Los mutilados
Capítulo 4
Era un sombrero rígido, negro, con la cinta negra. El ala era estrecha y lisa, y la copa, alta. Tenía a cada lado dos pequeños respiraderos.
Polzer nunca vio nada de particular en aquel sombrero, a pesar de que el ala tenía apenas un dedo de ancho. Tampoco después, por más que lo miraba, encontró en él algo especial. Polzer se paraba delante de los escaparates de las sombrererías. Veía sombreros con alas más anchas y copas más bajas. Observaba a los transeúntes y veía sombreros de ala ancha y copa baja. Sombreros de copa alta y de copa baja. Se cruzaba con personas cuyos sombreros acababan en punta y tenían dos rayas transversales de otro color. Estos sombreros le parecían raros. También observó que los sombreros de los forasteros eran diferentes de los sombreros de la gente del país. Con el tiempo, Polzer reconocía en seguida a los forasteros por el sombrero. Esos sombreros se parecían. Sólo se distinguían por el color. De cualquier modo, casi todos eran negros o grises. Las alas eran igual de anchas, y las copas, igual de altas. Además, estos sombreros parecían siempre nuevos.
Aquel sábado, Polzer llevaba su sombrero negro. Al salir del Banco, se encaminó a casa rápidamente. Eran las siete de la tarde. Las calles estaban llenas de compradores retrasados y empleados que volvían a casa. Poblaba el aire el ruido de los cierres de las tiendas y de las campanillas de los tranvías repletos. En la Wenzelsplatz, Polzer dobló por la Wassergasse y adelantó a dos niñas.
A los pocos pasos, oyó que las niñas reían a carcajadas. Se volvió. No pensaba que las risas las motivara él. No lo comprendió hasta verles la cara. Las niñas miraban su sombrero. Polzer temió que un pájaro se lo hubiera ensuciado. Se lo quitó, asustado. Le dio la vuelta, mirándolo atentamente. Las niñas se habían acercado. Seguían riendo. La gente se detenía alrededor de Polzer. Él, con la cabeza descubierta, se encontró en el centro de un grupo. Cada vez había más gente. Era una esquina muy concurrida. Los del tranvía miraban la aglomeración. Polzer vio que, detrás de los cristales, todas las caras estaban vueltas hacia él. La gente que lo rodeaba sonreía. Todos le miraban. Polzer se puso el sombrero.
Llegaron entonces los padres de las niñas. Eran altos y gruesos. El padre llevaba un sombrero flexible y oscuro con un plumerito de pelo de gamuza. Eran forasteros. Polzer dio media vuelta para marcharse. Las niñas le siguieron. Él se volvió y las miró. Ellas, cogidas de la mano, se reían. Llevaban un sombrerito de charol negro con cintas de colores. La turbación de Polzer les daba valor.
—¡Qué risa! —exclamó una—. ¿De quién ha heredado ese sombrero?
Polzer se puso colorado. Y es que, realmente, el sombrero procedía de la herencia de Herr Porges. Frau Porges lo había mandado arreglar para él.
—¡Es una buena pieza! —dijo el padre, riendo—. ¿Cuánto pide por él? Aquí tiene un comprador.
—Yo soy empleado de Banco —replicó Franz Polzer, azorado.
Las niñas habían seguido andando, y el grupo se había deshecho. Polzer se puso el sombrero bajo el brazo y se fue a casa a toda prisa.
Al llegar a su habitación, dejó el sombrero encima de la mesa. Lo contempló atentamente. Vio que en la banda interior de cuero estaban prendidas las iniciales G. P. Herr Porges se llamaba Gottlieb. Hasta aquel momento, Polzer no había reparado en aquellas iniciales. Le pareció que el sofoco que había padecido en la calle, la situación que le había puesto en evidencia ante la mirada de todos los transeúntes, era una trastada del difunto y de Klara, su viuda, que querían mortificarlo. Entonces recordó la mirada malévola de Frau Porges. De inmediato comprendió que aquella mujer, que le había puesto en ridículo a los ojos de todo el mundo, podía cumplir la amenaza de echarlo de su casa. Arrancó las dos iniciales de la banda de cuero y las dejó encima de la mesa, al lado del sombrero. Cuando Frau Porges entró en la habitación, en seguida vio el sombrero. También vio las letras. Miró a Polzer interrogativamente.
Polzer dijo con frialdad:
—No pienso volver a ponerme ese sombrero, Frau Porges.
—¿No? ¿Un sombrero tan bueno? El pobre Porges lo tuvo mucho tiempo pero apenas lo usó. Casi siempre estaba en cama.
—Yo renuncio, Frau Porges —insistió Polzer.
—¿A qué renuncia?
—A llevar el sombrero de su difunto esposo, Frau Porges. Yo renuncio a heredar cosa alguna de su difunto esposo, Frau Porges.
—¿Cosa alguna?
Polzer pensó que se refería a la habitación.
—Me refería al sombrero, sólo al sombrero, Frau Porges.
Frau Porges sonrió y se sentó.
—¿Qué ha pasado, Herr Polzer? —preguntó.
Polzer le refirió el incidente de la calle.
—No pienso volver a llevar el sombrero —concluyó.
Frau Porges se había levantado. Tomó el sombrero y lo contempló.
—Es un sombrero muy bonito. Casi nuevo. Aún puede venderse… Mañana por la mañana, irá usted al mercadillo de la Schulgasse. Es domingo. Allí podrá vender el sombrero —dijo, tajante, y salió de la habitación.
Eso no se le había ocurrido a Polzer. Si no obedecía, ella era capaz de echarle. Salió tras ella, para hablar del asunto.
La cocina ya estaba a oscuras. Sólo había luz en el dormitorio de Frau Porges. Polzer se quedó en el sombrío pasillo. En la hoja de cristal de la puerta veía moverse la sombra de Frau Porges. Luego, la luz del dormitorio se apagó.
Polzer permaneció un rato en el pasillo, esperando. Luego, volvió a su habitación. Encima de la mesa estaba su cena, intacta. Tampoco había leído el periódico. Ahora no tenía ánimo para esas cosas. Tenía que saber si al día siguiente debería ir al mercadillo, a vender el sombrero, o si Frau Porges renunciaría. Al día siguiente era domingo, o sea, que podría ir por la mañana. Pero antes, habría que hacer ciertos preparativos. Habría que envolver el sombrero. De todos modos, Polzer tendría que madrugar. Tal vez hubiera que volver a poner las letras en la banda de cuero. En realidad, aquél era su sitio.
Evidentemente, Polzer no debía dar motivo a Frau Porges para que lo echara de casa. Él comprendía que ella estaba ofendida con razón. Podía interpretar su negativa a llevar el sombrero como un desprecio hacia su difunto esposo. Era indudable que ella pensaba seriamente en echarlo a la calle. Había salido de la habitación sin esperar su respuesta. Si al día siguiente lo echaba, él tendría que mudarse el día primero. Era sabido que durante las mudanzas solían producirse robos. Imaginó lo difícil que sería vigilar a toda aquella gente tan poco servicial y tan basta. Polzer pensó, consternado, en la cantidad de cosas que tendría que embalar. Con la ayuda de Frau Klara Porges no podía contar. El cuadro del santo lo envolvería en papel y lo llevaría en la mano. Le producía pavor la idea de tener que buscar habitación. ¿Por qué barrio empezaba? La ciudad era grande, y uno no sabía hacia dónde dirigirse. Además, las habitaciones escaseaban, y las casas decentes, más. Y, por añadidura, podía haber niños.
Polzer se acostó. No podía dormir. Él sabía que no resistiría tanto trastorno. Caería enfermo y tendría que faltar al Banco. Se le acumularía el trabajo encima de la mesa. Cada día, una nueva partida, y a su regreso habría un montón gigantesco. Polzer no lo resistiría. La habitación estaba a oscuras, pero algo crujió. Polzer contuvo la respiración. Quizá Frau Porges se había movido y hecho crujir la cama. Era tan fino el tabique. Quizá Frau Porges tampoco dormía.
Polzer no se atrevía a moverse, a pesar de que el crujido fue fuerte. Había sonado en su habitación, desde luego. Allí había algo. ¿Y si llamara suavemente a la puerta de Frau Porges, para averiguar si estaba despierta? Quizá ella le perdonara la ofensa al difunto si él, en penitencia, accedía a llevar el sombrero a vender. A lo mejor, no hablaba en serio. En el fondo, quizá valiera más venderlo, al fin y al cabo. Volver a ponérselo, eso nunca, desde luego.
No había ni el menor resplandor. Polzer de buena gana hubiera encendido la luz, pero no se atrevía a hacer girar el interruptor. Él comprendía que era preferible fingir que dormía. Polzer intuía el peligro. Poco a poco, empezó a mover el brazo, para tocar el cuadro del santo. Su mano avanzaba despacio. Tardó una eternidad en extender el brazo por completo. Le dolían los músculos. El brazo le temblaba. Pero el cuadrito seguía allí. Rozó el marco de madera con las yemas de los dedos. No quería retirar la mano en seguida, quería dejarla descansar un segundo en el cuadro. Después, la retiraría lentamente y sin ruido.
Entonces el santo se cayó. Golpeó ruidosamente el cabezal de madera de la cama. A Polzer los ojos se le salían de las órbitas. Hubiera podido sostener el cuadro, pero no se movió. Siguió con el brazo levantado. El cuadro pareció tambalearse, y luego continuó cayendo. Cayó al suelo. El cristal se rompió. El estrépito aturdió a Polzer. El ruido retumbó de modo espeluznante en las negras paredes. Polzer saltó de la cama y salió corriendo de la habitación.
Delante de la habitación de Frau Porges se detuvo.
Polzer estaba en camisón, con el cuerpo empapado en sudor. Tiritaba. Frau Porges tenía que haber oído el ruido. Polzer golpeó suavemente la puerta. Ella no contestó. Polzer volvió a golpear.
—¿Quién es? —preguntó Frau Porges.
—¡Soy yo, Polzer! —respondió él.
—¿Herr Polzer? ¿Qué sucede, Herr Polzer?
Él la oyó levantarse de la cama y acercarse a la puerta. Él agarró el picaporte, sujetando la puerta.
—Quédese donde está, Frau Porges —dijo Polzer—, quédese donde está. Yo sólo quería pedir perdón, nada más. ¡No salga, que no estoy presentable, Frau Porges!
Frau Porges apretaba el picaporte hacia abajo. Polzer sujetaba la puerta. Daba diente con diente.
—Le ruego que me perdone, pero no puede usted abrir. No estoy vestido como es debido, Frau Porges. Ya me había acostado. Es sólo por lo de mañana, por lo del sombrero quiero decir, que si usted quiere que vaya, iré. Pero tiene que decirme cuánto pide por él, el precio, y si quiere que ponga las iniciales en la banda.
Ella venció su resistencia y abrió la puerta. En la oscuridad, él vio que el pelo le ondeaba.
También ella estaba en camisón.
Le tomó de la mano.
—¡Ven, Polzer! —dijo. Su voz era ronca—. ¡Ven!
Él no se movía.
Ella lo arrastró hacia la oscura habitación y cerró la puerta. Después, lo llevó a la cama.
—Estás temblando —dijo.
La cama estaba caliente. Ella lo tapó con el edredón. La cama olía a pelo.
Frau Porges se tendió a su lado.
—¿No va usted a echarme a la calle, Frau Porges? —preguntó él.
Ella se acurrucó a su lado, riendo. Polzer comprendió que esperaba algo de él. Polzer se le acercó mucho. Frau Porges agarró a Polzer, riendo a carcajadas. Polzer pensó en el desahucio e hizo lo que pudo. Estaba por momentos más nervioso e impaciente. Él sintió gotas de sudor en la frente. Frau Porges se había quedado quieta.
—¡Cómo sudas, Temblores! —dijo riendo—. ¡Cómo sudas!
Polzer se avergonzó de sudar en aquel momento, a pesar de que sabía que era natural y que no tenía nada de vergonzoso.
—Estoy cansada —anunció Frau Porges. Bostezó y se retiró. Luego, se volvió de cara a la pared—. ¿Y para esto me has despertado?
Luego rió:
—Quizá mañana resulte —dijo.
Se había vuelto de espaldas a Polzer. Él estaba desolado. Comprendía que ahora tenía que levantarse y volver a su habitación. El santo estaba en el suelo. Temía que ella le echara si él no se levantaba de inmediato y volvía a su cama, a seguir escuchando ruidos en la oscuridad durante el resto de la noche. Pero Frau Porges ya respiraba profunda y acompasadamente. Polzer estaba en el borde de la cama. Encogió las piernas, para que la viuda no notara su presencia. Sigilosamente, se tapó con una punta del edredón.
Hasta la mañana no regresó Polzer a su habitación. Frau Porges aún dormía. Él se levantó sin hacer ruido. En su habitación, el cuadro del santo estaba en el suelo. Él lo recogió, lo limpió de trocitos de vidrio y volvió a colgarlo de la pared.
Polzer se sentó frente a la ventana abierta y empezó a limpiarse los zapatos. A cada pasada de cepillo, veía reflejarse con más fuerza los rayos de sol en la piel negra.
Oyó pasos en la habitación de al lado. No quería ver a Frau Porges. Envolvió el sombrero en un papel y salió de la casa sin hacer ruido.