Las luces del norte
Capítulo 9
El «calvario» se estaba mostrando esquivo. Era una verdadera cruz su localización. Por un lado, el agente especial Dixon y su ayudante Gordon hacían lo que podían con los datos facilitados por los profesores Jones y Stauton de la Universidad de Alaska, pero eran varias las investigaciones que tenían entre manos. La verdad es que esperaban que ese tema fuese resuelto por sus «colegas» de Anchorage, luego ya entraría su equipo en acción cuando fuese oportuno. Ahora tenía que desplazarse a Sitka, donde le esperaban para rastrear la zona donde había aparecido el cadáver momificado del soldado español. Dixon echó un último vistazo a su ordenador antes de partir con Gordon hacia la bonita ciudad del sur de Alaska. Abrió un mensaje nuevo y leyó un informe que le llegaba desde el departamento de exteriores, en el que le comunicaban la delicada situación que se había producido en Madrid, España, con la detención del director de operaciones de la PHA, acusado de robo y pillado in fraganti con el objeto sustraído en la mismísima biblioteca del Ministerio de Asuntos Exteriores español. La importancia de la PHA y sus relaciones de colaboración con numerosos organismos de la administración estadounidense habían hecho intervenir a la embajada en España que, tras varias negociaciones diplomáticas, consiguió la custodia y expatriación del mencionado ejecutivo, el señor Barry Seldom. Con el ejecutivo de la PHA viajaba el fotógrafo de la misma asociación Robert Horner, igualmente detenido y expulsado de España. Dixon se quedó pensativo, con el ceño fruncido. No le gustaba nada lo que acababa de leer. Como el informe no decía nada al respecto, contactó con el departamento de exteriores para solicitar más información sobre el asunto de Madrid, quería saber qué era lo que pretendían robar aunque su intuición, la lógica, le llevaban a pensar que un robo en España tal vez pudiera tener algo que ver con la presencia española en la costa noroeste de América en el siglo XVIII.
Gordon estaba esperando a su jefe, pero Dixon estaba hablando por teléfono con el profesor Tejerina, quería saber si había progresos en la investigación histórica y recordarle la absoluta privacidad de lo que averiguasen, todo lo relacionado con el tema era top secret. Solicitó, asimismo, una orden judicial que le permitiese realizar escuchas telefónicas al señor Seldom. No lo consiguió.
Mientras Eri continuaba con el reposo aconsejado por los médicos, su querido Peter y John Stauton dieron un giro copernicano a la búsqueda del «calvario». A falta de los datos que les pudiese reportar la lectura del manuscrito de Caamaño, habían decidido buscar en los diarios de navegación de los marinos españoles de los que disponían, alusiones a cruces levantadas en todo el territorio. Serían unas cuantas. Era costumbre de los españoles tomar posesión de una bahía, de un territorio o de un puerto, levantando una gran cruz de madera en el lugar cercano a la costa en el que, con la celebración de un acto religioso al amparo de aquella cruz, declaraban el territorio en cuestión bajo la bandera de España. Y los barcos de los comerciantes y de las demás potencias navales del mundo así lo sabían, aunque no siempre lo respetaban. A los dos jóvenes investigadores les quedaba una buena tarea por delante, pero se mostraban entusiasmados ante los retos. En su sillón del despacho, el profesor Tejerina, tras impartir sus clases, se relajaba y manoseaba el manuscrito, quería que las yemas de sus dedos captasen al máximo la textura de aquella piel con la que estaba encuadernado. Por su cabeza pasó de manera fulminante la idea de que aquellas tapas guardasen también algún secreto. Podría ser, pero el mayor secreto estaba, de momento, en el contenido del propio manuscrito que iba a seguir leyendo.
A principios del mes de julio localizamos un pequeño puerto
natural, formado por la desembocadura de un riachuelo. Estaba muy bien protegido y presentaba una pequeña playa de guijarros negros, como todas las que habíamos visto, con un claro antes del bosque que nos pareció idóneo para montar nuestro campamento.
Desde allí, en sucesivos días, queríamos explorar varios canales, indagar en la riqueza natural del lugar y llegar hasta el océano, que no debía estar a muchas jornadas según nuestras estimaciones. Si el lugar escogido era bueno para nosotros, también lo era para los animales salvajes que habitasen la zona, tal como comprobamos el primer atardecer, al ver bajar hacia el río a varios grupos de ciervos, alces y osos pardos y negros. Como nuestra intención inicial era estar allí al menos dos semanas, acondicionamos el campamento levantando una rústica cabaña hecha con troncos. Esa fue la segunda vez que dormimos bajo techo después de hacerlo en la casa del jefe del poblado de la bahía de Bucareli. La guardia fue más relajada, no esperábamos visita pero la tuvimos. A todos nos despertó un ruido romo seguido de algunos leves gruñidos. No sabíamos qué pasaba y hubo que salir para averiguarlo. Un enorme oso pardo utilizaba una de las paredes de troncos de nuestra nueva casa para rascarse la espalda. Era tan grande y tenía tanta fuerza que incluso llegamos a temer por la estructura de la construcción. Cuando el oso nos vio no paso nada, siguió a lo suyo durante unos minutos más y luego abandonó el lugar a cuatro patas como si nada hubiera pasado. Al amanecer, Riobó y los que viajaban en su canoa, con el piloto Valeiras al mando, partieron a explorar un canal que habíamos visto antes de acampar, era un brazo de mar en dirección noroeste. Los demás nos quedamos en tierra, de lo que suponíamos gran isla, para organizar mejor el campamento, y para introducirnos hacia el interior por senderos que sin duda habían ido haciendo los animales salvajes en su ir y venir hacia la desembocadura del río y la playa. En el camino encontramos frutos silvestres, grandes prados de hierba alta, bosques de pinos, cedros y abetos, y muchos animales de la misma clase que los que vimos el día anterior, caribúes, ciervos, alces, que al principio se mostraban muy cautos, pero al ver que pasábamos de largo nos ignoraban y seguían a lo suyo, comiendo y alimentando a sus crías. Nos dirigimos hacia el este, porque en esa dirección se encontraba la colina más próxima, de unos trescientos o cuatrocientos metros de
altura, desde la que queríamos observar el horizonte. Desde allí vimos la entrada del canal que estaban explorando Riobó y Valeiras, la continuación del que bañaba nuestra playa, en dirección oeste aunque luego giraba al norte, y una isla que estaba frente a nosotros. No divisamos ningún poblado con nativos ni rastro de su presencia. De regreso al campamento, cazamos un buen ejemplar de ciervo que asaríamos esa noche. Al mediodía atrapamos con las manos varios salmones, cada uno de los cuales servía para alimentar bien a cuatro personas, pero como era tanta la abundancia comimos sin miramientos. Al atardecer hicimos un gran fuego y asamos la pieza que habíamos cazado. Nos dimos un gran banquete y dormimos satisfechos y más descansados que nunca en las semanas que llevábamos de expedición. Con el alba, continuamos con las labores de adecuación del campamento, preparando una especie de hogar para hacer fuego dentro de la cabaña, colocando más tablones y ramas en el tejado, estableciendo un perímetro de seguridad con una cuerda de la que colgaban cacerolas que nos avisasen de la llegada de algún animal salvaje, y organizando el aseo personal a gran escala, incluida la colada de una ropa que teníamos pegada al cuerpo. A primera hora de la tarde llegaron los expedicionarios y nos informaron de lo que habían encontrado. El canal era amplio, bueno para la navegación y era una entrada de mar a una desembocadura de un gran río. Muy arriba, vieron a lo lejos varias canoas de nativos que estaban pescando.
Al día siguiente, fui yo quien partió en la otra canoa con la
mitad de mis hombres. Navegamos con la vela y a veces con la ayuda de los remos por el ancho canal que avanzaba hacia el oeste y luego hacia el norte. En un momento dado, las fuertes corrientes en contra que nos encontramos nos obligaron a acercarnos a la orilla de babor para continuar remando. Estábamos cerca de un puntiagudo cabo que cortaba la corriente del norte en dos, una hacia el canal en el que se encontraba nuestro campamento y la otra hacia el sur. Después de descansar para comer y reponer
fuerzas, continuamos navegando hacia el norte por entre dos islas que nos daban cierto cobijo. Cruzamos el canal hacia estribor y al aproximarnos a la costa descubrimos un grupo de unas diez o doce canoas pequeñas con dos nativos en cada una, estaban pescando. Acorralaban un banco de peces empujándolos hacia la orilla donde otra docena de nativos, con una especie de canastos tejidos con corteza de cedro, los recogían a raudales. Cuando se dieron cuenta de nuestra presencia, estábamos demasiado cerca de ellos y no supieron cómo reaccionar. Nosotros realizamos ostensibles gestos de buenas intenciones, de amistad, abriendo los brazos, de pie en la canoa, como queriendo abrazar a nuestros nuevos amigos. Tootoosch se dirigía a ellos con las palabras de amistad de su propia lengua, mezcladas con alguna que había aprendido de otras tribus. Con cautela, éramos cinco y ellos más de veinte, nos fuimos acercando y les ofrecimos pedazos de carne de nuestras viandas. Los más atrevidos se acercaron, eran dos muchachos jóvenes que al vernos mordisquear la carne la aceptaron y comieron de ella y gritaron a los suyos alegremente. Por gestos e identificando algunas palabras, supimos que pertenecían a un pueblo no muy alejado hacia el sur, que estaban allí pescando gran cantidad de arenques y salmones para cocer los primeros y ahumar los segundos, tal como comprobamos más tarde. Nos dieron a entender que hacia el norte no había más mar, aún así, mi intención era comprobarlo. Decidimos pernoctar allí. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos, que regresaron con las canoas repletas de pescado a su poblado. Al amanecer, no estábamos solos, nos observaban desde una canoa grande repleta de nativos, con mujeres y niños a bordo. Además, había una veintena de pequeñas canoas con tres y cuatro nativos en cada una. Les pedí calma a los nuestros. Nadie va en son de guerra con mujeres y niños. Saludamos amablemente, con nuestras mejores sonrisas y los nativos descendieron a la playa. Querían tocarnos, nuestras ropas, nuestra piel, las barbas que lucíamos algunos. También les llamaron la atención los machetes y los cuchillos que portábamos. A las escopetas y pistolas no les
hicieron caso, por desconocimiento de lo que eran. Querían invitarnos a su poblado, a sus casas, pero les dijimos que no, que íbamos al norte. Tras mucho insistir, y ante la promesa de que regresaríamos y les haríamos una visita, nos dejaron marchar, pero tres de sus canoas nos acompañaron. Cada una con tres indios que se mostraron muy buenos remeros. Los dos muchachos más atrevidos del día anterior se esforzaban en una canoa guiándonos por las zonas de menos corrientes y avanzando con presteza. Con mi catalejo comprobé que, efectivamente, tenían razón y habíamos entendido bien, estábamos en un estuario sin salida al océano. Pusimos rumbo al sur para llegar al anochecer a nuestro campamento. Favorecidos por la corriente, avanzamos muy rápido pero los nativos querían que nos metiéramos por un estrecho canal donde al parecer se encontraba su poblado, como insistimos en seguir por nuestra ruta, ellos se decidieron a acompañarnos. Cuando llegamos al campamento, nuestros compañeros de expedición se preparaban para cenar. Les presentamos a nuestros amigos. Todos cenamos y disfrutamos viendo cómo aquellos nativos se sorprendían de cada cosa que veían, de nuestra manera de comer, de nuestros gestos, de nuestros utensilios y de nuestra ropa. Ellos estaban prácticamente desnudos, con los cuerpos untados de grasa que les protegía del frío pero que hacía que desprendieran un olor poco agradable. Todos dormimos en la cabaña menos los nativos que se cubrieron con pieles, que llevaban en sus canoas, y se arrimaron al fuego que se mantuvo vivo toda la noche. Afortunadamente no llovió.
Tampoco llovió la mañana siguiente. Suponíamos la
preocupación del poblado nativo por la ausencia de nueve de los suyos y por eso decidí que les seguiríamos hasta sus hogares. Incluimos en nuestro equipaje algunas cuentas de cristal, que sabíamos que les gustaban a los indios de las tribus que se habían encontrado las expediciones marítimas, para realizar algún tipo de regalo. Nos guiaron por un pequeño canal situado frente al campamento y a menos de una legua divisamos el poblado. Se
trataba de un grupo de unas diez edificaciones, algunas de las cuales estaban construidas sobre grandes pilotes de madera sobre el mar. Eran unas cien personas, quizás más, y nos recibieron entre gritos de entusiasmo, saltos y carreras de un lado a otro, sin mucho sentido aparente. Nos guiaron hacia la que debía ser la casa del jefe, hacia la edificación principal, donde nos ofrecieron una recepción. El jefe era un anciano venerable que se preguntaba quién de nosotros tenía el mando. Me adelanté y le hice entrega de un puñado de cuentas de cristal de muchos colores que observó admirado. Me demostró su bienvenida y agradecimiento entregándome un colgante de cuero y adornos de hueso de ballena, muy bien tallados con formas de animales y figuras geométricas, que el anciano llevaba al cuello y que yo me puse inmediatamente. Respondía al nombre de Kotish, igual que uno de los muchachos que nos acompañó, que era su nieto. Nos pasamos el día comiendo pescado ahumado, pescado y marisco hervidos en grandes ollas, carne ahumada y frutas del bosque, y viendo cómo danzaban sin parar y narraban historias que hacían referencia a las gestas de sus antepasados. Esa noche dormimos allí. Aún así, mantuve una discreta guardia. Riobó es verdaderamente habilidoso con las lenguas y al día siguiente ya manejaba un pequeño vocabulario. Les hicimos saber que queríamos llegar al gran mar y ellos nos pedían que no marchásemos. Insistimos en hacerlo, y ellos en preparar dos grandes canoas para acompañarnos. Lo agradecimos, porque conocían la ruta y podrían guiarnos. Quedamos en vernos al siguiente amanecer, ya que nosotros queríamos organizarnos en nuestro campamento.
Al segundo día navegando, divisamos desde lejos el océano.
Extremamos las precauciones porque no queríamos ser descubiertos por embarcaciones de otras potencias. Nosotros éramos espías. Y no tardamos en tener que ocultarnos para parecer un grupo de canoas de nativos ante el paso de una goleta con pabellón ruso que navegaba hacia el sur, muy cerca de tierra. Quizás tenían por allí alguna factoría de pieles. Los rusos habían afirmado en varias
ocasiones que sus intenciones en aquella zona no eran expansionistas sino comerciales, y esa fue siempre la impresión de nuestros navegantes, pero siempre queda la duda. También observamos a lo lejos, en varios puntos de la costa, algunas canoas con nativos y pequeños poblados de tres edificaciones, o cuatro a lo sumo. Navegamos junto a grupos de ballenas jorobadas cuyas colas eran casi tan grandes como nuestras canoas. Vimos a nuestro paso numerosas colonias de nutrias marinas y, en varios puntos rocosos de la costa, grupos de leones marinos. Durante la tercera jornada, descubrimos la factoría rusa. Estaba formada por un grupo de cabañas de troncos, dos grandes edificios de madera y una especie de embarcadero. Decidimos observar sus actividades desde tierra. Desembarcamos y caminamos hasta una colina en cuya falda estaba la factoría. Allí montamos nuestro observatorio. Nos preparamos para pasar allí varios días, por lo que organizamos un campamento al otro lado de la ladera, para que nuestros fuegos no fuesen detectados y nuestras voces no fuesen escuchadas en la noche.
En las jornadas que allí pasamos vigilando las actividades de
los rusos, vimos cómo compraban pieles de nutrias marinas que los nativos cazaban en las bahías próximas. También se acercaron dos barcos con las cubiertas cargadas de pieles que fueron desembarcadas y llevadas a uno de los grandes edificios de madera que habíamos visto, donde almacenaron los fardos. El primero de los barcos repostó agua, leña y víveres frescos y aprovechando la marea partió con rumbo sur. El segundo barco se quedó toda la noche, y sus tripulantes hicieron acopio de vodka en sus estómagos. Juraría que se trataba del Generous que, semanas atrás, había tenido el incidente con nativos en el canal. Partió con rumbo noroeste, por donde habíamos venido nosotros. Mi preocupación era que no se cruzaran con Riobó y Valeiras que se habían ido con varios de los hombres y dos canoas de indios a explorar las bahías que habíamos dejado atrás. Luego debían regresar al campamento base.
Efectivamente, parecía que los rusos decían la verdad cuando
afirmaban que su expansión por la costa noroeste era puramente comercial. No había en aquella factoría ningún destacamento militar. Todos eran trabajadores. Unos se dedicaban a cazar, otros a curtir las pieles o a almacenarlas, otros se ocupaban de la intendencia…
La llegada de un frente de lluvias y frío demoró nuestro regreso
al campamento base una semana más. Con aquellos vientos y con la cantidad de lluvia que caía era demasiado arriesgado meterse en las canoas. Cuando llegamos, nuestros compañeros de expedición estaban preocupados y a punto de salir a buscarnos. Nos contaron un hecho dramático. Cuando estaban saliendo de una pequeña bahía en la que habían pasado la noche, vieron como el Generous perseguía a un grupo de canoas grandes cargadas de pieles, que se dirigían a la factoría rusa para comerciar con ellas. Los nativos eran fuertes y remaban bien, pero con tanta carga difícilmente podrían escapar a un paquebote con la fuerza de sus velas. Desde el barco dispararon un par de andanadas para asustar a los nativos, algunos cayeron al mar, otros murieron tiroteados. Finalmente, se hicieron con tres de las cuatro canoas, porque una consiguió escapar mientras los piratas se ocupaban de la suculenta carga que habían apresado. Después de aquella masacre se dirigieron hacia el sur por otro canal. Volvieron a hacer de las suyas porque oímos más disparos. Tuvimos suerte de que no nos descubrieran también a nosotros.
Hasta bien entrado el mes de septiembre repetimos varias veces
nuestras visitas al punto de observación de la factoría rusa, tomando nota de los barcos que entraban y salían del puerto, algunos eran rusos que se dedicaban a la caza de ballenas y nutrias, y a la pesca, otros eran comerciantes con banderas inglesas, bostonianas o portuguesas. Los barcos de mayor cabotaje eran los que se llevaban las pieles a Rusia. Nos causó una grata satisfacción ver al San Carlos navegando majestuoso hacia el sur. ¿Hasta dónde habría llegado en su exploración?
El profesor Tejerina miró a su alrededor y se vio solo en el departamento. Se había ensimismado tanto en la lectura del manuscrito que no se había enterado de nada de lo que había ocurrido a su alrededor. Miró la hora y pasaban veinte minutos de las dos de la tarde. Por eso tenía hambre. Aún así, reflexionó sobre la aventura que estaba leyendo. ¡Era increíble! ¡Apasionante! Fue sorprendido en sus meditaciones por John y Peter que regresaban de comer y le traían algo de comida china.
El monte The Sisters tiene unos novecientos metros de altura. En una de sus laderas varios coches de la policía de Sitka mantenían a distancia a extraños y curiosos con sus luces rojas y azules. Dixon se preguntaba para qué tanta luz, quizás fuera una manera de mantener alejados a los osos y a los lobos, pensaba. La zona que había sido acordonada a finales del verano pasado en el lugar donde había sido hallado el cadáver del soldado español, todavía tenía bastante nieve, no era el momento apropiado para un rastreo adecuado, pero el tiempo apremiaba. La cueva del oso estaba allí, habría que mirar con cautela, no fuese a estar ocupada por sus inquilinos naturales. Entraron primero los rangers con sus fusiles cargados con proyectiles sedantes. Y menos mal, allí estaba durmiendo sus últimas horas de sueño un tremendo grizzly, un oso pardo que asustaba verlo, aunque estuviese dormido y sedado. Iluminamos la cueva con varios focos y empezamos a registrarla. Encontramos un macuto antiguo, algo desgarrado por haber sido juguete de algún osezno. En alguna ocasión se había encendido fuego allí dentro. No había nada más, a no ser que sirviese de cama al oso. El macuto tenía dentro un coy, una muda de ropa, varios collares indios, y un libro. Allen y Smith llegaron acompañados por el anticuario y por dos hombres más. Eran los que habían encontrado la escopeta, la pistola y el cuerno de pólvora. Dixon les preguntó en qué lugar habían encontrado las armas y ellos señalaron una zona situada a unos cincuenta metros, junto a unas rocas. Se acercaron allí, era peligroso porque había un barranco, justo al lado, que finalizaba en una grieta de unos veinte metros de profundidad. Buscaron una manera de acercarse a la entrada de la grieta, desde abajo, pero había que meterse en el lecho de un pequeño río. Eran necesarios trajes de vadear de neopreno. La policía local disponía de ellos. Se metieron por donde indicaba Dixon. Llegaron hasta la grieta y, ya en seco, avanzaron cuidadosamente por ella. Cuando estaban casi debajo de Dixon, en una zona muy estrecha, vieron los restos de dos esqueletos humanos. Allí estaban las dos calaveras, ambas con fracturas, también se veían los restos de unas botas de cuero, una espada corta, un cuchillo oxidado, una escopeta y una pistola. Aquel era un nuevo tesoro arqueológico que habría hecho feliz a cualquier historiador. Fotografiaron el yacimiento, recogieron las armas antiguas y solicitaron la presencia de un equipo de arqueólogos para que clasificaran los huesos y los retiraran para su estudio.
—Muchachos, aquí tenéis los doscientos cincuenta pavos que habéis pagado por las armas —dijo Dixon a Allen y Smith—. Yo se los cobraré al FBI. Son pruebas de un caso federal y pasarán al patrimonio histórico del estado de Alaska.
—Lo siento, jefe —contestó Allen.
—Lo sé. Yo también.
—Smith, ¿puedes acompañar a Allen a Seattle con todo el lote? — preguntó Dixon.
—Si usted habla con mi jefe en Juneau, encantado.
—Dalo por hecho. Te necesito, somos pocos en la unidad.
Dejando claro que la zona debía quedar precintada hasta el verano, Dixon y Gordon partieron para Anchorage. Tenían que ver al profesor Tejerina y a sus muchachos. Allí, Eri O’Connell no había perdido el tiempo. Se encontraba bien y aunque los médicos le recomendaron aislarse unos días del trabajo, de las investigaciones, de la universidad, no pudo resistirse a leer la copia del manuscrito que le había llevado el profesor Tejerina. Teniendo en cuenta los datos de que disponía por las averiguaciones realizadas por todo el departamento los últimos meses, leyó y tomó notas, buscó en mapas antiguos y actuales, y situó en el mapa un hipotético recorrido de la expedición hasta el lugar donde se encontraba la factoría rusa. Con un rotulador marcó el recorrido sobre un mapa plastificado del sur de Alaska. Al día siguiente se fue a trabajar.
Unos y otros, mantuvieron una reunión para concretar avances, para tener algo nuevo que contarle al agente especial Dixon. Entre lo dibujado por Eri sobre el mapa y los descartes de Peter y John sobre los mapas del calvario, buscaron los puntos coincidentes. Volvían a ser los situados en las proximidades de Juneau y Takatz Bay en la costa este de isla de Baranof, más o menos en la misma latitud de Sitka.
—¿Alguien ha leído el texto que figura en el calvario? —preguntó Eri —. Leído en una Biblia, me refiero.
—Yo la he leído —contestó Peter—. Es una carta del profeta Isaías.
—¿Tenemos aquí alguna Biblia? —insistió Eri.
—Yo me acerco a la biblioteca a por una —se ofreció Stauton.
No tardó ni cinco minutos. Se la ofreció a Eri y esta buscó en el índice los textos del profeta Isaías. Buscó en el Antiguo Testamento, Escritos Proféticos, Isaías.
—Si alguno de nosotros fuese cristiano practicante —dijo Eri mientras buscaba—, se sabría de memoria el capítulo y el versículo al que correspondían —y soltó una carcajada maliciosa—. Aquí está, capítulo 54, versículo 3 —y leyó una vez más el texto.
Al acabar el capítulo 54 le dijo a Peter que apuntara en su libreta de notas el capítulo y el versículo, para encontrar el texto más fácilmente.
—Me lo repites, por favor.
—Capítulo 54, versículo 3 —dijo Eri—. Parecen coordenadas. ¡Son coordenadas! —gritó al ver los mapas—. ¿Dónde está la latitud 54° 3′ Norte? —dijo, extendiendo el mapa de Alaska sobre la mesa de reuniones, sobre la que todos se volcaron como atraídos por un fuerte imán.
—Es en Canadá —señaló Peter con cierta frustración.
—Sí, sobre la costa norte de la isla de la reina Carlota —continuó Eri—. O en la isla de Lángara. ¿Coincide con alguno de los lugares aproximados de vuestra lista?
—No —respondió John, después de ojear el listado que les había facilitado Dixon—. Lo que tenemos en la isla de la Reina Carlota está situado aquí, en la costa este —dijo señalando un punto determinado.
—¿A la altura de Sandspit? —preguntó Tejerina.
—Sí, por ahí —contestó John.
Se habían hecho ilusiones con la idea de que aquellos números fuesen las coordenadas ocultas del misterioso calvario, por lo que la decepción fue grande. De todas formas, cuando mantuvieron la reunión con el agente especial Dixon y con su ayudante Gordon, comentaron sus sospechas frustradas. Aún así, Dixon tomó nota y pidió a Gordon que diese esas coordenadas al servicio de cartografía de la Sociedad Geográfica Nacional, la SGN, para que buscaran otra vez coincidencias entre el mapa del calvario y la latitud señalada. En un momento de la reunión, el agente especial Dixon mostró a los presentes un viejo libro que entregó al profesor Tejerina.
—¡El Teatro Crítico Universal, tomo I! Es una edición de 1778… ¿de dónde sacó esta joya? —preguntó Tejerina.
—¿Le gusta, verdad? Ya lo sabía. Lo encontramos en la colina The Sisters, cerca de Sitka, donde en septiembre pasado apareció el cuerpo del explorador Antonio Riobó. Estaba dentro de un macuto que incluía un coy, ropa de repuesto, utensilios personales y este libro. ¿Es bueno?
—¿Qué si es bueno? ¡Es una joya! —respondió Tejerina—. Es el primer tomo de una obra maestra escrita por un fraile benedictino llamado Benito Jerónimo Feijoo. Es lógico que le interesara a un erudito como Riobó, que había sido fraile antes que soldado, que sabía de medicina, de lenguas y de naturaleza, porque en la obra de Feijoo se habla de todo eso y de filosofía, astronomía y otras ciencias.
—Se lo dejo, para que lo analice y por si nuestro amigo Riobó dejó alguna anotación en él.
Aprovechando la estancia de Dixon en Anchorage, Eri transmitió a los presentes en la reunión que esa noche se cenaba en su casa, bueno, en casa de Laura, ya que como pronto iba a ser su cumpleaños quería hacer una fiesta.
—Bueno, no les entretenemos más —dijo Dixon—, que ustedes tienen ocupaciones. Disfruten de la fiesta.
—¿Pero qué dice? Si no le llevo a usted, Laura no me deja entrar en casa —dijo Eri entre provocando la carcajada general y cierto rubor en el rostro de Dixon.
—Yo me apunto, jefe —dijo Gordon—. No me la pierdo por nada del mundo.
Esa noche todos, absolutamente todos, se presentaron en casa de Laura con regalos para la anfitriona. Dixon llevó un ramo de flores, no se le ocurrió otra cosa. Cenaron, contaron anécdotas, rieron, bailaron al ritmo de la música que ponían unos y otros. Hubo indirectas en torno al comentario que había hecho Eri sobre Laura y Dixon y estos, en un momento dado, hablaron a solas. Fue ella quien tomó la iniciativa, Dixon le había impactado desde el primer momento y con un hombre que solo aparecía por Alaska de pascuas a ramos, o se decidía o lo perdía. Y se decidió. Y Dixon se dejó querer.
El profesor Tejerina fue el primero en llegar al trabajo. Esa mañana no tenía clases, disponía, por tanto, de mucho tiempo para seguir leyendo el manuscrito. Después se pondría con el incunable del Padre Feijoo, gentileza del agente Dixon.
Nuestras relaciones con los nativos se hicieron cada día más
estrechas. Pasábamos más tiempo en su poblado que en nuestro campamento. Lo que me preocupaba es que, en nuestra ausencia, los del Generous o cualquier otro barco de comerciantes o de piratas, tuvieran constancia de la presencia de otros europeos, desconocidos para ellos, competencia para ellos. Mientras el tiempo lo permitió, seguimos realizando exploraciones, tomando notas para el mando supremo de la flota del Pacífico y para nuestro Rey. Pero en cuanto se aproximó el invierno polar, que fue nada más empezar septiembre, tuve que tomar una decisión, o permanecer en nuestro campamento o ir a vivir en el poblado con los nativos. Antes de partir hacia el poblado, ocultamos con ramas de árboles y con troncos nuestro campamento, para hacerlo invisible desde el mar. Nos instalamos en una pequeña vivienda de madera, algo mayor que nuestra cabaña, que nos cedió el jefe Kotish. Como todas, grandes o pequeñas, estaba construida con un tejado de dos aguas y con una gran chimenea, también de madera, situada en el centro y que se abría o cerraba según las necesidades. La fachada principal estaba decorada con dibujos de máscaras, similares a los tallados en unos grandes postes de madera en los que se podían ver caras, cuerpos en rojo, de los muertos, animales como osos, lobos, ballenas y águilas. Eran muy altos y siempre
estaban coronados por una figura de persona o animal. En algunos casos, esos postes contaban la historia de alguna familia o de la tribu entera. Había muchos repartidos por la aldea y cada casa tenía uno o varios a su alrededor. De hecho, la puerta de nuestra vivienda era un pequeño orificio realizado en uno de esos postes que estaba situado en el centro de la fachada. La casa disponía de otra salida, en el lateral izquierdo según se entra, por la que también era necesario agacharse para pasar. En su interior había tres niveles, el primero, el superior, que pisábamos al entrar, era de madera y en el que se extendían las esterillas y las pieles sobre las que se dormía. En ese nivel, justo al fondo de la vivienda, justo enfrente de la entrada principal, había un escaño rodeado de dos postes esculpidos, que debía de estar destinado al jefe de la familia. El nivel superior estaba rodeado por un pasamanos. Bajando un peldaño, uno podía usar el estrecho segundo nivel para sentarse, esa era su función. El tercer nivel, el más bajo, tenía el suelo de madera en lo que era una especie de corredor rectangular para que los pies de los que estaban sentados no tocasen la tierra que ocupaba el centro, debajo de la chimenea, donde se hacía el fuego para cocinar y para calentar la vivienda. Instalamos nuestros equipajes y armamento, preparamos nuestro fuego en el centro de la casa para caldear el ambiente, y seguimos los consejos de Tootoosch y Upquesta de salir a por leña para el invierno, de cazar y pescar todo lo posible para almacenar alimentos. Así lo hicimos.
En el verano, durante los días de descanso sin salir a explorar
las bocas y bahías de la zona, dimos grandes paseos por los alrededores del poblado. Vimos glaciares y nieves perpetuas en montañas de apenas mil metros de altura. Muchos ríos con abundante pesca, mucha caza. Ahora nos enfrentábamos a un invierno en estas latitudes tan al norte. Sabíamos, por los marinos que habían explorado estas costas, que en cuanto llegaba septiembre, convenía estar lejos por la crudeza de las condiciones climáticas. Tuve una reunión seria con mis hombres para evitar relajaciones y recordarles quiénes éramos y qué misión teníamos.
Monté grupos de trabajo para que nadie estuviese ocioso, con turnos de intendencia, turnos de vigilancia diurna recorriendo un perímetro que habíamos establecido previamente alrededor del poblado, turnos en un punto de observación en una colina desde donde se divisaban las dos entradas del canal, la norte y la sur, amén de las guardias nocturnas. Los domingos, nuestro explorador Riobó realizaba una especie de acto religioso, leyéndonos pasajes de la Biblia y dándonos sermones que no sé si serían muy ortodoxos en una iglesia de España. Yo aprovechaba para recordarles a los hombres que todos estábamos sometidos a la disciplina militar y que debíamos seguir las ordenanzas. El respeto por los nativos debía ser máximo, y mucho cuidado con forzar a las mujeres. Sabía que mis hombres eran de lo mejor, con experiencia y disciplinados, pero cualquier advertencia es poca cuando la relajación y la falta de tensión afloran. Me consta que algunos de los hombres han intimado con mujeres, que se han convertido en sus parejas por largo tiempo. Los nativos del poblado pertenecían a un grupo étnico llamado Tlingit, con muchas similitudes con los nativos del puerto de Bucareli. Eran increíblemente sociables, inocentes, incluso, faltos de malicia. No estaban contaminados por la codicia y la ambición del hombre blanco. Tenían sus enemigos, otras tribus que a veces se enemistaban con todo el mundo y se dedicaban a saquear y matar a sus vecinos, pero estaban viviendo un período de paz. Eran muy receptivos y querían aprender de nuestras costumbres. Se apuntaban a todos los trabajos que realizábamos. Las patrullas que cada día salían de guardia, eran acompañadas por otros tantos nativos, los vigías de la colina tenían a su lado otros dos nativos y así todo. Algunas tardes éramos invitados a casa del jefe a presenciar diferentes celebraciones y otras veces nosotros preparábamos un gran asado de alce o de reno e invitábamos al jefe y a su numerosa familia. Así eran testigos de lo que cada noche, antes de dormir, hacía Antonio Riobó. Sacaba un libro de su macuto, escrito por el Padre Feijoo, y nos leía un pasaje que después interpretaba y explicaba.
Verdaderamente nos dimos cuenta de las dificultades que
entrañaba vivir en aquellas latitudes en invierno. No solo el intenso frío que lo congelaba todo, hasta los ríos, sino también la poca luz del sol en los días claros. De todas formas, lo que más nos sorprendió fue la presencia casi continua, noche tras noche, cuando el cielo no estaba cubierto, de la aurora boreal. Los nativos la llamaban «las luces del norte» y eran excepcionales, unas veces verdes, otras naranjas, rojas, azules, de varios colores al mismo tiempo… Eran cortinas moviéndose en el cielo de forma caprichosa pero siempre maravillosa. Hasta que nos acostumbramos, y nos costó hacerlo, pasábamos frío en el exterior de nuestra casa, mientras permanecíamos pasmados observándola.
Aunque el tiempo era muy cambiante en un mismo día, una
semana antes de Navidad parecía algo estabilizado, por eso ordené la preparación de una nueva expedición a la factoría rusa. Quería ver qué actividad mostraba en pleno invierno. La mañana en la que debíamos salir ocurrió algo que me hizo desistir de mi idea. La tierra empezó a rugir y a temblar de tal manera que nos caímos al suelo. Vimos cómo los nativos se agarraban a los árboles y nosotros hicimos lo mismo, no sin esfuerzo. Algunas casas se movían como si fuesen dados en un mesón y los altos postes decorados se zarandeaban tanto que varios cayeron sobre alguna casa causando destrozos importantes. A aquel fuerte terremoto le siguieron otros no tan fuertes durante el día, y el nivel del mar bajó bruscamente para a continuación subir tanto y con tanta fuerza que inundó el poblado, las calles y las casas. Envié al soldado Soler y a Upquesta al puesto de observación para comprobar cómo se encontraban el sargento Font, el marinero Ribas y los dos nativos que les acompañaban en la guardia. Regresaron al poblado mucho antes de lo previsto, lo cual me alarmó sobremanera. Estaban tan sobresaltados que parecía que se habían vuelto locos. Los seguí con cuatro hombres más y cuando cruzamos el pequeño arroyo para iniciar la subida de la ladera vimos la causa de su locura. El terremoto había roto el hielo y el agua fluía libre de su atadura
invernal; en el fondo, no nos mojábamos la rodilla al cruzarlo, algo brillaba con intensidad. Me quité el chaquetón de piel, arremangué la camisa e introduje mi brazo en las heladas aguas. Cuando lo retiré, en mi mano tenía una pepita de oro del tamaño de un higo. Y había muchas más. Tranquilicé a todos. Envié a Soler a cumplir su misión y reuní al cuerpo expedicionario al completo en nuestra vivienda. Muy bien, señores, les dije. Parece que la suerte está de nuestro lado y que hemos encontrado oro. No obstante, no hay que precipitarse, el invierno es muy largo aquí y cuando pasen las nieves tendremos tiempo de examinar el lecho de ese arroyo y extraer el oro que podamos transportar de regreso a casa. Que será el suficiente como para convertirnos en hombres ricos sin dejar de satisfacer las arcas de nuestro amado rey Carlos IV. Todos dieron vítores al oro y al rey. Debemos continuar con nuestras obligaciones, si cabe con más fuerza que nunca, para que cuando llegue el momento estemos en condiciones de afrontar el duro regreso a casa. Por otra parte, parece que los nativos no dan aprecio al oro, no sabemos si es por desconocimiento de su valor o por otra cosa. Son muy buena gente y debemos protegerlos de la codicia y la ambición, nuestras y de extraños. Respetémosles como ellos han hecho con nosotros. El soldado Marc Riera pidió la palabra y expuso que lo más probable era que el oro saliese a la luz gracias al terremoto, y preguntó si otro u otros terremotos podrían volver a ocultarlo. Tienes razón, le dije a Marc. Por eso mañana, si hace buen día, iremos los que no tengan guardias que realizar, a por una cantidad suficiente de oro como para satisfacer durante años las necesidades de los presentes. Todo, absolutamente todo el oro irá a parar a un saco común que en su momento se repartirá entre todos a partes iguales. La alegría fue inmensa. Al día siguiente realizamos una única expedición formada por seis hombres acompañados por el joven Kotish y tres amigos. Cogimos todo el oro que pudimos transportar sin demasiado esfuerzo y ni una pepita más. Al llegar la noche, todos se mostraban satisfechos
porque con lo que había no pasarían apreturas económicas nunca más.
Celebramos la Navidad leyendo pasajes de la Biblia y cantando
villancicos populares que nos hizo recordar Antonio Riobó. El pueblo de Kotish disfrutaba escuchando nuestras canciones acompañadas por unos instrumentos fabricados a última hora, Farelo improvisó una flauta, Fernández una pandereta y Font una zambomba. Esa noche, hablamos de nuestros lugares de origen, de las tierras catalanas, de León, de Galicia, de nuestras familias y de nuestros amigos, de compañeros de armas y de navegaciones oceánicas. Farelo, que era un artista trabajando la madera, talló un belén con San José, la virgen María y el Niño y en el pesebre colocó un alce y un reno. Resultó muy entrañable para todos.
Dejamos que entrara el año nuevo, el año 1791, y esperamos a
que hiciera el tiempo propicio para realizar la visita al observatorio desde el que controlábamos las actividades de los rusos. Cuando llegamos a nuestro puesto en la colina, tuvimos ante nuestros ojos una imagen desoladora, la mayor parte de la factoría con sus dos grandes edificios, y muchas de las casas y barracones, habían sido destruidos por el terremoto y por la gran ola. Los barcos pequeños, de diez o doce metros de eslora, estaban varados tierra adentro, a una distancia considerable de la pleamar, los restos de un paquebote asomaban semihundidos en lo que había sido el embarcadero, del que no quedaban en pie más que unos pocos pilares. Se veía poca actividad humana. Apenas unas ocho o diez personas. Después de mucho reflexionar y de discutir sobre qué era lo más conveniente con mis oficiales, Valeiras, Riobó y Font, llegamos a la conclusión de que debíamos intentar ayudar en lo posible a los supervivientes. Nosotros estábamos todos allí, éramos, por tanto, diez españoles, los dos hombres de Macuina y catorce más del pueblo Tlingit. En caso de algún tipo de hostilidad, sabríamos defendernos. Descendimos por la ladera y cuando nos aproximábamos con las lógicas precauciones, escuchamos ruido de cañones y disparos de escopetas y pistolas. Extremamos nuestra
cautela. Envié a Marc Riera y a Soler con los hombres de Macuina como avanzadilla para investigar lo que acontecía. Volvieron en pocos minutos diciendo que los piratas de la Generous habían atacado lo que quedaba de factoría, mientras unos cuantos rodeaban a los rusos supervivientes que se habían atrincherado en una de las pocas edificaciones que quedaban en pie, los demás asesinos recogían fardos de pieles que luego venderían a los propios rusos en otra de las muchas factorías que poseían más al norte. Mis hombres dibujaron un mapa de la situación y, con esos datos, organicé nuestro rescate de los rusos. Por la derecha avanzaría el sargento Font con los soldados Soler y Ripoll y los marineros Ribas y Fernández, con Tootoosch y Upquesta y cuatro arqueros del poblado. Por la izquierda atacaría yo con Riobó, el piloto Valeiras, el soldado Marc Riera y el marinero Farelo, acompañados por otros cuatro arqueros. Los otros seis nativos del poblado debían quedarse para ayudar en una posible retirada forzosa. Sorprendimos a los piratas con una primera andanada de flechas desde los dos flancos y con la mitad de las descargas de escopeta. Abatimos a los ocho que rodeaban la casa de los rusos, que estaba empezando a arder. Pero pronto fuimos descubiertos por la veintena de hombres que transportaban los fardos al barco. Los recibimos con más flechas y con más disparos de escopeta y de pistola. Varios cayeron, los demás corrieron al Generous, donde se atrincheraron. Ordené que se mantuvieran los disparos a discreción y pedí a varios arqueros que improvisaran flechas con fuego. Cuando los piratas se aprestaban a disparar sus cuatro cañones de estribor contra nosotros, cayeron sobre la cubierta del Generous varias flechas con su mensaje de fuego que pronto prendió en velas, fardos de piel y obra muerta. Desistieron y se aplicaron en apagar el fuego al tiempo que levaban anclas y soltaban amarras. Aún conseguimos asestarles algunos golpes más causándoles en total unas quince o dieciséis bajas y varios heridos. Los rusos salieron sorprendidos ante sus inesperados salvadores. Únicamente quedaban cuatro con vida. Los demás, hasta casi un centenar
habían muerto con el terremoto y el maremoto siguiente. Nueve habían sido asesinados por los piratas. Les invitamos a venir a nuestro campamento a pasar el resto del invierno, lo cual agradecieron tanto como el propio rescate, pero declinaron la invitación porque esperaban la llegada en pocos días de dos barcos procedentes de las islas Aleutianas. Eso sí, nos pidieron que quedásemos con ellos hasta entonces por si volvían los piratas. Esa noche la pasamos en la casa que quedaba en pie, extremando la vigilancia. De todas formas, a los piratas les costaría regresar porque habían tomado rumbo sur para aprovechar los vientos favorables y lo tendrían muy mal para volver por mar; y por tierra, sin la ayuda de sus cañones, éramos superiores. Por la mañana ordené la construcción de un campamento improvisado en la colina donde teníamos nuestro observatorio, algunos nativos se fueron de pesca mientras Font, Upquesta y Tootoosch salieron de caza. Por la noche estábamos a cubierto en la cabaña asando en el fuego un ciervo estupendo. Al tercer día, envié de regreso al poblado a Valeiras con tres hombres y con la mitad de los nativos. Los demás permanecimos con los rusos cuatro días más, hasta la llegada de uno de los barcos que esperaban. En ese tiempo, cultivamos nuestra amistad con ellos. Sergei Volkov era el que los demás reconocían como superior, era uno de los jefes de la empresa de pieles que los rusos habían consignado en tierra firme para llevar la supervisión de varias factorías. Gracias a él supimos que tenían otras siete más al norte, en la costa de Alaska y varias más, las más grandes, en algunas islas del archipiélago de las Aleutianas. Los otros tres hombres eran cazadores y curtidores de pieles, en tierra unas veces y en barcos otras. Nos ofrecieron todo el dinero que tenían, que era bastante, pero que nosotros rechazamos.
—¡Jefe! —dijo en voz alta Eri—. ¡Parece que se está comiendo el manuscrito!
—¡Qué susto me has dado! —contestó Tejerina.
—Ya veo que está interesante ¿no?
—Pues sí que lo está. Estos hombres vivieron emociones intensas y pasaron por peligros muy serios —continuó Tejerina.
—¿Por dónde va? —preguntó Eri.
—Me has interrumpido justo en el momento en el que los españoles socorrieron a los rusos.
—No me diga más, que ahí no he llegado yo. Venga, vamos a comer algo, que son horas.
—Es cierto. Invito yo.
—No se apure, jefe, que los chicos nos están esperando y cada uno paga lo suyo.
—Insisto. Estoy tan emocionado con nuestra suerte, me refiero a las cosas buenas que nos han pasado… ¿me entiendes, verdad?
—Vamos en mi coche —dijo Eri.
—Luego me traes de vuelta ¿eh?
—Claro, jefe. Yo también trabajo esta tarde con los chicos.
—Tú tienes que descansar y yo seguir leyendo el manuscrito — sentenció Tejerina.
Cuando llegaron de almorzar, tenían un correo electrónico de Dixon en el que informaba de que los de la Sociedad Geográfica Nacional, después de introducir los datos en el ordenador, no encontraron ninguna coincidencia entre el «calvario» y las latitudes facilitadas. Mala suerte. El profesor Tejerina se sentó en su sillón del despacho y se dispuso a continuar la lectura del manuscrito.
—¡Hasta luego, jefe! —le dijeron medio en broma sus ayudantes ante la expectativa de la desconexión del profesor durante unas horas, ensimismado con la lectura.
Los otros tres rusos, Rustan Ivanov, Piotr Jenkin y Antón
Denikin se desvivían intentando liberarnos de trabajo, era su manera de agradecer que les salvásemos de una muerte segura.
Fuimos presentados al capitán del barco ruso con honores de
héroes. Así nos acogió también la tripulación, que al escuchar el relato del terremoto y de las víctimas que había causado se apenaron enormemente y dijeron que en las islas Aleutianas
también se había sentido el efecto. Pero cuando escucharon cómo se había producido el ataque de los piratas, un barco con el que comerciaban y del que no esperaban traición, se indignaron tanto que empezaron a gritar ¡venganza! Para que su capitán les diera caza. No era aconsejable. Llevaban varios días de ventaja y podían estar ocultos en cualquiera de los muchos canales e infinidad de bahías que había en el territorio del noroeste. Además era un riesgo realizar la persecución con un paquebote destinado al transporte de mercancías.
Los rusos recogieron todos los fardos de pieles aprovechables
que aún quedaban en la factoría y se dispusieron para la marcha. Quisieron recompensarnos de nuevo y como insistían tanto, les acepté fruta, pólvora y munición para nuestras armas. Como detalle personal, el capitán me regaló una excelente pistola. Nos despedimos emocionados. Los rusos se fueron con lágrimas en los ojos. Buena gente.
La primavera de 1791 se presentó mucho mejor de lo esperado,
con frío, pocas horas de luz pero con pocas nevadas o lluvias, lo que nos permitió realizar nuevas exploraciones por la costa del Pacífico hasta los 57° Norte, siempre acompañados por nuestros inseparables amigos del poblado. Como nosotros navegábamos costeando, si pasaba algún barco hacia el norte o hacia el sur, nos refugiábamos en cualquier ensenada. Los veleros viajaban por allí bastante alejados de la costa. De hecho, siempre tuvimos que utilizar el catalejo para tratar de identificarlos. Debíamos mantener nuestra situación de incógnito en aquellas aguas pero nuestro máximo temor era encontrarnos con la Generous. Eran peligrosos asesinos y con sus cañones podrían destrozarnos. No fue así.
Con el solsticio de verano el deshielo se hizo más patente.
Volvimos al río del oro y llenamos todos los sacos que fuimos fabricando durante el invierno. Todo el oro formaría un lote común. La mitad sería para nuestro Rey y la otra mitad nos la repartiríamos. Había prohibido que nadie se llevara oro por su cuenta en bolsas o bolsillos o en el macuto. Antonio Riobó me
mostró una pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada del cuello en la que había guardado unas pepitas de oro.
La fecha de nuestro regreso a casa se acercaba y nuestros
amigos lo sabían. Se mostraban alicaídos, apenados, pues nos consideraban de los suyos. Nunca sabrán que para nosotros ellos también pasarán a formar parte de nuestros mejores recuerdos vitales. A principios de julio volvimos a escuchar cañonazos y disparos. Nuestros observadores de la colina nos hicieron señales con un espejo de que el peligro estaba cerca. Nos temimos lo peor. Varias canoas del poblado estaban en los caladeros del norte y quizás hubiesen sido ellos los atacados. Puse en marcha el dispositivo de defensa que habíamos practicado, según el cual Kotish, ante un ataque desde un barco lo que debía hacer era abandonar el poblado lo antes posible e introducirse en el bosque. Para ello, habíamos iniciado la construcción de un refugio a casi dos horas de camino, hacia el interior, junto a la orilla de un lago, pero no estaba terminado. Aún así, sería suficiente para convertirse en un refugio temporal. Nos quedamos unos veinte hombres en total para esperar a los que estuviesen pescando, si es que llegaban. Desembarcaron al norte del poblado, antes de tenerlo a la vista, donde les estábamos esperando. La Generous se acercaba lentamente por el canal. No tenía prisa ya que los indios no llevaban pieles en sus canoas. Estaban buscando el poblado para asaltarlo y robar comida, mujeres y todo cuanto de valor hubiese para traficar con ello. Uno de los nativos estaba muerto y otro herido en un hombro por una bala que le había destrozado la escápula. Sería difícil, si no imposible salvarle la vida. En la segunda canoa habían muerto otros dos nativos por el impacto lateral de un cañonazo que no impidió, sin embargo, que se mantuviese a flote y se pudiesen salvar los otros dos. Las demás canoas habían huido hacia el norte en una estratagema de división, para forzar que les siguiesen lejos del poblado. Pero no resultó. A los piratas les era más fácil maniobrar hacia el sur. Todos sabían lo que tenían que hacer y cuál era el punto de encuentro. Hacia allí
mandé al grueso de mis hombres con todos los nativos. Me quedé con Riobó, con Marc Riera y con los hombres de Macuina. En la Generous quedaban catorce hombres que al llegar a la altura del poblado descargaron varias andanadas de artillería que destrozaron nuestra cabaña, donde estaba oculto el oro, y dos casas más. Como no tuvieron respuesta, dispararon varias veces hacia el bosque, a discreción, tanto con cañones como con escopetas. Se confiaron y seis de ellos bajaron a tierra en una lancha. Inspeccionaron el poblado sin encontrar a nadie. «¡No hay nadie! —gritaban—. ¡Huyeron los hijos de puta!». El factor sorpresa jugaba a hora a nuestro favor. Buscamos un lugar cerca de la orilla, lo más próximo al Generous que pudimos y desde allí pedí a Upquesta y Tootoosch que asaetearan al capitán y al hombre que se encontraba con él, y que se dispusieran rápidamente a disparar flechas con fuego contra las velas y la cubierta. Los dos hombres cayeron heridos o muertos, no lo sé. Y las flechas con fuego consiguieron el resto. Los piratas que se encontraban en tierra corrieron hacia nosotros siguiendo las indicaciones que les hacían desde el barco, pero los recibimos con tres descargas de escopeta que tumbaron a otros tantos hombres. Los demás huyeron hacia la lancha y subieron como pudieron al barco bajo el fuego de nuestras salvas y flechas.
Aquel incidente nos obligó a quedarnos unos días más para
ayudar a nuestros amigos a terminar el poblado del lago en el que debían pasar una buena temporada. Porque los piratas volverían a vengarse. Para el regreso, había decidido bajar por un amplio canal que vimos todas las veces que exploramos la zona del Pacífico, y que se encontraba entre la gran isla en la que estaba la factoría rusa y otra, no menos grande, en la que habíamos construido nuestro primer campamento. Era exactamente el canal por el que los de la Generous habían perseguido a los nativos que habían atacado meses atrás. Nuestra decisión era arriesgada pero se trataba del único canal que nos quedaba por explorar. Debíamos darnos prisa porque el último barco español en la bahía de Bucareli
partiría el quince de agosto, a lo sumo esperarían dos días más. Los nativos nos acompañaron hasta la entrada del canal en dos canoas; por razones de seguridad para ellos no permití que viniesen más. Esta vez, fuimos nosotros los que nos emocionamos en la despedida. Dejábamos atrás a un pueblo grato, amigo de verdad. Me quedaba un mal cuerpo inmenso al pensar en lo desprotegidos que estaban ante un ataque de europeos malvados, con nuestros cañones y armas de fuego. No podía pensar en ello porque me dolía el alma.
Los vientos eran contrarios y además cuando soplaban fuerte
venían muy encañonados porque a un lado y al otro del amplísimo canal, las cadenas montañosas caían prácticamente hasta la orilla, cuando no constituían acantilados. Sin embargo, las corrientes marinas eran propicias y ayudaban a que nuestros esfuerzos remando compensasen la marcha. Tras tres jornadas sin incidentes, registramos la entrada a una gran bahía que aprovechamos para pernoctar más cómodamente que las noches anteriores. Estaba protegida del norte por un brazo de tierra de una legua o más. La playa que escogimos tenía abundante pesca y un bosque que nos permitiría poder encender una hoguera sin estar demasiado expuestos. A partir de aquel día decidimos navegar tres jornadas seguidas y buscar un lugar para descansar el cuarto día. Divisamos varias entradas de mar por estribor pero las ignoramos porque, por las cartas de navegantes españoles pioneros en esas aguas, sabíamos que entre la ensenada del Susto y la bahía de Bucareli había grandes canales hacia el norte, y tanto mi piloto Valeiras como yo sospechábamos que nuestra ruta era la correcta para llegar al punto deseado. En las dos semanas siguientes a nuestra partida del poblado de Kotish pudimos observar, fundamentalmente en las bahías, a varios grupos de nativos dedicados a la pesca y a la caza de nutrias. A algunos los saludamos en la distancia y siempre nos contestaron con los mismos gestos.
El sonido de un cañonazo y el silbido de una bala de doce libras
pasando sobre nuestras cabezas, nos dejó atónitos. Cuando miramos a popa vimos angustiados al Generous acercándose, pero
aún no estaban a tiro de escopeta. Remamos desesperadamente. Para ellos eran más complicadas las maniobras porque los vientos eran del sur, eso nos daba alguna posibilidad. Remamos y remamos mientras veíamos cómo cada tres o cuatro minutos, un cañonazo nos ponía en peligro. Teníamos que esforzarnos al máximo para encontrar una bahía, un pequeño refugio en el que desembarcar y ocultarnos. La vimos cuando estábamos al límite de nuestras fuerzas, era muy estrecha, pero también acantilada, seguimos remando hacia el interior. Nos libramos de los cañonazos por un tiempo, pero cuando poníamos pie en tierra en una playa que tenía un bosque a cincuenta pasos, una bala del doce impactó en mi canoa destrozándola y arrojándonos a todos al agua. Se hundía rápidamente por el peso del oro. La arrastramos hacia la orilla y descargamos los macutos y los sacos. El agua seguía helada a pesar de estar en agosto. Nuestros compañeros de la otra canoa corrían delante de nosotros hacia los árboles en busca de refugio. Un nuevo cañonazo acertó en la otra canoa. Nos habíamos quedado sin medio de transporte. Afortunadamente, nadie había resultado herido. Solo yo tenía un par de astillas clavadas en la espalda que me dolían bastante. Entre los árboles seguimos corriendo todo lo que pudimos para alejarnos de nuestros enemigos. A sabiendas de los sustos que les habíamos dado y de las bajas que les habíamos causado, supusimos que no se atreverían a descender a tierra muy alegremente. Cuando nos detuvimos, agotados, para tomar algo de aire, oímos los cañonazos de una batería del Generous y los crujidos de los árboles cuyos troncos eran segados de manera implacable. No estábamos lo bastante lejos. Varias balas cayeron cerca de donde descansábamos. Nos pusimos de nuevo en marcha y caminamos unas dos horas tierra adentro. Descansamos en un claro a la orilla de un lago. Mi espalda estaba ensangrentada y mi cuerpo dolorido. Riobó fue el encargado de extraerme las dos astillas y de limpiarme las heridas. Los de la otra canoa nos prestaron las mudas de ropa seca que tenían en sus macutos. No podíamos delatar nuestra posición haciendo un fuego. Buscamos ramas y
pequeños troncos y construimos una endeble cabaña. Así pasamos la noche.
A primera hora, cuando desperté, Antonio Riobó y los dos
hombres de Macuina regresaban de inspeccionar el terreno que teníamos por delante hacia el oeste. Nuestro nuevo objetivo era alcanzar el océano Pacífico para avistar desde allí alguna embarcación amiga, española o rusa y en su defecto, avanzar caminando hasta la bahía de Bucareli si es que ello era posible. Unos minutos más tarde, mientras tomábamos algo de alimento, llegó Font con los dos soldados que le acompañaron en la inspección del terreno que dejamos atrás, en nuestra huida. Los piratas habían desembarcado y nos perseguirían. Eran nueve hombres en tierra, todos con escopetas, pistolas y machetes. No nos explicábamos a qué venía tanta inquina. ¿Sabrían lo del oro? ¿Pero cómo? Si los nativos no le hicieron ni caso cuando nosotros lo recogimos. Esa idea me hizo temer lo peor al pensar en nuestros amigos del pueblo Tlingit. La ruta marcada por Valeiras y por Riobó era dura, hasta el mediodía avanzamos siguiendo el curso bastante recto de un río, pero después de comer el camino empezó a empinarse. Cerca de las cumbres todavía nevadas buscamos un lugar para acampar antes de que nos sorprendiera la noche. Escogimos la ladera contraria para poder hacer lumbre sin ser vistos. Los hombres de Macuina se apresuraron en montar un campamento, Buscaron largas varas de abedules y de otros árboles y empezaron a montar una cabaña al estilo de las que había visto en mis exploraciones de las tierras interiores de California, aquellos indios les llamaban tipis y consistían en un armazón de varas de madera colocadas en forma cónica y unidas en la parte superior y una cobertura de pieles. Tootoosch y Upquesta usaron las velas de nuestras canoas para cubrir las varas y donde no llegaban colocaron ramas de árboles y de arbustos. Acondicionaron el interior y prepararon un fuego en el centro. Esa noche dormiríamos calientes y se secarían nuestras ropas y nuestras botas. Marc Riera y Cipriano Ribas se habían quedado vigilando
los posibles movimientos de nuestros enemigos, sin suerte hasta que oscureció, porque se delataron haciendo un fuego en su campamento. Estaban más cerca de lo que creíamos. Monté guardias cada tres horas con la orden de que el que finalizase la tercera debía despertarnos. Empezamos a caminar tres horas antes del alba y a parar la marcha rozando la noche. Era agotador, pero los hombres no protestaban. Tras cuatro días con esa marcha, cruzando incluso un glaciar, subiendo y bajando montañas y cargando el peso adicional del oro, llegamos a una colina desde la que se divisaba el mar, pero lo que nos entusiasmó de verdad a todos, lo que nos devolvió los ánimos, fue que teníamos ante nosotros el pico nevado del monte San Jacinto.
Ya había oscurecido cuando el profesor Tejerina levantó la vista del manuscrito. Sus ayudantes seguían trabajando en sus respectivos despachos del departamento. Los miró y se preguntó si disfrutarían tanto como él con aquel increíble relato. Los vio entusiasmados en el trabajo, en las investigaciones sobre los pioneros españoles en Alaska y se respondió a sí mismo afirmativamente. Estaba orgulloso de haber sabido inculcarles el amor por un tema no apreciado suficientemente por la historia oficial de Estados Unidos de América; por hacerles ver que parte de su patrimonio, de su pasado cultural y geográfico, tenía acento y sangre españoles. Sí que disfrutarían con el manuscrito del capitán Ramón Caamaño.
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