Los amantes de Granada

Laurence Vidal · Capítulo 2 de 4 · parte 5/5

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Los amantes de Granada

Capitulo IV

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

-¿Es porque Granada se sabe mortal, señor, que mata hoy a los que ayer acogía como valerosos compañeros? -se aventura Isabel con una voz cuya dulzura atempera las palabras.

-Piensas en tu padre, ¿verdad? Es la ley de la guerra... Granada es una flor deseable, como bien sabes. En otro tiempo, las taifas vecinas eran musulmanas como ella. Los combates tenían la crudeza y brevedad de los enfrentamientos fratricidas. Hoy, esos creyentes que dieron su esplendor a al Andalus son perseguidos en todas partes. Bajo la presión de los castellamos, que huyen de las crudas mesetas del norte, donde mueren de hambre, mis hermanos tienen que dejar sus huertos y sus campos, abandonar las tierras que sus ancestros hicieron fértiles. Vienen a parar aquí, creyendo encontrar refugio. Pero el refugio es irrisorio. Granada los acoge, es cierto. Granada los alimenta. Granada no tiene mañana, pero Granada se obstina en defender el momento presente. Después de más de cuarenta años, por culpa de Muhammad el Zurdo, el padre de Fátima es derrotado en La Higueruela, Granada es vasalla de Castilla, y le paga cada año el tributo de la vergüenza. Esas algaradas, esas razias a veces heroicas, son nuestro orgullo y supervivencia, el único medio de conservar el respeto de un enemigo que, por otro lado, actúa como nosotros... ¿Puedes comprenderlo, joven?

El emir, inclinado sobre la fuente, sumergió su mirada en los ojos de la cristiana:-Temo que no estoy hecha para comprender la guerra, mi señor -admite la muchacha-. No sé más que lo que el corazón me dicta. Y las palabras que una amiga me dijo hace unos días: que la guerra es una invención de los hombres y, sólo el amor una invención de Dios...

Apenas ha pronunciado estas palabras, desearía poder borrarlas. Acaba de advertir su ambigüedad. Al igual que Abu al Hasán que, tan ágil como abatido parecía un momento antes, enseguida ha cogido al vuelo la invitación.

-Bien dicho, jovencita. Dejemos a un lado estos tristes pensamientos a los que siento haberte arrastrado, y volvamos un poco a la luz, ya que me alegra contemplar tu bonita compostura... Pero te veo tensa -añade cuando, al cruzar el umbral, Isabel empieza a temblar-. ¿Son mis palabras las que te han entristecido?

-¡Oh, no, mi señor! No es eso...

Isabel se interrumpe. ¿Cómo explicar el pánico que se apodera de ella? ¿Y miedo de qué, exactamente? Hasta Malika, imagina, se partiría de risa si pudiera leer sus pensamientos en esos instantes.

-¿Qué es, entonces? -insiste el emir, que ha recuperado su humor socarrón.-No sabría decirlo -disimula la muchacha-. Todos estos cambios, quizá. El asombro... La emoción...

Mientras más se embrolla, y siente el fuego que le sube a las mejillas, más parece alegrarse el príncipe. La ha llevado hasta la alcoba, donde unos cojines tirados sobre un diván esperan su contento. Sus ojos, que parecen reír, aumentan la confusión de la muchacha.

-¿Qué te parecería probar este vino dorado? -acude en su ayuda-. Sírvenos, pues. Luego puedes cantar algún romance; me gustaría descubrir esa voz de oro que Abén Barrax alababa la otra noche.

La mano de Isabel tiembla un poco mientras vierte en la copa la bebida ambarina. Con los ojos, busca un instrumento con el que acompañarse. En un rincón de la alcoba, un laúd está esperando su mano.

-¿Qué deseáis escuchar, señor?

-Algo alegre, como la dulce velada que se anuncia. Escoge tú misma, de verdad. ¿Por qué no un aire de tu tierra?

-¿Habláis castellano, entonces?

-Lo entiendo un poco. Vestigio de los largos meses pasados como rehén en la corte del rey Juan II, que se estaba muriendo, y luego en la de Enrique IV, su sucesor... Pero canta, veamos -se impacienta el emir-, canta antes de que vuelva a caer en mis funestos pensamientos.

Isabel se apresta a obedecer. Las cuerdas, bajo sus dedos, están aún frías, y vacilan al dar el tono. Su voz se tambalea, busca su lugar. Poco a poco se templa y, límpida, ondulante, se une al curso del romance que la muchacha ha escogido. En mayo se abre la rosa pero mi alma está triste y sufre de mal de amores... A medida que el canto fluye en su interior, su cuerpo se relaja. Olvida sus temores. Olvida incluso para quién está cantando. Se abandona al romance, al placer de narrar. Pronto no es más que voz. Voz que vuela y se evade. Voz que se apresta a ir más lejos, más allá de la alcoba sofocante, cuando dos manos ajustadas a su talle le cortan la respiración.

-Canta, sigue cantando para mí -murmura en su cuello el timbre grave del hombre que se ha deslizado detrás de ella.

Los ruiseñores cantan y suspiran la pasión me debilita

y acrecienta mi dolor...

Salir de su cuerpo, oponer a sus ganas de huir el poder del canto en su pecho. La muchacha casi lo consigue. Pero las manos inoportunas trepan por sus costados. Un aliento cálido cosquillea su nuca.

-Continúa -susurra el emir-. Concéntrate en tu canto, bella música. Préstale toda tu atención.

Concentrarse en su canto; ya le gustaría. No sobresaltarse bajo la mano que le acaricia el cuello; ser indiferente a la otra, que atrapa su cadera, como al calor creciente que desde hace un momento le oprime el vientre...

Turbada por los latidos de su corazón que se precipitan violentamente, su voz, contra toda expectativa, da un brinco. Huyendo de su garganta, como perseguida, trepa, vuela y enloquece. Parece un ser desesperado que cabalga y fustiga a su caballo con una voz cada vez más fogosa.

Ven más rápido, paloma, más rápido ven a mí. Más rápido, oh tú mi alma, pues me siento morir...

El laúd, animado por una violencia cómplice, lanza al cielo sus plegarias. Isabel tiembla, Isabel vibra, su cuerpo, desgarrado por impulsos contradictorios, permanece tenso, al acecho.

-Eso está bien, mi pequeña salvaje, sigue cantando.

La orden se pierde entre sus cabellos, por detrás de la oreja, donde su carne es más vulnerable. La muchacha se estremece de irritación. Pero la irritación, maliciosa, se muda en una ola de placer cuando una boca juguetona se acerca a su nuca y la mordisquea. Sobre sus caderas, su talle, su espalda, sobre su vientre que a su pesar se tensa, sobre sus senos y sus hombros que vacilan, a todas partes, las manos mágicas llevan el fuego y lo avivan. La muchacha, desbordada, duda si seguir resistiendo. Es su voz la que decide, antes que ella: el canto detiene su galope, desciende a borbotones, gime. Pronto no es más que un susurro lastimero mientras el laúd, abandonado, se balancea al extremo de su brazo caído.

La cantante olvida su romance. Su cuello tiene sed de otro canto, sus labios de otro aliento. Y cuando el emir, seguro de su conquista, se recrea maliciosamente en su cuello, es ella quien, impaciente, se gira y busca a ciegas su boca.

Qué dulces son los labios sonrientes que reencuentra. Dulces y violentos a la vez. Beben, muerden, acarician, revolotean y vuelven, rechazan y exigen. Hablan, en suma. Mejor: cantan. Isabel, estupefacta, aprende de ellos un arte nuevo.

Enseguida, los dos cuerpos entrelazados se balancean sobre el diván. Al principio, Isabel se abandona, arrebatada en el descubrimiento de su gozo. Bajo sus velos, sobre su piel, los dedos del príncipe la recorren y tocan como a un instrumento misterioso. La muchacha no opone resistencia, curiosa por las sensaciones que experimenta. De repente, sus besos se hielan. Sin comprender el motivo, sus labios sienten frío, su espíritu vuela muy lejos. Atenta al recorrido de las manos que la maltratan, siente que su carne se sobrecoge. Sin saberlo, se ha echado atrás. Ese cuerpo es demasiado pesado, sobre su cuerpo. Esa respiración de lechuza, que va demasiado rápido. Y ese ardor espantoso que, de pronto, ella ya no comparte.

Una bestia se ha despertado en su interior. El recuerdo de una noche de combate de la que salió destrozada. Entonces, las náuseas la vencen. La pesadilla se repite; el horror, en adelante, la invade. El hombre que está sobre ella ya no oye nada. Sus gemidos de terror, los toma por reclamos. Los golpes que le asiesta, los aparta riendo.-¡No! -suplica ella-. Os lo ruego...

Pero el príncipe no le hace caso. Navega por un río salvaje, donde sólo Isabel se está ahogando. Sus brazos están asidos por una mano poderosa, sus caderas apresadas por una fuerza ciega que la descuartiza. Ella se debate, gime, solloza. Pero la cara que está sobre ella ya no tiene expresión humana. Y cuando un dolor fulgurante le quema el vientre, y la desgarra, ella no es más que un animal huraño que no piensa siquiera en huir. ¿Cómo podría, de cualquier modo, bajo el peso del hombre que la violenta, insensible a su espanto, la estrecha y la repele alternativamente sin dejar de abrazarla? Cuando él se derrumba, fulminado, lo que Isabel siente pesar sobre ella es el cadáver de un extraño. Al principio, no se atreve a moverse. ¿Y si al extraño se le ocurriera empezar de nuevo? Al prolongarse la espera, se aventura, con precaución, a apartarlo de sí, queriendo escapar de ese lecho que la horroriza. Pero un brazo, a tientas, la vuelve a atrapar. Una mano la agarra y la retiene.

-¿Adonde vas, mi insumisa? ¿Quién te espera? ¿Qué refugio esperas encontrar? Con una inesperada dulzura, el emir la obliga a volverse. Con un dedo ensoñado, aparta sus cabellos húmedos y enjuaga una lágrima de sus ojos.

-Pero si has llorado, a fe mía. Perdóname si te he hecho daño; pasa a menudo la primera vez.

Sorprendida por la cortesía que percibe en la voz grave, Isabel siente hundirse sus defensas y estalla bruscamente en sollozos.

-Vamos, mi pequeña, vamos -intenta calmarla Abu al Hasán-. No es fácil convertirse en mujer. Pero verás: es tan hermoso... Llora -añade estrechándola contra él-, llora hasta la saciedad, junto a mí. Yo seré siempre tu refugio. Nadie sabrá esperarte como yo... Aunque esta noche, lo confieso, no he demostrado demasiado mi paciencia -reconoce con una sonrisa-. También es culpa tuya; ¿tienes idea de lo deseable que eres? Ofendida por su tono socarrón, Isabel se ha levantado. Sus llantos han cesado. Es toda protesta:

-¿Y qué debo hacer, mi señor, para no ser maltratada? ¿Debo desfigurarme?-Qué idea -ironiza el príncipe-. Sé sólo un poco menos esquiva; el amor te será más dulce. Por lo demás, me gustas tal como eres.

El aire burlón del sultán la hiere.

-¡Qué remedio! Si gustaros es sufrir este... esta..., en fin, si es ser abatida y violentada, prefiero disgustaros.

-No te disgustaban, estos asaltos, cuando hace un momento bebías mis labios -señala Abu al Hasán, irritado.

-Si ser mujer es eso, ser sometida a la fuerza, no veo nada hermoso en ello.-Ser mujer, preciosa -la interrumpe el emir en un tono cortante-, es ser capaz de amar. Pero a lo mejor no conoces esa palabra.

Dando fin a toda réplica, el soberano se ha levantado. Atraviesa el salón y entra en la alcoba vecina. Desdeñando desde ese momento a la cortesana, se tumba sobre el lecho y le da la espalda.

-Aquí, o allí enfrente; duerme donde quieras, jovencita -suelta con una voz indiferente-. No te echo. Pero, decidas lo que decidas, no quiero oír una palabra más. Por unos instantes, Isabel, petrificada, contempla la espalda hostil. Debería alegrarse de que la dejaran en paz, y en cambio siente deseos de llorar.

«Es cierto que él es mi único refugio», constata en ella una voz amedrentada. Un refugio que ya no la espera.

 

CAPITULO XIV

Por la mañana, estaba sola en un lugar desconocido. Sobre un cofre incrustado en nácar, sobre unos cojines esparcidos, sobre una jarra olvidada, los rayos de luz filtrados por invisibles celosías posaban sus dedos plateados. Con la mente aún nublada, se sorprendía de sentir su cuerpo tan pesado, un cuerpo molido por la fatiga. Luego recobró la memoria. El mismo lugar, poblado de sombras y destellos dorados. El sonido del laúd que se desvanece. La lucha de dos cuerpos enemigos. El miedo, el dolor, la cólera. Y esa gran soledad que le heló el corazón, y reencuentra al salir del sueño. Ya no le queda cólera a estas horas. Sólo una inmensa lasitud. E imágenes paradójicas, de violencia y de ternura, que se debaten en su memoria. La máscara ofuscada del hombre que la hería, ¿era el mismo rostro que, enternecido, le había acariciado la mejilla? Y la voz severa que la perseguía, ¿era la que, en su sueño, murmuraba con infinita dulzura: «Yo te espero, mi pequeña salvaje. Encuentra tu camino. Hazlo rápido»...? ¿Dónde terminaba la realidad? ¿Dónde empezaba la vida soñada? En sus recuerdos enmarañados, Isabel ya no discernía nada... Y ahora debía ir con las concubinas, sufrir su silencio hostil o su curiosidad celosa, fingir orgullo y los sentidos rebosantes. Imitar, quién sabe, el aspecto vaporoso que había visto ciertas mañanas a las mujeres de Abén Barrax. Hacer teatro, en suma. Llevar la máscara de la mentira, y esconder, costase lo que costase, la llaga hiriente por la cual se le vaciaba el alma.

Su vuelta, contra toda expectativa, pasó inadvertida. En el harén revuelto sólo sonaba una palabra: partir. Partir al fin, dejar atrás el calor asfixiante, reencontrar la frescura de Dar al Ixares, sus parques, sus vergeles olorosos, y el manar de las fuentes. En un bullicio digno de un gallinero, se preparaban equipajes, alguien aullaba que le habían robado el cinturón dorado, se imaginaban las fiestas que quizás ese verano el sultán pensaba dar, y preveían los vestidos que se pondrían.

Olvidado, en medio de aquel desorden, el breve favor de una noche, Isabel pudo fundirse y dejarse alcanzar por la fiebre de una partida llegada a tiempo para arrancarla de sus pensamientos.

El cuarto de luna se empezaba apenas a poner cuando el palacio al completo, a pie, a caballo, en litera, salía hacia la residencia de verano. A lo lejos, el séquito de la sejidah Fátima abría el cortejo. De la sultana, Isabel había visto tan sólo una silueta robusta cuyas sedosas vestiduras apenas atenuaban su virilidad. La realeza era evidente en aquella figura augusta cuyo aspecto voluntarioso respiraba autoridad. Hija de sultán, esposa de tres sultanes sucesivos, al Hurra, o como la llamaban, la Honesta, no necesitaba de nadie para reafirmar su poder. Sobre todo no de su marido y primo Abu al Hasán, que se había casado con ella para aliarse con las fuerzas que ella aportaba como dote: numerosos jefes de tribu, entre ellos los belicosos Abéncerrajes, cuya sed de poder contribuía desde siempre a erigir y derrocar a los sultanes de Granada. Caracoleando alrededor de su litera, dos jóvenes de atuendo principesco llamaron la atención de Isabel. ¿Qué edad podían tener? ¿Diez años? ¿Doce años, quizá? Eran, según le explicaron, los dos vastagos reales: Yusuf y Muhammad Abu Abdallah (a quien, para distinguirlo de su tío al Zagal, llamaban Abu Abdil).

-También le llaman al Zogoybi -le confió Ansam-, que significa el Desgraciado, el Desafortunado. Está destinado a reinar porque es el heredero, pero cuentan que cuando nació los astrólogos predijeron que bajo su reinado Granada moriría. La cortesana, con espanto, acercó a sus labios los amuletos que llevaba colgados del cuello. «Pobre Abu Abdil -pensaba Isabel mirando al chico ejecutar sobre su alazán las orgullosas figuras del arte ecuestre andaluz-. ¿Conoce las predicciones que pesan sobre sus hombros? Y Abu al Hasán, ¿es por haber escuchado a los adivinos, que rumia las ideas funestas que le oí la otra noche?»

Al recordar las confidencias desencantadas del príncipe, la joven sintió cómo su corazón se oprimía: ¿volvería el tiempo tan fugaz de la confianza? Enseguida apartó estos pensamientos para abandonarse al placer de avanzar entre un paisaje deslumbrante. De Granada, al volverse, sólo veía a lo lejos las cimas de las colinas. Pero la ciudad de la Alhambra, resplandeciente en la brisa de la mañana, desplegaba a sus pies su tapiz ocre, rojo y blanco que recortaban los verdes follajes. El minarete de la mezquita real hacía restallar el oro de su cúpula. A la derecha, flanqueados por torres austeras, adivinaba los palacios de Abu al Hasán, abandonados una hora antes. A lo largo de la calle principal se dispersaban otros edificios principescos y las moradas de los administradores. Al fondo de todo, al Qasba, la alcazaba reputada hasta entre los cristianos por sus infranqueables murallas, en todo momento salpicadas por el destello de las armas de la guardia. Allí residían los hombres armados de la Alhambra. De allí salían las cabalgatas contra los territorios enemigos. De allí, le habían dicho, surgía la respuesta cada vez que se alumbraban, enfrente, los fuegos de una de aquellas revueltas a las que el Albaicín estaba acostumbrado.

Primero, atravesaron los huertos reales, que exhalaban los perfumes azucarados de los melocotones y las granadas, de los higos, los membrillos y las sandías. En las granjas de los alrededores, jóvenes pavos reales lanzaban al cielo su grito escandalizado. En torno a las vastas villas donde reposaba la nobleza, las tórtolas arrullaban palabras tiernas a sus progenitores. Sobre los collados, un poco más arriba, las viñas mostraban la opulencia de sus uvas prometedoras. Y cuando la muchacha, sedienta de espacio, volvía sus ojos al oeste, Granada desplegaba para ella el resplandor de su vega. Tan lejos como llegaba la mirada, se adivinaban los campos de la llanura, el trigo, la cebada, las moreras y millares de jardines; un poco por todas partes, las huertas, los molinos, las manadas en los prados y los caballos en los cercados; y la mancha plateada de los olivos, las hendiduras de los robles, el reflejo cambiante de los chopos... Una maraña de formas y colores que mostraban el trabajo del hombre, el éxito de su alianza con una naturaleza generosa.

Ante la muchacha, poco a poco, granjas y villas se hacían más raros. El bosque la transportaba sobre la marca de los hombres. Desgarrado de cuando en cuando por el grito de un rapaz, el silencio del camino invadía el espacio. La vida salvaje recobraba sus derechos, afirmando el poder de una naturaleza aún virgen.

Era allí, al pie de Sierra Nevada, cuyas perpetuas nieves llenan de espuma el azul del cielo, donde se alzaba la residencia real de Dar al Ixares.

Isabel quedó prendada al momento. Reino de las aguas y las sombras, de los laureles, los rosales en pérgola, el palacio cubierto de vegetación invitaba al descanso. El soberano no había mentido: aquí respiraría libremente. Hasta el punto de no hacer más caso a sus compañeras, que discutían por una habitación codiciada o algún baúl extraviado.

No tardó en conocer todo lo que se podía saber de la vida secreta del parque. Muy de mañana, se acercaba a los rosales donde se abrevaban algunas abejas embriagadas. A la hora en que el sol despedía sus rayos incendiarios, encontraba refugio bajo un soto donde el agua, en cascada, esparcía su frescor. Veía pasar la tarde cerca de los estanques en que se miraban las columnatas de un pabellón solitario. Cuando la noche empezaba a caer, subía hasta un patio cuyas arcadas le descubrían la vega abrazada por los fuegos de la puesta de sol. A esta hora entre diurna y nocturna, su pensamiento volvía a Dar al Anuar. En el silencio de su corazón, confiaba a Malika la tristeza que la oprimía. Y las expectativas que hacían pedazos su orgullo.

Decían que el sultán estaba aquí o allí. Le esperaban y nunca le veían venir. Todas las mujeres del harén se lamentaban. E Isabel, aunque en silencio, había empezado también a contar las noches.

Su temor se había desvanecido. En su lugar, la invadía una duda. ¿Y si sólo se le había concedido una noche para obtener la atención del príncipe? ¿Y si esa noche había pasado, y con sus quejas y reproches la había echado a perder? ¿Y si el hombre de la mirada de terciopelo negro la había olvidado ya?... A medida que el tiempo pasaba, que se sabía que el sultán había vuelto, puesto que había hecho llamar a la orgullosa Yasmina, luego a Lumé, luego a la gentil Ansam, Isabel iba sintiéndose presa de una metamorfosis desgarradora.

Todo empezó con un sueño, del cual despertó con el corazón palpitando, que desde entonces la persiguió cada noche. Ella corría a través de los patios, bordeaba los estanques silenciosos en que se miraba, sarcástica, la mueca de una luna descolorida. Se perdía en unos pasillos helados similares a los de Dar al Anuar. Unos hombres que se parecían a Abén Barrax, unas mujeres que eran todas Yasmina, la detenían en su carrera, dedicándole sus sonrisas sarcásticas como maldiciones. Isabel enloquecía. Iba de terraza en terraza, en busca de un bien precioso que recordaba haber perdido... A veces el sueño se interrumpía aquí, en una atmósfera de desamparo que no permitía ninguna esperanza. Otras veces, seguía corriendo y desembocaba en una terraza azotada por el viento. Una silueta negra la miraba. Ella recibía la ola ardiente de una larga mirada de noche. Bebía de la copa de unos labios golosos... Pero alguien la echaba atrás. La tierra daba vueltas. El viento la arrancaba del suelo. Con todas sus fuerzas, se agarraba a las amplias espaldas... Por la mañana, se despertaba extenuada, consciente de haber librado toda la noche un combate que a la luz del día la hacía sonrojar.

Las horas se sucedían una tras otra. El verano pronto se marchitaría. Nunca, durante la visita cotidiana, Taruq se detenía ante Isabel. Para la joven mujer, en adelante, cada crepúsculo era un tormento, cada alba un desgarro. Y en el parque, a lo largo del día, todo se confabulaba para acosarla.

-Es culpa tuya -susurraban las rosas ofreciendo al cielo su corazón de terciopelo.-Culpa tuya, culpa tuya, culpa tuya... -se reían los pájaros en pleno vuelo.-Amar, ¿es que ignoras esa palabra? -balbucían las fuentes.

-¿De qué sirven la gracia y la belleza, si nadie viene a beber en ellas? -se lamentaban en el estanque los reflejos del pabellón solitario.

Los lugares, ayer todavía encantadores, prolongaban el eco de sus dudas.

 

CAPITULO XV

Esta mañana ha creído renacer. Por orden de Taruq, debe sumarse a las intérpretes encargadas de amenizar con su música la velada principesca. Isabel se ha pasado el día preparándose. Pero al cabo de más de una hora desde que entró con las demás en el aposento real, Abu al Hasán aún no le ha dirigido una sola mirada. En su consternación, canta. Sus compañeras, intimidadas, bajan el tono para escucharla mejor. Bajo sus dedos doloridos, las cuerdas del laúd sollozan. Su garganta es una hoguera. Sus ojos, dos lagos cuajados por el espectáculo de un hombre languideciendo en brazos de otra. El emir juguetea con sus mujeres. Alrededor de la alberca tranquila en que se mira una cúpula estrellada, tres cortesanas se deslizan y dan vueltas sobre sí mismas al ritmo de una danza sensual. Medio desnudas bajo sus velos, vestidas sólo con su impudor, con ámbar, jazmín y violeta, se balancean bajo la mirada del soberano.

A los pies del sultán, que bromea y sonríe, Lumé sirve las copas. Bajo el destello oscilante de las velas su piel adquiere reflejos cobrizos, su boca pintada de color tostado la redondez de un fruto colmado de promesas. Pero es el comportamiento afectado de Yasmina lo que Isabel observa indignada. Los ojos malva de la rival, su piel lechosa, sus manos suaves, parecen embriagar al sultán. Hechizado por las palabras que le susurra al oído, Abu al Hasán apóya la cabeza en el vientre de la concubina. Ronroneando sus romances, la pelirroja, odiosa, esboza un baile alrededor del rostro real con sus dedos ágiles. El soberano se abandona al juego turbio que lo embriaga. Una sonrisa de triunfo ensancha los labios de la esclava.

Isabel no lo soporta más. De un salto, se precipita fuera del coro, deja caer su laúd y suelta un grito de rabia. La escena se congela, las mujeres se quedan paradas. Incluso el sultán, abandonando a sus pensamientos, no tiene más remedio que reparar en su presencia. La mirada enfurecida que le dirige no presagia nada bueno.

Antes de que él haya esbozado un gesto, el grito ronco se ha convertido en un lamento. Tres notas de terciopelo le siguen en un eco. Con los párpados cerrados, las palmas abiertas al final de sus brazos extendidos, Isabel, con un gesto brusco aparta de su rostro su cabellera salvaje, que ha perdido el velo. De su garganta, que tiembla y palpita, arranca una melopea vengativa. De pie junto a la fuente, a la llamada de la música sus caderas se agitan. Por un momento petrificadas, las intérpretes vuelven a coger el tempo. Pronto el laúd, la flauta y el tambor responden a la voz imperiosa. La cristiana se arremolina en el flujo de notas endiabladas. Su voz solloza, su voz maldice, pero sus manos se retuercen y suplican. Su cuello rígido finge desprecio, su pies patalean de cólera, pero su vientre se balancea y gime. Sus ojos lanzan destellos, su boca vacila entre desdén y rencor, pero su pecho implora una caricia. A la infiel, que ya ha tenido bastante, le ofrece el puerto y la tempestad, la quemazón del desierto y la dulzura del oasis.

Estupefactas, las cortesanas se han retirado a la alcoba. Al calor de esta danza de amor feroz sus fingidas tristezas se debilitan. Yasmina está pálida de rabia. Con los puños crispados, los labios envenenados, lanza a su rival los dardos de una mirada asesina. Únicamente Lumé admira, candida, el arrebato de la joven. Pero Isabel sólo tiene ojos para el príncipe, que se ha enderezado sobre su lecho. Los ojos de noche lucen en la penumbra. Sobre sus labios imperiosos flota una sonrisa burlona.

La muchacha se deja llevar por la danza con todo su corazón. Sus caderas se mecen, pliegan y quiebran bajo los asaltos del dolor. Sus brazos son dos serpientes de mar enardecidas por la flauta, sus manos dos tórtolas desgarradas por la separación. Da vueltas alrededor de la alberca girando sobre sí misma; roza con sus talones impotentes la espesa alfombra de seda anacarada; hace y deshace la desmesura del trance que la embarga. Sus cabellos, sueltos a su alrededor, forman una crin de llamas, de la que surge con voz grave un canto:

¡Ah! ¡No la culpes por huir, por ser feroz! No merece la desaprobación por ello. ¿Conoces una luna creciente que se acerque, o a una gacela, también, que no desconfíe...?

Gira y gira, Isabel, recitando los versos de Ibn Hazm. Y lo real se perfila en torno a ella. En el silencio despavorido de su corazón, no quiere ser más que una ofrenda a la vida que la abandona. Ella es el ruiseñor que llora la muerte del día, y el rocío que parpadea en el seno de una nueva aurora. Es el desierto que lamenta su sed, y la fuente que la calma. Es la vestal de fuegos traicionados, la sacerdotisa de las diosas muertas por la traición de los hombres. Es la gacela perdida que presta su flanco a la muerte. Es, esta mujer rebelde llena de orgullo y pudor, una mendicante insumisa que implora de repente y se entrega, con la misma violencia que usaba para rechazar.

Atónito, Abu al Hasán asiste a la metamorfosis. Al principio, ha creído que era la cólera de una mujer humillada. Con los ojos clavados en los suyos, provocadora y suplicante, la joven baila y baila. Ha despreciado las normas, a las cortesanas que la observan y se burlan; sólo baila con él. A ratos, cuando su espalda se curva y las manos alzadas dan a su silueta un aire de desafío, Isabel deja escapar una sonrisa soberana. Un instante después desfallece. Su cintura se dobla, sus brazos se retuercen en un vuelo de sedas fruncidas, su rostro nimbado de tristeza parece lanzar un adiós al mundo. Vacilante y segura de sí misma, conquistadora y vulnerable, la cristiana desvela sin saberlo uno a uno sus secretos. Y el soberano se conmueve al encontrarlos tan límpidos. Para él, Isabel murmura su sed insaciable y el terror que le provoca; clama el deseo que la atenaza y la vergüenza que lo acompaña; revela lo que de incendio hace falta en el corazón para convertir un cuerpo en hielo... A través de su canto, de su baile, la joven se expresa a sí misma sin una palabra. Y cuando el silencio se hace de nuevo, cuando Isabel, vencida, se deja caer junto al espejo de agua, Abu al Hasán ha leído en su corazón. Las intérpretes pueden volver a su melodía suave, las cortesanas retomar su danza, Lumé presentar a su amo la jarra de oro que él no ve, Yasmina hace un comentario sarcástico que él no escucha: el emir está solo con su cautiva. En silencio. Sonríe. Sabe que ella no se le volverá a escapar.

Cerca de él, inmóvil, la bailarina intenta recobrar el aliento. Con los ojos clavados en el agua serena, espera. No se atreve a enfrentarse a la mirada que ella misma reclamaba hace un instante. La espera, intolerable, se prolonga.

-Acércate -ordena el soberano con una voz neutra.

En la oscuridad de la alcoba, el rostro del sultán permanece impenetrable. La muchacha ha levantado la cabeza. Una parte de ella quisiera huir, ocultar en lo más profundo del harén la vergüenza de haberse abandonado ante este hombre que disfruta humillándola. Otra parte, ascua que no acaba de extinguirse, espera aún el milagro. Isabel obedece. Sus cabellos caen en cascada. Su pecho palpita bajo la seda que perfila la firme curva de sus senos.

-Lumé, Yasmina, todas vosotras -ordena el emir a las decepcionadas mujeres-: podéis disponer... Dejadnos solos -se impacienta, al ver que Yasmina tarda en abandonar su lecho.

Isabel, ojos fijos, mirada velada, no se ha inmutado. Apenas ha notado el aliento cargado de odio cuando Yasmina ha pasado frente a ella.

Cuando el chirrido de una puerta que se cierra sucede a la fricción de sedas, cuando el único sonido que le llega es el palpitar de su corazón, Isabel se enfrenta a la mirada del hombre. Desde el lecho, más esplendoroso que un trono, Abu al Hasán la contempla. Su cara es imperturbable, pero sus pupilas la interrogan.

La muda espera se prolonga durante un buen rato. Con una palabra, un gesto que suavizara la tensión, Isabel querría romper el silencio. El miedo a ser rechazada se lo impide. En su garganta, una bola de acero candente amenaza con ahogarla. El azul de sus ojos se hace gris. Su cuerpo vuelve a temblar. Esos ojos que, sin parpadear, la hipnotizan, sumen en ella el filo de su iris sombrío. Tienen la peligrosa fijeza de un águila en busca de su presa. Nunca, bajo ninguna mirada, Isabel se había sentido tan desnuda.

-Gracias -murmura ella en un arrebato.

Eso es todo lo que se le ocurre decir. Y la respiración se ahoga en su garganta.-Gracias -repite con una voz apenas más firme-. Me sentía herida. Quería herir yo también. No había comprendido nada...

Un silencio aún más tenso acoge su confesión. Asustada, Isabel duda si proseguir. Se ha dejado llevar por su corazón. Una gran carga le oprimía el pecho, y ahora se aligera, al tiempo que una ola de recriminaciones, de vergüenza y de ternura acude a sus labios.-Veía en vos mi cárcel -se lamenta-. Reclamaba mi libertad y detestaba este sentimiento estúpido que amenazaba con privarme de ella. El amor me llenaba de terror. -Trastornada por su confesión, Isabel no puede permanecer quieta. Deambula por la habitación, sus ojos atreviéndose apenas a cruzarse con los del sultán-. Desde que sidi Abén Barrax me arrancó a los míos -explica-, no soñé más que con huir. Lo intenté, ya lo sabéis. Me volvieron a capturar, pero esperaba volver a intentarlo... Cuando os vi en Dar al Anuar, mi voluntad vaciló. Mi corazón albergaba argumentos incoherentes: mi libertad erais vos, me decía. ¿Cómo iba a escucharlo? Yo no sabía; no podía. Era demasiado desconcertante. ¿Lo comprendéis?

De pie ante el que con una sola palabra podría consolarla, Isabel no abre la boca. Sus pupilas implorantes en vano intentan horadar el escudo de la mirada.-Entonces, quise huir de vos -continúa-. Mi cólera, mi frialdad, no eran contra vos. ¡Era contra mi corazón contra lo que luchaba! Contra lo que yo llamaba mi desvarío... ¿Es una sonrisa lo que adivina en los labios de Abu al Hasán? ¿Se reirá de ella, ahora que ella baja la guardia?

Aguijoneada por el temor, Isabel se echa a la batalla de la última oportunidad. Las palabras se atrepellan en su mente. Sus manos se enredan y desenredan en un gesto de desesperación, de ruego y de esperanza. Sus ojos, océanos bañados de luz bajo la tormenta, no se apartan del rostro del sultán.

-¡Ya no quiero huir de vos, jamás! He sentido tanto miedo, y lo tengo aún, de perderos... Creí que no volvería a veros. Esta noche, al fin os veo. Me escucháis. Me miráis. Pero ni vuestros labios ni vuestros ojos hablan. -La muchacha encuentra un doloroso placer en pisotear su orgullo-. Me echo a vuestros pies. Os suplico que me concedáis una oportunidad. Y vos, vos permanecéis impasible. ¿Es eso un rechazo? ¿Una prueba? ¡Hablad! ¡Decidme algo! -suplica.

Lívida en la luz parpadeante, Isabel, en efecto, se ha dejado caer de rodillas. Sus labios tiemblan. Sus ojos imploran una respuesta. Su frente, resignada ya, se deja sumergir en la sombra.

-¿Quizás es demasiado tarde? La puerta de vuestro corazón se ha vuelto a cerrar. Cansado de esperarme, habéis tirado lejos la llave... -Con la mirada perdida en el vacío, la muchacha oscila suavemente-. Era una llama joven -murmura para sí-. Frágil, como todos los seres nuevos. Era un pajarillo, un pajarillo hambriento...

Sus palabras resultan infantiles. Sus frases se convierten en un río que la arrastra y sosiega. Su silueta en una sombra frágil que se balancea y se deja mecer. ¿La estaba acariciando con sus alas el ángel de la locura?

Abu al Hasán no puede contenerse más. Tiende una mano tranquilizadora hacia la mejilla asolada por las lágrimas. Pero Isabel no lo ve.

-El pájaro está muerto, ¡por mi culpa! -prosigue, con voz apagada-. No os acuso de nada. Ni de inconstancia, ni de traición...

En ella, alrededor de ella, se abre un abismo, y se hunde en él. Atrapada por el dolor, ya no se da cuenta de nada, ni siquiera de esa mano que se posa en su mejilla, ni de la respiración atenta que vibra en sus cabellos. Como un puente lanzado mucho más allá de la locura, dos dedos en su mentón la obligan a levantar la cabeza.-No digas nada más, Isabel. No hay nada que perdonar.

Esta voz, este murmullo, ¿son los de un ser vivo, o la acogen, ya, en el reino de los muertos?

-¿Me oyes, Isabel?

-Nada que perdonar... Entonces, realmente es demasiado tarde -se lamenta, obstinada.-Pero no, idiota. ¡Te estaba esperando! -responde una voz divertida. Entonces la pone en pie. La coge de los hombros, la levanta. El estrecho túnel que la engullía ha aflojado su presión. Inclinado sobre ella, el hombre cuyos ojos de noche le parecen sembrados de estrellas la sacude con fuerza.

-¡Despierta, Isabel! La pesadilla ha terminado. Estás viva, mi insumisa. Loca, insoportable, pero viva.

Como salida del corazón de la tierra, una risa gigantesca transporta a la joven. Una risa que convulsiona el cielo, que reúne a la luna y el sol. Una risa que reconcilia para la eternidad la alegría y el sufrimiento; la absurda alegría, el luminoso sufrimiento de ser dos...

Recuperada su esperanza, Isabel no ha advertido que el brazo que la sostenía vuelve a estrecharla con fuerza. La alegría feroz de la muchacha enfebrece a Abu al Hasán. Cómo le turban el estallido salvaje de su boca, los destellos de sus ojos, el rubor de sus mejillas en llamas. Bajo la afluencia dolorosa del deseo, la mirada que posa sobre Isabel se ha reducido a una punta afilada.

Alertada por el brillo peligroso que ha aprendido a reconocer, la muchacha tiene un escalofrío de sorpresa. En su garganta, la risa estalla. Una inquietud confusa se apodera de ella.

-¿Sabes que es insultante reír ante el sultán? -la distrae Abu al Hasán.-¡Oh, mi señor, perdonadme! -se asusta enseguida Isabel-. No quería faltaros al respeto. Es sólo que estoy tan... tengo tanto...

Se enreda, se pierde, vencida por el pánico.

-Acepto por ahora tus excusas -la interrumpe la voz severa, a la que le cuesta esconder su regocijo-. Pero en el futuro tendrás que mostrarte más atenta.

Al tiempo que habla, el príncipe la atrae hacia sí. Sus brazos la rodean, la estrechan. Su cara se acerca, al acecho de su reacción. Isabel no se atreve a moverse. Si intentara escaparse, además, las manos abrasadoras que la sostienen sabrían disuadirla rápidamente. Una dulzura alarmante se apodera de ella. En su talle, sobre sus costados, las manos presionan con más fuerza, despertando a su paso una fiebre que ella reconoce. Asustada, se pone tensa. Pero los brazos no moderan su presión. Alentada, al contrario, por su inmovilidad, una mano se enrosca a su cuello, atrayendo el rostro aturdido.-No temas, mi Isabel -murmura la cálida voz que pulsa sus nervios tensos como dedos expertos las cuerdas del laúd-. Sabes que no te quiero ningún mal.

Hechizada por estas entonaciones que la cautivan, Isabel se relaja.

-Eres mi pequeña salvaje, mi fiera, mi insumisa -susurra la voz en sus cabellos-. Eres Zoraya, mi estrella. Eres mía por entero. Tu baile, hace un momento, me lo ha dicho. Tus ojos me lo han gritado. Tus brazos me lo han confirmado. ¿Para qué resistir más? A las palabras que la hipnotizan se suman suaves besos. Cuidadosos para no alarmarla, son roces furtivos que cosquillean su sien, vacilan alrededor de su oreja y se extinguen en el hueco de su cuello. El aliento húmedo, sobre su piel, deja una señal abrasadora. Las palabras se pierden entre los latidos desordenados de su corazón. La tranquilizan y la ofuscan, la sosiegan y la torturan. Adormecen su desconfianza y disuelven su cuerpo transido.

El sultán se enardece. Con una mano, desata el lazo que sujeta la fina blusa, y se apodera de los senos temblorosos. Bajo este asalto, los pezones se endurecen. La joven, turbada, nota que le falta el aire. En su cuello, la boca del hombre se vuelve ardiente, y cada contacto se imprime sobre su piel como hierro candente. La boca mordisquea, ahora. Fustiga, exige. Y remonta hasta el rostro que, enfebrecido, intenta esquivarla. Con mano imperiosa, Abu al Hasán aprisiona la nuca de Isabel. Sus labios se clavan sobre los labios cerrados. Chocan, muerden y sumergen a Isabel en las sensaciones más enloquecidas. Por un instante, abandonan su presa, irritan el lóbulo de la oreja, vuelven luego al fruto codiciado. Y cuando la muchacha, sofocada, intenta recobrar el aliento, fuerzan la muralla de los dientes y conquistan al fin la plaza.

Turbada, abrasada de vergüenza e impaciencia, Isabel siente que toda conciencia la abandona. Un gemido ávido se le escapa, y es acogido por un suspiro victorioso. Arrastrada en un torbellino, apenas advierte que entre dos caricias embriagadoras unas manos hábiles van apartando los velos. Como animadas con vida propia, sus caderas empiezan a mecerse al posarse en ellas los dedos impacientes. La seda se desliza a lo largo de los muslos...

Cuando, multiplicando las caricias que la dejan desarmada, el emir la lleva suavemente hacia el diván, Isabel está desnuda. Y no piensa en ofuscarse. Su alma ya no le pertenece, poseída por una fuerza delectable que la arrastra cada vez más lejos. A su ser vibrante de sed sólo le importan ya esas manos que lo llenan, esos labios que hacen gemir a su boca, ese cuerpo firme y posesivo que da luz al suyo. Cuando se tambalea en el lecho, todo en ella se ha tambaleado.

Inclinado sobre el cuerpo ofrecido, el soberano saborea su victoria. Se deleita en la contemplación de los bucles salvajes tendidos hasta el suelo, la punta dorada de los senos excitados por la espera y, más allá del tierno vientre, los labios imberbes repletos de savia. Pero lo que más lo enfebrece es el rostro contraído, la boca turgente de deseo y, velado por una bruma salada, el océano de dos grandes ojos abiertos que ora en silencio.

Temiendo que Isabel recobre la razón, su fría razón de niña pudorosa, se echa enseguida a su lado. Lo acoge una risa ahogada, mientras una voz grave suspira:-Vos os hacéis desear, mi señor. ¿Os habré ofendido una vez más?

-Espera un poco mi tórtola -murmura Abu al Hasán-. No es el de la ofensa, sino el de el ultraje, el sabor que vas a conocer.

Su deseo, mucho tiempo dominado, le arranca un gruñido de sufrimiento. Ya su rodilla se aloja entre las piernas de la muchacha. Su mano se desliza entre los muslos, roza, acaricia, sigue subiendo. Con todo su peso, se deja caer sobre el cuerpo al fin abandonado, y avanza, y retrocede.

Con la mirada extraviada, la respiración entrecortada, Isabel permanece ausente, al acecho de ese dolor que en ella se hace calor, ola abrasadora que la azota, la mece y la embarca hacia unos horizontes de fuego. Su cabeza rueda, frenética, sobre los cojines desperdigados. Su vientre golpea. Su pecho se estremece. Se siente carne, se siente barro, tierra de surco generoso que aspira al vigor del hombre. Con su aliento enloquecido, su garganta en llamas, agarra como en un sueño las caderas que bailan encima de ella.

-Ven, preciosa, ven conmigo -gruñe Abu al Hasán mientras se hunde vigorosamente, tan profundamente que ella solloza de felicidad.

¿Dónde empieza la carne de la mujer? ¿Dónde acaba el deseo del hombre? En esta noche milagrosa, dos seres no son más que uno. Dos gigantes tocados por la gracia, se diluyen el uno en el otro, se amalgaman y se funden. Y cuando, desde el cuerpo del sultán, un tornado retumba y explota, en el vientre de Isabel, en su garganta, en su frente explota también, en un destello ensordecedor. Fulminados en ese mismo instante, los dos cuerpos enlazados se dejan caer, ligeros de repente, iluminados, tiernamente abrazados.

Cuando Isabel recobra la conciencia, el sultán la observa con descuido tumbado a su lado. Ella busca su calor con la mano y abre para él sus párpados pesados. Una sonrisa burlona la acoge.

-Entonces, bella insumisa, ¿qué piensas del ultraje? -susurra una voz burlona.

Isabel intenta esconder su rostro humedecido en el hombro del sultán. En la mirada clavada en ella, le ha dado tiempo a sorprender un alegre destello de triunfo.-Vos teníais razón, mi señor -concede ella, intimidada-. Ha sido una danza muy bella.-Entonces, ¿a qué vienen esas lágrimas, estrella mía? -replica el emir enternecido, recogiendo en un rincón del párpado una gota de agua salada.

-¿Puede ser un exceso de felicidad? O demasiada sorpresa, también -confiesa-. Jamás habría imaginado...

-¿Que podían ser tan dulces unos asaltos tan bárbaros? -la ayuda Abu al Hasán.-¿No es pecado -se preocupa- hallar tanto placer en...? -Isabel, sonrojada, se detiene. ¿Cómo traducir a su amante las palabras enredadas del hombre de negro? ¿Cómo hacerle compartir los terrores adolescentes que se apoderaban de ella cuando, al dejar a su confesor, intentaba imaginar ese peligroso pecado de la carne?

-Mi niña, ¿también es eso lo que te asustaba, entonces? -adivina el sultan, intrigado-. Todas esas palabras enlutadas que multiplica la gente de tu Iglesia para tener al pueblo aterrorizado en sus manos. Yo los oí, alguna vez, en el tiempo en que en la corte de Segovia me obligaban a escuchar sus sermones. Confieso no haber entendido nunca cómo se atrevían desnaturalizar hasta ese extremo las palabras de Isa ben Meryem. ¡Cuánto odio, en ese rechazo del amor! Qué desprecio por el cuerpo que el Creador esculpió con su aliento, dándoselo al hombre para que lo disfrute, como todas las cosas, en el amor del otro y de El... ¿No sabes, corazón, que tu cuerpo es la morada de tu alma, el laúd del que escapan las melodías que agradan al Altísimo? Te corresponde a ti sacar de él música celeste o sonidos confusos.

Sosegada por estas palabras tan acordes con las de Malika, Isabel, en secreto, otorga su reconocimiento a su iniciadora.

-¿Sabéis que una mujer, antes que vos, me dijo cosas parecidas? -evoca, ensoñada-. Pero yo no acababa de creerla.

-Eso es porque ella era sabia, y tú no -murmura el príncipe rozando con dedos ligeros el costado cubierto de sudor-. Pero ahora estas de acuerdo, espero. ¿O no he puesto suficiente pasión en convencerte? -pregunta él, con un gesto de fingida inquietud.-Todavía no lo sé, mi señor. Quizá debería reclamaros algunos argumentos complementarios...

-¡Gracias a Dios! -exclama Abu al Hasán en un estallido de risa-. Al fin te revelas tal como te imaginaba. El amor es cosa grave, mi bella estrella, mi Zoraya. Pero también puede ser gracioso, jovial, glotón, despreocupado; veo que lo has comprendido. ¿Apreciarás, al final, el placer de ser mujer?

Pero los ojos de Isabel se han teñido de noche. Alertado por la expresión dolorosa que lee de repente en sus labios, el soberano pregunta:

-¿Qué hay, mi pequeña salvaje? ¿Te habré herido una vez más?

-No, mi señor -murmura la voz tensa de la mujer-. Es sólo un pensamiento que me inquieta...

¿Un pensamiento? Más bien unas imágenes que, fulgurantes, acaban de traspasarla. Esas esclavas con las que deberá reunirse por la mañana, todas esas mujeres que su amante ha tenido entre los brazos, que hace un momento besaba sin preocuparse por su presencia, todos esos impulsos, esos abrazos, esas promesas quizás, escritos en su rostro por la mañana... ¿Son ellas capaces de amar como ella ama a este hombre infiel al que todas pertenecen? Y él, ¿les ofrece a todas su rostro turbado de ternura, y esos ojos que piden una explicación, y esos labios que vacilan entre la inquietud o la sonrisa?-No vas a salvarte todavía -protesta la voz refunfuñando-. Te tengo, y no voy a soltarte. Ni por las calles, ni en tu cabeza, no dejaré que vuelvas a escapar jamás.-Es que tengo miedo, mi señor -susurra Isabel, desarmada. Y, en un susurro imperceptible-: Creo que os quiero...

Ella se estremece de verdad, la inocente. Pero cuando Abu al Hasán toma su cabeza entre sus dos manos dulcemente, cuando clava en ella el dardo de su mirada emocionada, cuando los ojos negros estriados de estrellas vierten en ella su flujo acariciante, Isabel admite que ha encontrado su refugio, tal vez.

 

Burgos, noviembre de 1502

Esa noche que la había hecho mujer marcó para mi joven amiga la entrada en un templo misterioso del que iba a tener que franquear los siete velos. Con emboscadas y trampas, entre impaciencias y adversidades, tardaría algunos años en ganarse su corazón, me explicaría mucho más tarde. Corazón abrasador, corazón purificador de un amor que la había consumido, despojándola de todo lo que no era él, revistiéndola de esa belleza radiante que a su llegada a nuestro convento advertiríamos todas: la belleza de la carne que el alma anima e ilumina.

Cuán bella nos pareció, en efecto, la noble doña Isabel cuando, pasada la cuarentena, vino a llamar a nuestras rejas. Con su pesado moño rojizo que subrayaba la fragilidad de su nuca, con sus pupilas oceánicas bañadas por demasiadas brumas, con su frente pensativa, su boca redonda y grave donde casi nada bastaba para hacerla reír, parecía que, por la gracia de esta extraña mujer retirada, el brillo prometedor del alba penetraba en nuestro monasterio. Muchas veces, mientras desgranaba para mí sus recuerdos, inclinada sobre su libro, me la imaginaba tal como debió haber sido en sus años de al Andalus. La veía calurosa, animada por una vida sobrecogedora que se leía aún en su mirada. Adivinaba su pasión voraz que debía endulzar ya esa tierna gravidez, ese principio de melancolía que más tarde constituiría la gema de su alegría. Yo comprendía sin dificultad cómo la muy joven mujer que ella era entonces pudo conquistar el corazón del sultán, el de la corte y el del pueblo de Granada, tan voluble, inclinado por naturaleza a no amar la luz más que atrapada en la noche, ni la belleza ardiente más que velada de tristeza.

Pero mejor los dejamos resucitar, esos años que vieron a Isabel la salvaje eclipsarse ante Zoraya, Estrella de la mañana, Luz de la aurora en los ojos deslumhrados del sultán Muley Hacén...