Las bodas de Cadmo y Harmonia

Roberto Calasso · Capítulo 4 de 15

Páginas del PDF

Las bodas de Cadmo y Harmonia

Capítulo II

OceanofPDF.com

Hay un toma y daca entre los dioses, una rigurosa contabilidad, que se difunde a través de las eras. Artemis fue un útil sicario para Dioniso cuando se trató de matar a Ariadna. Pero un día también Artemis, la virgen orgullosa, necesitó, con estupor, de aquel dios promiscuo e impuro.

También ella tuvo que pedir a alguien que matara por su cuenta, y le dejó elegir las armas. Le tocó a Dioniso.

Una mortal se había reído de ella. Aura, una doncella de las montañas, alta, de brazos enjutos, de piernas rápidas como un soplo de viento. Sólo luchaba con jabalíes y leones, desdeñaba como presa los animales más débiles. No desdeñaba menos a Afrodita y sus obras. Apreciaba únicamente la virginidad y la fuerza. Un día caluroso, mientras dormía sobre unas ramas de laurel, Aura fue turbada por un sueño: Eros, como un salvaje torbellino, ofrecía a Afrodita y Adonis una leona, de la que se había apoderado con un cinturón encantado. (¿Quizá el de la propia Afrodita? ¿El adorno erótico se había convertido acaso en un arma para capturar las fieras?) Aura se veía, en el sueño, junto a Afrodita y Adonis, con los brazos apoyados en sus hombros. Era un grupo delicado y floreciente. Eros aparecía con la leona y presentaba a su presa con estas palabras: «Diosa de las guirnaldas, te traigo a Aura, la doncella que sólo ama la virginidad. El cinturón ha doblegado la obtusa voluntad de la leona invencible.» Aura se despertó angustiada. Por primera vez se había visto desdoblada: era la presa, a la vez que la cazadora que contempla la presa. Se enfureció con el laurel, y por tanto con Dafne:

¿por qué una virgen le había enviado ese sueño digno de una prostituta?

Después olvidó el sueño.

Otro día caluroso, Aura conducía el carro de Artemis a las cascadas del Sangario, donde la diosa quería bañarse. Junto al carro, las siervas de la diosa se habían quitado la cinta de la frente, alzaban el borde de la túnica, descubrían las rodillas al correr. Eran las vírgenes hiperbóreas. Upis quitó el arco de los hombros de Artemis y Ecaerge el carcaj. Loso le desató las sandalias. Artemis entró en el agua con cautela. Mantenía las piernas juntas y levantaba la túnica apenas el agua la lamía. Aura le dirigió una impía mirada escrutadora. Estudiaba el cuerpo de su dueña. Después nadó a su

alrededor, estirándose por completo en el agua. Se paró junto a la diosa, se sacudió unas gotas de los senos, y dijo: «Artemis, ¿por qué tus senos son blandos e hinchados, por qué tus mejillas tienen un rosado esplendor? No eres como Atenea, que tiene el pecho liso como un muchacho. Contempla mi cuerpo, fragante de vigor. Mis senos son redondos como escudos. Mi piel es tensa como una cuerda. Puede que seas más idónea para utilizar, para sufrir las flechas de Eros. Nadie pensaría, al verte, en la inviolable virginidad.» Artemis la escuchó en silencio. «Sus ojos despedían chispas asesinas.» Saltó fuera del agua, se puso la túnica y el cinturón. Desapareció sin decir palabra.

Se dirigió inmediatamente a pedir consejo a Némesis, en las cumbres del Tauro. Como siempre, la encontró sentada ante su rueca. Un grifo estaba encaramado en su trono. Némesis se acordaba de muchos ultrajes a Artemis. Pero siempre por parte de hombres, o en todo caso de una mujer fecunda, como Níobe, entonces una húmeda roca entre aquellas montañas.

¿O se trataba quizá de la vieja comedia matrimonial? ¿Quizá Zeus la seguía acuciando para que se casara? No, dijo Artemis, esta vez era una virgen, la hija de Lelanto. No se atrevía a repetir las calumnias que Aura había aventurado acerca de su cuerpo y sus senos. Némesis dijo que no petrificaría a Aura como a Níobe. Entre otras cosas eran parientas, aquella muchacha pertenecía a la antigua estirpe de los Titanes, como la misma Némesis. Pero le arrebataría la virginidad, quizás un castigo no menos cruel. Esta vez el encargado sería Dioniso. Artemis asintió. Como para anticiparle el sabor de su destino, Némesis se presentó ante Aura con el carro arrastrado por los grifos. Para que la altiva cabeza de Aura se doblegara, le azotó el cuello con su fusta de serpientes. Y el cuerpo de Aura fue invadido por la rueda de la necesidad.

Dioniso ya podía intervenir. En su última aventura había encontrado otra doncella guerrera: Palene. Con ella le había ocurrido algo sin precedentes en sus numerosas historias. Había tenido que disputar una lucha con Palene delante de los espectadores, y sobre todo delante de su incestuoso padre.

Palene había aparecido en la explanada cubierta de arena con sus largas trenzas alrededor del cuello y una faja roja alrededor del pecho. Un pedazo de tela blanca apenas le cubría el pubis. Su piel estaba reluciente de aceite.

La lucha fue larga. De vez en cuando, Dioniso se descubría estrechando la palma de una mano deliciosamente blanca. Y más que doblegarlo, deseaba tocar aquel cuerpo. Quería retrasar aquella victoria voluptuosa, pero mientras tanto notaba que jadeaba como un mortal cualquiera. Bastó un instante de distracción para que Palene intentara levantar a Dioniso y derribarle. Esto era demasiado. Dioniso se soltó y consiguió levantar a su vez a su adversaria. Pero después acabó por depositarla en el suelo con cierta delicadeza, mientras sus ojos furtivos vagaban por su cuerpo, por su abundante cabellera esparcida en el polvo. Y Palene ya estaba de nuevo en pie. Entonces Dioniso quiso derribarla en serio, con una presa en la nuca, mientras intentaba hacerle doblar una rodilla. Pero calculó mal y perdió el equilibrio. Sintió el polvo en la espalda, mientras Palene cabalgaba sobre su vientre. Un instante después, Palene se soltó y dejó a Dioniso en el suelo.

Pero al instante siguiente, Dioniso consiguió derribarla. Estaban empatados y Palene habría querido proseguir. Entonces intervino el padre Sitón, para conceder la victoria a Dioniso. El dios, empapado en sudor, levantó la mirada hasta el rey que se acercaba para premiarle y le atravesó con el tirso.

Aquel asesino debía en cualquier caso morir. Y Dioniso ofreció a la hija el tirso goteante de la sangre del padre, como don amoroso. Ahora le aguardaban las nupcias.

En el clamor de la fiesta, Palene lloraba al padre cruel, pero a pesar de todo su padre. Con dulzura, Dioniso le mostraba las cabezas roídas por los vientos de sus anteriores pretendientes, clavadas ante las puertas como primicias de la cosecha. Y, para calmarla, le decía que no podía ser hija de aquel hombre horrendo. Quizás un dios, quizás Hermes, quizás Ares, era su verdadero padre. Mientras pronunciaba estas palabras, Dioniso ya sentía una vaga impaciencia. Palene era ya una amante domada. Pronto se convertiría en una fiel, como tantas otras. Pero sólo una vez había experimentado Dioniso la emoción de encontrarse abrazado en el polvo con una mujer que deseaba, sin ni siquiera conseguir dominarla. Sintió nostalgia de un cuerpo inasible.

Desapareció a solas en las montañas. Seguía pensando en una mujer fuerte y arisca, capaz de golpearle no menos de lo que él fuera capaz de golpearla a ella. Se estaba acercando el momento en que Eros le hiciera

delirar por un cuerpo aún más inaprehensible. Dioniso advertía por las veloces ráfagas de viento que en aquellos bosques se ocultaba una mujer todavía más fuerte, más bella y hostil que la luchadora Palene: Aura. Y ya sabía que escaparía de él, que jamás se rendiría. Por una vez, Dioniso caminaba a solas y en silencio, aliviado por la ausencia de las Bacantes.

Escondido detrás de un matorral, vislumbró un muslo blanco de Aura que entraba en el oscuro follaje. Alrededor los perros ladraban. Entonces Dioniso se sintió derretir como una mujer. Nunca se había visto tan desarmado. Hablar con aquella doncella le parecía inútil, igual que hablar con una encina. Pero una Amadríada, que habitaba en las raíces de un pino, le dio la respuesta que buscaba: nunca se encontraría con Aura en un lecho.

Sólo en el bosque, y si la ataba de pies y manos, conseguiría poseerla. Y

que se acordara de no dejarle regalo alguno.

Mientras Dioniso dormía, exhausto, se le apareció Ariadna una vez más.

¿Por qué abandonaba a todas las mujeres, como la había abandonado a ella?

¿Por qué Palene, a la que tanto había deseado mientras rodaban juntos por la arena, se borraba ahora de su mente? En el fondo, Teseo había sido mejor que él. Al final, Ariadna tuvo también un gesto irónico. Le dio un huso para tejer y le rogó que se lo regalara a su próxima víctima. Así un día la gente diría: regaló el hilo a Teseo y el huso a Dioniso.

Seguía haciendo un calor enorme, y Aura buscaba una fuente. Dioniso pensó que de todas sus armas sólo disponía de una: el vino. Cuando Aura acercó los labios a la fuente, se mojó con un líquido desconocido. Nunca había probado algo semejante. Estupefacta y torpe, se tendió a la sombra de un gran árbol y se durmió. Descalzo, silencioso, Dioniso se acercó. Le quitó inmediatamente el carcaj y el arco y los ocultó detrás de una piedra. El temor no le abandonaba. En aquellos días, sus pensamientos volvían siempre a otra cazadora que había conocido, Nicea. Parecía que su cuerpo hubiera saqueado toda la belleza del Olimpo. También ella rechazaba a los hombres, y cuando el pastor Himno se le había aproximado para hablarle de su devota pasión, Nicea había acallado sus palabras hundiéndole una flecha en la garganta. Fue entonces cuando los bosques resonaron con palabras que recordaban una cantilena infantil: «El hermoso pastor ha muerto, la bella doncella lo ha matado.» La cantilena sonaba en la mente de Dioniso

mientras sus diestras manos ataban con una cuerda los pies de Aura. Luego le pasó otra cuerda alrededor de las muñecas. Aura seguía durmiendo, en una tibia ebriedad, y Dioniso la poseyó atada. Era un cuerpo abandonado, adormilado sobre la tierra desnuda, pero la propia tierra se balanceaba para celebrar las nupcias y la copa del pino era sacudida por la Amadríada.

Mientras Dioniso sentía sobre el cuerpo de Aura un placer inmenso, exaltado por la cobardía, la cazadora se adentraba en un sueño turbio, que continuaba otro sueño. Sus brazos delicadamente apoyados sobre los de Afrodita y de Adonis se habían cerrado ahora en un solo nudo con aquella carne extraña, y las muñecas se le retorcían en un espasmo horroroso de un placer que no pertenecía a ella, sino que pertenecía a ellos, aunque se comunicaba con ella a través de las venas soldadas de las muñecas. Y, mientras tanto, Aura veía su cabeza doblegada como la de la leona capturada. Asentía a su propia ruina. Dioniso se separó de ella. Siempre silencioso, de puntillas, fue a recoger el arco y el carcaj y los depositó junto al cuerpo descubierto de Aura. Le soltó los pies y las muñecas. Regresó al bosque.

Al despertar, Aura vio sus muslos desnudos, el cinturón desceñido sobre sus senos. Pensó que se volvía loca. Bajó al valle gritando. De la misma manera que tiempo atrás había atacado leones y jabalíes, ahora atacaba con sus flechas mayorales y pastores. Su paso quedaba salpicado de manchas de sangre. Asaeteó a los cazadores que encontraba. Llegada a una viña, mató a los vendimiadores que estaban trabajando, porque sabía que eran devotos de Dioniso, un dios enemigo, aunque Aura creía que jamás lo había visto.

Llegó a un templo de Afrodita y flageló la estatua de la diosa. Después la levantó del pedestal y la arrojó a las aguas del Sangario, con la fusta enrollada en torno de las caderas marmóreas. Luego se ocultó de nuevo en su bosque. Pensaba en cuál de los dioses podía haberla estuprado, y los maldecía uno por uno. Arrojaría flechas en sus santuarios. Mataría a los propios dioses. Y antes que a nadie a Afrodita y a Dioniso. En cuanto a Artemis, merecía todo su desprecio: la diosa virgen no había sabido protegerla, de la misma manera que no había sabido responder a sus pocas palabras burlonas, y tan divertidas, sobre sus senos turgentes y pesados.

Aura quería abrirse el vientre para extraer de él el semen del desconocido.

Se ofreció a una leona, pero la leona no la aceptó como víctima. Habría querido conocer a su esposo para hacerle comer su hijo.

Entonces apareció Artemis, con una risa maliciosa. Se reía de Aura porque caminaba lenta, con paso pesado, como las mujeres embarazadas, ya no con el paso del viento. ¿Y qué sería Aura sin la ligereza? Le preguntó también qué regalos le había dejado Dioniso, su esposo. ¿Le había dado tal vez unos sonajeros para que jugaran sus niños? Después desapareció. Aura siguió errante. Pronto sintió los dolores de parto. Fueron larguísimos.

Mientras Aura sufría, Artemis apareció una vez más para reírse de ella.

Nacieron dos gemelos. Dioniso se sentía orgulloso, pero temía que Aura los matara. Llamó entonces a la cazadora Nicea: también a ella la había engañado con el vino, la había forzado mientras dormía, la había abandonado, también ella había parido una hija: Teleté, la «iniciación», la

«última realización».

Para un dios, la repetición es señal majestuosa, el sello de la necesidad.

Entonces Nicea, aquella doncella resplandeciente que había hecho manar chorros de sangre de la garganta de un buen pastor, sólo porque se había atrevido a dirigirle unas palabras de amor, vivía como una pobre mujer al telar. (¿Tendría que haberle dado a ella el huso de Ariadna?) Pero entonces Nicea podría comprobar que su suerte era compartida por otra. Podría consolarse, dijo Dioniso, porque se daría cuenta de que pertenecía al canon divino. Pero su papel no había terminado: debía llegar a ser cómplice del dios, ayudarle a salvar por lo menos uno de los gemelos que Aura estaba por aniquilar. El mundo, el mundo entero, el mundo alejado de los bosques, el que está hecho de templos, de naves y de mercados, esperaba dos nuevas criaturas: una era la propia hija de Nicea, Teleté; la otra era uno de esos gemelos en manos de Aura, poseída por el dolor.

Aura, mientras tanto, alzó a los dos recién nacidos al cielo, al viento que la había empujado en su vida, y los dedicó a las brisas. Quería que se rompieran. Ofreció los dos recién nacidos a una leona para que los devorara. Pero en la cueva entró una pantera: lamió con ternura los cuerpos de los dos infantes y los alimentó, mientras dos serpientes protegían la entrada de la cueva. Aura cogió entonces en sus manos a uno de los dos hijos, lo arrojó al aire y, cuando cayó en el polvo, se le echó encima para

despedazarlo. Artemis, aterrorizada, intervino: cogió al otro hijo y, llevando por primera vez en su vida un niño en brazos, huyó al bosque.

Aura se encontró de nuevo sola. Bajó a las orillas del Sangario, arrojó arco y carcaj al río, y después se zambulló. Las olas cubrieron su cuerpo.

De sus senos manaba agua. El recién nacido superviviente fue entregado por Artemis a Dioniso. El padre recogió a los dos pequeños, nacidos de las dos doncellas estupradas en el sueño, y los llevó a los lugares de los misterios. También Artemis estrechó al niño en su pecho de virgen.

Después lo entregó a las Bacantes de Eleusis. En el Ática, encendían antorchas en su honor. Era Yaco, el nuevo ser que aparecía en Eleusis. Para quien tenía la suerte de verle, la vida se volvía feliz. Los demás no sabían qué era la felicidad.

Para Dioniso se había acabado el tiempo de los vagabundeos y de las conquistas. Quedaba la subida al Olimpo. Ariadna regresaba todavía, a veces, a sus pensamientos. Llevó a la montaña una guirnalda en su memoria. Luego se sentó en la mesa de los Doce. Su asiento estaba al lado del de Apolo.

El primer amor de Dioniso fue un muchacho. Se llamaba Ampelo. Jugaba con el joven dios y los Sátiros en las orillas del Patolo, en Lidia. Dioniso contemplaba sus largos cabellos sobre el cuello, la luz que emanaba su cuerpo mientras salía del agua. Se ponía celoso cuando le veía luchar con un sátiro y sus pies se entrelazaban. Entonces quiso ser el único en compartir los juegos de Ampelo. Fueron dos «atletas eróticos». Se revolcaban por el suelo, y Dioniso se regocijaba cuando Ampelo le derribaba y se montaba sobre su vientre desnudo. Después se limpiaban el polvo y el sudor de la piel en el río. Inventaban nuevas competiciones.

Ampelo vencía siempre. Se coronó con una sarta de serpientes, como veía hacer al amigo. Y también le imitaba cuando vestía una túnica manchada.

Aprendía a tratar con familiaridad osos, leones y tigres. Dioniso le animaba, pero una vez le previno: no tienes por qué temer a fiera alguna, guárdate sólo de los cuernos del toro despiadado.

Cierto día, Dioniso estaba a solas cuando vio una escena que le pareció

un presagio. Un dragón cornudo apareció entre las rocas. Llevaba en el lomo un cabrito. Lo arrojó sobre un altar de piedra y hundió un cuerno en su cuerpecillo inerme. En la piedra quedó un charco de sangre. Dioniso observaba y sufría, pero al sufrimiento se mezclaba una invencible risa, como si su corazón estuviera dividido en dos. Después encontró a Ampelo, y siguieron vagando, siempre de caza. Ampelo se divertía tocando una flauta de caña, y tocaba mal. Pero Dioniso no se cansaba de elogiarle, porque mientras tanto le miraba. A veces, Ampelo recordaba la advertencia de Dioniso con respecto al toro, y cada vez le era más incomprensible.

Ahora conocía todas las fieras, y todas eran amigas suyas: ¿por qué debía rehuir al toro? Y un día, mientras se hallaba solo, encontró un toro entre las rocas. Estaba sediento, y le colgaba la lengua. El toro bebió, después miró al muchacho, después eructó, y una baba le asomó por la boca. Ampelo intentó acariciarle los cuernos. Confeccionó una fusta de junco y una especie de brida. Apoyó sobre el lomo del toro una piel coloreada y lo montó. Por unos instantes sintió una ebriedad que ninguna fiera le había dado antes. Pero Selene, celosa, le veía desde arriba y le envió un tábano. El toro, nervioso, comenzó a galopar, escapando de aquel aguijón odioso.

Ampelo ya no controlaba a la bestia. Una última sacudida le arrojó al suelo.

Se oyó el seco sonido de su cuello al romperse. El toro le arrastraba por un cuerno, que se hundía cada vez más en la carne.

Dioniso descubrió a Ampelo ensangrentado en el polvo, pero todavía hermoso. Los Silenos, en círculo, iniciaron sus lamentos. Pero Dioniso no podía acompañarles. Su naturaleza no le permitía las lágrimas. Pensaba que no podría seguir a Ampelo al Hades, porque era inmortal: se prometía matar con su tirso a la estirpe entera de los toros. Eros, que había adoptado el aspecto de un hirsuto Sileno, se acercó para consolarle. Le dijo que la punzada de un amor sólo podía curarse con la punzada de otro amor. Y que mirara a otra parte. Cuando cortan una flor, el jardinero planta otra. Sin embargo, Dioniso lloraba por Ampelo. Era la señal de un acontecimiento que cambiaría su naturaleza, y la naturaleza del mundo.

En ese momento las Horas se apresuraron hacia la casa de Helio. Se preanunciaba una escena nueva en la rueda celeste. Había que consultar las tablas de Harmonía, donde la mano primordial de Fanes había grabado, en

su secuencia, los acontecimientos del mundo. Helios las mostró, colgadas de una pared de su casa. Las Horas contemplaban la cuarta tabla: se veía al León y a la Virgen, y a Ganimedes con una copa en la mano. Leyeron la imagen: Ampelo se convertiría en la vid. Aquel que había aportado el llanto al dios que no llora aportaría también delicia al mundo. Entonces Dioniso se recuperó. Cuando la uva nacida del cuerpo de Ampelo estuvo madura, separó los primeros racimos, los estrujó con dulzura entre las manos, con un gesto que parecía conocer desde siempre, y contempló sus dedos manchados de rojo. Luego los lamió. Pensaba: «Ampelo, tu final demuestra el esplendor de tu cuerpo. Incluso muerto, no has perdido tu color rosado.»

Ningún otro dios, ni siquiera Atenea con su sobrio olivo, y tampoco Deméter con su pan tonificante, tenían en su poder algo que se aproximara a aquel licor. Era justamente lo que le faltaba a la vida, lo que la vida esperaba: la ebriedad.

Floreciente de juventud, con el estrépito de su cortejo, Dioniso irrumpió en Naxos ante Ariadna abandonada. Eros revoloteaba a su alrededor como un delicado abejorro. En las manos de las mujeres que le seguían había tirsos espesos, pedazos sanguinolentos de un novillo, cestas con los objetos sagrados. Dioniso acababa de llegar del Ática. Allí había realizado un gesto que nadie olvidaría: había descubierto el vino. Dejaba a sus espaldas un licor prodigioso y el cuerpo de otra doncella abandonada. Después del paso de Dioniso, Erígone se colgó de un árbol. Pero su historia no tenía un marco de realeza, ni llegaría a ser transmitida, de verso en verso, por una cadena de poetas. Erígone tardó en encontrar sus poetas, dos eruditos de la Antigüedad tardía, de aquellos que, ya sofocados por los tiempos, se sentían casi obligados a referirse a los secretos eludidos antes de ellos: Eratóstenes y Nono, dos egipcios.

Deméter había revelado el pan al Ática, y un lugar sagrado, Eleusis, estaba dedicado al acontecimiento. Dioniso había revelado el vino al Ática entre la gente humilde, pero sólo una fiesta de máscaras, muñecas y columpios recordaría aquel día. Había algo muy oscuro en la historia, y la memoria ritual lo traspuso en un aura de juego, infantil y siniestro.

Dioniso apareció, Huésped Desconocido, en la casa de un viejo jardinero del Ática. Icario vivía con su hija Erígone, le gustaba plantar árboles nuevos, su casa era pobre. Acogió al Desconocido con el gesto de Abrahám cuando invita al ángel, dejando vacío en la mente el lugar del huésped. De ese gesto descienden todos los dones. Inmediatamente Erígone se levantó para ordeñar leche de cabra para el huésped. Dioniso la detuvo, con dulzura, con ese gesto que un día un filólogo definiría «un adorable faux pas».

Estaba a punto de revelar a su padre, «por la equidad y la devoción que mostraba», algo que nadie había conocido antes: el vino. Ahora Erígone servía a su padre copas y copas de aquel nuevo licor. Icario se sentía feliz.

Dioniso le explicó entonces que aquel nuevo licor era tal vez más poderoso que el pan que Deméter había revelado a los demás campesinos, puesto que sabía despertar y sabía adormecer, y eliminaba los dolores que traspasan el alma, los volvía líquidos y fugaces. Entonces, se trataba de transmitir a los demás esa revelación, como en un tiempo le había correspondido a Triptólemo hacer con el trigo.

¿Fue entonces cuando Dioniso sedujo a Erígone? No lo sabemos. Sólo un verso de Ovidio, como un resto marino, ha sobrevivido para contárnoslo.

Aracne tuvo la insolencia de competir con Atenea en el arte de tejer. Su tela mostraba a Europa raptada por el toro: y se veían los pies de la doncella apartarse temerosos del agua. Se veía también a Leda bajo las alas del cisne.

Y a Dánae cubierta por una lluvia de oro. Y a Asteria prisionera de un águila. Y se veía asimismo a Erígone, que Dioniso engañaba con la uva («...falsa deceperit uva»). Nada más nos dice Ovidio. Pero la secuencia tejida por Aracne sólo incluía, a modo de desafío, historias vergonzosas para los dioses. Así que Erígone había sido seducida y engañada por aquella uva prodigiosa. Otros nos cuentan que Dioniso y Erígone tuvieron también un hijo: se llamaba Establo, «racimo de uva», el mismo nombre de un hijo que otros atribuyeron a Dioniso y Ariadna.

Icario obedeció la orden de Dioniso. Subió a su carro y recorrió el Ática mostrando aquella planta de jugo admirable. Una noche, bebía con unos

pastores. Algunos cayeron en un sueño profundo. Parecía que ya no iban a despertar. Los pastores comenzaron a sospechar de Icario. ¿No habría ido a envenenarles para llevarse sus rebaños? Sintieron entonces un impulso homicida. Rodearon a Icario. Uno llevaba en la mano una hoz, otro una pala, otro un hacha, otro una piedra enorme. Todos golpearon al anciano. Y

al final uno lo atravesó con el asador de la cocina.

Mientras moría, Icario recordó una anécdota que le había ocurrido un poco antes. Dioniso le había enseñado a plantar y cuidar las vides. Icario seguía su crecimiento con la mirada amorosa que tenía para los árboles, en la espera de poder exprimir con sus manos el jugo. Un día sorprendió a un macho cabrío comiendo las hojas de la vid. Sintió una gran furia e inmediatamente mató al macho cabrío. Ahora sabía que aquel macho cabrío era él mismo.

Pero algo más había ocurrido en torno de aquel macho cabrío. Icario lo había despellejado y, tras ponerse la piel del macho cabrío muerto, había improvisado una danza junto con otros campesinos alrededor del cuerpo lacerado del animal. Icario no sabía, mientras moría, que aquel gesto había sido el origen de la tragedia, pero sabía que la historia del macho cabrío estaba ligada con lo que le estaba sucediendo, mientras los pastores giraban a su alrededor y cada uno de ellos le hería con un arma diferente, hasta que vio el asador que le atravesaría el corazón.

Todas las reconstrucciones sobre el origen de la tragedia acaban por tropezar con un último dilema. Por una parte está la frase de Eratóstenes:

«Los habitantes de Icario danzaron entonces por vez primera alrededor del macho cabrío.» Así que la tragedia sería la danza y el canto alrededor del macho cabrío. Por la otra está Aristóteles, según el cual la tragedia era la danza y el canto de los machos cabríos. Una inútil y antigua disputa se repite de generación en generación en torno a este dilema, que en realidad no lo es. «Quien quiera enmascararse de sátiro [de macho cabrío] debe

matar antes un macho cabrío y despellejarlo.» Así que Eratóstenes y Aristóteles dicen lo mismo, pero Aristóteles borra la primera fase, decisiva, del proceso: la muerte del macho cabrío. Es por consiguiente a Eratóstenes a quien debemos, junto con la primera medición considerablemente aproximada de la circunferencia terrestre, una definición considerablemente sobria del proceso del que nace la tragedia. Hay tres fases: Icario mata el macho cabrío; Icario despelleja el macho cabrío e hincha una parte de la piel en un odre; Icario y sus amigos bailan alrededor del macho cabrío, pisan el odre, visten jirones de la piel del macho cabrío. Así que la danza alrededor del macho cabrío es también la danza de los machos cabríos. Es como si un largo proceso, confuso y oscuro, se redujera de golpe, ante nuestros ojos, en unos pocos elementos, desgastados pero capaces de liberar una fuerza inmensa.

De las mujeres subidas al cielo, Erígone es la más pobre, la menos conocida. La llamaban Aletis: la errante, el alma vagabunda, la mendiga.

Será, sin embargo, su perro Maira el que ocupará en el cielo una posición eminente, central, tanto para bien como para mal: se convertirá en Sirio. Un día Erígone fue despertada por los ladridos de Maira. El padre llevaba meses desaparecido. La hija le buscaba por todas partes, vagabunda y muda. Erígone notó que Maira tiraba de su falda. El perro quería conducirla a un lugar. Era un pozo debajo de un gran árbol, donde habían arrojado el cadáver de Icario. Erígone lo sepultó. Luego subió al árbol y se ahorcó.

Maira se quedó custodiando los dos cuerpos y se dejó morir.

El Ática no tardó en verse afectada por una singular epidemia de suicidios: como los escolares al despertar de la primavera en la Alemania de Wedekind, también en Atenas las doncellas se ahorcaban sin razón aparente. El oráculo de Apolo sugirió el remedio: instaurar una fiesta en honor de aquella hija de un campesino colgada de una horquilla del gran árbol encima del pozo. En el centro de la fiesta estaba el juego del columpio. Después se colgaban muñecas y máscaras de las frondas de los árboles. Y oscilaban al viento.

Mientras tanto, los asesinos de Icario se habían refugiado en la isla de

Ceo. Eran los días de la canícula, dominados por Sirio, y un destructivo calor asoló la isla. Todo se secaba y moría. Esta vez Apolo habló a través de su hijo Aristeo, que era el rey de la isla. Los asesinos de Icario debían ser castigados. Inmediatamente después de su muerte comenzaron a soplar los frescos vientos etesios, el meltemi que permite la vida en Grecia y que a partir de entonces reaparece cada año, junto con la canícula.

Desde una roca, Ariadna contempla a Fedra en el columpio. Su madre, Pasífae, se ahorca. Ariadna se ahorca. Fedra se ahorca. Erígone se ahorca.

Erígone no es una princesa, pero ella será la que subirá al cielo como ahorcada. Su morada celeste es la constelación de la Virgen. Ariadna está cerca de ella, en el cielo, pero como esposa de Dioniso. Con Erígone llegamos al origen de las ahorcadas. Y con ella volvemos al columpio. El modelo de ese juego es «el columpio de oro en el cielo» que menciona el Rigveda. Cada vez que el sol se acerca a los solsticios, está a punto de enloquecer; el mundo tiembla, porque la carrera del astro podría seguir, por inercia, en lugar de invertir la ruta. Y justamente allí se dibuja aquel arco del círculo que es el columpio de oro en el cielo. Llegado al final de su oscilación, el sol retrocede, como la doncella ateniense que un Sátiro empuja en el columpio. Pero, para que esto ocurra, se precisan víctimas.

Unas cuantas víctimas culpables, como los asesinos de Icario. Pero, antes que ellos, una víctima absolutamente inocente: Erígone. La oscilación se detiene en la perpendicular de la ahorcada.

El árbol del que Erígone está colgada es más que grande, es inmenso: recorre toda la tierra, y sus ramas se pierden entre las constelaciones. En el cielo, Erígone sostiene una espiga en la mano. Rechazó un racimo de aquella uva que había conducido a su padre y a ella a la muerte. Las últimas palabras de Icario habían sido: «El dulce [Dioniso] es enemigo de Erígone.»

Esa huérfana ahorcada nos recuerda la muerte no reabsorbida, la que permanece vagando en el aire, con las almas de los difuntos, muñecas y máscaras colgadas de un árbol.

Erígone es una Isis a quien la ley mística de la inversión arroja al

extremo opuesto de la soberana celeste: suya es la máxima impotencia terrena, la de la huérfana pobre y peregrina. Pero también Isis había sido mendiga en su tierra, cuando buscaba el cuerpo de Osiris. En el cielo, Isis y Erígone se encuentran en la misma constelación: la Virgen. Cerca de ellas, en Sirio, ven al perro que las ha ayudado: Anubis a Isis, Maira a Erígone.

Después de la muerte de Osiris, Isis se arranca un rizo. También Erígone se arranca un rizo después de la muerte de Icario. No lejos de la Virgen y del Can, los encontramos aposentados en la cabellera de Berenice, llamada también «rizo», y también «rizo de Ariadna». Y Nono utiliza la misma palabra, bótrys, tanto en el sentido de «rizo» como en el sentido de «racimo de uva». Dioniso también seguía a Erígone en el cielo, como don del luto.

Dioniso llegaba a Atenas, para las Antesterias, junto con las almas de los difuntos, y con ellas desaparecía. Se abrían las grandes ánforas selladas, corría el vino nuevo. Lo transportaban en carretas arrastradas por asnos al santuario de Dioniso en las Lagunas y loaban al dios. Era un lugar fantasmal: allí donde se alzaba el pequeño santuario no había, y nunca había habido, laguna alguna. Pero los dioses habitan una naturaleza posterior, respecto de la nuestra: a ella pertenecía la laguna de la que Dioniso debía emerger. Se reunían campesinos, esclavos y braceros de los grandes propietarios. Bailaban y esperaban la fiesta. El santuario se abría a la puesta del sol, sólo ese día en todo el año. Era un día contaminado. En las puertas de las casas, la negrura de la pez fresca recordaba los espíritus que vagaban y, al final, serían expulsados. Todos los restantes santuarios eran cerrados y rodeados con cuerdas. La parálisis afectaba al nervio de la ciudad.

De noche, un trompetazo iniciaba la contienda entre los bebedores. «El rey bebe, la reina ríe.» Pero bebían sin hablar, sin cantar, sin rezar. Se había juntado una gran multitud, debajo de muchos techos, cada cual con su gran jarra. Sin embargo, reinaba el mismo silencio que el heraldo pedía durante el sacrificio. Hasta los niños tenían su mesa y su jarra, pero callaban. Un huésped invisible estaba entre ellos: Orestes el impuro, que un día había buscado refugio en Atenas. Nadie se había atrevido a acogerle, pero tampoco a expulsarle. Atenas ama a los culpables. Sentado solo a una mesa,

con una jarra para él, el matricida había bebido en silencio. Y aquél había sido el primer día de la fiesta, el Coe. Vino y sangre se confundían, como cuando Icario había sido asesinado por los pastores. De las grandes ánforas, junto con el vino, se habían liberado los difuntos, y se paseaban enmascarados. Había muchas mujeres: Ninfas u otras criaturas de Dioniso.

Pedían comida y vino, mendigas como Erígone. Ninguna debía quedar desatendida. Al final, todos llevaban las jarras y las coronas de hiedra al santuario de Dioniso como juguetes rotos. De noche, se les veía tambaleantes entre las antorchas, cuando las catorce damas de honor elegidas por el rey prestaban juramento secreto sobre las cestas. Después comenzaba un nuevo cortejo, del santuario a la casa del arconte rey, sobre el agorá. Y en su interior, en el mismo lecho del rey, Dioniso ocuparía su lugar y poseería a la reina, la Basilina. Aquel lugar no era un templo, sino la casa de un alto funcionario, y la Basilina no era una sacerdotisa del dios.

Por una noche, Dioniso imponía su presencia en el lecho de un ilustre ciudadano. Aquel día había desembarcado de una nave en El Pireo, marinero llegado de lejos. Su nave había sido izada solemnemente hasta la ciudad. Ahora exigía una noche amorosa, rodeada del secreto. Una proa todavía húmeda sellaba la puerta de un aposento en el centro de la ciudad.

Dioniso llega de improviso y posee. Grande fue el escándalo cuando un día, en el papel de la Basilina, se encontró a la hija de una famosa hetera que ni siquiera era ateniense, Neera, que había vendido innumerables veces su propio cuerpo y enseguida se había ocupado de vender también el de la hija, hasta que el rufián y sicofante que actuaba como su marido había conseguido desposar a la muchacha con un ateniense de antigua familia, uno de los Coroínidas, que después se había convertido en arconte rey. Así que el dios había encontrado para acogerle una muchacha ya acostumbrada a tratar con clientes y proxenetas.

Evocado por las mujeres de Argos como toro que surge de las aguas, Dioniso es el dios que tiene mayor familiaridad con las mujeres. Sus enemigos «decían que revelaba los misterios y las iniciaciones para seducir a las mujeres de los demás». Si las Carites le hacen un regalo, será un

peplo, que es ropa femenina. Dioniso no desciende sobre las mujeres como un depredador que les atenaza el busto, y luego repentinamente abandona la presa y se aleja. Dioniso las persigue en todo momento, porque la fisiología de ellas confluye en él. El jugo de la vid le pertenece, como cualquier jugo de la vida. «Soberano de la naturaleza húmeda», el propio Dioniso es líquido, una corriente que envuelve. «Loco por las mujeres», «loco por las hembras», le llama varias veces Nono, su último celebrante. La cristiana malicia de Clemente de Alejandría recuerda a Dioniso como choiropsálēs,

«aquel que toca la vulva»: mejor dicho, que sabe hacerla vibrar con los dedos como las cuerdas de una lira. Y la gente de Sición le veneraba asimismo como «magistrado de las partes femeninas». Dioniso es el único dios que ni en la guerra necesita mostrarse viril. Cuando su ejército se desplaza a la India, parece un clamoroso cortejo de muchachas.

El falo de Dioniso es alucinógeno antes que impositivo. Tiene una naturaleza próxima al hongo, al parásito, a la hierba tóxica recogida en el hueco del tirso. No conoce la fidelidad agraria, no se extiende por el surco trazado, donde Yasión copula con Deméter, no se abre paso entre las lozanas mieses, sino entre los bosques más ásperos. Es una punta metálica oculta debajo de inocuas hojas verdes. No quiere embriagar para fomentar el crecimiento; pero el crecimiento sostiene la embriaguez, como el pie de una copa. Dioniso no es un dios útil para tejer, anudar, sino un dios que desata, disuelve. Las tejedoras son sus enemigas. Llega, sin embargo, un momento en que abandonan el telar para correr detrás de él por los montes.

Dioniso es la corriente cuyo flujo incesante advertimos en la lejanía, como un zumbido distante; y un día puede inundarlo todo, como si el estado no sumergido de las cosas, la sobria delimitación, fueran un breve paréntesis inmediatamente anulado.

Durante siglos los poetas, los filósofos, los mitógrafos habían contado y comentado la escena de la diosa en el baño, en sus numerosas variantes: tratárase de Artemis espiada por Acteón, o de Atenea bajo los ojos de Tiresias, o de Perséfone bajo los omnividentes de Zeus. Pero había que

llegar a los funerales del paganismo, un siglo después de Constantino, para que en los versos de Nono se desvelara la escena precedente a aquel baño.

No era únicamente el calor meridiano lo que empujaba a los cuerpos míticos al agua. En el caso de Sémele, fue fundamentalmente la necesidad de lavar sangre, mucha sangre.

Pero ¿cómo había comenzado todo? La princesa Sémele guiaba sus mulas por los caminos de Tebas, restallando una fusta plateada. De repente recordó un extraño sueño de aquella noche. Había un gran árbol, y entre las hojas relucía una gran fruta todavía verde, cubierta por la humedad del rocío. Una llama del cielo abrasó el tronco, pero el fruto quedó intacto. Se vislumbraron las alas de un pájaro que lo arrebataban hacia el cielo. Y en lo alto, desgarrando el telón de fondo del cielo, asomaba un muslo masculino, y una mano cosía aquel fruto dentro del muslo, aprisionándolo con hebillas de oro. Después el bubón se abría y surgía de él una figura de hombre con naturaleza de toro. Sémele sabía que el árbol era ella misma.

Contó el sueño a su padre. Cadmo hizo llamar a Tiresias. Sémele imaginaba la respuesta: un sacrificio. Cuando algo es inseguro y temible, se mata un animal. Pero ¿qué animal? Un toro, dijo Tiresias. Y Sémele debía sacrificarlo con sus manos. Ella misma encendió el fuego en el altar. Estaba muy cerca de la víctima, y en el momento de la muerte una salpicadura de sangre le manchó el vientre. Al tocarse las trenzas, notó los cabellos apelmazados. Y al bajar los ojos vio que llevaba toda la túnica empapada de sangre. Entonces corrió, oculta por las altas cañas, hacia el Asopo. Poco después, la sangre quedaba olvidada. En aquella agua que conocía desde siempre, nadaba con la cabeza fuera, contra la corriente. Sacudía al viento el terror nocturno.

Desde arriba, Zeus contemplaba a Sémele en su baño, herido por el aguijón amoroso. Olvidaba la tierra abierta a sus pies para observar aquel charco de agua con nadadora. Miraban a Sémele las mulas, pacientes en la espera de la dueña, y Zeus. El ojo del dios resbalaba sobre la piel mojada, de los dedos al cuello descubierto, absteniéndose únicamente de los misterios del vientre. Y se detenía en el pecho reluciente como una

armadura. De las puntas de los senos volaban puntiagudas jabalinas a hundirse en la llaga abierta por Eros. Durante un momento aquella princesa le había recordado a otra princesa, Europa, que había raptado en Sidón. No, no era Europa, pero la sangre de la descendencia las emparejaba, ya que Cadmo era hermano de Europa; así como el esplendor, la pátina del esplendor. La mente de Zeus abandonó los cielos para nadar al lado de Sémele. Escrutaba el sol con impaciencia. Sólo de noche podría alcanzar el lecho de Sémele.

En la oscuridad se alzaron silenciosamente las rejas del palacio de Tebas.

Zeus se tendió en el lecho de Sémele en forma de toro con miembros humanos. Después fue una pantera. Después un joven con sarmientos de vid entre los rizos. Después se detuvo en la forma perfecta: la serpiente. Zeus prolongaba el coito como una historia sin fin: recapitulaba la historia del dios que estaba a punto de ser generado. La serpiente se deslizó por el cuerpo tembloroso de Sémele y lamió su cuello con dulzura. Luego, estrechándole el tórax en uno de sus anillos y rodeándole los senos con un cinturón escamoso, la llenó de un líquido almibarado, no ya de veneno. La serpiente apretaba la boca contra la boca de Sémele y una baba de néctar penetraba por sus labios y la intoxicaba, mientras sobre el lecho se encaramaban hojas de vid y en la oscuridad se oía un ritmo de tamboriles.

La tierra rió. Dioniso fue concebido en el momento en que Zeus gritó el nombre con el que durante siglos sería invocado: «Euoi.»

OceanofPDF.com