Lola Casanova

Francisco Rojas González · Capítulo 6 de 27

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Lola Casanova

La isla del Pelícano

EL SOL iniciaba su carrera cuando en los ojos de los kunkaaks se metió el azul del mar, del Mar Bermejo, que se precipitaba tierra adentro, en oleadas ligeras. La playa se prolongaba hasta confundir sus arenas en las del desierto y hacer un páramo con las llanuras de San Juan Bautista. En la lejanía, la sierra Seri contemplaba la nueva aventura de sus hijos.

Bordearon los hombres la playa, dejando tras sí la huella de un éxodo histórico.

Ancianos y jóvenes, mujeres y niños, aspiraban a bocanadas el aire salobre, que les dejaba un bienestar tan sólo experimentado por ellos y por los animales anfibios cuando se reintegran a su ambiente vital, tras de verse privados mucho tiempo de él.

Pronto se les interpuso la lagunilla de La Cruz, vaso de aguas tranquilas y prolongación de la Bahía Kino, nidal de pesca y repetido asiento de los trashumantes kunkaaks. Frente a la punta de tierra que valientemente entraba a la mar, desafiándola con su espinazo de roca, brillaba, fantástica gema, la isla del Pelícano, de costas casi inaccesible, por los peñascales que la contorneaban. Sobre la superficie del islote, un hirviente manchón blanco, del que saltaban, de vez en vez, partículas albas también, que remontaban a buena altura, para desprenderse dramáticamente sobre el lomo de las olas, de donde surgían tras de un chapuzón. Eran los pelícanos o alcatraces, que habían entregado su nombre a la isla, a cambio de que ésta les diera hospitalidad a ellos y a sus nidos incrustados entre la roquería.

La voz de los guías detuvo la caravana; habían llegado al punto que el consejo de ancianas señaló, semanas antes, como final de la caminada. Estaban frente al mar y entre ellos y los hombres blancos se encajaba la reseca cuña del desierto. El sitio, pues, era propio para rehacerse e ir construyendo, poco a poco, el instrumento de la venganza.

Al detenerse la peregrinación, se hizo un recuento de la gente: faltaba la matrona Flor de Biznaga, en quien se había ejercido la implacable ley de los abuelos. No estaba presente tampoco Buey Gutiérrez, aquel viejo simpático y festivo, que animó durante varios días a la masa andariega con palabras y gritos de aliento. Este Buey Gutiérrez había tenido que luchar muchos años contra la tirria de todos: el color de su piel, diferente a la de los demás, y su pelo ensortijado, decían a leguas que su sangre estaba mezclada con la despreciable sangre de los yoris. Pero Buey Gutiérrez amaba al pueblo de su madre. Servicial e inteligente, consiguió ser admitido por cuñado dentro de uno de los más rancios grupos familiares: el de Puma Herido, aquel anciano guerrero y guía viejo de los seris, que «tragó el sueño» bajo las pezuñas de las bestias que arrasaron Misión Felipe. Buey Gutiérrez sacó en esa ocasión una herida honda, que se hizo más tarde nidal de asesinas queresas. Durante los primeros días de la marcha, el mestizo supo ocultar su grave estado; fue a la par que todos, no sin lanzar de cuando en vez su alegre alarido, que tenía la virtud de animarlo a él, a la vez que de excitar a los demás, para no dejarse vencer por el cansancio. Dos días después de que Flor de Biznaga había sido devorada por el desierto. Buey Gutiérrez amaneció muerto, con la sangre ennegrecida. Los kunkaaks se flagelaron entonces las carnes con varas correosas de «palo verde», hasta sangrarlas. Después se cubrieron el pelo con tierra y en torno del cadáver se dieron a aullar en coro. El tétrico rumor fue una nueva voz de la inmensidad.

El cuerpo de Buey Gutiérrez mereció la distinción más señalada que la tribu concedía a sus muertos de calidad: fue envuelto en una suave piel de caballo y depositado en la cumbre de un solitario «saguaro». Allí quedó para alimento del sol, como lo fue Flor de Biznaga para el desierto.

Poco antes de llegar a la playa, Zorra Prieta, robusta mujer de Nopal, se apartó del grupo algunos instantes… A poco, se volvió a incorporar, pero no venía sola: traía entre sus brazos a un desnudo recién nacido. Sin que la marcha mudara su ritmo, la nueva madre tomó el trotecillo de todos, mientras mostraba sonriente, a los que querían verlo, el fruto de sus entrañas.

 

La vida volvió a triunfar sobre la muerte y cuando los afanosos recién llegados se dieron a levantar campamento se pensó sólo en lo venidero, dejando que el sol y el desierto saborearan en calma el preciado don que los kunkaaks les habían hecho, en las carroñas de dos de sus amados veteranos. En cuanto al hijo de Zorra Prieta, ya se encargarían el calor y la brisa de tornarlo pronto en sagaz cazador y en bravo guerrero.

 

Bajo aquellos auspicios, los hombres partieron a explorar la costa y a buscar entre la maleza las embarcaciones, que los pescadores tenían siempre dispuestas para sus correrías.

Las mujeres, por su parte, fueron hacia los matorrales a la búsqueda de tallos de «ocotillo», que doblaron en arco, para hacer con ellos la armazón de sus chozas, de aquellos jacales tan pequeños que, para pasar al interior, era menester que hasta los niños se pusieran en cuatro pies. Luego hicieron techos con láminas de esponja y a manera de adorno los salpicaron con caparazones de tortuga y conchas multiformes. Mientras terminaban la tarea, las hembras cantaban a coro una tonada con aires litúrgicos, áspera, como los vocablos de que estaba rociada.

Pronto quedó la playa llena de chozas chaparras, descubiertas, todas, por el lado donde el sol sale.

El menaje era paupérrimo: conchas filudas para destazar los cuerpos aún calientes de los animales pescados o cazados; agujas de púas de maguey, de las que pendían hebras de la fibra del mismo agave; grandes piedras para macerar carnes y machacar huesos o triturar semillas; arpones de «palo fierro»; canastos burdos, tejidos por mano de mujer; cacharros para guardar agua… y, en sitio preeminente, los útiles de tocado: peine en forma cilíndrica, de madera bravía; escobetas de fibra de yuca, pinceles de pelo humano y conchas llenas de tinturas para embijar los rostros de las mujeres, según los diferentes clanes que integraban la tribu.

El fuego, elemento vital de todos los hogares de la tierra, faltaba casi en las moradas de los seris, porque ellos, comedores de carne cruda y sangrante, no lo necesitaban, ni aun para alumbrarse bajo aquel cielo que prolongaba sus crepúsculos hasta confundir la luz solar con la del véspero.

Los hombres retornaron, portadores de peces y mariscos frescos; entonces los dientes filudos y parejos de todos se dieron a desgarrar la carne blanca, todavía temblorosa.

Después, cuando un resplandor inefable brotó de las olas, como epílogo de la tarde, empezaron el simple aparejo de las piraguas, esas balsas de líneas largas y ligeras, tajantes como hojas de acero, construidas con débiles carrizos atados entre sí con fibras de mezquite. Miserable fábrica aquélla, si se compara con las hazañas que realizan los primitivos navegantes, que con la promesa de un banco de sardinas o de una aleta de tiburón joven navegan hasta las costas de la península de California.

Tendidos en la playa, los no activos miraban la maniobra anterior al embarco de la tribu. Para los muy jóvenes, eran novedad todos aquellos aprestos, ya que su prolongado alejamiento por tierras distantes del mar les hacía desconocer la osada aventura, que disponían los más fortachones. Los viejos, en cambio, con el chispazo en la mirada, palpitantes las aletas de la nariz y con los músculos tensos, desesperaban por iniciar aquella empresa, dueña de tradiciones venerables y de promesas amabilísimas, para su goloso desenfreno.

El consejo de ancianas, reunido en pleno, resolvió facultar al elocuente Cuernicabra para que recordara al pueblo la trascendencia del intento y el ceremonial que debería revestirlo.

El viejo rastreador, avezado en el efecto que hacían las palabras sobre aquel pueblo tan dado a las artes oratorias, habló, cuando el cabrilleo de la luna se afiligranaba sobre el arenal playero:

«Vive allí, sobre el lunar de tierra, el hermano mayor de la tortuga: el alcatraz, descendiente de aquel poderoso hacedor, con perlas escogidas, de las islas de Tassne y del Tiburón. El gran pelícano, también creador —sólo que no con perlas de bello oriente, sino con el polvo lamoso y vil de la concha— del desierto, de la montaña y de todas las tierras de los yoris y de los pápagos, de los pimas y de los apaches… Iremos hasta su casa para recibir las mercedes de su sangre, que calmará la sed y aflojará los nervios cansados de los kunkaaks y el obsequio de su piel emplumada y grata, que servirá de abrigo a los cuerpos atormentados de sus hijos. Probaremos de su carne, para ser como el gran alcatraz: cariñosos padres, hábiles pescadores y astutos navegantes. Iremos todos los kunkaaks, menos aquellas mujeres que padezcan la roja tarascada de la comadre luna… Ellas aguardarán aquí el regreso de sus hermanos, para que su impura presencia no haga tender el ala y alejarse para siempre al hermano mayor de la tortuga, al gran pelícano, donador de su piel, de su carne y de su sangre.

Disponeos, pues, todos los kunkaaks para resbalar sobre el cuero arrugado de la mar y para subir los pedregales de la isla, antes de que la comadre, de tan baja, ya no nos alumbre…

Mas cuando hayáis regresado, ¡oh juventud fogosa!, huid tres días del contacto de las hembras, como pobre reverencia al magnífico hermano mayor de la tortuga, que se ha dignado recibirnos y obsequiarnos en su casa hecha con perlas. Purificad también vuestros cuerpos, antes de que el sol aparezca, en las aguas profundas donde vive la anguila y nada la cabrilla».

A poco una flota de piraguas bogaba como manchón de gaviotas sobre la superficie argentina.

En la popa remaban las mujeres con enérgico aliento. Sobre el tajamar, fabulosos mascarones, se adelantaban los troncos de los hombres al husmo del rumbo.

Frente a las olas, mirando con melancolía a los que se iban, un grupo de mozas, las impuras, agitaban en alto sus manos.

La isla del Pelícano se interpoló entre los navegantes y el horizonte. Con cautela asombrosa y sin producir ni un ruido ajeno al martilleo de las olas sobre la escarpa, los seris desembarcaron, arrastrándose viperinamente entre las algas y la lama orilleras. Luego treparon por las rocas, hasta encumbrarlas. En los pechos de los jóvenes latía el frenesí; los viejos remozaban su corazón con aquella empresa llena de evocaciones y el sorprendente instinto de los niños estaba alerta, como si se tratara de una manada de lobatos en andanzas de iniciación.

Frente a los indios apareció un tupido manto blanquísimo que cubría todos los picachos. En otras latitudes, aquello podría confundirse con una gruesa capa de nieve, de la que nacían irradiaciones nacaradas. Un graznido o un aleteo amodorrados destruían la ilusión nívea, pero atizaban la inquietud de los cazadores.

Una anciana, porque así lo indicaba la tradición, principió la cruenta experiencia: con bellaquería de raposa, echó mano de un gran pelícano, al que acogotó diestramente. El ave apenas si se debatió un instante, porque el tajo de una astilla de concha prendió en su ampo pecho la flor escarlata. Los que rodeaban a la cazadora contemplaron estremecidos los principios del ritual. La sacerdotisa bebió en la herida hasta extraer toda la sangre del palmípedo, que agonizaba entre sus dedos nudosos. Luego bajó sus ojos hacia el suelo, para volver la bocanada tibia y acre; después, con su pie desnudo, cubrió de arena el manchón renegrido. Tras de cumplimentar con la tierra —amada y amorosa abuela—, la matrona tornó la vista hacia la «comadre» y su cohorte de luceros, que se derretían, en la medianía del cielo, entre sus propios destellos. Rápidamente, la anciana hizo un corte sobre el pecho de su víctima y arrancó, entera y con maestría, la plumosa piel. Aquello fue la señal para que todos empezaran la degollina.

Las aves, adormiladas, se dejaban atrapar, y antes de que el grito de agonía despertara la inquietud, ya los labios golosos les habían succionado la mitad de su caudal circulatorio.

La impetuosa maniobra perdió pronto la prudencia y los alcatraces advirtieron la cercanía de la muerte. Las bandadas se alzaron entre un estrépito de alas. Pero pronto, una hoguera encendida oportunamente encandiló a los retrasados. Los enormes palmípedos volvían en picada hacia la tierra, atraídos por el brillo de la lumbrada, y, entonces, los hombres no tenían más que tender la mano para cogerlos. Luego, con ferocidad, tajaban la carne con sus largas uñas y bebían, dejando escurrir buena parte del líquido sanguíneo, hasta empaparse el pecho alterado por la exaltación. Pronto llegaron a estar todos ahitos. Las aves supervivientes acabaron por volar mar adentro, en atropellada huida.

Alrededor de la hoguera, los viejos bostezaban en silencio, mientras los mozos extendían las delicadas pieles descarnadas, para hacer con ellas flojas y voluminosas balas y llevarlas a bordo de las piraguas, como el más preciado fruto de aquella fantástica cacería a la luz macilenta de «la comadre».

 

Al concurso de ancianas fue llevada, prendida de una oreja y entre gritos de furor y dolencias, una rapaza sangrante desde la boca hasta el pecho, recuerdos del hartazgo reciente. Había sido pillada mientras saqueaba un nido de pelícano.

A nombre de la tribu, consternado por aquel hecho, Cuernicabra reprendió a la ladronzuela:

«El gran pelícano se entrega todo a los kunkaaks, todo, para hacerlos tan sabios como él mismo. En la merced va comprendido su sacrificio: el gran alcatraz perece, pero su espíritu queda vivo…

El espíritu vigila, embarrado en el más alto de los peñascos, porque su especie no acabe, para beneficio de los kunkaaks. Entonces, destruir los cascarones donde se cuaja la carne o matar a los polluelos desnudos es falta atroz, que el espíritu del hermano mayor de la tortuga castiga con la muerte del que la cometa y al resto de los cazadores con granos y postillas hediondos… Para evitar la ira del ave bienhechora, debe desagraviarla la audaz joven Nube Blanca, sometiéndose gustosa al castigo que la sabiduría de nuestras ancianas dicte: ¡Vosotras, venerables matronas, tenéis la palabra!».

Una vieja acercó sus labios al oído de su vecina; ésta movió la cabeza en señal de asentimiento y, a su vez, habló a la que tenía a su vera; sólo que entonces el vocablo se escuchó preciso, entre el augusto silencio:

«Puya».

A su turno, una tercera en voz alta:

«Puya».

Y otra más dijo a gritos, con su rostro desfigurado por la rabia fanática:

«¡Puya!».

Luego, todos los presentes repitieron al unísono y a voces estruendosas, que lograron acallar por instantes el ronco rugir de las olas azotadas contra los peñascos y confundir al chiflido del viento desenfrenado:

«¡¡Puya, nanitas: puya, puya!!».

Cuernicabra hizo callar el estrépito humano cuando, sin pronunciar palabras, señaló a tres vigorosos muchachos y a una doncella.

Nube Blanca, en medio del círculo que se había hecho en su alrededor, permanecía trémula, con la desgreñada cabeza caída sobre el pecho.

Los tres mancebos derribaron sin esfuerzo a la culpable; dos de ellos le abrieron sus piernas en compás, mientras que el tercero sostenía los brazos rudamente restirados por atrás de la cabeza. La doncella verdugo cruzó el círculo con pasos solemnes. En su diestra llevaba cinco púas de maguey, dispuestas en forma de abanico. Cuando estuvo cerca de Nube Blanca, se arrodilló, pescó entre sus dedos el lóbulo de una oreja de la víctima y pinchó hasta atravesarlo. Dos lágrimas brillaron en los ojos entrecerrados de Nube Blanca y corrieron por las sienes.

«Puya, puya, puya…» volvió a repetir el coro.

Y una segunda espina rasgó la piel y la carne de la otra oreja, sin lograr más que un solo lamento débil y trémulo.

«Puya, puya, puya…».

Entonces la ejecutora se montó sobre el cogote de su víctima y a golpes de rodilla logró destrabarle las mandíbulas; pudo asir la lengua entre sus dedos, para clavar en ella la púa más gruesa y áspera. Nube Blanca se retorció entre las manos que la sujetaban y rugió salvajemente.

«Puya, puya, puya», dijeron los seris enardecidos por la entereza de la culpable.

La verdugo, con crueldad apenas comparable con la energía de la ajusticiada, llevó una espina hasta el párpado de aquélla.

Los espectadores miraban la prueba suprema en silencio.

De pronto una voz horrible, ensordecida por el ahogo y el dolor, dijo:

«¡Perdón!».

Rápido, Cuernicabra levantó su diestra para contener a la ejecutora, que había sofrenado sus ímpetus en espera de órdenes:

«¡Perdón!», repitió la voz dolorida.

«¿En nombre de quién?», preguntó gravemente el anciano.

«En nombre de los polluelos del gran alcatraz», dijo la voz doliente y trabajosa.

«En nombre de ellos estás perdonada y así lo estamos todos por lo que pudo salpicarnos, ¡oh inexperta Nube Blanca!, tu horrenda falta».

Las mujeres levantaron a la joven.

Un rumor batió el espacio. Los seris se doblegaron temerosos hasta tocar la tierra con sus frentes. Casi rozando con sus alas las espaldas de los prosternados, pasó un enorme pelícano blanco, que dejó en el alma de los hombres un profundo sentimiento de terror místico y un pensamiento erguido sobre su fe renovada.

Arriba, la «comadre» contemplaba atónita.