Matalaché

Enrique López Albújar · Capítulo 1 de 16

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Matalaché

I. Un favor, signo de los tiempos

I

Un favor, signo de los tiempos

 

—¡Adelante!, ¡adelante!, mi señor don Baltazar —murmuró una voz, abaritonada

y hecha al mando, desde adentro.

Y el llamado así, un personaje semiamorfo, todo él belfo, nariz y nuez, entró,

sombrero en mano, resuelto y genuflexivo. Después, un cambio de saludos, con

sinceridad más o menos campechana, un fuerte apretón de manos y un leve crujido,

causado por el arrellanamiento de dos cuerpos sobre un muelle sofá de cerdas y

platerescas talladuras. Fintearon ambos sujetos un par de miradas y el más entrado en

años, que era el dueño de la casona, exclamó, obsequiosamente:

—Ya me supongo a lo que debo su visita, a estas horas y con este sol de las cinco,

que pica todavía, mi don Baltazar. No hacía mucho que me había asomado al zaguán,

a dictar mis últimas disposiciones para que el cargamento que acaba usted de ver no

se quedara afuera, como ha ocurrido otras veces, cuando le vi venir, y al verle me

dije: «Noticias frescas de Lima tenemos».

—No ha estado usted acertado en esta vez, mi señor don Juan Francisco. Por

ahora no tengo noticia alguna que darle, como no sea la de las barrabasadas de Brown

en el Callao, que ya todo Piura sabe.

—¡Qué me cuenta usted! ¿Pero dónde diablos me meto yo, que siempre soy el

último en saber estas cosas? ¿Y no podría usted decirme qué diabluras son ésas?

—¡Psh! Nada en dos platos. Un pirata de los de Buenos Aires, que, urgido por el

hambre y la persecución, fue a dar en aguas del Callao ahora un mes, y como no

quería dejarse coger, ha tenido que abrirse paso a tarascadas, como un perro rabioso.

Lo que hacen todos esos tunantes del mar, hasta que al fin les llega el día de ser

colgados de una antena.

—¿Y ha logrado escapar el hombre?

—Como alma que lleva Cachafás. Éstas son las cosas que los descontentos y

descastados han comenzado a llamar las barrabasadas de Brown.

—Y con ellos usted, mi querido amigo. Se diría que el calificativo no le

desagrada del todo.

—Me desagrada enteramente, porque tras de él hay como un secreto regocijo: el

que siente el esclavo frente a los males de su señor. Y usted sabe, porque ya hemos

hablado de ello alguna vez, cuánto me repugna todo lo que trasciende a pujos de

rebeldía.

—Vaya que sí —contestó, con leve matiz de ironía, don Juan Francisco,

saeteándole a la vez con una oblicua mirada.

—Figúrese usted a la colonia en manos de criollos y mulatos. Sería para morirse

de risa. Y, después de todo, ¿para ganar nosotros qué? Porque si se tratara siquiera de

mejorar… Pues por más que ciertos hombres del partido digan que con el cambio de sistema vamos a ganar todo, eso a contárselo a Ño Velita, que todo se lo comulga sin

chistar. Así se lo dije ahora días a Seminario y Jaime y a cierto joven López, que

todas las tardes sale en compañía de su cuñado Diéguez de Florencia a cabalgar por

las afueras de la ciudad, bajo pretexto de distraerse, pero en realidad con el de

conspirar contra el sistema. ¿Que no lo ha oído usted decir?

—No. La verdad, mi querido amigo, que esto del jabón y los cueros me tiene

absorbido completamente. Apenas si me deja tiempo para bajar de tarde en tarde a la

ciudad. Usted sabe cómo he recibido este negocio: un barco a pique. Y algunos de

mis inmuebles también. No hay peor comején para las cosas que el tiempo y la

ausencia. Y hay que salir avante del naufragio, cueste lo que cueste. Ahora mismo

estaba recibiendo ese cargamento que ha visto usted y que no es otra cosa que sebo

de Chile. Es un sebo que rinde más que el nuestro y, naturalmente, tengo que

preferirlo para mi jabón. Son ciento cincuenta quintales que me debía Joaquín de

Helguero y estaban puestos en Paita a mi orden.

—Pero el negocio de las pieles anda muy bien; no puede usted quejarse.

Cualquier cuero vale hoy un sentido. Va a llegar un día en que no tendremos cómo

forrar nuestros muebles. ¿Y eso por culpa de quién? Pos esos malditos insurgentes de

Chile, que el demonio confunda. Pero, viéndolo bien, esto no le perjudica a usted.

¿Que los cueros suben? Pues se curte menos y se cobra más. ¿Que los cueros bajan?

Pues se curte más y se cobra menos.

Y Rejón de Meneses, que así se apellidaba el visitante, encantado de sí mismo,

por la sencilla ley económica que tan dogmáticamente acaba de sentar, añadió:

—Amigo mío, créame usted, si algo hay que me pese en la vida es ser

consumidor y no productor. ¿De qué sirve tener unos cuantos pesos de renta si a lo

mejor ésta se nos va por no saberla conservar? La plata, señor don Juan, en manos

blancas como las nuestras, es como la libertad para un negro, que no sabe qué hacerse

con ella.

—Pero usted la ha empleado bien, según es fama. En sus buenos tiempos la hizo

usted rodar por el suelo y alrededor de muchos pies pulidos en la calle de Los

Ángeles. Para eso se han hecho los pesos redondos.

—¿Y usted, mi buen amigo? ¡No se diga! Todavía hay eco del ruido que metiera

usted en sus mocedades con eso de los pesos y las onzas al son de un baile de los de

la tierra.

Don Francisco, que no esperaba la remoción de un recuerdo semejante, se

entristeció y apenas pudo decir, con mal fingida solicitud:

—¿Y cómo está misia Jesusita? Perdóneme, mi querido amigo, que no se lo haya

preguntado desde el primer momento. Es que usted se me vino tan encima con eso de

Brown, que no me dejó tiempo ni para principiar por donde debiera.

—Vaya, mi mujer no puede estar mejor. Un poco disgustada no más con una

criada de manos que tenemos, para mal de mis culpas, y de la cual, según se le ha

metido entre ceja y ceja, quiere deshacerse por unos días. Dice ella que para que le entre el juicio a la moza. Y ya sabe usted lo que esto significa para una esclava.

—Algo, no todo.

—Y para eso se ha fijado en la casa de usted, con perdón sea dicho.

—Hombre, primera noticia que tengo de la tal virtud de esta casa, como que dudo

de que me haya entrado a mí todo el que yo quisiera. Me hace mucha gracia la

elección de la misia Jesusita.

—No se haga usted tan de nuevas, que es fama que entre sus esclavos tiene usted

uno para eso del juicio que ni mandado hacer. Un garañón capaz de apechugar con

todas las criadas de la ciudad en una noche. ¡Y va usted a ignorarlo!

—¡Ah, sí! José Manuel. Pero desde que estoy aquí no he visto en él nada que lo

haga merecedor de esa celebridad. Me parece más bien mozo reposado que inquieto.

Cierto que las apariencias engañan, que eso de la corpulencia no siempre responde en

las lides amorosas a las exigencias del caso, como usted sabe…

—Así será, pero la verdad es que ese su esclavo disfruta allá abajo de una famita

de macho fuerte que ya quisieran ganársela muchos para sí.

—Pues cualquiera que no fuese yo diría que me envidia usted a mi pobre esclavo.

¿Que no está usted contento con su suerte? Parece mentira. Lleva usted muy

gallardamente los cuarenta y pico.

—Ya lo creo. Pero no es por eso, precisamente, que envidio a su mulato. ¿Qué me

importa su vigor ni lo que apechuga? Es el modo cómo se alimenta a ese tiburón de

tierra. Ésa es suerte; lo demás, rosquitas y mazapanes. ¿Le parece a usted poco que

las más encopetadas de nuestras mujeres se ocupen en mandarle a ese negrazo lo

mejor de sus esclavas? ¿Quisiera usted todavía más? Nosotros, cuando queremos

conseguir a cualquier damisela de esas de pelo, tenemos que llenar, como dicen los

golillas, tantos trámites y otrosíes, que cuando llegamos al fin, si es que llegamos, es

gastados de paciencia, dinero y hasta de ilusión.

—El que quiera cinta buena a Cartagena, como dice el dicho. Y luego que usted

está ya prohibido de comprarla. Al menos así lo creo yo. Por algo se llama esposa a la

mujer que nos dan en matrimonio.

—Ciertamente, pero es que nunca faltan tentaciones hasta en la propia casa.

—¡Ah! ¡Ésas teníamos! Luego hace bien su señora en quitárselas de encima. No

puede ser más loable su propósito.

—No tanto, señor mío. ¿Qué se ha creído usted? Yo tengo en mucho la pureza de

mi sangre. Ni la prodigo, ni la bastardeo, así como así, a la vuelta de una esquina.

—De una esquina no, pero dentro de la casa a la vuelta de una puerta y como

quien no quiere la cosa…

—¡Qué malpensado había sido usted, don Juan Francisco! Pues sépalo usted, por

si no lo sabe, que en materia de tentaciones sé dónde me ajusta el zapato. No; es que

mi mujer se imagina que todo dulce tiene moscas.

—Algo habrá visto, amigo mío. En cosas de faldas las mujeres nos adivinan hasta

lo que soñamos. No impunemente se tiene una criada como la suya, que según dicen, quita el resuello a los casados y el sentido a los solteros. Conque, vaya usted atando

cabos, señor mío…

Don Baltasar, lejos de envanecerse con el elogio, como a esos señores cuando le

celebran los caballos o los perros, se le atravesó en la garganta, y sólo supo

responder:

—Lo peor es que yo, para convencer a mi mujer de que está equivocada, he

tenido que tomar una resolución, dejando escrúpulos a un lado. Y aquí me tiene usted

en pos de un favor suyo.

—¿Un favor? Pues el que usted guste, mi don Baltasar. Ya sabe usted que en eso

de servir a mis amigos soy todo voluntad. Usted dirá de qué se trata.

—Pues de eso, de mi criadita y de su… mulato. Me tiene usted haciendo en esto

lo mismito que los peones de los diestros en las corridas de toros. ¡Valiente oficio el

mío! ¡Por vida de…! Si cuando a las mujeres se les mete una cosa…

—¿Me habla en serio, don Baltasar?

—¡Vaya que no! Y en negro, porque no puede ser más negro lo que me pasa y lo

que traigo entre manos. Se trata de arrojarle, a la fiera esa, nada menos que a una de

mis criadas, a la mejor en todo sentido, vamos. Y eso, como usted verá, equivale,

para un buen amo, a un sacrificio. Pero hay que hacerlo. Es la única manera de que

yo pueda vivir con mi mujer en paz y gracia de Dios. Y la única también de verla

aliviada de sus benditos celos y de su jaqueca sempiterna.

—¿Y por qué no se quita usted de encima ese quebradero de cabeza vendiendo a

la moza, regalándola o manumitiéndola?

—Fue lo primero que se me ocurrió. Pero más tardé yo en decírselo a mi mujer

que ella en salirme al encuentro con un mundo de razonamientos, y tuve que ceder.

«Que ella necesitaba a esa muchacha por ser voluntaria para el trabajo… Que ya

estaba acostumbrada a su servicio… Que una vez parida sería un ama de cría

envidiable para el niño que nos iba a venir… Que con esto se moriría el perro y se

acabaría la rabia…». Y como yo le observara que con ninguno de nuestros criados

había que pensar en casarla o unirla, porque todos eran ya maduros y comprometidos,

me contestó: «No sé; tú verás cómo salimos del trance. En todas las casas de Piura las

criadas paren, y no sé yo que esto sea, por supuesto, dentro del matrimonio. El

matrimonio para la gente, para los de nuestra clase. Ve, pues, por ahí adónde mandar

esa moza y entrégala por un mes para que se le quiten todos los dengues y pezpiterías

que tiene y deje libre de tentaciones a los malos maridos». ¿Me ha oído usted, don

Juan? De malas tentaciones. Y aquí me tiene usted en pos del favorcito, que no es

grano de anís.

—Bueno, bueno. De haber inconveniente no lo hay. Mis criados se entenderán

con eso. Ahí está el negro Antuco, a quien, según creo, ya no se le encandila el ojo

por la canela, y a la Casilda, que parece entendida en esos corretajes desde que la

perdí de vista. No soy yo, por supuesto, quien va a terciar en el asunto. Allá mi

antecesor, que no dejaba encuentros en el galpón y el yeguarizo sin que él interviniera. Se había empeñado el buen señor, a todo trance, en sacar por este medio

buenos productos, como decía él, para el carguío y su industria. Genialidades de don

Diego. Yo, si necesito una buena acémila o un magnífico esclavo, los compro. Lo

demás es perder tiempo y meter las manos en cosas no muy limpias.

—No diga eso, que no hay cosa que más castigue que la lengua. Hay que meterlas

alguna vez, mi don Juan. Y en esto del apareamiento de los esclavos, bien pueden los

amos intervenir sin desdoro, como se hace con los caballos y los perros. Esclavos y

animales son una misma cosa.

—No, si por el de usted no lo digo. En todo caso usted no hace más que

someterse a las circunstancias. La paz del hogar es primero que nada.

—No tanto; lo primero es la sangre, mi señor don Juan, a la que hay que evitarle

el riesgo de que se bastardee o prostituya. Y usted sabe lo que es tener hijos con una

esclava.

—¡Qué he de saberlo yo, mi don Baltasar! Jamás tuve tentaciones por ese lado.

Los Ríos de Zúñiga y Peñaranda y del Villar don Pardo sólo supieron beber de

fuentes puras y cristalinas y en jarro de plata, mi querido amigo.

—¡Hum! ¡Cómo se conoce que no sabe lo que es beber en coco, en esos coquitos

de ébano y coral, venidos de Panamá y de Cuba! El agua que se bebe en ellos es una

delicia de puro fresca.

—Pero por lo que dicen nuestros esclavos, que deben de tenerlo más sabido que

nosotros, el mejor vaso para beber es el de plata. ¡Y lo que suspiran los pobres

diablos por beber un vaso de ésos, siquiera una vez en la vida! Aquello debe ser para

ellos como la manumisión, más que la existencia misma.

—¿Cree usted que bestias semejantes piensen así?

Y Rejón de Meneses, cuya afición al ébano y al ámbar vivos le sugería una cáfila

de argumentos en favor de su tesis, pero que él creía inútil exponer ante una persona

cuya erótica sensibilidad parecía embotada por la fiebre del negocio, después de

algunas protestas de agradecimiento, se retiró, pensando para sí:

—Este de los Ríos de Zúñiga ha vuelto de sus viajes tonto o hipocritón. ¡Como no

salga después chivateándose a la Rita!