Los hijos de Shifty

Santiago Diaz · Capítulo 2 de 24

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Los hijos de Shifty

Capítulo dos

 

Mick Hardin se despertó de un sueño en el que yacía en la cama de su infancia y no podía moverse. Sentía que le pesaban los párpados y se preguntó si estaba muerto y alguien le había puesto monedas de un centavo sobre los ojos. Se suponía que las monedas mantenían los párpados cerrados y servían de pago al barquero que transportaba a los muertos por el río Estigia.

Mick se quedó un rato despierto recordando el IED[1] que lo había enviado a un hospital militar durante tres semanas. Le dieron el alta y lo mandaron a rehabilitación para su pierna, un calvario extenuante y doloroso. De la cama pasó a una silla de ruedas, luego tres meses con muletas. Acabó con un bastón que le avergonzaba en público.

El coronel Whitaker, su oficial al mando, le regaló un bastón especial concebido para soldados. Era de aluminio ligero pintado de negro y en un lado figuraba un lema: «This We’ll Defend». Como las palabras estaban impresas en vertical, el apostrofe era un puntúo casi inapreciable y, a primera vista, parecía que ponía: «This Well Defend». Cada vez que Mick se servía de él, le venía a la cabeza el viejo pozo de la cabaña del bosque de su abuelo, el

agua estaba tan fría que le entumecía las encías[2]. Hizo la rehabilitación hasta que pudo pasearse cojeando por la base sin bastón y luego pidió permiso para volver a casa durante el resto de su baja médica. Su mujer se ocuparía de él y podría llevarlo al hospital de veteranos más próximo, situado a ciento treinta kilómetros, en Lexington. El coronel accedió y ordenó a Mick que mantuviera el móvil encendido y que devolviera todas las llamadas. Mick asintió y voló a casa.

Entonces abrió los ojos. Estaba en la casa de su madre, no en la cabaña donde había crecido. Se sentía fatigado y le pesaban los miembros, un efecto de los analgésicos. Había pasado del femando del campo de batalla a la morfina del hospital y al Percocet de cuando le dieron el alta. Seguía tomándolo, aunque el dolor ya no requería ese grado de medicación.

Había mentido al Coronel Whitaker. No había ninguna esposa que fuera a ocuparse de su cuidado. Se habían separado hacía un año. Los papeles del divorcio estaban en el equipaje de Mick, sin firmar, junto con su teléfono móvil, apagado. Estaba esperando una razón para rellenar los documentos y desligarse para siempre de dieciséis años de matrimonio. Pese a las circunstancias, no le parecía bien. Como tampoco el hecho de dormir en el cuarto de invitados de la casa de su madre. La hermana de Mick, Linda, había heredado la casa a la muerte de su madre. Linda estaba ahora en el trabajo. Era la sheriff del condado, se presentaba a las elecciones y no la veía mucho.

El reloj de la mesilla de noche marcaba las diez treinta y Mick sabía que su hermana no tardaría en llegar a casa para almorzar. Tenía tiempo de sobra para recorrer los tres kilómetros que sé imponía a diario por la recompensa del Percocet. Salió de la casa estilo rancho ubicada en el extremo cerrado de la avenida Lyons y emprendió la caminata a paso ligero. En muchos jardines vecinos había macizos de forsythias de un amarillo radiante, risueños bajo el sol primaveral, sus frondas ya teñidas de verde por los bordes. Los junquillos estaban floreciendo. En el cerro que daba a la calle se distinguía la bruma de los ciclamores y de unos cuantos cornejos rosados. Los cerros eran espléndidos en todas las estaciones sobre todo en primavera, cuando la tierra ofrecía promesa y esperanza. Su belleza le apabullaba. La vida de Mick se había desbaratado considerablemente y ahora se encontraba allí, lamiéndose las heridas bajo el techo de su madre muerta, atendido por su ruda hermana. Lo absurdo de la situación le animó momentáneamente.

Una vecina lo saludó desde su parterre. Dos perros aparecieron trotando por la esquina de otra vivienda, meneando la mitad posterior de sus cuerpos en señal de bienvenida. Mick les rascó el lomo sin detenerse, reacio a interrumpir su ritmo. La pierna le dolía, pero poner sus miembros en marcha le hacía sentir bien. Estaba casi curado. El ejercicio diario era la etapa final de la rehabilitación, destinada a reconstruir la masa muscular que había perdido postrado durante semanas en desalentadoras camas de hospital. En la acera de enfrente estaba Miller, el cartero, un hombre al que Mick conocía desde el instituto. Aquel era uno de los pocos empleos federales del condado, y se habían presentado más de cuatrocientas personas a la convocatoria. Todo el mundo se preguntaba cómo había conseguido la plaza.

Mick maldijo en silencio su error de calculo, ahora tendría que charlar con todas las personas que saliesen a recoger el correo. En efecto, el viejo Boyle se demoraba junto a su buzón viendo cómo él se acercaba. Llevaba un pantalón arrugado, mocasines marrones y una camisa abotonada hasta el cuello, como si se hubiese arreglado para salir un momento a la calle. Bull Boyle había servido en Vietnam y había perdido un hijo en Irak. Sentía cierta simpatía por Mick, aunque envuelta en un manto de resentimiento por el hecho de que Mick hubiese regresado a casa más o menos intacto. Sobre las orejas llevaba unos audífonos en forma de media luna de un vago color carne. Mick los identificó como anticuados dispositivos del Departamento de Asuntos de los Veteranos.

—¿Cómo va esa rueda? —preguntó Boyle, señalando la pierna de Mick.

Mick, por respeto, aminoró la marcha a un ritmo de paseo.

—Cada día más fuerte —dijo—. ¿Algo que merezca la pena en el correo?

—Sí, he ganado dos mil dólares. Tengo que ir al concesionario de Chevy a cobrarlos. Me soltarán un rollo de venta, y luego un par de auriculares. ¿Qué cojones voy a hacer yo con eso? Mi cabeza va a parecer una ferretería con tanto cacharro colgando a los lados.

Mick se rio.

—¿Tu hermana bien? —preguntó Boyle.

—Sí, me está metiendo mucha caña. Solo salgo a dar mis caminatas para que no me dé el coñazo.

—Es una buena agente —dijo Boyle—. Votaré por ella.

—Linda dice que la cosa va a estar reñida.

—Ese otro tipo no vale nada. Se piensa que es el rey del mambo, pero tendrías que verlo bailar, más que piernas tiene ancas. —Volvió a fijarse en la pierna de Mick—. Y no va con segundas.

—Lo sé, señor Boyle. Será mejor que retome la marcha antes de que se me quede rígida.

—Bien hecho —dijo—. Te veo a la vuelta.

Mick aceleró el paso, atento a los leves chasquidos de la rodilla o a los crujidos imaginarios de la cadera. En línea recta, había unos cuatrocientos metros desde la casa de su hermana hasta el primer cruce con otra calle, pero la avenida Lyons discurría junto a un arroyo que serpenteaba desde los cerros y la ruta al final era de algo más de un kilómetro y medio. Cambió de acera dos veces para evitar a la gente.

Su padre había muerto joven y Linda se quedó con su madre. Desde los ocho años, Mick vivió con su abuelo y su bisabuelo en el bosque, veinte kilómetros al este. Nunca le había gustado el pueblo. No se trataba de Rocksalt en concreto, sino de cualquier aglomeración de gente. El pueblo requería una pátina social que a él no se le daba bien, un exoesqueleto de cortesía. La gente decía una cosa y pensaba otra. Se ofendía si te atrevías a ser sincero y directo. Era como si estuviese prohibido decir lo que se pensaba. Él prefería la franqueza de la gente del campo y la vida castrense.

La avenida Lyons terminaba en la calle Segunda, un nombre que siempre divertía a Mick por su escasa originalidad. En las grandes ciudades, tales designaciones tenían sentido por la cantidad de calles que se cruzaban, pero en Rocksalt solo había tres: la calle Principal, la calle Primera y la calle Segunda. Mick dio la vuelta y regresó sobre sus pasos. Pasaron dos coches y saludó sin mirar. El sudor le caía por la espalda y las piernas. Estaba respirando con suficiente desahogo como para forzar la marcha, con la mirada al frente y atento a la periferia. Cuando la casa de su hermana apareció a lo lejos, dobló la velocidad contando el ritmo en su cabeza, ciento ochenta pasos por minuto hasta plantarse en el camino de acceso.

Jadeando como un perro, se apoyó en la fachada y bebió de la manguera del jardín, satisfecho con sus progresos. Ya casi estaba recuperado para volver al servicio. La que había sido su mujer durante dieciséis años vivía ahora en otro pueblo con otro hombre y con la hija que habían tenido. Por un lado, lo consideraba un daño colateral de los prolongados despliegues en el extranjero. Por otro, pensaba que había fracasado como marido.