Matalaché

Enrique López Albújar · Capítulo 2 de 16

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Matalaché

II. La Tina

II

La Tina

 

La Tina era en 1816 un caserón de adobe, ladrillo y paja, levantado a sotavento de

la ciudad, unos quinientos pasos más allá de su extremo norte, besando la escarpada

margen derecha del Piura y sobre una prominencia del terreno. Vista de lejos,

semejaba de día, por su aislamiento y extensión, un castillo feudal, y en las noches,

un aguafuerte goyesco.

En ella nada de ostentación ni estilo arquitectónico. Tras del claveteado portalón

de la fachada un zaguán, con poyos de ladrillo paralelos, dividiendo,

salomónicamente, el edificio de dos hileras de cuartos, la una mirando al sur, y la

otra, al norte. Al centro, dos inmensos patios; al fondo, la corralada imprescindible.

No parecía una casa hecha para habitar, por más que en ella vivía gente de toda

condición, sino para el trabajo. Los que la construyeron no tuvieron en cuenta,

seguramente, el esparcimiento y la comodidad, sino la necesidad de la industria que

en ella se iba a ganar. ¿Para qué, pues, alardes de arte y lujo? ¿Para qué granito de

azulejos ni mármoles? ¿Para qué rejas de hierro, de dibujos caprichosos y

complicados, como firma de virrey? ¿Para qué columnas ni muebles con pretensiones

dieciochescas? ¿Para qué ese derroche inútil, teniendo a la mano tierra, agua y yeso?

Y paja y algarrobo también. El cedro centroamericano estaba demás, y los enrejados

limeños, y las piedras y los tapices y las alfombras españolas.

A los buenos piuranos les bastaba entonces edificar con los materiales que veían

en torno suyo. Así habían hecho casi todos sus antepasados y así tenían que hacerlo

ellos también. Y si no, ahí estaban las casas solariegas de la plaza, erigidas por los

fundadores de la ciudad, por esos varones fuertes y fieros, venidos de repente de la

tierra hispana. Donde no hay mármoles ni hierro ¿quién piensa en esculpir ni forjar?

Posiblemente esto fue lo que pensó el fundador de La Tina, el licenciado don

Cosme de los Ríos. De ahí que saliera aquel plebeyo caserón desmesurado, disforme,

recio y sombrío, a pesar de las torrentadas de luz con que lo bañaba el sol

diariamente, higienizándolo en las mañanas por el fondo y dorándole el frente en las

tardes. Pero esto mismo le daba durante el día un aire de sopor y pesadez, que parecía

aumentar con el aislamiento en que se hallaba. Porque La Tina era algo independiente

de la ciudad; un solitario, un eremita, algo así como una interrogación para los que

venían de afuera, y un guardián para los que venían de adentro.

La clase de industria a que había sido dedicada exigíalo así. Fabricar jabones y

curtir pieles era un trabajo que obligaba a alejarse de la comunidad y a seguir ciertas

prácticas para poder desenvolverse favorablemente. Las tinas venían a ser entonces

para la industria jabonera lo que los lazaretos para ciertas epidemias: lugares de

reclusión y aislamiento. Por esta causa, más que casas de habitación, de comodidad,

de holgorio, eran verdaderos centros de exilio, en donde un tratamiento feudal pesaba sobre el obrero como un yugos del que sólo se sentía libre y consciente fuera de ellos.

Entonces, como ahora, todo el interés del industrial, del amo, estaba en sacar de la

máquina humana el mayor rendimiento posible. Por eso veíase detrás de la falange

esclava al capataz fornido, azuzándola, implacable, con su ronzal, y detrás de la

falange libre el sobrestante fiscalizador, listo para regatear el tiempo y el salario y

para despedir también.

Y en este vértigo del trabajo el negro era el que más contribuía con su sangre y su

sudor. Al igual que las bestias, se le daba ración contada y medida. Al levantarse, el

culén o la yerba luisa y un bollo de pan, elaborado por el mismo esclavo, o traído de

alguna tahona miserable. Al mediodía, caldo gordo o sopa boba y un mate de

zarandajas con arroz quebrado y ripioso. Así también en la merienda. Apenas si uno

que otro día de la semana le caía entre las manos los restos malogrados de algún

camarico, o una lonja de tasajo, o una paila de arroz con dulce, o un tinajón de

champús, o una cabeza de plátanos verdes para asar, dado todo con alarde de

liberalidad por algún patrón de conciencia más o menos católica.

Y a cambio de esto once horas de trabajo: de cinco a seis, con dos horas de

descanso de por medio. La campana era la encargada de avisar. Con una precisión

desesperante mandaba y había que obedecer. Un grito de ella descabezaba el sueño

más profundo, haciendo refunfuñar al retardado. ¡Y con qué rabia se la oía! Sólo a las

once de la mañana y a las seis de la tarde recibíanse sus plañideros toques como la

liberación de una abrumadora y ominosa carga. Por eso los esclavos de La Tina,

cuando pasaban delante de la que había en ella, mirábanla con una mezcla de odio,

agradecimiento y temor.

Y lo hecho por esos hombres era una verdadera labor de esclavos: monótona,

renegada, mezquina, mediocre, triste. De esas manos, callosas y bastas hasta la

deformidad, salían el sebo y las lejías convertidos en panes negros y nauseabundos; y

las pieles, en tiernos cordobanes, resistentes becerros y suelas broncas, coloradas y

escandalosamente pestilentes, que iban después a inundar los mercados del

corregimiento.

Y como don Cosme de los Ríos, a pesar de su espíritu económico era un hombre

que sabía hacer, cuando en su interés estaba, las cosas en grande, en grande hizo su

tina. En el lado norte la tenería, con sus cinco noques de pelambre, sus seis piezas

llenas de cubos para los jugos agrios, de batanes para infurtir y de arcones para el

alumbre, la cochinilla, el tártaro y el campeche. Y más allá la ramada para el

desborramiento y la descarnadura; la sala de alumbrar y los depósitos de cal y de

charán y demás frutos y demás frutos y cortezas curtientes. Por último, lindando con

los corrales, el molino y cinco noques más para las pieles de ganado vacuno, cuyo

desangre, reverdecimiento y baño exigían estar alejados de toda pieza habitable y a

mayor proximidad del río.

Al sur, la sección destinada a la jabonería, con su almona, en donde se ocupaban

media docena de hombres en reducir unas grandes marquetas de materia negra y sebácea, a panecillos, los que, envueltos después en hojas secas de plátano o en

pancas de choclo, parecían tamales o rayados, que incitaban a morderlos. Y hacia el

extremo oriental, el matadero, la pellejera, la grasera y cuatro enormes tinas de jabón,

dos de ellas conectadas con la almona del norte y dos, con la del sur. Y entre esta

barahúnda, los hornos de fundir y los de cocer ladrillos, que eran cuatro torres de

adobe, macizas y rechonchas; empenachadas de humo en el día y de púrpura en la

noche. Y cerrando el cuadrilátero, los corrales, con sus pesebres, sus abrevaderos y

sus horcones para mancornar y castrar el ganado. Todo esto defendido por una

estacada de algarrobo, empinada sobre el río, que hacía a la casona inaccesible por

esta parte.

Y era en este edificio donde don Juan Francisco, el nieto de aquel hidalgo

industrioso del siglo XVIII, desdeñando las comodidades de su casa señorial de San

Francisco y el regalo de un mediano pasar, había venido a establecerse, después de

readquirirla por un capricho de la suerte, resuelto a amasar en ella una nueva fortuna.

El abuelo no supo o no quiso prestarle al negocio la atención que merecía. Parece

que por encima de su interés puso siempre todas las solicitudes del placer y de la

rumbosa y buena vida. Y la vida buena para él consistía en un soberbio caballo de

término, un electrizante golpe de arpa, unas buenas damajuanas de moscorrofio, de

ese de cordón, y una media docena de mozas del partido. Porque al Gallo de Morón,

como le daban por nombre de guerra a don Jaime, por llamarse así la pampa en que

estaba erigida La Tina, le gustaban las mujeres por pares y el aguardiente por arrobas.

A su muerte el negocio quedó naturalmente resentido. El jabón y las pieles, aunque

humildes por su origen, parecen ser soberbios por los servicios que prestan. No

perdonan negligencias ni despilfarros. Por lo mismo que en el comercio se les tenía

por artículos nobles, su salida estaba sujeta a la ley inexorable de la demanda. Y los

consumidores, que al principio comenzaran por murmurar del peso del jabón,

terminaron por despreciar su calidad y retirarle su confianza.

Fue en esta condición de descrédito, que don Diego Farfán de los Godos no pudo

salvar, que el nieto de don Baltazar recibiera La Tina, cayendo entre las cuatro

paredes de la maltrecha fábrica. Junto con el traspaso se le dio una docena y media de

esclavos, viejos en su mayor parte, dos de ellos medio bozales y sin cristianar, y al

frente de este rebaño a un mulato veintiocheno, exúbero de belleza juvenil, con vigor

y flexibilidad de pantera javanesa y mirada soberbia y firme.

Don Juan Francisco no podía hacerse ilusiones con este deteriorado capital negro.

Era preciso reforzarlo y hacerlo a todo evento productivo. Y no sólo en el sentido del

rendimiento muscular sino en el de la producción. No era razonable ni conveniente

seguir haciendo lo que hacían los otros amos en las tahonas, los trapiches y las tinas;

condenar a esos semovientes al ayuntamiento clandestino y a salto de mata. ¿Por qué

no dejar a aquellos pobres seres en libertad de buscarse, de unirse y de propagarse

como las bestias, ya que así se les trataba? No, aquello no podía seguir así. Había que

extirpar todas las causas que los llevaba a desvirilizarse en las prácticas de Onán y de Sodoma, afeminándoles y envejeciéndoles tempranamente, con perjuicio del señor.

«Esto no puede seguir así. Hay que levantar un poco su condición de hombres —

concluyó pensando don Juan Francisco, un tanto bien intencionado, tal vez si por el

ejemplo de lo que había visto en tierras de libertad durante sus viajes— que hombres

son, a pesar de todo lo que digan los prejuicios de raza y los distingos de teólogos y

frailes». Y psicólogo a fuerza de soledad y aislamiento, añadió: «Hasta en los

animales la elección es un atributo del instinto reproductor. ¿Por qué, pues, no dejar a

mis esclavos en plena libertad de reproducirse? ¿Por qué intervenir, como los demás

amos, en un acto que sólo les incumbe a ellos? ¿Por qué privar a estos pobres seres

del encanto de la conquista erótica, del orgullo del triunfo, de la embriaguez de la

entrega, de la ilusión consoladora del siempre y del jamás?».

Y don Juan acabó por admitir que todo esto era preferible a esos odiosos y

bestiales acoplamientos, discutidos y preparados por los amos, y de los cuales no

sabía qué admirar más, sí el descaro del que pedía el servicio o el allanamiento del

que lo prestaba.

Mas, a pesar de estos dignificadores pensamientos, el amo y señor de La Tina no

había sabido aquella tarde de la visita de Rejón de Meneses cerrarle el paso a la vieja

y hedionda costumbre. Y es que en el fondo de esta actitud había surgido de repente

un interés: recibir a la moza, casarla con su capataz si éste la aceptaba por mujer, y

dedicarla al servicio de su hija, que pensaba traer a su lado muy pronto.