Los monstruos que ríen
Uno
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Denis Johnson
Los monstruos que ríen
ePub r1.0
Castroponce 26.06.2017
Título original: The Laughing Monsters
Denis Johnson, 2014
Traducción: Javier Calvo
Diseño de cubierta: Editorial
Editor digital: Castroponce
ePub base r1.2
Para Charlie y Scout
UNO
Hacía once años de mi última visita y el aeropuerto de Freetown seguía siendo un
desastre, uno de esos sitios donde empujan una escalera con ruedas hasta el costado
del avión y sales de la climatización europea directamente a la sauna que es África
Occidental. El autobús que llevaba a la terminal no estaba mal, pero no tenía aire
acondicionado.
Dentro del edificio, la habitual aglomeración de idiotas. Examiné las caras negras
y relucientes, pero no vi la de Michael.
Alguien dijo algo por megafonía. Solo se oyeron las vocales. Yo levanté la voz
por encima de las cabezas de la gente que hacía cola ante el mostrador.
—¿He oído que llamaban al señor Nair?
—No, señor. No —me contestó el empleado.
—¿El señor Nair?
—Nada para ese nombre.
Un hombre con traje oscuro y corbata me dijo «Bienvenido a Sierra Leona, señor
Naylor», me ayudó a salir de aquel jaleo y se puso a charlar conmigo hasta llegar al
otro lado de la aduana, lo cual fue rápido, porque yo solo llevaba equipaje de mano. A
continuación me llevó hasta un coche blanco y limpio que había aparcado fuera, un
Honda Prelude.
—Y para mí —me dijo con una sonrisa de aspecto indispuesto—, doscientos
dólares.
Le di un par de monedas de un euro.
—Pero, señor… Eso no bastante hoy, señor.
Le dije que se callara.
El conductor del Honda quería algo tirando a un millón de dólares. Yo le dije
«¡Muchos dineroos!» y a él se le demudó la cara al ver que yo hablaba krio.
Finalmente lo dejamos en unas docenas de euros. Él no podía bajar más, me contó,
porque el precio criminal de la gasolina le rompía el corazón.
En el ferry hubo problemas: un grupo de policías le tiró la mercancía a la bahía a
una mujer que llevaba un carro de fruta mientras ella chillaba como si estuvieran
ahogando a sus hijos. Hicieron falta tres policías para sacarla de en medio a rastras y
que nuestro coche pudiera subir traqueteando por la rampa. Yo salí y me acerqué a la
baranda para que me diera la brisa. En la orilla los policías uniformados estaban de
brazos cruzados. Uno de ellos volcó de una patada el carro ya vacío de la mujer. Ella
iba de un lado al otro, chillando. La escena se fue haciendo más y más pequeña a
medida que el ferry se adentraba en la bahía; a continuación crucé la cubierta para
mirar cómo se nos acercaba Freetown, una masa de edificios, muchos ruinosos,
rodeada de una multitud de sombras y despojos enfangados que se alejaban
cansinamente hacia Dios sabe dónde, encorvados sobre sus panzas vacías.
En los muelles de Freetown reconocí a un hombre, un europeo viejo y flaco
llamado Horst, plantado junto a un coche de alquiler y usando la mano de visera para
protegerse del sol vespertino y examinar a los recién llegados. Al pasar nuestro vehículo junto a él, yo me hundí un poco en mi asiento y aparté la cara. En cuanto lo
dejamos atrás, me lo quedé mirando. Él se volvió a meter en su coche sin coger a
ningún pasajero.
Horst… Su nombre de pila era algo parecido a Cosmo, pero no era Cosmo. Leo,
Rollo. No me acordaba.
Le di a Emil, mi chófer, indicaciones para llegar al Papa Leone, que por lo que yo
sabía era el único hotel donde tenían suministro eléctrico continuo y una piscina.
Mientras estábamos parados bajo el toldo del hotel vi otro coche que se nos acercaba,
viraba bruscamente, retomaba el rumbo y pasaba a toda velocidad a nuestro lado con
un letrero en la ventanilla: AUTOESCUELA ESPLÉNDIDA. Aquello tenía visos mercantiles,
pero yo todavía no sentía la Nueva África. Le aguanté la mirada a una chica que
merodeaba en la acera de enfrente, vendiéndose. Pobre y sucia y muy guapa. Y muy
joven. Le pregunté a Emil cuántos hijos tenía. Él me dijo que había tenido diez pero
se le habían muerto seis.
Emil trató de hacerme cambiar de opinión sobre el hotel, diciéndome que el Papa
Leone se había puesto «muy por los suelos». Pero las luces eléctricas del edificio
estaban encendidas, y el espacioso vestíbulo olía a limpio, o bien a veneno,
dependiendo de qué opinión tuvieras sobre ciertas sustancias químicas, y todo se veía
bien. Yo había oído que los rebeldes se habían liado a tiros en sus pasillos con las
autoridades, pero de aquello ya hacía una década, había sido justo después de que yo
escapara, y ahora pude ver que lo habían arreglado todo.
Me registré en el hotel sin reserva y luego el recepcionista me sorprendió:
—Señor Nair, tiene un mensaje.
Pero no era de Michael, sino de la dirección, una nota escrita con tinta púrpura y
caligrafía muy bonita, que me daba la bienvenida a «la solución a todos sus
problemas». Iba dirigido «a las personas interesadas». También llevaba sujeto con un
clip un papel con instrucciones para conectarse a internet. El recepcionista me dijo
que ahora mismo internet no funcionaba, pero que a veces sí. Tal vez por la noche.
Yo tenía un teléfono Nokia y suponía que podía conseguir una tarjeta SIM local
en alguna parte, pero no en el hotel, me dijo el recepcionista. De momento me tocaba
estar desconectado.
Ningún problema. Todavía no me sentía preparado para Michael Adriko.
Seguramente estaba allí mismo, en el Papa, en alguna habitación por encima de la
mía, aunque de hecho no me constaba que hubiera vuelto al continente africano ni
que fuera a hacerlo; simplemente me habría hecho venir como parte de uno de sus
intentos incomprensibles de ser gracioso.
La habitación era pequeña y tenía ese mismo aroma que decía: «Hemos matado todo
lo que te pueda dar miedo». La cama no estaba mal. En un platillo sobre la mesilla de
noche había una vela blanca junto a una caja de cerillas.
Yo había ido en avión desde Amsterdam con escala en Heathrow, Londres. No
había perdido más que una hora y no sentía jet lag, únicamente la necesidad de
descansar un poco. Me lavé la cara, colgué unas cuantas cosas, cogí el ordenador
guardado en su funda de lona amarilla y me lo lleve abajo, a la terraza de la piscina.
Por el camino me paré para negociar con el barman que me sirviera un whisky
doble. Luego, en una mesa de la terraza de la piscina, rodeado de elaboradas plantas y
rocas, me pedí un bocadillo y otra copa.
Una mujer que se sentaba sola a un par de mesas de distancia juntó las manos,
inclinó la cara hacia las yemas de los dedos y sonrió. La saludé:
—¿Cómo va la cosa?
—La cosa mal. La cosa quiere a ti.
Yo abrí el portátil y la pantalla se iluminó.
—Esta noche no.
No tenía pinta de puta para nada. Seguramente era una mujer normal y corriente
que se había parado allí a descansar los pies y ahora aprovechaba la oportunidad para
vender su cuerpo. Entretanto, al borde mismo de la piscina, un grupo de bailarines y
un percusionista se habían colocado en sus puestos y ahora los clientes guardaban
silencio. De pronto olí el mar. El cielo nocturno estaba negro y no se veía ni una
estrella. Empezó un redoblar frenético de tambores.
Sin conexión a internet, escribí a Tina:
Estoy en el hotel Papa Leone de Freetown. No hay ni rastro de nuestro viejo amigo Michael. Estoy en el restaurante junto a la piscina, es de noche y hay un grupo de danza africana. Creo que son de la
tribu kissi (parecen gente de la calle) y están haciendo un baile que incluye caerse, pegar fuego a cosas y tocar
las tumbadoras a lo loco. Ahora hay un tipo que parece estar violando un montón de palos en llamas con la
ropa puesta mientras la gente de las mesas cercanas le tira dinero. Ahora está rodando sin parar por el lado de
la piscina, abrazado a su haz de palos en llamas, rodando sin parar, con los palos pegados al pecho. Es un
manojo de leña la mitad de grande que él, más o menos, y está ardiendo. Yo solo quería comer y beber. No
tenía ni idea de que nos iba a entretener un pirómano masoquista. Dios bendito, niña mía, estoy en un hotel de
África viendo a un tío arder, y estoy un poco borracho porque creo que en África Occidental siempre es mejor
estarlo una pizca, y el mundo es borroso, y la noche es borrosa, y estoy viendo a un tipo.
En ese momento apareció Horst en la otra punta de la enorme terraza, abriéndose
paso hacia mí a través del fuego y el humo. Era un hombre blanco atildado,
bronceado y canoso, que llevaba uno de esos chalecos de pescador que tienen mil
bolsillos y, recordé en ese momento, deportivas de paseo marrones con cordones
blancos, aunque desde mi mesa no pude verlas.
—¡Roland, eres tú! Me gusta tu barba.
—C’est moi —admití.
—¿Me has visto en el muelle? ¡Yo sí te he visto! —Se sentó—. La barba te da
dignidad.
Cada uno invito al otro a una ronda. Yo le dije al barman:
—Eres rápido. —Y le di un par de euros de propina—. El personal es bastante
eficiente. ¿Quién dice que este sitio está de capa caída?
—Ya no es un Sofitel.
—¿De quién es?
—Del presidente, o de uno de sus íntimos.
—¿Y qué tiene de malo?
Él señaló mi ordenador.
—Que no te puedes conectar a internet.
Levanté mi copa hacia él.
—O sea que Horst sigue viniendo por aquí.
—Sigo siendo un habitual. Unos seis meses al año. Aunque esta vez me han
tenido en casa casi un año entero, desde noviembre del año pasado. Once meses.
El espectáculo se había vuelto demasiado ruidoso. Ajusté la pantalla y posé los
dedos sobre el teclado. Bastante maleducado. Pero no le había invitado a sentarse.
—Mi mujer está enferma —dijo. Hizo una pausa de un segundo y añadió con una
especie de orgullo—: Terminal.
Entretanto, a dos metros de nosotros, junto a la piscina, al bailarín se le habían
incendiado la camisa y los pantalones.
A Tina:
Cuando estaba registrándome en recepción, he visto a un par de soldados estadounidenses con uniformes
raros. Este hotel es el único de la ciudad que tiene electricidad por las noches. Cuesta 145 dólares al día
alojarse aquí.
Ah, y me voy a quitar la barba. Como camuflaje no funciona para nada. Ya me han reconocido.
Entre los tambores y los gritos, ¿quién podía hablar? Y aun así, Horst no me
dejaba en paz. Ya había pagado un par de rondas y había hablado de la enfermedad de
su mujer… Era hora de hacer preguntas. Empezando por Michael.
—¿Cómo? Perdón, ¿qué?
—Te acabo de decir que Michael está aquí.
—¿Qué Michael?
—¡Venga ya!
—¿Michael Adriko?
—¡Venga ya!
—¿Lo has visto? ¿Dónde?
—Anda por aquí.
—¿Por dónde? Mierda, mira, Horst. En una tierra de rumores, ¿cuántos más nos
hacen falta?
—Yo no lo he visto en persona.
—¿Y por qué estaría aquí Michael?
—Por los diamantes. Así de simple.
—Los diamantes ya no son tan simples.
—Vale, pero no es simplicidad lo que buscamos, Roland. Buscamos aventura. Es
buena para el alma y para la mente, y también para el saldo del banco.
—Los diamantes se han vuelto un riesgo demasiado grande.
—¿Quieres hacer contrabando de heroína? El negocio de la droga es terrible.
Destruye a la juventud del país. Y es demasiado barata. Con un kilo de heroína ganas
seis mil dólares americanos netos. Un kilo de diamantes te convierte en rey.
Escribí a Tina:
Se ha acabado el espectáculo. Nadie parece herido. Toda la terraza huele a gasolina.
—¿Qué te parece? —dijo Horst.
—Pues me parece, Horst, que es la forma más fácil de que te delaten. De que
vendan tus diamantes y luego te delaten, ya sabes, porque por aquí no hay más que
soplones.
Tal vez él captó mi mensaje, porque dejó el tema mientras yo le escribía a Tina:
Me estoy emborrachando con un gilipollas que antes era el infiltrado de la Interpol. Ahora parece
demasiado viejo para cobrar por ningún trabajo, pero sigue hablando como si fuera poli. Me llama Roland
igual que un poli.
Puede que en algún momento yo le preguntara su nombre de pila. ¿Elmo?
Horst se rindió y nos limitamos a seguir bebiendo.
—Israel tiene seis misiles con cabezas nucleares que ya han salido de sus silos y
están apuntando a Irán —me dijo—. En algún momento de la próxima campaña
electoral americana: bum-bum Teherán. Y a partir de entonces, la cosa será ojo por
ojo, así son los musulmanes, amigo mío. Radiación por todas partes.
—Eso ya lo decían hace años.
—No conviene volver a América. Dentro de diez años será igual que esto, un
montón de escombros. La diferencia es que los escombros que tenemos aquí no son
radiactivos. Aunque no me vas a creer hasta que lo mires con un contador Geiger.
El whisky había anulado sus modales europeos. Ahora era un risueño duendecillo
caníbal de cara roja y pelo canoso.
En el vestíbulo nos estrechamos la mano y nos dimos las buenas noches.
—Claro que siempre quieren delatarte —dijo. Se puso de puntillas para hablarme
más cerca del oído izquierdo y me susurró—: Por eso no hay que volver por el mismo
camino por el que uno ha venido.
Más tarde estaba acostado a oscuras con la radio de bolsillo pegada a un oído y
aguzando el otro por si oía arrancar el generador del hotel. Me entró dolor de cabeza.
Encendí una cerilla maloliente, luego una vela y abrí la ventana. El repiqueteo de los
insectos contra la tela mosquitera se volvió tan insistente que tuve que apagar la
llama de un soplido. La BBC informó de que una tormenta enorme con vientos de
ciento veinte kilómetros por hora había arrasado los estados norteamericanos de
Virginia, Virginia Occidental y Ohio, y de que tres millones de hogares habían sufrido cortes en el suministro eléctrico.
La electricidad volvió al Papa Leone. La televisión funcionaba. Imágenes de
circuito cerrado, tele por cable china y emisiones en inglés. Volví a la radio.
Los teléfonos de Freetown emiten ese ¡ring-ring!, ¡ring-ring! inglés. El que llama
siempre habla desde el fondo de un pozo:
—¡Internet funciona!
¡Funciona! Siempre te hablan un poco emocionados. Tenía el ordenador abierto a
mi lado en la cama. Toqueteé las teclas y le añadí una posdata a Tina:
He sacado dinero de la cuenta de los viajes: cinco mil dólares americanos. Las tarjetas de crédito todavía
no son de fiar. La tasa de cambio en 2002 era de 250 leones por euro, y el billete más grande es de 100 leones.
Hay que llevar el dinero en metálico en una bolsa de la compra, y hasta hay quien usa cajas de zapatos. Ahora
quieren dólares. Se conforman con euros. Odian su propio dinero.
Envié los correos electrónicos, me quedé esperando y por fin perdí la conexión a
internet.
En la BBC estaban dando World Have Your Say, pero el tema del día era aburrido.
Poco después se apagó el generador del edificio, las paredes dejaron de ronronear
y todo se quedó a oscuras, pero no antes de que Tina me mandara una breve
respuesta:
No vuelvas por el mismo camino por el que has venido.
Y de pronto me acordé. Bruno. Bruno Horst.
Sobre las tres de la madrugada me desperté, me puse unos pantalones de sport, una
camisa y unas alpargatas y bajé los ocho pisos de escaleras siguiendo la luz de la
linterna de mi Nokia hasta el vestíbulo parpadeante. No había nadie. Mientras estaba
allí plantado a la luz de las velas, entre las sombras enormes, llegó la luz y las puertas
de ambos ascensores se abrieron y se cerraron y luego volvieron a abrirse y a
cerrarse.
Encontré al recepcionista de noche dormido detrás del mostrador y lo mandé a
buscar a la chica que había visto horas antes. Me quedé mirando cómo cruzaba la
calle hasta el sitio donde ella dormía sobre el cálido asfalto. El recepcionista miró a
un lado y al otro, esperó y por fin le dio un golpecito con la puntera del zapato.
Cogí el ascensor para subir y al cabo de unos minutos el hombre me la trajo a la
habitación y la dejó allí.
—Puedes usar la ducha si quieres —le dije, y ella puso cara de no entender.
Quince años de edad, marfileña, no hablaba ni una palabra de inglés, solo francés.
Nacida en el monte, con un ombligo del tamaño de una nuez, atado por alguna tía o
hermana mayor dentro de una choza de ramas y barro.
Se dio una ducha y vino a mí desnuda y mojada.
Me alegré de que no supiera inglés. Así podía decirle lo que quisiera, y lo hice.
Cosas terribles. Todas las cosas que no se pueden decir. Después la llevé abajo y le
pedí un taxi, como si ella tuviera algún sitio adonde ir. Le cerré la portezuela del
coche y oí que el viejo taxista le decía, antes incluso de poner el vehículo en marcha:
—Eres una mala mujer, eres una puta y una desgraciada…
Pero ella no entendía nada.
Me despertó el ruido que hacía un encargado de mantenimiento al limpiar las
cachipollas muertas del paseo de debajo de mi balcón con un escobín. Sobre las seis
de la mañana había caído durante quince minutos una tromba de agua que había
arrojado los insectos desde el cielo; las llamo cachipollas por comodidad, pero
también parecían medio cucarachas. Más tarde, en el vestíbulo, cuando le pregunté al
conserje qué clase de criaturas eran, me contestó:
—Insestos.
Michael había llamado y me había dejado un mensaje en recepción. Le pregunté
al recepcionista:
—¿Por qué no me han pasado la llamada a mi habitación?
El joven rascó el mostrador con la uña, examinó la marca que había dejado y
pareció olvidarse de la pregunta hasta que por fin dijo:
—No lo sé.
Michael quería verme a las 16.00. En el Scanlon. El lugar decía mucho de su
posición.
Entré tranquilamente al restaurante del Papa diez minutos antes de las diez, que
era la hora a la que terminaba el bufet libre, el último cliente del desayuno, y me
encontré a los empleados apelotonados en torno a las cazuelas de metal que
mantenían caliente la comida, llenándose platos de comida para ellos. O sea que esto
es lo que comen, pensé, y al presentarme allí con mi plato yo le estaba quitando de la
boca a alguien esta enorme salchicha. Cerdo medio estadounidense. Cogí también
unas patatas fritas —que allí se llaman «irlandesas»— y luego me sentí incapaz de
comer, pero aun así me lo comí todo, porque ellos me estaban observando. Bajo sus
miradas compasivas me comí hasta la última migaja.
Era octubre, con una temperatura que rondaba los treinta grados centígrados, la
mayor parte del día bastante soportable a la sombra, y como siempre con mucha
humedad. Ahora mismo soplaba una brisa fresca del mar, con un puñado de nubes
luminosas en el cielo azul, y el sol emitía una luz blanca que a mediodía nos
aplastaría como si fuera un yunque caliente. El único cliente aparte de mí era un
joven con pinta de estadounidense, ropa de civil y una cabeza de vikingo tatuada en
el antebrazo.
Había electricidad. De los altavoces salía música country americana. Me llevé la
taza de café mediada a una mesa situada cerca del televisor para ver las noticias de la tele china por cable, pero estaba puesta la cadena local y lo único que pude ver fue un
mensaje publicitario de Guinness. En dicho anuncio, un hermano mayor vuelve a la
sabana africana después de una vida de éxitos en la ciudad. A continuación aparece
bebiéndose una Guinness de barril con su hermano pequeño bajo el resplandor
sentimental de unas lámparas que en realidad no tienen en la sabana. El hermano de
la gran ciudad le da al hermano menor de la sabana un billete de autobús: «¿Estás
listo para beber en la mesa de los hombres?», le dice. El hermano menor lo acepta
con gratitud y determinación y dice: «¡Sí!». El anunciante habla entonces como si
fuera Dios: «Guinness. Persigue la grandeza».
Después del desayuno salí a la acera de enfrente con el ordenador amarrado al pecho
como si fuera un portabebés. El sudor me traspasaba la camisa, pero la funda del
aparato era impermeable.
El único coche aparcado delante del hotel tenía la capota levantada. Varios
jóvenes esperaban montados en sus okadas, es decir, motocicletas del tipo más
pequeño, de noventa centímetros cúbicos en su mayoría. Yo elegí una Boxer, una
marca china.
—Eh, señor Boxer. ¿Conoces el mercado indio? ¿El mercado del elefante?
—¡Al elefante! —me gritó—. ¡Vamos!
Dio una palmada en el asiento trasero, yo me subí y salimos disparados en
dirección al mercado indio por unas calles todavía fangosas y resbaladizas por culpa
del chaparrón de la noche anterior, dando sacudidas y bandazos, esquivando roderas y
socavones, esquivando a peatones, ciclistas y también los morros enormes y voraces
de los camiones que venían en sentido contrario; esquivando todo al mismo tiempo y
muchas veces seguidas. Cuando llegamos al mercado, con su mural que representaba
a Ganesha, dios hindú del conocimiento y del fuego, me sentí más vivo pero también
asesinado.
El dios con cara de elefante seguía allí, pero el mercado de Ganesha había
cambiado de nombre: Supermercado 2000.
—Yo espero tú —me dijo mi piloto.
—No. Final aquí —repliqué, pero sabía que me iba a esperar.
Dejé la Boxer en la entrada principal y salí por otra lateral. Creo que en el mundo
del hampa a esta maniobra la llaman la puerta doble.
Una vez fuera, me encontré en un callejón lleno de tiendas, pero no sabía dónde
estaba. Camine hacia la calle más grande que encontré a la izquierda, me metí por
ella y, zarandeado por una okada por un lado y una bicicleta por otro, faltó poco para
que me cayera al suelo. Le había perdido el tranquillo a aquel entorno, y ahora estaba
agobiado por el tráfico, acalorado de tanto caminar y también perdido. Me pasé
cuarenta y cinco minutos dando tumbos por avenidas anónimas y salpicadas de barro
antes de encontrar la que buscaba y el pequeño establecimiento con su cartel: DOCUMENTOS ELVIS.
En la acera sin asfaltar había tres paneles solares tirados sobre esterillas de paja,
que obligaban a la gente a esquivarlos. El letrero decía: OFERTAS: FOTOCOPIAS,
ENCUADERNACIONES, MECANOGRAFIADO, SELLOS, TALONARIOS DE RECIBOS/FACTURAS,
CLASES DE INFORMÁTICA.
Dentro había un hombre sentado entre las herramientas de su oficio: una cámara
con trípode, una voluminosa fotocopiadora y un par de ordenadores, todo en medio
de un embrollo de cables eléctricos.
El hombre se levantó de su silla de oficina, una silla giratoria de cuero a la que le
faltaban las ruedecitas.
—Bienvenido. ¿En qué puedo ayudarle? —Y de pronto dijo—: ¡Aj! —Como si se
hubiera tragado una semilla—. Pero si es Roland Nair.
Y él era Mohamed Kallon. No parecía posible. Tuve que mirarlo dos veces.
—¿Dónde está Elvis?
—¿Elvis? No me acuerdo.
—Pero de mí sí te acuerdas. Y yo de ti.
Se le veía triste y muy asustado, pero se obligó a sonreír. Dientes blancos, piel
negra, globos oculares amarillos indicativos de mala salud. Llevaba camisa blanca,
pantalones de sport marrones sujetos con un cinturón de plástico negro reluciente, y
alpargatas de plástico de estar por casa en vez de zapatos.
—¿Qué problema tenéis aquí, Mohamed? Tu tienda huele a retrete.
—¿Nos vamos a pelear?
No contesté.
En la cara se le veía todo: en la sonrisa y en los ojos llorosos.
—Ahora estamos en el mismo bando, Roland, porque en época de paz, ya lo
sabes, solo puede haber un bando. —Abrió una silla plegable que tenía detrás del
mostrador para mí y volvió a sentarse en su silla giratoria—. Tendría que haberme
imaginado que estabas en Freetown.
Yo no me senté.
—¿Por qué?
—Porque Michael Adriko está aquí. Lo he visto. El desertor.
—¿Llamas desertor a Michael?
—¡Ja!
—Si él es desertor, entonces puedes llamarme desertor también a mí.
—¡Ja!
Yo me sentía irritado y con ganas de discutir. Mohamed seguía siendo un buen
interrogador.
—Escucha —le dije—. Michael no es de ninguno de esos clanes sierraleoneses,
de ninguna de las tribus. Creo que es originario de Uganda. Así pues, si se volvió
para allá a toda prisa, no es que desertara.
—¿No te puedes sentar para hablar?
—Bruno Horst está por aquí.
—Me lo creo. También estás tú.
—¿Está trabajando para alguna de las organizaciones?
—¿Cómo lo voy a saber?
—No sé cómo, pero tú lo sabrías.
—¿Y para quién trabaja Roland Nair?
—Llámame Nair a secas. Nair está en Freetown por asuntos estrictamente
personales. Y en serio que aquí dentro apesta.
—¿Para quién trabajas?
Me encogí de hombros.
—Para cualquiera. Como siempre —dijo.
Yo no era un torturador. Nunca me había sumergido hasta los tobillos en los
fluidos de mis víctimas.
—No me imagino cómo has podido acabar aquí —dije—. Esto no te pega nada.
—¡Carajo! ¿Qué es lo que no me pega?
—Tú eres de los que juegan sucio.
Mohamed había perdido la sonrisa.
—Pues tú eres la sartén que le dijo al cazo: Aparta que me tiznas. ¿Conoces el
dicho?
Tenía razón.
—Muy bien —acepté—. Los dos tiznamos.
La frase me hizo gracia.
Mohamed encontró de nuevo la sonrisa.
—Nair, no quiero volver a empezar con mal pie después de tanto tiempo,
sinceramente… porque ya casi es hora de que me invites a almorzar.
—No digo que no vaya a invitarte. Pero primero déjame unos minutos con tus
ordenadores.
—No funciona ninguno.
—Con los del sótano.
—No hay sótano. —Se le daba fatal mentir. Me lo quedé mirando fijamente hasta
que él lo entendió—. ¡Mierda!
—A ver qué tienes en el trastero.
—¡No hay día que no traiga una sorpresa! —Puso cara de haberse comido algo
nocivo y delicioso—. ¿Estás con el NIIA?
—Sigamos el protocolo.
El protocolo era que él no me estorbara.
Volvió a sentarse y se enfrascó en un montón de recibos, henchido de un regocijo
tonto y privado, mientras yo caminaba hasta su trastero, que estaba abierto y también
servía de retrete, con un cubo para los excrementos cubierto con una tapa de madera
y un rollo de papel marrón al lado en el suelo. Esto último explicaba el hedor del
local.
Consulté la lectura de mi codificador, un modelo que cabía en un llavero. El
código de ocho dígitos cambiaba cada noventa segundos. Entré en el trastero, cerré la
puerta detrás de mí y, guiándome por la luz del Nokia, aparté una sección de la pared
del fondo; tecleé los dígitos en el mecanismo de seguridad, empujé la pared y bajé los
escalones de metal mientras el panel se cerraba con un clic a mis espaldas.
Las cuatro luces del sótano estaban encendidas.
Yo había entrado en esa cámara subterránea más de una vez hacía mucho. Había
sido construida usando medidas americanas, no metros sino pies: diez por dieciséis de
superficie, con paredes de cemento de ocho pies de alto y una docena de escalones
metálicos para acceder a ella. Un banco de baterías dentro de una jaula de alambre
atornillada al suelo de cemento y una bombilla eléctrica dentro de otra jaula similar
en cada una de las paredes de cemento. Un escritorio y una silla, ambos de metal y
atornillados al suelo. Sobre el escritorio, dos ordenadores, mucho más pequeños que
los que usábamos una docena de años atrás.
Me senté y saqué de la funda de ordenador un accesorio con aspecto de
encendedor, un aparato fabricado por la OTAN, parecido a una memoria USB y con
los algoritmos incorporados. Hasta funcionaba como encendedor. Me lo acerqué a la
cara para escanearme el iris, a continuación lo metí en un costado del ordenador que
tenía delante, lo encendí e inicié una sesión. Mandé un Sin Novedad por el proxy del
servicio de inteligencia de la OTAN, pero lo mandé dos veces, para avisar a Tina de
que esperara un mensaje a su dirección personal de correo electrónico. Para nuestro
intercambio de mensajes Tina sabía que tendría que abandonar los algoritmos
militares. Usábamos el encriptado PGP. Las siglas significaban Pretty Good
Protection, «protección bastante buena», que era lo que aquel encriptado prometía.
Cerré la sesión con el NIIA, conecté mi teclado a la consola, realicé los pasos
necesarios para establecer una red virtual privada y mandé el siguiente mensaje:
Consígueme el archivo 3TimothyA. Tu contraseña de NEMCO funcionará.
Ahora no se oía nada más que el ruido de mi respiración y las plegarias de los tres
pequeños ventiladores de refrigeración de las máquinas. Estos refrigeraban a la
máquina, no al usuario. Me sequé la cara y el cuello con el pañuelo. Lo dejé
empapado. La respiración me iba cada vez más deprisa. El reloj de mi Nokia indicaba
que pasaban unos minutos de las 13.00, mediodía en Amsterdam. No había contado
con el tiempo que tardaría en encontrar el sitio. Tina ya se debía de haber ido a
comer. Me irritaba no poder respirar más despacio.
Pero Tina estaba en su mesa y preparada. Le escribí:
Estoy listo para esas fotos guarras.
Y en dos minutos estuvo hecho.
Estoy convencido de que con aquella transacción los dos nos estábamos arriesgando a sendas cadenas perpetuas. Pero solo uno de los dos lo sabía. Como
cualquiera que trabajara en el sector del espionaje, Tina no hacía preguntas. Además,
me amaba.
Subí las escaleras y entré en Documentos Elvis con el ordenador bien agarrado al
pecho, como si tuviera dentro el producto, que no era el caso. El producto estaba
dentro de una memoria USB encriptada y remetida por dentro de la costura de la
cintura de mis pantalones.
Mohamed esperaba en su silla rota y miraba con indiferencia en otra dirección.
—Vamos a comer —le dije.
Comimos en esa misma calle, en el Paradi. Comida india aceptable.
A finales de los noventa y durante los años posteriores, cuando el país atraía el
interés de los medios de comunicación, Kallon había trabajado como corresponsal de
Associated Press y como informante de la CIA, pero luego la CIA lo había infiltrado
en el servicio secreto de Sierra Leona para que informara desde el feo meollo de las
cosas, y desde allí había hecho daño a mucha gente. Y ahora encima había
conseguido trabajo en la OTAN.
El hecho de que Mohamed Kallon hubiera estado en el pasado a las órdenes de la
CIA era una simple suposición mía, lo reconozco, provocada simplemente por el
olfato que tengo para ciertos aromas. Los soplones apestan.
Dejé que Kallon pidiera la comida de los dos mientras yo iba al lavabo. Cerré sin
hacer ruido el pestillo y me saqué el pasaporte del bolsillo de la camisa y el USB de
la costura de los pantalones. Estaba desesperado por quitármelo de encima. Estaba
siendo un cobarde, sí, pero es que la situación era completamente nueva para mí.
Suelo llevar mi pasaporte en una bolsa de plástico hermética. Ahora lo saqué de la
bolsa y puse la memoria USB en su lugar, lo envolví bien con el plástico y busqué un
sitio donde esconderla.
Los retretes, que eran dos, estaban encajados en el suelo, y ambos tenían pedales
para vaciar la cisterna. Examiné los baldosines de las cuatro paredes, pasé los dedos
por el antepecho de la ventana. Intenté levantar los postes de la mampara que
separaba los retretes y uno se soltó del suelo. Escarbé con el dedo el fondo del
orificio para agrandarlo, tiré el paquetito dentro y volví a encajar el poste en su sitio
para cubrirlo.
Para darle realismo a la situación, pisé el pedal de uno de los retretes. No
funcionó. El otro pedal me salpicó el zapato. Me lavé las manos en la pila y regresé
con Mohamed Kallon.
Durante el almuerzo no hablamos de nada en particular, salvo cuando yo le
pregunté abiertamente:
—¿Qué pasa?
Y él me dijo:
—Lo que pasa es Michael Adriko.
Como no tenía nada más que hacer, llegué con una hora de antelación al Scanlon, un
hotel de Freetown más céntrico que los buenos. En la época en que solían venir
periodistas a la zona, muchos se alojaban en el Scanlon, un edificio de cuatro plantas
sumido en los gases del diésel y, cuando el clima era seco, en el polvo que flotaba en
el aire.
El interior del hotel estaba en silencio y sumido en la penumbra —ahora mismo
no hay electricidad, por favor, señor—, pero atiborrado de gente. En medio del
vestíbulo había una figura con chándal de dos piezas de velvetón violeta oscuro, un
hombre corpulento con una cabeza calva en forma de bala y de color chocolate, una
cabeza que ahora estaba meneando de lado a lado mientras se sonaba la nariz de
forma ruidosa y violentamente con una toalla blanca para manos. La gente estaba o
bien mirándolo fijamente o bien asegurándose de no mirarlo. Era Michael Adriko.
Michael dobló la toalla y se la echó al hombro mientras yo me acercaba a él.
Aunque teníamos una cita una hora después, pareció tomarse mi llegada como una
especie de contratiempo, y lo primero que me dijo fue: «¿Que-qué?». Es una
expresión que Michael usa a menudo. Le sirve para muchas cosas. Una traducción
general sería: «Joder».
—Gracias por venir a buscarme al aeropuerto.
—¡Pero si fui! ¿Dónde estabas tú? Vi bajarse del avión a todo el mundo menos a
ti. ¡Lo juro!
Siempre miente.
Extendió su mano monumental y estrechó suavemente la mía, con un chasquido
de dedos.
—¡Por el amor de Dios, Nair, tienes la barba gris!
—Pero el pelo todavía de color ala de cuervo.
—¿Los cuervos tienen barba? —Había recuperado el aplomo—. Me gusta. —
Antes de que pudiera detenerlo, estiró el brazo y me la tocó—. ¿Cuántos años tienes?
—Me falta demasiado poco para los cuarenta como para tocar el tema.
—¿Treinta y nueve?
—Treinta y ocho.
—¡Como yo! No, espera. Yo tengo treinta y siete.
—Tú tienes treinta y seis.
—Tienes razón —dijo él—. ¿Cuándo paré de contar?
—Michael, tienes acento norteamericano. No me lo puedo creer.
—Y yo no me puedo creer que te traigas una preciosa barba cerrada a los
trópicos.
—Me la voy a quitar enseguida.
—Y yo mi acento —dijo él, y se giró hacia el camarero y le habló en un krio cerrado que no pude seguir, aunque me dio la impresión de que al menos a uno de
nosotros le iban a llevar un bocadillo de pollo.
Le pregunté al recepcionista si en el hotel tenían barbero, pero él negó con la
cabeza.
—Esa persona no existe.
—¿Todavía tienes tu máquina de cortar el pelo? —le pregunté a Michael.
Él sonrió de oreja a oreja y se acarició la calva.
—Siempre voy bien peinado. Subidme el bocadillo a mi habitación —le pidió al
recepcionista—. La doscientos treinta.
—Conozco su habitación —dijo el empleado.
—Venga, Nair. Vamos a quitártela con la máquina. Te sentirás más joven. Ven.
Ven. —Michael ya se estaba alejando y levantando la voz para hablar con el
recepcionista por encima del hombro—. ¡Y una botella de agua!
Como iba mirando hacia atrás, se chocó con una mujer espectacular —africana de
piel clara— que había virado un poco, o eso me pareció, para forzar la colisión. Él
bajó la vista para mirarla y le dijo «¿Que-qué?» de tal forma que me quedó claro que
eran amigos, y quizá algo más.
No me sorprendió que fuera preciosa y joven, recién graduada de la universidad,
supuse. Ese tipo de mujer se rendía a Michael rápidamente y enseguida continuaba
con su vida.
Iba vestida de cooperante o de safari, con pantalones militares caqui, chaleco de
pescador y chirucas robustas. Su atuendo me transmitió una impresión falsa. Eso fue
lo que pasó: que la juzgué por su ropa y me formé una opinión errónea. Sin embargo,
la primera impresión fue fuerte.
Michael pareció incómodo al verla.
—Ha venido todo el mundo a la vez.
—No por mucho tiempo, me marcho a explorar —dijo ella con acento
norteamericano.
—¿A explorar adónde?
Aunque Michael sonreía, aquello no le gustaba.
—A buscar postales.
—Para eso tiene usted que ir al Papa —le dije.
—Sí, al hotel Papa Leone —le explicó Michael—. Pero queda demasiado lejos.
—Vale, pues cogeré un coche.
Michael suspiró.
—No pongas morritos —le dijo ella—. Vuelvo dentro de una hora.
—Espera. Te presento a mi amigo Roland Nair. Esta es Davidia St. Claire.
—¿Otro amigo? Todo el mundo es amigo suyo. —Davidia St. Claire me estaba
hablando a mí—. ¿Ha dicho Olin?
—Mi nombre de pila es Roland, pero no lo uso nunca. Llámeme Nair, por favor.
—Nair es mejor —la informó Michael—. Más conciso. Mira en el Papa. Hazte las uñas o algo, entretente un rato y luego nos vemos todos para cenar en el
Bawarchi, tirando a temprano, sobre las seis. Así nos conocemos todos, porque Nair
es mi mejor amigo.
—Él me salvó la vida —dije.
—Oui? —dijo ella levantando las cejas.
—C’est vrai —replicó Michael.
—Más de una vez.
—Tres veces.
—Me mantuvo con vida día tras día —dije yo, y su novia me miró de arriba
abajo, como si le estuviera explicando algo que ella se había estado preguntando pero
que yo no entendía; así era la mirada. A continuación le pregunté—: ¿Eres de Costa
de Marfil?
Esto la hizo reír.
—¿Quién, yo?
—Lo digo por lo del francés.
—Lo hablo para divertirme. Soy de Colorado.
—Yo soy medio estadounidense también —le dije.
Le tendí la mano. Ella me puso dos dedos en la muñeca y pareció escrutar mi cara
para ver qué efecto tenía en mí su contacto, que de hecho me excitó tanto como un
himno. Por fin me miró muy fijamente a los ojos y me dijo:
—Hola. —Y a continuación—: Adiós.
En la habitación 230 me fijé en una maleta con ruedas que no me pareció muy del
estilo de Michael, pero no vi nada que indicara a las claras que la tal Davidia dormía
allí.
Michael pulsó el interruptor de la pared.
—¡Sigue sin haber electricidad! —Se acercó a la cómoda, abrió un cajón y se giró
hacia mí blandiendo un látigo de cuero de un metro de largo aproximadamente, con
un nudo en la punta. Agarró el mango y sacó de él una daga—. ¡Nadie sabrá que
tengo este puñal!
—Pero, Michael, sabrán que tienes un látigo.
—Bueno, de eso pueden enterarse. Les conviene estar sobre aviso. Mira qué
afilado. Te podría afeitar la barba.
—Dime dónde tienes la máquina de cortar el pelo, por favor.
Mientras yo le gastaba la batería de la máquina en el lavabo, afeitándome como
buenamente pude con la luz que entraba por el ventanuco, Michael se cepilló los
dientes, frotándoselos con un cepillo de cuya otra punta colgaba y se balanceaba una
arañita.
Había un vaso de cristal del que asomaba otro cepillo de dientes, un tubo de
crema facial y dos tipos distintos de desodorante.
—Recuérdame cómo se llama tu amiga.
Él escupió en el lavabo y dijo con acento norteamericano:
—Tengo un millón de amigas. ¡Mira! —exclamó—. Es Roland Nair surgiendo de
la sabana. —Siguió cepillándose, sin dejar de hablar, con espuma en la boca—.
Tienes canas en la barba, pero no en la cabeza.
—Eso se soluciona con un par de días contigo —le dije a su reflejo, que estaba al
lado del mío.
Soy escandinavo, pero tengo el pelo negro y los ojos grises, o azules, depende del
entorno. Si quisiera impresionar con mi aspecto, me mantendría lejos del sol y así
conservaría una tez muy blanca a juego con mis bucles color azabache, y esa sería mi
imagen. Pero me gusta sentir el sol en la cara, hasta en los trópicos.
Michael tiene unos rasgos apuestos: nariz corta y aguileña, pómulos altos y unos
ojos enormes y llenos de curiosidad, como una de esas modelos etíopes; en cuanto a
sus labios, no sé qué decir. Habría que seguirlo durante días para conseguir ver su
boca en estado de reposo. Siempre se está riendo y nunca se calla. Cuerpo fornido y
musculoso, pero con una elegancia angulosa. Ya me entienden: no es un matón. Aun
así, es muy peligroso. Yo jamás había visto que fuera peligroso hasta que en 2004
alguien nos disparó en la carretera de Kabul a Kandahar; él me dijo que me quedara
donde estaba y subió una colina, después se oyeron más disparos y luego, nada. Por
fin regresó de la colina y me dijo «Acabo de matar a dos personas», y seguimos
nuestro camino.
Una vez me enseñó una foto de un niño con la cara de Michael Adriko, cogido de
la mano de un hombre que me aseguró que era su padre. Al padre de Michael se le
veía sangre árabe en los rasgos, de manera que Michael… bueno, debe de tener unas
gotas de leche en el café, invisibles para mí pero obvias para sus compatriotas
africanos. A veces me presentaba como hermano suyo. Por lo que yo podía ver, la
gente se lo creía siempre.
Se frotó los dientes vigorosamente. La araña se zarandeaba colgada de su hilo.
Enjuagó el cepillo y la araña desapareció.
A continuación se quedó mirando cómo me peinaba. Creo que la operación le
fascinaba porque él era calvo. Se rio.
—Tu vanidad no te da más encanto. Solo te hace parecer más vanidoso. —En ese
momento la lámpara del techo parpadeó y cobró vida—. La electricidad ha vuelto.
Veamos las noticias.
Se sentó en la cama y se puso a apretar botones del mando del televisor,
impulsando el aparato en dirección a la pantalla como si le estuviera arrojando la
señal.
—Noticias, noticias, noticias.
En Al Jazeera daban deportes. Los resultados del fútbol. Al final se conformó con
lo que daban en la tele por cable nigeriana, una especie de concurso de cantantes
aficionados. Por fin se desató las zapatillas de correr, que eran rojas y estaban muy limpias; se las quitó con el pie y se puso a masajearse los pies, cada uno con una
mano. Calcetines de color amarillo chillón.
—Michael…
Michael se rio con algo de la televisión.
—Michael, es hora de que me digas algo. Te pones en contacto conmigo, me
haces venir hasta aquí…
—¡Tú te pusiste en contacto conmigo! Me preguntaste qué pasaba. Yo te dije que
bajaras a Sierra Leona y te enseñaría el plan.
—No me enseñes el plan. Cuéntame el plan.
Pero ya no me prestaba atención. Estaba mirando la pantalla con la boca
entreabierta y agarrándose los pies con las manos. El anuncio de Guinness, los dos
hermanos negros, el billete de autobús para salir de la sabana… Por el poder
fermentado en aquella bebida, el hermano mayor liberaba al menor de una maldición
que ninguno de los dos entendía y codo con codo ponían rumbo al Reino de la
Civilización. A Michael le brillaban los ojos y esbozaba una sonrisa ancha y tensa. Yo
lo había visto romper a llorar a menudo y esa era la pinta que tenía. Algo le había
llegado al alma. Hermano por hermano, en busca de la grandeza. Michael estaba
conmovido. Michael estaba llorando.
Nada más terminarse el anuncio, se levantó de un brinco y corrió al cuarto de
baño, se mojó la cara, se sonó la nariz con la toalla de las manos y apareció en la
puerta.
—Este es el plan: soy un hombre nuevo y tengo planeado hacer lo que hacen los
hombres nuevos.
Ahora estaba plantado en medio de la sala, ofreciéndome el mañana en sus manos
extendidas.
—¿Quieres un plan? Te voy a dar simplemente los resultados. Vas a vivir como
un rey. En un complejo residencial junto a la playa. Con cincuenta hombres
protegiéndote con kaláshnikovs. Los lugareños te proveerán de todo. Te traerán a sus
hijas de doce años, vírgenes, Nair, niñas sin sida. Tendrás una distinta cada noche. Y
una milicia de quinientos hombres. Sabes que es lo que quieres. Bailarán por las
noches alrededor de una hoguera enorme, y los brujos de la tribu llegarán y
extenderán los brazos como si fueran una pitón y se convertirán en toda clase de
animales, y habrá gente tocando los tambores, y bailarinas desnudas, ¡todo solo para
ti, Nair! Lo queremos. Es lo que queremos. Y sabes que está aquí. No hay otro sitio
en la tierra donde podamos tenerlo.
—En esta tierra de caos y desesperación.
—Y en medio de ella nos haremos inalcanzables. Un hombre puede elegir un
valle, uno que tenga las entradas muy angostas, entradas defendibles, y reivindicarlo
como su país, igual que hizo Rhodes en Rhodesia…
—No me puedo creer que esté oyendo a un hombre negro decir esas cosas.
—Tendremos a los políticos besándonos los pies. Cada cuatro años asesinaremos al presidente.
—¿Al mismo presidente?
—¡Son los límites del mandato! Y eso lo controlaremos nosotros.
—¿Cuántos hombres con kaláshnikovs?
—¿Cuántos he dicho? Mil. Nair, yo vendré los domingos con mi lancha. La
aparcaré en la arena de tu playa protegida. Nuestros hijos jugarán juntos. Nuestras
mujeres serán gordas. Jugaremos al ajedrez y planearemos campañas.
—Tú no juegas al ajedrez.
—Hace siete años que no me ves.
—Tío, tú no juegas al ajedrez.
Él me miró, dolido. Con una cara transparente.
—Por eso te necesito a ti. Tú eres el que conoce esos juegos.
—Y también tus juegos, ¿verdad?
—Tienes que ser tú.
—Más vale que esto no tenga que ver con diamantes —le dije.
—No son diamantes. Esta vez no. Esta vez lo que nos interesa son los metales y
los minerales.
—¿Y los diamantes no son minerales?
—Ahí tienes por qué nunca puedo contarte nada —dijo Michael—. Porque te
pones a indagar en los detalles como si fueras un jefe de interrogadores.
—Lo siento. ¿Es oro, pues?
—Te lo advierto: ni te acerques al oro de aquí, a menos que yo te diga otra cosa.
El oro de por aquí es falso. Te das cuenta en cuanto miras un lingote, pero para
cuando te dejan mirarlo ya estás en un sitio oscuro y rodeado de mala gente.
—Esperaré a que me hagas la señal.
Se sentó a mi lado en la cama y me puso una mano en el hombro.
—Quiero que me entiendas. Tengo esto planeado de la A a la Z. Y Nair, la Z será
maravillosa. ¿Te he contado que una vez le salvé la vida al presidente de Ghana?
Me incomodaba que se me sentara tan cerca, pero era algo típico de África.
—Michael —le dije—, ¿quién es esa chica? ¿Qué relación tienes con ella?
—Es estadounidense.
—Eso ya me lo ha dicho ella.
—Ya he oído que te lo decía.
—¿Quién es, Michael?
—Ya te enterarás.
Aquel era su estilo, su forma tediosa e inmutable de hacer las cosas. La
información era una cebolla que se tenía que pelar capa a capa.
—¿Y qué me dices de ti? ¿De dónde es tu pasaporte?
—De Ghana —dijo él, sin parecer demasiado contento al respecto—. Ghana
siempre me acogerá.
Yo me quité de encima su manaza con un encogimiento de hombros y me levanté.
—Basta de las tonterías de Michael. Vamos a por una copa.
—Antes de las dieciséis cero cero —me dijo—, yo solo bebo agua embotellada.
—Como dicen, ya son las dieciséis cero cero en alguna parte. —Miré el móvil—.
Aquí, de hecho.
—¡Apesto! Sal mientras me ducho.
Yo lo miré y le espeté:
—Última pregunta: ¿qué pasa con el oro del Congo?
—¡Nair! Vas muy por delante de mí.
—Si fuera por delante de ti, sabría que hago en Freetown en lugar de encontrarme
en el Congo, donde está todo el oro.
—Lo importante es que hayas venido sin saber por qué.
—Yo sé por qué he venido.
—Pero no por qué te lo he pedido. Has venido sin pedir explicaciones.
—Me habrías mentido, Michael.
—Por una cuestión de seguridad, tal vez. Sí. Para que estuvieras protegido
durante el viaje. Pero somos amigos. No nos mentimos el uno al otro.
Él lo creía.
Mientras me dirigía al ascensor, se apagaron las luces del pasillo. Cogí las escaleras.
Velas en recepción, en el vestíbulo y en el enorme comedor. En el bar, olor a parafina
quemada y peste a colonia tapando el almizcle humano. Voces procedentes de la
oscuridad, risas, sonrisas a la luz de las velas. Pedí un martini y me supo exactamente
a lo que era.
Me dio por pensar en Tina. Me bebí el martini deprisa y pedí otro.
¿Por qué no me había limitado a cargar los datos en mi USB en Amsterdam en
vez de implicar a Tina? Ahora que lo pensaba me parecía bastante obvio. Pero me
habían mandado a Freetown en una misión del NIIA, y no tenía ni idea de qué clase
de escrutinio de último minuto habrían autorizado los mandos. Cualquier cosa parecía
posible, incluyendo el hecho de que me llevaran aparte en el control de seguridad del