Las mascaras del heroe
cago sobre tus ideas programáticas, que le…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Tenía que vencer mil inconvenientes para hilvanar dos frases seguidas, pero perseveraba en el esfuerzo, haciendo resonar las paredes del salón con su voz de hipopótamo sordo. Antonio de Hoyos iba vestido con un mono azul mahón, pañolón rojo al cuello y gorra Thaelmann, pero aún mantenía, junto al uniforme anarquista, como un último vestigio de su aristocracia, un monóculo inútil en medio de la oscuridad y la ceguera. Aplaudieron su alocución, y alguien gritó el lema que la CNT y la FAI habían inculcado a sus partidarios:
—¡No queremos urnas electorales, queremos la revolución social!
Lema que figuraba en su propaganda, ante las elecciones inminentes, en las que las organizaciones libertarias solicitaban la abstención. Falangistas y anarquistas coincidían en el rechazo del sufragio y en el anhelo de una revolución pendiente, aunque disintieran en la forma: mientras los falangistas aspiraban a un orden estatal en el que los individuos quedarían anulados como tales, el anarquismo exaltaba al individuo, y preconizaba la anulación del Estado. Ambas eran ideologías primitivas.
—Veo que entendéis mi mensaje —prosiguió Hoyos, pero no veía ni oía nada; únicamente imaginaba las reacciones de su auditorio—. Sólo hay un modo de abolir la propiedad y el Estado y Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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la distinción de clases. ¡Sedición y rebeldía!
Se le había desprendido el monóculo, en mitad de aquel ímpetu de locuacidad, y mostraba un ojo sin pupila, casi cartilaginoso. Mientras hablaba, Hoyos caminaba con dificultades de un extremo a otro de la sala, con el culo llagado de fístulas que eran el castigo de pasadas incontinencias. A medida que me iba habituando a la oscuridad, descubría las fisonomías de los oyentes, una clientela recaudada entre los huéspedes de Han de Islandia. Mientras descifraba sus identidades, le di la razón a Bakunin: «Sólo los que nada tienen que perder pueden convertirse en verdaderos revolucionarios».
—¡Debemos luchar por la destrucción de la sociedad establecida! ¡Y por el advenimiento de una nueva sociedad donde reine el Amor entre los hombres!
El autor de estas proclamas era, inevitablemente, Alfonso Vidal y Planas, que se había erguido con esa bravura que sólo tienen los chepuditos y los flacos; lo acompañaba Elena Manzanares, consumida como una momia.
—Me perdonaréis, pero yo no estoy por la labor. Con extremismos no se llega a ninguna parte —
se opuso Emilio Carrere, que visitaba de vez en cuando la comuna, para no perder contacto con esos galloferos que retrataba en sus poemas.
La voz de Gálvez estaba velada por una perfidia que sus compañeros de comuna quizá no advirtieron:
—No creo que tu opinión sirva de mucho, Emilio. Tú eres un burgués como otro cualquiera, escondido bajo el chambergo y la pipa. Un impostor que se finge mísero, pero que a fin de mes cobra su sueldo en el Tribunal de Cuentas. No me extrañaría que votases a la CEDA. Las acusaciones de Gálvez hallaban apoyos y adhesiones entre los miembros de la comuna. Teresa azuzó a los indiferentes; la noche le incorporaba un
perfil de virgen gótica:
—¡Ese tío marrano viene aquí con la golosina del amor libre!
Pepito y Pedrito la flanquearon, redimidos de esa costra de mugre que los acorazaba, allá en el piso de Francos Rodríguez: a falta de otras prendas de abrigo, en la comuna de Hoyos al menos se promovía la higiene. Pepito, el mayor, secundó a sus progenitores, con una insolencia sólo mermada por su estatura:
—¡Largo, mamón! Aquí no se admiten burgueses disfrazados de bohemios. Y si buscas un desahogo, te cascas una paja.
Frecuentaba los recovecos más soeces del idioma con un dominio de explorador avezado. Se había quedado algo chaparro para sus años, lo mismo que su hermano Pedrito, que lo jaleaba con una dentadura deshabitada, no sé si por los estragos de la caries o por las mudas que impone la naturaleza.
—¡Que se marche Carrere! ¡Fuera el intruso!
Hostigado y temeroso de su integridad física, esquivando los escupitajos que ya le lanzaban Pepito y Pedrito, abandonó Carrere el palacio de Hoyos. Le oí dar algún traspié en el vestíbulo, con los fragmentos de mármol que entorpecían el paso; su pipa había dejado una estela aromática.
—¡Orden! ¡Estaba hablando el compañero Gálvez!
El moderador de aquella junta o conciliábulo era Pepito Zamora, amante confeso de Hoyos desde la época de la Gran Guerra; tenía una pinta exageradamente proyecta, como si los acoplamientos con su novio (y las palizas que los macarras le propinaban, en sus arriesgadas salidas, en busca del unicornio) lo hubiesen dejado para el arrastre. Vestía igual que Hoyos, con mono azul mahón y pañolón al cuello. ¿Qué estrafalaria austeridad había transformado a aquellos hombres, partidarios hasta hacía poco de un lujo persa, en apóstoles de la causa libertaria?
—Ya habéis oído al compañero Hoyos —empezó Gálvez, una vez apaciguados los ánimos—. La República es una pantomima que se han inventado los que siempre ocuparon la poltrona. Y ahora esa pantomima se va a renovar, en las elecciones de noviembre. La farsa de las papeletas se va a repetir; a nosotros corresponde que no se repita pacíficamente. Se notaba que Gálvez había entrado ya, tras su campaña chilena, en la mitología laica y pobretona del anarquismo: los demás miembros de la comuna lo escuchaban con veneración, con cierto orgullo incluso, igual que los cachorros de Falange escuchaban a José Antonio. Teresa Juan Manuel de Prada
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sonreía con mansedumbre, y sus dos hijos, Pepito y Pedrito, se reclinaban sobre su pecho, formando un cuadro idílico; la luna entraba de rondón por las ventanas sin cristales y se depositaba en sus mejillas.
Teresa tenía el cabello de un rubio indeciso, como de madera estofada, que me hubiese gustado peinar con mis cinco dedos.
—¿Y qué propones para ello? —preguntó Pepito Zamora.
—Propongo sembrar el caos y el pánico entre los votantes.
—¿Y eso cómo se consigue? —intervino Buñuel inopinadamente, preparando ya el argumento para su próxima película surrealista.
Gálvez escrutó a su inquisidor y, cuando lo hubo reconocido, hizo lo propio conmigo, sin inmutarse. La melena, cortada con tijeras de esquilar, y la barba de cañones como alambres, lo asemejaban con un Cristo que hubiese pintado Solana.
—Se me ocurren varias ideas —repuso—. La mejor de todas, liberar a los locos del Hospital Provincial y dejarlos sueltos y armados de pistolas por el centro de Madrid. El compañero Hoyos guarda en depósito una caja de pistolas que el sindicato compró, con el dinero que trajimos de Chile.
Se hizo un silencio meditativo, que los miembros de la comuna llenaron de visiones apocalípticas.
—En las mazmorras del Hospital Provincial se encuentra, además, el compañero Armando Buscarini, encerrado injustamente por culpa de ese hombre —dijo, y me señaló con una mano—. Mataríamos dos pájaros de un tiro.
Empezó a rodar entre el auditorio el mismo murmullo hostil que había causado la deserción de Carrere. Calanda escarbaba en una esquina del salón, y sacaba de una especie de hura, apresadas entre sus colmillos, unas ratas panzudas del tamaño de conejos. Con inexplicable escrúpulo, pensé que el feto de Sara quizá correría igual suerte, si alguien no se preocupaba de enterrarlo.
—Me parece bien la propuesta del compañero Gálvez —dijo Buñuel—. Aunque yo, la verdad, no soy partidario de un terrorismo indiscriminado, sino del que elige a sus víctimas. Acabo de visitar con Fernando la sede de Falange, que está a dos pasos de aquí, y he pensado: «Sería cojonudo cargarse a estos subnormales».
Dicen que los traidores, al perpetrar su delito, sienten un remordimiento más o menos lacerante, reflejo de aquél que acometió a Judas. Lo sentirán, en todo caso, los traidores proclives a los conflictos de conciencia, no yo, desde luego:
—Si queréis atentar contra el hijo de Primo de Rivera, podéis contar conmigo —dije sin dubitación—.
Conozco de requetesobra los hábitos de los falangistas. Sé dónde y cuándo se les puede pillar desprevenidos.
La delación, que es un arte frío y nada elemental, produce, sin embargo, la misma embriaguez que las pasiones más primarias. Teresa me miraba con un rictus de repulsa en los labios: el mismo que habrían ensayado los miembros del Sanedrín, cuando Judas les fue con el cuento.
—No os fiéis de ese tiparraco. Le plagiaba los poemas a Pedro Luis —dijo. El murmullo crecía, entre los asistentes a la comuna. Hoyos, que me había reconocido, quizá porque hubiese penetrado en sus oídos inútiles un leve rescoldo de mi voz, temblaba sin rebozo, y su
corpachón se encogía, rememorando el vapuleamiento en los urinarios. Pepito Zamora, algo más entero, le reclamaba tranquilidad.
—Y también intentó robarme a Teresa. Y habló con los loqueros, para que internasen a Buscarini
—continuó Gálvez—. Creedme que, si no lo he matado, es porque su novia está embarazada de él, y no quiero que haya más niños huérfanos sobre la faz de la tierra. Buñuel ensayó un tono que no encajaba con su talante:
—Precisamente hoy su novia ha sufrido un aborto. Fernando está desolado, y enfurecido contra los falangistas, que la tienen medio presa y no lo han dejado atenderla como es debido —dijo, improvisando sobre la marcha.
El argumento del niño muerto conmovió a Gálvez, pero su piedad iba entretejida de desconfianza:
—No sé si creerte, Buñuel. Eres un mentiroso patológico. En cualquier caso, si tanto mal le han Juan Manuel de Prada
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hecho los falangistas, que no se hubiese juntado con ellos.
Los otros miembros de la comuna analizaron mi ofrecimiento con disparidad de criterios, en tumultuosa asamblea. Vidal y Planas alzó su voz palúdica para interceder por mí:
—Pongámoslo a prueba. Que sea él quien libere a los locos del manicomio. Si se porta como Dios manda, lo aceptaremos como confidente. Siempre es aconsejable tener a alguien infiltrado en un partido de señoritos.
Su dictamen fue respaldado por casi todos los presentes, que actuaban a modo de jurado irreflexivo.
Gálvez, desde el otro lado de la oscuridad, no disimuló su disgusto, aunque tampoco se opuso al parecer de la mayoría: desdobló un pliego en el que figuraba un croquis del Hospital de la calle de Santa Isabel, que extendió sobre el suelo, y reclamó una vela a Pepito Zamora, mientras exponía su plan de ataque:
—¿Veis esta galería? Aquí se alojan los locos. Éste es el barracón de incurables. Y éstas que dan al patio son las celdas de seguridad: en una de ellas se encuentra Buscarini. De las descripciones topográficas pasó a la acción propiamente dicha, en la que me reservó la parte más arriesgada. Sus instrucciones eran severas hasta la crueldad o la monotonía, tan rotundas que sólo admitían el asentimiento. Rodeado de anarquistas que olían a sudor rancio y que también escuchaban los detalles del asalto, tuve la incómoda impresión de hallarme en un lugar equivocado, esa impresión desazonante que acompaña siempre a los mercenarios, a las putas y a los correveidiles. Teresa me seguía mirando con esa repulsa que avivaba mi deseo, mientras acariciaba las melenas de su marido. Por la Castellana desfilaban, revoltosos de consignas y banderas tricolores, media docena de simpatizantes de algún partido moderado, soñadores ineptos de una democracia sin sobresaltos. Aún quedaban valedores de la civilización, rezagados que no se habían entregado al argumento estrepitoso de la violencia. Si serían gilipollas.
Octubre descendía sobre Madrid disfrazado de noviembre, con una herrumbre de días nublados, con olor de pólvora mojada y hojarascas podridas, como si el clima se hubiese propuesto desbaratar alguna revolución latente. Me había costado convencer a don Narciso Caballero de la oportunidad de juntar en una misma sesión la película de Buñuel y el discurso de José Antonio, pero al final había accedido, engatusado por las repercusiones publicitarias de ambos actos, que reunían el prestigio secreto de la clandestinidad (Falange Española aún tenía que cumplir algunos trámites para obtener la legalización) con el prestigio vociferante del escándalo (La Edad de Oro no se había estrenado en casi ningún país de Europa, por prohibición gubernativa). Las calles adyacentes a la del Príncipe, donde se hallaba el Teatro de la Comedia, habían sido acordonadas por patrullas de guardias de asalto y policías a caballo, para sofocar los disturbios que habían anunciado los partidos de inspiración marxista. Esta vigilancia exhaustiva, concentrada en los alrededores de la carrera de San Jerónimo, dejaba desprotegidas otras zonas de la ciudad que, durante unas horas, quedaron a merced de los delincuentes. Previendo esta situación, Gálvez había elegido aquella fecha para el asalto al Hospital Provincial; mi participación en dicho asalto incluía tareas de avanzadilla (yo tendría que encañonar a los celadores del manicomio) y conducción temeraria: mentiría si dijese que las afrontaba con el ánimo tranquilo.
Octubre se afilaba de fríos, se poblaba de falangistas palurdos (la secta de José Antonio ya contaba con delegaciones en provincias) que enarbolaban banderas rojinegras, miméticas de las que proponía la CNT
como enseña del anarquismo: las ideologías rudimentarias suelen coincidir en sus símbolos externos. El mitin iba a ser radiado por varias emisoras, y la película de Buñuel sería glosada por la prensa internacional. Tres horas antes de la anunciada en el programa, el teatro ya se había llenado de un público abigarrado, en el que se mezclaban señoritos rentistas, surrealistas conversos, jovencitas del Hipódromo, burguesazos con almorranas y algún terrorista cristiano. Sara se había sentado en un palco muy próximo al proscenio; la acompañaban las hermanas Primo de Rivera, parejita de vírgenes feudales: ambas se habían hecho inseparables de Sara, después de su aborto, y la secuestraban todas las tardes en la sede de Falange, para distraerle la pena que padecen las madres fallidas con labores de ganchillo.
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—Salve a las mujeres guapas —les dije, parodiando esa mezcla de casticismo y latinidad que preconizaba la Falange.
—A nosotras ni nos hables —me rechazó Pilar, pendiente del inicio del acto. José Antonio entró rodeado de sus discípulos, en su mayoría contertulios de “La Ballena Alegre”
que miraban con recelo a la multitud; en los bolsillos de las gabardinas, además de las pistolas
reglamentarias, llevaban un cargamento de almireces de cocina, con los que pensaban defenderse en caso de altercado. También Buñuel acudió al teatro con una talega de guijarros, dispuesto a lapidar al primero que pusiese objeciones a su película.
—A quien rechiste me lo cargo.
Y soltaba una blasfemia redonda, a la que su acento aragonés añadía una agresividad que iba más allá de la mención excrementicia. Gálvez, que había entrado con él, se quedó al fondo del pasillo, junto al proyector que Buñuel me había mandado alquilar; instalado sobre su trípode, armado de manivelas y bobinas de celuloide, parecía una ametralladora, más que un proyector.
—¿Tienes preparado el coche? —me preguntó Gálvez.
Se había rapado la melena y afeitado la barba, y actuaba con esa ceremoniosidad fingida que ya sólo practican los padrinos de boda y los delincuentes que han hecho del latrocinio una liturgia.
—Está aparcado a la vuelta de la esquina, con el depósito lleno. Me miró con resentimiento:
—No podemos fallar. ¿Guardaste las pistolas en el maletero?
—Las guardé. No fallaremos, cuenta conmigo.
Se apagaron las luces, ensordeciendo las conversaciones del público, y sobre la sábana que Buñuel había ordenado instalar en el escenario se sucedieron imágenes que parecían rescatadas de las alcantarillas del deseo, de esa argamasa sucia en la que se incuban los sueños y los crímenes: aparecían sobre la pantalla alacranes y cucarachas pisoteadas; obispos que rezaban sobre un acantilado una letanía ininteligible, hasta convertirse en esqueletos; pescadores tullidos; una pareja que se revolcaba en el barro; una taza de váter que contenía defecaciones y magmas volcánicos; unas vistas panorámicas del Vaticano; un peatón que se entretenía pegándole patadas a un violín; un hombre que disparaba con una escopeta a un niño, porque le había estorbado mientras liaba un cigarrillo; una joven con el dedo meñique escayolado de tanto masturbarse. La película, aunque sonora, contenía diálogos en francés que nadie entendía, lo cual aumentaba la sensación de irrealidad o estupefacción.
—Si serán cabrones: no se enteran de nada —decía Buñuel.
Se oía, de vez en cuando, el chapoteo de una vomitona golpeando sobre el suelo del patio de butacas.
En su última media hora de proyección, La Edad de Oro sustituía las secuencias inconexas por una cierta coherencia argumental: un marqués con el rostro corrompido de moscas organizaba una fiesta, en su quinta a las afueras de Roma, a la que acudían unos invitados que guardaban en el asiento trasero de su automóvil una custodia con la Hostia consagrada. La hija del marqués se enamoraba de un invitado, y lo sacaba a pasear por los jardines de la quinta: allí, empezaban a refocilarse sobre la hierba y a chupetearse los pies, en un acceso fetichista; cuando la hija del marqués y su seductor alcanzaban el orgasmo, se clavaban las uñas en los ojos, hasta hacerse sangre, y gritaban: «¡Mi amor! ¡Qué alegría haber asesinado a nuestros hijos!» La película se clausuraba con un epílogo en homenaje a Sade: cuatro degenerados salían de un castillo, después de haber permanecido encerrados en él durante ciento veinte jornadas, saciando su criminal voluptuosidad con muchachas cuyos cuerpos habían mutilado concienzudamente; uno de estos degenerados, el último en abandonar el castillo, era Jesucristo, despojado de su barba, reconocible por la corona de espinas que punzaba su frente.
Se encendieron las luces, para mostrar un público escindido: había rostros desencajados, heridos por el torrente de fotogramas blasfemos, blanqueados por esa palidez de escayola que aflige a los muertos, cuando ya se les ha cuajado la sangre; pero también había rostros entusiastas de bestialidad, que lanzaban aullidos de gozo, como si acabasen de contemplar la luz cegadora de la revelación. Buñuel, buzo de cloacas, parecía satisfecho.
—Un exitazo, Luis —corroboré—. A esta gente le has cambiado la vida. José Antonio subió al escenario, visiblemente afectado por las imágenes que acababan de Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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impresionar sus retinas, y se aprovechó de ese clima mixto de catarsis y desarreglos gástricos que reinaba en la sala. Un bosque de brazos en alto saludó sus primeras palabras:
—Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, la verdad política dejó de ser una entidad permanente. Según él, el sufragio, esa farsa de las papeletas metidas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la Patria debía permanecer o si era mejor que se suicidase. Tenía la mirada vidriosa, pero su voz sonaba firme, convicta de sus errores. Quienes lo escuchaban aún se creían instalados en la pesadilla que Buñuel había hecho desfilar ante sus ojos, como un carrusel de sacrilegios. Los aplausos que de vez en cuando interrumpían el discurso de José Antonio tenían una consistencia sonámbula.
—Para el Estado liberal, lo único importante es que en las mesas de votación haya sentado un determinado número de señores; que las elecciones empiecen a las ocho y acaben a las cuatro; que no se rompan las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de las urnas. El vandalismo de esta frase, muy acorde con el vandalismo que propugnaba La Edad de Oro, fue acogido con un enardecimiento que entorpecía la progresión del discurso. El suelo de la platea, regado de vomitonas, exhalaba un fermento agrio.
—Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: «Sois libres de trabajar donde queráis; nadie puede obligaros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas, pero, si no las aceptáis, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal».
Los señoritos gamberros y rentistas empezaron a remejerse inquietos en sus butacas: bien estaba que
se predicase la destrucción de las urnas, pero aspirar a redimir al obrero se les antojaba excesivo.
Recuperaron la tranquilidad, sin embargo, cuando José Antonio aclaró sus aspiraciones ecuménicas:
—Nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas. La Patria es una unidad total, en la que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de la Falange sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de esa unidad indiscutible que se llama Patria. Arreciaban otra vez los aplausos, efusivos como aquella exclamación que pronunciaron los personajes de Buñuel: «¡Qué alegría haber matado a nuestros hijos!»
La construcción de esa Patria iba a reclamar mártires, iba a reclamar hijos muertos en las cunetas. José Antonio chorreaba un sudor oscuro:
—Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho que la suprema jerarquía de valores reside en la amabilidad?
¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes de reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación.
Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la Justicia o a la Patria.
El bosque de manos extendidas se había convertido, de repente, en un bosque de manos que empuñaban armas y apretaban los gatillos, dispuestas a saltarse el trámite previo de las palabras.
Sonaron las primeras detonaciones, con alegría de pirotecnia o verbena popular, y las balas se alojaron en el techo, como un granizo inverso. Gálvez, en medio del estrépito, nos tocó en el codo, a Buñuel y a mí:
—Vámonos. Es el momento.
Obedecimos, venciendo la curiosidad que nos retenía en el pasillo. Imaginé que don Narciso Caballero estaría lamentando los destrozos y maldiciéndome como responsable de los mismos. Ante la entrada del teatro, se arremolinaba una muchedumbre, apenas contenida por los guardias de asalto, que rugía al escuchar el diluvio de balazos:
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—¡Que vengan a vaciar los cargadores aquí, esos fascistas!
—¡Eso, que vengan aquí, si tienen cojones, a ver quién se cansa antes de apretar el gatillo!
Y asomaban también sus pistolas entre los harapos, y disparaban al cielo de octubre, como quien escupe a Dios, a sabiendas de que va a mojarse con su propia saliva. La oratoria de José Antonio se propagaba por cada esquina, entraba en la paz doméstica de cada hogar, se reproducía en cada receptor de radio y resonaba en el aire, nítida a pesar de las interferencias: «Nosotros no vamos a disputar los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y, en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas».
Pero lo que verdaderamente se presentía era una noche que helaba las tripas. Montamos los tres en mi Elizalde, que nos aguardaba a la vuelta de la manzana, y conduje con esa vigilancia tensa que reclamaba José Antonio, con esa vigilancia fervorosa y segura que reclamaban las calles, alfombradas de octavillas.
Los neumáticos dejaban un arañazo de goma en cada curva, y los faros auscultaban las tinieblas con barreduras de luz. Buñuel, sentado sobre la palanca de cambios, entre Gálvez y yo, se bamboleaba a derecha e izquierda.
—¡Ha llegado la hora de la sangre! —gritaba—. ¡La dialéctica de los puños y de las pistolas!
Nuestro sitio estaba allí, al aire libre, arma al brazo, junto al edificio del Hospital Provincial, a la sombra vertical de su fachada. Gálvez bajó del automóvil con esa agilidad que le proporcionaba su experiencia anterior de asaltante de bancos.
—¿Listos? ¡Adelante!
Gálvez se había anudado un pañolón rojo y negro al cuello, como si esos colores, simbólicos de la acracia, contribuyesen a dejar impune su fechoría, o la revistieran de justificaciones ideológicas. Al bedel que custodiaba la entrada, un anciano erosionado por la vigilia, que escuchaba en su receptor de galena la retransmisión del mitin de la Comedia, le adujimos razones infalibles:
—Tenemos ingresado a un hermano moribundo. Ya le han dado la extremaunción. El anciano nos franqueó el paso sin necesidad de prolijas explicaciones: toda su atención se concentraba en las interferencias que brotaban, con un crepitar de hoguera, de aquel receptor, llenando el vestíbulo del hospital de una música sin melodía.
—¡La dialéctica de los puños y las pistolas! —gritaba Buñuel, con un vozarrón que reverberaba en los pasillos y penetraba en el sueño de los internos, como una aguja candente. El Departamento de Observación de Dementes se hallaba en el ala norte del edificio, donde las inclemencias del cielo más mella hacían en la piedra y en la carne hacinada que había detrás de la piedra. Yo encabezaba el asalto, siguiendo las instrucciones de Gálvez; cuando me salió al paso un celador de aspecto simiesco no invoqué otra excusa que la exhibición de mi pistola.
—¿Están locos? Esto les va a costar caro.
Los pasillos estaban forrados de azulejos en los que se reflejaba la luna, multiplicándose con un diminuto temblor, como sobre el agua de un charco que alguien acaba de pisar; en las junturas de los azulejos se sedimentaba la mugre, delatando unas labores de limpieza poco exhaustivas. Encañoné con la pistola al celador; dentro de mis sienes, sentía una extraña pululación, como si allí
se me hubiesen instalado dos corazones supletorios que bombeaban sangre sin descanso.
—Déme las llaves —ordené—. Las de los barracones y las de las celdas. Todas. El celador debió de juzgar inverosímil o absurda nuestra misión, porque tardó en reaccionar.
—Ya lo ha oído —intervino Gálvez, agarrándolo por las solapas del batín—. Venimos a liberar a los locos.
Buñuel le clavó al celador el puño en la boca del estómago, dejándolo por un instante sin respiración.
Obediente a la dialéctica de la violencia, el celador me tendió el manojo de llaves, mientras boqueaba, incapaz de administrar su aire.
—Nosotros te cubrimos las espaldas —dijo Gálvez.
Los barracones de los locos se extendían en hilera, como mazmorras sin luz ni ventilación, antesalas del infierno con un olor a letrina y aguarrás que abofeteaba las narices. Los locos, postrados en sus jergones, emboscados en una barba de diez o quince días, rebozados en su propia Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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mierda, me miraban sin comprender desde el otro lado de la noche.
—¡Sois libres! ¿A qué esperáis para salir?
Tardaron en asimilar mi ofrecimiento, pero finalmente reptaron hasta el pasillo, farfullando palabras de un idioma inconexo, braceando como monstruos que padecieran parálisis. Bajo la maraña de cabellos que les entorpecía la mirada, se atisbaba una piel traslúcida, comida de herpes y hematomas, de llagas purulentas y venas como varices. Parecían legiones de ultratumba, con aquellas uñas astilladas y aquellos andares bamboleantes y aquellas ropas andrajosas que apenas acertaban a taparles los colgajos genitales.
Rodearon a su celador y se abalanzaron sobre él, como ejecutores colectivos de una venganza, mientras Gálvez y Buñuel actuaban de convidados de piedra. Los alaridos del celador quedaron sofocados por el silbato de otros celadores, que habían escuchado el alboroto y daban la señal de alarma.
—¡Date prisa! —me apremió Gálvez—. ¡Abre las celdas!
Volví la cabeza, para contemplar por un segundo la carnicería que los locos perpetraban sobre aquel celador que durante años los había tratado con saña. Lo mordían con unos dientes apenas humanos, afilados por el hambre, y le arrancaban bocados de carne, tiras de piel, exponiendo a la luz quirúrgica de la luna los músculos fibrosos, la minuciosa geografía de los vasos sanguíneos, el laberinto de los intestinos, que se derramaron sobre el suelo con un serpenteo blando. La sangre se extendía como una joya líquida, y los locos se empapaban en ella. Gálvez y Buñuel contemplaban el holocausto fascinados de horror, más o menos como yo, aunque tuviese que centrar mi atención en las cerraduras, que casi nunca aceptaban la llave que yo les había asignado. En aquellas celdas, mínimas como nichos, de paredes forradas con almohadones, encerraban a los enfermos incurables, a los orates más belicosos o vociferantes o proclives a infligirse coscorrones. Mucho más vitales que sus compañeros de los barracones (quizá porque la soledad estimula los sentidos), abandonaban su calabozo, escurriéndose por el hueco de la puerta, y se sumaban al festín de los otros, abrevaban en el charco de sangre y hundían la cara en las vísceras todavía palpitantes, como ladrones de karma. Llegaban los primeros celadores, armados tan sólo de porras y garrotes, pues los alborotos que promovían los internos no solían requerir, para su represión, de instrumentos más contundentes; cuando comprobaron que el motín se desarrollaba fuera de las celdas y barracones, cuando comprendieron que los locos habían sido liberados por aquellos desconocidos que apuntaban con sus pistolas, cuando repararon en el banquete caníbal con que se estaban regalando los amotinados, huyeron, para no correr la misma suerte que su compañero. Armando Buscarini ocupaba la última celda, al fondo del pasillo; el cautiverio había alargado sus greñas, había embellecido su esqueleto, si es que la desnutrición embellece. Tardó en reconocerme: parecía como si mirase a través de un vidrio esmerilado.
—¡Vamos, imbécil! ¡Eres libre!
Apenas podía sostenerse en pie. Los demás locos se disputaban aquella carroña en la que aún quedaban, como dos últimos vestigios de vida, unos ojos que se habían olvidado de parpadear. Gálvez y Buñuel se habían tapado las narices para evitar el olor a matadero, y disparaban al techo, para reclamar la atención de los orates, dispersa entre el barullo de tripas.
—¡Hay que salir de aquí! ¿Entendéis lo que os digo? —se esforzaba Gálvez—. ¡Hay que escapar, antes de que llegue la policía!
Aunque no entendieron el mensaje de sus palabras, entendían el tono de alarma que las impregnaba, y echaron a correr detrás de Buñuel y de Gálvez y de mí, con esa agilidad entumecida que tienen los muertos, en el día de su resurrección. Los enfermos del hospital, sobresaltados por el jaleo, habían salido de sus habitaciones, y contemplaban la huida de los locos, aquel ejército agarrotado que corría en pos de su libertad. Buñuel sembraba el pavor con sus risotadas, y siguió disparando hasta agotar el cargador.
—¡Viva la dialéctica de los puños y las pistolas!
El hospital se había quedado sin vigilancia ni tripulación, como una nave a la deriva. En el vestíbulo, el receptor de galena que el anciano bedel había olvidado llevarse, repetía machaconamente el discurso de José Antonio: «Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho que la Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad?» Los locos salieron a la calle en desbandada, inermes ante la noche que los recibía en su gran barracón sin paredes. Gálvez abrió el
maletero de mi Elizalde y repartió las pistolas que durante años habían permanecido escondidas en el palacio de Hoyos y Vinent. Los locos las recibían en respetuoso silencio, como una eucaristía que aún necesitase la consagración del fuego, y escrutaban sus cañones como si de catalejos se tratase. Buñuel los adiestraba en los rudimentos de su manejo:
—Se cogen así, por la culata. Y se disparan apretando el gatillo. Se oía, a lo lejos, la sirena de un furgón policial. La noche era clara, coronada por un mapamundi de estrellas, como había proclamado José Antonio en su discurso. Gálvez los adoctrinó:
—Y ahora, dispersaos por la ciudad, y no os dejéis apresar. Defendeos con las pistolas. Y si alguien os pregunta el nombre de vuestros libertadores, decidle que fueron los anarquistas. Decidle que en la sociedad del futuro no habrá hombres sujetos con cadenas. Los locos asentían, con los belfos embadurnados de sangre, a las recomendaciones de Gálvez. Se alejaron, absortos en su recién adquirida libertad, caminando por las calles que pronto refrescaría la manguera municipal, errabundos como cadáveres en busca de su tumba. Sólo Armando Buscarini se había quedado junto a nosotros, desmadejado sobre el capó del coche. Gálvez lo tomó de los hombros y lo zarandeó:
—¿Es que no me conoces, hermano? —le preguntó, con una voz que ya se amortiguaba de lágrimas.
Buscarini parpadeó desde el fondo de su inconsciencia, intentando apartar las telarañas que velaban su entendimiento.
—¡Pedro Luis! —atinó al fin, correspondiendo con sollozos al llanto apenas contenido de su amigo.
Se fundieron en un abrazo que duró hasta que el estruendo de las sirenas nos advirtió de la proximidad de la policía. Fue un abrazo expiatorio, como la lluvia o el bautismo, uno de esos abrazos que sirven para absolver todos los pecados que un hombre haya podido cometer en su vida.
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IV
Se celebraron las elecciones, mientras los locos del Hospital Provincial repartían balas sin demasiada puntería por los barrios extremos de Madrid, como ángeles deficientes a los que Dios hubiese encargado la destrucción de una ciudad. Venció, previsiblemente, el bloque de las derechas, que reunió el voto de los caciques rurales, la aristocracia desposeída, las beatas de toda edad y condición y las clases medias, más la incorporación anecdótica de las monjas de clausura, que se escaparon de los conventos, contraviniendo sus ordenanzas, para meter la papeleta en la urna. Los partidos de izquierdas culparon de su derrota a las mujeres, a quienes consideraban cautivas de las enseñanzas que recibían desde el púlpito; los más milagreros o supersticiosos atribuían la responsabilidad a las monjas de clausura, cuyos votos —
aseguraban— se habían multiplicado dentro de las urnas, como aquellos panes y peces de antaño. Otras explicaciones menos machistas o sobrenaturales invocaban como razones del descalabro la represión de Casas Viejas y la división interna de las izquierdas, así como el abstencionismo que la CNT había inculcado entre los campesinos.
José Antonio resultó elegido diputado por la circunscripción de Cádiz, donde aún se veneraba la memoria o el fantasma de su progenitor: fue, pues, el apoyo de los nostálgicos lo que le proporcionó su escaño, y no el voto de los afiliados a Falange, en su mayoría jovencitos sin derecho a sufragio. En un artículo titulado La victoria sin alas, José Antonio, tras comparar las urnas con el bombo de la lotería, desprestigiaba el triunfo de las derechas, recordando que en muchas provincias se había quedado sin votar hasta el sesenta por ciento del censo: «Una orden dada a tiempo por los sindicatos, una movilización general de masas proletarias, hubiera producido la derrota de quién sabe cuántos candidatos de derechas. Los obreros lo sabían y, sin embargo, se han abstenido de votar. Hay que estar ciego para no ver bajo ese desdén la amenaza terrible hacia quienes se consideran vencedores».
Existía, en efecto, un desdén —compartido por fascistas y anarquistas— hacia el Parlamento, las elecciones y las actas de escrutinio, una aversión sin resquicios hacia la pantomima de los partidos triunfantes. «Las paredes blancas de los pueblos —continuaba José Antonio— se ensangrentan de imprecaciones: “No votes, obrero. Tu único camino es la revolución social”. Y unos grabados tormentosos, oscuros, con tenebrosa calidad de aguafuertes, presentaban figuras famélicas con inscripciones como ésta debajo: “Mientras el pueblo se muere de hambre, los candidatos gastan millones en propaganda. ¡Obrero, no votes!”»
Ruanito, recién dispensado de su corresponsalía en Berlín, no entendía este abstencionismo proletario, sobre todo cuando lo comparaba con las adhesiones hitlerianas a las que acababa de asistir (adhesiones que, en el fondo de su alma frívola, encontraba chabacanas, como todo lo relacionado con la clase obrera).
Durante su estancia en tierras alemanas, en vez de enviar crónicas sobre la apoteosis nazi, se había dedicado a entrevistar a los príncipes de la dinastía Hohenzollern, y a contar sus matrimonios morganáticos, sus achaques y diarreas, en un ejercicio de devoción monárquica que debieron encontrar excesivo incluso los regentes de ABC. Había vuelto algo demacrado, envejecido de arrugas que le otorgaban un aspecto de espadachín crápula y touché; frisaba en la treintena, pero su delgadez, habitada de bichos interiores y esqueletos demasiado nítidos, anulaba todo vestigio de juventud. Padecía, junto a las enfermedades derivadas de sus excesos, la enfermedad del miedo, que avejenta mucho y retarda la formación de espermatozoides: en la redacción de ABC, a su vuelta de Alemania, le aguardaban varios anónimos amenazantes, en los que se le llamaba “cochino fascista”, por haber insultado en sus artículos a varios líderes Juan Manuel de Prada
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republicanos y haberse atribuido (siquiera por omisión) un papel fundacional en la Falange, papel que, por otra parte, no le correspondía.
—Cualquier día me darán una paliza y me dejarán medio tullido —lagrimeaba—. Yo necesito un guardaespaldas.
—Pídeselo a José Antonio —le decía yo, con sarcasmo o calculada crueldad—. Él te proveerá, como hizo conmigo.
No olvidaba yo (el rencor es una modalidad fértil de la memoria) el mal trago que José Antonio y su pandilla de comulgantes me habían hecho pasar; no olvidaba la humillación de “La Ballena Alegre”, cuando Sara había tenido que interceder por mí, mercadeando con un embrión humano que luego se malograría. Ni Ruanito ni yo militábamos en Falange; ambos figurábamos como adheridos, una categoría reconocida por los estatutos de la organización para miembros «que no aceptan de un modo resuelto consagrar su entusiasmo más activo a las tareas de nuestro movimiento». Adherido, pues, era un eufemismo por reticente.
—A mí no me gusta comprometerme con nada ni con nadie —se justificaba Ruanito. Esta máxima la había aplicado en sus relaciones con las mujeres (una en cada puerto o esquina) y con los periódicos (su firma se tambaleó entre varios), y también en sus amistades, bastante fluctuantes. Ruanito se costeó un matón, un tal Fabián, que había sido chulo de chirlatas y sicario de la patronal, y que para entonces, apaciguado de violencias pretéritas, parecía un carnicero jubilado, tristón y con accesos de ensimismamiento.
—Oye, César, ahora que tienes a Fabián de escolta, voy a llevarte a la comuna de Hoyos y Vinent.
—Tú estás loco, nos matarán.
—Qué va, tengo a Buñuel de valedor. Verás a viejos amigos.
Nos acercábamos por las tardes hasta Marqués de Riscal, a recoger a Sara, que tejía calcetines y bufandas para los cachorros de José Antonio, y les llevaba medicinas y viandas a las cárceles, como una samaritana que así combatiese sus propios desconsuelos. Ya habían caído los primeros mártires de la Falange, niños apenas púberes a quienes José Antonio encargaba la distribución de propaganda y semanarios del movimiento por las barriadas obreras. Nadie había reivindicado estos crímenes, aunque José Antonio prefería, por esa necesidad que siente todo político de proyectarse en antagonistas reconocibles (el antagonista sin rostro no existe), atribuirlos a bandas comunistas o libertarias, o a mercenarios subvencionados por el Gobierno. Sólo yo sabía que los autores de aquellas primeras bajas eran los locos evadidos del manicomio, que por la noche patrullaban las calles de Cuatro Caminos y Tetuán, imponiendo una justicia arbitraria, sin filiación ideológica, que incluía por igual al falangista, al sereno o a la criada que escapaba a la verbena, aprovechando que sus amos dormían.
Las emisiones de radio y las páginas de sucesos de los periódicos especulaban con la identidad del malhechor o malhechores, adjudicándoles unas peripecias biográficas que participaban del folletín y mantenían a la población entretenida. Los cachorros de José Antonio, impermeables a la histeria general, se internaban en los barrios obreros y retaban a gritos a ese adversario espectral que, de repente, les respondía, arreciando desde los tejados con un tiroteo cruzado. De este modo, Falange engrosaba su lista de caídos con una remesa de cuerpos adolescentes que algunos chistosos emplearon como argumento para atribuir un nuevo significado a las siglas del movimiento:
«Funeraria Española». Se le reprochaba a José Antonio, desde los periódicos, la indefensión en que había dejado a sus animosas juventudes, y se había acuñado el término “franciscanismo” para referirse a un fascismo pacifista, bobalicón y literario que, en lugar de vengar a sus víctimas, las enterraba con oraciones fúnebres.
—Algunos afiliados reclaman represalias fulminantes. ¿Vosotros qué opináis? ¿Debemos comportarnos como una organización de delincuentes? —nos preguntaba José Antonio. Había una sincera perplejidad en sus palabras, un desvalimiento de grumete que navega sin brújula y no disimula su inepcia.
—Tú mismo dijiste que Falange recurriría a la dialéctica de los puños y las pistolas cuando el adversario no quisiera escuchar otros argumentos —le dije.
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—Ahí está el problema —se quejó—: ¿quién es el adversario? ¿Los anarquistas? ¿Las juventudes del partido socialista? ¿Los pistoleros del Gobierno?
Fabián, el guardaespaldas de Ruanito, adujo, con sabiduría ecléctica:
—Pues se mata a todos, y santas pascuas.
José Antonio reprimió una mueca de asco; había recibido una formación católica, apostólica y romana:
—Me resisto a que mis muchachos se conviertan en rufianes. Aguantaré un poco más. Para los falangistas, la muerte es un sacramento heroico, cuando la recibimos en acto de servicio.
—No creo que digas eso cuando te maten a ti.
Encajaba las burlas como una penitencia, compungido y cabizbajo. Sara, contaminada por ese espíritu de paz hogareña y camaradería que se respiraba en la sede, salió en apoyo de José Antonio:
—Eres injusto con él, Fernando. Ha demostrado que es un hombre valiente, viajando sin escolta por toda España. La valentía no se demuestra con exhibiciones de violencia. Y, sin embargo, ese exhibicionismo había resultado muy eficaz, desde el origen de los tiempos, para mantener la hegemonía masculina:
—Tú te callas ahora mismo, imbécil, que nadie te ha dado vela en este entierro. En la sede de Falange olía a pobreza decente, a capillita reservada al culto de un santo maricón. Resultaba más gratificante el
olor a intemperie o a carne hacinada que reinaba en la comuna de Hoyos; aquel caserón, aclimatado como asilo de bohemios incurables, seguía acogiendo en sus dependencias a los náufragos de todas las tormentas poéticas, a los enfermos de fracaso, a los visionarios de una utopía libertaria que les ayudaba a llevar con decoro sus andrajos. Buñuel seguía pernoctando allí, a la espera de un préstamo materno, que le permitiría dedicarse a producir películas folclóricas (del surrealismo al folclore hay apenas un paso).
—Hombre, Fernando, veo que traes compañía. Aquí se acepta a todo el mundo —decía. El suelo estaba cubierto de colchones, comprados a peso en cualquier almoneda, sobre los que se desparramaban algunos miembros de la comuna, incapaces de mantenerse en pie; sus fisonomías, estragadas por el hambre o el agotamiento, tenían una expresión entre esperanzada y doliente, más o menos la misma con que los pintores de sacristía retratan a las ánimas del purgatorio. Saltábamos el obstáculo de los colchones como quien vadea un río saltando de piedra en piedra; algunos tumbados escrutaban con ojos convalecientes de penumbra los muslos de Sara, hasta la cenefa de las bragas.
—Pasad por aquí.
Buñuel nos guió hasta una especie de retrete desmantelado, que antaño había cobijado griferías doradas y azulejos bruñidos de esmalte, y que había ido perdiendo sus tesoros (seguramente empeñados en algún montepío, o vendidos en el Rastro), hasta mostrar unas paredes esquilmadas, de las que asomaban unas cañerías retorcidas y unas baldosas que no se quedaban quietas en su rectángulo de suelo. En medio del retrete, sentado en cueros sobre un barreño de latón, estaba Armando Buscarini, chapoteando con las manos en el agua jabonosa. Teresa le frotaba con una esponja los sobacos peludísimos, el armazón de sus costillas, apenas tapizado por un pellejo sucio, las rodillas que asomaban como redondeles de mugre sobre la superficie del agua. Buscarini sonreía bobaliconamente, con derramamiento de saliva por las comisuras de los labios, mientras Teresa lo bañaba; su glande, desalojado del prepucio como una flor submarina, demostraba que, pese a todo, seguía teniendo erecciones.
—Armando, no te pongas cachondo, que me voy a enfadar.
Gálvez le revolvía las melenas, amenazándolo con un cachete amistoso, y lo despiojaba con aplicación, como enfrascado en una cacería diminuta. Buscarini miraba a Sara, con ojos que buceaban en el pasado, tratando de rescatar, entre la escombrera de su memoria, un cuerpo desnudo que había contemplado muchos años atrás, entre las frondosidades del Campo del Moro, junto al Palacio Real, cuando Gálvez y él nos expoliaron.
—¿La recuerdas? —le preguntó Teresa.
El glande le crecía, al compás de la memoria. Vencida por una deplorable debilidad, Sara le apartó el pelo de la frente y le acarició la cicatriz que le rubricaba una sien, como recordatorio de una paliza en la que ella misma había participado, y no pasivamente. Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe
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—¡Pobre niño poeta! Si supieras cuánto me arrepiento de lo que te hicimos... Tanto ternurismo (ese delito de la bondad) se me antojaba intolerable. Ruanito se me anticipó en el reproche:
—Se lo tenía bien merecido. Y fuimos demasiado blandos con él. Todavía agregó alguna circunstancia grosera; bastó, sin embargo, que Gálvez le pusiera una mano sobre el hombro para que toda su osadía se disipara. Como último recurso, Ruanito volvió la cabeza, en busca de Fabián, su guardaespaldas, que estaba recostado sobre la pared, como un atlante con reúma.
—Lo siento, señorito —se disculpó, encogiéndose de hombros—. He tenido que empeñar la pistola, para llegar a fin de mes, y yo sin pistola no opero.
La estolidez del matón encorajinó a Gálvez, que tomó a Ruanito de la corbata, desbaratándole el nudo:
—Mira que te tengo ganas desde hace tiempo, no me calientes los cojones. Su rostro, dificultoso de una barba que ya le crecía blanca y de arrugas nada triviales, era casi el de un anciano, pero aureolado de algo que lo hacía imperecedero, quién sabe si inmortal. Entraron en el cuarto de baño unos cuantos niños, entre quienes se contaban Pepito y Pedrito (pero el diminutivo ya no se adecuaba al mayor, que atravesaba una pubertad siniestra, como demostraban sus manos, sarmentosas de masturbaciones), y Gálvez abandonó su presa, impelido quizá por ese resabio burgués que aún les queda a los libertarios, una vez eliminados todos los convencionalismos sociales, y que consiste en ocultar a los niños las pasiones virulentas de los mayores, como si de este modo fuesen a preservar su inocencia.
—Papá, Alfonso nos ha hablado hoy de Salomé. ¿Tú sabías que mandó cortar la cabeza de Juan el Bautista? —preguntó Pedrito, el pequeño, algo acongojado por el pasaje de la decapitación. Pepito, en cambio, sonreía, atrapado por una voluptuosidad masoquista que, sin duda, había heredado de su padre.
Gálvez había elegido a Alfonso Vidal y Planas para que explicara a los niños de la comuna las fábulas del Nuevo Testamento, con la encomienda de que procurara despojarlas de toda connotación trascendente. Gálvez quería organizar en el palacete de Hoyos una escuela libertaria, donde se impartieran las disciplinas clásicas, con excepción del catecismo que se inculcaba en los colegios de curas y la formación cívica que hacía de la enseñanza laica una fábrica de animales domésticos: así, los niños crecían sin Dios, sin patria y sin amo, como quería Kropotkin. Había reclutado los maestros entre los miembros de la comuna (él mismo explicaba «Historia de las revoluciones»), o entre antiguos compadres en la cofradía de la bohemia.
—Mejor es que a uno le corten la cabeza, como a Juan el Bautista —dijo Buscarini, paranoico perdido—, que no tenerla plagadita de gusanos, como me ocurre a mí. En el hospital me pusieron muchas inyecciones, y en cada inyección me inocularon un germen. Y luego ese germen se convirtió en gusano, y empezó a roerme el cerebro, y ahí sigue, comiéndome la inteligencia. Vosotros no sabéis lo que duele que te coman la inteligencia. Al hablar, cabeceaba a un lado y a otro, y bizqueaba, quizá involuntariamente,
como un pelele mal equilibrado. Teresa lo interrumpió:
—Anda, Armando, cállate, que vas a asustar a los niños, y luego sueñan por la noche. Iba vestida con un mono azul mahón, que era el uniforme epiceno de los anarquistas (así las mujeres no tenían que preocuparse de que los tumbados del pasillo les otearan las bragas, al brincar sobre los colchones); el tejido, de una rudeza próxima a la arpillera, no se adaptaba a sus caderas, sino que quedaba enhiesto a ambos lados, como sujeto por el almidón del aire: aun así, le favorecía, sobre todo por detrás, donde la costura central buscaba el cobijo de las nalgas. Buscarini se irguió sobre el barreño de latón, como un esqueleto chorreante al que hubiesen trasplantado el falo de un sátiro.