Los mutilados
Capítulo 3
A la cabecera de la cama de Franz Polzer estaba el cuadro de su santo patrón. Era una cartulina blanca, cuadrada, no mucho mayor que una postal, con el santo pintado en el centro, en colores vivos. El cuadro tenía marco y cristal.
El cuadro era recuerdo de su madre. Ella lo tenía colgado en su habitación junto a los de otros santos. La madre de Polzer era piadosa. Todos los días, ponía aceite en la lamparilla que ardía en la oscura escalera, a los pies del crucifijo, chisporroteando día y noche. También llevaba a su hijo a la iglesia. Franz Polzer se acordaba de la primera vez que fue a la iglesia. Se arrodilló al lado de su madre, frente a unos santos grandes y oscuros, estremecido por angustiosos pensamientos. Las imágenes ensangrentadas de los mártires le daban miedo, pero no podía dejar de mirarlas. Estaban medio desnudos, con las carnes pintadas de rojo y la cara crispada por el dolor y vuelta hacia arriba. Polzer salió de la iglesia acobardado, pensando en pecados y martirios, y temiendo haber ofendido a los santos. No dejó de frecuentar la iglesia hasta que se fue a vivir con Karl Fanta. A partir de entonces, iba poco y a escondidas.
También cuando vivía con Karl tenía el cuadro de su santo patrón a la cabecera de la cama. Era una extraña relación la que él mantenía con aquel cuadrito de san Francisco. Ni una sola noche se dormía sin pedir la protección de la imagen, que incluso se llevaba en sus pequeños viajes. Tenía la impresión de que su propio destino estaba misteriosamente ligado a ella. Sin embargo, nunca pensó que un santo le protegiera personalmente. Él tenía devoción por el cuadro, no por el patrón.
Noche tras noche, el cuadro colgaba sobre la cama. Polzer no dormía bien. Por la noche, oía ruidos raros. Le parecía que unos pasos se acercaban a él poco a poco, y tenía miedo. Antes de acostarse, a pesar de que ello le excitaba la imaginación, leía la página de sucesos y las crónicas de los juicios. Recortaba las noticias, les ponía la fecha y las archivaba.
También solía leer los libros que Frau Porges llevaba de una biblioteca pública. Eran novelas de crímenes y de detectives. Polzer leía cosas con el vago afán de justificar sus miedos nocturnos. Resultaba indudable que el peligro existía. Durante la noche, una idea le tranquilizaba: el recuerdo del cuadro que tenía a la cabecera de la cama. No pensaba en él como si tuviera la facultad de protegerlo. Le sosegaba su sola presencia. Como si le confirmara que todo estaba en orden, cada cosa en su sitio, que, ni en la incontrolable oscuridad, se había movido nada ni él había hecho nada que pudiera alterar el orden establecido y abrir la puerta a lo insólito.
En la época en que Polzer vivía con Karl, su amigo se burlaba de él a causa del cuadro. Karl le llamaba supersticioso. Él no podía imaginar que el cuadro fuera para Polzer un símbolo del orden, ni que la superstición consistía precisamente en el respeto del orden y la regularidad y el miedo al peligro de lo desconocido. Durante muchos años, Polzer utilizó un portaplumas que adquirió cuando era niño. Se trataba de un sencillo portaplumas negro, de mango retráctil. De niño nunca se atrevió a escribir sus trabajos de la escuela con otro portaplumas. Siendo estudiante, y después empleado, seguía escribiendo con el mismo portaplumas que siempre llevaba consigo. Un día, el portaplumas negro desapareció. Fue durante la época de los primeros intentos de aproximación de la viuda, y Polzer estaba convencido de que Frau Porges le había escondido el portaplumas porque sabía cuánto le disgustaría su pérdida.
Polzer era incapaz de desprenderse voluntariamente de sus cosas. En sus baúles y cajones se amontonaban papeles viejos, periódicos atrasados y prendas de vestir inservibles. El miedo al robo no le abandonaba ni un momento. Siempre estaba temiendo extraviar alguna de sus pertenencias. Polzer no encontraba la manera de calmar la intranquilidad que le producía este pensamiento mortificante. Todos sus sentidos tenían que estar en una alerta constante, porque el peligro existía. No podía pasar por alto ningún cambio. Semanalmente, contaba todos sus efectos personales: libros, periódicos, papeles viejos y prendas de vestir. Quería estar seguro de que su patrimonio no había sufrido ningún cambio.
Polzer sabía que no era dueño de ningún tesoro. Él no dudaba que sus posesiones, su ropa interior remendada y sus trajes raídos, no tenían gran valor ni podían tentar a nadie. No obstante, no se libraba de este temor. Se apoderaba de él nada más oscurecer. En la noche acechaban todos los peligros. Estaba indefenso y no se fiaba de la soledad. En la oscuridad se escondía algo, alentaba la conspiración, y Polzer nada podía contra ella. La amenaza rechinaba, respiraba y acechaba en la puerta. Podía penetrar por la menor rendija en cuanto se desprendiera la primera piedra y pudiera asentar el pie. Los efectos personales de Polzer estaban contados, los cordones de la cortina descansaban en ángulo recto sobre el mueble situado bajo la ventana, el orden no se había roto. El cuadro estaba a la cabecera de la cama.
Franz Polzer deseaba un compañero de cuarto cuya presencia habría acallado los rumores de la soledad hostil. Él deseaba poder dormir al lado de otra persona. Oía crujir la cama de Frau Porges bajo el peso de su cuerpo y se hacía el propósito de pedirle al día siguiente que le dejara dormir en su habitación. Él compraría un biombo para separar las camas. Él ansiaba que la noche le deparara reposo y tranquilidad, como a ella. Por la mañana, desechaba la idea. La mirada de familiaridad de la mujer le asustaba. Él temía que ella no comprendiera la verdadera razón de su ruego. Probablemente, ella aprovecharía la ocasión para acercársele y abrazarlo, cosa a la que siempre parecía dispuesta. Esta posibilidad le quitaba el valor. Cuando entraba la viuda, él erguía el tronco y estiraba el cuello, al tiempo que dejaba colgar los brazos inertes y echaba la cabeza hacia atrás. Era su muda defensa.
En el escritorio de Polzer había un estuche con papel de cartas. Él no se escribía con nadie, y muy raramente tenía que mandar una carta. Pero le parecía necesario estar preparado para esta eventualidad. A veces, por la mañana, después de una noche sin dormir, sentía la necesidad de contar las hojas de papel, para tranquilizarse con la comprobación de que no faltaba ninguna.
Un día, mientras estaba contando las hojas, entró Frau Porges con el desayuno. Ella miró a Polzer sin decir palabra. A él le pareció que había sido sorprendido en un acto vergonzoso. Al mismo tiempo, le molestó que entrara sin llamar.
—No ha llamado a la puerta, Frau Porges —observó.
Entonces comprendió que con ello no había hecho más que empeorar las cosas.
—Herr Polzer —replicó Frau Porges—, hace tiempo que me he dado cuenta. Usted me insulta adrede. Nunca me había ocurrido cosa igual. Vale más que se marche usted de esta casa.
Ella se acercaba mirándole airadamente. Él retrocedió hacia la ventana.
—Usted sabe que nadie más que yo entra en esta habitación. ¡Piensa que le robo! Ya encontraré a un huésped que tenga más confianza en mí.
—Frau Porges —dijo Franz Polzer, asustado—, Frau Porges, no puede usted hablar en serio. Si le molesta llamar a la puerta, no llame usted, Frau Porges. ¡Entre sin llamar! ¡Pero echarme de su casa, Frau Porges, eso no! Sabe que los armarios están llenos de cosas mías. Ya no sé lo que tengo. ¿Cómo iba a llevármelo todo? ¿Y adónde me lo llevo? ¿Dónde encuentro yo a personas decentes sin hijos, Frau Porges? Yo sólo podría mudarme en domingo. ¿Quién me llevaría las maletas en domingo? Es imposible. No querrá usted dejarme a merced de unos desconocidos, ¿verdad, Frau Porges? ¡Es imposible, Frau Porges, imposible!
—Usted lo tiene todo numerado, y se imagina que le robo el papel de cartas. ¡Yo puedo ser pobre, Herr Polzer, pero apropiarme de lo que no es mío, eso no, Herr Polzer, eso no!
—En ningún momento lo he puesto en duda, Frau Porges.
Ella se enjugó las lágrimas con el pañuelo.
—Siéntese, Frau Porges —dijo Polzer—. Siéntese. Créame, yo no sospecho de usted. Yo no sospecho de nadie. Es sólo que tengo la costumbre de contarlo todo, Frau Porges, es una costumbre que he adquirido en el Banco, nada más, créame usted.
Frau Porges se había sentado. Entre lágrimas, perdonó a Polzer. Eran las ocho menos veinte. Frau Porges estaba cada vez más excitada. Se compadecía a sí misma por su soledad, y se lamentaba tristemente del desamparo de una pobre viuda, expuesta a todas las ofensas. Su emoción era intensa. Polzer miraba el reloj, nervioso. Eran casi menos cuarto. Así se lo hizo saber a Frau Porges. Ella, en su aflicción, no dio importancia a la hora.
—Hoy llegará usted un poco más tarde —dijo—. ¡Pero vea en qué estado me encuentro! ¿No puedo esperar que me consuele usted y que me apoye en mi desamparo?
—Puede usted, Frau Porges —asintió Polzer.
—¿Puedo?
Ella sonreía y se dispuso a levantarse.
Polzer se irguió con rigidez.
Dieron las ocho menos cuarto. Frau Porges seguía preguntando, pero Polzer ya no la oía. Salió a la carrera, y también aquel día llegó puntualmente al Banco.
Cuando a última hora de la tarde, Frau Porges entró en la habitación de Polzer, éste supuso que ella querría proseguir la conversación y no levantó la mirada del periódico. Ella se fue, y Polzer, por primera vez, vio en sus ojos algo hostil, malévolo. Aquella mirada seguía inquietándole por la noche, en la cama.
Aquel verano, Polzer no pudo seguir dando su acostumbrado paseo del domingo por la tarde por el muelle. Le gustaba mucho el paseo. En el río había bañistas, nadadores, botes de remos y algún que otro vaporcito de excursionistas. En el quiosco tocaba la banda militar. Polzer caminaba entre las familias y los paseantes solitarios. Pocas eran las personas totalmente desconocidas con las que se cruzaba: vecinos de su misma calle, o señores del Banco o del café. Iba despacio, contemplando cómo relucían al sol sus zapatos. Pisaba con cuidado para no ensuciarlos. Por miedo a los rateros, llevaba las manos a la espalda, cruzadas sobre el bolsillo del billetero. Cuando le parecía que alguien le observaba, se sentía incómodo. Rápidamente, se miraba el traje, para ver si estaban abrochados todos los botones. Le mortificaba la certidumbre de que su traje estaba anticuado. Por fuerza tenía que llamar la atención. Los que más miedo le daban eran los niños y las jovencitas, y los rehuía. Iba tomando el sol hasta el teatro. Allí torcía hacia el centro y entraba en el café.
Ahora se habían acabado los paseos, porque el domingo, apenas terminaba de comer, Frau Porges entraba en su habitación con su vestido negro de los domingos. Llevarla al muelle, con tanta gente, le parecía imposible. Además, Karl Fanta vivía en el muelle y había que pasar por debajo de sus ventanas. El recuerdo de Kuchelbad estaba todavía muy vivo como para que le apeteciera hacer otra excursión con Frau Porges. Puesto que no había alternativa, la llevaba al café. Se sentaban a la mesa pequeña de la sala de billar.
La primera vez que Polzer entró con Frau Porges, los estudiantes apoyaron el taco en el suelo y se quedaron mirándola. Polzer se escondió detrás del periódico. Frau Porges quería hablar, pero Polzer callaba. Él notaba que los observaban desde todas partes, y temía que los parroquianos de las mesas vecinas oyeran la conversación.
La tercera vez que Polzer llevó a Frau Porges al café, un estudiante se sentó a su mesa. Frau Porges lo había conocido en el tranvía. Era alto, delgado, rubio y tenía un velo de barba.
Frau Porges charlaba con él animadamente. Reía mucho y con fuerza. Polzer miraba el billar, sin intervenir en la conversación. De buena gana, habría rogado a Frau Porges que moderase la risa, pero no encontró la ocasión. Los dos conversaban sin reparar en Polzer. Al salir, el estudiante acompañó a Frau Porges. No se despidió hasta que llegaron al portal de la casa.
Al domingo siguiente, el estudiante llevó a la mesa a unos conocidos. Hubo que juntar las sillas. La conversación era ruidosa. Cuando Polzer miró en derredor, vio que el joven que en el Banco ocupaba la mesa situada frente a la suya estaba sentado al lado de la ventana y le sonreía. Polzer decidió marcharse del café inmediatamente, y se levantó. Frau Porges le sujetó de la mano y le miró suplicante. El joven, al verlo, movió la cabeza de arriba abajo. Todos instaban a Polzer a quedarse. En la mesa de al lado, una señora gruesa contemplaba la escena con los impertinentes. Polzer la conocía. Su marido era profesor del Instituto de Weinberger. Polzer se sentó, resignado.
El vecino de Polzer, un joven médico muy bien vestido, le comentó:
—¡Es usted afortunado! ¡Qué bella esposa la suya! —Lo dijo en voz baja, con lenta entonación. Cuando sonreía, bajo el negro y espeso bigote asomaban unos dientes de una blancura deslumbrante.
Polzer se volvió a mirarlo. Quería deshacer el equívoco. Pero Frau Porges había oído las palabras del doctor.
Se echó a reír con fuerza.
—¡Si usted supiera, doctor —exclamó—, si usted supiera!
Miraba a Polzer sin dejar de reír. Todos se reían mirando a Polzer. Tan sólo el doctor no reía.
Polzer observó que su mesa atraía la atención de todos los presentes. Su azoramiento era grande. A Frau Porges le resbalaban lágrimas por las mejillas, y las enjugó con un pañuelo.
—Ay, Polzer, Polzer —dijo.
Esto hizo aumentar la confusión de Polzer. Ella nunca le había llamado Polzer a secas. Le pareció que quería humillarlo. Observó que el larguirucho estudiante le acariciaba el dorso de la mano y fue a decir algo. El joven del Banco se había levantado y saludaba a Polzer sacudiendo la cabeza y sonriendo. Frau Porges puso la mano debajo de la mesa; la del estudiante la siguió. A Frau Porges se le había ahuecado la blusa. Franz Polzer, asustado, observó que por el escote se le veía el nacimiento del pecho. El joven desapareció por la puerta. Polzer no había correspondido a su saludo. Era tarde para salir tras él. Ya se habría perdido entre la gente.
Frau Porges hablaba en voz baja con su vecino.
Aquella noche, la idea de que el joven Wodak comentara en el Banco su encuentro en el café mantenía despierto a Polzer. Polzer no sabía qué hacer ante tal eventualidad. Una falsa definición de sus relaciones con la viuda podía perjudicar su posición en el Banco. A la mañana siguiente, cuando Polzer llegó a su puesto, el joven Wodakya estaba allí. Le sonrió. Polzer esperaba el ataque de Wodak y se aprestaba a sufrir una inmensa humillación. Pero Wodak no decía nada. Si acaso, su actitud parecía más deferente de lo habitual. Polzer se tranquilizó. No creyó que Wodak hubiera preparado un plan especial para avergonzarlo.
Esto fue el lunes. Al final de la semana se produjo un hecho que cambió por completo la vida de Polzer. Un hecho que, para Polzer, estaba relacionado con su sombrero.