Largo proceso, amargo sueño
Historia de un libro
El 21 de enero de 1937, Francesc Cambó —líder indiscutido del catalanismo
conservador desde hacía dos décadas, desde la muerte de Enric Prat de la
Riba— se entrevistó en Rapallo con Ramon d’Abadal i de Vinyals, quien
había sido director de La Veu de Catalunya durante los últimos años de la
Segunda República en paz y sería un destacado historiador sobre todo de los
tiempos de niebla medievales. La reunión estaba enmarcada en la actividad,
siempre frenética, que Cambó —el político, el financiero, el mecenas—
desarrollaba durante aquellos meses. Aparte de sufragar la logística para que
militantes de su partido pudieran huir de Barcelona, colaboraba en la
insurrección franquista financiando una red de espionaje (que tenía a Josep
Pla como uno de sus colaboradores) e impulsando una campaña de
propaganda internacional contra el Gobierno de la República. Abadal —un
acólito de Jaume Bofill i Mates, uno de los disidentes de Acció Catalana que
había vuelto a la casa del padre de la Lliga Regionalista de Catalunya (el
primer gran partido del catalanismo fundado en 1901 fruto de la convergencia
de otras entidades en las que ya eran activos tanto Prat de la Riba como
Cambó)— era uno de sus muchos colaboradores que se habían exiliado
huyendo del clima revolucionario en la retaguardia catalana. El objetivo de la
reunión formaba parte de la apuesta franquista de Cambó, pero, de hecho, el
tema de su conversación pretendía trascenderla. Se trataba de instrumentalizar
el pasado a favor suyo. Se trataba de usarlo para posicionarse en el presente y
proyectarse en el futuro.
Cambó pidió a Abadal que escribiera no una obra de propaganda dura
sino una interpretación de la historia política española desde las Cortes de
Cádiz para explicar el camino de perdición que había conducido al cataclismo
de 1936. Las instrucciones, por lo que se deduce de unas palabras del tío de
Abadal —el prohombre Raimon d’Abadal i Calderó—, no eran mucho más
concretas. Para escribirlo Abadal contaría con la ayuda de Joan
B. Solervicens, hombre de cultura literaria enciclopédica y con una fidelidad
canina para con Cambó. Durante un par de meses aquellos dos amigos
trabajaron juntos en la Biblioteca Nacional de Florencia, leyendo y
escribiendo.
A mediados de 1937 Abadal envió unos capítulos a Joan Estelrich. «No és
pas un llibre polèmic, la intenció és que sigui just», escribió Abadal. Desde el
otoño de 1936, tras una etapa de incertidumbre (la descubrieron sus
magníficos diarios), el activista cultural Estelrich se había instalado en París
para dirigir la oficina de propaganda pagada por Cambó con el objetivo de
lavar la imagen de la insurrección franquista. Folletos, revistas, reforzar una
red de contactos internacionales que Estelrich, con otros propósitos pero
siempre por encargo de Cambó, tramaba desde hacía lustros.
Estelrich, en carta a Abadal, comentando aquel original redactado en
catalán, dijo que era «utilíssim i claríssim». El 6 de noviembre de 1937, en
Florencia, Cambó trabajó personalmente con Abadal un original en una fase
de redacción muy avanzada. Aquella obra le importaba:
«Será con gran diferencia de lo más sólido que se haya escrito con ocasión de la guerra civil
española. Tendrá, eso sí, el mérito de no gustar plenamente a nadie. También tendrá el mérito de
que todos los que lo lean sin ninguna prevención encontrarán en él cosas que les gustarán y harán
justicia a muchas otras, aunque no les llegue a gustar» [1].
La operación ideológica de instrumentalización del pasado era compleja.
Usando un planteamiento interpretativo contrarrevolucionario, realzaba
posiciones reaccionarias para acabar defendiendo unas implícitamente
conservadoras. Una especie de cuadratura del círculo, redactada en forma de
manual, que evidencia la extrañeza que Cambó podía sentir a la hora de
ubicarse en aquel tiempo de desintegración que vivían Catalunya, España y
Europa. La tesis de partida era clara. Con la nueva concepción de la soberanía
forjada en Cádiz (que iniciaba el desplazamiento del absolutismo al
liberalismo) se había rasgado la auténtica tradición española. Desvincular la
historia de la tradición habría sido el origen de tantos males, porque aquella
fisura democratizadora iría ensanchándose con el paso de los años hasta
forzar que el pueblo resbalase hacia la subversión y la anarquía. El pecado original lo habían provocado individuos concretos: ese afán de europeización
de los intelectuales. Ellos habían inoculado el virus que habría estado a punto
de destruir todo el cuerpo nacional con la proclamación de la laicista Segunda
República. El golpe franquista debía obturar esa dinámica. Invertirla.
Argumentación contrarrevolucionaria, pura y dura.
Pero, pegada a dicha interpretación tradicionalista, el catalanismo
conservador se debía salvar interpretándolo como una apuesta de
regeneracionismo sano. La obra de Abadal pretendía ser muchas cosas al
mismo tiempo, pero sobre todo una justificación de la posición adoptada por
la Lliga en la política española, debía incorporar un gran elogio a Cambó y
tenía que alabar la figura de Cánovas del Castillo, presentándolo como el
político moderado capaz de forjar un régimen para evitar el enquistamiento
del conflicto. Quizás era la única estrategia de la que el catalanismo
conservador podía dotarse para tratar de sobrevivir como movimiento en la
nueva realidad a la que estaba dando forma autoritaria el ejército insurrecto.
«El libro estará firmado por Abadal i Vinyals, que es en realidad quien ha llevado el mayor peso y
ha cargado con el mayor esfuerzo. Yo había pensado por un momento redactar y firmar el prefacio,
pero el libro habla tanto de mí que no me parece ni conveniente ni elegante. Es mejor que, como
tantas veces, yo me limite a poner mi inspiración, a señalar las directrices, a corregir algunas
desviaciones, a soportar los gastos y a hacer, en fin, que sea posible la publicación en diversas
lenguas».
El día 20, en su diario, Cambó reflexionaba de nuevo sobre el original de
Abadal. El político había revisado el capítulo que relataba quizá su acción
más importante en la historia política española: su papel en la Asamblea de
Parlamentarios de 1917. Cambó anota que lo había retocado, pero que no
había escrito todo lo que sabía. Sus notas de esa época seguramente se habían
destruido en Barcelona y, además, para explicar su versión, necesitaría un
libro entero. Pero en la nota de aquel día de noviembre de 1937 no dejó de
señalar un factor determinante para explicar por qué la Asamblea, al fin, no
representó el inicio de la superación del sistema de la Restauración canovista.
El problema había sido que Maura —el líder conservador que podía haber
sido el eslabón entre Cánovas y Cambó— no estableció contacto con la
Asamblea. Pero esa visión suya, como muchas otras, era una interpretación
que el presente había convertido en incomprensible. El presente cambiaba el
pasado. «Quin esforç he tingut de fer per a no dir res més, molt més! Però ni
hauria enquadrat dintre el llibre que preparem, ni hauria estat prudent». Era
la guerra. El clima de guerra. La fagocitación de todo por la guerra. Cambó
quizá lo sabía. Su interpretación no era lo bastante polarizada. Tampoco lo era
ya el catalanismo: «No es pot parlar de certes coses complexes, de matís, en moments com els actuals en què a Espanya es pensa i judica amb un
simplisme primari i barroer propi dels períodes de guerra».
En esta fase final de redacción de la obra de Abadal, cuando Cambó ya la
había revisado, Agustí Calvet, Gaziel —el soberbio Gaziel, el ejemplar, el que
ocultó este episodio de su biografía— se incorporó al proyecto. Situémoslo.
Vayamos un poco atrás.
Cuando estalló la guerra civil, Gaziel estaba consolidado en la plenitud de
su biografía profesional. Era el influyente director del diario La Vanguardia,
leído por las elites políticas de Barcelona pero también de Madrid. Era un
catalanista moderado y un republicano reformista. Si no era el primero,
alrededor de 1936, seguro que era uno de los principales analistas políticos
del país, de política catalana, española e internacional. Pero el estallido de la
guerra guillotinó aquella consolidación y él, temiendo con razón por su vida,
decidió marcharse a París en julio de 1936. Tenía cuarenta y ocho años.
Consta que el mes de octubre de 1936 firmó el escrito de adhesión a los
militares insurrectos impulsado por Cambó. Es probable que se sintiera algo
incómodo. En enero de 1937 escribió el artículo «El silencio es traición», que
publicó en el diario La Nación de Buenos Aires. Allí menospreciaba «ciertos
pseudomanifiestos» y es probable que, al margen de los redactados en
caliente cuando estalló la violencia, también pensase en aquel firmado por él
mismo. El texto de La Nación es una invitación a los intelectuales exiliados
en París para pensar una alternativa al conflicto. En la misma página del
diario donde se publicó el artículo, apareció otro de Ortega. No es casualidad.
Si debemos creer al Gaziel de las Meditacions en el desert, en aquel momento
él formaba parte de un grupo de intelectuales —Ortega, Marañón, Carles
Soldevila…— que se reunía para articular una tercera España que hoy
sabemos imposible. Fue también entonces cuando Gaziel mantenía todavía
buenas relaciones con el político y periodista Claudi Ametlla (así lo recuerda
este en sus memorias) y paseaba por París con Amadeu Hurtado, dos figuras
del republicanismo catalanista que pronto trabajarían para impulsar formas de
mediación entre los dos bandos enfrentados cerca del Quai d’Orsay, es decir,
del Ministerio de Exteriores francés.
Me parece más que probable que Joan Estelrich —con quien Gaziel había
polemizado en el pasado— explicara a Cambó que Gaziel mantenía amistades
peligrosas. El 27 de diciembre de 1937, desde Opatija (Croacia), Cambó
escribía lo que sigue a Estelrich:
«No me sorprende lo que me dice de Calvet: todos tenemos la debilidad de desdeñar nuestro oficio
y querer hacer de esquiroles en funciones para las que no nos ha llamado Dios. Calvet, opinando
en política, no ha acertado una ni por causalidad; es, en cambio, un gran escritor, sobre todo, un
amenísimo escritor. Confío, sin embargo, por lo que me dice Ventosa, en que podremos contar con
su cooperación como colaborador en la labor de propaganda».
Así cobra sentido la escena que, con la peor intención, recreó el diario
Domingo de San Sebastián. Después de haber tratado con gente como
Hurtado o su viejo amigo y valioso político Ángel Ossorio y Gallardo —un
republicano conservador que provenía del Partido Liberal Dinástico—, Gaziel
se habría decantado al fin por el bando franquista. Habría manifestado su
disposición para ponerse a las órdenes del Gobierno de Burgos a «un
exministro de la Dictadura que reside en París desde hace cinco o seis años».
Solo puede ser Eduardo Aunós. Este político reaccionario, que había sido
ministro del Gobierno dictatorial del general Primo de Rivera y después
conspirador contra la Segunda República, en aquel momento de la guerra civil
había impulsado una oficina de contrapropaganda favorable a los franquistas
en París. Es plausible que por entonces Aunós le hubiera aconsejado que, si
no tenía buenos contactos con los grupos que apoyaban la insurrección, mejor
le iría establecerse temporalmente en París.
Gaziel se incorporó al equipo de propagandistas de Cambó que dirigía
Estelrich. Objetivo: legitimar internacionalmente la insurrección franquista.
Aunque no fuera un entusiasta del proyecto, fue el empleo principal de Gaziel
durante la guerra. Y aceptando ese trabajo, quieras que no, arrinconaba su
apuesta por la mediación y la tercera España. Entre unos y otros, ya sea por
interés o por convicción, juega la carta franquista. En París, como sugirió
Cambó a Estelrich, Gaziel se pone a trabajar en la propaganda camboniana. A
mediados de febrero de 1937 empieza a colaborar: escribe parte de uno de los
tres fascículos de El terror rojo en Cataluña ideado por Estelrich. Este
fascículo debía titularse Un puñado de hechos y, aunque no se llegó a
publicar, se han conservado algunas páginas. El prólogo, por ejemplo: «El
presente librito no ofrece al lector curioso, sea quien sea y piense como
piense, nada más que una árida y esquemática lista de sacrificios humanos.
Solo asesinatos». Papeles olvidados en el cajón de la oficina de Estelrich. A
finales de abril, sea como fuere, Gaziel había acabado su parte. Pero no debió
de sentirse del todo a gusto. Recién redactado el panfleto, tienta al destino.
Apuesta por escapar de un callejón sin salida angustiante.
Entre finales de abril y principios de mayo de 1937 viaja al nuevo mundo.
Su destino es Colombia. Su propósito, fundar una editorial. Allí pasaría unos
meses, declarando en alguna entrevista que el Gaziel periodista se retiraba por
una larga temporada. Regresó a Francia en julio de aquel 1937, convencido de
que la editorial ideada con López Llausàs se podría concretar, pero el proyecto se frustró. Le gustara más o menos, Gaziel quedaba en manos de
Cambó. Otra vez. Quién sabe si aquella escena de Tots els camins duen a
Roma en la que Gaziel reconstruye una conversación con Cambó en el hotel
Crillon durante la guerra (una escena muy atípica, no pertenece a la época que
recuerdan esas memorias) se produjo precisamente entonces. Lo que sí
sabemos es que al cabo de unas semanas de instalarse de nuevo en París,
Gaziel leyó una obra importante. Mejor dicho, la releyó. Desde el otoño de
1937 hasta el 26 de febrero de 1938 Gaziel lee la Història de Catalunya de
Ferran Soldevila —que había financiado Francesc Cambó— y acumula 558
notas en dos grandes cuadernos. Fue justo durante aquellas fechas, y no puede
ser casualidad, cuando Gaziel participó en la teórica fase final de elaboración
del libro de historia de España escrito por Abadal e ideado por Cambó.
Se titulaba Tradición y revolución. Tendría tres versiones. Y el trabajo de
Gaziel, de entrada, sería revisar el original y traducirlo al castellano; al
francés, simultáneamente, lo traduciría Francis de Miomandre, un
maurrasiano que había vivido una temporada en Mallorca. A finales de aquel
mes de noviembre de 1937, Gaziel escribía a Cambó para devolverle el índice
del libro traducido al francés «en vistes a la conversa que he de tenir amb
Maurois» como hipotético redactor del prólogo. No parece que Maurois —
uno de los escritores europeos más populares del periodo de entreguerras— lo
escribiera. Como alternativa se pidió una presentación a Joseph Barthélemy,
un jurista comprensivo con los insurrectos franquistas que los comparaba con
los norteamericanos sublevados contra la dominación inglesa. El punto de
vista de Barthélemy, tal como lo expondría en el prólogo, era claro: «Avec
nombre de Français, je souhaite le triomphe définitive de l’humain, de
l’occident, du chrétien». Dicha afirmación contrarrevolucionaria descolocaría
tanto a Cambó, quien había sugerido su nombre, como a Estelrich, y la nueva
alternativa que se plantearon fue Charles Maurras. Mientras, Estelrich seguía
preparando el lanzamiento. Con la editorial Stock se había acordado imprimir
cinco mil ejemplares en francés. Tres mil en castellano. Se estudiaron varios
diseños para la cubierta, se pensó en la prepublicación de fragmentos en
revistas (una selección a cargo de Gaziel, que debía redactar también la nota
de prensa) y se elaboraron listas de intelectuales y críticos a quienes enviar
ejemplares (personas de la red de intelectuales que Estelrich había construido
los años anteriores como humanista al servicio de Cambó). En el mes de
diciembre de 1937 todo estaba a punto para la impresión.
Pero al despuntar el mes de enero de 1938 se produjo una primera
advertencia. Peligro. En aquellas circunstancias ese relato era dinamita. Cambó recibió presiones para no publicarlo. No convenía. Así se lo dijo Felip
Rodés, veterano militante de la Lliga, diputado y mano derecha de Quiñones
de León en la embajada oficiosa de Franco en París. No era un personaje
menor.
El argumento de Rodés para presionar a Cambó era implacable,
devastador para los conservadores catalanistas que habían apostado por la
carta franquista y, claro, fatal también para Cambó. «Es diu, i molts ho
creuen, que el catalanisme, la Lliga i jo figurem entre els primers culpables
del que passa a Espanya», escribe Cambó tras escuchar a Rodés. Pero, de
entrada, Cambó aún quería publicar ese ensayo. «Es publicarà aviat i tota
persona intel·ligent i desapassionada haurà de conèixer que és l’estudi més
seriós i objectiu que s’hagi publicat per a fer conèixer els antecedents de la
tragèdia espanyola». Esta era la idea de Cambó. No lo había impulsado,
según se confesaba a sí mismo, para favorecer a los hunos ni a los otros.
«En el libro hay, es verdad, una defensa de la política de la Lliga. Que esto molestará a todos
aquellos que creen que la tragedia actual ha de servir para liquidar despechos y satisfacer
rencores…, ¡es indudable! ¡Ah! Pero es que al inspirar y patrocinar el libro no me he preocupado
de estos, sino de la gente de buena fe que a uno y a otro lado sienten todos los horrores de la guerra
civil y quieren para España un devenir de paz sin venganzas, dentro del orden y bajo la autoridad.
Y a estos se les puede presentar la verdad, toda la verdad, hasta aquella parte que dice que la Lliga
encarnó la única política encaminada a facilitar la convivencia y a impedir la guerra civil.
»Y yo me creo con el derecho de evitar que, con el silencio cobarde de todos nosotros, se vaya
extendiendo y consolidando la opinión contraria».
Cambó había recibido presiones, pero la idea de publicar Tradición y
revolución seguía en marcha. Gaziel seguía trabajando en el manuscrito. En
enero de 1938, Gaziel le exponía por carta a Estelrich algunos problemas de
la disposición del texto:
«Los títulos actuales, en realidad, no son títulos, sino verdaderos resúmenes: por eso no hay
manera de que queden bien. La solución lógica y normal sería dar a los capítulos títulos claros,
breves y corrientes, y dejar los actuales —que como resúmenes están muy bien— a manera de
subtítulos. Entonces todo quedaría perfectamente, haciendo componer los títulos con tipos grandes,
y los subtítulos en cursiva o versalitas finas. Dado el cariz de epítome o précis histórico que tiene
el libro, esta forma de las cabeceras capitulares aún terminaría de redondearlo».
Gaziel insistió a Estelrich en que ya había señalado dicha problemática
tanto a Abadal como a Cambó. ¿Cuándo tuvo Cambó noticia de esas
sugerencias editoriales? A finales de febrero ya estaba en Montreux, Suiza, en
la orilla superior del lago Lemán, su nuevo centro de operaciones:
«Me siento cada día mejor en este ambiente de paz, de libertad y de tolerancia que se respira en
Suiza. Aquí sé y siento que no me siguen los pasos, ni me abren las cartas, que puedo recibir y leer
los diarios y libros que me plazca. Aquí estoy en libre contacto con el mundo civilizado».
Cambó, pues, en el centro de Europa. A pocas horas de grandes ciudades
donde tenía intereses. París, Bruselas, Milán. Y allí, a finales de febrero de
1938, lee libros de propaganda franquista: «La poca simpatia a Catalunya i
l’odi al catalanisme apareixen sovint». Al día siguiente de haber escrito esta
entrada en su dietario, leía una carta que desde Perpiñán le enviaba a Narcís
de Carreras —uno de los jóvenes de la Lliga—, y en su dietario transcribía
esta, lapidaria: «Patirem molt els catalans després de la victòria». Era el 1 de
marzo de 1938.
En marzo se acabó de redactar el prólogo para la edición española. El
elegido era Gregorio Marañón, un intelectual de la tradición republicana
pasado al bando insurrecto (como Gaziel, como Ortega). Definió Tradición y
revolución como «un examen de conciencia»:
Siglo y medio de liberalismo, desvirtuado por una concepción jacobina de la democracia, ha
desembocado en la situación actual del mundo en que, a través del humo de los explosivos y de las
personas, empezamos a ver un cadáver, el de la Democracia; y a su lado, el liberalismo vencido y
sin autoridad, más que por el empuje de sus enemigos.
El 8 de marzo Estelrich mandaba el prólogo a Abadal. Cambó lo leyó el
24. Subrayó la defensa de la figura del intelectual, tan reprobada en la España
franquista. Reprobada como lo era Cataluña o el País Vasco. Le gustó. Cambó
juzgaba necesaria la reivindicación de los intelectuales y de las
nacionalidades históricas. El libro tenía sentido, pero no era buen momento
para sacarlo. El 10 de marzo, en Bruselas, había hablado con Joan Ventosa i
Calvell. Este también le desaconsejó la publicación del libro. No convenía.
No convenía reivindicar la obra de la Lliga.
«En Ventosa troba que nosaltres actuàrem revolucionàriament,
contribuint a l’obra de la destrucció de les defenses socials d’Espanya, dues
vegades: en la nostra lluita contra el caciquisme a Catalunya i en la nostra
croada contra el torn de partits a Madrid». En su diario, Cambó discutía
estas dos acusaciones y, en relación con la segunda, detectaba como un
momento determinante lo ocurrido tras la Semana Trágica: la destitución de
Maura como presidente del Gobierno, a quien los lligaires apoyaban, alteró
una dinámica histórica que, si se hubiera podido consolidar, habría cambiado
la historia de España. Esta era una de las hipótesis fuertes del libro de Abadal.
Las presiones renovadas para impedir la impresión de Tradición y
revolución no se produjeron en un momento cualquiera de la guerra civil en
relación con Cataluña ni tampoco de la tensión prebélica que ya se vivía en
Europa. Ocupación nazi de Austria.
«Avui hem viscut hores en les quals hem estat a frec de la guerra
europea, una guerra que hauria acabat amb la nostra civilització, portant el
món a un període de barbàrie», anota Cambó en el diario el 12 de marzo
(solo un día después de la conversación con Ventosa). «És un moment que jo
visc amb la major angúnia. En mesuro les transcendències per a tot el món,
les repercussions en la guerra d’Espanya, la influència decisiva per al decurs
de la meva vida». Cambó piensa en Mussolini: «Cap dels seus èxits en
política exterior poden compensar el desastre que significa per a Itàlia tenir
frontera comuna amb Alemanya». El día 16 Cambó sufre un momento de
máxima inquietud. Es hondísima. Se pasa el día al teléfono, hablando con
colaboradores que le dan informaciones de todo tipo. Rumores sobre el
avance de las tropas franquistas, que se acercan a Cataluña, sobre el caos que
se vive en Barcelona, dominada otra vez por los anarquistas, sobre la
posibilidad de que Francia envíe tropas y barcos para defender sus intereses
en la ciudad. Pero Cambó lo ve de otra manera. Cree que los franceses
quieren hacer como Hitler en Austria, un golpe que evitaría la victoria total
franquista. Y eso, para Cambó, no podía ocurrir. No podía producirse esa
ruptura de la neutralidad. Italia tenía que reaccionar. Cambó mueve hilos para
que su inquietud llegue a Mussolini, que aquel día pronunciaba un discurso en
el Parlamento sobre la cuestión austriaca. Y minutos antes de pronunciar el
discurso, que Cambó escuchó con atención, Mussolini da una orden: «Iniziare
da stanotte azione violenta su Barcellona con martellamento costante e
diluito nel tempo». Aviones italianos despegaron desde Mallorca y
bombardearon Barcelona durante tres días. Una de las bombas cayó en la
Gran Via, cerca del Coliseum, y explotó sobre un cargamento de trilita.
Murieron centenares de personas.
Al día siguiente Cambó escribía a Estelrich. Siguiendo el consejo de
Ventosa, había decidido detener la edición del libro. «D’aquest propòsit
d’ajornament no se’n digui res a ningú, ni a en Marañón ni a en Calvet
siquiera». Estelrich, por su parte, confirmaba la suspensión a Abadal y el 30
de marzo escribía lo que sigue: «Guardem les planxes de totes les proves, ja
corregides, llestes per a fer-ne el tiratge, amb modificacions o sense, en el
moment que es consideri oportú». Y ese momento nunca llegó. Antes del fin
de la guerra Cambó y Estelrich lo abordaron en algunas ocasiones. En octubre
de 1938 Cambó quiso saber si Maurras había leído el libro; el día 18 de ese
mes Estelrich le anunciaba que llevaría unas pruebas para que Maurras —gran
devoto de Cánovas, por cierto— pudiera leerlo. No sabemos si Maurras lo hizo. Pero sí sabemos que el libro abortado tendría una vida nueva. Muy
peculiar.
Turbio, extraño, inquietante. Eduardo Aunós. Durante la primera mitad de
siglo pocos catalanes construyeron un currículum político tan lustroso como
el suyo. Secretario de Cambó cuando el prócer fue ministro en 1918 y
diputado luego por la Lliga en el Congreso, en 1923 rompió con el
catalanismo al ser nombrado ministro de Trabajo por el general Miguel Primo
de Rivera. Conspirador después contra la Segunda República junto a Calvo
Sotelo en París, de inmediato se puso al servicio de la insurrección franquista.
Su centro de operaciones volvería a ser París. Allí fue uno de los impulsores
del Servicio Exterior de Falange y, como he dicho antes, creó una oficina de
contrapropaganda franquista. A principios del mes de marzo de 1939, cuando
ya había sido designado miembro del Consejo Nacional del Movimiento, se lo
definía como representante de Falange en París. Tres semanas después del
final oficial de la guerra, el Gobierno, que aún tenía la sede en Burgos, lo
nombró embajador en Bruselas.
«Au moment de faire paraître ce livre, il aura pris possession de
l’ambassade d’Espagne à la Cour de Belgique». Era una de las frases finales
del «Advertiment» de los editores en el libro L’Espagne Contemporaine.
Histoire d’una grande crise politique et sociale (1810-1939). Autor: Eduardo
Aunós. Lo editó la editorial Sorlot de París, la misma que había editado el
Mein Kampf, el Jardin des Plantes de Eugeni d’Ors, o, entre otros, obras de
figuras destacadas de la reaccionaria Action Française. Aunós dedicó su libro
a los jóvenes muertos por la Nueva España y al Caudillo, «grand héros de
notre guerre libératrice». La consanguinidad entre el libro de Aunós y el libro
fallido de Abadal era altísima. Lo son el esquema cronológico y la
organización de las partes. Hay citas y frases calcadas literalmente. Esa
Espagne Contemporaine es impensable sin el precedente de Abadal. Del
mismo modo que Estelrich, en París, entregó unas pruebas del libro a
Maurras, es forzoso que Aunós también dispusiera de otro juego que él o
quien sea adaptó a sus necesidades: el relato de la historia al servicio de su
proyección política.
Si Cambó encargó el libro a Abadal para que fuese, además de una
interpretación entre conservadora y reaccionaria del pasado español, una
defensa de la Lliga y de él mismo, ahora ese original sería refundido para ser
rentabilizado por Aunós. No se haría solo la pelota al nuevo poder. No solo se incrustaría la explicación de la catástrofe republicana en el relato mistificado
que el franquismo hacía del periodo para legitimar el levantamiento militar
contra la democracia. Aparte de conservar elogios a la figura de Cambó («cet
homme politique d’une valeur peu commune»), Aunós, sobre todo, reescribió
o hizo reescribir aquel libro para singularizarse, para otorgarse protagonismo.
Así se explica la carga contra Prat de la Riba (responsable de abrir la puerta
«au virus séparatiste»), la reivindicación de la dictadura de Primo de Rivera y
especialmente su «Politique sociale. L’organisation corporative». Al tema le
dedica un epígrafe entero, es decir, Aunós dedica un epígrafe a hablar de cuál
fue su aportación doctrinal como ministro. Había sido un acierto entonces,
sostiene, y tuvo un sentido profético, porque el corporativismo era un
planteamiento que recobraba prestigio mientras Falange lo estaba haciendo
suyo.
Es un misterio saber cómo obtuvo Aunós las galeradas de Tradición y
revolución. Me gustaría resolverlo con certeza, pero solo puedo formular una
hipótesis. El intercambio de favores. El dinero.
El 15 de mayo de 1939 Aunós tomó posesión del cargo de embajador. Al
poco mantuvo una reunión en Bruselas con Francesc Cambó. Este, temiendo
que la gran empresa que presidía —una compañía eléctrica, la CHADE—
fuera nacionalizada por el Gobierno franquista, se planteó la posibilidad de
radicarla en Bélgica. Era una solución práctica, ya que el origen de la empresa
era la belga SOFINA y varios miembros del consejo de administración eran
belgas también. Para analizar la viabilidad de dicha fórmula legal sabemos
que cenó en Bruselas con el nuevo embajador. El encuentro fue positivo para
los intereses del político regionalista. «Tots els problemes que plantejà per a
la CHADE la guerra civil espanyola estan resolts», anotaría el 22 de junio.
¿Cómo se resolvieron? Tal vez, en el marco del encuentro con el embajador,
Cambó ofreció aquel original de su propiedad a Aunós para que lo adaptara a
su conveniencia. Porque sin la autorización de Cambó dudo de que el
ejemplar hubiera podido llegar a sus manos y también me parece improbable
que Aunós hubiera hecho un uso tan descarado sin el plácet de Cambó. Las
fechas concuerdan. El libro se imprimió el 12 de julio, según se lee en el
colofón. Pero la historia del libro todavía no terminó aquí. Y esta historia, que
no se acaba nunca, es la mejor demostración de que el relato de unos mismos
hechos de la historia puede ser interpretado con diversos intereses
ideológicos. Una vez y otra y aún otra.
Pocos días después de la reunión entre Aunós y Cambó, Gaziel llegaba a
Montreux. Allí estuvo, según el profesor Manuel Llanas, del 2 al 15 de junio de 1939. Teóricamente, según rememoró Gaziel, su estancia estuvo motivada
por problemas de salud que le tenían fastidiado desde hacía cierto tiempo. En
París el doctor Marañón —buen amigo y conservador liberal como él— le
había recomendado un médico que tenía consulta en aquella pequeña ciudad
suiza. Pero no parece que aquel doctor lo curara. En Montreux, en todo caso,
residía una colonia de burgueses catalanes, la mayoría exiliados de 1936 de la
órbita de la Lliga, alojados en hoteles y pensiones. Cambó, en cambio, vivía
en Villa Maryland. A ese chalet se había hecho llevar parte del archivo y una
parte valiosa de su colección pictórica. En sus diarios (en su única edición, de
apariencia poco fiable), Cambó no cuenta nada del encuentro con Gaziel. Es
extraño. En el prólogo de Quina mena de gent som, Gaziel rememora que
habló muchas veces con Cambó durante los años de la guerra. Pero Gaziel no
aparece mencionado ni una sola vez en las más de ochocientas páginas que
abarcan el periodo que va del 26 de diciembre de 1936 al 31 de diciembre de
1940. Ni una.
Para testimoniar su conversación, pues, solo contamos con el recuerdo de
Gaziel escrito, probablemente, al cabo de un cuarto de siglo. Gaziel explica
que Cambó le dejó tres o cuatro libretas donde anotaba sus reflexiones diarias.
«N’hi havia de molt vives i una pila d’interessantíssimes», rememoraría
Gaziel tiempo después. Le expuso también un proyecto muy ambicioso:
fundar una alta institución cultural, un centro de investigación blindado contra
los odios que desangraban aquel continente, instalado en un país neutral y que
fuera lugar de encuentro de los principales estudiosos y eruditos del mundo.
Cambó tenía la idea, explica Gaziel, pero no sabía concretarla. Y Gaziel, que
buscaba una dedicación regular y así evitar el regreso a la patria de los locos
en que se había convertido España según él, se ofreció para elaborar un plan
para llevarlo a cabo. Al cabo de unos meses, cuando vivía en Bruselas
siguiendo órdenes de Cambó, Gaziel redactó una memoria y la envió a
Montreux. Una de las secciones de aquel instituto, descubre Gaziel en el
prólogo de Quina mena de gent som, estaría dedicada a los estudios catalanes:
«Una de sus primeras tareas, como una misión de extrema urgencia, hubiera sido esta: emprender
un análisis amplio, muy matizado y a fondo, del hundimiento de Cataluña que acabábamos de
vivir. Mi pensamiento era —y lo es todavía, pero hoy ya sin ninguna posibilidad de realización—
que un estudio parecido sería algo maravilloso y único, por el hecho de que Cataluña, desde su
Renaixença a mediados del siglo XIX hasta su descalabro integral en el XX, vivió un ciclo
completo y cerrado, redondo, de su historia, un periodo que comenzó, como una aurora, entre
canciones de flautín y barretinas alegres, y acabó trágicamente, en un hundimiento total, entre ríos
de sangre, de lodo y de lágrimas».
Al cabo de un par de semanas de haberle enviado dicha memoria, Gaziel
recordaba que Cambó respondió por carta. Le proponía reunirse de nuevo en
Villa Maryland durante otras dos semanas de aquel verano de 1939 para
ponerse manos a la obra.
Pero de este instituto, sin embargo, tampoco se dice nada en los diarios de
Cambó, a pesar de que situaba la reconstitución cultural de Cataluña en el eje
de su futuro personal. Ni una referencia a esa institución que, tal como Gaziel
había intuido en la mirada de Cambó, podía convertirse en la mayor
realización patriótica del veterano financiero. Quizá Gaziel, que tenía cierta
proclividad megalómana, mitificó el sentido de aquel encuentro. Sin embargo,
al mismo tiempo, también es cierto que en mayo de 1940 Gaziel aún
consideraba que la puesta en marcha de aquella institución —«institution
culturelle consacrée aux hautes études», la definía en carta a su hijo— le
garantizaba trabajo para los próximos quince años.
¿De qué hablaron, pues, Cambó y Gaziel aquel junio de 1939 en
Montreux? Durante los trece días que Gaziel estuvo allí, charlaron varias
veces. Lo más plausible es que Gaziel hubiera viajado expresamente a
Montreux para concretar su futuro a corto y medio plazo. A largo plazo se
ilusionaron con la posibilidad de crear aquella institución internacional de
altos estudios académicos. Piensan en grande. Pero a corto plazo, en realidad,
el destino del escritor sería algo menos atractivo: ponerse a trabajar en la Casa
de España de Bruselas a las órdenes del embajador Aunós. Trabajaría no
como funcionario del Ministerio de Exteriores, sino como secretario personal
del embajador. Y al tiempo que trabajaba para Aunós, además, Gaziel
seguiría colaborando con Cambó.
El 10 de agosto de 1939, procedente de París, Gaziel se instalaba en
Bruselas, donde viviría durante nueve meses. A partir de entonces, como
estudió Marina Casanova, a Gaziel le tocaría convivir con personas que
durante la guerra civil habían constituido un verdadero lobby franquista en la
capital belga. Porque, desde casi su arranque, la República había perdido la
guerra diplomática en Bruselas: la embajada había traicionado a la República.
Una de las piezas clave de dicha traición fue un tal Ernesto de Zulueta,
que ya en tiempos de la República había trabajado como encargado de
negocios de la embajada española. Bien relacionado con el Ministerio de
Exteriores, la pequeña delegación de Falange en la ciudad —controlada por
Graciano Cantelli y que contaba con unos cuarenta miembros— y el partido
fascista Rex, cuando se produjo la insurrección Zulueta se puso al servicio del
Gobierno rebelde de Burgos. El 1 de octubre de 1936 Zulueta creó una oficina de representación diplomática. El Gobierno de la República tuvo que designar
a un nuevo embajador: el elegido fue el republicano moderado Ángel Ossorio
y Gallardo, buen amigo de Gaziel y que, entre otros, tuvo al poeta Josep
Carner de colaborador. Pero el Gobierno belga no tuvo interés alguno en
reconocer a Ossorio. El socialdemócrata Paul-Henri Spaak —ministro de
Exteriores, uno de los futuros padres del proceso de unificación europea—
informó confidencialmente a Zulueta de que el nombramiento quedaba en
suspenso. En paralelo, Josep Maria Casabó —un hombre de Cambó— creaba
en la ciudad una Oficina de Información Española, con el fin de suministrar
material propagandístico elaborado en París por la factoría Estelrich. Esta
oficina se vincularía a la paraoficial embajada franquista.
Antes del fin de la guerra civil, Zulueta ya era reconocido de facto por el
ministro Spaak. El 23 de marzo de 1939 Zulueta tomaba posesión de la
embajada que teóricamente debería haber servido a los intereses republicanos.
En Burgos recibieron este telegrama:
AL POSESIONARME AL GRITO ARRIBA ESPAÑA PRESENCIA COLABORADORES
FALANGE Y TODA COLONIA, EMBAJADA Y CASA ESPAÑA DONDE ONDEA
GLORIOSA BANDERA NACIONAL, TENGO INMENSA SATISFACCIÓN EXPRESAR V. E.
FELICITACIÓN RESPETUOSA SALUDO ROGANDO ELEVE A SU EXCELENCIA JEFE
DEL ESTADO NUESTRA INQUEBRANTABLE ADHESIÓN.
Pocos días después llegaba Aunós, el nuevo embajador. A mediados del
mes de junio celebró su primer acto de confraternización con los españoles de
la ciudad. Primero, misa en la capilla de las monjas esclavas, donde durante la
guerra se había rezado a favor del ejército franquista —lo subrayaba Abc—, y
por la tarde recepción en la embajada, que empezó con un besamanos a la
mujer del embajador. Su discurso, empapado de la retórica de la victoria, usó
un argumento conectado con el libro de historia que él acababa de publicar en
París: «Los mejores hijos de nuestra Patria se levantaron en armas para
reanudar el coloquio de España con su destino histórico, interrumpido tras
siglo y medio de aberraciones». Estas aberraciones —la huida del auténtico
espíritu de la patria: una huida cuya pretensión había sido la transformación
del país en un Estado liberal— eran aquellas que el nuevo régimen expulsaría
para reintegrar España a su misión original: el catolicismo. Durante la
festividad del 18 de julio Aunós se expresó en términos parecidos:
El espíritu de Falange no es otra cosa que el espíritu tradicional de España; espíritu que yacía
soterrado y estático como agua artesiana, pero al conjuro de la voz de José Antonio —como antaño
en el desierto, al conjuro de la vara del profeta— brotó a la superficie de la vida nacional, y volvió
a brotar con más fuerza cuando el genio del Caudillo le señaló con la espada su cauce. Por el
espíritu de la Falange, esencialmente religioso, fue grande España, y por el mismo espíritu volverá
a serlo.
Esta es la circunstancia inmediata que Gaziel —tal vez el periodista
español más importante del siglo XX— se encontrará en Bruselas. Agosto de
1939. En la Casa de España trabaja codo con codo con un miembro destacado
del Servicio Exterior de Falange: el escritor Felipe Ximénez de Sandoval, que
está redactando la primera biografía de José Antonio Primo de Rivera. No me
extraña que, tras instalarse, en una carta a su hijo, Gaziel confesara que estaba
en una «guarida de falangistas». El viejo liberal tenía razón.
En su obra posterior Gaziel no dejó pista alguna que indicara con certeza
qué hizo durante aquellos meses. Describiría brevemente la huida de
Bruselas, sí, pero no la estancia. Con toda probabilidad porque sabía que, de
algún modo, había practicado formas laxas de colaboracionismo. Él mismo,
en carta a Eugeni d’Ors, se presentaba como «agregado cultural privado» del
embajador Aunós. Pero a la vez que trabajaba para Aunós también lo hacía
para Cambó. El juego, asumido por los tres, tiene su punto perverso.
Como mínimo Cambó le hizo un par de encargos. Uno estaba relacionado
con una de sus grandes empresas de mecenazgo: la Monumenta Cataloniae,
una colección cuyo propósito era dar a conocer todo el corpus artístico
catalán. Cambó anhelaba publicar el volumen sobre el románico medieval, al
cuidado de Josep Pijoan. Se editaría en catalán e inglés, como se había
previsto originariamente, pero también en castellano; así «li lleva tot caràcter
pecaminós als que ara manen». En esta entrada del dietario, redactada el 27
de julio a bordo de su barco Saint-Alexis, hacía constar que le costeó el viaje
desde Estados Unidos a Pijoan para proseguir con los trabajos de la edición.
Por carta, confidencialmente, Pijoan había dicho que aquel libro no le
interesaba nada. Sin embargo, le interesara más o menos, se reunieron, y la
producción del volumen seguiría en marcha. A principios de agosto, el día 1 o
el día 2, Pijoan y Gaziel hablaron a lo largo de seis horas durante un viaje en
tren de Bruselas a París. Gaziel se encargaría de la traducción o la edición del
texto.
Pero había otro encargo secreto que ataba a Cambó con Gaziel y el
embajador Aunós. Aparte de ellos tres, ¿quién más lo sabría? Probablemente
nadie. Simplifico para avanzar: Gaziel debería trabajar sobre aquel original
inédito de Abadal, para intentar preservar la idea nodriza de Cambó, pero
Aunós firmaría el libro y suya sería la potestad para darle el tono final. El
resultado de este nuevo episodio sería Itinerario Histórico de la España
Contemporánea (1808-1936).
La obra, construida sobre el esquema de Abadal pero sobrepasándolo de
largo, es ambiciosa y tiene pasajes francamente notables. No es un apaño hecho de cualquier manera. Y esa debió de ser la principal tarea de la etapa
belga de Gaziel. El problema del relato es que, sin previo aviso, obliga al
lector a soportar los detritus torpes y partidistas que Aunós fue incrustando en
el nuevo manuscrito reelaborado por Gaziel. Su huella es fácil de detectar.
Pongamos por caso el elogio al general Primo de Rivera. Pongamos por otro
caso, y por contraste con un juicio que Gaziel dicta a lo largo del libro, tantas
contradicciones internas. Lo ilustra la explicación sobre Cánovas y el sistema
de la Restauración. Diría que Gaziel, coherente con su vieja interpretación, lo
elogia, mientras que Aunós señala sus defectos, amoldados a su noción
contrarrevolucionaria de la historia de España:
El pueblo español seguía siendo sin duda, en el fondo, lo mismo que antes, lo mismo que siempre,
antimoderno por excelencia […]. Presenciaba, impasible, las experiencias que en el orden social,
religioso y político se realizaban a sus expensas. Mas apenas, por inhabilidad en la administración
de los narcóticos o por paulatino recobramiento de fuerzas, el enfermo ha llegado a sentir el
desgarre producido por sus carnes torturadas, de un salto ha despertado lleno de furor, para
entregarse a tremendos e incalculables espasmos. Ese terrible despertar ha sido la historia de
nuestros días.
Y unas líneas más adelante, rompiendo el orden del relato, esta elegía
ramplona del corporativismo como la fórmula de gobernabilidad que sí
respondía a las sacrosantas esencias del pueblo español.
Las grandes libertades españolas, no hay que buscarlas en la independencia individual ni en los
famosos Derechos del Hombre, más tarde proclamados por la Revolución francesa, sino en las
instituciones milenarias que desde los más remotos tiempos han venido constituyendo las células
vivas del cuerpo social y cuya misión no es más que la de superar los escollos del individualismo:
la familia, el municipio, los gremios, la independencia de la Justicia, la descentralización
administrativa, el brazo militar y la organización eclesiástica.
Pero fragmentos como los citados, groseramente adosados para catapultar
el prestigio franquista de Aunós, son más bien escasos. Y no es hasta el final
cuando el libro acaba por desbarrar, imbricando en el relato la mitificación de
los mártires de la cruzada y la justificación de la insurrección de manera
propagandística. Pero si el lector logra saltar esas páginas (tapándose la nariz,
eso sí), rentabilizará las horas invertidas en la lectura del libro.
Desde el punto de vista estilístico, hay páginas de veras excelentes.
Reaparecen ideas de los artículos oraculares del Gaziel de los tiempos de la
República, como la teoría de la ley del péndulo para explicar la evolución de
la política española. Y a quien esté familiarizado con su formación ideológica
no le extrañará el elogio de Antonio Maura, conectándolo con Miguel de los
Santos Oliver. Precisamente cuando aquel sabio mallorquín fichó en 1914 a
Gaziel para La Vanguardia acababa de escribir una reivindicación solitaria de la figura de Maura. Aquí Gaziel, al cabo de tantos años, parece como si
reconociese la antigua deuda con su maestro.
Entre los publicistas españoles que gozaban de mayor prestigio, solo uno, Miguel S. Oliver,
sostuvo denodadamente el esfuerzo de Maura y predijo, ante su caída, las fatales consecuencias
que había de tener. En el ambiente de frivolidad que caracterizaba la prensa española de la época,
en la que las corridas de toros y las zarzuelas en boga tomaban más importancia que las crisis
políticas, las campañas nobles, desinteresadas y clarividentes de aquel gran periodista, mallorquín
como Maura, fueron un caso memorable de predicación en el desierto.
Pero de inmediato, en el párrafo siguiente y para evitar que un
conservador civilizado como Maura apareciese perfilado como un ejemplo
positivo, grasa sucia de Aunós. Maura habría caído porque no contaba con un
grupo de jóvenes dispuestos a actuar como una milicia a favor suyo. Maura
no tenía a los falangistas.
Maura cayó porque solo le asistieron intereses ancianos y varones prudentes, y para realizar una
transformación como la que él soñaba, era preciso poder contar con la generosidad sin medida y el
sacrificio heroico de que únicamente son capaces las jóvenes generaciones, cuando se sienten
unidas por un gran ideal y se congregan en milicia disciplinada y rigurosa.
Sin embargo, superada la ciénaga de Aunós, el relato retoma su curso
natural. Y eso significa que vuelve Gaziel, estableciendo líneas de
continuidad con sus análisis de la política española tantas veces formulados
en las páginas de La Vanguardia. Pienso en su crítica a las clases dirigentes o
la apelación al destino para explicar por qué, cuando el país se jugaba su
suerte futura a cara o cruz, España salía siempre derrotada. Las páginas sobre
el impacto de la primera guerra mundial en la vida española son antológicas
por el estilo y por la lucidez analítica; no es casual, por ejemplo, la atención
dedicada a la ciudad de Barcelona. A diferencia de L’Espagne
Contemporaine. Histoire d’una grande crise politique et sociale, aquí es
notabilísimo el elogio a la obra de gobierno de Prat de la Riba —considerado
por Gaziel como uno de los grandes hitos del catalanismo político—. Los
talentos como dirigente de Prat —«un tacto político, una constancia y una
competencia»— lo hacían muy superior a sus coetáneos de la Restauración.
Es muy significativa también, por ejemplo, su hipótesis sobre las dificultades
de la consolidación de la Segunda República —«un problema imposible:
consolidar una república sin republicanos»— o su descripción de la noche del
6 de octubre de 1934 en Barcelona. Es muy probable que los lectores
potenciales del libro no lo recordaran, pero aquellos párrafos eran la
reelaboración abreviada de su memorable artículo «Apuntes de una noche
inolvidable». En el artículo, redactado en primera persona y publicado el 11
de octubre de 1934, Gaziel había relatado su vivencia de los hechos autorretratándose en su casa escuchando la radio de una manera obsesiva. En
el libro, al cabo de cinco años, la radio vuelve a aparecer como el medio a
través del cual la gente se pudo hacer una idea de lo que ocurría en el Palau de
la Generalitat de la plaza de Sant Jaume. La estrategia retórica, es evidente,
era calcada.
Los catalanes todos, y los demás españoles que lo quisieron oír, se pasaron una noche trágica
escuchando cómo el Gobierno de Cataluña llamaba por la radio, en su defensa, desesperadamente,
a los partidarios de toda laya, incluso a los comunistas, que quisiesen defenderlo a altas horas de la
noche. Fue inútil: nadie se movió, como presintiendo la enormidad del caso, y todos se dieron
cuenta, incluso los más locos, de que aquello era una atrocidad imperdonable.
Supongo que Gaziel acabó de redactar el libro durante el invierno de
1940. Luego aquella nueva versión, en todo caso, debió de pasar por el tamiz
de Aunós, que añadiría sus porquerías reaccionarias y todo el relato
legendario que los ideólogos y orgánicos habían confeccionado para presentar
al mundo la insurrección como obra de Dios. Lo seguro son los datos que
certifica el expediente del libro conservado en el Archivo General de la
Administración.
El 23 de marzo de 1940, como era preceptivo, Esteban Gómez Gil
presentaba una instancia a la Vicesecretaría de Educación Popular —la
censura— para poder publicar Itinerario de la España Contemporánea.
Gómez Gil no era un personaje del mundo de la edición sino un leal
colaborador de Aunós desde los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera
(y también el periodo de conspiración en París contra la Segunda República).
Durante la guerra Gómez Gil había sido detenido, pero, una vez liberado, se
implicó en la quinta columna. Al presentar esa instancia volvía a ser una
figura de peso en el Ministerio de Trabajo. El documento aclara que el
original constaba de trescientas cincuenta páginas, que lo editaría el
barcelonés Gustau Gili y que hacían falta cinco mil kilos de papel para poder
imprimirlo. No hubo problema, pero algún vericueto administrativo se me
escapa. Porque en la ficha del libro en censura, abierta el 29 de marzo, ya
consta el título casi completo —Itinerario Histórico de la España
Contemporánea— y el nombre del editor definitivo, que no sería Gili sino la
también barcelonesa editorial Bosch. El 13 de junio parece que ya se estaba
imprimiendo y se autorizaba su distribución y venta. Pero, en todo caso, en
aquel momento, los misterios administrativos importaban poco. A Aunós, a
Cambó y a Gaziel poco o nada les importaban libros y trámites. Aquello que
de veras les angustiaba era salvar su presente y su futuro porque, ahora sí,
definitivamente, Europa ya estaba en guerra. El expansionismo hitleriano
había puesto la directa.
El 10 de mayo de 1940 el Ejército nazi ocupaba Bruselas. El embajador
español, de entrada, recibió este telegrama del ministro de Exteriores español
Juan Luis Beigbeder: «TAN PRONTO SEA SOLICITADO POR ALEMANIA ENCÁRGUESE
PROTECCIÓN INTERESES ALEMANES EN BÉLGICA». Los nazis llegaron a un
acuerdo con el rey Leopoldo III, que se quedó en su país en arresto
domiciliario. Fueron días de tensión en la embajada española. Borja de Riquer
afirma que Aunós firmó salvoconductos españoles para directivos de la
CHADE —algunos eran judíos— y permitió esconder documentación de la
empresa en la propia embajada. Mientras tanto, el Gobierno legítimo belga se
vio forzado a huir. Entonces Aunós recibió un nuevo telegrama de Madrid:
«VD DEBE ACOMPAÑAR GOBIERNO BELGA DONDE VAYA». El 15 de mayo
empezaba un viaje dramático de buena parte del personal de la embajada.
Atravesarían Bélgica y Francia entera sufriendo infinidad de peligros como
consecuencia del avance de las tropas nazis. Gaziel formó parte de esta
caravana, como un personaje más de la gran Suite francesa de Irène
Némirovsky.
«Aferrado al volante de un Studebaker, seguí con la familia y el equipaje todo el calvario de
Francia: la invasión, el pánico, las carreteras atascadas, los aviones alemanes que las iban regando
de balas con las ametralladoras, las ciudades convertidas en campamentos de un ejército
descompuesto y de fugitivos que no sabían adónde iban, y los delirantes bombardeos nocturnos,
con bombas de dos mil kilos, que no nos dejaban ni reposar unas horas».
Antes de empezar ese viaje, o cuando ya hacía algunos días que se movía
por el corazón desangrado de Europa, Gaziel llamó a Francesc Cambó a
Montreux. Desconozco el contenido de la conversación. Pero al poco, eso
seguro, Gaziel le escribía desasosegado. Ni sabía qué hacer ni tenía dinero.
Cambó contesta. Prometió seis mil francos y le recomendó que no se alejara
de Aunós. El 11 de junio, ya desde Biarritz, Gaziel respondía:
«Seguiré su consejo. Me quedo aquí, continúo al servicio de quien usted ya sabe, por desagradable
que me resulte. Estoy seguro de que usted desconoce a esta gente, porque solo viéndola de muy
cerca y en circunstancias como las actuales, se la ve hasta el fondo. Es un caso inaudito de bajeza
moral, combinado con tontería intelectual y con arribismo político».
En la misma carta, Gaziel deseaba a Cambó que su estancia en España
hubiera sido provechosa. El día 7 de junio Cambó había pasado unas horas en
Barcelona. Tuvo tiempo de pasar por su casa, en la Via Laietana. Y la noche
de ese día supo que podía partir en dirección a Madrid. Viaja en tren. «Vaig
notar, fent via vers l’estació i a l’estació mateixa, l’enorme expectació que
desvetllava la meva presència. Al baixador del Passeig de Gràcia estava ple.
Si hagués sortit a una finestra hauria esclatat una ovació!». Al día siguiente, Cambó presidió un consejo de administración de la CHADE en Madrid. El 11
de junio, el día que Gaziel escribió su carta, Cambó llegaba a Portugal, el
único puerto de Europa a través del cual se podía huir del continente. Como
escribió Arthur Koestler, Lisboa se había convertido en «la última puerta
abierta de un campo de concentración que se extendía por la mayor parte de la
superficie del continente europeo». Cambó pasaría casi dos meses en Portugal
antes de embarcarse hacia América.
Llegado a Portugal, Cambó acusa recibo de la carta de Gaziel. La suya es
breve y es reveladora. Todo el continente cuelga de un inquietante signo de
interrogación. «Avui no es poden fer plans. Crec que ha d’orientar-se pel
retorn a Espanya. Crec que Espanya pot ser l’únic país d’Europa on no es
passi gana». Aunós, añadía Cambó, había sido conminado para que no lo
dejase en la estacada. En Estoril, Cambó se entera de la caída de París. «Me’n
sento profundament afectat. Pesen tant en la meva vida els records de
París…». Cambó reflexiona sobre la Francia del armisticio, piensa en
Inglaterra, tiene tiempo para leer el Erasmo de Zweig y contempla fascinado
el espectáculo agónico en el que se han convertido Lisboa y Portugal. «Avui,
Lisboa i els seus voltants han esdevingut el refugi transitori de tots els
desgraciats d’Europa […] que han tingut prou sort o prou fortuna per a
escapar d’un perill major! Serà curiós el llibre que s’escriurà un dia del que
haurà estat Portugal i Lisboa i voltants».
Si Cambó aún puede pensar como un ciudadano europeo del mundo de
ayer, Gaziel solo puede dar señales de vida en medio de la lucha por la
estricta supervivencia. El 22 de junio, ahora ya desde Hendaya, es decir,
desde la parte francesa de la frontera con España, nueva carta desesperada a
Cambó. «Mon patron nous a quittés, emporté par le peur, et il s’occupe de
nous moins que des chaussures». («Nuestro patrón nos ha dejado, llevado por
el miedo; y se ocupa menos de nosotros que de sus zapatos»). La guerra
persigue a Gaziel. Desde Irún, a cada momento, se mandan telegramas con
nuevas informaciones. El jueves 27 de junio CIFRA —acrónimo que recibían
los servicios informativos de ámbito nacional de la agencia EFE— fue
contando hora a hora la llegada de las tropas alemanas a la frontera con
España. Las operaciones militares en Francia, escuchó al corresponsal de La
Vanguardia en Berlín, habían terminado. Pasadas las seis de la tarde, después
de un apretón de manos con el general español López Pinto, el jefe del cuerpo
del Ejército de ocupación alemán izaba la esvástica. Gaziel, desde la parte
española de la frontera, lo ve. «Vaig haver de veure com un alemany alt,
escardalenc i enravenat com un pi prussià, arriava insolentment el bellíssim drapeau, per mi el més ben acolorit del món, i hissava en el seu lloc aquella
bàrbara bandera». Acaba de enviar a Cambó la postal que vemos en la
página 47.
El 27 de junio, pues, Gaziel atravesaba la frontera. El 1 de julio, desde
San Sebastián, acongojado por la incertidumbre, el periodista, sin horizonte,
explicaba a Cambó que Aunós había perdido su puesto de embajador y que
los trabajadores de la embajada habían sido despedidos sin cobrar
indemnización alguna. Gaziel necesitaba trabajo. Necesitaba los seis mil
francos prometidos, que no habían llegado. El 20 de julio, todavía en San
Sebastián y ya más tranquilo porque había recibido el dinero, Gaziel,
resignado, informaba a Cambó sobre su futuro inmediato: «Si mi principal
vuelve a reanudar sus trabajos, en la forma que sea, lo mejor será todavía que
yo siga con él a pesar de todo y por lo menos durante un tiempo». Al día
siguiente, el 21, le escribía un personaje determinante en su futuro inmediato.
Es el veterano dirigente de la Lliga y socio de Cambó, Joan Ventosa i Calvell:
«Ya tenía yo noticia de su llegada a España y de la suma que, de acuerdo
conmigo y participando en ella por la mitad, le fue entregada por nuestro
amigo». Al embarcarse Cambó rumbo a América, de donde ya no volvería,
Ventosa tomó el relevo como protector de Gaziel.
Pero los días pasaban y, en el norte de España, sin horizonte, Gaziel
seguía sin trabajo. Contemplando atemorizado cómo era el franquismo,
vuelve a Francia. El 8 de septiembre Estelrich, que había querido localizar a
Gaziel en San Sebastián para hablar sobre Monumenta Cataloniae, se lo
notificaba a Cambó: «Por cierto, Calvet ha resuelto recientemente regresar a
Francia. Se ha ido a Pau». A Cambó y a Estelrich, de Gaziel sobre todo les
preocupaba una cosa: un gran rollo de cartón que había custodiado en
Bruselas y dentro del cual estaban las imágenes del volumen sobre el
románico de la Monumenta Cataloniae. No había otra copia, porque el tema
obsesionó a Cambó, pero ese material, al fin, se perdería. En Francia,
mientras tanto, Gaziel esperaba que los amigos influyentes despejasen su
situación. Y sus esperanzas, como mínimo a corto plazo, no serían
defraudadas.
El 11 de septiembre de 1940 Ventosa escribía para decirle que se había
reunido con Aunós, que habían hablado sobre él, que Aunós se había
comprometido a mantenerlo económicamente durante tres meses y que
Ventosa lo haría tres meses más. Ventosa, además, le buscaba trabajo. No era
el único que le propondría un proyecto. Sorlot, el editor de la versión francesa
del libro de Aunós, le planteó a Gaziel la posibilidad de editar una antología de textos del general Franco. No creo que le hiciera mucho caso. Más
interesante podía ser la empresa sugerida por Ventosa, que parecía bien
encauzada: trabajar en la industria editorial, una de las salidas profesionales
que ya se había planteado durante la guerra civil. Pero era inevitable que esa
ocupación lo obligase a regresar a España: «Probablemente implicaría vivir
en Madrid». Gaziel debía de tener miedo. Tener miedo era de lo más
prudente. El 15 de octubre había sido fusilado el presidente Lluís Companys.
El 3 de noviembre Ventosa intentaba tranquilizarlo:
En cuanto a las garantías a que usted hace referencia sinceramente no creo que haya
inconvenientes. A mi juicio, aunque hubiera algún riesgo, tendría que asumirlo, ya que en las
condiciones presentes del mundo es imposible hallar alguna situación que pueda dar en todos los
aspectos una garantía absoluta.
(Hendaya, 27 de junio de 1940). Estimado amigo, al no haber recibido nada de usted, después de
su última carta de Montreux, ni tampoco de nuestro amigo Casabó, me veo obligado a seguir mi
caravana y a entrar con ella en España. Estoy a punto de hacerlo. Tendrá noticias mías tan pronto como
sea posible. Y le estaría muy agradecido si en medio de sus preocupaciones aún tuviera tiempo de
pensar en sus proyectos culturales y de contar conmigo para realizarlos. Mil veces gracias por su
amistad. Cordialmente, A. Calvet. (Imágenes reproducidas por cortesía del Instituto Cambó).
Esta era la situación. Pocos días después, Gaziel llegaba a Madrid. Y al
poco de instalarse, empezó a constatar que él, en aquel mundo de tinieblas,
iba a ser un apestado. Viviría en el purgatorio, de entrada, como un enterrado
en vida. El 8 de noviembre, en el Boletín Oficial de la Provincia de
Barcelona, se hacía pública la incoación de un proceso por responsabilidades
políticas. Aconsejado por Ventosa, se quedó en Madrid. Y en Madrid no
tardaría en saber que, aparte del primer proceso, el mes de febrero de 1941 la
Capitanía General de Barcelona había iniciado los trámites de un sumarísimo
ordinario contra él: se le acusaba de «auxilio a la rebelión militar». Tardó más
de dos años en ver la luz al final de aquel lóbrego túnel legal. El 17 de marzo
de 1943 la causa militar se archivó.
La llegada de Gaziel a Madrid, en el mes de noviembre de 1940,
coincidió con la publicación de Itinerario Histórico de la España
Contemporánea. El crítico e historiador Melchor Fernández Almagro,
monárquico y bueno amigo de Gaziel, redactó una crítica elogiosa para Abc.
Pero la más interesante fue la escrita por Solervicens en diciembre de 1940
para el semanario Destino, el semanario fundado durante la guerra en Burgos
por falangistas catalanes y que había empezado su segunda etapa en la
Barcelona del primer franquismo. ¡Qué ironía de la historia! Solervicens
había participado en el origen del libro, trabajando al alimón con Abadal en
1937 para componer la versión que no pasó de las galeradas, pero que luego
estuvo en la base de dos libros firmados por Aunós que sí se publicaron. Y es
que el caso del humanista Solervicens, tan poco analizado, también es
apasionante.
En aquel momento trabajaba en la casa barcelonesa de Cambó, en la Via
Laietana, en el renovado servicio de estudios. Redactaba informes políticos
que enviaba a su jefe (también enviaba copia al heredero de la corona
española, don Juan de Borbón, que vivía en Portugal) y pronto tendría como
principal trabajo colaborar desde la distancia en la elaboración de las
memorias de Cambó y sus obras completas. Pero además aquel hombre de letras, bon vivant, también escribía en Destino. Uno de los hombres fuertes
del semanario era Ignasi Agustí, periodista comprometido con la victoria
franquista y que había sido muy buen amigo de Solervicens. Sin duda el
núcleo duro de la revista debió de conocer parte o toda la historia de aquel
libro. También Josep Pla haría de negro para figurones del viejo catalanismo
conservador reconvertidos en franquistas pata negra. El elogio de Solervicens
a Aunós, pues, tenía un punto de ironía casera.
Conocíamos otros trabajos del autor, y aunque discrepando algunas veces de sus opiniones,
siempre habíamos reconocido en él una alta calidad intelectual; pero ninguno de aquellos trabajos
nos había producido esa impresión de cosa robusta y profunda, de cosa verdaderamente
extraordinaria que produce su último libro.
De la crítica, Solervicens habló por carta, escrita naturalmente en
castellano, a Cambó: «El reciente libro del Sr. Aunós se lee y se comenta
mucho. Será uno de los grandes éxitos de la temporada. Yo, aunque
formulando algunas reservas, publiqué un artículo recomendándolo. El Sr.
Aunós me ha escrito satisfecho y agradecido». Y Cambó, desde América,
respondía lo que sigue: «No em sorprèn l’èxit del llibre del Sr. Aunós. El tema
és d’un interès apassionant. Jo crec que temps a venir s’estudiarà la guerra
civil espanyola i els seus antecedents amb gran interès perquè es veurà un fet
d’una enorme transcendència històrica».
Pocas semanas después era Josep Pla quien aludía al libro. Tampoco era
para nada inocente con respecto a la historia interna del libro de Aunós. Él
mismo, a su manera, había jugado a un juego parecido. Durante la guerra, en
Italia, Cambó le había encargado un libro sobre la Segunda República, etapa
durante la cual había sido cronista parlamentario en Madrid para La Veu de
Catalunya y al servicio de los intereses de la Lliga. Pero el manuscrito de Pla
tuvo una suerte distinta al de Abadal. Porque el periodista, sin consultarlo con
Cambó, decidió publicarlo por su cuenta. Y quizá lo reelaboró para que
sonase mejor en el concierto franquista. Eso le dolió a Cambó y a su círculo
de fieles. La Historia de la Segunda República, publicada por la editorial de
la revista Destino, no describía el régimen desde los parámetros de la Lliga
(más o menos conservadores, más o menos reaccionarios), sino que usaba una
óptica de interpretación que coincidía con la mirada sobre el periodo de los
falangistas. Cuando Pla habló del libro de Aunós en su columna estrella
«Calendario sin fechas» de Destino, pues, se sabía parte de la conjura.
Lo estoy leyendo ahora, pero si fuera posible dar un juicio perentorio sobre este libro, no solo
habría que suscribirse todo lo bueno que dijo de él en Destino Juan Bautista Solervicens, sino
añadir que desde hacía años no se publicaba en España un libro de este tipo que llegara a la calidad
y a la excelsitud que tiene este.
Pero quizá lo más interesante sea la carta dirigida por Gaziel a Cambó.
Está redactada en Madrid el 7 de enero de 1941. La inestabilidad legal de
Gaziel era tan alta que no osó mandar la carta desde España y para evitar
problemas buscó el modo de que la misiva fuera enviada desde el extranjero:
«Estimado don Francesc:
»Aprovecho la amabilidad de nuestro buen amigo Ventosa, que va a Portugal, para hacerle llegar a
usted, rápidamente, esta carta.
»Acabo de ver aquí a Estelrich, que me ha dado el texto catalán definitivo de Pijoan y mi
traducción castellana del original primitivo. Con mucho gusto haré para usted el trabajo que me ha
pedido Estelrich, que es el de pulir por última vez el primero y completar como es debido la
segunda.
»No sé si le habrá llegado a sus manos el nuevo libro de Aunós, Itinerario Histórico de la
España Contemporánea, que estuve preparando en Bruselas. No es lo que yo habría querido. Pero
si usted dispone de tiempo para compararlo con la edición francesa, que ya conoce, podrá hacerse
cargo del resultado de mi esfuerzo para obtener un enderezamiento general de la visión histórica
contenida en el libro; y muy especialmente, de la parte referente al catalanismo y, sobre todo, a la
persona de usted.
»El propio Estelrich me ha comunicado que la publicación de este libro ha causado sensación
entre los núcleos intelectuales barceloneses que le son afectos. Todos lo han considerado como una
aparición extraordinaria, que no se habrían atrevido a esperar, dadas las circunstancias.
»Si usted comparte la opinión que sus amigos barceloneses mencionados tienen del libro en
cuestión, quiera tomar mi modesto esfuerzo como una prueba de la amistad, la admiración y el
agradecimiento de su afectísimo,
Calvet
»P. S. Por ahora estoy en Madrid, trabajando en asuntos editoriales. No sé si podré quedarme,
porque mi salud no es buena. Los médicos me exigen una temporada de descanso absoluto, a ser
posible en el campo. Pero esto es más fácil de recetar que de hacer, dadas las circunstancias […].
Que tenga un buen año 1941, ¡y que para todos nosotros sea mejor que el anterior!».
El 4 de febrero Cambó respondía desde Nueva York. Le hablaba del libro
de Pijoan, pero, sobre todo, del libro de Aunós.
«Todavía no he recibido el libro de Aunós, que sé que ha tenido gran éxito y del cual todo el
mundo me hace grandes elogios. Me señalan, todos los que me hablan de él, la consideración con
que se me trata.
»Como yo sé todo lo que ha pasado con este libro, al felicitarlo por el éxito, le envío el
testimonio de mi reconocimiento».
Así, la historia de este libro empezó a terminar. De alguna manera Cambó
había conseguido lo que se propuso cuando lo ideó. Todo había cambiado,
pero la función era la misma y el fin se había preservado: presentar al
catalanismo y a él mismo como factores regeneradores de España, un factor
que, teóricamente, el franquismo debería haber reconocido, pero que de
ningún modo aceptó. El 14 de abril, respondiendo a una sugerencia de
Estelrich —que había propuesto reeditar la versión primera de Abadal—,
Cambó era tajante: «En principi, jo crec més aviat que caldria postergar la publicació, autoritzant a l’impressor a que desfaci la composició». Estelrich,
como sabemos por una carta del 25 de mayo, cumplió las órdenes.
«Dada la impresión de usted respecto a la edición del libro de Abadal, es ya secundario lo que este
piense de las reformas a introducir en él y sobre las cuales no me ha dado todavía una respuesta
definitiva. Siempre sería preciso, en último término, ponerse de acuerdo, usted y él, sobre los
cambios que habría que hacer en él, lo que resulta prácticamente de una gran dificultad en estos
tiempos de casi incomunicación. Yo no creo —y lo digo para descargo de conciencia— que haya
pasado la actualidad del libro; estoy de acuerdo, por el contrario, en que no puede publicarse en la
forma actual, por lo que se refiere a las alusiones a la última guerra civil. Debo añadir, aún, que en
Francia, en estos momentos, se lee más que nunca y que las cosas de España interesan vivamente.
No sabiendo si Jesús ha escrito al impresor en París, le pido instrucciones para la liquidación de
este asunto; el papel en París casi ha doblado el precio. Yo tengo aquí en España un ejemplar de
las pruebas».
Teóricamente la historia del libro debería culminar aquí, pero la bola de
nieve seguía rodando. Cuando el 17 de marzo de 1943 Gaziel supo que sus
problemas con la justicia española habían acabado, respiró tranquilo. Tanto
que solo un día después, el día 18, escribió a Cambó, que hacía tiempo que
residía en Argentina. Gaziel, que ya sabía que en Madrid dirigiría una
editorial —la editorial Plus Ultra, constituida pocos meses después—,
exponía la guinda de su plan: la edición de obras catalanas. Tenía los
originales de las memorias de Narcís Oller y Josep Maria Pin Soler, se
interesaba por la traducción de la Divina Comedia de Josep Maria de Sagarra
y se interesaba por las memorias de Cambó. «Por la pequeña muestra que yo
conozco de ellas», confesó a Cambó, «tengo la convicción de que,
literariamente, son una obra maestra».
¿Qué sabía Gaziel de los textos autobiográficos de Cambó? Tenía una
idea clara. Un recuerdo preciso. En junio de 1939, en Montreux, justo antes
de trasladarse a Bruselas, Cambó le dejó leer fragmentos de sus meditaciones:
notas de comentario político sobre España y Europa, sobre la guerra y sobre
su posición, sobre sus lecturas, sus decepciones y sobre su clarividencia. Tres
o cuatro blocs donde anotaba reflexiones diarias. No solo las hojeó en Villa
Maryland. Gaziel también se las llevó unos días y las pudo leer con calma,
releerlas, pensar en ellas. Nunca las olvidó y, convertido ya en editor en el
Madrid de posguerra, pretendía publicarlas. Pero Cambó, con una producción
autobiográfica en marcha, aclaró la situación. Al cabo de seis meses, en su
carta de respuesta, distinguía entre los diarios, que seguía escribiendo, y sus
memorias, que tenía también en marcha y que componía con la ayuda, a
través del Atlántico, de Solervicens. Paradojas de esta historia. Gaziel no
podría leer las Meditacions ni las Memòries, editadas en 1981. Ojalá algún día
descubramos cómo fue el proceso de edición de aquel material y encontraremos respuesta al enigma sobre la no presencia de Gaziel en todas
aquellas páginas. Por ahora, pistas borradas.
Pero el recuerdo de las notas leídas en Montreux quedó vivamente
registrado en la memoria de Gaziel. Aludió a ellas en esa carta, luego en su
Seny, treball i llibertat y una tercera vez en su prólogo a Quina mena de gent
som. Pero no solo era el recuerdo de la lectura, sino que además el impacto
tuvo fecundidad en la obra de Gaziel. El recuerdo de las notas fue para
escribir sus grandes Meditacions en el desert. Un libro inolvidable, un libro
inquietante. Porque subsume también una operación de construcción de la
propia autobiografía que Gaziel transfería a la conciencia de quienes podrían
leerlas después de su muerte. Porque con aquel libro, que es el testigo de
lucidez política más cautivador para explicar la desolación vital de un liberal
en el franquismo, Gaziel hizo una operación de blanqueamiento de su pasado.
Ni una referencia a su colaboracionismo con la operación Cambó de
propaganda franquista. Ni un recuerdo de Bruselas. Nada. Solo el testigo de
un alma en pena que enlazaba su clarividencia solitaria con la esperanza
frustrada del París del exilio de la segunda mitad de 1936. Él, diría, había sido
un abanderado de la tercera España. Él, a diferencia de Ortega, todavía
llevaba la bandera de la dignidad, y lo rememoraba de manera tan
melodramática que parecía que nunca la hubiese abandonado. Pero esta no es
la única conexión de Cambó con las Meditacions de Gaziel.
La verdad era más compleja. Siempre lo es. Secretamente,
imperceptiblemente, también las Meditacions estaban emparentadas con el
secreto de Bruselas, con el libro maldito de Aunós nunca reeditado y que se
tragó el tiempo. Pero la conexión, si un libro se encara al otro, es bastante
evidente. Lo más fascinante de la experiencia de Gaziel como ghostwriter de
Aunós por encargo de Cambó, es que muchas de las reflexiones sobre historia
política de España que Gaziel maduró escribiendo el libro, luego, con
matices, aunque tampoco tantos, las reencontramos en las Meditacions en el
desert. Es el contenido, es la idea de la historia política española. Es la
inconmensurable necrológica que en su dietario dedicó, precisamente, a
Cambó. Es sobre todo aquella entrada de 1947 donde hay pasajes calcados a
los del libro de Aunós. Porque en Itinerario Histórico de la España
Contemporánea ya estaba explicitado que Cambó nuca resolvió una paradoja
aparentemente imposible. Gaziel la formula a propósito de la Asamblea de
Parlamentarios. El sistema de la Restauración era un fósil sórdido. El
catalanismo podría haber dado una auténtica nueva vida al modelo
constitucional de la primera Restauración. Fue uno de esos instantes en los que a la historia de España le podría haber salido cara y al fin salió cruz. No.
En el catalanismo existía un freno que era un gen congénito.
Lo que pretendía Cambó era la más audaz y arriesgada de las maniobras políticas. Espíritu
profundamente conservador, ideaba, no obstante, reunir en un haz compacto todas las fuerzas
revolucionarias del país, para servirse de ellas a manera de ariete y lanzarlas contra la carcomida
fortaleza de los partidos turnantes que acaparaban el régimen.
Dicho de otro modo, que resonará más adelante y en polémica en las
páginas de nuestro libro: Cambó habría intentado una revolución burguesa
que habría acabado frustrada por su talante conservador. Lo repetirá en las
Meditacions en el desert. Lo repetirá en Tots els camins duen a Roma. Una
historia del catalanismo a través del gran político y con su testimonio como
aval. Ahora sí, definitivamente, el círculo se había cerrado.