Luces en el bosque

Jorge Pascual · Capítulo 2 de 22

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Luces en el bosque

Capítulo 1

El silbido de la cafetera empezó a resonar como una melodía enloquecedora en aquel pequeño apartamento de la calle Saint James milord poco antes de las nueve. El desorden reinante en la cocina dejaba a la vista una extensa colección de platos y vasos sin lavar, acentuando la dejadez de Brenda Watson. A su vez, los desgastados fogones de gas denotaban a simple vista una tristeza alarmante provocada por las grandes ronchas de grasa negruzca que parecían estar allí desde el paleolítico pidiendo clemencia por una visita del olvidado quitagrasas. El resto del apartamento no se quedaba atrás, la cantidad de bolas de polvo que correteaban por el desgastado parquet daban a entender que la susodicha inquilina consideraba que las escobas eran tan solo objetos de adorno. Ciertamente, Brenda era una mujer preocupante, de esas que nunca desearías que estuviera en tu vecindario. En varias ocasiones había tenido serios problemas con el propietario por olvidar apagar los fogones del gas o por dejar abierto el gran chorro del agua de la bañera, inundando en un par de ocasiones al jubilado señor Gerard. Sin duda alguna, era la oveja negra del edificio. Otro de sus males menores era el nivel de decibelios con los que amenizaba al personal con su extensa colección de música electrónica a pesar de ser una mujer ya a las puertas de los cincuenta. Ante todo ese nefasto curriculum personal que iba arrastrando día a día su persona, por fortuna, Brenda no era una persona cualquiera. En Londres estaba considerada como la más suspicaz inspectora de policía gracias a la cantidad de falsificadores de tarjetas de crédito, timadores, pequeñas mafias organizadas y ladrones de medio pelo que había metido entre los barrotes. Era una especialista en ese tipo de delitos tan cotidianos en una ciudad tan grande como Londres. Su capacidad para esgrimir cualquier pista o indicio para dar con los sorprendente. Brenda inspectora cualquiera. presuntos delincuentes era

era especial, no era una Su carácter excéntrico hizo que en más de una ocasión se jugará el puesto para ser inhabilitada del cuerpo policial, poniendo en peligro su merecida reputación. El hecho más sonado en los últimos meses fue el que colmó la gota del vaso de la paciencia de su superior, el capitán Bentford. Brenda ni corta ni perezosa, tras haber

capturado un grupo de adolescentes de familias adineradas que se dedicaban a falsificar tarjetas de crédito, se gastó más de 3000 libras con una de esas visas falsificadas que a buen recaudo acabó en su bolso.

Aunque su mayor secreto era su adicción a la marihuana, la bebida y alguna que otra sustancia prohibida. Tan solo alguno de sus pocos compañeros más allegados era sabedor de esa cara oculta de Brenda. Su mala relación con su superior, el estricto y cínico capitán Bentford fue una constante guerra de egos en la jefatura desde que fue trasladada desde Bristol a Londres. Los motivos aún no esclarecidos de su traslado estuvieron en boca de todos.

Nada más poner los pies en Londres, Brenda acudió ante su superior con una borrachera aún renqueante de la noche anterior en un club de música electrónica londinense. Ello y las constantes vulneraciones del protocolo policial en su trabajo crearon un distanciamiento entre ambos irreconciliable. Incluso se llegó a decir que todo fue a causa de las calabazas que ella misma le dio desde su llegada a Londres tras negarse a cenar con él en un par de ocasiones. Todo eran rumores, suposiciones y teorías sin ningún fundamento. Pero Brenda, la lamentable inspectora venida desde el sur del país, vestida con ropas extravagantes, mal hablada, y la rebelde como muchos la llamaban, hizo que en pocos meses se proclamase la reina en los delitos menores. Nunca se sintió atraída por dar ese salto profesional hacia lo más oscuro de las entrañas que esta sociedad de vez en cuando saca a relucir: los asesinatos, las desapariciones, el crimen organizado, etc. Brenda desde sus inicios siempre se movió como pez en el agua entre ese abanico de ladrones de medio pelo que cada día pasean por las calles de Londres. Buscando la oportunidad de hacerse con carteras repletas de libras, de bolsos olvidados en cualquier lugar, de adolescentes con antecedentes penales robando en joyerías para comprar drogas, timadores sin escrúpulos que se aprovechan de la bondad de los jubilados para intentar colarse en sus casas, etc. Ese mundo parecía estar hecho a su medida. Brenda nadaba entre esas aguas oscuras, siendo la más astuta en dar caza a cada una de esas víctimas creadas por esta sociedad.

Indudablemente en el fondo tenía algo en común con todos ellos, su pasado.

Nacida en Manchester en una familia de clase baja con serios problemas económicos. Se independizó nada más cumplir los dieciocho tras las continuas disputas con su padrastro enfermo de alcoholismo. Sus estudios fueron financiados gracias a lidiar en mil y un trapicheos junto a sus

compañeros de piso, vendiendo pastillas y marihuana los fines de semana en las discotecas y pubs de Manchester. Poco tiempo más tarde, pudo centrar su vida gracias a Michael, su primer novio. A pesar de ser un chico de mala vida e inmerso en un mundo de problemas con su adicción a las pastillas y sustancias prohibidas, fue la única persona que centró a Brenda en finalizar sus estudios. Desafortunadamente, su novio Michael murió tiroteado por una banda de narcotraficantes en el norte del país. Su cuerpo fue encontrado semanas más tarde en la cuneta de una carretera comarcal de Newcastle. Ese hecho tan doloroso marcó de por vida a Brenda, originando en ella un gran cambio drástico en su forma de vivir. Ese trance de catarsis personal tan doloroso hizo que ingresara en el cuerpo de policía de Bristol, claro está, sin dejar de lado sus oscuros vicios.

El teléfono de Brenda, que estaba sobre la mesa de la cocina, camuflado entre los restos de la pizza y las copas de vino de la noche anterior, empezó a sonar pasados unos minutos de las nueve de la mañana. Desde la puerta del aseo, Brenda apareció con una toalla enroscada en la cabeza y en ropa interior. Sus ojeras acreditaban pocas horas de sueño en su haber. Su mal humor matinal se prodigó con un gran taco a los cuatro vientos hacia la persona que se atrevió a llamar a esas horas de la mañana. Su ceño se frunció con extrañeza al comprobar que la llamada entrante era del capitán Bentford.

—¿Será posible? —al observar su nombre en la pantallita del teléfono. Ese era su día libre de la semana y Brenda odiaba rotundamente realizar suplencias de última hora cubriendo a otros inspectores. Además, no era muy frecuente que el mismo capitán Bentford la llamara a su teléfono personal.

—Oh… Mi querido capitán, ¿a qué se debe esta sorpresa? —descolgando el teléfono con sorna.

—Buenos días, Brenda, sé que es tu día libre, pero tengo que informarte que esta mañana me ha llegado un comunicado urgente directamente desde las altas esferas de carácter muy importante y… —comentó Bentford algo comedido sin terminar de hablar, esperando quizás una mala reacción de Brenda.

—Y… —respondió ella odiando de tener esa conversación a esas horas con su superior al que detestaba.

—Iré al grano Brenda. Se ha reabierto el famoso caso de los cinco jóvenes desaparecidos en Yorksinne, Irlanda, y del que tanto se habló en los medios.

Parece ser que uno de los padres de los desaparecidos ha encontrado una prueba que podría dar algo de luz a los hechos. Por ese motivo, un juez de Dublín, basándose en las incoherencias en la investigación de lo que sucedió hace diez años por la policía irlandesa, ha dictaminado reabrir el caso bajo la tutela y jurisdicción de la policía inglesa a petición de los familiares.

—¿No estarás pensando que yo…? —preguntó Brenda esperando no ir lo que presentía.

—Si Brenda, ¡esta me la debes! —subiendo el tono de voz.

—Benford ¿cómo que le debo algo? ¿Quién le está sacando las castañas del fuego en estos últimos tiempos en esta ciudad? Todas esas medallitas que le ponen sus superiores son gracias a mí y usted lo sabe. —comentó con el tono de voz alterado.

—Querida Brenda Watson, desde el día que pisaste mi jefatura, todo han sido problemas. Estoy harto de tapar con excusas absurdas a mis superiores todas tus tonterías. Tu falta de respeto hacia mí. Tus continuas infracciones disciplinarias fumando marihuana en los pasillos. El poco respeto hacia tus compañeros. El saltarte toda la reglamentación policial cuando te apetece o cuando vas fumada. Y aunque me duela decirlo, en este momento he de reconocer que eres la mejor inspectora en tu especialidad de la que dispongo.

—Bravo Bentford, tan solo quería oír de tus labios eso que acabas de pronunciar, pero me niego a iniciar esa investigación. —comentó Brenda mientras encendía un cigarro con restos de marihuana que había en el cenicero de la mesa.

—Tú decides querida Brenda, ¿echarte el caso a las espaldas o dos años de inhabilitación por negarte a un superior? —dijo sentenciando sin alternativa para ella.

Entre ambos se creó un silencio incómodo en el que tan solo las respiraciones alteradas de uno y otro se hacían sentir a través del aparato.

Brenda exhalaba las últimas caladas de ese cigarrillo con nerviosismo intentando esquivar al precio que fuese el aceptar su propuesta.

—En caso de que decida aceptarlo ¿De cuánto tiempo en Irlanda estamos hablando?

—Posiblemente, una semana, no creo que haya mucho que rascar allí. —

argumentó Bentford sin darle demasiada importancia a esa investigación.

—Entre tú y yo Brenda, esto simplemente se trata de un paripé. Hace diez años se peinó todo el país en una ardua búsqueda de pruebas sin obtener éxito sobre el paradero de ese grupo de amigos. Se estableció vigilancia en aeropuertos, controles en pueblos cercanos, carreteras, se interrogaron a cientos de personas allegadas a ellos, pero nada.

—Ni una semana Bentford, el viernes, estaré de vuelta a Londres

¿Entendido? —dijo Brenda mostrando sus condiciones a regañadientes.

—Está bien, como quieras, pero por lo menos déjanos en buen lugar, aparenta que hemos hecho algo para esclarecer el caso. Tendrás supervisión por parte de la Garda Síochána. Ellos te proporcionarán todos los informes digitalizados realizados hasta la fecha. En caso de que necesites ayuda en la recopilación de pruebas, te mandaré a ese decrépito policía que está a punto de jubilarse llamado Mike Oldman. Ya no sé adonde meterlo, le quedan tres meses para jubilarse. Últimamente, está visitando escuelas dando consejos de seguridad vial a los estudiantes.

—No pienso pedirte a Mike como ayudante, me basto yo sola con este asunto. No tengo demasiada buena sintonía con él. —pronunció molesta por el ofrecimiento.

—Como quieras Brenda, ah se me olvidaba, en el hostal donde te hospedarás, tienen las llaves de la casa que alquilaron donde estuvieron aquella noche. En la actualidad está abandonada ¿Supongo que sabrás que todo sucedió tras una supuesta sesión de Güija?, es lo que afirmó la hermana pequeña de una de las chicas.

—Lo se Bentford, yo en mi juventud también había hecho medio borracha, sesiones de espiritismo con mis amigas en la universidad buscando a mi amor platónico James Dean. Pero, ¡No me fastidies Bentford! ¿Voy a tener que entrar en esa casa?

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