Los hijos de Shifty
Capítulo cinco
Johnny Boy Tolliver estaba sentado en su despacho de ayudante del sheriff admirando la configuración de la estancia. Todas las paredes estaban recubiertas de archivadores maltrechos. Contenían expedientes de casos que se remontaban siete décadas atrás, ordenados prolijamente por año y alfabéticamente por el apellido de las víctimas. Los había organizado en tres grupos: casos abiertos, reincidentes y asesinatos sin resolver. El último expediente era bastante exiguo, pero lo leía una vez al mes por interés personal. Su primo figuraba en él, Billy Rodale, asesinado hacía veinticinco años, ningún arresto. Johnny Boy consideraba esos expedientes como una historia del condado. Era un documentalista que tenía que llevar una pistola.
Al ser ayudante del sheriff se había librado de tener que colgar en la pared un óleo falso con el retrato del gobernador. En lugar de eso había colgado una reproducción del primer mapa de «Kentucke», de 1784, cuyo extremo oriental incluía el actual condado de Eldridge. En una estantería había un montón de libros sobre el estado. Uno ofrecía detalles de todos los emblemas, lemas y símbolos designados oficialmente. Algunas opciones, como que la leche fuese la bebida oficial del estado, le habían dejado estupefacto. Debería haber sido el Ale-8, el único refresco autóctono de Kentucky.
Su ordenador era voluminoso y lento, tenía quince años. Un cable corto lo unía a una impresora que tenía la costumbre de desconcertarlo. Era como una mula recalcitrante que se negaba a desplazarse por sabe Dios qué motivos: cansancio, aburrimiento o, quizá, rebeldía infantil. A su lado, un teléfono de botones conectaba la línea con la sheriff y con la nueva operadora de la centralita. Al borde del escritorio estaba su único objeto personal, una fotografía enmarcada que había hecho con su teléfono móvil hacía dos años. En ella aparecía Linda arrestando a su hermano. Había salido en el periódico del condado y en el Lexington Herald-Leader. Estaba muy orgulloso de esa foto, aunque secretamente decepcionado por que no se hubiese hecho viral.
Linda estaba en el juzgado y la nueva operadora había salido a almorzar, lo que dejaba a Johnny Boy al mando, una situación que le gustaba. Un rato antes había entrado una llamada, una anciana con demencia avistada en un campo en barbecho. Johnny Boy conocía a la señora Hayes, a sus hijos adultos y a sus nietos, incluso a algunos bisnietos. Periódicamente le daba por acercarse a pie hasta la casa en la que había vivido con su marido hacía sesenta años. Johnny Boy la recogió y la llevó de vuelta con su familia. Una adolescente abrió la puerta y dijo: «La abuelita a veces se escapa. Es como un gato».
Ahora Johnny Boy estaba en su despacho pensando en el almuerzo. Las opciones no eran muchas en un pueblo de seis mil habitantes. Chino, mexicano, pizza o hamburguesas. Todo el mundo elogiaba el nuevo Cracker Barrel de la interestatal, pero a él le parecía que estaba demasiado abarrotado de chatarra clavada en las paredes. Y lo que era aún peor, la última mujer con la que había salido trabajaba allí. Habían pasado siete años, pero todavía sentía una punzada de pérdida cada vez que la veía. No tenía sentido ponerse triste en el almuerzo.
Se decidió por el Coffee Tree, una librería que vendía sándwiches e historias. Por costumbre, echó un vistazo a la papelera, que estaba vacía porque ya la había vaciado dos veces. Algunos días transcurrían tan lentos que hacía gurruños de papel y los tiraba solo para sacar la basura.
La sheriff Hardin entró por la puerta principal moviéndose con la celeridad acostumbrada, aporreando la desgastada moqueta con sus botas. Se dirigió a su despacho y él se plantó en la puerta.
—¿Qué tal en el juzgado? —dijo.
—Le han caído tres meses, deducción por tiempo cumplido. Está en la calle.
—¿El de las metanfetaminas? Me parece fatal.
—Tres cosas a su favor. Su laboratorio de meta era una furgoneta aparcada en el bosque. Voló por los aires y no pudieron probar que era suya. Segunda, no llevaba nada encima cuando lo arrestaron.
—¿Y la tercera?
—Es Ryan por parte de madre. Leyes distintas para distintas familias.
—Esos Ryan son tan engreídos que empinan el codo y presumen de trompa.
Linda no reaccionó a su broma y él entendió que su nivel de irritabilidad estaba por las nubes. Le informó enseguida de la llamada matutina para rescatar a la señora Hayes. Linda gruñó, hojeando el papeleo.
—Quiero que hagas una cosa —dijo.
—Estaba a punto de salir a almorzar.
—Bueno, puedes comer por el camino. Tienes que llevar a mi hermano a la vieja cabaña del abuelo. Quiere su camioneta.
—No tiene pinta de asunto oficial.
—No lo es, pero te dejaré que cojas el todoterreno. Mick está en mi casa. Podéis comer los dos por el camino.
—¿Es una orden?
—No, joder, es un favor. Yo estoy liada con la campaña.
—Creo que no le caigo muy bien a tu hermano.
—No le cae bien nadie.
Le lanzó las llaves. Él las atrapó al vuelo con la gracia de un atleta y las hizo tintinear, encantado de la vida.
—No me lo destroces —dijo ella.
En el aparcamiento, Johnny Boy se cruzó con la operadora que regresaba del almuerzo. Sandra Caldwell tenía treinta y tantos, era morena, lista y organizada. Había roto recientemente con un novio y Johnny Boy alimentaba la ferviente esperanza de que se interesara por él. Sería uno de esos romances de oficina mantenidos en secreto hasta que anunciaran su boda y todo el mundo se alegrara por ellos.
Sandra lo saludó con un gesto de la cabeza sin aminorar la marcha de camino a la oficina del sheriff. Él la vio desaparecer pensando que tenía que hallar la manera de hablar con ella más allá de la simple transmisión de información operativa.
Johnny Boy dio un par de vueltas al pueblo siguiendo la ruta que tomaban los adolescentes los viernes por la noche. Como de costumbre, la acera estaba casi desierta, salvo por dos ancianos sentados en un banco. Uno parecía estar dormido, el otro era ciego. Johnny Boy los saludó de todas formas, un gesto seco acorde con la categoría que le otorgaba ir al volante del vehículo oficial. Condujo hasta la casa de Linda y tocó el claxon dos veces. Mick salió por la puerta lateral y avanzó bajo la marquesina de la cochera hasta el lado del acompañante.
—Me enteré de que volviste al servicio —dijo Johnny Boy—. Lamento que te hirieran al otro lado del charco.
—Ya voy mejor.
—¿Hacia dónde vamos?
—Al este por la antigua Sesenta.
—¿Te importa si paramos a comer? Lo mismo en un autoservicio.
Mick asintió y guardó silencio mientras atravesaban el pueblo y pedían comida rápida. Johnny Boy fue comiendo de su regazo con una mano mientras se adentraban en los cerros. Mick pareció relajarse en cuanto salieron de Rocksalt al contemplar por la ventanilla el risueño verde claro de los brotes de las coníferas. De vez en cuando, un cardenal surcaba el aire como un reguero de sangre.
—Algo que descubrí el otro día —dijo Johnny Boy— que me ha estado comiendo la cabeza. La roca del estado de Kentucky es el ágata. Y el mineral, el carbón. Pero la cosa es que el carbón no es un mineral, es una roca. Y el ágata es un mineral, no una roca. Lo han hecho al revés. ¿Cómo ha podido pasar?
—Tira a la derecha en Bearskin Holler.
Un poco molesto por haber sido ignorado, Johnny Boy dobló por un estrecho carril asfaltado lleno de parches de tierra que brotaban del alquitrán. El condado lo pavimentó en su día con la menor cantidad de asfalto posible, una forma de ahorrar dinero y ganar votos. A juzgar por el estado de la carretera, Johnny Boy calculó que eso debió haber sido al menos dos elecciones atrás. Fue sorteando los hoyos de barro en los que crecía la maleza.
La carretera inició un ascenso gradual hacia un bosque más frondoso. Unas cuantas ramas de arce se entrelazaban en lo alto haciendo que los rayos de sol se filtrasen formando un caleidoscopio de luz cambiante. El asfalto se fue confundiendo con la tierra hasta formar un par de roderas. Johnny Boy detuvo el coche.
—¿Seguro que vamos bien? —preguntó.
—A pie desde aquí. Algo menos de un kilómetro.
—¿Podrás con tu pierna?
Mick se bajó del todoterreno y echó a caminar. Johnny Boy hizo lo propio, puso el seguro, comprobó el cierre un par de veces y se apresuró a seguir los pasos de Mick. Un cuervo emitió una advertencia. Dos carboneros interrumpieron su charla. Oía sus botas sobre la tierra apisonada, pero no las de Mick, lo que le desconcertó. Tal vez la pierna mala le hacía caminar en silencio.
Al coronar el cerro, las roderas volvieron a convertirse en un camino, invadido por la festuca, las asclepias y las flores caídas de las uchuvas. El terreno se abría a una zona despejada, rodeada por un muro de árboles. Johnny Boy nunca había subido hasta allí, pero había oído hablar a Linda de aquel sitio: la cabaña centenaria en la que se había criado Mick. La estructura original de troncos con los resquicios rellenos de barro arcilloso fue reemplazada por franjas grises de cemento. Contaba con dos anexos adoquinados como si fuesen alas. El conducto de un horno de leña sobresalía del tejado y un único canalón desembocaba en un bidón para la lluvia. Al fondo se alzaba un viejo ahumadero vencido hacia atrás, como si la gravedad lo estuviera arrastrando ladera abajo.
Había una camioneta de los años sesenta aparcada delante de la cabaña. Los cuatro neumáticos estaban pinchados. El peso del motor había ejercido tanta presión sobre los neumáticos delanteros que la goma se había rajado. De la grieta de un neumático brotaban ramitas y hierba seca, el nido de algún animalillo, probablemente un ratón. Mick abrió la camioneta y probó el motor. Nada, ni siquiera el clac-clac del voltaje. El humor de Johnny Boy se hundió al comprender que le iba a tocar hacer de chófer de Mick. Deseó que alguien cometiera un crimen en el condado lo antes posible.
Mick rodeó la cabaña como si estuviese haciendo un reconocimiento de su casa, moviéndose tan silenciosamente como en el camino. Johnny Boy se lo anotó en la cabeza para preguntar por esa técnica, luego siguió a Mick al interior de la cabaña. El lugar era un desastre de latas de cerveza vacías, colillas, cristales rotos y trozos de loza. En un rincón había un montón de bolsas vacías de comida rápida, como arrastradas por el viento. Unos cuantos libros desperdigados por el suelo. A Johnny Boy le hizo pensar en las secuelas de las fiestas a las que había asistido en la universidad, el residuo del comportamiento negligente de la juventud. Mick se asomó a todas las habitaciones, luego recogió un librillo vacío de papel de fumar.
—Alguien se ha montado una fiesta aquí dentro —dijo Johnny Boy—. ¿Estaba cerrado con llave?
—Nunca. El abuelo no creía en los cerrojos.
—¿Quieres que te ayude a limpiar?
Mick asintió lanzándole una mirada de leve sorpresa ante el ofrecimiento. El propio Johnny Boy se sorprendió, pero la situación lo pedía a gritos. Se afanaron durante una hora y llenaron tres bolsas de basura grandes y una caja de cartón vacía con capacidad para doce botellas de bourbon.
—Curioso —dijo Johnny Boy—, no veo las botellas de whisky por ninguna parte.
—Están en el bosque. Eran mías, de hace un año.
—No sabía que bebieras.
—No suelo. Pero cuando me pongo, me pongo.
Johnny Boy frunció el ceño, ponderando sus palabras. Costaba imaginarse a Mick borracho. Probablemente lo mejor era que bebiese allí, sin nadie cerca.
—Nunca me han gustado los bares —dijo Johnny Boy—. Demasiado luminosos, ruidosos y llenos de gente. Me provocan ansiedad y entonces quiero beber más. Lo que peor llevo es que todos los borrachos intenten pegar la hebra conmigo.
Mick asintió. Salieron de la cabaña a lo que pasaba por ser el jardín. Era un lugar bonito, tranquilo, a pleno sol. Las aves canoras se habían reincorporado a su trabajo, ya despreocupadas de la presencia humana.
—No hay huellas de neumáticos —dijo Johnny Boy—. Los que se colaron debían ser chavales del instituto.
—Buena observación.
Johnny Boy se sintió momentáneamente orgulloso por el elogio fortuito, luego se acordó de que, al fin y al cabo, era su trabajo.
—No pareces muy molesto por lo de la cabaña —dijo.
—Lleva vacía mucho tiempo. Los chavales se meten en cualquier sitio que no esté bien cerrado. No los culpo. Enfadarse por algo así sería como ser una pulga y pelearse con otra por la propiedad de un perro, como diría mi abuelo.
—Mi primo podría ponerte la camioneta a punto. Los chicos no se acercarán si ven que hay alguien.
—Primero tendría que conocerlo.
Regresaron al todoterreno. Johnny Boy lo hizo retroceder a lo largo de unos ochocientos metros, disfrutando de la utilidad de la cámara retrovisora, hasta que una curva lo descolocó y estuvo a punto de desmochar un espino cerval. En el primer hueco amplio que encontró hizo un viraje de tres puntos y se encaminó hacia el asfalto. Condujo en dirección oeste por la carretera principal hacia la casa de su primo.
—¿Te has enterado de lo de Cabronazo Barney? —dijo Mick.
—Alguien lo mató.
—¿Crees que hay algo raro?
A Johnny Boy le halagó que le pidiera su opinión. Si Mick se lo había preguntado, seguro que era porque pensaba que, en efecto, algo olía mal, y Johnny Boy empezó a darle vueltas en la cabeza para tratar de adivinar lo que barruntaba Mick. Tres kilómetros más adelante, la idea le cayó encima como una palada de grava.
—Le dispararon tres veces —dijo Johnny Boy—. En pleno centro del pueblo. Nadie oyó los disparos.
—¿Qué concluyes de eso?
—Que usaron un silenciador.
—O que el cuerpo fue desplazado —dijo Mick—. ¿Hay alguna posibilidad de que te hagas con el informe policial? Sé que se sale de tu jurisdicción.
—Diablos, ya lo tengo. Está en la oficina.
—¿Te lo dieron?
—Conseguí una copia a través de un colega. Me gusta tener todos mis expedientes al día.
Mick asintió. El sol de la primavera confería al aire una luminosidad suave. Pasaron junto a una maraña de pequeños sauces, los brotes plateados ya estaban abiertos.
—Mi teoría es que algún político se topó con una veta de ágata en sus tierras —dijo Mick—. Y pensó que si la nombraba roca del estado, se sacaría una buena pasta.
—Ajá.
—La palabra mina significa «túnel». Hay que cavarlos para obtener minerales. Cuando empezaron a abrir minas para extraer el carbón de los túneles, llamaron al carbón mineral.
—¿Cómo es que sabes todas esas cosas?
—No eres el único de estos cerros que se ha leído un libro.
Johnny Boy sonrió, muy ufano de sí mismo. Por fin estaba ganando puntos con el hermano cascarrabias de su jefa.