Lola Casanova
El solar de los Casanovas
TODO el mundo señalaba aquella casona como una de las más antiguas del puerto de Guaymas. Probablemente —se decía— sus muros fueron de los primeros en alzarse cuando la misión jesuita dejó su asiento al poblado, que creció lentamente en torno de ella.
Era la mansión de don Diego Casanova cómoda y hermosa: ventanas guardadas con rejas de forjas frondosas, enmarcadas con cantera; portón tachonado y muros labrados por la mano del indio, que había modelado perfiles de querubines con alas colombinas y caras de ídolo, igual que rosetones y ramajes, unidos unos y otros por grecas de clásico gusto aborigen; columnas de granito, sostén de arcadas y, coronando al edificio, la imagen de la Purísima dentro de un nicho estrechito y gracioso. Aquella fachada representaba en sí misma un dramático episodio de la fusión de dos artes legendarios, de dos maneras de ver y de operar la línea y de calar en el volumen, para ofrecer lugar a una nueva plástica mestiza y sorprendente. La edificación se alzaba —allá en la segunda mitad del siglo XIX— frente al mar, frente al Mar Bermejo, trapecio de olas fileteadas de encaje.
Tras del portón de la casa del señor Casanova, un pasillo por el que se encañonaba la brisa o el vaho que lanzaba la mar, fiera jadeante, cuando los días de calor, que eran los más del año. Seguía al pasillo un portalito sostenido con pilastras forradas de enredaderas. El portalito aquél, de tejavana, era a modo de ceja de las alcobas anchas, cubiertas con baldosas y éstas, a su vez con elevados techos sobre vigas de maderas enjutas y fragantes. Lechos adustos de caoba tallada lindamente; armarios y arcones de «palo fierro»; mesas longazas, de patas sobre garras de bestias quiméricas; imágenes que parecían gesticular en las atardecidas, al parpadeo de las lámparas de aceite, y el gran salón cubierto con cueros de bura y esteras tejidas con hojas de palma, sobre las que descansaba el ajuar de ébano. En medio del recinto, una mesa redonda incrustada de hierro, y encima de su cubierta, recamada de oro, un facistol, sostén de volúmenes con pastas de piel de potranca y salpicados de capitulares policromas.
Contraste de aquel aspecto melancólico era el jardín que ocupaba el fondo del caserón: limoneros y naranjos daban sombra a los prados cubiertos de césped — floreo de malvas y granduques—, fuente con grifos; planicies alfombradas de violetas y siemprevivas y azahares entre las frondas. Al cobijo de la hojarasca de los platanales, jaulas con una variedad de aves o las argollas y los ingeniosos columpios en que hacían equilibrios las guacamayas, los papagayos y los loros, como frutos parlanchines y no maduros de un extraño árbol tropical.
Pero lo más sugestivo del jardín era el cenadorcito que se levantaba en el ángulo que veía hacia el mar. Era un cobertizo de hierba percudida con el sol y con la brisa, rodeado por matas de rosaté. Dentro, mecedoras con asientos de tule. Macetones trasudantes por el riego aprisionaban las raíces de plantas exóticas, que estallaban de la noche a la mañana en florones o en follajes insospechados.
Era el cenador lugar muy apetecido de las gentes que habitaban la casona, para pasar la siesta. Por allí «corría el fresco» en las horas en que el sol lanzaba sobre el puerto sus escupitajos. Cuando en las estancias era imposible soportar los calores del mediodía, se buscaba también la sombra del cenadorcillo y allí se hacía tertulia.
Aquella tarde la lujuria del crepúsculo cubría medio cielo; los tordos pasaban volando en prietas y negras bandadas y el rumor de las olas daba las notas graves a la sinfonía vesperal de las cigarras o al modorro gorjeo de los gorriones, que anidaban en las copas de los naranjos.
En el cenador, dos jóvenes, casi niñas, bordaban sobre la muselina restirada de un gran bastidor de pie. Hablaban quedo y lentamente. Cerca de ellas, una vieja obesa dormitaba. Sobre su regazo, una labor de agujas inconcluida y un rosario de marfil. Las gafas, encaramadas sobre la frente, hacían equilibrios para no salir despedidas por el contundente cabeceo.
Luisa y Dolores eran los nombres de las mocitas que bordaban sobre el bastidor, más que hilos, la sarta de su charla insustancial.
Dolores, hija única de don Diego Casanova, era bella: tez blanquísima, tersa y suavemente coloreada, ojos negros y profundos, ensombrecidos por recias pestañas, nariz pequeña y remangadilla, amplia y ligeramente abombada la frente, cejas finas y móviles, rojos y carnudos los labios y un ala de águila por cabellera. Era alta la Lola, alta y cimbreante como un cocotero. Muy niña, perdió la madre, precisamente en el trance en que ésta ofrecía a don Diego un heredero que no la sobrevivió. La niña quedó entonces sola con su padre, catalán trabajador y de inteligente iniciativa, encauzada hacia el comercio, giro que le ofrecía forma de vida. Alegre en el trato y cordial en la amistad, Casanova, siempre rodeado de íntimos, hacía una existencia social tan brillante y dispendiosa como se lo permitían su viudez y sus cuarenta y pico de años —llevados con garbo—, de los cuales diecisiete tenía de avecindado en Guaymas.
La más viva preocupación del catalán era Dolores: «La Lola», como él la llamaba en tono conmovido de amor. En ella veneraba el pasado, idolatraba el presente y temía el futuro. Por la hija sofrenaba don Diego sus instintos siempre despiertos y generadores de extraordinaria energía, que él se encargaba de dirigir hacia actividades prácticas, dejando a sus raros momentos de ocio las expansiones: placía, por ejemplo, de «tirar de la oreja a Jorge», en veladas costosas, y jamás dejaba pasar impunemente una sonrisa o un guiño que, vistiendo faldas, se le atravesara en el camino…
Muy a pesar de aquella vida amable, don Diego no estaba tranquilo en su interior, porque la fortunilla, ni muy saneada ni muy próspera, estaba lejos de garantizar el porvenir de su hija. Esta preocupación solía poner tintes melancólicos en los días del catalán, que corrían entre las gentilezas de los guaymenses y los mimos de Lola, quien, por virtud del carácter anuente de su padre, era de las que no faltaba a las reuniones de la alegre sociedad porteña, donde lucía entre las joyas más preciosas y hasta ella misma organizaba las tertulias semaneras que juntaban a las amistades para pasar la velada, haciendo música y chismes o practicando divertidos e inocentones juegos de estrado.
Don Diego había confiado a Lola, desde pequeña, al cuidado de Pilarcito, ama mestiza, candorosa y servicial, quien endulzó en cierta forma el carácter de la chiquilla, que, herida en su niñez por la ausencia definitiva de la madre, pudo mostrarse de agrio temperamento y dueña de timideces alarmantes. Pilarcito acompañó al matrimonio Casanova desde la capital de la joven República hasta la Sonora remota. La Lola viajó también por tierra y mar, en el hermético seno materno. Nació en Guaymas, a los pocos días en que sus padres llegaron a la costa del Mar Bermejo, o de Cortés, como placía llamarlo a los españoles.
Dolores y Luisa —decíamos— charlaban aquella tarde, como otras muchas, mientras Pilarcito descabezaba su siesta.
—Para nadie de los que se reunieron anoche aquí en tu casa, Lola, fue un secreto el entusiasmo que te demostró el capitán don Néstor Ariza —dijo sonriendo maliciosamente Luisa Vega, la rubia amiguita.
—Nada de raro tiene que un viejo amigo de mi padre se sienta obligado a ser galante conmigo —repuso la aludida, sin levantar la vista de su labor.
—Es que se supo que hasta hubo una fogosa declaración de amor, entre la última polca y el momento de la merienda…
Lola no respondió; pero por su frente pasó, rápida, una sombra…
—Y te digo, hija mía —continuó implacable la rubia—, que más de una no pudieron esconder su despecho…
Dolores levantó la cabeza, alisó sus negros cabellos y fijando sus ojos en los de su amiga, dijo:
—Pues no sé qué clase de celos pueda despertar ese buen señor… Es viejo, desgarbado y antipático.
—A veces los defectos se olvidan, Lola, ante mayores perspectivas… como la de ser esposa y quizás, muy temprano, la viuda y la heredera del hombre más rico de la costa.
—Es probable que haya alguien que piense así… Yo, por mi parte, te digo que aun sin los defectos que todo el mundo señala al señor capitán Ariza, uno solo me bastaría para no aceptar ser su esposa: la crueldad de que hace gala cuando refiere el sempiterno cuento de sus campañas. Está orgulloso de ser el «yaquero» más sanguinario de Sonora. Anoche me dijo que hoy por la madrugada iba a hacer una de las suyas con los indios que viven pacíficamente en Misión Felipe, cerca de una de sus propiedades. Es que quiere ampliar sus linderos a costillas de los pobrecitos. Él justifica sus tropelías con supuestos latrocinios.
—Dicen —repuso Luisa— que así es como este hombre se ha transformado en el más rico terrateniente de la región… Ayer con los yaquis y los pimas, ahora contra los seris… Sin embargo, entiendo que tu padre no ve con malos ojos las atenciones que tiene para ti.
—Cállate, mujer —dijo con una mueca de disgusto Lola—, sé que si mi padre consintiera alguna vez, no sería sino pensando en mi porvenir; pero yo estoy segura de que una sola palabra mía mudaría cualquier plan sobre mi matrimonio y mi sacrificio. Más de una vez he hecho pública mi antipatía por don Néstor.
—¡Pero a pesar de todo…! —agregó sentenciosa Luisa.
—Te ruego olvidar esa idea —cortó Lola secamente.
—Está bien —repuso la rubia—, no volveré a repetir ante ti ni en tu ausencia lo dicho ahora y sólo te alegraré el oído hablándote de Juan Vega, mi querido hermanito.
Al escuchar aquel nombre, Lola plegó sus labios, sonrió evasiva y siguió bordando. Luisa imitó el ejemplo, tarareando un romance de gentilezas y amores.
Pilarcito roncaba como un buey degollado.