Marea Estelar

David Bryn · Capítulo 71 de 115

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Marea Estelar

74 – Keepiru

orientación. Quizá si conseguía aguantar hasta el anochecer…

No. No puedo ganar tanto tiempo. Es el momento de acabar con esto.

El horrible grito de caza retumbó de nuevo. La ululación pareció coagular el agua a su alrededor.

Una buena parte de la fatiga de Akki estaba provocada por el involuntario terror que le hacía sentir aquel grito. ¿Qué demonio era aquello que trataba de cazarlo?

Poco tiempo antes había creído oír otro grito en la lejanía. Sonó como la llamada de búsqueda de los tursiops. Pero, probablemente, era cosa de su imaginación. Fuera cual fuese la suerte corrida por el Síreaker, era imposible que hubieran enviado a alguien en su busca. E incluso si lo habían hecho, ¿qué posibilidades tenía de encontrarle en la inmensidad del océano?

Su único consuelo era haber prestado un servicio al Streaker, distrayendo al monstruoso K'tha-Jon, apartándole del lugar donde más daño podía hacer.

Espero que Gillian e Hikahi hayan logrado regresar y arreglar las cosas, pensó. Sí, estoy seguro de que lo han hecho.

Tomó aliento sin producir ruido entre las sombras de una grieta rocosa.

K'tha-Jon sabía dónde estaba, por supuesto. Sólo era cuestión de tiempo, hasta que se aburriera de la caza y fuera a recoger su presa.

Estoy cansado, se dijo Akki. Será mejor acabar con esto mientras tenga la oportunidad de ganar algo a cambio… aunque sólo sea el honor de elegir el momento de mi propia muerte.

Comprobó la carga en las celdillas de su arnés. Había la necesaria para efectuar sólo dos disparos del soplete. Debería hacerlos desde muy cerca, y no dudaba que el rifle de K'tha-Jon tenía la carga casi intacta.

Con las manos del arnés, Akki colocó el respirador sobre su agujero soplador. Le quedaban diez minutos de oxígeno. Más que suficiente.

El chillido sonó otra vez, lacerante, glacial, sarcástico.

De acuerdo, monstruo. Apretó las mandíbulas para no temblar. Deten tus caballos. Ya voy

74 – KEEPIRU

Keepiru se dirigía hacia el nordeste, hacia la procedencia de los ruidos de combate que oyó durante la noche. Nadaba con rapidez por la superficie,

curvando y extendiendo el cuerpo en el agua. Avanzaba arrastrando su arnés, pero la idea de abandonarlo era inconcebible para él.

Maldijo su mala suerte de nuevo. Tanto su trineo como el de Moki estaban agotados, y tuvo que dejarlos atrás.

Mientras entraba en el laberinto de pequeñas islas, oyó por primera vez el grito de caza con toda claridad.

Hasta entonces, sé había dicho a sí mismo que estaba imaginando cosas, que la distancia o alguna extraña reflexión en el agua lo engañaba haciendo que oyera lo que no podía oír.

El agudo grito resonó como un eco entre las colinas metálicas. Keepiru giró sobre sí mismo y, por un instante, le pareció que había una manada de cazadores a su alrededor.

Luego le llegó otro sonido, un distante himno heroico en ternario casi imperceptible, Keepiru hizo oscilar su mandíbula, eligió una dirección, y nadó con todas sus fuerzas.

Sus músculos se flexionaron intensamente cuando se lanzó a través del laberinto.

Entonces, un chirriante sonido le advirtió que su respirador estaba vacío. Se desprendió de él con un juramento y siguió saltando sobre la superficie, resoplando y jadeando en cada arqueo de impulsión.

Llegó a una confluencia de estrechos canales y se balanceó confuso.

¿Cuál era el camino? Estuvo girando hasta que el grito de caza volvió a resonar. Luego le llegó el sonido de un terrible estrépito. Oyó un aullido de violencia y dolor, y el apagado sonido de un arnés en funcionamiento. Otro himno de desafío en ternario fue respondido por un estremecedor grito y un nuevo estrépito.

Keepiru aceleró la marcha. ¡No podía estar muy lejos! En aquel instante, le llegaron las últimas palabras de un desafío total.

Por el honor De Calafia…

La voz desapareció ahogada por un salvaje grito de triunfo. Después sólo hubo silencio.

Pasó otros cinco minutos recorriendo frenéticamente los estrechos pasajes, hasta que descubrió el lugar de la batalla. El sabor del agua, cuando Keepiru entró en el silencioso estrecho, le dijo que era demasiado tarde.

Se detuvo en seco a la entrada de un pequeño valle formado por tres colinas metálicas.

Por encima de él, flotaban briznas de hierba cobriza.

Una espuma rosada se expandía desde el centro de la estrecha garganta, atravesada por arroyuelos rojos que seguían la dirección de las corrientes principales. En medio, atrapado en una maraña de fragmentos desgarrados de un arnés, el cuerpo de un joven neofin amicus parcialmente desmembrado derivaba panza arriba, sacudido y atormentado por las sanguinolentas mandíbulas de un delfín gigante. ¿Un delfín gigante?

¿Cómo no se había dado cuenta en todo el tiempo transcurrido desde que abandonaron la Tierra? Sacó un respirador nuevo del arnés, y tomó aire con entrecortados jadeos mientras observaba y escuchaba al asesino.

Mira esa piel tan contrastada, se dijo. Mira esa gran mandíbula, los enormes dientes, la afilada aleta dorsal. ¡Y sobre todo, escúchalo!

K'tha-Jon gruñía de satisfacción mientras arrancaba un pedazo del costado de Akki. El gigante ni siquiera parecía sentir la quemadura de su flanco izquierdo, o el cardenal que poco a poco se ensanchaba en el punto donde Akki, en un último asalto desesperado, le había alcanzado.

Keepiru sabía que el monstruo era consciente de su presencia. K'tha-Jon deglutió con indolencia, y luego subió a la superficie en busca de aire.

Cuando descendió, sus ojos se clavaron en Keepiru. – ¿Y qué, piloto? –

murmuró con tono satisfecho. Keepiru le contestó en ánglico, aunque el respirador atenuaba sus palabras:

–Acabo de vérmelas con un monstruo, K'tha-Jon, pero vuestra degeneración ensucia a toda nuestra raza.

El desprecio de K'tha-Jon se manifestó en una serie de bufidos agudos.

–Piensas que yo me he degradado como Moki, ese patético stenosss.

¿No es eso, piloto?

Keepiru sólo pudo sacudir la cabeza, incapaz de obligarse a decir lo que pensaba de la transformación del gigante. – ¿Podría un delfín degenerado hablar el ánglico tan bien como yo? – se burló K'thaJon, despreciativo-. ¿O

usar la lógica como yo essstoy haciendo? ¿Podría un tursiops degenerado, o incluso un stenos puro, dar caza a una presa de respiración aérea con tanta determinación… y satisssfacción? Es cierto que las crisis de las últimas semanas liberó algo de mi naturaleza más oculta. Pero, ¿puedes oírme hablar y después llamarme delfín degenerado?

Keepiru miró la espuma rosada alrededor de las poderosas y aceradas mandíbulas del gigante. El cadáver de Akki derivaba lentamente, arrastrado

por la marea.

–Sé lo que eres, K'tha-Jon. Keepiru cambió al ternario.

Hierven las aguas frías Cuando gritas.

Tus hambrientas mandíbulas rojas Satisfacen tu sueño.

Los arpones mataban A las ballenas,

Las redes de Iki Nos atrapaban,

Sin embargo, sólo tú Nos asustas en la noche, Tú solo …Orca.

Las mandíbulas de K'tha-Jon se abrieron de satisfacción, como si acabaran de hacerle un cumplido. Subió a tomar aire y retornó situándose a pocos metros de Kee-piru, sonriendo.

–Hace tiempo que sssabía la verdad. Soy uno de los experimentos clave de nuestro querido tutor humano Ignacio Metz. Essse necio ha hecho una gran cosa, a pesar de toda sssu estupidez. Algunos de los que consiguió introducir en el Streaker han sufrido una regresión o se han vuelto locos, en efecto. Pero yo sssoy un éxito… -¡Tú eres una calamidad! – farfulló Keepiru, cuyo respirador le impedía utilizar otras palabras más adecuadas.

K'tha-Jon se dejó llevar por la corriente un poco más cerca de Keepiru, quien retrocedió involuntariamente, alejándose. El gigante se detuvo de nuevo; un chasquido de satisfacción emanaba desde su frente. – ¿Eso crees, piloto? ¿Piensas que tú, un simple devorador de peces, puedes comprender a los que son superiores a ti? ¿Estás capacitado para juzgar a uno cuyos ancestros estaban en la c-cima de la cadena alimenticia oceánica? ¿Y juzgar también a todosss los de tu especie?

Keepiru apenas le escuchaba, incómodo por la menguante distancia que había entre él y el monstruo.

–Presumes demasiado. Sólo tienes algunos genes injertados de… -¡Soy una ORCA! – aulló K'tha-Jon. El grito resonó como un agudo toque de cornetas-. ¡La apariencia física no significa nadal Lo importante es el cerebro y la sangre. Escúchame, ¡y atrévete a negar lo que soy!

El chasquido de las mandíbulas de K'tha-Jon fue como un pistoletazo. A continuación, aulló de nuevo el grito de caza y Keepiru, bajo su foco directo, sintió aflorar un instinto profundo, un deseo de cobijarse a sí mismo, de ocultarse o morir.

Keepiru lo resistió. Se obligó a adoptar una postura corporal dominante y escupió palabras de desafío. – ¡Tú eres una degeneración, K'tha-Jon! Peor aún, eres una cosa mutante, desprovista de herencia. Un mal injerto de

Metz. ¿Crees que una orca auténtica haría lo que tú acabas de hacer? En la Tierra, los delfines naturales siguen cazando, ¡pero nunca cuando ya están saciadosss! ¡El verdadero asesino de ballenas es el que mata gratuitamente!

Keepiru defecó y dirigió los excrementos con las aletas hacia el gigante.

– ¡Eres un experimento fracasado, K'tha-Jon! Dices que utilizas la lógica, pero no tienes futuro. ¡Y cuando mi informe llegue a la Tierra, tus plasma-genes serán arrojados a una papelera! Tu linaje, como el de todos los monstruos, se extinguirá.

Los ojos de K'tha-Jon relampagueaban. Barrió a Keepiru con el sonar, como si memorizara cada rasgo de una presa segura. – ¿Y qué te hace pensar que podrás enviar un informe? – siseó.

Keepiru sonrió con la boca abierta.

–El simple hecho de que eres un lisiado y demente monstruo cuyo hocico despuntado no puede siquiera romper el cartón, cuya virilidad sólo satisface a las nadadoras de charcas, que no dan a luz pero ensucian el agua…

El gigante lanzó un nuevo aullido, esta vez de rabia. Cuando K'tha-Jon cargó, Keepiru se dio la vuelta y se introdujo en un canal lateral, escapando sólo por una cabeza de las poderosas mandíbulas.

Atravesando un espeso cortinaje de hierbas colgantes, Keepiru se felicitó a sí mismo.

Provocando en K'tha-Jon una venganza personal, había conseguido que la criatura olvidara por completo su arnés… y el rifle láser. Era obvio que K'tha-Jon deseaba asesinar a Keepiru en la misma forma que lo había hecho con Akki.

Keepiru sólo aventajaba en un cuerpo al mutante.

Tan lejos como pueda, pensó mientras pasaba junto a los centelleantes acantilados metálicos.

Pero era muy difícil librarse de su perseguidor. Y las amenazantes mandíbulas conseguían que Keepiru se preguntara si su estrategia, después de todo, había sido juiciosa. La caza prosiguió sin descanso durante toda la tarde. Cuando el sol se puso, aún continuaba.

En la oscuridad, la caza se convirtió en una batalla de ingenio y de sonido.

Los habitantes nocturnos del archipiélago, dominados por el pánico, abandonaron su territorio a los dos monstruos extranjeros que surcaban el

laberinto de islotes dejando a sus espaldas nubes de burbujas. A su paso, llenaban los abismos y bajíos con complejos y confusos esquemas sonoros, componiendo imágenes y vividas ilusiones de ecos. Los peces del lugar abandonaron el área, permitiendo que batallaran los aliens.

Era un terrorífico juego de imágenes y sombras, de decepciones y repentinas emboscadas.

Keepiru se deslizó fuera del estrecho canal enlodado, y escuchó. Hacía una hora que no oía el grito de caza, pero eso no quería decir que K'tha-Jon estuviese en silencio.

Keepiru elaboró un mapa mental del área circundante a partir de las reflexiones que recibía, y supo que algunas de las imágenes sólo eran sutiles artificios construidos. El gigante estaba cerca, y usaba sus órganos sonoros excepcionalmente habilidosos para fijar una cubierta de falsedad sobre los ecos de aquel sitio.

Keepiru deseaba poder utilizar la vista. Pero las nubes de medianoche lo sumían todo en las tinieblas. Sólo la débil fosforescencia de las plantas iluminaba el paisaje marino.

Subió a la superficie para respirar, y contempló el oscuro paisaje exterior. Bajo una sombría y lóbrega llovizna, la vegetación de las grandes colinas metálicas se balanceaba y crujía.

Keepiru tomó siete bocanadas de aire y descendió de nuevo. Abajo sería donde se desarrollara la batalla.

Sombras irreales nadaban a través de los abiertos canales. Un falso eco parecía presentar una salida directa hacia el norte, la dirección en que Keepiru intentara orientar la cacería, pero un cuidadoso examen le permitió deducir que se trataba de una ilusión.

Un poco antes, otro falso pasaje similar le había confundido hasta que, en el último momento, pudo virar y alejarse, aunque demasiado tarde para evitar arañarse con las cepas que cubrían la ladera de una colina metálica a causa del impulso. Medio atontado, pudo liberarse de la maraña justo a tiempo para escapar del ataque. El hocico gigante de K'tha-Jon falló por centímetros. Pero mientras se alejaba, Keepiru fue alcanzado por un ávido rayo del rifle láser. Había sentido un calor repentino y terrible en su flanco izquierdo.

Era como estar en el infierno.

Sólo su mayor maniobrabilidad le permitió huir esta vez, y encontrar un refugio donde esperar que pasasen las oleadas de dolor.

Con tiempo, era probable que pudiese eludir al pseudo-orca. Pero el tiempo no estaba de su parte. K'tha-Jon se había concentrado en aquella caza ritual y no se preocupaba en pensar qué sucedería después. No tenía planeado regresar a la civilización. Todo lo que debía hacer era impedir que Keepiru informara, y confiar en que Ignacio Metz protegiera sus derechos de descendencia en la Tierra.

Keepiru tenía responsabilidades. Y el Streaker no iba a esperarlo si se le presentaba la ocasión de escapar.

Sin embargo, pensó, ¿estoy en realidad esforzándome todo lo posible para huir?

Frunció el ceño y sacudió la cabeza. Dos horas antes, estaba casi seguro de haber perdido a K'tha-Jon. Pero en lugar de aprovechar la oportunidad para alejarse, se puso a virar en redondo, llevado por un razonamiento que ahora ni podía recordar, hasta que captó de nuevo el rastro sonoro del gigante. Su enemigo, a la vez, también localizó a Keepiru. Instantes más tarde, el grito de caza resonó a su alrededor, y el mutante recomenzó la persecución. ¿Por qué hice aquello?

Una idea pasó por su mente… la verdad… Pero debió dejarla a un lado.

K'tha-Jon se aproximaba. Apenas notó la descarga de adrenalina sobreponiéndose al dolor de sus heridas y arañazos.

Las ilusiones se desvanecieron como un banco de niebla, disolviéndose en la serie de chasquidos y susurros que las constituían. En un remolino provocado por sus poderosos aletazos, el gigante penetró en el canal que estaba debajo de Keepiru. K'tha-Jon le mostró el blanco sombreado de su vientre, recortado contra las tinieblas, cuando subió en busca de aire. Luego pasó nadando ante la cavidad en la que se escondía Keepiru, proyectando frente a él las pulsaciones de un sonar de búsqueda.

Keepiru esperó hasta que el monstruo hubo pasado, y luego ascendió a la superficie.

Respiró cinco veces con suavidad, y se dejó caer sin un solo movimiento de aleta.

El monstruo estaba diez metros más adelante. Keepiru no hizo ningún ruido mientras el otro subía de nuevo para respirar. Pero cuando el stenos

descendía, emitió una cerrada ráfaga de chasquidos que rebotó en dos colinas metálicas al otro lado del canal.

El semi-orca giró bruscamente y, pasando a la izquierda de Keepiru, se lanzó a la caza de una ilusión.

Keepiru se dejó caer en picado, como un misil, de frente, sobre su enemigo.

Los sentidos del cazador eran increíbles, pues, a pesar de que no había producido ruido alguno, oyó algo a sus espaldas y giró como una peonza hasta casi situarse de cara a Keepiru.

En consecuencia, el ángulo ya no era el correcto para una carga frontal.

El rifle láser se volvió hacia él… y las mandíbulas gigantes. Renunciar al ataque y huir era una clara invitación a que disparase.

Keepiru tuvo un súbito destello de memoria. Recordó a su instructor táctico de la academia, leyendo acerca de las ventajas de la sorpresa. – …Es la única arma de nuestro arsenal exclusiva de terrestres sensitivos, que nadie ha podido reproducir…

Keepiru aceleró, y se detuvo justo enfrente de K'tha-Jon, pegando su vientre contra el vientre de la atónita criatura. Sonrió. ¿Quién puede rechazar A un atento pretendiente…? ¡Bailemos!

El arnés de Keepiru gimió, y los tres brazos manipuladores se desplegaron para agarrar los de K'tha-Jon y mantenerlos inmóviles.

Aturdido, el gigante lanzó un grito de rabia y adelantó las mandíbulas hacia Keepiru, pero no pudo alcanzarlo. Intentó liberarse con golpes de sus sólidas aletas, pero Keepiru flexionó la cola adelante y atrás perfectamente sincronizada con la de su adversario.

Keepiru sintió que empezaba a tener una erección, y aquello le envalentonó. En los juegos eróticos de adolescentes que los jóvenes delfines machos practicaban, era el dominante quien por norma general adoptaba el papel del macho.

El gigante se retorció y sacudió. Saltó y rodó; y después nadó rápidamente en una impensada dirección, llenando el agua con sus aullidos.

Keepiru se aferró a él fuertemente, sabiendo cuál sería el próximo movimiento táctico de K'tha-Jon.

El semi-orca se lanzó de costado hacia la abrupta ladera de una masa de metal.

Keepiru siguió sujetándose hasta que K'tha-Jon estuvo a punto de embestir contra el muro, con él en medio. De repente, se arqueó y desplazó su peso hacia un lado con una salvaje sacudida.

Puede que sea un gigante, pero K'tha-Jon no es una orca verdadera. El movimiento basculante de Keepiru bastó para desequilibrarlo justo antes de la colisión. K'tha-Jon golpeó con el flanco contra la pared de coral metálico, y dejó en ella jirones de carne sanguinolenta.

K'tha-Jon se apartó, sacudió la cabeza aturdido, dejando tras él una nube de sangre.

Por un instante, el monstruo pareció perder interés en todo lo que no fuera aire. Subió a la superficie y jadeó.

Yo también necesitaré aire muy pronto, constató Keepiru. ¡Pero ahora es el momento de golpear!

Trató de retroceder para poner en funcionamiento el soplete de corto alcance. ¡Estaba enganchado! ¡Atrapado en el cierre del arnés de K'tha-Jon!

Keepiru tiraba de él pero no conseguía soltarlo.

K'tha-Jon no le quitaba el ojo de encima. – ¡Ahora es tu turno, desgraciado! – dijo con una carcajada-. ¡Me hasss hecho perder la paciencia! Todo lo que tengo que hacer es mantenerte bajo el agua. ¡Será interesssante ver cómo suplicas que te deje respirar!

Keepiru quería soltar una maldición, pero tenía que ahorrar todas sus energías. Se esforzaba por tumbar a K'tha-Jon sobre su espalda, para que le fuera posible alcanzar la superficie que se hallaba a un metro de distancia, pero el medio-orca estaba preparado e impidió todos sus movimientos.

Piensa, se dijo Keepiru. Tengo que pensar. Si supiera un poco más de Keneenk. Si pudiera…

Le quemaban los pulmones. Casi dejó escapar un grito de desesperación en primal.

Recordó la última vez que se sintió tentado por el rimal. Recordó la voz de Toshio que le reprendía, que le gritaba. Y recordó su promesa personal de morir ahogado antes que volver de nuevo al nivel animal. ¡Claro! ¡Soy un idiota, un pez que tiene demasiado buen concepto de sí mismo! ¿Por qué no pienso?

Primero mandó una orden neural que soltase el soplete, pero fue inútil.

Luego puso en movimiento los brazos de su arnés.

Aquellos que escogen Modelos regresivos No necesitan el espacio Ni las herramientas de los espacionautas.

Con una garra se apoderó del enlace neural situado en uno de los laterales de la cabeza de K'tha-Jon. Los ojos del monstruo se ensancharon, pero antes de que pudiese hacer nada, Keepiru dejó el enchufe suelto asegurándose de causar el mayor dolor y deterioro posible. Mientras su enemigo chillaba, acabó de arrancar el cable de su sitio, dejando el arnés inutilizado para siempre.

Los brazos del arnés de K'tha-Jon se quedaron inermes. El pequeño silbido del rifle láser se apagó. K'tha-Jon aullaba y se debatía.

Keepiru aprovechó para respirar cuando el imitante, cobrando ánimos, le agarró y saltaron juntos fuera del agua. Volvieron a estrellarse contra la superficie mientras Keepiru se asía al arnés de K'tha-Jon. Se sujetó a él con dos de los brazos manipuladores.

KootchieKoo, canturreó mientras ponía el otro brazo en movimiento, preparado para atacar a su enemigo.

Con un giro repentino de su cuerpo, K'tha-Jon se las arregló para desprenderse de él.

Keepiru saltó por el aire para caer, produciendo grandes salpicaduras, al otro lado de un estrecho banco de lodo.

Durante unos instantes, se miraron a través del pequeño bajío que los separaba, resoplando. Entonces, K'tha-Jon empezó a entrechocar las mandíbulas mientras buscaba un punto de acceso alrededor de la barrera. La caza continuaba.

Con la llegada del alba desapareció toda sutileza de la lucha. Ya no hubo más delicados equívocos sónicos, ni sabrosas provocaciones. K'thaJon perseguía a Keepiru con una obstinación completa. El cansancio parecía ser algo ajeno al monstruo. La pérdida de sangre sólo conseguía aumentar su rabia.

Keepiru nadaba entre los angostos canales, algunos con no más de treinta centímetros de profundidad, esperando extenuar al pseudo-orca herido antes de extenuarse él.

Keepiru ya no pensaba en escapar. Era una batalla que únicamente terminaría con la victoria o la muerte.

Pero la resistencia de K'tha-Jon parecía no tener límites.

Los gritos de caza resonaban a través de las profundidades. El monstruo los profería, a unos cuantos canales de distancia. – ¡Pilot-t-to! ¿Quieres luchar? ¡Ya sabesss que la cadena alimenticia me favorece!

Keepiru parpadeó. ¿Cómo podía K'tha-Jon mezclar la religión en aquello?

Antes de la elevación, el concepto de cadena alimenticia como jerarquía mística había sido el componente fundamental de la ética cetácea, del aspecto temporal del Sueño Cetáceo.

Keepiru respondió con una emisión omnidireccional.

–K'tha-Jon, estás loco. ¡El hecho de que Metz haya llenado tu zigoto con unos pocosss genes de mini-orca no te da derecho a comerte a todo el mundo!

En épocas remotas, los humanos solían preguntarse por qué los delfines y muchas de las ballenas continuaban siendo amigos del hombre después de padecer terribles matanzas a manos de éstos. Los humanos empezaron a entenderlo un poco cuando albergaron por primera vez a las orcas y a los delfines como vecinos en los parques oceánicos. Con asombro descubrieron que los delfines saltaban las barreras para estar con las ballenas asesinas…

siempre y cuándo éstas no tuvieran hambre…

En primal, un cetáceo nunca culpaba a un miembro de otra raza por matarle si la otra raza estaba más arriba en la cadena alimenticia. Durante siglos, los cetáceos asumieron que el hombre estaba en la cima más alta de esta cadena y su reacción era sólo de envidia ante las más insensatas masacres.

Era un código de honor, el cual, al enterarse los humanos de su existencia, aumentó su vergüenza por lo que habían hecho.

Keepiru se deslizó hasta el canal abierto para cambiar su localización, convencido de que K'tha-Jon la había establecido desde su último cambio.

En aquella zona algo le resultaba familiar. Keepiru no podía precisarlo, pero había alguna cosa en el sabor del agua. Tenía el aroma de un delfín muerto hacía tiempo.

Comer… ser comido.

Morder… ser mordido.

Paga tu deuda al mar… ¡Ven y aliméntame!

Demasiado cerca. La voz de K'tha-Jon estaba mucho más cerca, entonando blasfemias religiosas. Keepiru se dirigió hacia una grieta para

ponerse a cubierto, y se detuvo de repente porque el sabor de muerte se hacía más penetrante.

Olfateó despacio, y se quedó inmóvil al ver el esqueleto suspendido entre las plantas. – ¡Hist-t! – suspiró.

El delfín astronauta fue dado como desaparecido desde el primer día, cuando el maremoto encalló a Hikahi y él se comportara como un perfecto estúpido. Los carroñeros habían dejado el cuerpo limpio. La causa de la muerte no podía determinarse.

Sé dónde estoy… pensó Keepiru. En ese momento el grito de caza retumbó de nuevo. ¡Cerca! ¡Muy cerca!

Dio media vuelta y se adentró otra vez en el canal, vio un destello de movimiento y se sumergió aún más mientras el monstruo pasaba sobre él.

Los aletazos de K'tha-Jon le hicieron dar tumbos en el agua.

Keepiru se arqueó y se alejó a toda prisa, aunque le dolía el costado como si tuviera una costilla rota. Gritó.

Ven por mí, canalla degenerado.

Sé que ha llegado la hora de darte de comer.

Por toda respuesta, K'tha-Jon rugió y cargó sobre él.

Un cuerpo de ventaja, ahora dos, ahora medio, Keepiru sabía que sólo le quedaban instantes. Las mandíbulas abiertas estaban justamente a su espalda. Está cerca, pensó. ¡Tiene que estarlo!

Entonces vio otra grieta y lo supo.

K'tha-Jon rugía al ver a Keepiru atrapado contra la isla.

Despacio, despacio o deprisa, deprisa…

Es hora de que me des de comer, de comer.

–Te daré de comer -dijo Keepiru, con voz entrecortada, al tiempo que se adentraba en un cañón muy estrecho. Por todos lados se agitaban plantas colgantes, como movidas por la marea. ¡Atrapado! ¡Atrapado!

Ya te tengo…

K'tha-Jon chilló a causa de la sorpresa. Keepiru salió disparado hacia la superficie sobre la grieta, esforzándose por alcanzarla antes de que las cepas se cerraran a su alrededor. Lo había conseguido. Al emerger sopló, inhalando pesadamente, y se mantuvo pegado a la pared.

Cerca de él el agua se agitaba, llenándose de espuma. Keepiru miraba y escuchaba pasmado, mientras K'tha-Jon se debatía solo, sin arnés ni cualquier otra ayuda, desgarrando con las mandíbulas las grandes lianas de