Las brujas de Arnes

David Martí Martínez · Capítulo 47 de 50

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Las brujas de Arnes

47. Los sabios judíos de montjuïc

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Los sabios judíos de Montjuïc

 

Cuando pasados unos cuantos días Luna se atrevió a confesarle a Hugo su intención de convertirse en médico, la perplejidad se reflejó en la cara del noble.

—Es un oficio de hombres —le dijo—. Y no se me ocurre cómo podría ayudarte. Mi influencia no llega tan lejos, Luna, pero conozco a alguien que podría abrirte las puertas a los estudios generales de Medicina.

Y así fue como, de buena mañana, Luna cruzó el portal de Framenors, al lado del convento de los franciscanos, para dirigirse a la parte baja de la Rambla.

Lo que más le sorprendió fue la miseria que había a su alrededor. La zona apenas había sido urbanizada, y aquí y allá podían verse algunas casas tan míseras y pobres como la mayoría de los espíritus que vivían en su interior.

Por allí vagabundeaban marineros, espadachines que por muy pocas monedas se dedicaban a solucionar conflictos entre hombres ricos sedientos de justicia, bergantes y jornaleros que se dejaban caer con la esperanza de encontrar algún que otro trabajo.

Por todas partes se apreciaba un gran murmullo de fondo que provenía de los numerosos grupos de hombres medio borrachos que se jugaban a los dados el poco dinero que poseían, y Luna quiso esquivar discretamente todo aquello que parecía conflictivo, para no llamar la atención.

Después, continuó hasta atravesar el portal de Santa Madrona, al lado de las atarazanas, y a buen paso cruzó los huertos de San Bertrán, donde las tomateras y los manzanos impregnaban el aire de un aroma familiar que enseguida la transportó a su querida Terra Alta.

A medida que la joven ascendía por el camino que serpenteaba por la montaña de Montjuïc, su mente regresó de nuevo al pasado. Y cada paso, cada respiración, cada latido de su corazón le recordaba el sendero que había recorrido en solitario hasta la cima de la montaña de Santa Bárbara, en Horta de Sant Joan.

Antes de llegar a su destino, dedicó unos momentos a contemplar las canteras que habían servido para construir las murallas de la ciudad y, como todavía era temprano, decidió llegar hasta la cima de la montaña para poder contemplar la vista.

Cuando estaba a la altura de la torre de vigilancia de San Ferriol, en medio de la cima, paseó entre la casa del guarda y la masía fortificada que estaba muy cerca, acompañada por los ladridos de los perros que amenazaban de perseguirla.

Pero el esfuerzo había valido la pena, y se quedó un buen rato contemplando la ciudad que se levantaba, imponente, a sus pies: los huertos, en primer lugar, las murallas, las casas, las personas minúsculas como hormigas, los barcos y el mar se fundían en un equilibrio perfecto.

A Luna le costaba entender por qué un grupo de personas tan ilustres la habían citado en un lugar tan lúgubre como un cementerio. Pero ella, acostumbrada a que la vida la sorprendiera con hechos inesperados, acudió puntualmente a la cita organizada por su apreciado Hugo.

El extraño nombre de la montaña tenía unos orígenes bastante controvertidos. Según le había explicado el joven, había quien defendía que el nombre procedía del latín Mons Iovis, o monte de Júpiter, pero la versión más extendida era que su procedencia derivaba del hecho de que allí hubiera un cementerio judío.

La necrópolis a la que se dirigía estaba en la cara norte de la montaña. En un pequeño campo situado a un centenar de metros sobre el nivel del mar, desde donde también se tenía una vista privilegiada de la ciudad.

Pero la muchacha esperaba algo muy distinto de lo que se encontró cuando llegó al lugar convenido. Las lápidas habían sido saqueadas hacía mucho tiempo y la vegetación amenazaba con cubrirlo todo con un espeso manto verde.

—¿Te sorprende lo que ves, joven Luna? —Escuchó que le decía una voz a sus espaldas.

—Sí, me sorprende —respondió la joven, mientras se giraba hacia el hombre que le hablaba—. Parece un cementerio abandonado.

—Así es. Este cementerio fue saqueado hace ya muchos días y muchas noches. Pero nosotros nos negamos a aceptar que caiga en el olvido —le dijo un anciano mientras señalaba a media docena de hombres, todos ellos de edad muy avanzada que, con una paciencia y respeto infinitos, arrancaban las plantas que crecían sobre las tumbas.

—¿Sois judíos? —quiso saber Luna.

—Sí, todos nosotros somos judíos.

—Entonces tenemos muchas más cosas en común de lo que me imaginaba…

—¿Qué quieres decir exactamente? —preguntó el anciano mientras, poco a poco, el resto de hombres se les acercaban para unirse a la conversación.

—Pues, que yo también sé lo que es sufrir la intolerancia de la gente hasta unos límites que jamás hubiera podido sospechar.

—¿Y por qué has sido perseguida? —preguntó el hombre.

—Por el simple hecho de existir. Por haber nacido mujer y por ser la heredera de un legado que se ha transmitido en mi familia de generación en generación.

—Entiendo… ¿Y en qué podemos servirte? ¿Qué quieres de nosotros?

—Solo os pido una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué? —quiso saber el más anciano de todos.

—Una oportunidad para que todo lo que he aprendido no caiga en el olvido. Vosotros venís aquí para que la memoria de vuestros antepasados siga viva a pesar del paso de los siglos. Yo deseo lo mismo. Solo eso.

—¿Y qué quieres exactamente?

—Que se me permita hacer la prueba de ingreso a los estudios generales de Medicina —solicitó Luna con decisión.

—Nos estás pidiendo algo muy difícil de conseguir —dijo el mismo anciano.

—Que sea difícil no quiere decir que sea imposible.

 

Tras escuchar la petición de aquella joven, los sabios judíos de Montjuïc, los últimos depositarios de unos conocimientos casi olvidados que abrazaban ciencias como la medicina, la alquimia, la astrología y la magia, se retiraron bajo la sombra de los pinos para hablar sobre la petición de Luna.

La deliberación se alargó durante unas horas, y cuando el sol comenzaba a perderse de vista, le pidieron que se reuniera con ellos.

—Luna Aymerich, sabemos muy bien quien eres, y por este motivo hemos aceptado esta reunión. Te hemos escuchado atentamente y queremos comunicarte que, tan pronto como tomemos una decisión, te la haremos saber. Agradecemos tu paciencia y deseamos que la luz siga iluminando tu corazón —comentó uno de los viejos, provocándole una cierta desilusión a la joven.

 

A Luna le costó dormir aquella noche, pero al lograrlo soñó con su madre, con su pueblo y con el gran lobo blanco. Soñó con el consejo de ancianos que estaban discutiendo su futuro y soñó, con gran sorpresa por su parte, que estaba entre los brazos de Hugo de Montcada, jurándose amor eterno entre besos y caricias.

Cuando el sol llamó a su puerta, se libró de la pereza estirándose como un enérgico felino, y justo cuando ponía los pies en el suelo, se dio cuenta de que sobre la mesita de noche reposaba un sobre lacrado dirigido a su nombre.

Con los ojos todavía medio cerrados por el sueño, rompió el sello de cera y leyó una y otra vez el contenido de la nota:

«Que se cumpla la voluntad de Yahvé. Harás la prueba de acceso».

Eran pocas letras. Solo unas palabras. Pero la alegría que la invadió se transformó rápidamente en un sentimiento de incredulidad cuando se fijó en el extraño símbolo dorado que firmaba la nota.

Para asegurarse de que ya lo había visto con anterioridad, deshizo el hatillo que siempre la acompañaba y miró detenidamente las tapas del Libro de las Esencias.

Su intuición no la había engañado. El símbolo con el que habían firmado la carta que le permitía realizar la prueba de ingreso a los estudios generales de Medicina, era el mismo símbolo dorado que estaba incrustado en las tapas del libro.