Los millonarios
Capítulo 68
—¿Qué? —preguntó Gallo. Sujetando el móvil entre el hombro y la oreja, DeSanctis y él viajaban a toda pastilla por la I-95—. ¿Estás seguro?
—¿Por qué iba a mentirte? —le preguntó su socio en el otro extremo de la línea.
—¿Realmente quieres que te conteste a eso?
—Oye, ya te he dicho que lo sentía.
—No me jodas con que lo sientes —replicó Gallo—. ¿Realmente pensaste que no te veríamos? ¿Que podrías escabullirte sin que pudiésemos echarte un buen vistazo?
—No me estaba escabullendo a ninguna parte. Sólo estábamos reaccionando lo más deprisa que podíamos. Conseguimos reunirlo casualmente en unas seis horas, y una vez que lo tuve, ya os habíais marchado.
—Aun así, él debería haber llamado.
—¿Quieres hacer el favor de parar con la rutina de la madre culpable? —le rogó su socio—. Dijo que ya habías pasado por esto… una vez que Oliver y Charlie encontraron lo que había en ese mando a distancia, era mejor que apagáramos el fuego. Después de todo lo que ha pasado, lo último que necesitamos es quemarnos por un cabo suelto.
—De todos modos debería haberme llamado, especialmente cuando está cómodamente sentado sobre su culo en Nueva York.
—No, no, no… ya no está allí. Salió en un vuelo a primera hora de la mañana.
—¿De verdad? —preguntó Gallo mientras la autopista interestatal de Florida pasaba volando junto a su ventanilla—. ¿De modo que está cerca?
—Tan cerca como puede estarlo. Pero si hace que te sientas mejor, la próxima vez enviaremos a un Hallmark.
—En realidad, tendrían que enviárselo a DeSanctis. Es a él a quien le machacaron la cabeza.
—Sí… lo lamento…
—Seguro que sí —dijo Gallo fríamente. Volviéndose hacia DeSanctis señaló el cartel de la autopista de Florida.
—¿Estás seguro? —susurró DeSanctis y Gallo asintió.
—Escucha, tengo que darme prisa. Estos días estoy muy solicitada.
Gallo puso los ojos en blanco.
—¿De modo que estás segura de que se dirigen a Disney World? —preguntó.
—Allí es donde están las copias de seguridad —contestó ella—. Y el único lugar que queda donde Oliver y Charlie aún pueden probar lo que sucedió realmente.
Gallo apretó con fuerza el teléfono mientras pensaba en esas cintas.
—Aún no comprendo por qué no les apretamos las clavijas ahora y nos ahorramos un dolor de cabeza.
—Porque a diferencia de lo que dice la porción de macho de tu cerebro, torturarles no es la forma de llegar hasta el dinero.
—¿Y cuál es la forma que propones?
—Pronto la averiguaremos —dijo Gillian mientras su voz se convertía en un susurro—. Unas pocas horas para ser exactos.