La vieja ley
Juanito Díaz
J UANITO DÍAZ tenía una mala costumbre: hablar consigo mismo. Esa charla íntima le inclinaba a caminar —el gentío en los tranvías, en el «Metro» o en el autobús estorbaba sus soliloquios— con la mirada fija en un imaginario horizonte. A veces, le bastaba con una sola palabra. La repetía hasta desnaturalizarla; veía formarse en el aire, letra por letra, esa palabra; trataba de invertirla, de cambiar las letras, de divertirse formando vocablos absurdos que nunca tendrían significado para nadie ni sitio en el diccionario.
Era corrector de pruebas en la Editorial Juvenia y la alineación de una letra tras otra para formar las palabras, que luego formarían las frases, que más tarde llenarían líneas y páginas hasta terminar siendo un libro, era para el muchacho un juego apasionante del cual no podía apartarse ni siquiera en sus momentos de ocio.
Clasificaba las palabras con nombres cuyo significado hubiera desconcertado a sus compañeros de trabajo, a su jefe directo y al dueño de la Editorial. Las palabras podían ser «redondas», como beso, vaso, roto; «finas», como aire, flauta, río. Tenía una serie de palabras de color azul; palabras que llevaban traje de ceremonia, verbi gratia: encomio; palabras que iban de trapillo; palabras que parecían guiñarle un ojo… Palabras sosas, sosísimas… Entre éstas, dos que de puro sosas no podía componerlas sin caer en la tentación de modificarlas un poco: palangana y motolita. Se divertía extraordinariamente pensando en lo ridículo que podía llegar a ser un hombre si en vez de susurrar: «Pajarita mía», dijera: «Motolita». Porque lo grande era que motolita es un pájaro, pero un pájaro al que habían estropeado poniéndole aquel nombre tan insubstancial.
Esto no le sucedería a él. Era muy puntilloso en su trabajo y más de una vez se había permitido el lujo de echar una mano a la ortografía del autor, ortografía según él dudosa, contribuyendo de un modo oscurísimo y anónimo al resplandor de las letras en España. Él sabía montones y montones de palabras. No se limitaba a revisar los textos que le ponían delante. Tenía al alcance de sus manos un diccionario y por si su memoria le fuera infiel, una libreta y un lápiz. En aquella libreta se apuntaba los hallazgos. Y, según fuera la palabra, la incluía en su consiguiente fichero, en aquel raro fichero donde, en vez de ser agudas, llanas o esdrújulas, las palabras formaban una gran familia y tenían forma, color, traje o expresión.
Allá, muy adentro de Juanito Díaz, se ocultaba un deseo. Dominar ese rico caudal y hacer con todos sus tesoros un libro. Lo había intentado varias veces; pero, cosa rara… las palabras… las muy tercas… no le obedecían. Cada cual tiraba por su lado y si por casualidad se juntaban era para decir tonterías sin ninguna significación: «El aire aflautado nimbaba sus sienes y…» Y nada. El aire no podía ser aflautado, bien lo sabía él, pero le salía siempre aflautado en cuanto tocaba lo del aire y tras el aire venían las sienes… ¿Qué tendrían que ver las sienes con las flautas? ¿De quién eran las sienes?
Pensaba Juanito que si la prosa se le rebelaba, tal vez la poesía fuera más condescendiente. Un día llegó a formar unas líneas que le parecieron poéticas: Tomé suavemente al pájaro caído. — Y le dije: No temas. — El pájaro temblaba envuelto en mi mano — y tan fuertes eran sus latidos —, que creía estrechar su desnudo corazón.
Pero ésta era una cosa vívida y Juanito deseaba crear. Juan guardaba el recuerdo de aquel pájaro. Caían a menudo en la primavera, cuando sus alas no eran lo suficientemente fuertes para volar. Él nunca había sido como los chicos del barrio. Sentía pena por aquellos desdichados que habían abandonado el nido antes de su hora y les daba el calor de sus manos. Ellos, los infelices, no sabían cuáles eran las intenciones de Juan y parecían muy asustados. Es cierto que el sitio de un pájaro es el nido, el árbol o el cielo; nunca la mano del hombre. El pobre corazón latía tan fuerte, que todo el pájaro se convertía en un latido. Algo tibio y rítmico.
Discurría por el paseo de Recoletos todas las mañanas. Esto significaba levantarse media hora más temprano, pero Juanito no lo lamentaba. Podía ir a pie y hacer raras combinaciones en el horizonte lejano, el que perforaba las casas y se extendía más lejos todavía que la visión humana. Muchas veces topaba con los transeúntes y oía un murmullo irritado a sus espaldas. Pero él estaba rodeado de sus invisibles palabras, puliéndolas a su gusto. Y cuando llegaba a la imprenta, tenía la cabeza despejada, apta para aprender cosas nuevas.
—¡Estúpido! ¡Torpe! ¡Mire cómo me ha puesto!
Estaba sentado al lado de una mujer muy bonita. ¿Qué hacía aquella mujer a su lado? ¡Ah! Se lo estaba diciendo. La había arrollado en el preciso momento en que ella dejaba un taxi y entraba como una tromba en casa de… Lezama. El modisto Lezama. Uno de los zapatos de la víctima se encontraba en la acera, a unos dos metros del accidente. El bolso de la muchacha se había desparramado por el suelo y Juanito se apresuró a recoger su contenido. Luego ayudó a ponerse en pie a la propietaria de todo aquello.
Ésta se arreglaba las ropas sacudiéndose el polvo que habían recogido.
—Perdóneme, se lo ruego; iba distraído.
Ni le contestó. Debía de tener bastante mal genio, pues se dio mucha prisa por desaparecer, escalera arriba, hacia los salones de la casa de modas. Juanito se quedó mirándola, reflexionó unos instantes y, por último, preguntó al portero:
—¿Conoce usted a esa señorita?
—Sí. Hace tres años que trabaja aquí. Se llama Victoria Iturbe.
Aquella mañana todas las palabras tenían un pie descalzo. La media dejaba ver en su transparencia, unas uñas pintadas de rojo, y Juan sonrió: «Es bueno pensar en un mundo donde la mujer cuide de sus pies calzados lo mismo que de sus manos desnudas». Él había conocido una serie de mujeres en los veintiséis años que llevaba viviendo. Había empezado con las chicas de su barrio. Cuando jugaban por los descampados, se les veían unos deditos bastante sucios surgir de las alpargatas rotas. En 1936 tenía justos los dieciséis años. La guerra no había mejorado gran cosa a sus compañeras de juegos; pero él se había hecho hombre. Al principio, aquello no tenía importancia; pero luego, cuando se estabilizó el frente, la madre de Juan empezó a rezar: «Virgen Santísima, haz que la guerra se termine pronto. Mira que mi hijo tiene ya los diecisiete. Mira que los están llamando. ¡Madre mía! Lo han llamado ya, y no tiene los diecinueve. Guárdalo, Virgencita».
Amalia Verano iba cada día varias veces, incluso para quejarse, ante la estampita de su Virgen. La ponía por testigo de cuantas desgracias ocurrían. «Virgen mía, que no tengo aceite. Mira, Virgencita, mira qué vergüenza de lentejas nos han dado. Pero esto no es todo. ¿Dónde está mi hijo? ¿Por qué me diste para primero un chico? ¿Ves? De haber sido más previsora, Amelita hubiera podido ser la primera. Así, todo arreglado. ¡Juan, hijo mío, que la Virgen te proteja!»
La estampa, húmeda a fuerza de besos y de lágrimas, era el hoyo donde Amalia vaciaba sus penas. Y Juan aguantaba el frío en el Ebro y aprovechaba la guerra para ciertas hazañas, que permitían a esos chiquillos que crecieron antes de hora enamoriscar a las mozas y darles algún que otro revolcón por los pinares.
De eso apenas si se acordaba Juan. Los años que siguieron, fueron difíciles para todos y más para Amalia Verano. La hija se le había casado y bastante tenía con cuidarse de los suyos. El hijo pequeño estaba estudiando todavía. ¡Cuántas veces había oído Juan aquella frase en labios de su madre! «Estudia, hijo, estudia.» Amalia consideraba que el estudio que le faltaba a ella y a su marido era algo que sus hijos debían tener por encima de muchas otras necesidades. «Si estudias, serás alguien.» Ese «alguien» tan vago fue el ideal de Juanito. Y para ser «alguien» se empapaba de historia, de cálculos y de gramática…, con la secreta esperanza de que, una vez aprendidos todos aquellos libros, la vida fuera fácil.
No podía, en realidad, quejarse demasiado. Él era mucho más de lo que nunca hubiera podido soñar ser su padre, y Amalia veía recompensada su tenacidad en aquel hijo que le había hecho caso. Ahora le tocaba al último, al pequeño. Por él y por la madre trabajaba Juan sin ver la posibilidad de crear su propio hogar, casi sin desearlo.
«Señorita Victoria Iturbe.»
Había terminado con su trabajo antes de lo que pensaba y tomado la pluma. No estaba seguro de si enviaría la carta, o bien si aquellas líneas irían, como de costumbre, a la papelera. Sentía la necesidad de escribir como otros sienten la necesidad de encender un pitillo. Tenía una cantidad de palabras revoloteando por su mente. Hubiera querido cazarlas todas, de golpe, y luego colocarlas ordenadamente una tras otra. Esto no era posible, bien lo sabía él. No obstante, por algo debía empezar. Y empezó por el principio pensando que era una buena costumbre para llevar a cabo cualquier trabajo.
Estoy seguro de que me recuerda. Me llamó usted «estúpido
y torpe» y ciertamente esas dos palabras ni son bonitas ni pueden contribuir, en absoluto, a que me sienta satisfecho de mí mismo. Pese a ello, son las que usted empleó y desde ese momento tienen una forma precisa. Me recuerdan, al mismo tiempo, un zapato de tacón alto y un pie de uñas pintadas…
Juanito releyó sus líneas y se dio cuenta de que tal vez incurría en un grave error. ¿Quién de los dos arrolló a quién? Él iba pacíficamente a pie, sin prisas. Todo lo más que hubiera podido suceder, de tropezar con alguien en condiciones análogas, hubiese sido un simple encontronazo. Ella, en cambio, salía precipitadamente de un taxi para entrar en la portería de «Lezama, modisto». ¡Magnífico!
Creo, sin embargo, que soy absolutamente ajeno al
accidente de esta mañana. Yo iba pensando en algo muy hermoso. ¿Se ha fijado en los brotes de los árboles? Apenas si se ven, es cierto, aunque uno los presienta.
Echó un vistazo, por la ventana, a los árboles de aquel trozo de calle. No tenían todavía el menor brote. Pero estaba seguro de que los de la ancha avenida en donde tropezara con Victoria, no solamente estaban cuajados de brotes, sino que también tenían flores y frutos. No lo dio por sentado, porque Juan sabía por otras experiencias que la gente no veía las cosas exactamente como él las veía.
Desearía saber que me ha perdonado del todo. Estaré este
mediodía, en busca de su perdón. Y también para que pueda darse cuenta de que ando como cualquier ser normalmente constituido y que, si voy acompañado, dejo de ser un peligro para los demás transeúntes.
La había firmado y, aprovechando un recado que debía hacer el mozo de la Editorial, le había dado la carta con la expresa advertencia de que la hiciera llegar a manos de la muchacha.
Ésta había sido su primera carta y a ella sucedieron muchísimas otras. Juanito enmudecía al lado de aquella extraña criatura. De su primera entrevista guardaba un recuerdo maravilloso.
A buen seguro que ella lo hizo a propósito. Tardó en salir mucho más de lo que tardaron sus compañeras. Ya iba a retirarse Juan cuando Victoria apareció por la escalera. Le sonrió y tendió una mano que nada tenía de rencorosa.
—Vamos. Me gustará mucho que me enseñe los brotes primaverales — dijo mientras se arrebujaba, friolera, dentro de un grueso abrigo.
Los árboles tendían desnudas sus ramas. ¿Sería posible?
—Venga.
Estaba muy indeciso, pues le hubiera gustado mucho tomarla del brazo. En vez de eso se contentó con pellizcarle un poco el abrigo en el sitio donde el codo marcaba un pliegue. Victoria ni se dio cuenta. Le miró fijamente. Juanito tenía unos ojos muy azules. Eran los ojos de un niño.
—¿Los brotes? —inquirió terca, la chica.
—Allí. Cierre un poquito los ojos y respire fuerte. ¿No los ve? Tienen una pelusilla blanca que hace cosquillas y… detrás de los brotes hay flores.
—Son rojas —asintió la muchacha.
Juan puso cierto reparo.
—No. No todas. Fíjese bien y verá como hay también flores azules, blancas… y de todos los colores.
—Tiene razón. Son muy hermosas.
Volvió la cabeza hacia él y se echaron a reír. Él la tomó del brazo y la acompañó hasta un edificio moderno.
—¿Vive aquí con su familia?
La había notado vacilar antes de dar la respuesta.
—Vivo sola.
Le intimidaba mucho la idea de subir a aquel piso. Y lo deseaba violentamente. ¿Estaría bien que él fuera a visitar a una chica soltera? ¿No estaba aquella chica lo que vulgarmente se dice coqueteando con él? ¿Sería una cualquiera? Se hubiera dado una torta por el último pensamiento. Desde el momento que Victoria trabajaba, no era una cualquiera. Era el fruto de una nueva generación. Él siempre había admirado a la mujer valiente que, deshaciéndose de falsos prejuicios, trabajaba como un hombre para ganarse honradamente un sueldo. Victoria tenía, tal vez, su familia en… ¿qué sabía él? Ávila, Soria, cualquiera de esas ciudades castellanas donde las chicas se enmohecen esperando marido.
Absurda vida la de esas mujeres después de la guerra. ¿Es que no habían aprendido nada? Victoria —pensaba— era una chica con personalidad y con un cuerpo magnífico, cosa que siempre ayuda. Sabía que era la mejor maniquí de Lezama, pero tampoco esa contingencia asustaba a Juan. «Cada cual ha de aprovechar los dones de la naturaleza». Si era bonita, elegante… hubiera sido una triste gracia pasar inadvertida por la vida. No había por qué avergonzarse de un cuerpo; tampoco se avergonzaba la gente de tener dinero ni de estar instruida.
Le había escrito:
Victoria, estoy muy emocionado. Deja que te diga por carta
lo que se me eclipsa cuando estás delante. ¡Quisiera saber tantas cosas de ti! Me has invitado a tu casa esta tarde, a la salida del trabajo. Dime: ¿es habitual en ti invitar a los semidesconocidos para que vayan a verte? Perdona; aunque así fuera, no tengo el menor derecho de protestar ni de rebelarme. Quisiera que fuera ya mañana. Es un poco difícil de explicarlo… algo así como un goce que hiciera sufrir.
Comprobó que cuanto sabía hasta entonces de Victoria era como los presentidos brotes. Ahora la estaba viendo en su casa. Bueno, no era precisamente lo que la gente llama una casa, Victoria tenía un ático con dos habitaciones, aseo, cocina y… pare usted de contar. ¡Ah! Y también una terraza con macetas.
Juanito se sentó en uno de los butacones mientras ella se agitaba a su alrededor, sirviéndole una bebida. Entornó los ojos tratando de captar la palabra que se pareciera más a Victoria. Debía ser una palabra que reuniera varias condiciones: pensó en amada, amorosa, amable amante… No. Eran todas demasiado atrevidas y poco originales. Buscaba una palabra que sugiriera un cuerpo grácil, unos pies descalzos de uñas pintadas (¿tendría cosquillas Victoria en la planta de los pies?). Desechó este ridículo pensamiento mientras apuraba su copa. Ella reprochaba:
—¿Te has quedado mudo otra vez?
Rió bajito y, tomándole de la mano, dijo:
—Vamos a la terraza.
Empezaba a anochecer y las noches en Madrid tienen las estrellas pulidas como joyas.
—¿Me quieres, Victoria?
Ella no esperaba la pregunta, pues se le quedó mirando incrédula, casi molesta.
—No.
Juan no se extrañó. Le había contestado no, como hubiera podido decirle sí. La verdad es que si le hubiera dicho sí, Juan hubiera tenido que dar una larga explicación a su respuesta.
—¿Tienes otro hombre? ¿Quieres a alguien?
Por un momento creyó que iba a contestar a su pregunta, luego escuchó:
—Una vez hubo una mujer que poseía una caja y dentro de ella un maravilloso secreto. La mujer era feliz con su tesoro hasta el día que le acometió el deseo de conocer el secreto que la caja tenía encerrado. Luchó contra su curiosidad, pero al fin ésta fue tan fuerte, que abrió la caja… Ya sabes lo que pasó. En realidad, la pobre Pandora no perdió los pájaros que la misteriosa caja encerraba, sino que perdió la ilusión de poseer un tesoro. Juanito —terminó la chica—, yo nunca te he preguntado nada. Tú me has buscado y yo te acepto tal cual eres. Los ratos que pasamos juntos son buenos. Esto es lo cierto, el verdadero secreto de nuestra amistad.
¡Cuán profundamente le habían herido sus palabras! Juan estaba dispuesto a amarla, y ella hablaba de amistad e incluso del valor de tal amistad. Durante varias semanas dejó de verla. Era mucho mejor así. Había empezado a quererla y se daba perfecta cuenta de que su amor no era viable. No sabía decir a Victoria: «Estoy enamorado de ti como nunca lo estuve hasta ahora. Las mujeres que he conocido no han dejado huella ni rastro en mi vida, me acerqué a ellas sin ilusión y, tan pronto gustadas, me he alejado incluso a veces con mal recuerdo de esos momentos. Tú eres distinta. Personificas lo que todo hombre de mi generación desea poseer. Eres valiente, hermosa, limpia. Hace unos años, una muchacha como tú hubiera caído entre las manos de cualquier bruto con dinero. Por suerte, eso ya ha terminado. Las muchachas de hoy no se avergüenzan del trabajo, y tú eres la prueba de ello. Sin embargo, he de confesar que todo mi amor no es suficiente para vencer la realidad. No puedo casarme contigo. He de subvenir a los gastos de un hogar en donde ya hay una mujer y otro muchacho. Me debo a ellos, y en ese hogar… me doy cuenta de que no hay sitio para ti. Habría de independizarme. Si fuera más listo, más competente, podría mantener dos casas, las dos mías. Soy un poco torpe… No veo el camino y voy a hacerte perder mucho tiempo. Tienes razón, Victoria, el amor no está a mi alcance y he de conformarme con tu amistad. Me duele mucho. Hubiera preferido que fueras más insensata; que me hubieras contestado afirmativamente aunque luego hubiésemos tenido que resignarnos con la realidad. No ha sido así. Eres, tal vez, muy inteligente… pero te falta corazón. Es una verdadera lástima.»
En vez de hablar escribió:
Deseo verte. Quiero que en mi repentino enfado sólo veas
una cosa: mi amor por ti. Sé que es difícil amarte y más difícil todavía conseguirte. Pero era hermoso pensar que eso hubiera podido ser.
Cuando se encontraron, le pareció sorprender una ráfaga de alegría en el rostro de la muchacha.
—¿Has pensado en mí?
—Te necesito.
Victoria decía que le necesitaba como si él fuera algo vital en su vida.
—¿Qué represento para ti?
Se sentaron en un banco de la Moncloa. Ni más ni menos que tantas parejas de novios que se sientan para contarse sus cosas, tantas veces repetidas. Existía una relativa soledad que incitaba a la confidencia. Victoria pasó una mano sobre la frente de Juan.
—Vas a comprenderme. He aprendido de ti muchas cosas y cuando estoy a tu lado todo me parece sencillo. No sé cómo expresarme. Yo creo que si te he encontrado, que si hemos llegado a conocernos, es porque hacía mucho tiempo te ansiaba.
—Entonces, me quieres.
—No, Juan. No te quiero. Desearía poder quererte, lo cual es muy distinto. Lo que puedo ofrecerte es tan poco, que por lo mismo nunca te he pedido nada a cambio. Pero necesito tu ingenuidad, tu juventud…
—¿Mi juventud? Soy más viejo que tú.
—Tienes unos pocos años más que yo. Pero yo soy infinitamente más vieja. Llevo dentro de mí la vejez de todos los míos. Tú has nacido hace muy poco tiempo.
Vagamente presentía lo que Victoria quería decir. Se avecinaba la hora del regreso. Se levantaron del banco. Estaban el uno frente al otro. La atrajo violentamente hacia sí y se apoderó de sus labios. Hubo un breve forcejeo por parte de ella, luego cedió la resistencia y gustó un beso profundo, tan intenso, que se le subió a la cabeza como si estuviera bebido.
—Es el primer beso de mi vida.
La muchacha le miró con aire de duda, un poco extrañada por la evidente mentira.
—Quiero decir que es el primero que cuenta. Sí, soy tan inexperto como un recién nacido, te lo aseguro.
Los ojos de Victoria seguían con su mirada de reprobación.
—¿A partir de cuándo empiezan a contar los besos?
—A partir del día en que uno los da por amor.
Desde su encuentro con Victoria, había probado a expresar sus ideas. Escribió primero unos cuentos que, a los pocos días de escritos, de cortos pasaron a ser tontos. Luego, tras algún tanteo, se lanzó a la aventura de una novela.
Sus cuartillas eran un montón de palabras cuidadosamente alineadas pero a las cuales faltaba lo esencial: el soplo que les diera vida. Lo que quería expresar era bien claro: un adolescente se ve acosado por una idea fija: la de su propio yo. Ese «yo» es tangible mientras el muchacho no piensa. En cuanto el muchacho medita en sí mismo y en lo que le rodea, pierde la noción de su propia personalidad en relación con los otros seres, incluso con los objetos inanimados o con los colores.
Juanito había experimentado esa terrible angustia y deseaba plasmarla. Le parecía que, de lograr su intento, toda duda de su irrealidad desaparecería y que ese mismo sentimiento expresado le ayudaría a él y a otros en su mismo caso. El hecho de ser él, Juan Díaz, y no otra persona, le trastornaba hasta hacerle perder muchas noches de sueño. Lo mismo le sucedía con la visión y expresión de los colores. «Esto que yo llamo azul, porque me han enseñado a llamarle de este modo, ¿no aparecerá rojo (o lo que yo creo rojo) cuando lo contempla otra retina?» ¿No residiría allí todo el secreto de las afinidades o de los disgustos humanos? Él no podría ver nunca con otros ojos que los suyos, pensar con otro cerebro que con el suyo, sentir con otros sentidos que con los suyos, y aquel campo ilimitado le parecía limitadísimo. A veces necesitaba tranquilizarse, huía de la soledad, buscaba algo sólido, alguien que le comprendiera. La inmensidad de la gente era incapaz de comprender el no ser de Juan. Y de ello hacía años que estaba sufriendo.
Una de las pocas personas que parecía comprenderle, aun en medio de su sencillez, era su propia madre. Amalia, que tantas veces repitiera aquel «estudia, hijo», era inconscientemente quien le amarraba a la inquietud del saber a ciencia cierta quién era él; quizá porque aquél era su papel en el pequeño escenario de la vida. Amalia se preocupaba todavía del hijo mayor. Solía levantarse por las noches para ver si toda la casa estaba en orden, tranquila. Revisaba la llave del gas y los grifos del agua, regaba las plantas. Cuando veía luz en el cuarto de Juanito, penetraba en él.
—¿No duermes?
—Estoy leyendo.
—Trata de dormir. Mañana estarás cansado y no tendrás las ideas claras para tu trabajo.
—No puedo, madre.
Amalia había pasado muchas noches de insomnio cuando murió el padre de aquellos tres hijos. Tendría que arreglarse en la vida sin el compañero elegido para ayudarla. Muchas otras noches, durante la guerra, en el período angustioso de la espera y, más tarde, cuando se llevaron a Juan, rezaba durante las horas lentas de la oscuridad. Le parecía el mejor sistema para no perder el ánimo. Dios está pendiente de los que velan. Creía Amalia que durante las frías horas del alba, Dios tiene menos trabajo y forzosamente la escuchaba mejor.
—Yo en tu lugar, rezaría.
Y a Juanito, la forma asequible de la religión de su madre le parecía algo magnífico. Dios formaba parte de aquel hogar. Era el bienhechor a quien se daba las gracias no solamente por los bienes concedidos, sino también por los males que no habían sucedido. Juan Díaz no necesitaba rezar con palabras aprendidas, con oraciones reglamentarias.
—A Dios, hijo, se le puede decir todo. Él lo adivina todo y es el único que puede comprenderlo todo. Por eso también sabe perdonarlo todo.
La idea de un Dios capaz de comprender los más intrincados pensamientos era consoladora. Juanito no tenía ningún motivo para dudar de Él y compaginar su existencia con sus dudas. Su angustia se desvanecía al contacto de su Presencia. Le hubiera gustado ver, por un momento tan sólo, con Sus ojos; pensar a través de Su sabiduría; saber con Su ciencia. Intuía que no hay nada casual en este mundo: «Somos nosotros quienes creamos las circunstancias y no las circunstancias quienes nos crean». Lo repetía para sí insistentemente. «Llevamos nosotros, dentro de nosotros mismos, los poderes del bien y del mal. Inconscientemente, cuando nos ocurre algo bueno o algo malo, es que dentro de nosotros hay una llamada.»
El día que tropezó con Victoria Iturbe, deseaba con toda su alma conocer a una mujer. Es decir, ese deseo todavía no estaba formulado, pero se gestaba en sus largos paseos solitarios; en el forzoso regreso al hogar materno; en la intensidad de sus lecturas. ¿Qué sentimiento empujó a Victoria hacia él? Ella no le amaba, bien claro se lo había dicho. Sin embargo, necesitaba su compañía. Por una u otra razón, el deseo de aquel encontronazo también era necesario a la muchacha.
Solamente Dios era capaz de adivinar los secretos impulsos de sus criaturas. Por esta razón Juan hubiera deseado —si bien la idea le parecía irreverente de puro atrevida— pensar con Su mente y juzgar luego, con juicio diáfano, lo que hasta entonces le parecía tan oscuro.
—¿Qué harás mañana, Victoria?
En muchas ocasiones sus preguntas quedaban sin respuesta. Vio que Victoria reflexionaba un momento; luego contestó:
—No me gusta hacer proyectos. No sé nunca lo que voy a hacer los domingos; en general, descanso y hago todo cuanto no he podido poner al día durante la semana. No sé.
—Quisiera salir contigo.
—Bueno.
Fue a buscarla a media mañana y al ver que no llevaba la mantilla en las manos, preguntó:
—¿Has ido ya a misa?
—No.
—Tampoco yo; pensé que podríamos ir juntos.
Del fondo de su bolso la muchacha extrajo un velo y, sonriendo, contestó:
—Vamos a misa. Buena falta nos hace.
Sentía un extraño placer teniéndola tan cerca en la iglesia. Trataba de rezar y no pensar en su compañera. Le era muy difícil. Se sentía por completo alejado de sus dudas y dio gracias a Dios. Era una oración muy corta, muy sencilla, parecida a una sonrisa más que a una frase.
La mañana era clara y aquel día sí que, verdaderamente, los árboles llevaban todos los primeros brotes primaverales.
Juanito la tomó del brazo y despacio fueron hacia los bancos del Retiro. Tenían mil sitios en donde hubieran podido hablar; pero Juan huía de las terrazas, donde no se podía charlar cómodamente. Le gustaba también, de vez en cuando, pasar sus manos sobre el rostro de la muchacha… Mil pequeñeces para las cuales no necesitaban público.
—¿Cómo te imaginas a Dios?
—No sé. Tú me haces pensar en cosas muy lejanas, Juan, y no puedo contestarte sin temor a deformar mis propios sentimientos. Cada cual debe tener un Dios hecho a su medida. Yo creo que el mío se parece mucho a un padre.
—¿Tienes padres?
—Mi padre murió cuando yo era niña. Viajaba mucho y sé que me sentía muy sola…
Sin duda alguna, Victoria no quería prolongar la conversación. Le mostró, para distraerla, las primeras flores del jardín.
—Son rojas —dijo Juan, tratando de despertar en su amiga el recuerdo de la primera salida.
Adoptó ella un aire de duda.
—No, Juan. No todas. Fíjate bien y verás cómo hay flores azules y blancas y de todos los colores.
La pregunta de siempre acudió a los labios de Juanito.
—Dime: ¿crees que lo que tú y yo llamamos azul se presenta con el mismo color a todas las retinas?
Viky no le comprendió.
Tal vez Viky no le comprendiera, pero su influencia se transparentaba, y lo que hasta entonces parecía imposible, fue factible e incluso fácil.
Juanito tenía la prueba en las mismas manos. Las páginas, que antes eran un simple amasijo de palabras, se sometían. Iba naciendo el libro. La forma inicial del mismo, hasta entonces enteramente abstracta como un formulario, había perdido su rigidez y tenía ahora el cálido aliento de lo vivo. Su protagonista, el muchacho de diecisiete años, iba creciendo. Le hubiera sido imposible explicar su temática si alguien hubiera querido indagarla. Juan no tenía el menor método para escribir. Todo cuanto había dormido en él, sin forma y sin nombre, venía a su espíritu y quedaba plasmado bajo sus dedos. «Igual que una escultura —pensaba—, con la única y terrible diferencia de que el escultor da por terminado su trabajo en cuanto su obra adquiere los contornos precisos. El libro es igual que la escultura más el espíritu dentro del contorno.» Le sorprendía el hecho de ponerse a escribir sin saber a ciencia cierta lo que escribía. El teclear de la máquina acompañaba sus pensamientos, y era como si una voz amiga le estuvieran dictando, palabra por palabra, la narración. Seguía adelante, no como él hubiera querido, sino como la «voz» quería. Sus personajes, las situaciones se le iban adelantando, escapándose incluso de su tutela, como hijos rebeldes o revoltosos que hicieran de las suyas, sin pedirle permiso.
Al día siguiente, lo releía. A veces incluso llegaba a reírse de lo que él mismo había escrito y sabía que era una inmensa mentira. Llegó otras veces a emocionarse y le causaba cierta desazón el sentirse ganado por unas frases que habían surgido al azar y que resultaban capaces de humedecerle los ojos. «Estoy bueno», se decía. Y le acometía un poco de vergüenza, algo así como si lo que estaba haciendo no fuera del todo honrado.
—¿Qué te parece, madre?
Amalia solía estar zurciendo alguna prenda o pelando patatas cuando su hijo le hacía tales preguntas.
—Vas bien, hijo. Me haces llorar.
Amalia se secaba los ojos o soltaba una carcajada.
—Eres incapaz de decirme la verdad. No puedes saber si lo que escribo es bueno o malo. Tú no comprendes…
«La inmensa soledad del que escribe; las palabras, sus únicas amigas; las cuartillas, el oído atento que escucha sin incomodarse… ¿Es ése forzosamente el destino del escritor?» Juanito se lo preguntaba durante los últimos tiempos, cuando tanta falta le hacía hablar con alguien de lo que le preocupaba y veía que después de unos instantes de educada atención, la gente se cansaba de escucharle. Sus ideas, lo que él consideraba descubrimientos, no interesaban absolutamente a nadie. Incluso los que hasta entonces él consideraba como más afines, le aconsejaban que dejara aquello. «Es inútil intentar extraer de la vida más de lo que ésta puede dar», decían. «El hombre sencillo, que se conforma con placeres sencillos, con las mil cosas sencillas que sencillamente acontecen, es indudablemente el más feliz.» Los placeres sencillos, las cosas sencillas… le parecían sencillamente estúpidas. «No interesa saber que Fulano de Tal se levanta todas las mañanas a tal hora, va al despacho, gana lo suficiente para mantener un hogar y duerme sin necesidad de barbitúricos. El mismo Fulano empieza a ser interesante cuando el despertador no suena a la hora habitual y él llega tarde al despacho, gana poco dinero, tiene insomnio… y piensa durante las horas en que los demás están roncando.»
Precisamente lo que él estaba haciendo. Le gustó aquel nexo entre ficción y realidad. Y supo que su libro sería un libro sincero.
El libro iba creciendo. Lo que había empezado como un hilillo de agua escondido entre las piedras, tomaba incremento, tenía su cauce y serpenteaba libremente por el valle. Le parecía imposible que no hubiera obstáculo capaz de detenerle. Todo cuanto había aprendido o intuía, afluía por las vertientes aumentando el caudal. Ignoraba todavía el desenlace. Pero ya no sentía la menor duda. Lo maravilloso había sido aquella primera gota, escondida entre las piedras. Le hubiera gustado hablar a Viky de aquel libro, pero no se atrevía. «Si sale, si algún día veo mi nombre impreso en letras de molde, entonces…»
«Entonces —creía— todo será diferente. Todo cuanto sucede es perfectamente comprensible. Mi admiración por Victoria es superior a la que ella pueda sentir hacia mí. Si ella pudiera sentir lo que yo siento, seríamos dos seres perfectamente iguales. Después de este libro vendría otro, otro luego, así interminablemente. No habría ninguna razón que impidiera nuestro amor. Pero este primer libro he de silenciarlo. Será mi ofrenda.»
Guardaba celosamente su secreto, pero éste se transparentaba a veces, del mismo modo que el nombre de Victoria acudía frecuentemente a sus labios cuando hablaba con su madre o con sus amigos.
—¿Lees mucho, Victoria?
—Sí, bastante. ¿Por qué me lo preguntas?
La tarde era calurosa. Viky y Juan estaban en la terraza del pequeño ático. Esperaban que el atardecer trajera un poco de humedad. Las horas soleadas de Madrid dejaban mustias las plantas y secas las gargantas de la gente.
—Te traeré una cerveza.
Le daba igual. Tenía una sed enorme, pero le daba igual beber o aguantar su sed. En cambio, el hecho de que una mujer como Viky se preocupara de él, se levantara, le ofreciera mitigar su sed… le aturdía como una caricia. El suave cuerpo de la muchacha, inclinándose graciosamente para buscar los vasos, la bandeja… La contemplaba una y otra vez y volvía a él la angustiosa sensación del no ser, pues aquella amistad, que se conservaba en los límites estrictos de una buena camaradería, le parecía irreal. No era verdad, no podía ser verdad que él, Juanito Díaz, estuviera cómodamente sentado en una terraza al lado de una mujer tan hermosa como Victoria, que esa mujer le escuchara, que se sintiera evidentemente feliz a su lado. ¡Ah! Pero sin amarle. Se lo había dicho bien claro. Y una punzada dolorosa le quemaba dentro del cuerpo hurgando en su amor propio. La sensación casi física le volvía a la realidad. Era bueno pensar que Victoria no le quería. Así se recobraba y podía gozar esas horas. Le debería siempre esas horas de realidad. Y el libro. La ordenación de las palabras había sido también obra inconsciente de Victoria. Ella había hecho brotar agua de la peña… pero no se lo diría. No, todavía.
—¿Qué es lo que te gusta en un libro, Victoria?
—Encontrarme.
—Eso se llama narcisismo.
—No me has comprendido. Me gusta hallar en un libro la solución de cuanto me preocupa, o bien, si prefieres, la ratificación de cuanto me ocupa.
—¿Lo has encontrado a menudo?
—Es raro.
Se levantó y fue a ojear en la estantería que le servía de biblioteca. En un sitio de honor vio una gran cantidad de cuentos infantiles. Libros cien veces leídos, muy cuidadosamente encuadernados.
—¿Lees cuentos de hadas?
—Sí.
Sin ninguna clase de separación, volúmenes de poesía. Poetas franceses, ingleses; poesía española.
—¿También te gustan los poetas?
—Deja mis libros. Sí, me gusta la poesía.
Libros que indicaban ya una gran cultura o capacidad de comprensión. Filósofos, teólogos…
—¿Todo esto has leído?
—¿Y tú?
—Yo también he leído mucho. A veces a la fuerza, palabra por palabra. ¿Te das cuenta de lo horrible que es leer con cuentagotas?
—No me ha ocurrido nunca.
Se despedían siempre antes de las diez de la noche y Juanito corría para no llegar a su casa demasiado tarde. Le esperaba la cena en la mesa y la mirada acogedora de Amalia.
—Perdona, madre, he tenido…
—A Victoria —terminaba la madre llenando su plato de sopa.
La mujer hubiera dicho: «Tráela un día, hijo, para que yo vea a esa mujer de quien andas enamorado. No tengo miedo de ella, pues siempre fuiste inteligente y no puedes haber escogido una mala mujer». Se callaba y mientras las cucharadas calientes iban deslizándose garganta abajo, Amalia continuaba a solas: «Espera, hijo, un año más y tu hermano podrá reemplazarte. Bastante hiciste por mí y es natural que ahora empieces a vivir. Ten paciencia, Juan… Todo en la vida acaba por ceder ante la paciencia».
—¿Cómo lo sabes madre?
Amalia no sabía. Amalia, sin embargo, adivinaba todo cuanto pudiera suceder a los suyos. Los hijos, sus tres hijos, eran tres pedazos de ella misma y cuanto pudiera ocurrirles, bueno o malo, ella lo sentía en su propia carne. ¿Cómo sabe una madre que su hijo está amando? ¡Pobre Juanito! Siempre le había gustado ir lo mejor arreglado posible, pero de un tiempo a esta parte, Amalia lavaba y planchaba más ropas que nunca. Veía también la cara del hijo brillar con una expresión que hasta entonces no había visto y hasta le parecía que aquel hijo estaba volviéndose cada día más inteligente y más guapo.
—Podría venir de dar una vuelta. Podría haber estado con unos amigos… ¡Qué sé yo! Podrías equivocarte.
—Podría…, pero no me equivoco.
Terminada la cena se daba prisa por quitar la mesa para que Juan pudiera emprender su trabajo.
Y Juanito quedaba unos instantes suspenso ante aquella primitiva intuición de su madre. Encerraba su rostro entre las dos manos.
—¿En qué piensas, Juanito?
—A veces pienso que cuanto más se sabe, más lejos está el ser humano de la seguridad, de la verdad.
—Tonterías.
La verdad estaba allí, entre sus manos. La acariciaba suavemente como si aquellas cuartillas fueran las primeras cuartillas que viera en su vida. El libro estaba terminado y todavía le temblaban las puntas de los dedos con invisibles pulsaciones. El libro estaba hecho y en su mente todavía quedaban palabras nuevas. El libro había nacido y dentro de él sentía que un nuevo libro germinaba. El libro se escapaba de sus manos y sus manos estaban más llenas que nunca.
Aquella tarde tenía que ver a Victoria.
—Vamos. Quiero andar un rato. No puedo estar sentado.
—Hace un calor achicharrante.
—No, no hace calor ni frío. Mira, Victoria, hoy no hace nada. No hace ni sol ni sombra, hoy no hace viento ni hay humedad… Porque hoy es un día distinto de todos los demás días y quiero pasear contigo hasta que sienta alguna de esas sensaciones que hacen de los demás días días corrientes.
La muchacha se lo quedó mirando.
—No he bebido, te lo aseguro. No tengo sed ni hambre. Hoy, Victoria, siento que tengo alas, como los ángeles.
—Pues yo tengo pies, como todo ser humano, y me pregunto hasta dónde podré acompañarte.
—Te llevaré en mis brazos. Sí, Victoria. Hoy soy alto, fuerte, y si quieres soy también rubio y me llamo Atanasio.
—Estás chiflado.
—Sí, querida. De acuerdo con eso, pero si supieras lo magnífico que es estar un poco chiflado de vez en cuando…
Le agradaba ver comprensión en el rostro de Victoria. La tomó del brazo mientras exclamaba:
—Hoy soy como un río caudaloso y tú eres un barquito muy frágil dentro de mi cauce. Te llevaré de acá para allá y serás incapaz de volverte atrás. Eres un barquito en mis aguas tumultuosas. Victoria, ¿me quieres?
—Me parece que no.
Rió como si la respuesta de la muchacha fuera justamente la prevista.
—¿Te das cuenta que ya no dices «no» a secas? Ese «me parece» es el comienzo de un nuevo día.
No quería decirle la verdad. El libro estaba acabado, pero empezaban otros escollos. ¿Se lo editarían? Hacía un calor insoportable y Juan se daba cuenta de ello precisamente entonces. Mil frases corteses y negativas acudían a su imaginación. Frases que él había escuchado mil veces dirigidas a otros en su caso: «Su libro, señor, es muy interesante, pero nuestra Editorial tiene en estos momentos más material literario del que normalmente puede absorber. Le daré una tarjeta para la Editorial Z; es un buen amigo mío». La Editorial Z recibía el original y tras haberlo guardado cuidadosamente tres semanas, convocaba al escritor: «Una obra escrita con gran talento. Lástima que éste no sea nuestro género. Nosotros más bien publicamos esto, o lo otro». Esto o lo otro no coincidían jamás con el contenido del libro por publicar.
—Tenías razón, Victoria. Regresemos, hace mucho calor.
—Pero si precisamente empieza a refrescar…
Tuvo un escalofrío.
—Eso quiero decirte. Creo que me he enfriado.
Estaban lejos de todo el mundo. Ella se detuvo un momento y le miró largamente. Puso las dos manos sobre la frente del hombre y las fue bajando hasta sus mejillas. Le besó brevemente en los labios. Él no correspondió a la caricia. Sentía unas tremendas ganas de gritar, de decírselo todo. La tomó en sus brazos, estrechando contra su cuerpo el cuerpo de la muchacha. Latía el corazón tan desordenadamente, que acudió a su memoria el recuerdo del pájaro.
—No temas, querida. Estoy un poco… cansado. Quisiera… No sé lo que quisiera.
Las largas esperas en el recibidor de las editoriales iban acabando con sus últimas reservas de paciencia. No se atrevía a hablar de ello ni siquiera a su madre. Después de tres negativas, empezaron sus dudas. ¿Sería buena su obra? Aunque había leído mucho, tal vez su sentido crítico fallara cuando juzgaba lo suyo. Una ceguera parecida a la de esos padres que siempre creen que sus hijos son hermosos aunque sean atrozmente feos o mal conformados. Sabía que no podría soportar otro desaire y optó por enviar el original fuera de Madrid, a una de las editoriales de Barcelona. Esperaba la respuesta mientras el otoño arrancaba las hojas de los árboles y el aire se tornaba frío y desapacible.
Su estado de ánimo debía de traslucirse, evidentemente. Juanito Díaz, que hasta entonces había sido un muchacho del montón, amable y modesto, sentía crecer la aspereza de aquellos meses de impaciencia. Sus amigos le reprochaban cierta irritabilidad; Viky parecía menos feliz.
Tal vez si le dijera… Tal vez si le hablara… Tal vez si le dejara leer… ¿Sabría ella el valor positivo de lo escrito?
Amalia le esperaba a la puerta de la casa.
—Carta de Barcelona, hijo. ¡Ah! Y un gran sobre que también han dejado para ti.
Le temblaban las piernas al subir la escalera. Maldijo aquellos sucios escalones por los cuales tantas veces había resbalado. Los subía de cuatro en cuatro, temeroso de encontrar arriba un nuevo desengaño. ¿Por qué el gran sobre? Seguramente el original devuelto y una carta amable acompañando sus cuartillas diciendo: etc., etc…
No. La carta iba sola. El sobre… el sobre lo abriría luego.
—Dime, Juanito.
Le acometió una alegría loca, desmesurada. Tomó a su madre por la cintura y la zarandeó, besándola. Luego le leyó la carta. Su obra interesaba. Convenía discutir las condiciones. La Editorial le daba una dirección, el nombre del representante en Madrid. Juan debía ponerse en contacto con él inmediatamente.
—Ahora podré decírselo a Victoria.
—¿No le dijiste nada?
—No. Tenía miedo. Victoria representa mucho para mí, madre, y no quería desmerecer ante ella.
Miró el reloj. Eran las ocho de la tarde. Si se daba prisa, todavía podía dar la sorpresa a la muchacha. Nunca lo había hecho, pero aquélla era una ocasión fuera de lo corriente.
—Voy a decírselo.
—¿Y el sobre?
¡Ah sí! Olvidaba el sobre. ¿Qué podría contener aquel sobre? Lo rasgó con manos nerviosas.
Páginas y más páginas. Páginas palpitantes de ternura. Páginas que chorreaban desilusión y tristeza. Páginas escritas con hiel y con odio. Páginas desnudas, crudas como la luz hiriente del mediodía. Sobre aquel montón que tenía desparramado ante él, la carta de Viky.
No podía decírtelo. No quiero ver en tus ojos, tus ojos que
siempre me miraron con respeto, con amor, la niebla del desencanto. Escucha, amigo, y, si puedes, trata de perdonarme.
¡Qué cómodo le parecía ese perdón! Igual que los niños pequeños que juntan sus manos con la sola idea de volver de nuevo a sus juegos. Igual que los hipócritas que se golpean el pecho y pecan siempre con el mismo pecado ¡Perdón!…
… cuando recibas mi carta estaré lejos de Madrid. Me
marcho por tiempo indefinido y creo que es mucho mejor así. Pero quiero que sepas una cosa. Gracias por haberte conocido. Gracias, Juan. Gracias…
Le daba las gracias. ¿De qué? No había hecho nada por ella. La había amado mucho, con un amor estéril y poco viable. Gracias por nada.
No te he dado nada. Hubiera sido fácil para mí, Juan. Fácil
porque seguramente debo considerarme como una mujer fácil. Lo que hubieras recibido en ese sentido, bien poco me hubiera costado, menos hubiera valido. No lo quise. Quería a toda costa guardar ese aspecto maravilloso del amor. Quería escucharte, aprender. Tú me has enseñado algo que yo, a tientas, buscaba: los culpables. Los culpables, ahora lo sé, somos nosotros mismos. Mientras no lo supe, me fue muy cómodo echar las culpas a otros y odiar. ¿Te acuerdas de aquel día…?
Podía acordarse de cada una de las entrevistas que había tenido con Victoria. ¿Por qué no le había hablado antes? «¿Por qué no lo hiciste, Victoria? Yo te habría ayudado, yo puedo comprender, porque he visto muchas cosas sucias y sórdidas a mi alrededor. La verdad no me hubiera asustado ni mucho menos ahuyentado de ti.»
… ya sé lo que piensas. Crees que hubieras podido olvidar,
perdonarlo todo. Crees todavía en la duración eterna del amor. Perdóname, Juan, pero yo no creo en eso… no. Me he reído de ese amor burgués, amor que va por casa en zapatillas, que está pendiente de embarazos y que naufraga lentamente sin que nadie pueda decir cuándo y cómo empezó la avería. Mi aventura ha sido brillante, luminosa… hasta el día que tú irrumpiste en mi vida. Poco a poco empecé a sentir que algo, hasta entonces desconocido, se rebelaba ante mi complacencia.
Eché de menos los hijos que no he tenido. Una vida limpia. Alguien que me viera envejecer; mejor dicho, alguien que observara que los años iban pasando para mí al par que para él.
¡Cielos Santos! La buscaría, revolvería el mundo para decirle: «Vuelve, Victoria, vuelve. Tenemos muchas cosas de que hablar. Tus cuartillas me dicen mucho, pero no lo dicen todo. ¿No comprendes que el papel no puede nunca decirlo todo? Hay siempre algo que queda sin expresar. La luz de unos ojos. El acento de la voz. El calor de las manos. Hay algo que no podemos nunca traspasar al papel, Victoria, y ese algo sería seguramente lo que podría unirnos. ¿Por qué te empeñas, por qué te has empeñado siempre en buscar lo que puede separarnos?»
… desde Portugal iré a los Estados Unidos. No huyo de
nadie. Voy allí por mi propia voluntad aprovechando lo que en este instante me brindan las circunstancias. Voy allí sin idea fija. Será el comienzo de una nueva vida, en un nuevo ambiente. Si encuentro alguien que me acepte tal cual soy, seré la primera en aceptarle. Eso no podría hacerlo contigo. Tú hiciste de mí una idea y te sería muy duro tener que aceptarme tal como soy. Tan sólo han mediado unos pocos años. Ha sido como un desencaje en nuestras vidas, que ha hecho que siempre hayamos vivido el uno antes que el otro, sin poder coincidir jamás. Si volviera…
¿Por qué había ido allí? Bien sabía que no encontraría a Viky, pero quería imaginar los últimos momentos de la muchacha. Sus cuartillas, las de ella, quedaban ordenadas y las releería poco a poco, cuando su mente estuviera tranquila y el perdón que salía de sus labios apaciguara por completo su corazón. La carta la llevaba en sus manos. La había estado leyendo por las calles de Madrid, sentado en el banco del Retiro… Ahora la leía en el aeródromo. Las primeras luces del día hacían palidecer las estrellas. Y Juanito sintió todo el frío del invierno calársele en los huesos.
La gente esperaba sentada a que el altavoz diera señal para que dejaran el edificio y tomaran el avión de Portugal. Era curioso. Las caras, desencajadas, soñolientas, tenían una expresión expectante. «Una nota de esperanza», pensó. En los butacones del aeropuerto, la gente esperaba. Hombres de negocios en su mayoría… la clásica cartera los denunciaba. Matrimonios. Una pareja de recién casados. ¿Estarían casados? Sí, tenían ese aspecto, pese a su innegable juventud. Una muchacha sola. Juanito se quedó contemplándola. No era que se pareciera a Viky, pero seguramente repetiría sus gestos, nadie la ayudaría. Y así su soledad sería la vieja soledad de los que huyen.
Los altavoces empezaron a dar instrucciones y los viajeros se dirigieron al campo. Los focos de luz iluminaban el avión. Uno tras otro, desaparecieron los viajeros… Los motores se pusieron en marcha y el aparato dio una larga vuelta sobre las ruedas antes de despegar.
Luego se alzó poco a poco, gris en las horas grises. Juanito Díaz repasó las últimas líneas de la carta.
… no me extiendo más porque todo cuanto pueda haber
pensado, sentido o hecho en mi vida, lo encontrarás en mis cuartillas. Léelas detenidamente y… gracias, Juan, por haberte conocido.