Las brujas de Arnes
6. El escondite secreto
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El escondite secreto
Pocas semanas después del entierro de Martín, el pueblo empezó a recuperar la normalidad. El buen tiempo se había instalado definitivamente y facilitaba el trabajo de los campesinos, quienes, dada la bonanza del clima, se atrevían a predecir un año de excelentes cosechas.
El frío había desaparecido y ahora era un auténtico placer pasar las horas paseando por los alrededores del pueblo, viendo cómo despertaba la vida tras el paréntesis del invierno. Merecía la pena perder unos momentos para maravillarse con los bailes y las imposibles piruetas que las golondrinas dibujaban en el cielo después de tantos meses.
Magdalena y María dedicaban gran parte del tiempo a tejer ropa para la niña —en la cocina—, y habían podido hablar muchos sobre lo sucedido.
—Hija, estoy convencida de que Martín ha muerto para protegernos. De nosotras depende que hagamos nuestras vidas dignas de su sacrificio, así se sentirá orgulloso de la decisión que tomó aquella noche, cuando se enfrentó a nuestros perseguidores.
—No lo entiendo, madre. ¿De qué nos tenía que proteger? Nunca hemos hecho daño a nadie, sino al contrario. La gente nos aprecia y siempre tenemos la casa llena de vecinos que vienen a pedirte todo tipo de consejos.
—Ya lo sé, María. Pero esa no es la cuestión —quiso precisar—. Tu hombre murió para proteger lo que sabemos y, sobretodo, lo que pensamos. Hija, la noche que nació Luna tuve un descuido imperdonable: el párroco me escuchó mientras hacía un ritual de bienvenida a la niña. Y las consecuencias de mi error ya las conoces… Vivimos tiempos oscuros y hay gente muy poderosa que quiere que se confundan las cosas. Gente que nos considera lo suficientemente peligrosas como para desearnos la muerte. La nuestra y la de todas las mujeres que son como nosotras —añadió con tristeza.
—¿Por qué nos odian tanto?
—Es muy sencillo. Lo hacen porque somos mujeres y porque, con nuestros conocimientos, cuestionamos muchas de las creencias que nos han impuesto durante siglos. Y lo intentan a base de atemorizarnos con los terribles tormentos que nos esperan en el infierno, si nos atrevemos a traspasar los límites marcados. Y nosotras, además, somos doblemente peligrosas, porque somos las legítimas descendientes de la Tradición. ¡Nos tienen miedo, María!
—No acabo de entenderlo —confesó la joven.
—Lo sé. Pero ya lo harás. Y algún día se lo tendrás que explicar a Luna.
—Así lo haré, madre. Tienes mi palabra —respondió sin demasiado convencimiento, mientras amamantaba a su pequeña.
—Hay otra cosa, María. Esta tarde deberíamos pasar por el taller. Todavía hay un par de cosas que tenemos que hacer.
—¿De qué se trata, madre? —preguntó llena de curiosidad—. No estoy segura de estar preparada para regresar al lugar donde murió Martín.
—María, debemos despedirnos de él tal como manda la Tradición. Se lo debemos. Y también es importante que recuperemos una cosa que tu esposo guardaba en el taller.
—¿Qué es? ¿Más misterios, madre?
—Tú misma lo descubrirás. Ahora solo puedo decirte que es nuestra bendición, y por desgracia, también nuestra maldición. —Y ahí lo quiso dejar.
—Madre, quería hablarte de otra cosa —dudó María antes de plantear una cuestión que le rondaba por la cabeza desde hacía varios días.
—Tú dirás.
—Madre, ¿somos brujas?
Magdalena no quiso responder directamente.
—No es tan sencillo —se dijo a sí misma antes de acercarse a su hija para darle un beso. Y para quitar hierro al asunto, continuó bromeando:
—No lo creo. ¡No tenemos ninguna verruga en la nariz! ¡Ni tan siquiera podemos volar montadas en escobas! —Y en un tono más serio, añadió—. María, no somos brujas. Somos elegidas. Y tenemos mucho trabajo por hacer.
Por la tarde, el sol calentaba con fuerza, invitando —todavía más— a pasear.
Las dos mujeres y la pequeña Luna, colgada del cuello de María, salieron de casa y giraron hacia la derecha para andar la docena de metros que las separaba del castillo.
Sin quererlo, María pensó en su esposo cuando pasaron por delante de su lugar preferido. Y a pesar de la nostalgia que la invadió, no quiso detenerse ni un segundo, así que prosiguieron su camino —a buen ritmo— hacia el portal del Sastre, para salir del pueblo y dirigirse al taller.
De lejos, y cuando estaban a la altura del molino de aceite, se quedaron impresionadas al ver las paredes del taller completamente ennegrecidas por las llamas. Cuando estuvieron más cerca, comprobaron que el tejado se había desplomado y solo quedaba un trozo de puerta medio quemada y astillada por las hachas de los hombres que habían apagado el incendio.
Al entrar —y después de abrirse paso entre los restos de las vigas y los escombros del techo— sintieron que el ambiente todavía estaba impregnado por el olor a humo y muerte. Y esto las hizo estremecer de la cabeza a los pies.
—María, sé que no es nada fácil para ti —dijo Magdalena para dar fuerzas a su hija—, pero antes de irnos es necesario que recuperemos un objeto muy valioso.
Sin esperar una respuesta, Magdalena se dirigió hacia el pilar central, que hasta hacía muy pocos días aguantaba el peso de las vigas, y empezó a limpiar el suelo hasta que, en medio del polvo, se hizo visible una plancha de hierro que Martín había colocado sobre una pequeña puerta de madera.
Después de comprobar que las llamas no habían alcanzado el escondrijo, Magdalena respiró tranquila y dio las gracias a Martín por el ingenio que había demostrado tener una vez más.
—María, ayúdame a mover la plancha. ¡Debemos apresurarnos! Esta vez no quiero sorpresas —dejó caer la mujer ante la estupefacta mirada de su hija.
Entre las dos, y a pesar de llevar a Luna colgada del cuello, movieron la plancha y abrieron la puerta con mucha más facilidad de la que esperaban.
Magdalena cogió rápidamente el hatillo que había escondido y lo desenvolvió solo un momento para comprobar que su contenido estuviera en buen estado. Después, lo envolvió y lo guardó en la bolsa de cuero donde llevaban la merienda.
Preocupada por mantenerse alejada de miradas extrañas, salió inmediatamente del taller para asegurarse de que nadie las espiaba. Después de lo que había sucedido, cualquier precaución era poca.
Cuando regresó, satisfecha, tarareaba una canción que a menudo le cantaba a la pequeña Luna. Y frente a la mirada expectante de María, se vio obligada a justificarse.
—Te lo explicaré en casa. Ten un poco más de paciencia —dijo para tranquilizarla—. Ahora vamos a jugar con la niña hasta que llegue el momento de hacer el ritual. ¡Hace una tarde radiante!
Y así, entre risas, juegos y adivinanzas, fue pasando la tarde.
De repente, Magdalena, muy seria, se levantó del tronco de olivo donde estaba sentada y, después de escudriñar el cielo con la mirada, cambió de expresión. Los ojos le brillaban con tanta intensidad que parecía una auténtica diosa.
—Fíjate, María, ha llegado el momento. Una pareja de buitres sobrevuelan nuestras cabezas. ¡Es una buena señal, hija, una señal excelente!
—¿Madre, por qué dices que es una señal? ¿Cómo sabes que ha llegado el momento? —preguntó María mientras levantaba la cabeza para fijarse en el majestuoso vuelo de las rapaces.
—Porque me lo han dicho ellos, está claro —respondió Magdalena con toda naturalidad—. Hija, este es mi don. Soy capaz de comunicarme con los seres vivos de la naturaleza.
—¿Y por qué precisamente los buitres? —dijo María con ciertas gotas de escepticismo.
—Los buitres son los animales sagrados que guían las almas hacia el cielo — respondió Magdalena midiendo muy bien las palabras.
—¿Quieres decir que estos pájaros han venido para acompañar el alma de Martín al cielo? —preguntó María entre un mar de lágrimas.
—Exactamente, hija. Es tal como dices.
María, que solo un mes antes se lo hubiera tomado como una broma, primero miró hacia arriba, después a Magdalena, y finalmente —con el convencimiento propio de quien se rinde al destino— dijo:
—¿Empezamos?