Las luces del norte
Capítulo 2
El agente especial Dixon mandaba uno de los equipos de investigación del FBI especializado en casos antiguos y relacionados con asuntos históricos y culturales. Había entrado en el FBI tras haber estudiado Criminología, pero su participación en las investigaciones de un caso de asesinato, relacionado con el robo de una pequeña colección de artefactos pertenecientes a varias tribus norteamericanas, le llevó a interesarse tanto por la historia, que se graduó en Historia de América. Dixon siguió de cerca las investigaciones de su equipo de forenses con el cuerpo hallado en las proximidades de Sitka y esperó los resultados de los análisis de las diferentes pruebas, con el oro, los tejidos epiteliales, la ropa y el papel que se encontraba doblado en uno de los bolsillos del cadáver.
El caso es que fueron varios los estamentos invitados a participar en la investigación de tan preciado cadáver, fundamentalmente departamentos de algunas universidades que aportaron sus especialistas en diversas disciplinas como anatomía patológica, histología, antropología, mineralogía, etc. Entre los colaboradores se encontraban dos científicos de la PHA encargados de aportar datos sobre aspectos relacionados con el momento histórico y con las circunstancias de la presencia de aquel hombre en aquel rincón de Alaska en el período que determinase la datación de su muerte.
Los primeros resultados no tardaron en llegar. Las ropas que vestía aquel cadáver no se correspondían con ningún uniforme de ningún ejército pero eran habituales ropas de exploradores de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX. La medalla que colgaba de la cadena dio más pistas. Al tener en un lado un rostro femenino y en el otro un crucifijo, no correspondía ni a un ruso, ni a un inglés, ni a un holandés, tal vez a un español o a un portugués. La solución llegó con la visualización y lectura del contenido del papel encontrado en el bolsillo del muerto. Los de la Sociedad Geográfica Nacional que lo habían tratado en sus laboratorios, consiguieron desdoblarlo, transcribirlo y reproducirlo. Estaba escrito en castellano del siglo XVIII, era un mapa de un pedazo de costa en el que había tres cruces pintadas y un texto:
Saldréis contentos, os traerán en paz; montes y colinas
romperán a cantar entre vosotros y aplaudirán los árboles del campo.
El profeta Isaías decía: «… hinca tus estacas y alarga tus
cuerdas, porque te extenderás a derecha e izquierda; tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas».
Con toda la información de la que disponía, Dixon mantuvo una reunión con sus más estrechos colaboradores del FBI, se trataba de contrastar los datos y de urdir una hipótesis seria sobre quién era aquel personaje, qué hacía en aquel lugar y, por supuesto, las causas de su muerte.
—Este hombre —dijo Dixon— era un español vestido de paisano, con varias cicatrices por cortes realizados probablemente con espadas o con dagas en combates o peleas, lo que nos hace pensar que era un soldado, tal vez un marino, que intentaba pasar desapercibido, bien por realizar una misión secreta…
—O por ser un renegado, un desertor —apuntó el forense Gordon.
—Es también una posibilidad —respondió Dixon—. Pero lo que está claro es que este hombre no iba solo. Cuando murió fue introducido en una lona que luego fue cosida con cuero y depositada en un risco o una cueva. Los de la SGN calculan que debió morir alrededor de 1790, con un margen de cinco años de error.
—Tal vez hubiese más desertores —insistió Gordon.
—Yo apuesto más por la posibilidad de una misión secreta —dijo Allen, otro de los agentes de Dixon—. El hecho de llevar consigo una medalla religiosa y un texto bíblico en lo que parece un mapa me hace creer en ello.
—¿Crees que estaba o estaban buscando ese lugar marcado con tres cruces? —preguntó Dixon.
—Es posible. Lo que me desconcierta es que llevase consigo una bolsita con unas cuantas pepitas de oro…
—Es verdad, el gold rush de Alaska fue cien años más tarde y el de California unos sesenta o setenta —apuntó Gordon.
—¿Habrían encontrado oro los españoles? —preguntó Dixon.
—En 1792 o 1793 los españoles entregaron esa zona a los ingleses, a Vancouver —dijo Allen—. No lo habrían hecho si hubiesen encontrado oro.
—Sabes mucho de historia —repuso Dixon.
—Me informé para este caso leyendo algunos artículos que la Universidad de Alaska tiene colgados en su página Web —respondió el agente Allen.
—Cuando tengamos todas las pruebas sobre la procedencia de las pepitas de oro y más datos sobre el ADN, a qué tipo de arma corresponde la bala y los informes sobre antropología, le daremos un nuevo repaso al caso —indicó Dixon—. De momento, Allen, y ya que te gusta la historia, averigua todo lo que puedas sobre los españoles en Alaska en el siglo XVIII.
—¿Hablo con los de la PHA?
—Ellos ya colaboran con los análisis de los tejidos, no los molestes más. Inténtalo en la Universidad de Alaska. Y tú, Gordon, porque no hablas con un cura católico y averiguas si ese texto tiene algún significado especial o es simplemente una oración.
—El viernes tenemos que estar en Los Ángeles, ¿qué te parece si lo investigo allí con algún sacerdote de habla hispana?
—Muy apropiado. Entre tanto, yo voy a buscar en nuestros archivos algún caso parecido en ese entorno.
—Podías preguntarle lo mismo a nuestros vecinos canadienses ¿no crees? —preguntó Gordon.
—Sí, tal vez lo haga.
—¿Qué hay del mapa? —preguntó Allen—. ¿Se sabe a dónde pertenece?
—En la SGN lo han metido en el ordenador y lo han estado comparando con los mapas que tienen de la costa noroeste, que son muchos por cierto, y de momento no hay coincidencias.
Encarna Montes acababa de llegar a su despacho, en la facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, tras impartir dos horas de clase sobre Historia de América. Además de sus notas habituales, sobre la mesa de su despacho se encontraban varias publicaciones en las que había trabajos suyos, así como catálogos de exposiciones cuyos comisarios habían solicitado sus conocimientos en forma de trabajos divulgativos. En estos últimos casos, disfrutaba enormemente porque tenían mucho que ver con su pasión: la expresión artística de los pueblos nativos de la costa noroeste de América. En diez minutos, si eran puntuales, recibiría a dos periodistas de una productora de televisión, llamada Visafilmes, dedicada a la realización de documentales que luego eran emitidos en algunas de las televisiones públicas españolas y también en canales temáticos de todo el mundo.
Puntuales, Victorino Cañiza y Germán Aguirre, jefe de producción y director de contenidos respectivamente, se presentaron ante la profesora Encarna Montes e intercambiaron saludos de cortesía y comentarios sobre el tráfico de Madrid, las interminables obras y la facilidad para encontrar la facultad en la Ciudad Universitaria.
—Bienvenidos. Pónganse cómodos —dijo la profesora mientras saludaba a los dos periodistas—. ¿Qué les trae por aquí y en qué puedo ayudarles?
—Como ya le hemos dicho por teléfono, en nuestra productora, Visafilmes, queremos realizar una serie de documentales sobre las expediciones españolas a la costa noroeste de América en el siglo XVIII — dijo Germán Aguirre.
—Y usted es una especialista en el tema —continuó Victorino Cañiza —. Mire, estas son nuestras referencias —dijo, mientras le extendía un dosier en el que se incluía un DVD con un resumen de algunos documentales realizados anteriormente por la productora—. Ahí podrá ver qué trabajos hemos hecho y qué televisiones los han emitido o están emitiendo en todo el mundo.
—No hacía falta que me dieran referencias, he visto algún programa de ustedes en alguna tele —dijo la profesora Montes. Reconozco el logotipo.
—Lo que queremos de usted son fundamentalmente dos cosas: orientación y supervisión. Orientación a la hora de localizar la documentación necesaria para que nuestros documentalistas hagan su trabajo, y supervisión de los guiones definitivos —dijo Germán Aguirre.
—Ya sabemos que, aunque usted domina la materia, no deja de ser un trabajo que le va a ocupar su tiempo —continuó el jefe de producción—. Queremos que nos diga que sí. Y que haga una estimación económica de su trabajo.
En ese preciso momento, un hombre entró en el despacho.
—Les presento al profesor León Estrada, también es especialista en Historia de América y creo que les puede ser útil para su documental.
—Encantado de saludarles —dijo mientras estrechaba la mano de los dos periodistas.
—León y yo llevamos siete años yendo, durante nuestras vacaciones, a investigar in situ la vida de las Primeras Naciones de la costa noroeste de América, desde la bahía de San Francisco hasta Alaska —dijo Encarna.
—¡Qué interesante! —dijo Cañiza.
—Pues sí que nos puede ayudar —continuó Aguirre—. Acabamos de hacerle una oferta a la profesora Montes que podemos hacerle extensiva a usted.
—Las teles pagan muy bien —apuntó el profesor Estrada con una sonrisa en los labios—. De todas formas, y sin saber lo que han hablado con Encarna, deben saber que ella y yo estamos casados, es decir, no les vamos a pegar un sablazo.
—Estaríamos en contacto vía Internet y, en casos especiales, por teléfono —continuó Cañiza—. Deberíamos tener sus teléfonos móviles en caso de que aceptaran la colaboración. Por supuesto, al margen del tema económico, ustedes figurarán en los créditos del documental como especialistas, como supervisores científicos del mismo.
—Una extra nos vendría muy bien ¿verdad, León?
—No solo eso, estamos en conversaciones con el Decano de la facultad para ver si conseguimos algo de financiación para la próxima campaña — dijo Estrada—. Ya está bien de que hagamos las campañas en nuestro tiempo de vacaciones. Incluso las cuentas no salen nunca y acabamos poniendo dinero de nuestro bolsillo, pero sin financiación no podemos hacer otra cosa.
—Esta es una buena oportunidad para nosotros —continuó la profesora —, porque si los medios de comunicación se interesan por nuestras investigaciones, resultará más fácil conseguir fondos.
—Bueno —dijo pensativo Aguirre—. Nosotros podríamos realizar unas cuantas llamadas a colegas de radios, teles y revistas para que les hagan algún reportaje o entrevista.
—¿Harían eso por nosotros? —preguntó entusiasmada la profesora.
—Por supuesto —respondió Cañiza.
Aguirre y Cañiza aprovecharon el viaje a Madrid para visitar varios museos. En la Ciudad Universitaria se encuentra el Museo de América y ese fue su destino antes de comer. Como el día era frío y seco, característico del mes de noviembre en la capital de España, los periodistas decidieron darse un homenaje degustando un asado de lechazo en el Mesón de Aranda, acompañado por un rioja Campillo del 99. A la mañana siguiente, visitaron el Museo Naval y fueron tomando notas de piezas y ubicaciones de las mismas, para cuando fuese necesario ir a grabar imágenes a aquella institución.
En Seattle, en un despacho situado en el piso 27 del edificio de la PHA en la 4.ª Av. con Séneca Av., dos de los máximos responsables de la fundación estaban reunidos. David Chapman, director ejecutivo, miraba a través del cristal hacia el mar, veía ensimismado cómo un ferry abandonaba la bahía de Elliot con rumbo norte, su destino, seguro, era Prince Rupert, la localidad canadiense más septentrional en la costa del Pacífico, cerca de la frontera sur con Alaska. Su cara era de preocupación y apenas escuchaba lo que su director de operaciones, Barry Seldom, le decía.
—Barry, olvidémonos de momento de tanta acción…
—Tú sabes que las cosas no están yendo bien. Tenemos que hacer algo pronto.
—No debemos precipitarnos. Sigo preocupado por el robo de hace un año en San Francisco.
—Ese tema está resuelto —dijo Seldom—. Debes tranquilizarte. La aseguradora ya ha pagado.
—Ya, pero desde el museo me han informado de que los del FBI les han visitado hace un par de semanas… No me gusta que sigan husmeando por allí, da mala imagen que los policías estén entrando continuamente en nuestro museo. Nadie se va a fiar de nuestras medidas de seguridad…
—Cálmate, David —dijo Seldom—. Nuestros hombres saben lo que hacen y están bien pagados. Pero te recuerdo que precisamente por eso, necesitamos más ingresos. Debemos apostar por el tesoro de los españoles…
—No tenemos la certeza de que ese tesoro exista —dijo el director ejecutivo—. Nos basamos en rumores apoyados en leyendas y en cuentos indios.
—Y en las pepitas de oro del cadáver del español hallado en Sitka — apuntó Seldom.
—Sigue sin haber nada concreto —dijo Chapman dubitativo—. ¿Estás seguro de eso?
—Nuestros hombres del laboratorio que colaboran con el FBI dicen haberlo oído —repuso Seldom.
—No sé…
—Pues algo tenemos que hacer, nos hemos equivocado con lo de ENRON y estamos muy pelados de pasta —continuó Barry Seldom.
—De momento hay que averiguar más cosas sobre los españoles en Alaska —dijo Chapman—. Tenemos que colocar a un hombre en el departamento de Lenguas Románicas de la universidad en Anchorage e invertir en investigación tanto allí como en España.
—¿Qué te parece si enviamos a Elizabeth a Madrid?
—Muy bien, empecemos por ahí —ordenó Chapman.
—Esta operación nos va a costar buena parte de nuestras reservas…
—No me presiones, Barry —apuntó Chapman—. Vayamos con tiento. Busca a alguien para colocarle como becario en la universidad de Alaska-Anchorage, pero que esté bien preparado, y envía a Elizabeth a Madrid cuanto antes. Dile que averigüe todo lo que pueda sobre las investigaciones que desde las universidades españolas, los museos y otras instituciones, se estén realizando sobre la historia de los españoles en Alaska.
—Nos enviara informes muy pronto —dijo Seldom—. Ya sabes que es muy eficaz.
Los colegas de Aguirre y Cañiza dieron señales de vida muy pronto, tanto es así que, reportajes con los dos profesores de la Complutense, sobre los trabajos realizados en América por los dos historiadores, fueron publicados en conocidas revistas de tirada nacional, en suplementos dominicales de periódicos, amén de ser entrevistados en programas de radio. Incluso alguna televisión invitó a Encarna Montes para que hablara como «mujer emprendedora». La respuesta por parte del decanato de la facultad no se hizo esperar.
—No sé cómo lo habéis conseguido —dijo el decano—, pero la difusión que le habéis dado a vuestros trabajos ha puesto de moda la costa noroeste. Han sido varias las empresas interesadas en patrocinar las investigaciones y, sorprendeos, el Ministerio de Asuntos Exteriores va a destinar fondos y a colaborar en la organización de una exposición internacional de la que seréis los comisarios.
Los historiadores no cabían de gozo. Al salir del despacho del decano llamaron inmediatamente a Victorino Cañiza para expresarles su agradecimiento y para contarle las consecuencias que estaba teniendo la campaña de prensa que él y Aguirre habían organizado.
—Os debemos tanto —dijo Encarna—, que con vosotros vamos a colaborar con un entusiasmo inusitado y, por supuesto, sin compensación económica.
—De eso nada —contestó rotundo Cañiza—. Los profesionales pagan a los profesionales. Ese tema no es negociable. Me alegro por el esperanzador futuro de vuestra investigación.
—¿Cuándo nos vemos?
—Dentro de dos semanas, después del puente de la Constitución, vamos a Madrid.
—Nosotros, los jueves no tenemos clase. Podríamos trabajar en la facultad y después salir a comer. ¿Qué te parece?
—Muy bien. Quedamos, en principio, para el jueves día 9 de diciembre en tu despacho.
Como cada mañana, durante las dos últimas semanas, de martes a domingo, Elizabeth Vásquez entraba a las diez en punto en el Museo Naval de Madrid. Tras los controles de seguridad pertinentes, se dirigía a la sala de investigadores. Saludaba amablemente a los funcionarios, documentalistas y auxiliares, que ya se habían acostumbrado a su presencia, cubría la ficha correspondiente y la solicitud del archivo deseado, la entregaba a la persona encargada de los pedidos y, diez minutos más tarde, se encontraba transcribiendo el manuscrito que como cada día había solicitado. Leía detenidamente cada jornada de navegación del manuscrito del viaje de exploración de la costa noroeste de América del teniente de navío don Jacinto Caamaño y Moraleja, viaje realizado en el año 1792. Y, en una gruesa libreta, Elizabeth tomaba notas; más que eso, algunas veces parecía copiar exactamente el contenido de alguna página, sin omitir ni el más mínimo detalle. Y lo hacía a lápiz, por no estar permitido usar bolígrafos para evitar accidentes con los originales.
Elizabeth Vásquez era una joven norteamericana que se había licenciado en Sociología en la universidad de Oklahoma, ubicada en Norman. Se encontraba en España preparando el doctorado, gracias a una beca de la PHA. De ascendencia española, su aspecto más bien parecía nórdico, era alta, rubia, de rasgos angulosos y con la tez más que blanca, transparente. Hablaba correctamente el español pero con claro acento norteamericano y, pese a la amabilidad de los trabajadores de la sala de investigación del Museo Naval, siempre se mostró fría y distante. Nadie la había visto sonreír. De hecho, al mediodía, cuando se anunciaba el cierre de la sala y del museo, recogía todas sus pertenencias, dejaba el original sobre la mesa de trabajo y abandonaba la sala con un adiós tan rápido como sus pasos hacia la puerta de salida.
Debía de ser una mujer muy metódica y muy precisa en sus deberes, ya que durante un mes entero no faltó a su cita con el Museo Naval. Hasta que finalizó su tarea.
Ya en su apartamento, Elizabeth escaneó con buena resolución cada página que había copiado. Metió la libreta en un sobre acolchado junto con un sobre en el que incluía un informe con las averiguaciones que había hecho sobre las investigaciones de distintos estamentos sobre los españoles en Alaska en el XVIII. Escribió una dirección de Seattle en el sobre. Llamó a una empresa de mensajería y envió el paquete a Estados Unidos de América.
Cuando llegó la fecha acordada, los periodistas de Visafilmes se fueron a Madrid a entrevistarse con Encarna Montes y León Estrada. Estuvieron reunidos toda la mañana del jueves. Los historiadores, agradecidos, habían realizado un trabajo excepcional. Al contrario de lo que cabría esperar, tenían preparada una selección de artículos de revistas especializadas escritos por historiadores de prestigio, conocedores del tema desde distintas ópticas, relaciones entre europeos y nativos, culturas de los nativos, arte de las Primeras Naciones, lenguaje y simbología, aculturación, etc. Así como un resumen histórico que ellos mismos habían condensado en unos veinte o veinticinco folios, lo que no excluyó un aporte bibliográfico básico para comprender el período histórico. Más bien parecía el trabajo de un equipo de periodistas, por la capacidad de síntesis, que el de unos historiadores. Después de un descanso para un café en la animada cafetería de la facultad, entraron en la segunda parte de la preparación de la producción: el conocimiento de los lugares que habría que visitar, tanto en España como en América, para grabar imágenes. Esas grabaciones, en vídeo de alta definición, incluirían objetos, artefactos y obras de arte relacionadas con la época, guardados en diferentes museos, archivos y bibliotecas; la grabación de los exteriores de esas instituciones y de otras, como palacios, edificios civiles y religiosos, etc., amén de los espacios naturales de América que los navegantes visitaron y desde los que partieron en sus viajes de exploración. La recopilación de información fue muy exhaustiva y, en varios de los casos, incluía los nombres de las personas con las que los historiadores mantenían buena relación en museos y otras instituciones, personas que facilitarían la tramitación de autorizaciones para poder grabar imágenes de vídeo o acceder a documentación no expuesta al público, generalmente, la más abundante e interesante. Aquella jornada, que remató después de una buena comida, supuso un aporte de documentación tan grande y tan estructurado que el equipo de redacción de Visafilmes vería facilitado su trabajo en gran medida, lo que suponía no ir tan apretados de tiempo ya que sabrían dónde buscar.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, los periodistas se encontraban en medio de un monumental atasco en la avenida de los Reyes Católicos, muy cerca de su destino, el Museo de América. Allí mantuvieron una entrevista con una de las conservadoras, una mujer que les había recomendado Encarna Montes llamada Amadora Otero, una persona muy eficiente y muy amable que además era el contacto que el profesor Tejerina tenía en España.
—Tiene usted muy buenos amigos —dijo Cañiza—, nos hablaron muy bien de usted.
—Podemos tutearnos ¿no? —dijo la conservadora—, estaremos más cómodos. ¿A quién te refieres? Victorino ¿verdad?
—Sí, Victorino, me refiero a Encarna Montes y a León Estrada.
—Por supuesto, son magníficas personas. No porque hablen bien de mí, es que son muy majos. ¿Os contaron que estuvieron en Alaska y en Canadá varias veces? ¡Cómo los envidio! Sanamente, claro, les deseo lo mejor. Bueno, ¿qué puedo hacer por vosotros?, ¿queréis grabar imágenes del museo, verdad?
—Pues sí, pero no solo eso —contestó Aguirre, aprovechando el resquicio que dejó Amadora para poder hablar—. También queremos grabar imágenes de determinadas láminas que no están expuestas, así como los originales de algunos mapas, manuscritos, etc. Y nos han dicho que tú eres la indicada…
—La mejor —apostilló Cañiza—. En todos los sentidos, si me lo permites.
—Gracias, se agradece el cumplido, sobre todo cuando viene de dos profesionales como vosotros. Pues sí que me considero buena en mi trabajo y no vais a quedar defraudados.
Durante un par de horas, estuvieron recorriendo las salas del museo que se referían a la época y a los lugares relativos a la costa noroeste, tomaron notas sobre los objetos, su ubicación y número de referencia y quedaron admirados. Luego, volvieron al despacho de Amadora y esta se puso a buscar en la base de datos del museo los documentos que en principio les pudieran interesar. Finalmente, les imprimió un listado de grabados, mapas, etc., y ella se quedó con otra copia. Además, se comprometió a seguir buceando en la base de datos, con el objeto de ampliarles la información, datos que les remitiría vía correo electrónico.
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