Largo proceso, amargo sueño

Jordi Amat · Capítulo 4 de 20

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Largo proceso, amargo sueño

Fahrenheit 1939

Primera parte

 

Ocupación ambigua

 

(1939-1947)

Fahrenheit 1939

 

La cola llegaba hasta la Plaça de la República, rebautizada como plaza de San

Jaime. Centenares de personas esperaban de pie para acceder al Palau de la

Generalitat, es decir, a la Diputación provincial. Así lo relatan las crónicas de

periódicos que también habían cambiado de nombre. Hacía tres años, desde

1936, que la festividad de Sant Jordi no se celebraba oficialmente. Pero el

domingo 23 de abril de 1939, gracias al conde de Montseny —presidente de

la comisión gestora de la Diputación—, la fiesta quedó incorporada al

calendario del primer Año Triunfal. «El conde de Montseny ha dado ya las

oportunas instrucciones para que no se altere costumbre tan barcelonesa», se

pudo leer en la prensa días antes de la celebración.

En la nota oficial se decía que el domingo 23 se organizaría una feria de

rosas en el Palacio de la Diputación. Así lo dispuso el conde, que también

hizo borrar de las paredes de algunas dependencias «la incuria a que se las

sometió durante la dominación roja». Los visitantes, tras comprar la

tradicional rosa en la planta baja del Palau y haber contemplado en el primer

piso el mural pintado por Joaquim Mir que «los rojo-separatistas hicieron

desaparecer», recibieron dos postales de regalo. Las instantáneas retrataban la

capilla de Sant Jordi. Pero mientras una mostraba «aquel recinto tan querido

por los católicos barceloneses» antes de «la revolución marxista», la otra

fotografiaba su estado calamitoso tras «haber sido convertida por los “rojos”

en cuarto de duchas». Por ello la misa institucional no pudo celebrarse en la

capilla. Tuvo que ser una misa de campaña y se ofició en la avenida Diagonal,

es decir, la avenida del Generalísimo.

Barcelona, Sant Jordi de 1939. No había transcurrido un mes desde el

final de la guerra civil. El trauma bélico seguía supurando y, en plena histeria

franquista, se vivía un particular Fahrenheit 451. Aunque los libros catalanes

no habían sido quemados, sí habían desaparecido. Completamente. Fue con la

celebración del primer Día del Libro de posguerra, tal vez, cuando los

barceloneses empezaron a cobrar conciencia, de manera acelerada, de que un

programa de sustitución cultural se había puesto en marcha. Un programa

metódico, integral, sistemático. Los que se habían quedado pudieron

constatarlo en la calle, hojeando libros, a través de la prensa o escuchando la

radio. Lo sintieron porque el clima emocional era desbocado. Por todas

partes, públicamente, se vivía un momento de comprensible, pletórica

exaltación católica, falangista y nacionalista. Como una vengativa madrastra

de maneras totalitarias, el nacionalcatolicismo franquista en el poder ya

señoreaba la mísera España. Una de las formas de dominación que se estaba

implementando sobre los vencidos era la desarticulación de todo el entramado

que el movimiento catalanista había levantado durante medio siglo para situar

la catalanidad en el eje civil de la vida de los ciudadanos de Cataluña. Este

entramado estaba siendo liquidado para desterrar una cultura política y

extirpar una identidad nacional. Empezaba otro mundo.

El Ministerio de Educación Nacional decretó que la celebración de la

Fiesta del Libro se alargase durante una semana (entre el domingo 23 de abril

y el sábado 29). Era otra reconquista franquista. «La Fiesta de San Jorge se

celebró con la brillantez que era tradicional en nuestra Diputación, fiesta que

como tantas otras, como todas las que tenían arraigo en el alma barcelonesa,

había sido borrada del calendario marxista». Porque lo cierto es que en abril

de 1937 el Consell de Govern de la Generalitat, presidido por un tal Josep

Tarradellas, había sustituido el Día del Libro por una Feria y no se celebraría

la recepción en el Palau. Durante 1937 y 1938 la Feria se organizó en el mes

de junio. El primer año, Antoni Maria Sbert —presidente de la Comisión

Ejecutiva de la Feria—, aludiendo a unas palabras de Voltaire, había

proclamado que cada momento tenía sus escritores. Los del presente bélico,

en la antesala de los Hechos de Mayo, eran Marx y Bakunin. En 1939, en

cambio, los libros ya nada tenían que ver con aquel momento. El vacío dejado

por la cultura que había sido hegemónica en la ciudad, enterrada en un hoyo

negro, fue sustituido por hombres a duras penas conocidos.

La pisada bélica no solo se evidenció en las paredes del palacio de la

Diputación. Buena parte de los actos del día 23 se celebraron en hospitales:

conferencias (de Ferran Valls i Taberner, de Maximiano García Venero), recitales de poesía, conciertos o proyecciones de filmes (como

Conquistadores del Norte o La liberación de Gerona). Los soldados heridos

eran héroes de una victoria explicada en términos de redención patriótica. Por

eso se decidió dedicar el día a recaudar fondos para La Lectura del Soldado,

una institución cuyo propósito era que «el soldado, en sus ocios, pueda

dedicarse a su formación» mientras estaba en el hospital curándose de las

«gloriosas heridas recibidas en el cumplimiento del deber». La presidía

Carmen Polo —esposa del dictador— y desde hacía meses funcionaba en la

España «nacional». La colecta se haría en los espectáculos públicos y en la

calle; las «señoritas» de Falange Española y Tradicionalista de las JONS se

instalaron en el chaflán del paseo de Gracia con la calle Consell de Cent (que

es la mía, por cierto). El mismo día 23 Diego Victoria animaba a los lectores

de La Vanguardia a que colaborasen y explicaba la filosofía patriótica de la

institución: «Si nuestra juventud ha hecho prodigios para cimentar la Nueva

España con solo sospechar lo que fue en otros tiempos, ¿qué no hará el día en

que tenga plena conciencia de su pasada grandeza?». Los jóvenes que habían

combatido, «nuestros héroes», debían hacer suyo el legado de la España

imperial. Leer para convertirse, tomar conciencia de cuál era el destino

histórico de la patria y proseguir la empresa de «renovación espiritual de [la].

España» del Alzamiento. Durante la primera posguerra los Siglos de Oro se

releyeron y explicaron en esta clave religiosa y purgativa. Como el fascismo

italiano con el legado de la Roma clásica, el pasado imperial español se rebeló

como el paradigma para construir un presente cuyos fundamentos eran

intencionadamente anacrónicos.

Aparte de en hospitales y la recepción en la Diputación, se organizaron

actos sobre el libro en los principales centros docentes. La universidad, que

empezaría el curso académico en octubre, el domingo 23 celebró su primera

fiesta tras la guerra: «Hacía años que no había ocasión de mostrar

públicamente su españolismo y el amor a las antiguas tradiciones patrias».

Así se dijo en la conferencia titulada «El libro español y una doctrina estética

de Platón», que leyó Pere Font Puig, catedrático de la facultad de Filosofía y

Letras. Estaban presentes el rector —Emilio Jimeno Gil, catedrático de

Química—, decanos y buena parte del profesorado, «afanosos de escuchar de

nuevo la voz de la verdadera Universidad». Verdadera, claro, por oposición a

la liberal Autónoma republicana, obsesivamente repudiada por el nuevo

régimen. Citando desde Séneca hasta Verdaguer, pasando por Llull o los

clásicos del Renacimiento, la tesis de Font Puig era que el alma española se

caracterizaba por una nostalgia de la eternidad que se expresaba con tristeza. Esta constante, con más de dos milenios de historia, tenía que florecer de

nuevo. Conseguirlo era la misión de «los intelectuales de la España imperial».

A partir de entonces, pues, los intelectuales solo lo podrían ser de manera

espuria: como servidores de la causa. Sobre esta falta de libertad se

construiría la arquitectura cultural del franquismo. O a favor del nuevo estado

o inexistencia.

Sant Jordi se celebró también en el Escuela de Artes y Oficios y en el

Escuela Superior de Arquitectura. Los institutos de secundaria festejaron lo

suyo. En el Maragall, Samuel Gili Gaya disertó sobre «Historia del libro.

Desarrollo de la Bibliografía Española en el Siglo de Oro», y se dieron los

premios de un certamen escolar que tenía como tema a Cervantes. En el

Balmes, tras la lectura de poesías y cánticos patrióticos, el profesor Guillermo

Díaz-Plaja, que podría seguir ejerciendo la docencia (aunque se le había

incoado un expediente de depuración), leyó la conferencia «Nuevo discurso

de las armas y las letras», tema de plena actualidad.

El jueves 27 fue el día escogido para celebrar la Feria del Libro. Las

librerías salieron a la calle. La delegación de la Jefatura Nacional de

Propaganda, presidida por Juan Ramón Masoliver —un joven de los tiempos

de la vanguardia, pariente de Buñuel y factótum de la notable revista Hèlix—,

inauguró su sala de exposiciones en el número 99 del paseo de Gracia con una

muestra de libros sobre la doctrina y los ideólogos del nuevo régimen.

Presidían la sala un tapiz con el escudo del imperio y fotografías de Franco y

José Antonio. En el vernissage, que tuvo como maestro de ceremonias a

García Venero —historiador del catalanismo en clave franquista, que indignó

a los hombres de la Lliga que trataban de sobrevivir en aquella Barcelona

fascista—, intervinieron Regino Sáinz de la Maza, el poeta Sebastià Sánchez

Juan —ya convertido en censor— y Luys Santa Marina. A la mayoría de ellos

los ha engullido el olvido, y bien está, pero en la total reconversión de valores

que se vivía por entonces, representaban el nuevo star system de la cultura

local. Eran la nueva hegemonía intelectual.

Nadie brillaba tanto como el falangista Santa Marina, convertido por unos

días, gracias a algunos episodios de su biografía, en el escritor con mayor

prestigio mediático de la ciudad. Profeta de la «Nueva España». Fundador de

la Falange barcelonesa (él propuso la camisa azul como uniforme), durante la

guerra Santa Marina —un literato arcaizante, de origen cántabro— había sido

uno de los dirigentes de la subversiva quinta columna y en tres ocasiones

estuvo condenado a muerte (una selecta nómina de escritores catalanes le

avalaron para que la pena le fuera conmutada). La última etapa de su periplo por las prisiones republicanas fue Valencia. Como explica el sabio Juan

Marqués, editor de su poesía, el 26 de marzo de 1939 Santa Marina se

amotinó con decenas de prisioneros que huyeron de la prisión para colaborar

en la ocupación de la ciudad con las tropas franquistas. Relató el episodio en

la sala de exposiciones: «Explicó concisa y llanamente cómo fue liberada

Valencia por los falangistas, que tenían minada la organización roja, incluso

desde las cárceles». Tras Santa Marina, designado ya director de Solidaridad

Nacional —sería el diario de Falange en Barcelona, apoderándose de la

anarquista y finiquitada Solidaridad Obrera—, el guitarrista Sáinz de la Maza

interpretó canciones y Sánchez Juan leyó parte de un libro de temática

religiosa y bélica redactado «bajo el terror rojo». A las ocho de la tarde

finalizó un acto que muchos transeúntes siguieron a través de los cristales del

local y que retransmitió Radio Nacional de España.

 

El principal atractivo de la Fiesta eran las firmas de los autores (Prensa y

Propaganda puso un estand delante de su sala de exposiciones) y las

novedades editoriales, vendidas con un descuento del diez por ciento. La

consigna conminatoria que se podía leer en la prensa era clara: comprar libros

españoles: «Feria del Libro Español. Nombres sagrados para nosotros, que

estos días ven su consagración definitiva en nuestros corazones. La fuerza de

España estriba en ellos. Se acabaron los tiempos del fácil embeleso ante todo

lo extranjero. Comprad libros españoles». «Que los buenos libros ahoguen el

mal hecho por los malos». «Libros nacionales. Esencia hispana escrita. En

esta Feria el novelón ha sufrido un quebranto grave. ¡Ya era hora!». Todos los

libros promocionados, más o menos, legitimaban o hacían referencia al

Movimiento Nacional. No había cultura que no estuviera sometida a la

construcción del nuevo Estado. Pero los libros nuevos no fueron tantos.

Los principales reclamos, según la librería Catalònia (renombrada como

Casa del Libro), eran Flor nueva de romances viejos, la vieja selección de

Ramón Menéndez Pidal; la antología Palabras del Caudillo; la biografía

Oliveira Salazar, de L. De Poncins; España y Francia. Meditaciones de

actualidad, de J. Vázquez Sans, o 17 de julio. La epopeya de África. Crónica

de un testigo, de Enrique Arqueara. Uno de los pocos títulos nuevos,

publicado en Barcelona, lo imprimió la Librería Litúrgica Rafael Casulleras.

Se titulaba Mi campaña en Inglaterra y su autor era el religioso Enrique

Gabana. En el libro, en primera persona, Gabana explicaba el apostolado político que, durante la guerra y «sin control oficial», había predicado en

favor del bando insurrecto en Inglaterra. Un santo.

Quien se acercase al número 3 de la calle Vergara podría preguntar al

distribuidor por los primeros libros que una nueva editorial —Destino—

había publicado. Como es bien sabido, durante la guerra (a partir del 6 de

marzo de 1937), en Burgos, un grupo de integrantes de la delegación

territorial de Falange de Cataluña (primero Josep Maria Fontana Tarrats y

Xavier de Salas, pronto Ignasi Agustí ya como director) crearon en 1937 la

revista Destino. El último número de la primera etapa fue el primero

publicado en Barcelona, coincidiendo con la ocupación de la ciudad por parte

de las tropas insurrectas. Pero antes de que la revista empezara su segunda

etapa (por iniciativa de Josep Vergés e Ignasi Agustí), se creó una editorial

con el mismo nombre que era melliza del semanario. Sus dos primeros títulos

fueron José Antonio en Cataluña y Tribunales rojos vistos por un abogado

defensor. Un reportaje de héroes y mártires. Este libro, escrito por Gabriel

Avilés, mostraba al lector «escenas palpitantes de la administración de la

llamada justicia roja» y su tesis era que «el asesinato legalizado» había sido la

ley durante la guerra. El otro libro publicado por Destino era una recopilación

de las palabras del caudillo falangista sobre Cataluña. Pero Destino no era la

única editorial que se estrenaba.

En la plaza de Trafalgar se había puesto en marcha Yunque. Sus dos

primeros libros fueron reediciones de obras de Luys Santa Marina, Tras las

águilas de César. Elegía del tercio 1921-1922 (1924) y la biografía Cisneros

(1933). Fue Masoliver quien ideó una recuperación que le produjo algún

molesto quebradero de cabeza. Tras las águilas, explicaría Dionisio Ridruejo

—jefe del poderoso Servicio Nacional de Prensa y Propaganda—, «lo recogió

la censura porque se temía que un retrato tan despiadado de las violencias de

la Legión ofendiese a los moros, a la sazón amigos». La suerte del Cisneros,

en cambio, fue distinta. Todo parece indicar que aquel Sant Jordi la biografía

del cardenal fue un éxito: Santa Marina se hartó de firmar ejemplares en el

estand de la Jefatura Provincial de Propaganda. Los anuncios que Yunque

insertó en la prensa usaban la peripecia del autor como gancho

propagandístico: «Por este libro, los tribunales rojo-separatistas de Barcelona

condenaron a muerte a Santa Marina, capitán de las Escuadras Nacional-

Sindicalistas de Cataluña». El aparato paratextual del libro también estaba

concebido para leer la biografía como un manifiesto de los nuevos tiempos. El

colofón, por ejemplo: «Este libro fue impreso en Barcelona, mes de abril de

1939, año de la victoria de España y del nacionalsindicalismo». La dedicatoria es igualmente explícita. Junto con una reproducción del yugo y las

flechas en el ángulo superior izquierdo de la página, en el centro y en negrita

se puede leer «Camarada Julio Ruiz Alda ¡Presente!» (el aviador Ruiz Alda

había sido fundador de Falange Española y había sido asesinado durante la

guerra). Seguía una breve nota explicativa: «Julio leyóle y mandó buscarme

en Barcelona, pues decía, y no se equivocó, que el autor de tal libro tenía que

ser forzosamente de Falange. Cuando me encontraron (principios de

diciembre) ya estaba alistado en sus milicias». El objetivo era vincular el libro

al falangismo, propósito que reforzaba también el diseño de la cubierta. En el

escudo de armas de Cisneros se le sobrepuso el águila imperial coronada por

el yugo y las flechas, emblema de los Reyes Católicos y de Falange.

 

El acontecimiento cultural más relevante de aquellos días fue el ciclo de siete

conferencias que al mediodía emitía Radio Nacional. De alguna manera,

aquel ciclo suponía la presentación oficial de la nueva intelligentsia de la

ciudad. Cada día intervenía un intelectual. El domingo 23 habló Masoliver, al

día siguiente Jimeno —rector de la universidad—, seguirían Santa Marina,

Ignasi Despujol —presidente de la Junta del Ateneo—, el escritor Eduardo

Marquina, José Bonet del Río —teniente de alcalde y delegado de cultura de

la Jefatura Provincial de Falange— y lo cerró el veterano crítico Manuel de

Montoliu. La lectura de sus palabras, en buena parte transcritas en la prensa,

permite escuchar la delirante retórica de la victoria, fanática y convencida del

inicio de una nueva etapa de la historia de España emparentada con los días

de gloria imperial. Aquel planteamiento anacrónico era uno de los principios

teóricos del modelo cultural del fascismo español, juzgado como una realidad

eterna que resplandecía de nuevo. Los conferenciantes, más que portavoces,

actuaron como abanderados combatientes.

Durante aquellas conferencias, uno de los temas reiterados fue la reflexión

sobre el discurso cervantino de las armas y las letras. Bonet del Río, tras leer

un fragmento del discurso quijotesco, haciendo un alegato de política cultural

militante para forjar nuevas conciencias, planteaba que las letras debían

convertirse en armas ideológicas, «útiles moldeadores del pueblo de la Nueva

España». Con estas armas —los libros—, «los buenos patriotas emprendemos

una nueva y victoriosa ofensiva». Se trataba de ir «infiltrando en los espíritus

las normas regimentales de la Nueva España imperial nacionalsindicalista».

Infiltrar, es decir, perforar conciencias de la ciudadanía con la metralla del

fascismo imperial. Masoliver, analizando poetas renacentistas como el Marqués de Santillana, Jorge Manrique o Garcilaso de la Vega, afirmó que

«la combatividad y el llamar reciamente las cosas por su nombre constituye

una de las características de nuestra literatura». El crítico hermanó «las dos

grandes figuras del imperialismo español», Cervantes y san Ignacio. Gracias a

las heridas sufridas por esos dos guerreros, decía Masoliver, había florecido la

vigencia del discurso de las armas y las letras: «Época de lucha, época de

santa intolerancia, época de Santa Cruzada vuelve a ser la nuestra, como lo

era en la época de Cervantes». Montoliu, como Masoliver, también se refirió

a san Ignacio, haciendo suya la idea de que la vida tenía que ser milicia y que

las únicas vocaciones dignas eran la religiosa y la militar. Para él, la guerra

había representado el fin de un ciclo nefasto, de progresivo divorcio entre

letras y armas.

La condena del pasado fue también una constante de los discursos. Quizás

el más explícito fue Santa Marina. Para el escritor falangista, las generaciones

anteriores a la suya habían acentuado un proceso que se estaba consolidando

desde hacía décadas: «el proceso de extirpar las virtudes heroicas en la cultura

occidental». Santa Marina argumentaba que para combatir la tendencia

antipatriótica «de esos días tan cercanos y —por suerte— tan remotos» había

surgido Falange, movimiento impulsado por intelectuales que habían luchado

para evitar «el suicidio de un pueblo, de un pueblo grande de solera imperial».

Los falangistas habían ligado armas y letras a su vida para cumplir una misión

de patriotismo que exigía una actitud heroica. Su comportamiento había sido

como el de un Garcilaso, paradigma del soldado escritor que había combatido

por el Imperio con la espada y con la pluma para forjar el lenguaje poético

castellano. «Nuestros intelectuales, hombres de pluma y espada, escalaban

torres y abordaban galeras, relegaban en segundo término la vida y la obra

cuando se erguía ante ellos la sobria enseña del deber». Gracias a esos

pioneros y gracias a los muertos en combate, había surgido «esta España de

ahora en la que va cuajando nuestro sueño» (una España que, como falangista

radical, Santa Marina aspiraba a convertir «en una organización social justa

que permita a todos los españoles vivir una vida digna»).

En sustitución de Ignasi Despujols, intervino el escritor y periodista

Ignasi Agustí como miembro de la nueva directiva del Ateneo. Agustí. Caso

paradigmático. Lo reencontraremos a lo largo de la primera parte de este

libro. A pesar de su juventud, ya tenía un pasado. Con solo veinte años,

Agustí se había incorporado con vigor a la vida literaria catalana de la

Segunda República, primero como poeta y poco después como dramaturgo y

periodista cultural. Era un hombre identificado con La Veu de Catalunya o L’Instant, conservadoras e inequívocamente catalanistas. El 9 de agosto de

1936 se marchó de Barcelona y a principios de 1937, desde Portugal, entró en

la España que se autoproclamaba «nacional». Se había hecho franquista. No

es una condena ni un juicio. Es una constatación. En Salamanca reharía el

contacto con un grupo de antiguos amigos de escuela y de la universidad que

formaban parte del grupo más activo de los falangistas catalanes. Eran Carles

Trías Bertran, José Ribas Seva, Fontana y De Salas, entre otros, alma del

primer Destino. En Salamanca, Agustí se hace falangista.

Fue este Agustí que había mudado la piel, converso a la fe de José

Antonio, quien el 26 de abril habló a través de los micrófonos de Radio

Nacional. Como Santa Marina (pronto nombrado presidente del Ateneo), la

base doctrinal de su discurso era el falangismo. Como Santa Marina también,

impugnaba el pasado y describía el presente como una oportunidad para el

renacimiento de la esencia española. Pero si la impugnación del pasado que

hacía Santa Marina se planteaba como un ataque a la modernidad (y por ello

él usaba esa prosa que parecía escrita en el siglo XV), la de Agustí era más

circunscrita. El blanco de la flecha que disparaba era claro, aunque no lo

explicitara: se refería al proyecto del catalanismo reciente, la propuesta

cultural y política noucentista: «Hemos vivido diez, veinte, treinta años de

una incomprensible parálisis emocional». Desde Maragall, decía Agustí, la

ambición de los poetas catalanes había sido «un concierto de pájaros de

jardín» cuya vacuidad él había descubierto durante el periodo vivido en «las

llanuras de Castilla». El presente era una invitación para abandonar para

siempre la «falsa ruta» (el artículo de Valls i Taberner con este título se había

publicado el 15 de febrero en La Vanguardia) e incorporarse a «una ruta de

suficiente anchura para que todos nos sintamos aludidos en esta llamada de la

historia». Por eso, ojo, hacía un llamamiento a los escritores catalanes. A los

que se habían quedado sin sistema para proseguir con su vocación. A ellos les

interpelaba. A ellos les invitaba a sumarse al proceso de sustitución.

«Huyamos del suicidio colectivo. Cataluña se acercaba inexorablemente a su

precipicio a cambio de unas flores silvestres». Su llamamiento es una

metáfora exacta del sentido global que tuvo aquel primer Sant Jordi de la

posguerra. Estaba en marcha la construcción de una nueva cultura. La victoria

en una guerra a vida o muerte se entendía como la salvación del país.

«Estamos al servicio de algo perdurable».