Los vencidos

Ernesto Bark · Capítulo 5 de 29

Páginas del PDF

Los vencidos

Capítulo IV

 

L a pasión política no es como muchos opinan un vicio, un juego de azar

pernicioso; sino al contrario, una noble virtud, el amor a la justicia y a los

conciudadanos; la lucha desesperada por un ideal lejano contra injusticias inveteradas y omnipotentes que solo emprenden caracteres nobles y desinteresados. Las ambiciones y vanidades personales llegan, sin embargo, mas tarde a confundirse con estos nombres elegidos, cuando la Victoria se aproxima y cuando ya pueden esperar el cercano reparto del botín.

En Rusia aún esta muy lejos la Victoria. La vida del revolucionario ruso, o sea, del nihilista como le llamaron los interesados defensores del despotismo para desprestigiarle, es una cadena de sacrificios continuos y amarguras cuyo fin suele ser la triste emigración al extranjero, la mas triste y desconsoladora abdicación de los ideales o la muerte en los calabozos, en Siberia o en el cadalso.

Erico lo sabía muy bien, y por esto le entristecía la idea de tener que renunciar a la dicha que le brindaba la encantadora andaluza, porque renunciar a sus ideales no podía por no hacerse traición a si mismo y ¿cómo combinar el amor con estos ideales?

Aún no había llegado el vapor a Marsella, cuando el joven ya había encontrado una solución para todo, y esta era en efecto sencilla y práctica.

Hacia tiempo pensaba ya en publicar, en Suiza, una revista dedicada a la

propaganda de la revolución en las provincias bálticas y en Rusia en general[18]. Sabido es que estas provincias del Norte del imperio moscovita pertenecían desde el siglo XII hasta el XVI al imperio alemán y aún conservan las costumbres, leyes, la

lengua y la religión de la madre patria[19]. Así, pues, son estas provincias, que contienen cerca de tres millones de habitantes, otra Polonia que amenaza separarse del imperio ruso. Regidos hasta ahora por sus propias leyes y alejados del todo del

resto del imperio, Livonia, Estonia y Curonia[20], no habían tomado parte en el movimiento revolucionario nihilista, sino al contrario, prestaron su apoyo al absolutismo para sofocar la conspiración, y en esto obraron movidos por el interés político propio porque sus privilegios y autonomía provincial les fueron concedidos por los zares a costa de aquellos servicios de polizontes en el resto del imperio. Como

todos los déspotas, los zares rusos necesitaron a esos [21] mamelukos porque sin ellos estarían perdidos.

Quitar al absolutismo este último baluarte era el plan atrevido de Erico y de sus amigos en Livonia, y dada la desconfianza y el misterio que todo lo oculta en las sombras del despotismo, no era imposible hacer aparentar al gobierno de Petersburgo que el nihilismo también había contagiado a los fieles livoneses, el último baluarte de los zares absolutos.

Nada más fácil que esto en un país donde nadie se atreve a hablar; basta que una docena de personas atrevidas se agiten para que parezca como si toda la nación estuviera en una agitación febril, porque nadie les contradice quedándose todos como espectadores pasivos del duelo entre los agitadores y el gobierno. Una revista publicada por un livonés en Suiza y repartida profusamente en las provincias bálticas y en las capitales de Rusia, debía tener un efecto asombroso sobre el ánimo del zar y hacerle desconfiar de la fidelidad de sus mamelucos bálticos; y una vez perdida la confianza, no podían faltar intrigas cortesanas que pronto obligasen a todos aquellos aristócratas bálticos a alejarse del zar y engrosar las filas de los descontentos o quizás de los revolucionarios.

 

Países Bálticos, 1852.

 

¡Ah!, en el pecho de Erico ardía la llama de la venganza, del odio contra aquella hipócrita aristocracia de su país, de la cual había renunciado su padre y a la cual

pertenecían todos sus parientes[22]. Descendiente de una de las mas antiguas familias que habían conquistado hacía siete siglos con el fuego y la espada estas comarcas al orden teutónico; el abuelo de Erico se casó contra la voluntad de los padres con una hermosa aristócrata; el matrimonio quedó ilegal hasta la muerte de aquéllos y el hijo de estos amores ilícitos. Tenía ya mas de veinte años cuando obtenía el derecho a llevar el apellido y los títulos de su padre; pero Enrique había respirado el aire libre de las obras de Shakespeare y Rousseau y rechazaba despreciativamente los

pergaminos y el aristocrático nombre de su familia[23]. El odio contra las preocupaciones aristocráticas lo heredó su hijo Erico, y este odio fue aumentado aún por los rencores de familia que existieron entre sus padres y los parientes de su

madre[24], aristócratas de nuevo cuño que aborrecieron en el padre de Erico al

demócrata-republicano y al discípulo de Rousseau y el [25] Contrato social.

No solo contra el odioso zarismo iba pues dirigido el golpe mortal del joven revolucionario, sino que a la vez se trataba para él de una venganza de familia contra la aristocracia de su país, cuyas preocupaciones tanto habían hecho sufrir a su padre, su pobre madre y su abuelo. Ante Erico se erigió la noble figura de su difunta madre, una figura majestuosa, con un cabello abundante y sedoso de color de oro que era la maravilla de todos. No la había conocido nunca porque murió un año después de haberle dado la vida, pero le habían dicho que era muy bella y muy artista, tocaba el piano con sublimidad, pintaba con perfección y escribía versos que Erico nunca podía leer sin profunda emoción. Se llamaba simbólicamente Corinna, según la célebre

obra de la señora de Stael-Holstein[26] sobre Germania y en verdad era la idealización

de la mujer alemana como la describen Tácito y los antiguos autores romanos[27]. ¿Cuántas lágrimas habría llorado esta noble mujer por aquellas necias preocupaciones?, y después se acordaba Erico de su padre cuando este ya se había refugiado en la soledad de un gran bosque donde vivía acompañado de sus hijos y de un viejo sirviente, dedicado únicamente a leer sus obras predilectas de Rousseau, Shakespeare y Goethe; a cantar acompañándose al viejo piano las canciones populares de su país y a ocuparse de las faenas del campo, siguiendo fielmente los

consejos de Rousseau en su obra [28] Emile.

Un plan vasto se elaboraba en el cerebro del joven ruso, y en medio de las gigantescas concepciones políticas siempre se le representaba la angelical cabecita de la niña de Andalucía. ¡Odio, venganza, amor! Esta era la extraña combinación de los

sentimientos que dictaron sus determinaciones[29].

En realidad, la revista revolucionaria debía al mismo tiempo ser la base de una empresa periodística que facilitase los medios para la existencia de los dos

enamorados. También el famoso publicista Rochefort[30] había ganado grandes

cantidades al publicar sus folletos [31] La Lanterne desde Londres, folletos que contribuyeron poderosamente a la caída del tercer Napoléon. De igual modo se publicaban varias revistas rusas y polacas desde la emigración ¿por que no debía de tener éxito una empresa parecida en alemán dedicada a las provincias bálticas de Rusia?