Los túneles

Greg Mitchell · Capítulo 2 de 24

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Los túneles

Mapas

Capítulo1

 

El ciclista

 

FEBRERO-MARZO DE 1962

 

A Harry Seidel le gustaba la acción, la velocidad y el riesgo[1]. Encontraba todas esas cosas a la vez participando en carreras ciclistas. Harry pudo ser campeón olímpico, todavía lo habría podido ser, probablemente, si hubiera cambiado de actitud, porque a los veintitrés años estaba en su mejor momento, en cuanto a piernas se refiere. Pero Harry no era así. En cuanto se proponía algo, se dedicaba en cuerpo y alma, y en aquel momento no estaba persiguiendo la siguiente curva, a los otros competidores o la línea de meta. Solo unos meses antes había competido ante miles de fans entusiasmados en palestras muy ruidosas. Su foto aparecía en los periódicos. Los niños quizá incluso saludaban al esbelto y moreno héroe del deporte cuando lo reconocían paseando en bicicleta por las calles de Berlín. Pero entonces iba casi en solitario. Aunque se lo merecía, nadie lo animaba por unas victorias que superaban con mucho a cualquiera de sus hazañas deportivas. Habría sido demasiado peligroso.

Desde que surgió la nueva barrera que dividía Berlín, el 13 de agosto de 1961, la mujer de Harry, Rotraut, estaba muy preocupada por él. Cuando se iba para una de sus misiones secretas, ella se preguntaba si volvería a casa o desaparecería para siempre. Los amigos llamaban a Harry draufgänger, o sea, temerario. Le instaban a que abandonase sus hazañas que desafiaban la muerte, que volviera al ciclismo y abriera ese quiosco de prensa que ansiaba, pero era como si gritaran entre el viento invernal que barría el río Spree. Los primeros meses después de la construcción del Muro, Seidel había pasado a su mujer y su hijo, y a dos docenas más de personas, a través de la frontera casi impenetrable de Occidente. Y para Harry seguía habiendo muchísimas personas más que rescatar: casi todo el mundo en el este.

Seidel no había hecho más que recibir parabienes del Estado durante su carrera ciclista, que culminó con varios títulos en Berlín Este y dos medallas en el campeonato de Alemania del Este en 1959. Con menos de veinte años, abandonó su trabajo como electricista cuando el Estado empezó a pagarle para que se dedicara solo a competir. Aunque era muy alabado en los órganos de propaganda, al parecer Harry no era lo suficientemente patriota porque, a diferencia de muchos otros del equipo nacional, se negó a ingerir esteroides para mejorar su rendimiento. Tampoco quiso ingresar en el Partido Comunista, que estaba en el poder. Esto le costó cualquier posibilidad de formar parte del equipo olímpico del país en 1960, y el estipendio que le entregaba el gobierno fue cancelado.

A principios de 1962, su reputación en los archivos policiales de la policía secreta de Alemania del Este como colaborador de fugas igualaba a su fama como ciclista. Ese cambio no había carecido de costes para él.

La primera huida de Seidel fue la suya propia. Solo horas después de que se materializara la barrera de alambre y cemento que dividió brutalmente Berlín, la mañana del 13 de agosto, Seidel salió del apartamento que compartía con su mujer, su hijo y su suegra en el distrito de Prenzlauer Berg para explorar la frontera en bicicleta. Al sur del centro de la ciudad encontró un sitio en el que el alambre de espinos era bajo. Como los guardias estaban distraídos por los manifestantes, se echó al hombro la bicicleta y saltó por encima del alambre. Más que nada se trataba de una prueba. Supuso que podía volver al este con la misma facilidad, cosa que hizo unas horas más tarde pasando a través de un control. (Todavía no había problemas para pasar en esa dirección). Al ser Harry como era, confiaba en poder saltar de nuevo la frontera al cabo de unas horas. No quería abandonar a Rotraut y a su hijo pequeño, André, pero tampoco quería perder el trabajo de entrega a domicilio de periódicos que tenía en el oeste. Aunque se quedara atrapado en la frontera, encontraría pronto una forma de sacar a su familia, incluyendo a su madre.

Aquel mismo día, Harry pensó en hacer otro viaje a la parte occidental, pero le pareció que los guardias de la frontera estaban estrechando sus controles. Justo después de anochecer, envolvió en plástico su pasaporte y se sumergió en el Spree, y recorrió a nado los más de doscientos metros que había hasta la parte occidental. Al salir a buscar aire casi choca contra un barco de la policía de Berlín Este. Tragando agua, finalmente oyó decir a uno de los guardias: «Vámonos, aquí no se ve nada». Cuando se fueron, siguió nadando el resto del camino hasta la orilla.

Mientras Seidel pensaba cómo rescatar a su familia, uno de los hermanos de Rotraut intentó sacarlos usando unos pasaportes de Alemania Occidental con fotos que se les parecían. El hermano intentó hacerlos pasar con los documentos de identidad falsos por un control, pero no tuvieron éxito. La madre de Harry y su suegra fueron arrestadas. Dejaron libre a su mujer porque tenía que cuidar al bebé. Harry, furioso, juró sacar a su madre en cuanto saliera de prisión… y a su mujer y su hijo de inmediato.

Después de otra vuelta en bicicleta, aquella vez por el lado occidental del Muro, decidió que el lugar más seguro para pasar era Kiefholz Strasse, junto a Treptower, uno de los parques de mayor tamaño de la ciudad. En aquel trozo de frontera solo había alambre de espino —no vallas ni cemento—, y muchos árboles y arbustos donde esconderse en la zona ocupada por los americanos. Para conseguir un manto de oscuridad, disparó a un par de focos con un rifle de aire comprimido.

La noche del 3 de septiembre de 1961[2], tres semanas después de ser construido el Muro, Rotraut, una mujer esbelta y de ojos azules, recibió una inesperada llamada en su apartamento. Era Harry, que llamaba desde un café del este y anunciaba que la recogería al cabo de una hora. Rotraut, cuya familia había emigrado de Polonia, era tan anticomunista como su marido, y había estado pensando por su cuenta en alguna forma de escapar, de modo que la invitación de Harry resultó muy bienvenida. Cuando llegó, él le dijo que se vistiera de negro, que diera un trocito de pastilla de dormir al bebé y que lo siguiera. Pronto estaban penetrando en el sotobosque a lo largo de Kiefholz Strasse, donde Harry ya había cortado el alambre de espinos. Él pasó primero, y luego se puso de pie y levantó el alambre. Rotraut le entregó al niño y acto seguido pasó también a Occidente. Después echó a correr con toda su alma con Harry hacia el Ford Taunus que tenía él allí. Minutos más tarde, los Seidel descansaban en el apartamento de Harry, en el distrito de Schöneberg.

No hubo un final tan feliz para los dos hermanos de Rotraut, que fueron arrestados y acusados de estar al tanto de la huida o incluso de haber colaborado en su ejecución.

Pocos en Berlín Este imaginaban que un muro (o «barrera de protección antifascista», como lo llamó el líder de Alemania del Este Walter Ulbricht, demostrando así que había leído a Orwell) pudiera durar años. Pero Harry Seidel no estaba entre los más optimistas. Creía que aquella enorme y fea cicatriz y el Estado policial iban a ser permanentes. ¿Y qué podía hacer Occidente al respecto? Berlín era una isla fracturada, flotando precariamente en medio del Estado comunista, a ciento cincuenta kilómetros de distancia de la Alemania Occidental. Harry Seidel tenía la sensación de que sus aventuras en la frontera no habían hecho más que empezar. Antes que nada, tenía que rescatar a su madre.

 

Tras años de escasez y racionamiento, los berlineses del este bromeaban diciendo que cuando por fin podían permitirse comprar manzanas y patatas, a menudo encontraban gusanos en ellas… y «te las cobran más caras si tienen gusanos». Otra broma amarga: «¿Sabías que Adán y Eva en realidad eran alemanes del este? No tenían ropa, debían compartir una sola manzana, y encima les hacían creer que vivían en un paraíso».

Desde poco después de la segunda guerra mundial, una línea ondulada en el mapa

separaba los dos estados alemanes[3], antes incluso de que adoptaran el nombre de República Democrática Alemana (RDA) y República Federal de Alemania (RFA). Alemania Occidental estaba dividida en sectores ocupados por norteamericanos, franceses y británicos. La RDA, dominada por los soviéticos, era la mitad más pequeña de Alemania, tanto en terreno como en población y rendimiento económico. En 1955, con su economía floreciente y montones de puestos de trabajo, Alemania Occidental alcanzó la soberanía plena, aunque seguían en ella las tres fuerzas ocupantes. Mientras tanto, en el este, los comunistas luchaban por poner fin a una vergonzosa crisis de refugiados. Desde finales de los años cuarenta a 1961, casi 2,8 millones de alemanes del este huyeron a Occidente.

La mayor parte de esa marea humana, casi el 20 por ciento de la población de Alemania del Este, y una gran cantidad de sus trabajadores y profesionales más cualificados, salió por Berlín. Los soldados de la RDA vigilaban estrechamente la frontera nacional, pero la frontera de Berlín, muy incrustada en Alemania del Este, seguía siendo porosa. Los niveles de seguridad variaban enormemente en la zona donde se reunían los cuatro sectores de la ciudad. Berlín seguía siendo, en muchos aspectos, una sola ciudad, con un servicio interconectado de teléfono, metro, tren, tranvía y líneas de autobuses. Nada menos que sesenta mil berlineses del este con pases oficiales (profesores, médicos, ingenieros, abogados, técnicos, estudiantes) cruzaban a Occidente cada día de la semana para trabajar o asistir a clase en la Universidad Técnica o en la Universidad Libre. Se los conocía como grenzgänger, cruzadores de fronteras. Muchos no volvían. En 1961, la población de Berlín Oeste, que era de 2,2 millones de personas, duplicaba la del sector este.

Los soviéticos se empezaron a alarmar. El primer ministro Nikita Jruschov consideraba Berlín Oeste como «una espina clavada en mi garganta», aunque también lo comparaba con unos testículos que podía apretar si quería que Occidente chillase. Jruschov había emitido un ultimátum en noviembre de 1958 dando a las tres naciones occidentales seis meses para ponerse de acuerdo y convertir Berlín Oeste en una zona «libre» desmilitarizada, y luego retirarse. Los aliados lo rechazaron. Sostenían que la división antinatural de la ciudad tenía que concluir con unas elecciones libres en todos los sectores y, finalmente, con la reunificación. Jruschov se retiró, por el momento. Al presentarse para la presidencia en 1960, John F. Kennedy predijo que Berlín continuaría siendo «una prueba para nuestros nervios y nuestra voluntad».

La primera cumbre Kennedy-Jruschov tuvo lugar a principios de junio de 1961 en Viena. El líder soviético, de sesenta y siete años, empezó diciendo que Berlín era «el lugar más peligroso del mundo». Poniendo a prueba al inexperto JFK, amenazó con firmar al fin el «tratado de paz» largamente prometido con Alemania del Este, que acabaría con el acuerdo de las cuatro potencias para compartir Berlín. Los alemanes del este, de ese modo, recuperarían el control de todo acceso occidental a la ciudad por aire, ferrocarril y autopista. De nuevo, las tres naciones occidentales rechazaron la idea. Sin embargo Kennedy, vacilante e intimidado, insinuó que Estados Unidos aceptaba la semipermanente división de Berlín, cosa que no hizo más que envalentonar a Jruschov.

Cuando acabó la cumbre [4], Kennedy dijo en privado que era «lo peor que me ha pasado en la vida. Ese hombre me destrozó». JFK les dijo a sus colaboradores que Estados Unidos podía hacer muy poco por los berlineses del este… que su único objetivo ahora era defender los intereses de los que ya estaban en la parte occidental. Aseguró a un alto funcionario: «Dios sabe que no soy aislacionista, pero me parece particularmente estúpido arriesgarnos a matar a un millón de americanos por una discusión sobre derechos de acceso a una autopista… o porque los alemanes quieren que Alemania esté reunificada». Después de todo, añadía, «no fuimos nosotros quienes causamos la desunión de Alemania».

En un discurso del 25 de julio de 1961, Kennedy declaró que Estados Unidos no quería más confrontaciones en Berlín. Aun así, a la luz de la creciente beligerancia de los soviéticos allí, JFK ordenaba un rearme militar. «Buscamos la paz —anunció Kennedy—, pero no nos rendiremos». Los berlineses occidentales se centraron en otro elemento del discurso: Kennedy parecía sugerir que aunque Estados Unidos iba a seguir defendiendo con firmeza a Alemania Occidental, dejaría que los comunistas hicieran lo que quisieran en el este. Entre crecientes tensiones, el número de alemanes orientales que llegaban al centro de refugiados de Berlín Oeste, un complejo de veinticinco edificios en Marienfelde, subió repentinamente. La tasa era de 19 000 de media al mes en 1961; a principios de agosto de aquel año se había duplicado. Los alemanes del este nunca habían podido participar en elecciones libres, pero estaban votando con sus pies.

Walter Ulbricht, el líder alemán del este, de sesenta y ocho años y con perilla a lo Lenin, consideró que era suficiente. Con la bendición de Jruschov, había ordenado semanas antes que se acumularan enormes cantidades de alambre de espinos, vallas y bloques de cemento, y su fantasía de una barrera permanente que rodease Berlín Occidental cobró vida de repente. Lo curioso es que a pesar de su enorme inversión en operaciones de espionaje en Berlín, los norteamericanos sabían muy poco de todo esto. Los informes que la CIA entregaba diariamente al presidente Kennedy no mencionaban nada.

Pero no importaba. Los líderes norteamericanos se mostraban muy ambiguos sobre la perspectiva de sellar la frontera. Ulbricht se inspiró en una entrevista con J. William Fulbright, un influyente senador demócrata de Estados Unidos, celebrada el 30 de julio, emitida por televisión y muy publicitada. Al preguntarle si los comunistas podrían reducir tensiones impidiendo la huida de refugiados, Fulbright respondió: «Si quieren cerrar las fronteras la semana que viene, pueden hacerlo sin violar tratado alguno. No comprendo por qué los alemanes del este no cierran sus

fronteras… Creo que tienen derecho a cerrarlas en cualquier momento[5]». Los medios de comunicación de Alemania Occidental y los diplomáticos norteamericanos en Bonn, la capital, vilipendiaron a Fulbright. Algunos le llamaron «Fullbricht».

El presidente Kennedy no dijo nada en público[6]. Pero en la Casa Blanca le confesó a un consejero: «Jruschov está perdiendo Alemania del Este, y no puede dejar que ocurra semejante cosa. Si cae Alemania del Este, también caerá Polonia y toda la Europa del Este. Tendrá que hacer algo para evitar el flujo de refugiados. Quizá un muro. Y nosotros no podremos impedirlo». Mientras tanto, Jruschov decía a Ulbricht: «Cuando la frontera esté cerrada, los americanos y alemanes occidentales serán felices». Aseguraba que el embajador norteamericano en Moscú le había confesado que el aumento en la cantidad de refugiados huidos estaba causando «muchos problemas a los alemanes occidentales. Así que cuando instituyamos los controles, todo el mundo quedará satisfecho». Ulbricht encargó a su jefe de seguridad, Erich Honecker, que se asegurase de que la operación tenía éxito.

Justo después de medianoche, el 13 de agosto, se desenrolló el primer alambre de espinos a lo largo de los bulevares principales de la frontera, el primer paso a la hora de sellar la circunferencia de ciento cincuenta y cinco kilómetros del Berlín Oeste. Miles de soldados soviéticos permanecían en alerta por si los manifestantes occidentales intentaban impedirlo. Jruschov había aconsejado sabiamente a Ulbricht que se asegurase de que el alambre no pasaba ni un centímetro de la frontera.

Cuando el secretario de Estado norteamericano Dean Rusk se enteró de la noticia, aquella misma mañana, ordenó que los funcionarios norteamericanos se abstuvieran

de hacer comentarios que fueran más allá de unas débiles protestas[7]. Temía que cualquier respuesta americana en la frontera pudiera desencadenar reacciones posteriores por parte de los comunistas. Luego salió de su despacho y se fue a un partido de béisbol de los Senators de Washington. Los diplomáticos norteamericanos esperaban que el alcalde de Berlín Oeste, Willy Brandt, no se enterase de aquella salida de Rusk, ni de la reacción de Foy Kohler, uno de sus asesores: «Los alemanes

orientales nos han hecho un favor[8]».

Berlín Este era más que nunca un campamento armado[9], informaba aquel mismo día Daniel Schorr, corresponsal de la CBS. Se necesitaban tropas, añadía, para

contener a una «población resentida». Aquella noche, Edward R. Murrow[10], el legendario presentador que había dejado la CBS para dirigir la Agencia de Información de Estados Unidos (USIA por sus siglas en inglés), mandó un cable a su amigo Jack Kennedy desde Berlín, comparando el movimiento de Ulbricht con la invasión de Renania por parte de Hitler. Advirtió a JFK que si no mostraba decisión, podía enfrentarse a una crisis de confianza tanto en Alemania Occidental como en todo el mundo en general.

Los residentes de la parte oriental se habían adaptado a la arbitraria división de su ciudad, pero el carácter de esa brecha cambió a peor aquella mañana del 13 de agosto. Decenas de miles de personas perdieron de repente sus trabajos en Occidente o la posibilidad de completar sus estudios, así como la libertad para visitar a amigos, familiares y amantes. Habiendo clausurado sus rutas por Berlín Este, ahora el metro y los trenes elevados descargaban a sus pasajeros en la frontera.

Sin embargo, el 14 de agosto Kennedy dijo a sus colaboradores: «No es una

solución bonita, pero un muro es muchísimo mejor que una guerra[11]». En la misma conversación añadió también: «Este es el fin de la crisis de Berlín. Al otro bando le ha entrado miedo… no a nosotros. No vamos a hacer nada ahora porque no hay alternativa alguna excepto la guerra. Todo ha terminado, no van a invadir Berlín». Los servicios secretos norteamericanos casi se mostraban optimistas. La CIA de

Kennedy, en un informe del 14 de agosto[12], se refería escuetamente a «limitaciones de viaje» y «restricciones» en Berlín. Al día siguiente, la CIA aseguraba que la población de Alemania del Este y de Berlín Este estaba «reaccionando con cautela, en general», y que solo había «expresiones aisladas de crítica abierta y algunos casos de incidentes antirrégimen». La agencia quizá no supiera que al menos diez guardias de la frontera de Alemania del Este habían huido ya a Occidente.

El Grupo de Trabajo del más alto nivel de la administración de Berlín [13], reunido en Washington, se concentró más en las relaciones públicas que en contrarrestar el movimiento soviético con sanciones. El secretario de Estado Rusk afirmaba que aunque el cierre de la frontera era un asunto grave, «en términos realistas facilitaría mucho más el acuerdo en Berlín. Nuestro problema inmediato es la sensación de indignación en Berlín y en Alemania, que lleva implícita la sensación de que deberíamos hacer algo más que protestar». El fiscal general Robert Kennedy solicitó un mayor impulso de la propaganda antisoviética.

El 16 de agosto, la portada del popular periódico alemán occidental Bild Zeitung exclamaba: «¡Occidente no hace nada!». El presidente Kennedy, se quejaba, «permanece callado». El alcalde Willy Brandt envió un enérgico mensaje por cable a Kennedy. En él criticaba que los aliados permanecieran «inactivos y a la defensiva», y afirmaba que esa actitud podía conducir a un hundimiento de la moral en Berlín Occidental, promoviendo al mismo tiempo «una confianza exagerada en el régimen de Berlín Este». Si no se hacía nada, lo siguiente que harían los comunistas sería convertir Berlín Este en un «gueto» aislado, del que intentarían huir la mayor parte de sus ciudadanos. Kennedy debía rechazar el chantaje soviético. En un mitin gigantesco en Berlín, aquella noche, Brandt exclamó: «¡Berlín espera algo más que palabras! ¡Berlín espera acción política!».

Kennedy no se dejó conmover porque pensaba que, en realidad, la ira de Brandt estaba motivada por una política electoralista. En privado se refería a Brandt como

«ese hijo de puta de Berlín[14]».

 

* * *

 

Al cabo de unos días de la construcción del muro de cemento y alambre de espinos,

los alemanes del este saltaban por las ventanas de los edificios adyacentes[15] hasta la frontera que corría a lo largo de varias manzanas de la Bernauer Strasse, en el distrito de Mitte («Centro»), y aterrizaban en la acera de Berlín Oeste. Esto solo era posible en algunas zonas de la ciudad donde las fachadas de los edificios marcaban la frontera. En algunos casos, los bomberos recogían a los que saltaban a Berlín Occidental con sus redes. Un poco más de una semana después del 13 de agosto murió el primer berlinés oriental intentando huir. Fue Ida Siekmann, de cincuenta y ocho años, que literalmente se echó a volar tras arrojar un colchón y otras pertenencias por la ventana de su apartamento del tercer piso, en Bernauer Strasse. Siekmann no consiguió acertar y aterrizar en el colchón y murió de camino al hospital. Los berlineses occidentales se indignaron mucho. Unos cuantos trabajadores de Berlín Oriental tapiaron rápidamente con ladrillos las ventanas que daban a Occidente.

Dos días después del salto fatal de Siekmann, un sastre de veinticinco años que se llamaba Günter Litfin fue tiroteado y murió en Humboldt Harbor, en Berlín. Litfin, uno de los miles de berlineses orientales que ya no podían ir a trabajar a la parte occidental, casi había concluido su desesperada huida a nado hasta la orilla opuesta cuando un guardia de la frontera le disparó en la nuca. Al cabo de unas horas, cientos de berlineses occidentales se reunieron en aquel mismo punto y expresaron su protesta. La policía arrestó al hermano de Litfin y registró el apartamento de su madre. Los medios de comunicación de Alemania del Este lanzaron una campaña de difamación contra el muerto, etiquetándolo de homosexual y asegurando que su apodo era Muñeca. Todos los guardias que dispararon a Litfin recibieron una medalla, un reloj de pulsera y una bonificación en metálico.

En un periódico de Berlín Occidental se decía: «Los cazadores de seres humanos de Ulbricht se han convertido en asesinos». Unos días después de la muerte de Litfin, otro joven berlinés oriental murió también a tiros en el canal de Treptow. Al cabo de unos días, tres más murieron después de salir por las ventanas de unos tejados y caer en Bernauer Strasse. En octubre, dos jóvenes más fueron tiroteados en el río Spree y murieron. Al principio de la época del Muro, la mayor parte de los berlineses creían que por muy cruel que pudiera ser el sistema de la parte oriental, los soldados o guardias de la frontera no dispararían a sus compatriotas alemanes. Esta esperanza resultó infundada, como se demostró una y otra vez.

Pero los fugitivos más decididos seguían adelante, sin desanimarse. Una pareja nadó a través del Spree hasta la otra orilla, empujando una bañera con su hija de tres años ante ellos.

A mediados de octubre, un muro de casi tres metros de alto había sustituido el

alambre de espinos en muchas más zonas de la ciudad. Un escultor de Berlín[16] describía la construcción deshilvanada y chapucera del Muro de la siguiente manera: «Parecía que lo había levantado un grupo de aprendices de albañil retrasados y borrachos». Allí donde los disidentes veían que podían escalar o arremeter contra el cemento, los trabajadores de la RDA hacían la barrera más alta y más gruesa, y brotaron torres de guardia como champiñones. En el lado del Muro que daba a Occidente aparecieron grafitis: KZ, las iniciales nazis de los campos de concentración. Centenares de personas seguían dirigiéndose hacia Occidente: por las alcantarillas, en vehículos que estrellaban contra los ladrillos, en trenes que se negaban a detenerse en la frontera… El Muro era demasiado, y al mismo tiempo no era suficiente.

Muchos alemanes occidentales y funcionarios de Estados Unidos seguían denunciando el Muro de boquilla, mientras en privado lo aceptaban e incluso les parecía bien. Veían el Muro más como una solución que como un problema, por muy trágico que fuera el coste para los berlineses del este normales y corrientes. El miedo principal de Occidente había sido que el Ejército soviético (con unas fuerzas que sobrepasaban todos los contingentes occidentales juntos) invadiese Berlín Occidental. Solo 6500 soldados americanos ocupaban la ciudad aislada, comparados con más de un cuarto de millón de fuerzas americanas en Alemania Occidental. La construcción del Muro parecía señalar que los soviéticos habían abandonado cualquier posible plan de apoderarse de la ciudad, satisfechos por el momento con consolidar su control de Alemania del Este. Los ciudadanos de Berlín Occidental, mientras tanto, seguían con los nervios a flor de piel. Se habían visto ametralladoras soviéticas encima de la puerta de Brandeburgo. ¿Era tan improbable una invasión desde el este como aseguraban los americanos? La frase que más se oía por la calle era: «Estamos

vendidos, pero no nos han entregado todavía[17]». Los residentes hacían planes para el futuro, y a menudo añadían al final: «si todavía seguimos aquí».

 

En octubre de 1961, Harry Seidel se sentía tan furioso con el sistema comunista[18] que estaba dispuesto a arriesgar la vida rescatando no solo a familiares, sino también a desconocidos. Las opciones, sin embargo, se iban estrechando. Unas vías de escape bien diseñadas, aunque repugnantes, a través de las bocas de las alcantarillas y el sistema de alcantarillado, conocidas como «canalización» o «Ruta 4711» (el nombre de una colonia popular), habían sido descubiertas por la policía y desmanteladas. Otros planes, que requerían pasaportes o documentos de identidad falsos, se veían sometidos a un escrutinio muy intenso por parte de los agentes de aduanas de Alemania del Este. Docenas de fluchthelfer, o colaboradores de fugas, habían sido arrestados cruzando hacia el este para repartir documentos de identidad falsos.

Harry Seidel, por su parte, había estudiado la zona de Kiefholz y sabía que podía explotar las debilidades que allí tenía la frontera. A lo largo de los tres meses siguientes (aunque seguía compitiendo en carreras ciclistas los domingos) hizo pasar al menos a veinte amigos (y amigos de sus amigos) por encima o por debajo de las alambradas. Un día vio a un joven que gritaba y agitaba las manos al otro lado de la frontera a su novia, que estaba en el este. El hombre lloraba. Se iban a casar aquel mes, pero ahora ella estaba atrapada. Harry prometió sacarla, y lo hizo. Luego ofició de padrino en la boda.

Su ruta de escape fue descubierta al fin cuando, al ayudar a pasar a una madre con su bebé, el niño empezó a llorar. Los guardias les dispararon y fallaron, pero a partir de entonces hubo muchos más ojos de la RDA clavados en el paisaje de Kiefholz. Se instalaron una tercera alambrada y unas vallas de madera. De modo que Seidel fijó su atención mucho más abajo.

Según rumores persistentes, los nazis habían excavado un túnel bajo el Reichstag para iniciar el incendio de 1933 que ayudó a consolidar su gobierno. Harry exploró las ruinas, pero no encontró nada. En el proceso, sin embargo, vio un muro bajo junto a la puerta de Brandeburgo desde donde se podía saltar al este. Lo intentó… y quedó inmóvil de repente, iluminado por el súbito resplandor de los reflectores. Lo llevaron para interrogarlo a una comisaría de policía cercana, y Harry aseguró que solo intentaba escapar de unos soldados americanos, pero a sus interrogadores no les convenció su respuesta. Cuando salieron de aquella habitación, él saltó por una ventana que estaba a seis metros del suelo, buscó su lugar de cruce habitual en Kiefholz Strasse y volvió a Occidente algo maltrecho.

Otros contratiempos fueron más aleccionadores. Uno de los compañeros de

Harry, artista de la fuga también[19], era un estudiante de química de la Universidad Técnica que se ofreció a ayudar para que otro estudiante sacara a su madre. Cuando estaba cortando tres alambres en la oscuridad, a las afueras del distrito de Spandau, sonaron unos disparos y el joven se derrumbó a cinco metros de distancia en el interior del Berlín Este. Pronto llegó la policía británica y la de Berlín Occidental, pero los guardias de la frontera de Alemania del Este les apuntaron con sus armas, impidiendo así que llegaran hasta la víctima. Aquel día frío de diciembre, el joven se desangró hasta la muerte ante los guardias, que luego se lo llevaron a rastras.

El peligro acechaba incluso lejos del Muro. Cuando llevaban ya diecisiete años de gobierno comunista, Alemania del Este contaba con más informantes por cápita que ninguna otra nación de la historia. Decenas de miles estaban ayudando al Ministerio

de la Seguridad Estatal[20] (MfS para abreviar, según sus siglas en alemán, o «Stasi» en lengua coloquial), de una forma u otra, cobrando o sin cobrar. Comparado con eso, el alcance de la Gestapo de Hitler fue leve. A los agentes se les asignaba toda fábrica, hospital, periódico o complejo de apartamentos importante, y los informes debían ser entregados en uno de los edificios de pisos que formaban el enorme cuartel general de la Stasi en la Rusche Strasse, en Berlín Este. Seidel estaba seguro de que su nombre ocupaba un lugar destacado en esos archivos. También sabía que la red de informantes operaba a ambos lados del Muro. Los agentes de la Stasi eran conocidos por secuestrar a expatriados en Berlín Occidental y llevárselos de vuelta al este.

Hacia la mitad del invierno, mientras entregaba periódicos con su automóvil,

Seidel conoció a Fritz Wagner[21], un carnicero de Berlín Occidental voluminoso y bullicioso de treinta y tantos años. Se hicieron amigos y Wagner, que tenía mujer y dos hijos, invitó a Harry a su hogar en la zona sur de Berlín. Sabía que las habilidades atléticas de Harry le convertían en ideal para el trabajo duro que tenía pensado: excavar un túnel bajo el Muro. Wagner deseaba liberar a unos cuantos amigos y miembros de su familia de la parte oriental. También imaginaba que podía hacer algo de dinero cobrando a otras personas por pasarlos. Wagner, que conducía un Mercedes grande y aparte de su trabajo era propietario de un quiosco de prensa, no se perdía una oportunidad de negocio. Le intrigaba el complejo carisma de Seidel, encontrándolo a la vez perspicaz y despreocupado, lacónico pero temperamental, orgulloso pero tierno. Seidel, por su parte, estaba dispuesto a aceptar un nuevo desafío, fueran cuales fueran los peligros. Se entregó por completo al proyecto del túnel, ya que las demás opciones para escapar se habían vuelto demasiado arriesgadas incluso para su nivel. Al formar sociedad con Wagner, Harry podía proporcionar los músculos sin verse distraído por detalles organizativos o financieros.

Otro equipo de túneles acababa de demostrar que era posible. Erwin Becker, chófer de los miembros del Parlamento de Alemania del Este, y sus dos hermanos, habían cavado un túnel en el suelo arenoso del sótano del hogar de su familia, en una zona remota de Berlín Este, bajo el Muro, hasta un parque que se encontraba a menos de treinta metros, en Occidente. Su madre les avisaba si había actividad policial haciendo parpadear una luz en el túnel con un interruptor que tenía en casa. La excavación les llevó nueve días, y a finales de enero, una noche, diez hombres y dieciocho mujeres consiguieron pasar por el túnel. El Bild Zeitung publicó fotografías del túnel donde se veía a los Becker sonrientes recreando la salida del túnel. Estableciendo lo que se convertiría al final en una práctica común, el periódico pagó a los Becker por publicar esas imágenes en exclusiva. El titular era: «¡Éxodo masivo desde el campo de concentración Ulbricht!».

A continuación hubo controversia. El servicio de teletipo norteamericano UPI transmitió un artículo que incluía la ubicación del hogar de Becker. La asociación de prensa alemana occidental protestó, y la UPI retiró el artículo. Así se llegó al acuerdo general, entre los medios con base en Berlín Occidental, de que mantendrían ocultos los detalles clave sobre las operaciones de túneles, como su ubicación precisa, el número de fugitivos, el nombre de los organizadores y si la policía había ayudado o no en cualquier sentido.

Seidel y Wagner se animaron mucho por el éxito de los Becker, aunque planeaban excavar en la dirección opuesta, de oeste a este. (Esto iba en contra de casi todos los ejemplos de «túneles de huida» que existen en la historia del mundo, que casi siempre sitúa a los excavadores en dirección a la libertad, y no desde esta). Para su primer proyecto se centraron en Heidelberger Strasse, una calle estrecha en el distrito periférico de Treptow. Una enorme barrera de cemento corría justo por el centro de la calle, separando física y políticamente a amigos y vecinos de toda la vida. Heidelberger era conocida ahora como la «Calle de las Lágrimas».

Era una escena que parecía sacada de una película de horror distópico, pero en muchos aspectos era el enclave ideal para un túnel, con menos de veinticinco metros separando un punto de entrada en un sótano occidental y el objetivo en una bodega del este. Wagner, que no podía arrastrarse por un túnel y mucho menos usar una pala en su interior, adoptó un papel de supervisión, compró las herramientas, pagó a los propietarios de los edificios a ambos lados de la calle por el uso de sus sótanos y reclutó a un puñado de trabajadores. La excavación comenzó bajo la dirección de Harry Seidel. Sin embargo, como constructor de túneles novato, Harry no estaba seguro de si acertaría en su objetivo, la bodega que estaba al otro lado de la calle. Y como era un fugitivo buscado por la ley, sabía que la policía, los guardias de la frontera o los agentes de la Stasi podían estar esperándolo cuando saliera por el este. Los constructores de túneles y otros colaboradores de fugas empezaron a atraer la atención a lo grande, incluso al otro lado del Atlántico. Por ejemplo, cuando el fiscal

general de Estados Unidos, Robert Kennedy[22], hizo su primera visita a Berlín en febrero de 1962, y le recibió una multitud deslumbrada, él pidió reunirse con los refugiados que habían pasado a escondidas desde el este. William Graver, jefe de la base operativa en Berlín de la CIA, invitó a dos fugitivos al alojamiento de Kennedy en Podbielski Allee, centro de operaciones de la inteligencia norteamericana. Era muy temprano por la mañana, y cuando los dos jóvenes fueron escoltados a las habitaciones de Kennedy, oyeron que en el baño corría el agua. Unos minutos más tarde, Kennedy acabó de ducharse y salió en ropa interior, cogió una camisa precipitadamente y se la abrochó y empezó el diálogo. Después, uno de aquellos dos estudiantes le dijo a Graver: «¡Un ministro alemán jamás habría podido hacer semejante cosa!».

El punto culminante de la visita de Kennedy, un discurso que dio aquella misma tarde en el ayuntamiento, fue interrumpido por unas bengalas que se dispararon desde el este. Desde ellas, cuatro banderas rojas cayeron flotando hasta el suelo. La multitud empezó a abuchearlas y Kennedy exclamó: «¡Los comunistas dejan pasar los globos, pero no dejan que venga su gente!».

Harry Seidel apenas se enteró de la visita de Kennedy. Estaba demasiado ocupado en su túnel, noche y día. El paso subterráneo quizá fuera relativamente corto, pero eso no significaba que el trabajo fuese fácil. Seidel y media docena de camaradas pasaron varios días cavando hacia abajo y luego hacia el este, con frío y humedad y con la única iluminación de unas linternas y unas lámparas que oscilaban. La tierra era arenosa y ligera, pero el nivel freático era muy alto, de modo que el suelo estaba húmedo. Los jóvenes iban cargando la tierra con palas en unos recipientes de hojalata grandes proporcionados por Fritz Wagner, conocido, no siempre afectuosamente, como Der Dicke, el Gordo. Aquellos cubos, que servían para transportar carne de animal en los corrales, pasaban de mano en mano o tirados con cuerdas hacia Occidente, y se depositaba la tierra en un rincón del sótano.

Cavar, sacar la tierra y volver a empezar. Era como cavar una tumba, excepto que había que excavar horizontalmente, durante días y días, y aguantar en aquel ambiente frío y mohoso mucho después de que la luz y el aire empezaran a desaparecer. Pronto no pudieron trabajar más que una hora sin desfallecer debido a la falta de oxígeno. Algunos de los hombres sufrían de fiebre y tos áspera. Seidel, fuerte y en forma debido al ciclismo, a veces trabajaba doce horas seguidas, mostrando pocos efectos secundarios. Antes de que pasara mucho tiempo, los excavadores se encontraron en el este, o más bien por debajo. Guardias fronterizos armados con fusiles Kalashnikov y «VoPos» (Volkspolizei, o «policías del pueblo») patrullaban solo unos metros por encima de sus cabezas, por la acera de Heidelberger. Harry oía sus pasos, alguna conversación amortiguada, un silbido. Sabía que había peligro, pero no le importaba.

A finales de marzo, cuando Seidel llegó al muro del sótano en Berlín Este, hizo un pequeño agujero con un destornillador y echó una larga mirada por él. Harry llevaba una pistola y también un extintor, dispuesto a llenar el sótano de espuma para repeler a los pistoleros, si había que huir. Por suerte, al agrandar un poco el agujero, confirmó que estaba despejado. A partir de ahí, unos correos occidentales harían llegar la noticia a varias docenas de alemanes del este: vuestro túnel está abierto.

Los primeros tres días de fugas fueron muy emocionantes. Harry y sus colaboradores pasaron a docenas de refugiados por el estrecho túnel. Los amigos de Wagner y de los excavadores hacían el viaje gratis. Los que no estaban estrechamente relacionados con ellos eran conocidos como «pasajeros», y pagaban una pequeña tasa directamente a Wagner, que era quien aplicaba la política, establecía las distinciones y se embolsaba el dinero. Tenía que sufragar algunos gastos producidos por el túnel, y si además aquello le servía para hacer algo de dinero, pues bienvenido fuera también.

Cuanto más menudo era uno, más fácil resultaba el viaje a través del mundo subterráneo. El techo tenía menos de un metro de alto, y algunos refugiados se agachaban y lo recorrían en cinco minutos, y en cambio otros tenían que arrastrarse por el suelo, a gatas. Muchos eran jóvenes y estaban razonablemente en forma. Cuando llegaban a la bodega de ladrillo, al otro lado de la frontera, en el número 35 de Heidelberger Strasse, estaban manchados de barro y exhaustos, pero eso no importaba demasiado en realidad. Estaban en Occidente. Para celebrarlo, los excavadores les ofrecían las típicas botellas de Coca-Cola, que eran como una muestra de lo que ellos siempre habían imaginado que significaba la «libertad».

Y luego, durante los últimos días de marzo de 1962, Harry se fio demasiado de su

suerte[23].

La desgracia de Seidel fue que un hombre que vivía en un piso superior del objetivo del túnel, en el número 75 de Heidelberger Strasse, resultó ser un informador de la Stasi. Su nombre era Horst Brieger, nombre en clave «Naumann». Seidel estaba conversando con un inquilino del número 75 de la calle Heidelberger cuando un hombre al que no conocía le dijo que quería huir a Occidente. Harry respondió: «¡Pues es usted muy afortunado porque acabamos de excavar un túnel justo debajo de su casa!». Le preguntó si sabía quién tenía las llaves de la puerta delantera del edificio (que podía resultar útil para acceder posteriormente). El hombre dijo que sí y envió a Harry al inquilino del primer piso, Brieger… que informó a la Stasi del túnel al día siguiente. Brieger incluso identificó a su visitante como el famoso ciclista Harry Seidel.

A continuación la Stasi tendió una trampa, a la que se referían en sus archivos como «plan operativo para liquidar el túnel». Permitieron que un puñado de fugitivos pasaran sin ser molestados, incluyendo a varios niños con sus padres, mientras esperaban que su presa principal, Seidel («organizador de la operación de tráfico»), saliera del túnel por el este. El oficial en jefe de la Stasi en el lugar de los hechos ordenó a sus camaradas «que afilaran sus cuchillos para atrapar a ese», con lo cual quería decir «que debían tener las armas preparadas y usarlas si era necesario».

Por aquel entonces, Harry podría haberse dado por satisfecho y alejarse de su túnel. Todos los refugiados de la lista original de Fritz Wagner habían pasado a Occidente. Pero Seidel esperaba sacar a la madre de su mujer, a sus dos hermanos y a unos cuantos rezagados. Ayudándole estaba Heinz Jercha, uno de sus mejores excavadores. Jercha había conocido a Fritz Wagner trabajando en una carnicería del este. Después de huir a Occidente, se unió de buena gana al proyecto del túnel de Dicke. Como Harry, Jercha, de veintisiete años, tenía mujer y un hijo pequeño… y sufría de un idealismo incurable, reflejado en sus ojos, inusualmente brillantes.

La noche del 27 de marzo, Seidel siguió el guion de la Stasi con un solo cambio: Jercha entró en el túnel antes que él, y dirigió el camino hacia el este.

—Siempre bajas tú el primero, déjame a mí por una vez —le había rogado Heinz. Después de ayudar a una pareja anciana a bajar por el túnel, Jercha esperaba la llegada de varios estudiantes. Entró en el pasillo del primer piso del edificio y llamó a la puerta de Brieger para pedirle las llaves. Cuando se abrió la puerta se encontró de bruces con los comandos de la Stasi.

Uno de ellos ordenó a Jercha que se rindiera, gritándole «¡manos arriba!». Jercha le deslumbró con una linterna y corrió hacia el sótano. Sonaron siete disparos. Seidel, que había estado esperando en las escaleras que conducían al sótano, abrió la puerta. Jercha bajó tambaleante los escalones, se metió por el agujero de un metro de diámetro que se abría en los ladrillos y pasó al túnel. Seidel cerró la puerta, pero las balas la abrieron. Jercha, herido en el pecho, fue reptando por el oscuro pasadizo, con Harry justo a su lado. Sangrando profusamente, Jercha iba cada vez más despacio. Su aliento era entrecortado, y Seidel tuvo que empujarle el resto del camino hasta Occidente. Al sacarlo del túnel otros excavadores, Jercha exclamó débilmente:

—¡Ayudadme! Me estoy desangrando…

Murió camino del hospital.

Otro joven [24] fluchthelfer , Burkhart Veigel, que esperaba poder pasar a unos refugiados por el túnel al día siguiente, llegó a la entrada para discutir los detalles con Harry. El ciclista, que acababa de ser interrogado por la policía alemana occidental, estaba pálido y agitado.

—¡Esos cerdos le han disparado a Heinz! —exclamó Harry—. Podían haberme dado a mí también. Esta vez le he dejado ir primero… ¡y le han disparado al momento! —añadió Seidel—. La policía cree que le he disparado yo. Si te preguntan, di que yo iba desarmado.

Tres horas más tarde, Seidel se lo pensó mejor y entregó a la policía dos pistolas, incluida una semiautomática. Tendrían que haberle arrestado por posesión de armas de fuego, pero los policías de Berlín Occidental solían hacer la vista gorda en el caso de los colaboradores de fugas, y lo hicieron también en este caso.

«Guardias de Alemania del Este han disparado y matado a un berlinés occidental

esta noche[25]», informaba el New York Times. «Los detalles del tiroteo no están claros, pero la policía dice que supusieron que la víctima había ayudado a huir a alemanes del este al otro lado del Muro». Los periódicos de Berlín Este, mientras tanto, lo consideraban como una defensa de la madre patria contra los «terroristas». Aseguraban que era Seidel quien había disparado a Jercha. Al momento volvieron a arrestar a la suegra de Harry y a sus dos hijos. En un noticiario de la Universal aparecido en los cines de Estados Unidos se cubría aquella muerte bajo el título: «Puerta a la libertad». Unos fragmentos de película mostraban la entrada al túnel, «a solo un tiro de piedra del Muro del Odio», según decía el narrador. El «héroe» Jercha había muerto, pero «su recuerdo vivirá en aquellos cuya libertad compró… con su vida».

Horst Brieger, mientras tanto, confirmaba las sospechas de los vecinos de que era un informador al sentarse al volante de un nuevo coche Skoda. Seidel, el auténtico objetivo al que querían arrestar o exterminar, se sentía culpable por la muerte de su colega. Los amigos le instaban a que abandonase esa dedicación absurda. Uno de ellos le dijo incluso que si continuaba, al menos «nunca fuese el primero en salir por el otro lado».

Harry respondió:

—¡Pero ese es mi trabajo [26]!

Y todavía tenía que sacar a su madre, pasara lo que pasara.

Seidel pronto tuvo mucha compañía bajo las calles de Berlín. Los fluchthelfer estaban planeando excavaciones en diversos sitios muy separados de la ciudad. A la mayoría no los conocía Harry, pero pronto atrajeron la atención tanto de la Stasi como de Occidente, siempre vigilante. Entre los nuevos artistas de la fuga se encontraban tres estudiantes que planeaban excavar muy hacia el norte de los lugares favoritos de Seidel, en Kiefholz y Heidelberger. Los meses que siguieron pondrían a prueba su resistencia y dedicación, la capacidad de la policía del este para descubrirlos y el temor de Occidente (en el punto álgido de la guerra fría) de que solo consiguieran prender la llama de un enfrentamiento entre las superpotencias. Para su gran sorpresa, dos canales de televisión norteamericanos se acabaron implicando profundamente en los túneles que ellos iban a construir, incluyendo un atrevido proyecto que, al cabo de unos meses, llevaría a Seidel y a los estudiantes, junto con un intrépido agente de la Stasi, a un terreno común… aunque subterráneo.