Marea Estelar

David Bryn · Capítulo 4 de 115

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Marea Estelar

4 – Creideiki

Sin embargo, pensó que necesitaba un amigo entre los hombres. Eran los delfines quienes gobernaban la nave, pero la tripulación parecía manifestar mayor interés en obedecer cuando el oficial que daba una orden tenía la confianza de un miembro de la raza tutora. Creideiki se apoyaba en Tom Orley, Hikahi en Gillian Baskin y el compañero humano de Brookida era el jefe mecánico Suessi.

Hacía falta que Metz fuera el hombre de Takkata-Jim. Por fortuna, Metz era bastante manipulable.

Los informes de la batalla espacial se sucedían ahora con rapidez.

Parecía que iba a afectar a la periferia completa del planeta. Por lo menos, había cinco enormes flotas enzarzadas en la lucha.

Takkata-Jim reprimió un súbito deseo de volverse y morder cualquier cosa, de golpear fuertemente con su cola. Le hubiera gustado tener algo palpable contra lo que batirse, en vez de sentir aquel terror sobre ellos.

Después de semanas de huida, el Streaker estaba atrapado. ¿Qué nueva añagaza inventarían Creideiki y Orley para escapar de nuevo? ¿Qué pasaría si no conseguían trazar ningún plan? O, peor aún, si trazaban uno tan descabellado que los condujera hacia la muerte. ¿Quién podría rescatarlos en ese caso?

Takkata-Jim dio vueltas y vueltas al problema para mantener su mente ocupada mientras esperaba que llegara el comandante para relevarlo.

4 – CREIDEIKI

Era el primer sueño reparador que conseguía desde hacía varias semanas.

Naturalmente, también había sido interrumpido.

Era habitual en Creideiki descansar en gravedad cero, suspendido en aire húmedo.

Pero durante el tiempo que tuvieran que permanecer escondidos, los lechos antigravedad estaban proscritos. No quedaba otra solución para un delfín que dormir sumergido en líquido.

Hacía ya una semana que se entrenaba para respirar oxiagua durante el sueño, sin otro resultado que pesadillas y una agotadora sensación de agobio.

Makanee, la médico de la nave, le había sugerido que durmiera a la vieja usanza, dejándose llevar por la corriente en la superficie de una de las

piletas. Y Creideiki había decidido probarlo.

Primero se aseguró de que había una confortable capa de aire bajo el techo de la cabina; luego, verificó tres veces el funcionamiento de las alarmas de control de las tasas de oxígeno. Sólo entonces, salió de su arnés, apagó la luz, subió a la superficie y expulsó el oxiagua de sus branquias.

Y aquello fue realmente un alivio.

Sin embargo, apenas se halló tendido allí, los pensamientos empezaron a invadir su mente, mientras la ausencia del arnés le hacía sentir en su piel algo similar a pinchazos.

Era consciente de que todo aquello rozaba la irracionalidad. Los humanos anteriores a los vuelos espaciales, con sus sociedades primitivas y neuróticas, debían haber tenido las mismas sensaciones cuando estaban desnudos. ¡Pobre Homo Sapiensl La historia de la Humanidad revelaba muchos sufrimientos durante todos aquellos milenios de adolescencia anteriores al Contacto, cuando eran ignorantes y se mantenían apartados de la sociedad galáctica.

Y mientras tanto, ellos, los delfines, habían vivido casi en estado de gracia, amontonados en su rincón del Sueño Cetáceo. Cuando los hombres al fin llegaron a la edad adulta y empezaron a educar a las criaturas más evolucionadas de la Tierra para que se unieran a ellos, los delfines de la especie amicus aceptaron sin dificultad el cambio de una condición honorable por otra.

Pero también nosotros tenemos nuestros propios problemas, se recordó a sí mismo. Lo dominaban ardientes deseos de rascarse la base de su conexión neural con el amplificador, justo encima del ojo, pero no veía modo de hacerlo sin llevar puesto el arnés.

Flotó en la superficie, en la oscuridad, esperando al sueño. De hecho, ya estaba descansando al sentir las pequeñas ondulaciones lamiéndole la piel por encima de los ojos. Y el aire real era mucho más relajante que el oxiagua.

Pero no podía escapar a la vaga angustia del hundimiento… como si fuera un peligro real hundirse en el oxiagua… como si millones de delfines no hubieran dormido de aquella manera durante toda su vida.

También le desconcertaba su hábito espacial de mirar hacia arriba. Cada vez que lo hacía, veía la cúpula del techo a pocos centímetros de su aleta dorsal. Aun con los ojos cerrados, el sonar le recordaba la cercanía del

techo. No podía dormir sin emitir clics de localización, como un chimpancé no podía dejar de rascarse durante la siesta.

Creideiki bufó. ¡Era mejor desembarcar si permitía que las necesidades de la nave le produjeran insomnio! Suspiró enfáticamente y comenzó a contar los chasquidos del sonar.

Empezó con ritmo de tenor y luego lentamente elaboró una fuga a medida que agregaba elementos más profundos a su canción de sueño.

Los ecos procedían de su frente e invadían la pequeña cámara. Las notas se deslizaban una tras otra, sobreponiéndose suavemente para formar leves gemidos y protestas de bajo. Creaban una estructura sonora, un modelo de diversidad. Las combinaciones correctas, como sabía el propio Creideiki, tendrían el poder de lograr que los muros desaparecieran en apariencia.

Con toda deliberación, alejó de sí el riguroso sentido del deber del Keneenk… y dio la bienvenida a una porción de esperanza del Sueño Cetáceo.

Cuando las normas En el cicloide Evoquen susurrando Gratos recuerdos Que hablan de Canciones de alborada Y de la luna Amante de la marea, Entonces las normas En el cicloide Evocan susurrando Gratos recuerdos…

La cubierta, las cabinas, las paredes, estaban tapizadas de falsas sombras sónicas. Su canto empezó a producir, sobre sus propios acordes, un rico y palpable poema de artificiosos reflejos.

Había cosas que flotaban, leves agitaciones de la aleta caudal de bancos de criaturas oníricas. Los ecos ampliaron el espacio que lo rodeaba, como si las aguas se hubieran ido para siempre.

Y el eterno Mar de los sueños Evoca susurrando Gratos recuerdos…

De pronto, sintió una presencia cercana que, poco a poco, tomaba cuerpo fuera de sus pensamientos.

Se materializó lentamente junto a él, en la manera que su conciencia de técnico podía percibirla… la sombra de una diosa. Entonces Nukapai flotó ante él… un fantasma ondulante, provisto de sonido. El negro lustre de su cuerpo volvió a hundirse en la oscuridad, sin que se interpusiera el tabique que parecía no existir.

La visión se extinguió. El agua se ensombreció alrededor de Creideiki y Nukapai se convirtió en algo más que una sombra, en algo más que una pasiva receptora de su canción. Creideiki vio brillar las finas puntas de sus dientes, y ella cantó su respuesta.

En la intimidad De las aguas, En un lecho de sueño Sin fin,

La vieja ballena Canta canciones A los pensativos peces.

Allí tú me encuentras Hermano errabundo, Incluso en este Ritmo humano Con el que ellos Y otros andantes Alegran A las mismas estrellas…

Algo parecido a la felicidad se apoderó de él miense ralentizaba su ritmo cardíaco.

Creideiki se dormía y, a su lado, la dulce diosa del sueño sólo le reprochaba entre bromas haberla evocado con la versificación precisa y rígida del ternario, en lugar de con el caótico primal de sus ancestros.

Nukapai lo introdujo en el Mar del Umbral, donde bastaba con el ternario, donde Creideiki sólo percibía de un modo impreciso el tumultuoso Sueño Cetáceo y las inmemoriales divinidades que moraban en aquel mar.

Al menos, eso era lo máximo que podía aceptar la mente de un ingeniero astronáutico.

Sin embargo, y aunque a Creideiki le resultase rígida, la versificación ternaria, su superposición de tonos y sus símbolos tenían una precisión casi humana… casi una minuciosidad humana.

Lo habían educado para que en ello viera cualidades. Una gran parte de su cerebro había sido concebida genéticamente siguiendo criterios humanos. No obstante, de vez en cuando, sonidos e imágenes caóticos se deslizaban en su conciencia y hacían que se reflejaran en ella antiguas canciones.

Nukapai emitió un comprensivo chasquido. Luego sonrió… ¡No!

¿Cómo iba a hacer una cosa semejante? De todos los cetáceos, sólo el neodelfín sonreía con la boca.

Y Nukapai hizo algo más. Ella, la más gentil de las diosas, tocó el costado de Creideiki, y le dijo:

Quédate en paz,

Esto es lo que es…

Y los ingenieros Que están lejos del océano También lo oyen.

La tensión de varias semanas se rompió al fin y Creideiki se durmió. Su respiración depositó en el techo una brillante película de condensación. Una corriente de aire de un conducto vecino la licuaba, y hacía que pequeñas