Los Secretos de Mamá
Las consecuencias de nuestros actos…
A veces hacía él la comida, como por ejemplo ese día. Aunque no podía quitarse de la cabeza lo sucedido durante la mañana, mientras cocinaba se olvidó un poco de toda la historia.
Pensó que después de todo su madre, que le quería y en su respuesta le decía que estuviese tranquilo. Suponía que todo se aclararía, pensaba que quedaría en un desafortunado incidente y ya está. La cosa quedaría ahí, ¡sin duda! Aunque todavía temía que en el último momento le echase la buya de las buyas por todo lo que le había hecho, ¡y es que no era para menos…!
Había espiado lo más íntimo y personal de ella, se trataba de su sexualidad, eso que todos hacemos cuando nadie nos mira. No sólo había profanado su cuerpo, viéndola completamente desnuda con primeros planos incluidos de su sexo. Había conocido sus momentos más secretos, esos en los que pensamos que nadie nos mira, masturbándose, haciendo pis, haciéndose selfis calientes en toda clase de espejos, en probadores de tiendas… ¡en los sitios más insospechados!
Pero todo ese conocimiento le había llevado a una conclusión. Su madre tenía una sexualidad muy abierta y abundante, disfrutaba del sexo en solitario y sin complejos.
Lejos quedaban ya los días del divorcio, en los que sufrió una depresión al verse abandonada por su padre, quien la dejó por otra, pero no otra cualquiera, sino, ¡su mejor amiga! Con lo cual no sólo estaba el hecho de la separación, sino que se juntó el del engaño con alguien además cercano. Unai la había visto llorar por las noches y sabía lo mucho que aquello dolía, fue testigo mudo de su sufrimiento y por eso la comprendía mejor que nadie y estaba más unido a ella que ninguno en este mundo.
Tuvo que ir al psicólogo durante meses y dejó hasta de trabajar en ese tiempo, mientras é iba a clases y fue ahí donde tuvo que aprender a cocinar. Nada del otro mundo, cocina de subsistencia, pero gracias a ella sobrevivieron.
Él le insistía en salir en aquellos días, la acompañaba a dar largos paseos, pues se lo dijo la psiquiatra que la trataba. El sol le haría bien –le dijo–. Así que él la forzaba a salir de las cuatro paredes de su cuarto, a un parque cercano, daban un paseo cada tarde, se sentaban en un banco y apenas hablaban. Sólo contemplaban a los graciosos patos comiendo el pan que les lanzaban los niños pequeños y ella lo miraba y le recordaba cuando él era uno de ellos.
Le avergonzaba, pero era su pasado un pasado ya olvidado en la memoria del tiempo.
Todos aquellos momentos perduraban en su memoria y aquel día, sin saber por qué, se presentaron para saludarle. Pues la vida al final no es más que eso, una sucesión de momentos, algunos los recordamos más y otros menos, algunos afloran y otros permanecen enterrados en nuestro subconsciente, agazapados esperando ser despertados.
Cocinar le relajó y le ayudó a que el resto de la mañana pasara más rápido, hasta que la puerta de su de su modesto piso crujió, siempre lo hacía cuando alguien entraba, era un sonido característico, familiar tras los años que llevaban viviendo allí. ¡Se le heló la sangre!
¡De repente su corazón se puso a ciento veinte pulsaciones por minuto! Su boca se secó y sintió un calor abrasador subir desde la boca del estómago hasta su cara cuando se giró y se apoyó en la encimera de la cocina esperando verla aparecer tras entrar, pues era la primera estancia de su piso a la que se accedía desde el recibidor de la entrada.
–¡Oh, cariño qué bien huele! ¿Qué has cocinado? –dijo ella simplemente.
–Pues… ¡Nada del otro mundo! Unos simples espaguetis, aunque a la salsa de tomate le he puesto un poco de orégano –dijo él balbuceando en sus primeras palabras tras el incidente.
–¡Oh estupendo! ¡Me encantan los carbohidratos! –dijo ella mientras soltaba el bolso en el perchero a la izquierda de la entrada junto al coqueto recibidor donde un buda presenciaba la entrada de la casa.
–¡Mamá yo…! –dijo él a punto de emocionarme.
–¡Yo tengo hambre cariño! ¿Tú no? Anda ve poniendo la mesa mientras me cambio, ya habrá tiempo de hablar de todo, pero con la barriga llena, ¿vale?
Así de tajante zanjó el asunto en se momento, aunque le dio tranquilidad por el tono en que lo dijo, sin alterarse. No parecía ofendida y eso le tranquilizó, pues su alma estaba inquieta por el qué pasaría, sentía una gran culpa, como decía esa oración cristiana que les obligaban a repetir en misa de pequeño: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…
Comieron con la tele de fondo, pues el silencio se le hacía a él insoportable. Las noticias del telediario primero y luego, ella pidió que lo cambiase por algo más alegre, pues los telediarios hoy día son una sarta de mentiras a cuál más deprimente y escandalosa. De modo que puso los chismes, algo más ligero y apenas hablamos mientras comieron.
Terminado el modesto festín, se levantó para quitar la mesa pues sabía las muchas horas que ella pasaba de pie en su trabajo. Así que ella le dejó hacer y se pasó al sofá para descansar sus maltrechas piernas.
Tuvo que dar unos cuantos viajes para llevarse los platos y la olla donde quedaron los pocos espaguetis que no pudieron comer, hasta dejar la mesa limpia. Finalmente volvió y pensó en sentarme a su lado en el sofá aunque tal vez si lo hacía, su madre le preguntaría
algo que tal vez no querría responder… ¡Aquello era una locura!
Debía actuar con naturalidad y si tenían que hablar, ¡cuánto antes mejor!
–¿Cómo te encuentras cariño? –le preguntó una vez se hubo sentado en el sofá a su lado, poniéndole la mano delicadamente en su rodilla desnuda.
–Esperaba que me preguntases, si te soy sincero te diré que no muy bien la verdad, siento mucho lo que ha pasado mamá –le dijo intentando parecer lo más sincero posible.
–Lo sé, es un poco fuerte hijo. Llevaba unos días observándote y había notado un comportamiento extraño, de repente te encerrabas en tu cuarto y cerrabas la puerta, algo que normalmente no haces, sobre todo cuando volvía del trabajo. Y eso me hizo sospechar que algo pasaba.
¡El sexto sentido de las madres! –pensó Unai para sus adentros–.
Ella notó el cambio en sus hábitos y esto la llevó a deducir que algo pasaba, ya sólo era cuestión de tiempo el que lo descubriese y su móvil, sin duda, era la primera pista donde mirar. ¡Qué ilusos llegan a veces a ser los hijos! ¡Pensando que podrán ocultar las cosas por mucho tiempo!
–Así que decidí investigar un poco o en tu móvil, pensando que tal vez habías conocido a alguna amiga y andabas medio enamorado, pero ni me podía imaginar lo que vería… –le insinuó Malena haciendo una pausa.
–¡Verás mamá! ¡Yo no quería hacerlo! –se apresuró a desmentir las acusaciones interrumpiéndola–. Pero me pasó exactamente igual que a ti, cuando fuimos a la playa y quise enviarme el selfi que nos hicimos con tu móvil vi esa extraña carpeta y deduje la contraseña. Fue simple curiosidad, lo que tampoco me podía imaginar mamá, es lo que vería en ella –explicó el chico devolviendo el razonamiento a Malena en justa medida: “¡Touché! ”.
–¡Ay hijo no me lo recuerdes! Sentí una vergüenza que casi me muero al ver que me habías visto en lo más íntimo de mi ser –
exclamó ella desconsolada.
–Luego saliste de la ducha y rápidamente compartí la carpeta con mi móvil, pues sentía mucha curiosidad por ver un poco más de
“aquello” –le confesó el muchacho–. Luego la estuve viendo con más calma y bueno, ya conoces el resto…
Se produjo un incómodo silencio entre ambos, un tiempo muerto en el que cada uno recapacitó sobre sus argumentos, sobre qué dirían a continuación para justificar sus actos. Muchas veces eso es lo que hacemos casi todo el tiempo, pensar en cómo justificar nuestros actos, pero más que cara al mundo, cara a nosotros mismos, a esa vocecita que todos, sin excepción, llevamos dentro.
–Tenía que haber pensado que el móvil no era un sitio seguro para guardar todo eso hijo, por eso me instalé lo de la carpeta segura, pero aun así tú dedujiste la contraseña de forma fácil y yo no supe preverlo a tiempo. Pero de ahí a que todo este tiempo hayas seguido fisgoneando lo que hago en mi intimidad, ¡va un trecho! Lo entiendes, ¿verdad? –dijo con tono acusador.
Unai no sabía qué decir, no tenía excusa plausible para los hechos aplastantes que expuso su madre, así que optó por callar y esperar…
–Pienso que tal vez yo te haya inducido de alguna manera a ese comportamiento con mis obscenidades. Lo pensé cuando vi que tú mismo te grababas masturbándote. Aunque por otra parte hijo, es lo normal, lo que todo el mundo hace en l intimidad, sin excepción, seas un chico adolescente como tú o una mujer madura y sexualmente activa como yo. Pero de ahí, ¡a masturbarte viendo material gráfico de tu madre va un trecho!
Él optó por hundirse en el sillón, queriendo que la tierra lo tragase ante aquel razonamiento incontestable, no tenía excusa, no sabía qué decir, así que callaba por convicción.
–¿No dices nada hijo? –insistió ella una vez más.
Negó con la cabeza mientras su mirada se perdía en el mar de pintitas marrones del suelo de terrazo de aquel viejo piso.
–Lo entiendo, no pasa nada, no te preocupes hijo. Pienso que deberíamos buscar un buen psicólogo y que hablases de estas cosas con él o con ella, ¿estás de acuerdo? –preguntó su madre.
–¿Ir al psicólogo? –dijo él, ¡pensando que ella pensaba que estaba loco!
Pues lamentablemente en nuestra sociedad, ese pensamiento aparece siempre que alguien comenta que necesita ayuda psicológica pero, igual su madre tenía razón, igual él estaba loco de atar y debía recibir tratamiento así que claudicó.
–Vale, si tú lo dices iré –dijo por fin.
–¡Estupendo hijo! Pues no se hable más, he preguntado a una compañera y me ha dado un número de teléfono. He llamado y me ha dicho una chica muy amable que sin problemas puedes comenzar mañana mismo.
Asintió con la cabeza una vez más, sin levantar aquella mirada perdida en aquel mar de terrazo formado por miles de puntitos de diversas tonalidades marrones de aquel viejo piso.
–Pero mamá, ¿entonces por qué has grabado esta mañana eso para que yo lo viese? –la interpeló en un último intento por comprender su actitud.
De repente parecía haber tocado una fibra sensible de ella y notó cómo ahora, la que se revolvía inquieta en el sofá, ¡era ella!
–Bueno hijo –carraspeó–. Es que estaba muy enfadada,
¡compréndelo! Acababa de ver cómo te masturbabas mirando algo tan íntimo mío que estaba que me subía por las paredes. ¡Fue despecho hijo! ¡Despecho y rabia sí! ¡Es que es muy fuerte Unai,
sentía que habías invadido mi espacio vital, lo más íntimo de mi ser,
¡mi sexualidad
–¡Claro, claro…! ¡Lo siento mucho mamá! –asintió él una vez más, sin ser capaz de devolverle la mirada por la gran vergüenza que sentía en aquel momento.
–¡Ah otra cosa! ¿Habrás borrado todo, verdad? –dijo inquisitorialmente ella a modo de punto y final.
–¡Por supuesto! –replicó él armándose de todo el valor que fue capaz de reunir, pues la mentira hay que decirla con convicción para que sea tomada por una verdad incontestable…
Ya estaba todo dicho. Unai pensó que después de todo no le había ido mal. Aunque seguían inquietándole el tema de la psicóloga, ¿sería capaz de contarle sus obscenas intimidades al hablar con ella? ¡Y demás a una chica! ¡No se veía, la verdad! No aún no concebía cómo podría enfrentarse a ello, pero no tardaría mucho en averiguarlo…
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