de un kibutz en el pasado —lo que no deja de ser cierto, le dijo después Sami a ella entre risas: la mitad de las tierras del kibutz Kiriat Anavim son de mi familia—, y en Jerusalén, en un club de backgammon de barrio se le echaron encima unos cuantos hombres que estaban seguros de que habían jugado con él de niños en el barrio de Najlaot y que hasta recordaban, según decían, cómo trepaba a los pinos para poder ver gratis los partidos del Ha-Poel en Qatamon. En Tel Aviv, una viuda enérgica, de piel bronceada, apulserada-y-anilladamente-exultante decidió que Sami pertenecía sin lugar a dudas al barrio de Kerem. Puede que fuera un poco gordo para ser yemení, pero saltaba a la vista que tenía raíces yemeníes —le dijo a Ora cuando la llamó al día siguiente sin motivo—, es encantador, recalcó, el típico que se ha pasado años en el ejército, y a propósito, ¿cree usted que tendría algún rato libre para llevarme unas cosas? Ora veía cómo la gente se avenía por él a deshacerse de sus objetos más queridos porque sentían que estos, que sus hijos despreciaban y de los que con toda seguridad se desharían cuando los ancianos abandonaran este mundo, esos objetos, si se los entregaban a él, quedarían, en cierto modo, en la familia. En todos los viajes, además, hasta en los de diez minutos de duración, siempre llegaban a la política; se dedicaban a discutir con verdadero ardor los últimos acontecimientos y Ora, a pesar de que hacía ya años, desde el golpe de lo de Abram, que se había apartado por completo de «la situación» —yo ya he pagado mi parte, sentenciaba con una pequeña sonrisa de rechazo—, se dejaba tentar una y otra vez por las conversaciones con Sami; y no se trataba de que la atrajeran sus ideas y observaciones, que ya había oído en incontables ocasiones en boca de él y de otros, porque ¿a quién le queda todavía una idea que no esté más que trillada en este interminable conflicto?, suspiraba ella cuando le intentaban hablar de ello, ¿quién será capaz de aportar una razón nueva, decisiva, que todavía no haya sido oída?; pero cuando Sami y ella hablaban de la situación, cuando discutían con mordacidad y una prudente sonrisa —con él, precisamente, a Ora le gustaba tender hacia la derecha, mucho más allá de lo que inicialmente pretendía y de sus verdaderas convicciones, mientras que con Ilan y los chicos siempre se comportaba, en palabras de ellos, como mínimo como una lunática izquierdista; y la verdad era que ante sí misma no sabría decidir cómo era ni en qué punto se encontraba exactamente, aunque de cualquier modo, se decía encogiéndose de hombros con encanto, de cualquier modo solamente cuando todo termine, toda esta historia, sabremos de verdad quién tenía razón y quién no, ¿no es cierto?—, y a pesar de ello, cuando Sami machacaba con su arabesco hebreo la petulante, ofensiva y codiciosa postura de judíos y árabes juntos, cuando ensartaba a los dirigentes de unos y otros en la brocheta de un refrán árabe, que no pocas veces despertaba en las profundidades de la memoria de ella un refrán paralelo en el yídish de su padre, la asaltaba en ocasiones una especie de leve inhibición física, como si mientras hablaba con él de repente estuviera viendo bien claro que el final, el final de toda esta enorme historia, tenía por fuerza que ser bueno, que todo iba a terminar bien, aunque solamente fuera porque ese hombre de aspecto tosco y bulboso que tenía al lado había conseguido conservar de aquella manera en su carnosa gordura la llama de la ironía más fina, y sobre todo porque había logrado seguir siendo él mismo en medio de todo aquello. Aunque a veces la asaltaba otro pensamiento: que quizá estaba aprendiendo de él hoy lo que un día iba a necesitar saber, si —o cuando— se volvieran las tornas, Dios no lo quisiera, la situación del país fuera otra y ella llegara a encontrarse en el lugar de él y él en el de ella. Porque era posible que esa situación llegara a darse, eso era algo que siempre parecía estar latiendo bajo la superficie; ¿pensaría él del mismo modo?, meditaba Ora en ocasiones, porque entonces quizá también ella le estaba enseñando algo a él por el hecho de seguir siendo ella misma en medio de todo aquello.

Por eso le resultaba muy importante observarlo con todos sus sentidos para aprender de él cómo había sido capaz, durante tantísimos años ya, de no haber caído en la amargura ni en el rencor, y por lo que ella podía apreciar le parecía también que Sami no guardaba borboteando en el fondo de su corazón ningún odio oculto, al contrario de lo que Ilan sostenía, y sobre todo observaba completamente atónita, y ojalá que pudiera aprender eso de Sami, cómo tampoco atribuía ninguna de las humillaciones pequeñas o grandes que sufría en el día a día a ningún defecto personal suyo, como sin duda sí habría hecho ella con vehemencia si se hubiera encontrado en su lugar y como a decir verdad llevaba haciendo en no pocas ocasiones durante ese último año en el que su vida se había echado a perder por completo. Sami, de algún modo, en medio de todo aquel lío, seguía siendo una persona libre, mientras que ella lo conseguía en muy pocas ocasiones.

En estos momentos su estúpida manera de ser había llegado al colmo, porque había fracasado en ese asunto tan básico y complicado que consistía en comportarse como una persona delicada justamente aquí, en estos días y en estos tiempos. No debía limitarse a comportarse con delicadeza, a ser delicadita —había palabras que seguía oyéndolas exclusivamente en boca de su madre— solamente porque por naturaleza no pudiera ser de otra manera, sino que debía comportarse con tacto por una decisión tomada de antemano y con obstinación, debía ser considerada para poder tirarse de cabeza en el depósito de ácido que era el lugar en el que vivían. Mientras que Sami sí que era un hombre verdaderamente delicado, aunque fuera difícil de apreciar a primera vista a causa de su gran tamaño y sus toscas facciones. Hasta Ilan se veía obligado a reconocerlo, aunque con reservas y siempre con una pizca de sospecha: delicado-delicado, hasta que se le presente la ocasión, le advertía, vas a ver entonces al delicado-de-Mahoma-sable-en-mano.

Pero durante todos los años que hacía que lo conocía y por mucho que lo observara con atención —constantemente lo observaba: por algún motivo no se había librado de la curiosidad de niña pequeña que sentía por cierto defecto incipiente que notaba en él, en su situación, en su misma existencia desdoblada o de doble vida que veía en él—, podía decirse a sí misma con la seguridad más absoluta que Sami no había perdido la compostura ni una sola vez. En lo referente a la delicadeza jamás había tenido un traspié.

En una ocasión la llevaba a ella y a los niños al aeropuerto para recoger a Ilan, que volvía de uno de sus viajes. Unos agentes que se encontraban en el control de la entrada se lo llevaron durante media hora. Ora y los niños se quedaron en el taxi esperándolo. Los niños eran pequeños, Adam tenía seis años y Ofer unos tres, y ahí fue cuando se enteraron de que su Sami era árabe. Cuando regresó, pálido y sudoroso, se negó a contar lo que había sucedido y se limitó a decir, no han dejado de llamarme árabe cagado y yo les he dicho, puede que os caguéis en mí pero no soy un cagado.

Ora nunca había olvidado esa frase y últimamente se la repetía a sí misma con mayor insistencia, como si se tratara de una pastilla para el corazón siempre que alguien la cagaba, fuera quien fuera, como por ejemplo aquel maldito par de directores —encefalogramas planos, solía llamar Abram a los que eran como ellos— de la clínica en la que había trabajado hasta hacía poco, o algunas parejas de amigos que de una manera u otra le habían dado la espalda tras la separación haciéndose íntimos de Ilan —aunque también yo, dejaba escapar entre dientes para sus adentros, si pudiera, escogería a Ilan en lugar de quedarme atrapada conmigo—, y podría añadir a la lista también al juez-hijo-puta que le había negado la libertad de movimiento y, en realidad, también se contaban entre los que la cagaban sus dos hijos, sobre todo a Adam, Ofer no, prácticamente no, no lo sabía, ya ni lo sabía, y también Ilan, naturalmente, el campeón y más pomposo cagador donde los hubiera, suspiró Ora, el mismo Ilan que en una ocasión, hacía treinta años, juró que la única misión que se imponía en la vida era la de cuidar que las comisuras de los labios de ella estuvieran siempre dirigidas hacia arriba, ¡ja!, mientras que ahora, al tocarse distraídamente el borde del labio superior, que tenía algo caído y se veía vacío, se daba cuenta de que hasta su boca se había acabado por unir también a los que se cagaban en ella; pero en todos los viajes en común de Sami y ella, en los pequeños retos inesperados, en las miradas de sospecha que le clavaban a él de vez en cuando, en las observaciones casuales, aterradoras por su grosería, provenientes de las personas tan encantadoras e ilustradas con las que se encontraban, cada vez que se sometían a las mismas preguntas que el día a día les formulaba a los dos juntos, crecía entre ambos una serena sensación de seguridad mutua, como la que uno siente con la pareja de baile en los pasos más complicados, o en un peligroso número de funambulismo, porque se tiene la seguridad de que el otro no le va a fallar a uno, que no le va a temblar la mano en el momento decisivo, y también él, por su parte, sabe que nunca se le va a pedir algo que no se le puede pedir.

Pero hoy ella le había fallado provocando que también él le fallara. Se dio cuenta demasiado tarde, cuando Sami se apresuraba a abrirle la portezuela del taxi, tal y como tenía por costumbre hacer, y de repente vio a Ofer que bajaba la escalera de la casa con el uniforme y el arma, a Ofer, al que conocía desde el día de su nacimiento, ¿pues no había sido él, acaso, quien lo había llevado con ella y con Ilan del hospital a casa, porque a Ilan le había dado miedo conducir aquel día de lo mucho que le temblaban las manos? Al salir del hospital les había dicho Sami que la vida para él había empezado de verdad solo cuando nació Yusra, su primogénita, y eso que entonces solo la tenía a ella, porque después tuvo dos niños y otras dos niñas, cinco problemas demográficos tengo, solía reírse con ganas cuando alguien le preguntaba, y Ora se había fijado entonces en que Sami había procurado conducir con mucha suavidad, esquivando los baches, para no zarandear a Ofer, que iba dormido en el regazo de ella. Y en los años siguientes, cuando los niños iban a la escuela en el centro de la ciudad, era Sami quien conducía el vehículo compartido que ella había organizado para cinco niños de Tsur Hadassah y de Ein Kerem; y cada vez que Ilan estaba en el extranjero la ayudaba con el taxi a lo que hiciera falta, hasta el punto de que durante años formó parte intrínseca de la vida familiar, y después, cuando Adam creció pero todavía no tenía el permiso de conducir era Sami quien lo iba a buscar al centro de la ciudad cuando salía por la noche; durante los últimos años Ofer se había unido a las salidas de Adam, así que eran los dos los que lo llamaban desde el pub del centro y Sami acudía desde Abu Gosh, a cualquier hora, desmintiendo que estuviera durmiendo, incluso a las tres de la mañana, y se quedaba a esperar a Adam, a Ofer y a sus amigos a la puerta del pub hasta que por fin se acordaban de salir, y escuchaba sus conversaciones sin inmutarse, las historias de sus vivencias en el ejército, —quién sabe lo que habría llegado a oír, se asustó Ora de pronto, qué no habrían dicho entre carcajadas y azuzados por el alcohol, o cuando hacían bromas sobre sus experiencias en los controles de seguridad en las carreteras—, y después los iba dejando en sus casas recorriendo los distintos barrios. Lo mismo que ahora, que iba a dejar a Ofer en una operación militar en Jenin o en Nablus, pensó, aunque ese pequeño detalle se le había pasado por alto cuando lo telefoneó por la mañana, y Sami —qué rápido es, se le encogió a ella el corazón al ver cómo se le mudaba el rostro con una mezcla de furia y derrota, porque lo captó al vuelo— vio a Ofer bajar la escalera con el uniforme y el arma y comprendió que Ora le estaba pidiendo que aumentara su modesta contribución a favor de la lucha de Israel.

Por la oscura piel de su rostro se extendió, como quien sopla en la ceniza, el resplandor de un rescoldo que se apagó en un abrir y cerrar de ojos. Se quedó allí de pie, sin moverse, como si le hubieran dado una bofetada en toda la cara. Como si ella en persona se hubiera colocado frente a él, y con una amplia sonrisa de alegría de lo más amistosa y absolutamente radiante le hubiera dado una bofetada con todas sus fuerzas en la mejilla. Por un instante los tres quedaron atrapados en medio del angustioso destello de aquella imagen: Ofer en lo alto de la escalera, el arma columpiándosele y el cargador sujeto al arma por medio de una goma; ella con su estúpido bolso de gamuza violeta, demasiado elegante, aborrecible incluso para un viaje como aquel; y Sami que, sin moverse de donde estaba, se iba encogiendo como si se fuera vaciando poco a poco.

Ora pensó en lo mucho que Sami había envejecido durante todos esos años. Cuando lo conoció parecía un muchacho. Veintiún años eran los que habían pasado, al fin y al cabo; era unos tres o cuatro años más joven que ella, pero parecía lo contrario. Aquí se envejece muy deprisa, también ellos, la asaltó ese extraño pensamiento, incluso ellos.

Como se sentía muy turbada empeoró todavía más las cosas sentándose detrás, no en el asiento junto a él, a pesar de que Sami le mantenía esa puerta abierta para ella —pero si siempre se sentaba a su lado, otra cosa habría sido impensable—, y como Ofer también se sentó detrás, Sami se quedó fuera con los brazos caídos y la cabeza ligeramente ladeada, permaneció de pie junto a la puerta abierta y pareció, por un momento, alguien que intenta recordar algo o masculla para sus adentros una frase olvidada que le acaba de acudir a la mente desde vaya uno a saber dónde, puede que el versículo de una oración, o un refrán antiguo, o un saludo de despedida a alguien a quien no se va a volver a ver; o simplemente alguien que aspira en un momento de absoluto recogimiento el hálito de aquel día primaveral y especialmente hermoso que estallaba en medio de la floración del amarillo solar de los arbustos de la casia aromática y de las acacias. Solamente después de esa breve pausa se sentó en el taxi, muy erguido y rígido, y quedó a la espera de una orden.

 

Ora le dijo, hoy el viaje va a ser un poco largo, Sami, ¿te lo he comentado ya por teléfono? Pero él no movió la cabeza ni para confirmarlo ni para desmentirlo, ni tampoco la miró por el retrovisor, sino que se limitó a encoger un poco la nuca, tan robusta y paciente. Ora añadió entonces, tenemos que llevar a Ofer a eso, a esa operación, seguro que lo has oído por la radio, al lugar de concentración, cerca del monte Gilboa. Salgamos ya y te lo vamos indicando por el camino. Hablaba deprisa y sin matices. «A esa operación», había dicho, como si le informara sobre la «operación rebajas» del Home Center, y la verdad es que casi se le escapa «a esa estúpida operación militar», o incluso, «a la operación militar de tu gobierno», y es que apenas había podido dominarse, aunque si lo había conseguido era quizá porque sabía que despertaría las iras de Ofer, y con razón, porque ¿cómo se le ocurría establecer vínculos clandestinos en un día como ese?, o quizá, porque como Ofer había intentado convencerla durante la comida en el restaurante, realmente había que asestarles un golpe de una vez por todas aunque estuviera más que claro que eso no los iba a liquidar definitivamente ni mermaría en ellos lo más mínimo la voluntad de seguir atentando contra nosotros, al contrario, había recalcado, está claro que sucederá lo opuesto, pero quizá, por lo menos, eso nos devuelva un poco la capacidad de disuasión. Así es que Ora se mordió la lengua, dobló la pierna hasta presionarla fuertemente contra el vientre, la rodeó con el brazo y se quedó así sentada, torturada por lo groseramente que se estaba comportando con Sami, y para acallar la agitación que sentía por dentro intentó una y otra vez entablar una conversación trivial con Ofer o con Sami y, aunque una y otra vez caía derrotada por el silencio de ambos, tenía decidido no rendirse, y así fue como se encontró a sí misma, ante su propia sorpresa, contándole a Sami una vieja historia que le había acudido a la mente de pronto, acerca de su padre, que se había quedado prácticamente ciego cuando todavía era muy joven, a los cuarenta y ocho años, imagina, al principio perdió la visión del ojo derecho a causa de un glaucoma, y eso es lo que, por lo visto, me espera también a mí en un futuro, se sonrió, y en el ojo izquierdo se le desarrolló durante años una catarata, así que todo eso junto lo dejó con un campo de visión del tamaño de la cabeza de un alfiler, y si las leyes hereditarias de la genética funcionan correctamente, eso es lo que aproximadamente me espera también a mí. Soltó una carcajada exagerada y siguió informando al espacio del coche, con voz impostada, que su padre, durante años, temió operarse la catarata del otro ojo, con el que casi veía. Sami callaba mientras Ofer miraba por la ventanilla, hinchaba los carrillos de aire y sacudía la cabeza como negándose a creer lo bajo que su madre era capaz de caer con tal de hacerle la rosca a Sami y cómo era capaz de ofrecerle en sacrificio una historia tan íntima como aquella con tal de expiar así el burdo error que había cometido. Ella, por su parte, se daba cuenta de todo, pero era incapaz de callarse, porque la misma historia parecía haber cobrado vida por sí misma, y ahora revelaba que había sido precisamente Ofer, solamente él, quien con paciencia, testarudez y charlas sin fin con su padre había conseguido convencerlo finalmente para que se operara, y gracias a Ofer su padre había podido gozar de unos cuantos años muy buenos antes de morir. Mientras hablaba pensó también en que era Ofer el que guardaba en la memoria las anécdotas y recuerdos de la infancia de ella, sus historias de la escuela y de sus amigas, de sus padres y de los vecinos de su barrio de la infancia en Haifa; Ofer, que disfrutaba de esas pequeñas historias de un modo que no cabía esperar en un chico de su edad, siempre sabía sacarlas a colación en el momento oportuno, de manera que en el fondo de su corazón Ora sabía que él preservaba así su infancia y su adolescencia para ella y por eso, seguramente, se lo había ido contando todo a lo largo de los años, renunciando poco a poco, casi sin darse cuenta, a Ilan y a Adam como oyentes de las migajas de sus recuerdos. Suspiró y al hacerlo se dio cuenta enseguida de que se trataba de un suspiro diferente, nuevo, que había sido arrancado de otro lugar de su interior y que llevaba un aguijón de hielo en un extremo, así que se asustó, y por un instante fue de nuevo una niña que volvía a luchar con Ada, quien se empeñaba en soltarse de su mano y saltar desde lo alto de la roca; hacía años que no había estado allí con ella, ¿cómo había vuelto de repente Ada para agarrarla de la mano y después soltarse? A pesar de todos esos pensamientos siguió parloteando de nimiedades ante el silencio de Sami y de Ofer y se deprimió todavía más por el hecho de que los dos, esos dos hombres, a pesar de todo lo que ahora los separaba, hubieran conseguido unirse contra ella, porque ahí se había establecido un pacto, comprendió Ora finalmente, el pacto del mal menor, que resultaba ser más profundo y efectivo que todo lo que pudiera separarlos.

El trompeteo producido por Ofer al sonarse la nariz interrumpió con tal virulencia sus cavilaciones que se quedó callada. Ofer estaba acatarrado. O tenía la alergia. Los últimos abriles había padecido una alergia que le duraba casi hasta el final de mayo. Ahora se sonaba con unos pañuelos de papel que sacaba de una elegante cajita de madera de olivo que Sami había puesto detrás para sus pasajeros. Uno tras otro los iba sacando, se sonaba ruidosamente y a continuación estrujaba el pañuelo y lo metía a presión en el cenicero de su asiento hasta casi desbordarlo. Su pequeño fusil de asalto Galil reposaba en el asiento, entre los dos, y el cañón llevaba ya un rato apuntándola a ella al pecho, así que no pudiendo soportarlo por más tiempo le hizo señas para que lo apartara. Pero cuando se puso el arma entre las piernas con un movimiento brusco y furioso la mira arañó el acolchado interior del techo del vehículo haciéndole un jirón; Ofer dijo al instante, lo siento, Sami, te he roto algo aquí, y Sami echó una mirada rápida y dijo con voz ronca, no importa, pero Ora saltó, no-no, no se hable más, nosotros pagaremos la reparación; Sami respiró profundamente e insistió, dejadlo, no importa, y entonces Ora le susurró a Ofer que por lo menos plegara la culata, pero Ofer protestó y también a media voz le dijo que no podía, que la culata debía plegarla exclusivamente en el tanque; Ora se inclinó hacia delante y le preguntó a Sami si tenía unas tijeras en el coche para cortar el jirón, pero no las tenía, y entonces ella agarró el jirón que colgaba bailoteando ante su cara, y que le pareció de repente un intestino salido, y le dijo que quizá se podía coser con hilo y aguja, si tuvieras aquí lo puedo coser ahora mismo, pero Sami dijo que ya lo cosería su mujer y después añadió, sin ningún color en la voz, pero tened cuidado con el arma —por alguna razón se dirigió a los dos—, que no raye la tapicería de los asientos, porque solo hace una semana que la he puesto nueva. Ora le dijo con una sonrisa torcida, ya está, Sami, ya no te vamos a hacer más destrozos, y vio que Sami bajaba los párpados sobre una mirada que le resultó completamente desconocida.

La semana anterior, en uno de sus viajes en el taxi, se había topado Ora por primera vez con la nueva tapicería de piel sintética de leopardo. Sami observó con atención la expresión del rostro de ella y enseguida interpretó: a ti no te gusta, Ora, no te parece bonito, ¿a que no? Ella le respondió que en general no le gustaban los tapizados de pieles de animales, ni siquiera las imitaciones de piel, y él entonces se rió, no, si seguro que para ti es «gusto de árabe», ¿no es así? Ora se puso muy tensa, había notado cierto rencor desconocido en su voz, así que le dijo con cautela que no recordaba que tampoco él hubiera puesto algo parecido con anterioridad. Pero Sami le hizo saber que a él le encantaba y que las personas no pueden cambiar de gusto. Ora no le contestó. Supuso que habría tenido un mal día, quizá un pasajero lo habría ofendido, o puede que en algún control se hubieran vuelto a cagar en él. Los dos se las apañaron para deshacerse de la turbia sensación que flotó durante un rato en el interior del taxi pero a Ora la estuvo corroyendo una especie de angustia durante todo aquel día y solamente por la noche, ante la televisión, se le ocurrió que era posible que el nuevo gusto de Sami en lo referente al tapizado tuviera que ver de alguna manera con el asunto de un grupo de colonos que pretendían poner un coche bomba junto a un colegio de la Jerusalén oriental. Habían sido detenidos hacía unos días y uno de ellos describió cómo habían «arreglado» el coche por dentro y por fuera para que tuviera el «gusto de los árabes», dijo.

El silencio en el taxi se hizo todavía más denso y Ora volvió a sentirse arrastrada por el parloteo sobre su padre, lo mucho que lo añoraba, sobre su madre que ya no sabía dónde tenía la derecha ni la izquierda, y sobre Ilan y Adam, que en esos momentos se estarían divirtiéndose en Sudamérica. Sami continuaba inexpresivo, solo sus ojos correteaban de un lado para el otro observando el convoy del que él también formaba parte desde hacía ya más de una hora. En una ocasión, durante uno de sus primeros viajes juntos, Sami le había contado a Ora que desde que era niño se dedicaba a contar todos los camiones que veía por las carreteras de Israel, ya fueran civiles o militares. Y como ella no lo entendió, le explicó que sería en camiones como llegarían para llevárselos a él, a su familia y a todos los árabes del cuarenta y ocho y trasladarlos al otro lado de la frontera, ¿o no es eso lo que nos tienen prometido vuestros transferistas?, y riéndose añadió, las promesas hay que cumplirlas, ¿verdad? Y si quieres que te dé mi opinión no faltarán estúpidos entre nosotros que se pongan a la cola para que los empleen como chóferes del proyecto si así se pueden llegar a ganar unos chavos.

 

Ofer se sonaba la nariz una y otra vez con un trompeteo que Ora jamás le había oído, absolutamente discordante y ajeno a su natural consideración para con los demás; estrujaba el pañuelo de papel, lo metía en el cenicero y al instante volvía a coger otro, hasta que los pañuelos usados empezaron a caerse al suelo del taxi y, como no los recogía, empezó ella a agacharse y a guardárselos en el bolso hasta que se desesperó y lo dejó. Un jeep Sufa los adelantó con unos rítmicos bocinazos y se coló casi a presión delante de ellos. Por detrás resoplaba un robusto jeep Hummer, casi pegado a ellos; Sami se pasaba una y otra vez la mano por la enorme y redonda calva mientras apretaba su enorme espalda contra la almohadilla anatómica, aunque se retiraba hacia delante cada vez que notaba las largas piernas de Ofer clavándose en el respaldo de su asiento. Su olor, un olor muy masculino y algo penetrante, que siempre estaba mezclado con el aroma de la cara loción para después del afeitado que era su preferida, se había convertido durante el último rato en un agrio olor a sudor que, cada vez más presente, acabó por llenar completamente el espacio interior del taxi pudiendo hasta con el aire acondicionado, y Ora, que se asfixiaba, como no se atrevía a abrir la ventanilla se quedó allí sentada respirando por la boca.

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