La vieja ley

Carmen Kurtz · Capítulo 2 de 11

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La vieja ley

Ignacio Ochoa

 

M IENTRAS AURORA esperaba su octavo hijo, puede decirse que la piadosa y distinguida dama hizo cuanto estuvo en su mano para que el que iba a venir fuera varón. Tomó nota de cuantos santos están indicados para influir en algo tan importante como pueda ser un determinado sexo; escuchó a las amigas y se atiborró de alimentos que, según decían, eran eficaces para el caso; finalmente, contempló estampas, pinturas y estatuas más o menos paganas.

Pues Aurora temblaba por su octava maternidad. Ochoa necesitaba un hijo, un varón que perpetuara el apellido. Pero estaba de Dios que en aquella casa del Arenal solamente nacieran niñas.

No tuvo nada de extraño, dadas las circunstancias, que cuando anunciaron al notario Ochoa que su mujer acababa de poner en el mundo un varón, exclamara, creyendo no haber entendido bien la nueva que le llegaba por el hilo telefónico que le unía a su hogar:

—¿Un niño? ¿He entendido bien? ¿Un chico?

Pues sí. Perfectamente.

José Ochoa salió de su notaría tan rápidamente como cuando le llamaban a la cabecera de un agonizante. Llegó a su casa y entró en el cuarto, testigo de tantos nacimientos.

Aurora yacía empapada aún de sudor. Solamente ella sabía que aquellos sudores le venían de puro miedo. El varón ansiado llegaba en octavo lugar…, pero había llegado. Sonrió a su marido cuando éste le besó en la frente.

—Esta vez lo he acertado, José.

Durante dos o tres días el teléfono no cesó de sonar.

—¿Qué ha sido?

—Un chico.

—¿Un chico?

José empezaba a estar harto de la insistencia.

—Un chico, sí. No veo que eso tenga nada de extraordinario. ¿Es que en mi casa sólo pueden nacer niñas?

Al chico ansiado, al hijo idolatrado se le cubrió de puntillas el día del bautizo. Aurora no se había repuesto todavía. La emoción la estaba matando. Aquel marido despegado que nunca se había mezclado en asuntos tan acreditadamente maternales como la lactancia, la higiene y el reposo, quería estar al corriente de todo. Sin faltar a la verdad, José Ochoa se sentía padre y madre conjuntamente. Se desesperaba por el hecho de no tener la notaría en el propio hogar y telefoneaba varias veces al día para saber noticias del hijo.

Le pusieron Ignacio, como el abuelo paterno. Ese abuelo había inaugurado la serie de los Ochoa, célebre en Bilbao. José heredó su clientela y su prestigio, cosa que haría también Ignacio el día de mañana.

Por todo lo antedicho estaba temblando Aurora. Hasta entonces creía que el tener hijos era cosa sencilla, natural. Sus embarazos eran buenos; sus partos, poco aparatosos; la crianza, económica. Buena madre, no confiaba en las nodrizas y crió a sus hijas ella misma. Las chicas eran alegres, robustas y le habían dado poco quehacer en lo que cabe. Pero Ignacio…

No debía de tener tan buena mano para los chicos. El día del bautizo la carita de Ignacio estaba sembrada de pupas.

—Ten cuidado con lo que comes —amonestó el padre—. Ya ves cómo está el niño.

El sentimiento de culpabilidad se hizo tan agudo, que se le retiró la leche.

Aquel día lo recordaba Aurora como uno de los más amargos de su vida.

—¿Que no tienes leche?

El médico y las pruebas así lo atestiguaban. Los gritos del pequeño Ignacio eran alaridos de hambre.

—No tengo leche, José.

Y se había echado a llorar sin atreverse a decir: «Lo que tengo es miedo. Cuando le saco a paseo, tengo miedo de que un soplo de viento nos lo mate. Cuando baño al niño, tengo miedo de ahogarlo. Vivo acurrucada dentro de mí… ¡Perdóname!»

Se buscó un ama de cría. Venía de Galicia y su aspecto era prometedor. Ignacio no quiso asir aquellos pechos.

Vino otra. Hubo sus comparaciones, y por aproximación trataron de hallar algo semejante a lo que el niño había succionado hasta entonces. Cuando lo encontraron, Ignacio había perdido casi un kilo de peso. Era un niño flaquito, de piernas débiles y llorón.

Aquella casa, que hasta entonces parecía una alborotada escuela de chicas, se convirtió de pronto en el sagrado recinto del único varón.

—¡Cuidado! El niño duerme.

Y las hermanitas se encerraban en el cuarto de trastos para poder jugar a sus anchas. Eso las pequeñas. Las mayores, por fortuna, iban al colegio y cuando volvían a casa entraban de puntillas en el cuarto del niño, inclinándose silenciosas sobre la cuna, como unos cuantos ángeles de la guarda supletorios.

Dentición, primeros pasos, primera caída, tos ferina y primer colegio. La elección fue cosa del padre. No fue tema discutible. Ignacio fue al mejor colegio religioso de Bilbao. Tenía seis años y nunca había jugado con chicos.

Si la vida hasta entonces había sido para Ignacio una suave caricia, casi inmaterial de puro suave y por la misma razón sin grandes puntos de referencia para sacar de ella conclusiones o recuerdos, su primer día de colegio debía quedársele grabado para siempre.

Los chicos mejor educados daban rienda suelta a su fogosidad en la hora del recreo. Apenas salidos al patio y cuando el Padre hizo la señal de que ya podían jugar, Ignacio se vio envuelto por una banda de demonios que le arrojaban la pelota, le hacían correr, rodar por el suelo… Asustado e implorante, buscó una ayuda, una mano protectora que, agarrando la suya, le sacara de aquel berenjenal. Le soltaron una patada y se echó a llorar.

—¡Llora! Llora como las chicas —oyó decir.

Tragó sus lágrimas. ¿Qué culpa tenía él? Lo peor del caso es que no podría contarle aquello a su madre. A su madre no le diría nada, pues alguna que otra vez, cuando era demasiado majadero, la buena señora, que desde que naciera «el niño» tenía los nervios como una pelota, le había dado algún que otro azote diciéndole:

—Ninguna de tus hermanas fue tan majadera, hijo. Eres más llorón que una niña.

Ignacio se tragó la afrenta, pero desde entonces detestó los recreos en el patio del colegio. Cuando el Padre tocaba la campanilla y decía: «A jugar… muchachos. A divertirse», Ignacio sabía de antemano que aquella voz optimista y animada daría como resultado alguna desolladura o cualquier otro percance físico. Un temblor nervioso agitaba su cuerpecito, fino, delicado.

Hubo de retrasarse un año su Primera Comunión. Precisamente seis días antes del acontecimiento, cogió una pulmonía y la ceremonia quedó en suspenso hasta otro año.

Cuando llegó el día, ¡qué guapo iba Ignacio! Recordaba la fiesta en su casa, la recordaría siempre. ¿No le había dicho Ochoa con voz emocionada y muy del caso: «No olvides, Ignacio, que hoy es el día más feliz de tu vida»? Así debía de ser, puesto que su padre lo aseguraba y la frase estaba impresa al dorso de las estampas que se repartieron como recordatorio. En «el día más feliz de su vida» los Ochoa recibieron a lo mejor de Bilbao. Las dos hermanas mayores tenían novio, acudieron los parientes, los íntimos, los compromisos… los vecinos de aquella casa, que habitaban desde siempre.

Y aquella niña. Una niña pequeña y mal educada, sin duda alguna. Vivía en el piso de arriba y no recordaba haberla visto nunca en casa. Las relaciones con los vecinos se limitan, en general, al rápido saludo en la escalera, la clásica pregunta por la salud, o el comentario sobre el tiempo. Los señores Iturbe no eran amigos ni enemigos de los Ochoa; eran, simplemente, vecinos. Excepcionalmente, el día de la Primera Comunión de Ignacio fueron invitados a la recepción de la tarde. La invitación fue aceptada.

Victoria Iturbe era una mocosa de tres años, Ignacio, que tenía ocho, no tenía por qué fijarse en la chiquilla. Pero la cosa resultó bastante difícil. Llevaba un pastelillo de chocolate en las manos y cada vez que podía arrimarse a Ignacio pretendía secarse los pringosos dedos en el precioso traje blanco del muchacho. Al fin consiguió su propósito.

—¡Sucia! ¡Mira cómo me has puesto!

Y ante el gesto encorajinado de la víctima, Victoria había reaccionado con una mueca. Le sacó la lengua el mismo día de su Primera Comunión, empañando algo de aquella felicidad que parecía nimbar al muchacho.

Se reparó el desastre en el lavabo, mientras la señora de Iturbe tartamudeaba unas frágiles excusas e Iturbe padre exclamaba:

—Viky, ¿por qué lo hiciste?

Imposible saber lo que pasa dentro de una cabeza de tres años.

—Eres muy mala.

El reproche salió casi cariñosamente de la boca de Iturbe. No podía por menos de reírse interiormente.

Los ojos asombrados y cándidos de Victoria no expresaban el menor asomo de arrepentimiento. El padre sacó un pañuelo y uno por uno repasó los dedos de su hija. Luego, el contorno de su boca; por último, y casi escondiéndose, le besó los rizos sedosos.

—Una fea. Sí, señor.

Victoria le sonreía e Iturbe no podía ver sonreír a la pequeña sin que su sonrisa le cosquilleara dentro del corazón.

Pero Ignacio era todavía demasiado joven para darse cuenta del encanto de una sonrisa.

Bachillerato, veranos en Inglaterra y cambio de voz.

Aurora tenía cuatro hijas casadas, era abuela varias veces y seguía pendiente de Ignacio. Era un chico muy alto a sus quince años. Las notas del colegio eran buenas, los estudios seguían su ritmo. Ochoa facilitaba a su hijo cuanto podía, poniendo a su disposición profesores particulares que allanaban las asignaturas recalcitrantes. Aurora compraba lociones de azufre para un acné juvenil que de la noche a la mañana había transformado el rostro de su hijo en un paisaje lunar. También se dio cuenta de otras manifestaciones propias de la difícil edad de Ignacio y decidió hablar con su marido. La pobre estaba terriblemente asustada, pues le faltaba la práctica. Con sus hijas todo había resultado siempre muy sencillo.

José Ochoa, en el transcurso de su paseo desde El Arenal hasta la Ría, habló a Ignacio de cuantos peligros acechan a los jóvenes no virtuosos durante la adolescencia. Puso los puntos sobre las íes nombrando y detallando crudamente ciertas enfermedades… y se dio por satisfecho. A Ignacio se le pusieron los pelos de punta. Empezó a mirar con suspicacia a todas las mujeres, creyendo encontrar en todas ellas taras, estigmas, que podían aun de lejos mancillarle. Hizo partícipe de sus temores y de sus nuevos conocimientos a uno de sus compañeros de estudios, Perico Larraz.

—Los padres suelen preocuparse, a veces, de cosas que nunca suceden.

—No comprendo entonces…

Al regreso de uno de sus viajes encontró a Victoria en la portería. La chiquilla había dado un estirón enorme. ¿Qué edad tendría?

—¡Caramba, Victoria! ¿Cuántos años tienes? Te veo muy crecida.

—Y yo a ti tan memo como siempre.

—¡Mujer!

—Soy una niña. Tengo once años.

¿Once años? Claro, él le llevaba cinco. Lo que no comprendía era por qué Victoria le contestaba siempre con tanta aspereza. A otras chicas les gustaba ser tomadas por mujeres aun cuando no lo fueran todavía. Se lo dijo:

—Son tontas.

Las respuestas de Victoria eran desconcertantes siempre.

—¿Por qué son tontas?

Pero Victoria estaba a caballo sobre la barandilla de la escalera y se disponía a bajarla de un tirón, como lo hacía siempre que su madre no andaba cerca.

—Son tontas porque sí. ¿Qué más quieres?

Sentía un profundo descorazonamiento. Hubiera querido poner su cabeza sobre el pecho de su madre, llorar y preguntarle: «Mamá, ¿por qué no me quieren las chicas? Yo las veo con mis amigos, con Larraz; ríen, se cuelgan de su brazo, le cuentan cosas. A mí nadie me hace caso… incluso esa mal educada que vive arriba, esa Victoria Iturbe…»

Y sólo acertó a decir:

—Victoria Iturbe está muy mal educada. ¿Verdad, mamá?

—No, hijo. Victoria es una niña normal, como han sido todas tus hermanas. Es igual que su padre.

Las hermanas aún solteras se dirigían a él cuando le necesitaban.

—Anda, Ignacio, acompáñame al cine.

Una vez en la calle, se sinceraban.

—Me dejarás a la entrada, ¿sabes? Voy a reunirme con alguien… un chico. Será mi novio formal en cuanto pueda… Entretanto, salimos como amigos.

Amigos… amigos… Una vez sorprendió a la mayor de las solteras besándose con un chico en el portal. Se quedó mirando, embobado. El muchacho que tenía entre sus brazos a esa hermana tan poco cuidadosa, no le conocía.

—¿Qué haces ahí?

—Yo…

—Eres un chiquillo.

Sentía todavía la quemazón y todo el misterio que encerraban aquellas palabras.

Por la noche no se atrevió a levantar la mirada por temor de ver el rostro de su hermana. Ésta hablaba de un modo desenvuelto. Se la notaba animada y feliz. «Tal vez las chicas sean diferentes», pensó entonces, rememorando el sermón de su padre.

 

Dos años después, los Ochoa fueron a casa de la pobre señora Iturbe a darle el pésame. Iturbe había muerto repentinamente.

Aurora se secaba unas lágrimas que parecían no querer agotarse. Le apenaba la muerte de aquel hombre. No sabía explicarse el porqué. Tal vez por haberle visto el día antes pletórico de vida; tal vez al pensar en lo que sería de aquella indefensa y débil viuda; tal vez al contemplar a la huérfana.

—¡Pobre chiquilla! —exclamó, besando a Victoria. Y ésta reposó su cabeza en los cristales del balcón que daban a la plaza. No había llanto en sus ojos. Pero era como si de la noche a la mañana la hubieran desgajado de la infancia.

Ignacio, durante unos cuantos meses, visitó aquella casa con frecuencia. Su madre le animaba.

—Anda, ve arriba y ayuda un poco a Victoria. Antes…

Sabía que antes el difunto le ayudaba en los deberes escolares.

Ya no se burlaba de él. Se había vuelto silenciosa. Un día incluso le pidió:

—Llámame Viky. ¿Quieres?

—Claro que sí, chiquilla. Te llamaré como tú desees.

—Eres muy bueno, Ignacio.

Todo aclarado, le ayudó a resolver un problema algebraico.

—Si te parece, subiré un momento todas las tardes. Es muy, fácil, ya verás.

De la, cocina llegaba la voz cansina de la señora de Iturbe.

—¿Victoria?

—Adiós, Ignacio.

—Hasta mañana, Viky.

A principios de 1936, la viuda de Iturbe decidió marcharse de Bilbao para vivir en Madrid donde la abuela materna de Viky residía.

Ignacio experimentó el primer dolor de su vida. A los dieciocho años seguía acobardado ante las mujeres y conservaba su famoso acné juvenil. Se daba cuenta de que los sentimientos que le inspiraba su vecina de arriba no tenían nada que ver con el amor que profesaba a su madre o a sus hermanas. Recordando la escena del portal, un día intentó darle un beso. Viky le rechazó brutalmente, como si todas las clases de gramática no pesaran en absoluto en la balanza del agradecimiento; sin acordarse probablemente de que era él, Ignacio, quien le resolvía la casi totalidad de sus problemas algebraicos.

—Si me tocas, te muerdo —dijo, volviendo a su habitual rudeza.

Y como viera la expresión desencantada de Ignacio, estiró la boca en una sonrisa forzada, enseñando una dentadura perfecta y potente.

—Eres una niña —acertó él a responder para vengarse.

—Soy una mujer. Mientras fui niña no sentiste ganas de besarme.

—Mañana no vendré a ayudarte.

—Peor para ti.

Se le iba el único ser a quien había sido útil para algo. El día de la despedida notó que las lágrimas iban a saltársele. Viky y su madre fueron a casa de los Ochoa para despedirse.

Visita forzada, protocolaria. Ignacio deseaba decir adiós a solas y buscó una excusa para atraer a Viky a su habitación.

—Tengo algo para ti. Un libro de matemáticas que ya no me sirve. Te ayudará.

Aurora Ochoa disimuló una sonrisa. Era la primera vez que oía decir algo sensato a su hijo aunque lo de las matemáticas no fuera cierto.

Le tenía comprado un frasco de perfume. ¡Oh, Dios! Ignacio recordaría aquella compra durante años seguidos.

La perfumería más elegante de Bilbao y el perfume francés más costoso. Nombres alucinantes para el muchacho como: Nuit d’Amour. Caresses au Printemps. Soir de Folie.

—¿Rubia o morena? —inquirió la dependienta.

Por poco contesta: «Es para una chica de trece años».

No lo hizo. Adoptó un aire displicente, algo hastiado, y contestó:

—Morena. Muy morena y muy alta. Ya me comprende… muy mujer.

Se encontró en posesión de un frasquito cuyo solo nombre le estremecía. Baiser Ardent, según la dependienta, era justo el perfume ideal para la mujer descrita por Ignacio. Escondió su adquisición bajo la pila de sus camisas — Aurora Ochoa lo descubrió por casualidad y suspiró aliviada—, decidido a dárselo a Viky antes de su marcha. Pero había sucedido lo del beso frustrado y la riña entre ambos. El frasco de perfume estaba allí todavía.

—Dame el libro —exclamó Viky.

—No. Tengo algo mejor para ti. Te he comprado un perfume.

Y depositó su regalo entre las manos de la muchacha.

—¡Ignacio!…

No dijo más y se echó en sus brazos. Luego, al cabo de un rato, se separó. Tenía los ojos llenos de lágrimas y buscaba un pañuelo. No tenía. Ignacio le prestó el suyo, con el cual se sonó muy cuidadosamente. Y le dijo:

—Gracias por el perfume.

Cruzaron unas cuantas cartas. Las de Ignacio, respetuosamente amorosas; las de Viky, llenas de faltas de ortografía. Tantas faltas que se creyó en el deber de llamarle al orden, con lo cual obtuvo como respuesta: «No seas cargante, hombre. En el colegio me enseñaron que los puntos y las comas sirven para respirar. ¿Qué culpa tengo si respiro mal o a destiempo?»

En julio de 1936 perdió todo contacto con ella.

Acababa de cumplir los diecinueve años y España estaba en guerra. Conversaciones apasionadas en el café donde se reunían los estudiantes. Se encontraban todos en vísperas de movilización. Ignacio sentía que la garganta se le agarrotaba ante la incógnita del futuro. No obstante, le desagradaba la posición conservadora de su padre. No porque él fuera precisamente arrojado, pero los comentarios de sus amigos no le dejaban la menor duda sobre lo que se pensaría de aquellos que, entre el elemento estudiantil, empezaban a llamarse «lejonarios». Cuando le llegara el turno, se marcharía… tal vez… No quería ni confesárselo. Tal vez ese turno no llegase nunca. Tal vez la guerra fuera sólo cosa de semanas.

Se equivocó y se encontró, como todos los de su quinta, en el berenjenal. Noches frías a la intemperie. Regresos con permiso y la vergüenza de confesar la dulzura de un lecho mullido y de una cocina cuidada. Tenía suerte. Siempre parecía caer en el sector más apacible. Conversaciones alrededor de los fuegos. De mujeres, claro está. Los hombres hablaban siempre de mujeres en cuanto estaban lejos de ellas. Conversaciones voluntariamente crudas y truculentas en bocas de mozos inexpertos.

Ignacio hubiera deseado taparse los oídos. Para él, mujer era solamente aquella niña de trece años. Y esa niña no podía, no debía estar constituida como las hembras descritas por sus camaradas. Se levantaba con la excusa de ir a buscar más leña para el fuego.

Durante una de esas charlas, tontamente, de la manera menos gloriosa, había estallado aquella granada, olvidada entre la maleza por Dios sabe qué desgraciado. Encima de ella precisamente, habían colocado los leños. Tres de los camaradas quedaron gravemente lesionados. Él creyó por un momento que el fuego ardía dentro de sus pupilas. La llama prendió en su corto cabello, chamuscándole las pestañas y las cejas, dejándole casi pelón. Luego, cuando pudo localizar el dolor, se dio cuenta de que tenía el hombro vendado y que la visión ya era clara, casi normal.

—Ha tenido mucha suerte. Hubiera podido quedarse ciego.

Regresó a casa con el hombro casi curado, con los pelos crespos y la rara expresión de los que carecen de cejas y pestañas.

Tres meses más tarde no se le notaba nada y la guerra había terminado.

En 1940, fue a Madrid para aprobar unas cuantas asignaturas que tenía colgadas. Sentía el deseo hervir dentro de su cuerpo ante la posibilidad de ver a la amiga de infancia. A las dos horas de haber llegado a la capital, estaba en la calle de Hermosilla.

No, Viky no estaba. Sus ojos se perdieron interpretando cuanto le rodeaba. La pálida cara de la viuda Iturbe. La otra mujer… Se acordaba también de la abuela. La atmósfera de la casa, que nada tenía en común con la que los Iturbe ocuparan en Bilbao. La casa de la calle de Hermosilla era un hogar muerto e Ignacio empezó a sentirse incómodo entre las dos mujeres que le rogaban esperara un momento, pues Viky no podía tardar.

—Ha ido al mercado. Estará de vuelta en seguida.

Un timbrazo al fin. Pasos en el vestíbulo. Viky.

Viky se aproximaba lentamente, con el capacho de compras colgándole en la mano. Viky había crecido un poco más de la cuenta o tal vez estaba demasiado delgada. Viky, sin alegría, sin color en las mejillas, sin entusiasmo.

—¡Hola, Ignacio!

«¡Hola!» como si fuera ayer cuando se separaron. Tres años y pico reanudados con un «¡hola!» ¡Oh, labios de Viky sin risa y voz sin emoción!

—¡Viky!

Quería él poner, suplir lo que faltaba. No le salía. Sus ojos se prendían en los objetos muertos que le rodeaban y hubiera querido gritar: «Viky, ¿qué te ha pasado? ¿Qué has hecho de tu antigua impertinencia? Vámonos de aquí, Viky; esto huele a miseria, a tristeza».

—Te quedarás a comer —dijo la viuda.

—Tengo un compromiso —respondió Ignacio, enrojeciendo por la mentira.

—Claro, mamá. Tiene, seguramente, muchos compromisos. Debe de estar muy ocupado.

—Vendré esta tarde a buscarte. Iremos al cine o a paseo. ¿Quieres?

Antes de despedirse, volvió a fijarse en la abuela. No había despegado los labios. Miraba a través de los cristales del balcón, aunque fuera imposible determinar lo que estaba mirando.

Fueron andando hasta el Retiro. Le daba un poco de vergüenza salir de paseo con aquella muchacha delgaducha y mal trajeada. Sentíase defraudado. Después de aguardar años y años el momento, entonces, cuando era una realidad, encontraba todo absurdo y triste. Con razón decía su padre: «Hijo, busca para esposa una mujer de tu mismo brazo. Hazte valer, pues eres un buen partido».

Soñó demasiado y los sueños habían ido más allá de la realidad. Todo era absolutamente lógico. Él, Ignacio, después de una guerra, después de aquellos años de transformación, no podía ser el mismo hombre de antes. Sin duda alguna, a Viky le sucedía lo mismo. Hay deliciosas chiquillas que se convierten rápidamente en mujeres apagadas, ñoñas. Volvió hacia atrás en sus recuerdos evocando la maravillosa impresión del primer beso. Quería explicárselo, decirle: «Viky, te he dedicado todos estos años. No he conocido mujer, ¿me entiendes? He sufrido por ti, he sido mil veces vejado, pero me compensaba tu recuerdo y el recuerdo de mi primera sensación. Dime que nada ha cambiado… No sé si te quiero, Viky, pero lo he creído».

Se sentaron en uno de los bancos.

—Cuéntame cosas, Viky.

—Eso, tú. Yo… ya ves.

Los ojos de la muchacha habían rehuido los suyos. Le pareció a Ignacio que estaban llenos de lágrimas; pero, no. Viky no lloraba. Se lo agradeció. Pasó su brazo alrededor de los escuálidos hombros.

—Me faltan unas asignaturas para terminar la carrera. Vendré a Madrid con frecuencia. Esta guerra —carraspeó—, esta guerra nos ha destrozado; pero… ya verás. Todo se arreglará.

—Ya.

Se sintió bruto, cobarde. Por pura cortesía preguntó:

—¿Me quieres?

Encontró una mirada dura, cargada de rencor. Le desagradó el gesto de la boca.

—¿Y tú? ¿Me quieres todavía?

Con falsa alegría se oyó responder:

—Claro que sí, mujer. Nos escribiremos como antes y vendré a verte a menudo.

Viky apoyó la cabeza en su hombro. Le impresionó la expresión, poco usual en ella, de abandono. Permanecieron callados, alejados por pensamientos que nada tenían de afines. Cada cual pensaba en lo suyo. Los que desfilaban ante ellos, también pensarían: «Siempre lo mismo».

Ignacio deseaba estar de regreso en Bilbao. Viky… no sabía lo que deseaba.

Durante aquel año salió bastante con Begoña. Ochoa estaba muy contento de la nueva amistad de su hijo. Begoña pertenecía a las más altas esferas de Bilbao y, por lo tanto, el asunto convenía perfectamente a las dos familias.

Aurora fue la primera en darse cuenta de que la correspondencia con Madrid se estaba espaciando.

—¿No escribes a Victoria?

—No sé qué decirte. Parece como si no les fueran muy bien las cosas. En Madrid, ya sabes, estos años de guerra han sido muy duros.

—Me gustaría verla. Ahora que tus hermanas se han casado, podríamos invitarla a pasar unos días en casa.

—Espera.

—¿Qué piensas hacer?

—He pedido relaciones a Begoña. Mañana me dará su respuesta.

Begoña dijo que no.

Cuando sus padres le pidieron explicaciones, se limitó a repetir:

—No quiero ser su mujer. No me gusta lo suficiente.

No podía decir a sus padres: «Es un pasmado. Cuando besa, parece que esté besando al demonio. Se atraganta, se pone colorado, le sudan las manos y pide perdón. Es horrible. Una acaba por creer que el amor es una solemne porquería por la cual se ha de pasar para llegar a… Dios sabe qué fin. No. El hombre ha de ser atrevido. Sí, no me miréis con esa cara; soy una chica decente, pero lo que digo es cierto. Cuando un hombre es torpe, cuando es tímido, cuando no sabe cargar con la responsabilidad de sus deseos, las caricias se convierten en ademanes ridículos. Ignacio Ochoa debe de creer que el amor es algo vergonzoso».

Volvió a Madrid a fines de 1941. Recordaba con escalofríos la primera visita a la calle de Hermosilla y le achacó su desamor hacia Viky. Le envió una carta, citándola en el vestíbulo del hotel donde se alojaba. Viky acudió a la cita.

—¡Viky! ¡Querida! ¡Qué hermosa estás!

Sonrió la muchacha y la sonrisa le pareció falsa, un poco teatral. «Ya no es ninguna niña. Es toda una mujer.»

Sí, las cosas parecían haber cambiado. Viky iba sobria, pero muy elegantemente vestida. Salieron a dar una vuelta y notó que la gente los miraba, le miraban a él, con envidia.

—¡Qué cambiada estás! No puedes ir por la calle sola. Dime, ¿tienes novio?

—No.

—Mi madre me pregunta mucho por ti, ¿sabes? Quiere que vayas a pasar una temporada con nosotros. ¿Te gustaría volver a Bilbao?

—Muchísimo.

—Magnífico. Se lo diré a mi madre. Está rabiando por verte.

—No le digas nada. No puedo ir por ahora.

—¿Por qué?

Viky le miró muy descaradamente; luego, volviendo al lenguaje de su infancia, dijo:

—Porque no quiero ir a tu casa. Eso es todo.

Se sintió culpable. Creyó que alguien le había contado… La última visita a Madrid había sido desastrosa.

—Te aseguro, Viky, que no estuve enamorado de aquella muchacha. A mi padre le hacía gracia y tú… ¡estabas tan lejos! Te quiero, créeme.

Nunca sabía por dónde iba a descolgarse aquella extraña muchacha.

—¿Me quieres? ¿Ahora? ¿Por qué no me quisiste hace un año?

—¡Qué sé yo! Te he querido siempre. Fue la emoción. Habías cambiado mucho. Imagínate lo que puede cambiar una chiquilla entre los trece y los diecisiete años.

—Más cambia una mujer entre los diecisiete y los dieciocho.

—Sí, tienes razón. Te comprendo perfectamente.

Viky se reía. Se reía tanto, que todos cuantos cruzaban se volvían. Seguramente pensando: «¡Cómo se divierten, Dios mío!»

Ignacio deseaba no escuchar aquella risa.

Viky se calló al fin.

La vio a menudo como había prometido. ¡Cielos, qué hermosa era! Hermosa e inteligente. «Igual que su padre», decía Aurora siempre que se hablaba de ella. Hasta el mismo Ochoa llegó a molestarse. «¡Vamos, no sé qué es lo que tenía Iturbe!» «Yo tampoco —respondía Aurora, que había recobrado por completo su antigua ecuanimidad—. Pero tenía algo, te lo aseguro.» Ochoa le lanzó una mirada por encima del periódico, una mirada que podía traducirse por: «Madre de ocho hijos, abuela varias veces… y diciendo tonterías. Las mujeres…» Pero Aurora bordaba un pañito mientras sus labios conservaban todavía la forma de la sonrisa.

La vio varias veces durante los años que siguieron. Acabó sus estudios de abogado y empezaba a tener un nombre en Bilbao. No era demasiado difícil. Los Ochoa eran una familia numerosa, las chicas se habían casado bien y las industrias reemprendían su ritmo. Se solicitaba a Ignacio por muy distintas razones, pero el hecho era éste: se le solicitaba. Creyó oportuno hablar con su madre en vísperas de su viaje a Madrid.

—Veré a Victoria. Me gustaría convencerla de que aceptara tu invitación.

—¿Deseas casarte con ella?

—Sí.

Aurora se quedó contemplando al último de sus hijos. Muchas veces había pensado: «¡Qué inmenso error ha sido toda tu vida! Ha acatado ciegamente las teorías de su padre sin pensar en el posible fallo de todo lo teórico. José me ha sido infiel. Sus infidelidades me hicieron sufrir hasta que tuve años suficientes para comprender que la infidelidad del hombre es algo congénito. El temor de no ser bastante hombre… Este chiquillo ha pagado todos los errores de su padre. Lo malo es que también él se equivocará. Caerá en manos de la primera golfa que le salga al paso, o bien se casará con alguna tan inflada, tan inexperta como él, y serán dos desdichados más en el mundo del matrimonio».

—Creo que Victoria sería una gran mujer para ti —dijo.

—¿Qué pensará papá? No creo que Viky sea precisamente un buen partido.

Aurora se encogió de hombros. Los años habían afianzado su personalidad y las pequeñas cosas le parecían pequeñas.

—¿La quieres?

Ignacio deseaba decirle: «Me siento seguro con ella. Era una niña cuando todas las demás que recuerdo eran mujeres, mujeres que no me querían. Viky me quería porque era una niña. Y ahora sigo sintiendo por ella ese algo que desconozco, que no sé decir con palabras. Presiento que con ella todo será fácil…»

Pero dijo sencillamente:

—Sí, la quiero. Creo que la he querido siempre.

—Buena suerte, hijo. Si te casas con Victoria, tendré la impresión de haber podido hacer algo por ti.

—¡Mamá!

—Sé lo que digo. Y tú lo sabrás un día. No es necesario que hables con tu padre; creo que ya eres bastante mayor para saber lo que te conviene.

Fueron al cine. Tenía entre sus manos las manos de Viky y su aroma le penetraba por todos los poros del cuerpo. El contacto de aquellas manos le electrizaba de tal modo que le hacía temblar de angustia. Tuvo la sensación de que no podía soportarlo, que iba a arrodillarse ante ella y decir: «Viky, vámonos de aquí. Vamos adonde quieras».

Cerró los ojos, pues veía turbias y deformadas las imágenes que desfilaban por la pantalla.

—¿Qué tienes? —preguntó Viky.

—Te quiero.

—Bueno. Eso no basta para que pongas esa cara. Creía que estabas malo.

Gritó en voz alta, sin darse cuenta de que pudieran oírle:

—¡Has de casarte conmigo, Viky!

Sonaron unas carcajadas y otras voces reclamaron silencio.

Viky susurró muy bajito:

—Saldremos dentro de un momento. Me parece que has perdido el juicio.

—Has de casarte conmigo, Viky. Has de hacerlo.

Iban a pie paseando hacia su casa, confundidos entre el gentío de la tarde.

—No puedo contestarte ahora —dijo ella—. Eres, has sido siempre muy bueno conmigo, Ignacio; pero no tengo derecho a…

—He hablado con mi madre. Ella sería feliz con nuestra boda.

—Lo sé. Tu madre es una mujer muy buena.

—¿Entonces?

—Por esa misma razón deja que consulte conmigo misma. No quisiera que algún día pudieras reprocharme nada. Mi situación y la tuya ¡son tan diferentes!

Quedaron en que decidirían antes de un mes. Podían casarse inmediatamente. Ignacio contaba con la ayuda de su padre y con su propia clientela. Todo sería fácil.

Al llegar a la esquina de Velázquez, quiso besarla.

—No. Todavía no.

—Pero si somos novios…

Ella se había separado un poco bruscamente, repitiendo:

—Todavía no…

Los días que le separaban de Viky le parecían anormalmente largos. Adelgazaba a ojos vistas y había consultado con un amigo médico.

—Sólo puedo decirte una cosa —repuso éste—. Estás lo que se llama enamorado. En tu caso sólo veo una solución: cásate lo antes posible.

No dormía. Empezó a fumar por la noche, en la cama, cosa que jamás había hecho. Se levantaba aturdido, sin apetito. Perdía la noción de cuanto le rodeaba. Su padre le llamaba la atención.

—Contesta al menos cuando te pregunto algo. Estás distraído.

Otro día.

Arrancaba las hojas del calendario, pellizcando el grosor de las que faltaban para el próximo encuentro. Otra y otra hoja iban cayendo a la papelera… Una semana antes fue a la joyería y compró una pulsera de brillantes.

Recordaba la compra del perfume y la recompensa recibida. Recordaba las manos de Viky, en el cine.

El contacto de la joya pareció sosegarle un poco. No se atrevió a enseñársela a su padre, pero no pudo contener su entusiasmo ante Aurora.

Aurora contempló la pulsera. Le parecía casi imposible que su hijo hubiera podido escoger él solo aquella joya.

—Es muy hermosa. Cualquier mujer estaría muy contenta de poseerla.

 

Pero no se la había dado. Volvió de Madrid con la joya en el bolsillo y clavadas en el alma las palabras de Viky: «He tenido un amante».

Creyó no haber comprendido bien, que la muchacha exageraba, que en su inocencia daba el nombre de amante al hombre que había amado antes que a él, que tal vez la hubiera besado.

—He tenido un amante.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

—He tenido un amante.

¡No podía ser! Toda su vida había sido una larga penitencia, un eterno recuerdo del paseo con su padre. Un hombre y una mujer no podían, no debían entregarse el uno al otro fuera del matrimonio. Existían la religión, las leyes morales y sociales, los peligros, las enfermedades. ¿Qué había podido hacer Viky con el otro? El pensamiento le enloquecía. Era como si le hubieran desgarrado un velo muy íntimo de su alma y, sin embargo, le hubiera gustado preguntar: «Dime: ¿qué hacías con ese hombre? ¿Cómo te entregabas? ¿Por dónde se empieza? ¿Cómo te lo pidió, Viky?»

—Explícate —pudo al fin murmurar—. Es horrible, asqueroso lo que estás diciendo, pero tendrías un motivo para llegar hasta allí. ¿Te engañó, tal vez? ¿Te forzó?

Un largo silencio y la voz triste de la muchacha.

—No, Ignacio. No.

No había lágrimas en sus ojos, pero le temblaban las manos y su voz estaba alterada cuando volvió a hablar.

Ignacio recordaría toda la vida sus palabras. No comprendía demasiado bien las oscuras razones de la muchacha. ¡No sabía! Su vida se había deslizado muellemente en un ambiente donde nada faltaba y donde todo había sido fácil. No conocía nada de las mujeres, y cuanto le contaba Viky le parecía monstruosamente absurdo y desproporcionado. ¿Puede realmente una mujer llegar a ciertos extremos a través de mil vejaciones o deseando sacudirse la tristeza que lleva encima? Los detalles que pedía a la muchacha parecían no tener para ella la misma importancia que él les concedía. Viky explicaba sus razones. Quería hacerle comprender la tragedia que encierra para una mujer llevar los trajes desechados por otras, ver que los que hasta cierta edad han sido amigos parecen rehuir aquella amistad solamente por unas miserables prendas más o menos elegantes. ¿Olvidaba él, Ignacio, que por esa razón había negado a su amiga; que había sentido el peso abrumador de la vieja y sórdida casa; que la primera vez que salieron juntos, después de unos años de separación, se sentía vejado al lado de aquella chica delgaducha y mal vestida? Quizá sí; se olvidaba expresamente de todo, para no recordar más que las palabras hirientes: «He tenido un amante».

Durante varios días luchó contra la obsesionante idea. Pidió una tregua, tiempo suficiente para meditar y decidirse, pero no lograba desprenderse de la tremenda palabra: AMANTE. Estaba enfermo. Le hubiera gustado hablar con su padre de todo lo sucedido; hablar con su madre. No se atrevía. Pensó de pronto que las relaciones entre sus padres y él habían sido voluntariamente muy escasas. No era lo mismo con sus hermanas. Sus hermanas pasaban tardes enteras con Aurora, y entre madre e hijas, evidentemente, existía una amistad muy profunda. Él era diferente. Era justo que Aurora hubiera confiado su educación a aquel padre todopoderoso que desde el día de su nacimiento había regido los menores detalles de su vida. Ahora podía darse cuenta de que Ochoa sólo había velado por los detalles. Le había procurado amas, colegios, médicos, viajes, carrera y dinero… No había sido su amigo. Le había dejado en el más completo abandono en este sentido. En esta faceta del vivir, Ignacio había sido un huérfano, más pobre que un mendigo. Igual que si no hubiera tenido pensamientos, sentidos, sentimientos. Ochoa no le había dado nada e Ignacio se encontraba ahora incapaz de confiarle nada.

Aurora, que esperaba la respuesta, se inquietó de aquel silencio.

—Cuéntame, Ignacio.

—No puedo. Me sucede algo horroroso.

—Habla con tu padre.

—No me comprendería. No me ha comprendido nunca.

—Con tu confesor.

—No es una confesión lo que he de hacer. Necesito hablar… que me hablen… Yo no sé de estas cosas. Estoy enfermo, madre.

 

«He tenido un amante.» Salía de casa, y en la calle le perseguía el acento de Viky. Entraba en cualquier establecimiento, y en medio del barullo creía estar escuchando la voz de la muchacha; veía su imagen mezclada con la del otro hombre. Buscaba compañía, y entre sus amigos se encontraba más solo que nunca, alejado de ellos por el fijo y obsesionante pensamiento. Regresaba a su casa, se encerraba en su cuarto, tomaba un libro y leía página tras página sin enterarse del contenido. Apagaba las luces y, en pleno silencio, se repetía las palabras dañinas hasta gritarlas como un loco, para ver si de este modo perdían fuerza y significado.

Ignacio no podía confiarse a nadie. Tan difícil le era comprender las razones de Viky como comprenderse a sí mismo. Le parecía absurdo sufrir de aquella manera por alguien a quien su conciencia reprobaba. No debía sufrir. No debía amarla desde el momento que ella no era como él la había querido. Sin embargo, sufría, pensaba en ella como nunca quizás había pensado. La deseaba no con vagos pensamientos, sino con todas las fibras, con todos los nervios de su cuerpo… Y de ello se avergonzaba y huía, perseguido siempre por las alucinantes palabras.

—Vamos, chico. ¿Qué hay de nuevo?

Tuvo ganas de no contestar, de sacudir la mano que amistosamente se había posado sobre su brazo. No tenía costumbre de beber y las copas que había ingerido aquella noche le habían mareado.

—¡Hola, Tejera!

Y como se sentía un poco borracho, repitió ceremoniosamente:

—Buenas noches, doctor Tejera.

Era el médico de la casa, pero Ignacio no había mantenido con él más conversaciones que las profesionales o del caso. «Un amigo de papá»; por consiguiente, alguien incapacitado para hacerse cargo de sus problemas.

La mano de Alberto Tejera persistía en su brazo. El establecimiento se llenaba con todos aquellos que antes de irse a acostar iban a tomar el café o la copa, solos o en grupos de amigos.

—¿Esperas a alguien?

¡Santo Dios, no! No esperaba a nadie y además deseaba que le dejaran tranquilo. Aquel hombre parecía dispuesto a quedarse a su lado en la barra y alejarle de sus pensamientos.

—Estoy solo. Si no le importa, doctor; prefiero estar solo.

Entonces Tejera le agarró del brazo conduciéndole hacia una de las mesas del fondo.

—Aquí estaremos solos, Ignacio.

Supo que había llegado el momento en que, fuera quien fuera, debían escucharle, oírle. Era necesario contar «aquello» a alguien, y estando bebido todo se allanaba, todo resultaba mucho más fácil.

El nombre de ella pendiente de sus labios.

—Victoria Iturbe. ¿Se acuerda de ella? Victoria…

No atendía a las respuestas de Tejera. Hablaba como si lo hiciera solo. Victoria, ligada a sus años infantiles, a sus primeras reacciones de adolescente…

—¿Recuerda cuando…?

¿Y él? Ignacio también tenía que explicar muchas cosas de sí mismo, pues, sin su relato, el otro, lo otro, quedaría incompleto e incomprensible.

—Victoria, entonces…

De vez en cuando Ignacio interrumpía el alud de palabras para traer a la memoria la imagen física de Viky. Como si todo aquello fuese absolutamente imposible y necesitara fijarlo en una imagen precisa.

—¿Se acuerda de ella, doctor? ¿La recuerda?

—Muy vagamente. Era una niña cuando…

—Es difícil admitir que Victoria haya crecido, vuelto mujer, haya tenido tropiezos en la vida. ¿Quién iba a suponer tal cosa?

Establecía en su relato un paralelismo entre su vida y la de la muchacha. Se acusaba a sí mismo por no haber sabido suponer a tiempo, intuir. Comprendía su parte de culpabilidad en todo lo ocurrido…, pero no podía olvidar.

—¿No estarás dando demasiada importancia a todo eso?

Poco a poco, con el ardor de la conversación, se iba despejando. Ignacio sonrió con amargura. Le costó algún trabajo, pero al fin confió:

—Tal vez. Es siempre preferible ignorar. Si Victoria hubiese callado, creo (y me aborrezco de tal cosa) que hubiera sido un gran bien para los dos. Puedo perdonarla, a veces me siento tan culpable como ella; pero olvidar, desechar la imagen que tantas veces he tenido ante mis ojos… no puedo.

—Déjala entonces.

Gimió al contestar:

—Me costará mucho dejarla. Es una parte de mí mismo que muere con Victoria. Sí, ya sé —continuó atajando un gesto de Tejera—, ya sé que quizá dentro de unos años todo cuanto me hiere y me duele ahora, me parecerá absurdamente pequeño. Pero ese pensamiento no me alivia en absoluto. He de pasar por el presente y hoy… sufro como un condenado y nadie, nadie puede comprenderme.

Aplastó nerviosamente el cigarrillo contra el fondo del cenicero y se quedó contemplando fijamente a Tejera. ¿Por qué le había hablado? La borrachera se iba disipando y sentía vergüenza de sí mismo. Se había confiado a un desconocido. Tal vez aquel hombre hiciera mal uso de su confidencia. Los antiguos temores volvían a él y se sintió cohibido igual que cuando niño le hacían desnudar ante el doctor. Balbució:

—Lo siento, doctor. Me ha faltado valor para guardar todo esto para mí solo. Lamento haber hablado… porque no entraba en mis cálculos, aunque también creo que de no haberlo hecho… Bueno… trataré de olvidar. De olvidarla. ¿Se olvidan estas cosas, doctor?

Tejera terminaba la bebida. Sin darse prisa, contestó:

—Se olvidan enteramente, muchacho.

Ignacio se puso en pie. Sentíase aliviado, pero también molesto por aquel corto espacio de confianza. ¿A santo de qué se había volcado en aquella persona? No lo comprendía y achacó su momentáneo desfallecimiento a las copas tomadas. Pero sin duda alguna estaba más sosegado. Un día, ¿quién sabe?, olvidaría… Preguntó:

—¿Le acompaño hasta su casa, doctor?

Tejera no lo deseaba.

—Gracias. Me quedaré un rato todavía. Espero a un amigo.

Aceptó la excusa agradecido. Se estrecharon las manos.

Cuando salió del establecimiento, chispeaba. Finas gotas de agua salpicaron su rostro. Un halo de humedad circundaba las luces callejeras, y lo poco que se distinguía de la calle era brillante, acharolado. Eran cerca de las doce de la noche. Deseó llegar hasta la Ría.

El agua corría negra perdiéndose en la oscuridad de la noche. Ignacio se inclinó hacia ella. Sin la más leve premeditación se sintió en aquel instante atraído por la profundidad del agua. Un paso en el vacío, nada más que un paso, y entregarse. No gritar, no debatirse. Nadie le veía y el agua le llamaba con murmullos fascinantes. El agua, negra y honda, le atraía en aquel instante con una fuerza irresistible. Tenía varias razones para ello y la primera era aquel súbito vacío que experimentaba con la pérdida definitiva de Victoria. ¿Por qué definitiva? Dependía de él. Podía escribirle. Perdonarla. Pero sabía perfectamente que no podría nunca olvidar, que a través de los años el recuerdo le lastimaría siempre…

Allí, bajo sus ojos, el agua negra y honda continuaba muda, expectante. Un paso. Temía dar aquel paso, y la voz de sus camaradas del frente pareció interponerse entre él y el agua. «Los suicidas son cobardes.» «Siempre se está a tiempo para morir.» «Vivir, la gran aventura es vivir.» Frases dichas en momentos de peligro, cuando la vida era algo precioso que debía conservarse a cualquier precio, aunque sólo fuera por llevar la contraria a las circunstancias. Temblaba con un poco de miedo. La muerte también era, en verdad, una gran aventura, pues ante su proximidad se sentía de nuevo, algo mareado, igual que en los últimos tiempos, en que bebía con exceso. Cerró los ojos. Tal vez fuera la negrura del agua lo que le inspiraba miedo. Las gotitas de lluvia seguían picoteando su piel. Un paso nada más. Un paso y caería blandamente como aquella piedra que había dejado caer cuando niño. Un hoyo en el agua y… Avanzó un pie.

Lo retiró inmediatamente. Retiró su vista del agua. Volvió la espalda a la Ría y su cuerpo se inundó de sudor. ¿Qué disparate iba a hacer?

Las calles que daban a la Ría se le antojaron otros tantos caminos donde encontraría la salvación.