Los vencidos

Ernesto Bark · Capítulo 25 de 29

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Los vencidos

Capítulo XXIV

 

S i el novio de Matilde tenía que luchar contra dificultades de toda clase, su

padre se encontraba en un peligro mucho mas grave. Veinte años de honradez

y formalidad de comerciante cuyas letras nunca habían sido protestadas ni siquiera aplazadas, no eran suficientes para que hallase en Málaga los fondos necesarios con los cuales montar otro establecimiento, ni tampoco para que le apoyaran unos parientes suyos, gente rica y entre ella el arcipreste de la catedral malagueña.

El desgraciado se vio obligado a entregarse por completa a los enredos del procurador D. Carlos y su cuñado, el representante de las fábricas alemanas, y claro esta que sus servicios de interventores habían de pagarse de tal modo que una parte del negocio debiera ser para ellos. En una quiebra mas o menos real estaría, pues, solo comprometido el nombre y la honra de D. Francisco mientras que las ventajas redundaban en provecho de todos.

Por el carácter del asunto, quedaba el desgraciado comerciante del todo en manos del procurador, tanto materialmente, como más aún, en el caso que contra la gestión comercial se intentara un proceso por parte de algún acreedor, por creer que se le iba a engañar por los géneros adelantados.

D. Francisco no podía hacer otra cosa, se encontraba en la mano de aquellos interventores, el comisionista y el curial que suelen arruinar a tantos comerciantes honrados.

Siendo la misión del comercio intervenir en provecho de la sociedad entre el productor y el consumidor, resulta gran parte del comercio de hoy en contradicción a su fin y objetivo verdaderos, porque entre el productor y consumidor se entremeten actualmente tantas personas que todas quieren sacar provecho a costa de la sociedad, que una mercancía que el productor vende por una peseta cuesta al consumidor en la misma localidad a veces un duro. Lógico y conveniente es que la sociedad, en su representación el municipio o el gobierno, se encarguen de intervenir en todos aquellos artículos de necesidad general cuyo consumo esta sujeto a un cálculo estadístico exacto, porque de este modo habrá el menor número posible de

interventores interesados entre el productor y el consumidor[178]. A la vez acabará, gracias a esta reforma exigida por el socialismo, la competencia comercial e industrial en aquellos artículos indispensables, y nadie podrá como hoy especular con las perentorias necesidades de las masas populares, acaparando la carne, el pan, los alquileres, los paños baratos etc. etc. Todo aquel comercio de artículos de lujo, regalo, o cosas que aún no hayan llegado a ser una necesidad general se servirá como ahora de la intervención de los comerciantes; y el comercio corresponderá otra vez a su fin social que es facilitar, no dificultar, las relaciones entre el productor y el consumidor y el mundo comercial sera más honrado que lo es ahora donde el engaño se ha convertido en sistema.

Numerosos agentes y comisionistas se encargan de intervenir entre los productores extranjeros y los comerciantes en España y gran parte del malísimo crédito que los comerciantes españoles gozan en el extranjero proviene de aquellos intermediarios, quienes engañan a las fábricas que representan, entendiéndose con algunos comerciantes para que estos se finjan en quiebra o nieguen el pago bajo cualquier pretexto. Si alguien cae de cuando en cuando en poder de los tribunales por estafa o abuso de confianza no suelen ser los hábiles comisionistas, sino por regla general el pobre comerciante.

Nada de esto era un secreto para el experto padre de Matilde y muy pronto debió comprender D. Francisco que su nuevo compañero no solo buscaba ganar dinero a costa de su buena reputación, sino además su hija para tener un ama para su casa y alguien que cuidase a su niña. Con tanta habilidad sabía enredar el curial al leal comerciante, que este no se apercibió del enredo sino cuando ya era demasiado tarde.

De tal modo quedaba todo arreglado, que D. Francisco tuvo que conceder la mano de su hija si no se quería exponer a la ruina completa y la venganza del curial, que podía llevarle a donde él quisiera… y el pobre padre vio con horror el abismo que se abría ante sus pies.

No solamente al padre, sino también a la madre de Matilde sabía D. Carlos enredar de tal manera, que esta comprendió el peligro que corría su esposo si no complacía al nuevo pretendiente de su hija, lo que la convenció fácilmente de lo fantástico de las relaciones de la niña con aquel nihilista «de lejanas tierras» como llamaba irónicamente a Erico.

Madre e hija hablaron mucho entre si y las semanas pasaban sin que Matilde hubiera aceptado los ofrecimientos del procurador, hasta que al fin tuvo que ceder a las presiones que por todas partes influían sobre su ánimo.

—Hija mía, le dijo su padre, ya ves que Erico no esta en la posición de casarse, los ofrecimientos de D. Carlos son muy aceptables, su familia es una de las mejores de Málaga y no te choque que sea viudo porque el adagio dice: La primera fregona y la segunda señora; a ti te toca ser señora.

Y cuando la pobre joven no respondía a estas indicaciones, insistía su padre pintándole la situación del negocio y le daba a entender que de ella dependía su suerte y hasta su propia desgracia y perdición.

Matilde era muy joven y no sabía sustraerse a la influencia de ciertas insinuaciones, medias palabras, alusiones que suelen usar las personas hábiles en enredar las cosas por intrigas y calumnias, y por esto no comprendía ni siquiera que D. Carlos estaba directa o indirectamente trabajando para que dejara de tener relaciones con el extranjero. El triunfo era fácil porque solo bastaba que Matilde exigiese con insistencia de su novio que viniera a visitarla, y como Erico no tenía los medios ni mucho menos quería presentarse en Málaga pobre y sin posición asegurada, se produjo pronto el conflicto deseado y hábilmente preparado.

La carta de despedida de Erico a su novia era un terrible grito de dolor, pero al mismo tiempo era la expresión de la esperanza de reanudar las relaciones enseguida que él estuviera en situación de poderse casar.

—Vos señora, parece que queréis la independencia y la libertad para disponer de vuestra mano, la tenéis, eran las últimas palabras de Erico, pero sabed que os querré eternamente. ¡Qué Dios os perdone ya que yo no puedo!

A la vez con estas lineas le devolvía aquellas cartas llenas de poesía; sin embargo, antes había copiado algunos de los párrafos más hermosos como lo hace un literato enamorado de un libro que tiene que devolver a su dueño.

¡Ah!, la niña andaluza comprendía la crueldad de su proceder, la precipitación de la ruptura, pero ya se veía arrastrada por los acontecimientos y no sabía dominarlos.

El grito de dolor del joven encontraba un eco de desesperación en el alma de la mujer que aún le quería con toda la vehemencia de una mujer de Andalucía.

Emocionada y con mano temblorosa recibió Matilde el grueso paquete de cartas que contenían sus primeras suspiros de amor. Sin proferir palabra alguna las quemó, una por una, como si creyera que con estos testigos pudiera también aniquilar los recuerdos de sus primeras amores, el cariño y la pasión que en lo profundo de su corazón sentía por el joven. Dos gruesas lágrimas brotaron de sus grandes ojos y parecía que la orgullosa joven se avergonzaba ante si misma; sin embargo, cuando se encontraba sola en su habitación se dejaba caer en una silla y lloraba larga y amargamente.

La noche pasaba sollozando, creyendo que sus padres no la oían, y se puso a la ventana desde la cual podía ver el puerto, el mar, y la suave noche de verano parecía hablarle de dichas pasadas, de sueños de amor perdido, de flores marchitas. A la luz de la luna leía por última vez las cartas que Erico había escrito, poemas de entusiasmo en un lenguaje medio español, medio italiano, cuyo estilo extraño tanta gracia había hecho a la joven. Las conocía mucho, casi de memoria, y antes de devolverlas quería hablar una vez todavía con el primer nombre que había amado aunque fuera solo por sus cartas.

Algunos días pasaron de este modo. Matilde se había puesto desmejorada; profundas sombras se destacaban bajo sus ojos. Sólo sus padres podían verla, a todos los demás se dejaba anunciar enferma y ante todo no quería ver a aquel hombre, D. Carlos, quién tenía la culpa de todo.

Una mañana cuando D. Francisco vino a despedirse de su hija para ir por algunos días al campo donde tenía algunas fincas herencia de sus padres, le entregaba la desgraciada joven las cartas de Erico con la súplica de remitirlas a Madrid.

La voz triste y la expresión de melancolía de aquella cara siempre alegre y sonriente, produjeron honda impresión en el padre que quería entrañablemente a su única hija. Sentía por primera vez perturbación ante la mirada tranquila pero muy triste y resignada de su hija; tenía algo de remordimiento, una voz interior le decía que él tenía la culpa de que hubiera enmudecido la risa alegre de su Matilde, que el amor filial la había empujado a sacrificar su amor por él… ¡ah!, D. Francisco la quería mucho, la adoraba más quizás que a su Frasquita y su conciencia le acusaba de tener la culpa de su dolor, su desgracia… porque vivir sin amor es la desgracia más grande que hay.

Ante los ojos del padre de Matilde se presentaba la imagen de una hermosa mujer, su primera novia, que había querido mucho y que había muerto en la flor de su belleza. Para acallar el dolor terrible que atormentaba su alma por pérdida tan irreparable, se casó con Frasquita; por desesperación, para olvidar, para despertar a nueva vida…, y nunca podía hacer revivir en su alma aquellos sentimientos del primer amor, y por cierto que a su Frasquita la quería y la estimaba, pero se decía también que la pobre mujer llevaba la vida de una mártir al lado suyo, cuyos entusiasmos juveniles habían pertenecido a otra mujer.

¿Hacer de su Matilde, su hija adorada, una mártir como su madre?… D. Francisco titubeaba y no sabía que hacer. Pensativo salia de la casa y llevaba el paquete con las cartas de Erico consigo al campo, sin remitirlas a Madrid como su hija se lo había pedido.

Creyó que todo el camino le susurraban al oído aquellas palabras del ciego espiritista: «Tu hija se casará con un nombre de lejanas tierras» y le parecía ver ante si la hermosa imagen de su primera novia levantando suplicante los brazos hacia él.

¿Qué hacer?, se preguntaba, escribir al novio de su hija no era posible, el amor propio del padre no lo consentía, porque él no tenía la seguridad de que Erico amaba aún a Matilde como ella a él. Lo único que podía hacer era no devolverle al joven las cartas suyas, lo cual le dejaba aun la ocasión de acercarse otra vez a su hija. De este modo se aplazaba la resolución y viniera lo que viniese, siempre había la disculpa de que las cartas habían sido olvidadas por un descuido. Sin prejuzgar ni resolver nada, D. Francisco dejaba que las cosas se inclinaran a donde debieran.

Satisfecho con esta determinación escondió los papeles en el tejado de la casa de campo. Su conciencia se hallaba tranquilizada, había cumplido su deber sin comprometer la venganza del curial, el pretendiente a la mano de Matilde y como socio de negocios de D. Carlos.

Este último al saber que los novios ya se habían devuelto las cartas, creía haber ganado todo, insistía en que se formalizaran las cosas y que se tomara el dicho. Tal era su insistencia que Matilde tuvo que ceder a las súplicas de su madre aplazando el día para cuatro meses, hasta el dos de noviembre, con el pretexto del Santo de su nuevo prometido D. Carlos, pero en realidad con la esperanza de que Erico hubiera tenido tiempo hasta entonces de arreglar sus asuntos en Madrid y venir a Málaga, porque la fe de la mujer que ama es ilimitada y ante las ruinas de su amor aun tiene esperanzas.