Los monstruos que ríen

Denis Johnson · Capítulo 2 de 3

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Los monstruos que ríen

Tres

[15 OCT, 23.00]

 

Muy bien, Tina. El jefe de los captores, el brujo, el general, el carcelero mayor, el

secuestrador o lo que sea me acaba de enseñar lo que más me gusta de África

Oriental. Una bolsita de plástico que cabe exactamente en un bolsillo de la camisa; a

continuación me ha enseñado la etiqueta —«40% vol. licor de caña, 100 ml»—, le ha

arrancado la esquina de un bocado y ha sorbido todo su contenido, mientras me

explicaba:

—Es para el resfriado.

Y la ha tirado a un lado, y en ese mismo momento me he dado cuenta de que el

suelo de tierra de esta choza baja y grande en la que nos tienen está cubierto de

bolsitas parecidas vaciadas y tiradas al suelo —una verdadera alfombra de bolsitas—,

«Vodka Rider» y «Vodka ZAP» y «Licor de Caña». Yo conozco todos estos sobres;

de hecho, muchos de estos sobres vacíos eran míos y solo míos hace solamente una

hora escasa, cuando ellos me los han robado, y sin embargo no percibo ninguna

gratitud en las caras negras y lacadas de estos soldados borrachos que me rodean. Lo

que sí percibo es que este lugar huele poderosamente a humanos sin lavar.

Acabo de ver una luciérnaga solitaria que salía disparada hacia arriba. O bien me

acaba de explotar un capilar en el cerebro. La verdad es que yo también estoy un

poco borracho. Y este no va a ser uno de esos intentos patéticos de explicar «cómo

me he metido en este desastre», porque no tiene sentido llamarlo desastre hasta que

veamos cómo acaba todo. A veces uno se queda encallado en una situación. África es

así. Luego vuelves a ponerte en marcha sin tener ni idea de qué ha pasado, y eso

también es típico de África. Y mientras estás encallado, si alguien te da un lápiz y un

papel… pues ¿por qué no?

En cuanto a por qué no tengo ordenador, no es porque me lo hayan quitado ellos,

sino porque cuando Michael, Davidia y yo estábamos acercándonos a la frontera del

Congo a bordo de un Land Cruiser que primero habíamos cogido prestado y después

robado a Pyramid Investments, en compañía de nuestro guía o cómplice, un congolés

cuyo nombre yo no había entendido, Michael detuvo el coche en un puente sobre

algún afluente del Nilo Blanco y dijo «Aquí es donde vamos a tirar nuestras

comunicaciones», y a continuación arrojó su teléfono por la ventanilla. Davidia tiró

también el de ella y yo estuve encantado de deshacerme de todo lo mío (aunque mi

portátil y el segundo teclado eran completamente imposibles de localizar por GPS, y

el teléfono ya me lo había cambiado. Simplemente ya no quería cargar con todo aquel

peso). Se estaba poniendo el sol. Por debajo de nosotros vimos a gente lavando sus

vehículos, con el agua fangosa llegándoles a los ejes, conductores baldeando el polvo

rojo de las carrocerías arrugadas, abolladas y hundidas de sus Subaru y demás.

Davidia solo dijo una cosa:

—¿Durante cuánto tiempo tienes el coche?

—¿Qué?

—¿Cuándo tienes que devolver este vehículo?

—Ah. Tengo flexibilidad —dijo Michael con una ancha sonrisa, como si

estuviera describiendo su propia boca—. Tengo bastante flexibilidad.

Estoy hablando de mi amigo y tu amigo Michael Adriko, claro, y de su prometida

Davidia St. Claire. Ya sabes que fui a Freetown en busca de Michael. Pues no tuve

problema para encontrarlo, con Davidia cogida del brazo, y en cuanto al resto de la

historia te iré poniendo al día cuando el tiempo me lo permita. Resumiendo, los

entusiasmos de Michael, por así llamarlos, nos obligaron a abandonar Uganda a toda

prisa con rumbo a la República Democrática del Congo el 13 de octubre, hace solo

dos días. Antes habíamos volado de Freetown al noroeste de Uganda, a una ciudad

llamada Arua, que fue donde vi tu último correo electrónico y donde contemplé por

última vez tus pechos, y ojalá me los hubiera descargado en mi ordenador… Antes de

partir, en el hospital Kuluva de Arua, mientras le estaban poniendo unos puntos por

una pelea que no tiene sentido explicar, Michael alistó a un guía para que nos llevara

a una brecha en la frontera, porque ninguno de nosotros tenía papeles para entrar en

el Congo. Cuando Davidia y yo llegamos al hospital, Michael nos presentó al tipo en

cuestión, un hombrecillo flaco con pantalones de color azul luminoso y una camiseta

que ponía «¿QUÉ dices que hice anoche?», y me dijo que le diera cien dólares.

«Cuando nos haya llevado hasta el Congo», le contesté yo. «Muy bien», dijo

Michael.

Ya casi había oscurecido para cuando nos acercamos a la frontera, una

circunstancia propicia para la gente que quiere entrar sin ser vista, y pasamos entre

unas arboledas muy altas de eucaliptos, con Michael conduciendo como un africano,

demasiado deprisa para la superficie pedregosa de tierra roja, y me refiero a deprisa

de verdad, unos noventa o noventa y cinco kilómetros por hora de media, asustando a

bocinazo limpio a las bicicletas para que se apartaran a un lado, usando la bocina

mucho más que los frenos, sin prestar atención alguna a los niños, cabras, patos y

camiones que nos venían de frente, ni a los autobuses sobrecargados que aparecían

doblando un recodo de la carretera, apoyados sobre dos ruedas, ni tampoco a las

mujeres que caminaban por la carretera cargando fardos sobre la cabeza, casi siempre

palanganas llenas de «hormigas blancas», termitas de un centímetro de largo que se

venden como aperitivo en los mercados. Yo no las he probado nunca, pero es un

alivio saber que cada doscientos metros aproximadamente tienes en este país un

terraplén alto hasta el pecho abarrotado de nutritivos refrigerios. Una de aquellas

mujeres se nos cruzó por delante, con el brazo derecho en alto para mantener la

palangana en equilibrio sobre su cabeza y tapándole la mitad del campo de visión, de

forma que no nos vio, siguió cruzando la carretera y Michael intentó virar, pero la

golpeamos, la derribamos, yo la oí decir «Oooh» de una forma que nunca había oído

antes, y el jeep viró bruscamente, brincó, enderezó el rumbo y siguió adelante… Miré

atrás: la mujer estaba tirada en el suelo de barro, en la penumbra del atardecer, con

pinta de muerta.

—¡Michael! —exclamó Davidia—. ¡Michael! ¡Está herida!

—¡Ha cruzado sin mirar! —dijo él en tono furioso, aumentando la velocidad.

Encorvó los hombros mientras pisaba el acelerador a fondo y nos alejábamos a

toda pastilla de… ¿qué? Un asesinato tal vez. No lo sabríamos nunca.

—Michael, Michael —le dijo Davidia, pero Michael no contestó, y ella continuó

—: Vuelve, vuelve, vuelve, vuelve.

Pero no volvimos, no podíamos volver; no en África, aquella tierra durísima

donde nadie podía ayudar a aquella mujer tirada y seguramente muerta en medio de

la carretera, y donde escaparse de aquello no era ninguna equivocación. La

equivocación era echar un solo vistazo atrás.

Ahora ninguno de los tres hablaba; solo se oyeron los sollozos de Davidia

seguidos de su silencio. Michael condujo con un poco más de prudencia mientras

seguíamos rumbo al norte, evitando la frontera. Si no encontrábamos la brecha pronto

llegaríamos al sur de Sudán. El pavimento se puso fatal. No estoy seguro de que

todavía fuera una carretera. Entramos en una aldea, el guía le susurró algo a Michael

al oído y este aminoró la marcha. Michael apagó los faros —de todas maneras solo

estábamos usando las luces de estacionamiento— y dijo:

—¡Disfrutemos de la luna!

Solo estaba medio llena, con la cara inflada de un lado y la comisura sonriente. La

gente paseaba bajo su extraño resplandor anaranjado. Los niños jugaban al pilla-pilla

como si fuera de día. Avanzábamos más despacio que los peatones en ese crepúsculo

abarrotado de gente, en ese atardecer densamente poblado. De una choza salió una

risa repentina, parecida a un coro de sopranos. ¿Qué motivo tienen para reírse? De la

penumbra surgían flotando bicicletas sin faros. Un hombre apoyado contra una choza,

con la lucecita de un teléfono móvil pegada a la oreja.

—Alto —dijo el guía.

Salió, cerró la portezuela, caminó hasta la ventanilla de Michael y le habló en voz

baja.

—Dale cincuenta —me dijo Michael.

—Hasta que lleguemos al Congo, nada.

—Ya estamos. Esto es el Congo.

—Creía que habías dicho cien.

—Se va antes de tiempo. Dale cincuenta.

Le di un billete a Michael. El hombre lo dobló varias veces hasta que fue muy

pequeño, se dio la vuelta y se alejó hacia una de las chozas, canturreando:

—Hooolaaa.

—¿Quién viene a sentarse delante? ¿Nair? —preguntó Michael.

—Supongo —respondí, dirigiéndome más o menos a Davidia.

La cara de ella era invisible. Llevaba dos horas sin decir palabra. Dejamos atrás la

aldea, Michael avanzó a trompicones medio kilómetro más y por fin se detuvo.

—La carretera principal está por allí —nos explicó—, pero no la encontraremos hasta que salga el sol. —Se toqueteó el reloj de pulsera—. Retrasaos los relojes una

hora. Hemos cambiado de zona horaria.

Nos quedamos sentados en el coche sin decir nada, sin pensar ni sentir nada, o al

menos intentándolo, mientras el tiempo cambiaba y las estrellas desaparecían. La

luna atravesaba el dosel de nubes produciendo un efecto curioso, como si estuviera

suspendida a pocos metros por encima de nosotros y las nubes estuvieran detrás,

mucho más altas en el cielo. Michael apagó el motor. Oímos una multitud de insectos

repicando a nuestro alrededor como si fueran chinchines. Luego el repiqueteo cesó.

La lluvia empezó a retumbar en el techo del coche y a caer a chorros por el parabrisas

sucio.

El imbécil de remate de Michael dijo:

—¡El Congo! Se acabaron nuestros problemas.

 

[16 OCT, 02.00]

 

¿Cuánto tiempo tengo para ponerte al día? Esta noche no nos cambiarán de sitio,

seguro. La fiesta se ha acabado y todo el mundo está roncando, durmiendo encima de

sus rifles. Lo único que sigue despierto además de mí es una radio que suena en

alguna parte: un DJ hablando francés a toda velocidad y pinchando música country

americana. Y dos o tres mosquitos de ronda. Apenas hay mosquitos en estas altitudes

del África Oriental, pero cuando Michael, Davidia y yo cruzamos por fin la frontera a

oscuras y nos detuvimos en tierra congoleña, Michael, a fin de reanudar el viaje, dijo

«Esta noche el aire está lleno de voces», y subió las ventanillas para protegernos de

los insectos, porque de niño contrajo la malaria y estoy convencido de que los

mosquitos son la única cosa del mundo que le da miedo.

En el coche hacía un calor asfixiante. Yo dormí, o simplemente me asfixié. Vi con

más detalle a la mujer de la carretera: el pareo que le cubría el cuerpo entero salvo los

brazos y los hombros, con estampados rojos o púrpuras, la penumbra no permitía

saberlo con seguridad, y la palangana de hormigas que se alejaba rodando como si

fuera un juguete, y a ella, allí tirada, igual de inerte que su toalla, bueno, que el paño

blanco que ella había enrollado para ponérselo como si fuera un cojín sobre la cabeza

y que ahora yacía extendido a su lado.

En plena noche se oyó la voz de Michael:

—Me estoy moviendo.

Estoy seguro de que estábamos los dos despiertos, Davidia y yo.

—Es muy sutil, pero estoy convencido de que hay movimiento.

—Michael, calla —dijo Davidia.

—Me estoy resbalando hacia abajo. Me estoy escurriendo.

—Chsss…

—No sé en qué me voy a convertir cuando esté en el suelo.

—A la mierda con esto —replicó ella—. A la mierda contigo.

—Me pica todo.

—No empieces a rascarte. No empieces.

Él se movió nerviosamente y se arañó las costillas, con los codos golpeando

contra el volante.

—Estoy en un capullo. ¿Qué seré cuando salga?

—Se está volviendo loco —dijo Davidia—. Dentro de nada lo estaremos

inmovilizando mientras chilla como un demente.

—¡Estoy saliendo de mi piel! —gritó él, retorciéndose.

Dio un golpe en la bocina y la hizo sonar y todos dimos un respingo; por fin

recobró el control y volvió a reinar el silencio.

Cuando llegó la luz del día nos encontramos detrás de una iglesia situada en

medio de un campo, un edificio grande y ruinoso de adobe, de color rosa salmón y

con un tejado de hojalata de color rojo óxido. Al otro lado de la iglesia había una

carretera de tierra propiamente dicha y un grupo de edificios bajos, oscuros por

dentro y azotados por el viento. Sin embargo, por todas partes había fogatas con ollas

humeando y sartenes crepitando. Sin decir palabra, los tres salimos del coche y

caminamos hacia la posibilidad de un desayuno. Me quedé mirando cómo andaba

Davidia. La larga falda africana se le mecía y el dobladillo le danzaba en torno a los

pies mientras ella flotaba por delante de mí. Había gente yendo y viniendo, otros se

estaban despertando todavía y llevaban a rastras sus esterillas de paja. Nadie hizo

comentario alguno sobre nuestra presencia. Michael nos consiguió unas tortas de

maíz y té caliente servido en botellas de agua de plástico.

—Anoche me convertí en lagarto —nos dijo—. Ahora ya sé qué tenemos que

hacer.

Se fue a explorar, rasurándose el cráneo, las mejillas y el mentón con su

maquinilla mientras deambulaba hablando con la gente.

Davidia y yo nos sentamos en un banco delante de una choza que se llamaba The

Best Lucky Saloon, y ella dijo:

—Búmeli-búmeli-búmeli-bum, y todo eso.

—¿Cómo?

—Vachel Lindsay, o Edna St. Vincent Millay, o uno de esos.

—Ah.

—Es un poema sobre el Congo.

—Ah.

Nos quedamos mirando a una mujer que estaba sentada en un taburete, peinando

a una niña que tenía entre las rodillas al mismo tiempo que otra mujer de pie la

peinaba a ella… Los edificios y casas eran grises y marrones, todos surcados de vetas

de barro rojo. Recuerdo tres postes eléctricos verdes, uno roto e inclinado y al parecer

sostenido únicamente por los cables.

Michael regresó con varios panecillos para cada uno de nosotros y nos dijo:

—Hay lagartos que pueden volar, o sea que si te conviertes en uno, puedes

recoger información.

Y se volvió a marchar.

—¿Es la primera vez que ves esto? —me pregunto Davidia.

—¿El qué? ¿Te refieres a ver cómo experimenta transformaciones mágicas en la

noche selvática?

—Bueno… Si lo explicas así —dijo dándole una patada a una piedra—, suena tan

preocupante como es en realidad.

—Tal vez sea un problema químico. ¿Os estáis tomando algo para la malaria?

—Una pastilla al día. Se llama Lariam.

—El Lariam provoca pesadillas. Yo tomo doxiciclina.

—Has dicho «transformaciones en la noche selvática». Pero ¿dónde está la selva?

—La gente la taló. La quemó para hacerse el desayuno, principalmente. Y para

tener tierra donde plantar.

Cien años atrás se habría tardado una hora en avanzar diez metros a machetazo

limpio por entre la maleza. Ahora las colinas estaban cubiertas de chozas, senderos y

huertecitos. A las 9.00 ya estábamos pasando entre ellos, de vuelta en la carretera,

pero ahora ya no conducíamos por la izquierda, sino por la derecha. Al cabo de veinte

minutos pinchamos una rueda.

Michael levantó el coche con el gato a toda velocidad, atacó las tuercas con una

herramienta y puso el neumático de repuesto, que era de un color distinto, del tamaño

equivocado y ya no tenía dibujo alguno.

Vimos muy pocos vehículos a motor. Alguna que otra motocicleta y algún

todoterreno, siempre con las siglas estampadas de alguna corporación u ONG.

Autobuses de pasajeros que se nos acercaban como si fueran coches de carreras, a

punto de volcar cada vez que se escoraban por una curva hacia nosotros, lanzando

bombas de tierra desde debajo de las ruedas. Unos cuantos camiones cargados,

avanzando pesadamente; otros camiones de morros aplastados que habían sido

arrastrados bajo los árboles y abandonados allí. Muchos, muchos peatones caminando

tranquilamente por los arcenes o bien cruzando la carretera de lado a lado, levantando

la vista de sus ensoñaciones solo cuando oían una bocina. Era la fiesta del sacrificio,

el Eid al-Adha, y había musulmanes caminando a ambos lados de la carretera;

algunas mujeres cargaban con esterillas de rezar del tamaño de alfombras de salón.

La cuestión era que nuestro Land Cruiser llamaba la atención, y no podíamos

encontrarnos con ningún agente de policía. Cada vez que nos acercábamos a alguna

población de tamaño considerable, Michael se salía de la carretera para esquivar los

controles policiales, y se metía por caminos que eran poco más que senderos, bajaba

a barrancos, atravesaba huertos derribando plantas de maíz y matas de marihuana, y

después regresaba a la carretera principal, por la que avanzaba a toda velocidad como

si el día anterior no hubiera protagonizado un atropello trágico con aquel jeep,

circulando nuevamente al estilo africano: todo bocinazos y nada de frenar. Un niño echó a correr a toda velocidad delante del coche como si estuviera impaciente por que

lo mataran. Michael viró a tiempo para esquivarlo, aporreando la bocina y gritando en

inglés por la ventanilla a la familia del niño: «¡Pegad a ese niño, pegad a ese niño!».

Yo miré a un lado, apartando la vista del futuro. Los campos eran de un verde claro,

el color de la primavera en las zonas templadas, suaves y de aspecto uniforme, con el

humo blanco y plácido de las hogueras de basura salpicando de vez en cuando el

terreno como si fuera niebla. Al cabo de unas horas Michael señaló la lejanía

neblinosa y aseguró que veía las colinas de su infancia, las Montañas Felices, las

mismas que el misionero James Hannington, frustrado y asqueado, había denominado

«los monstruos que ríen», y Michael se puso a hablarnos de un bosque que había en

aquellas montañas:

—Allí se encuentran pinos de una docena de metros de altura, Nair. Arboledas de

hoja perenne, de diez árboles, quince, veinte o incluso más. ¿Cómo se llaman las

arboledas de pinos? ¿Pinares? Pues pinares de una docena de metros de altura, Nair.

Y no te hablo de árboles perennes normales y corrientes, porque los que yo te digo

tienen las agujas de oro. Y puedes reunir todas las agujas que quieras, pero si te

pinchas con una de ellas y te haces sangre, pierdes tu alma. Viene al instante un

diablo que ha olido tu sangre y te arranca el alma directamente del cuerpo. ¿Te

acuerdas de cuando te dije que no tuvieras nada que ver con el vudú? —me dijo—.

Pues vas a averiguar por qué.

—Michael —dije—, ¿fue tu gente la que martirizó a Hannington?

Pero Michael se limitó a responder:

—A Hannington le clavaron una lanza en el costado igual que a Jesucristo.

La boda se integraría en la Quema de la Sangre, una ceremonia que nos contó que

duraba una semana.

—En ella dejamos a un lado la mala sangre de la guerra y nos bebemos la sangre

nueva de la paz. ¡Es una orgía, te lo juro! Se conciben muchos bebés. Un niño

concebido esa semana será un hombre de paz entre los suyos. Pero solo dentro del

matrimonio. Ningún bastardo puede ser un hombre de paz.

En un momento dado, mientras el crepúsculo descendía sobre nosotros, nos dijo:

—Estamos a punto de llegar al monte Newada. Aunque me arrancaseis los ojos,

podría encontrarlo de memoria.

Tomamos una carretera que se fue embarrando más y más a cada kilómetro que

pasaba, hasta llegar a un punto en que literalmente íbamos chapoteando por campos

de quingombó separados por trechos de barro endurecido y horriblemente

resbaladizo, aunque al menos no llovía.

—Quince kilómetros para el monte Newada —anunció Michael, y al cabo de

veinticinco kilómetros más, o treinta y cinco, ciertamente muchos más que quince,

cogimos un atajo, un sendero que nos llevó a un páramo, una ciénaga pestilente de

quingombó rojo, ese barro en el que no te puedes detener, ni siquiera con tracción en

las cuatro ruedas, si no quieres hundirte y no salir nunca más.

Cuando cayó la noche ya habíamos determinado que la pestilencia no venía de la

ciénaga, sino de nuestro propio vehículo.

—Huelo a gasolina —dijo Michael, mientras nos empezaba a fallar el motor—.

Creo que está fallando la bomba de gasolina —añadió, y el motor dejó de funcionar.

Michael apagó los faros y en la negrura reinante entendí perfectamente que un

misionero inglés como James Hannington pudiera verse a sí mismo sumergido hasta

las nalgas en aquel lodo, echarse a llorar y oír cómo las montañas se reían de él.

El motor soltó toda clase de ruiditos a medida que se enfriaba. Con los faros

apagados pudimos calibrar la oscuridad, que era profunda y densa, sin luna ni

estrellas. De vez en cuando las ranas arrancaban a cantar por todos lados y de pronto

se detenían. A lo lejos se oía una percusión frenética y sincopada.

—¿Eso son tambores de la selva? —preguntó Davidia.

—Seguramente es alguien que se ha montado una disco —respondió Michael.

—Bueno, pues vamos allí —dijo ella.

Pero los tres fuimos conscientes de lo imposible que era adentrarse a pie en toda

aquella oscuridad y en todo aquel barro. Michael cerró las ventanillas y nos

sumergimos en el mismo letargo asfixiante que la noche antes.

Nos despertamos al amanecer dentro del jeep embarrancado, sin más plan que

salir de él para mear.

Michael y yo nos pusimos de pie en el lado del conductor y Davidia en cuclillas

en el otro. Advertimos que habíamos llegado casi al límite de los llanos de lodo rojo,

al pie de las montañas que habíamos visto de día y a las inmediaciones de una aldea

de árboles retorcidos y chozas inclinadas.

—Coged las mochilas —dijo Michael—. Y caminad con cuidado.

Quería hacernos entender que si pisábamos con suavidad en los puntos donde la

superficie estaba endurecida, tal vez no la quebráramos y evitásemos hundirnos en el

barro; así y todo la quebramos muchas veces. Buscando constantemente sitios donde

poner el pie, nos pasamos media hora para recorrer unos centenares de metros.

La aldea estaba entre un campo de maíz y una arboleda de bananeros. Michael

había acertado de pleno: la cabaña principal, situada entre chozas bajas y otras

chabolas, era el Biggest Club Disco, y estaba provista de un generador al lado,

apagado. Michael recorrió el lugar mientras Davidia y yo nos quedábamos sentados

en un banco contemplando el despertar de la aldea: hombres y mujeres atareados en

las fogatas del desayuno junto a las chozas, niños, pollos, cabras, todos moviéndose

sin hacer ruido y hablando en voz baja en el frío amanecer. Michael apareció con tres

Coca-Colas y un puñado de bizcochos envueltos en una página del Monitor, un

periódico ugandés, y dijo:

—Cuidado con esta gente. No conocemos sus corazones.

—¿Por qué no dices que no son de tu tribu y ya está?

—Es más complicado.

—No, no lo es —repliqué—. ¿Este es tu clan o no?

—Muy bien, la respuesta simple es que sí, hablan mi dialecto, pero no son mi

familia cercana. No es el momento indicado para darme a conocer.

—Pero ¿quién te crees que eres? ¿Ulises retornado? —Sentí vergüenza ajena por

él. Me di cuenta por su expresión de que pensaba exactamente aquello—. Michael,

¿esto es el monte Newada?

—A juzgar por mis cálculos, estamos muy cerca.

Davidia no tenía intención de aguantar nada de aquello.

—Tráenos comida de verdad —le dijo a Michael.

—Siéntate ahí —le contestó él, como si no estuviéramos ya los dos apretujados

en el banco.

En cuanto se marchó, me acerqué más a ella, pegué mi cadera a la suya y le dije:

—Te está usando para algo. Algo místico, supersticioso.

—¿Como qué?

—No lo sé. Para secuestrar a uno de los dioses y obligar a los demás a.… cambiar

todos nuestros destinos.

Ella soltó una especie de ladrido, con lágrimas en los ojos.

—Estás loco.

—¿Tan loco como él?

—No. De vez en cuando.

—Es hora de que te saque de aquí.

—No me lo tienes que pedir dos veces.

—Pues vámonos.

—Vámonos ¿cómo?

—Andando.

—¿Adónde?

—Uganda está por ahí. Hacia el este.

—¿A qué distancia?

—No lo sé. Pero quedándonos aquí no conseguiremos que se acerque.

—¿Y qué va a hacer él?

—Nada. No nos puede retener a punta de pistola.

—¿Por qué no?

—Porque no tiene pistola.

De pronto algo les pasó a todos los habitantes de la aldea, como si se estuvieran

ahogando en vapores tóxicos, y empezaron todos a levantar la voz, y oímos un

vehículo en la lejanía. Davidia me preguntó qué estaba pasando, quién venía, qué

clase de coche.

—No lo sé. Pero me importa una mierda, conseguiremos que nos saquen de aquí

o bien los mataremos y nos quedaremos con su puto coche.

A continuación oímos más motores, de varios vehículos, aunque ninguno era

visible todavía. Alguien tenía un arma: un disparo, dos, tres y después el resto del

cargador. Llegado aquel punto nuestro jeep, que estaba a unos trescientos metros de distancia y a nuestra derecha, quedó sumido en un destello blanco; el estruendo de la

explosión llegó un segundo más tarde.

Davidia y yo nos levantamos al mismo tiempo del banco. Vimos una camioneta

blanca surcando el paisaje en trayectoria tangente a nosotros y ahuyentando a los

aldeanos histéricos; disparaba ráfagas de fuego de fusil desde la ventanilla del

pasajero y transportaba a varios soldados de pie en la parte trasera que también

disparaban, cuando podían hacerlo, mientras botaban, se bamboleaban y se

agarraban.

Me giré hacia el bosquecillo más cercano de árboles grandes y descubrí que

estaba asediado por más vehículos. Sentí cierto alivio al ver que Michael se nos

acercaba a la carrera, diciéndonos:

—Vámonos, vámonos, vámonos.

Los bananeros parecían un escondite viable. En realidad, cualquier sitio lo

parecía. Nos alejamos en plan inocente e impertérrito, no pasa nada, solo estamos

dando un paseo.

Nos adentramos en el bosquecillo. Detrás de nosotros se hizo el silencio, luego se

oyó una voz masculina hablando rápido, muchos disparos y el aullido prolongado de

una mujer; enseguida dio la impresión de que la aldea entera se ponía a gritar,

algunos chillando como pájaros, otros berreando y otros gimiendo por lo bajo. Los

niños hacían todos el mismo ruido.

En cuanto pusimos un poco de tierra entre nosotros y con el estruendo de la gente

del claro, me senté en el borde de un montón de ladrillos de adobe y me llevé los

brazos al vientre.

—Mi estómago es un saco de vómito.

—Te doy diez segundos. Luego a paso ligero.

—¿Dónde está Davidia?

—Estoy aquí.

Estaba detrás de mí.

De golpe apareció una mujer en el sendero de delante, con unos ojos que parecían

faros de coche y corriendo con las manos en alto. Las balas reventaron las hojas de

los bananeros a su alrededor.

Perdí la cabeza. Me doy cuenta ahora. Ya habíamos avanzado un centenar de

metros por el sendero, jadeando y trotando pesadamente, antes siquiera de concebir la

idea de que tenía que levantarme y echar a correr. Lo único que recuerdo del pánico

que sentía es el pánico de los demás, las caras de los niños pequeños infladas hasta

convertirse en caricaturas, las pestañas largas y mojadas y los mohines y las mejillas

de bebé y las lágrimas estallando como metal fundido en torno a sus cabezas.

Recuerdo zapatos abandonados por el suelo: chanclas, alpargatas, cualquier calzado

que dificultara correr.

Michael chocó con mi espalda, me agarró los codos por detrás y me fue

empujando. Davidia nos seguía el ritmo, agarrándose a nuestra ropa y también a las hojas de los bananeros, y hasta nos adelantó y empezó a alejarse de nosotros. Por fin

Michael me apartó del sendero y me abrazó para detenerme.

—No puedes correr más deprisa que las balas.

—¡Sí que puedo!

Y lo decía en serio.

Él señaló el centro de la arboleda y dijo:

—Camina diez metros hacia allí y tírate al suelo.

Me miró mientras yo obedecía y luego desapareció.

Ahora se oían muchos disparos y muy pocas voces.

Me quedé tumbado boca abajo. A pocos pasos de mi cara la arboleda se

terminaba, y a la derecha arrancaba la ciénaga de lodo rojo, y durante un lapso de

tiempo incalculable me dediqué a mirar un amasijo que ardía antes de darme cuenta

de que era nuestro vehículo. Le quedaba parte del eje de transmisión, una rueda con

su neumático, y en torno a aquellas dos cosas nada más que el armazón, todavía

envuelto en pequeñas llamas, y a su alrededor la tierra roja soltando vapor y

humeando.

Llegó Michael trayendo de la mano a Davidia.

Me incorporé y los seguí por el borde de la arboleda en dirección a un campo de

maíz. Nos detuvimos para mirar la camioneta blanca que se nos acercaba a toda

velocidad, aplastando los tallos del maíz hasta pararse casi en nuestras narices; era un

camión pequeño y elegante, con una inscripción en letras doradas recién pintada de

lado a lado del parabrisas: MIRADME TODOS. De la parte trasera del vehículo salieron

varios soldados y nos hicieron caminar a punta de pistola.

Esperamos delante de la disco mientras ellos arramblaban con el botín. La

mayoría de los aldeanos habían escapado; ya no se oían chillidos, solo los vítores de

los soldados, sus jadeos, gritos y risas incesantes. El joven recluta que se encargaba

de nosotros se apartó un poco, deslumbrado por la excitación, pero en lugar de echar

a correr Michael y yo sentamos a Davidia en el banco y nos pusimos de pie delante

de ella a modo de camuflaje, porque no queríamos que nadie se fijara en nosotros,

que aquellos tipos se fijaran en Davidia y la violaran; y entretanto violaron a un par

de mujeres detrás de la disco, a una joven y a su madre, que de puramente aterradas

se mostraron casi apáticas, casi dormidas, y después se alejaron sacudiéndose la tierra

de los brazos desnudos y de la parte delantera de los vestidos rotos. El comandante

tardó casi una hora en meter a sus tropas en vereda. Los reunió delante de la disco,

una treintena aproximada de jóvenes con uniformes de camuflaje verdes, y fue de uno

en uno reprendiéndolos amargamente y señalando a menudo hacia los despojos de

nuestro Land Cruiser en el páramo. Al parecer las violaciones y saqueos no eran

crímenes tan graves como hacer explotar un coche en buen estado.

—¿Has visto la explosión? —dijo Michael—. Han sido los vapores de la

gasolina. Te dije que la bomba de gasolina fallaba.

[16 OCT, 06.00]

 

 

Sé que Michael está durmiendo. Es capaz de dormir durante un bombardeo. No sé

dónde lo tienen a él, ni tampoco a Davidia. Espero que estén juntos. Yo estoy en el

barracón principal con el comandante y otros diez o doce hombres, la cifra cambia,

van y vienen. Es una choza espaciosa, más bien un corral al aire libre, con muros

bajos de adobe y techado de paja, una mesa de cafetería, un sofá desvencijado y tres

sillas rotas.

Me han quitado mi mochila, mi ropa extra, mi pasaporte y mi dinero en metálico:

cuatro mil dólares americanos en billetes de veinte, cincuenta y cien. Me han dejado

el Timex, sin embargo, por desprecio a la marca de relojes o tal vez al concepto

mismo de tiempo. También me robaron la minilinterna, pero luego me la han

devuelto, de modo que puedo usar su lucecita para escribir.

¿Por qué quitarme todo menos el reloj, la linterna y el bolígrafo y después darme

estas hojas de papel pautado, arrancadas de un cuaderno escolar, cuarenta y dos

páginas nada menos? Llevo toda la noche sentado escribiendo en ellas porque estoy

demasiado aterrorizado para dormir. Se me ha pasado el efecto del alcohol y me estoy

volviendo loco. Cuando haya llenado estas páginas, sospecho que las incluirán dentro

de alguna clase de petición de rescate.

Los gallos cantan. Todavía no hay nadie despierto, solo una persona junto a las

letrinas: una chica con un vestido sucio de lino, descalza, apenas una niña, cavando a

golpes una zanja en el suelo con una azada de aspecto atroz y mango corto, una zanja

con forma, me temo, de tumba.

 

[16 OCT, 08.00]

 

El comandante afirma que forma parte del ejército regular, pero podría estar

mintiendo, sin duda, o simplemente estar confundido. No lleva insignias en el

uniforme de camuflaje. Debajo de la casaca abierta se le ve una camiseta con el

emblema descolorido de una botella, de refresco o cerveza. Se hace llamar general,

pero no me quiere decir su nombre. Conduce él mismo una pequeña camioneta

Nissan de color crema, la que dice MIRADME TODOS.

Me toma por el líder de los tres porque soy el blanco.

Anoche, después de descubrir que entre lo mal que yo hablaba francés y lo mal

que él hablaba inglés nos iba a resultar prácticamente imposible cualquier

conversación ociosa, el general me señaló con la cabeza el pequeño reproductor de

casetes que tenía en la mesa y pulsó un botón que hizo sonar una y otra vez una

canción de Dolly Parton, titulada, creo, «Coat of Many Colors». Solo aquella

canción, repitiéndose. No era guerra psicológica, sino un intento sincero de mostrarse hospitalario.

Esta mañana ha compartido conmigo su desayuno de general: callos en un caldo

con bastante olor a queroseno. He tardado un buen rato en acabármelo y dejar a un

lado el cuenco. La comida venía con postre, un pudín azucarado y espolvoreado de

patas, si no algo más, de insectos.

 

[16 OCT, 12.00]

 

Después del desayuno, cuando pensaba que todo el mundo estaba durmiendo la mona

de la noche anterior, las órdenes a voz en grito del general los han hecho levantarse a

todos de un salto y congregarse en el claro, entre las chozas, para celebrar el

rapidísimo consejo de guerra del recluta que había volado el Land Cruiser.

Después de que hicieran un círculo y se pusieran todos más o menos firmes, los

treinta y tantos que eran, el ayudante de campo del general, su esbirro principal, ha

sacado al joven a rastras de una choza, descalzo y sin más ropa que unos calzones

grises raídos, y lo ha hecho ponerse de pie delante de la tumba recién cavada. Tenía

las manos atadas a la espalda con un tubo de caucho negro, quizá la cámara de un

neumático.

Me he sumado al público de soldados aturdidos y a medio vestir. Davidia y

Michael estaban delante de mí. Estaban a varios metros la una del otro. Davidia

parecía ilesa, indemne. La magia de su pasaporte estadounidense debía de estar

funcionando.

Michael, con su pasaporte ghanés, no disfruta de inmunidad. Me ha mirado a los

ojos y se ha girado de lado: tenía los brazos atados detrás de la espalda, pero la gente

a su alrededor me ha impedido verle las manos. Él me ha sonreído y se ha encogido

de hombros.

Nuestro general se ha puesto de cara a nosotros y en una postura parecida, con las

manos detrás de la espalda y los pies separados; a continuación se ha dirigido

brevemente al grupo —creo que en una variante local del francés— antes de quitarse

las gafas de sol y volverse hacia el malhechor para abroncarlo a la cara durante cuatro

o cinco minutos, gritándole a la boca abierta, al interior de la garganta. Durante toda

esta arenga, el esbirro se ha dedicado a andar pavoneándose de un lado a otro con su

casco y sus gafas de sol de espejo, golpeándose la palma de la mano con la pistola,

hasta que ha llegado el momento de obligar al chico a arrodillarse y de ponerle el

arma contra la cabeza. El joven ha estado llorando y berreando hasta que el general le

ha gritado que se callara. Cuando por fin se ha hecho el silencio, el general ha

contado hacia atrás —«Trois! Deux! Un!»— y el percutor del esbirro ha golpeado

una recámara vacía.

El general se ha reído. A continuación se han reído también todos sus soldados.

El general ha apartado al esbirro de un empujón, ha desenfundado su propia pistola, la ha sostenido en alto, ha echado atrás la corredera como si estuviera

demostrando la forma de amartillar aquel modelo de arma y a continuación ha

apretado el cañón contra el cuello del chico y lo ha obligado a tumbarse boca abajo;

por fin se ha inclinado sobre él mientras el chico sollozaba con la cara pegada al

suelo de tierra. Algunos de los soldados han exclamado: «¡Lo va a hacer el

general…!». Su comandante se los ha quedado mirando fijamente, uno por uno, hasta

obligarlos a todos a asumir un estado de gravedad pensativa. Ha cuadrado los

hombros. Ha cambiado de postura. Ha plantado los pies en el suelo. Todavía jugando,

yo estaba seguro. Pero la pistola estaba amartillada y cualquier pequeña equivocación

podía desencadenar un asesinato, y en África, según me aseguran los perros viejos, el

primer asesinato destapa la botella y luego ya no hay quien los pare.

Han pasado diez segundos. El chico ha vuelto a hablar —un sonido patético y

tortuoso, su cara como la de un recién nacido—, intentando dirigir sus palabras hacia

atrás, en dirección al hombre que estaba a punto de despacharlo al otro mundo.

El general ha descerrajado un disparo retumbante al cielo. Han vuelto las

exclamaciones: «¡Ya nos ha engañado dos veces!». Él ha dado la espalda al chico y

ha apuntado con el arma al público, y más concretamente a la cara de Michael

Adriko.

Michael ha enseñado los dientes y ha mecido la cabeza y ha hecho el payaso.

Nadie se ha reído. Tenía una mano negra sobre cada hombro, pero ninguno de sus

guardias ha dado muestras de saber a quién se refería su general cuando este ha

exclamado en inglés:

—¡Ese de ahí!

O tal vez es que no han entendido las palabras. Él ha seguido diciendo «Ese, ese,

ese de ahí», hasta que los dos hombres se han descolgado los fusiles del hombro y

han llevado a culatazos a Michael hasta el borde de la fosa. El general ha estirado un

brazo y ha hecho un gesto meneando los dedos para que le entregaran uno de los

fusiles, un AK de los de culata plegable y empuñadura de pistola; a continuación le

ha dado la vuelta y ha apuntado a Michael al pecho.

Michael ha dado un paso atrás para meterse en la fosa y se ha quedado ahí, con el

joven recluta encogido a sus pies, mientras el general le apoyaba la boca del cañón

del arma primero en un globo ocular, después en el otro y por fin de vuelta en el

primero. Michael ha apartado la cabeza, se ha metido el cañón dentro de la boca y se

ha puesto a lamerlo y a darle besos con lengua, sin dejar de mirar todo el tiempo al

general a la cara como si estuviera seduciendo a una mujer. Oh, Michael… Como una

sola persona se ría… Tal vez el general también se reiría. Pero al general no le

dominaban los instintos, y ahora tenía que esperar a que Michael decidiera qué iba a

pasar a continuación. Por fin Michael ha echado la cabeza hacia atrás y ha apartado la

mirada, y el general se ha aferrado a ese gesto como señal de rendición; le ha

devuelto el fusil a su propietario, se ha inclinado para coger a Michael por el sobaco y

lo ha ayudado a salir de la zanja. Le ha dicho algo en voz baja a Michael y este le ha contestado también en voz baja. No sé qué han dicho.

Al cabo de un minuto se ha terminado la fiesta, los presentes se han dispersado y

se han llevado a Michael de regreso a las chozas pequeñas. Parece ser que lo tienen

separado de Davidia.

Al pasar a nuestro lado, Michael nos ha dicho a Davidia y a mí y al rostro

inmutable del cielo:

—No nos pasará nada. Estoy en conversaciones con esta gente. Hay unos cuantos

que son kakwa, igual que yo.

Se las había apañado no solo para burlar al destino, sino también para gorronearle

un cigarrillo, que ahora uno de los guardias le estaba encendiendo mientras lo

arrastraban de regreso a su cárcel. Michael se ha alejado trastabillando y dando

caladas con los ojos entrecerrados, como si tuviera la costumbre de fumar a menudo

con las manos atadas detrás de la espalda.

Yo me he acercado a Davidia. Antes de que nos volvieran a separar, le he

preguntado:

—¿Estás bien?

—Sí, sí —me ha dicho ella—. ¿Y tú?

 

[16 OCT, 13.30]

 

Estoy de vuelta en el barracón del general. «Coat of Many Colors»… «Coat of Many

Colors»… «Coat of Many Colors»…

Le he puesto un cartucho nuevo a mi bolígrafo, pero la punta sigue fallando a

ratos. Eso me estimula a escribir con una caligrafía más cuidadosa.

Tina…

Tina. Dudo que vuelvas a verme en carne y hueso. Más me vale serte sincero.

Con cada trazo de este bolígrafo te lo he querido decir: esta mujer me ha robado el

corazón. Estoy enamorado de Davidia St. Claire. Su imagen me ciega. Esta mañana,

su cercanía resplandecía más que nada de lo que estaba pasando entre estos hombres

violentos.

Ahora mismo siento dos cosas. Gratitud porque Davidia esté bien. Y tristeza

porque Michael no está muerto.