Matalaché

Enrique López Albújar · Capítulo 3 de 16

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Matalaché

III. Una llegada intempestiva

III

Una llegada intempestiva

 

Pero todo este proyecto del dueño y señor de La Tina quedó sin pasar más allá de

la intención. Cuando más encariñado estaba con él cayó una noche, casi de

improviso, una persona que se lo desbarató de un golpe o, por lo menos, se lo aplazó.

Fue ésta su hija María Luz, venida de Lima de repente, enliterada y seguida de

una cabalgata bulliciosa de jóvenes paiteños, entre dos alas de flamígeros hachones,

como una procesión. Y si bien era cierto que la llegada de esta hija se realizaba en

momento en que la soledad y misantropía de don Juan necesitaban un poco de

alegría, atenciones y amor, tanto más necesarios cuanto más poseído estaba él por el

prosaísmo de la vida, también lo era que con esa llegada sus cuidados iban a

multiplicarse y dividirse.

No se vela así no más por el alma y el cuerpo de una hija sola, sobre todo cuando

esta hija ha crecido a la sombra de otras costumbres, de otras ideas y de otro medio.

¿Por qué diablos se la habían mandado tan intempestivamente? ¿Por qué no habían

querido esperar que él fuera por ella, como lo indicase en otra ocasión, en vez de

remitírsela, ni más ni menos que un fardo, por más que se hubiese querido disimular

esto con recomendaciones de última hora? Apenas si había tenido tiempo de enterarse

por un propio de Paita del arribo de su hija a ese puerto y de improvisarle un

alojamiento adecuado. ¿Se habría hartado del pupilaje de su hija su cuñada? En la

carta que ésta le escribiera y le entregara María Luz, si bien las razones que le daba

no pecaban de cortas, él no había querido entenderlo así. «Hemos creído conveniente

enviarte a nuestra sobrina, porque las cosas se van poniendo aquí de día en día más

encrespadas. Los pícaros insurgentes se atreven a entrar ya en el Callao. Hace pocos

días que uno de esos piratas llamado Brun —¡qué nombres los de esta canalla!— se

metió de noche en la bahía; al día siguiente cañoneó la población y echó a pique una

o dos fragatas, aunque no estoy segura de la noticia, porque aquí tratan de ocultar

estas cosas. Luego se retiró, pero días después volvió a entrar y hacer de las suyas. Ya

ves tú lo amenazados que estamos. De repente se viene a Lima y entonces qué va a

ser de nosotros. Y, además, la llegada de los talaveras, que nos tienen con el credo en

la boca, porque, según dicen, son unos demonios que no respetan nada y se meten

donde quieren a comer y dormir. Figúrate que se les antojara escoger nuestra casa

para eso… Así es que aquí vivimos amenazados por los de afuera y los de adentro. Y

como tu hija es una tentación y nosotras estamos casi siempre solas, pues Gonzalo

pasa la mayor parte del tiempo en Villaseñor, sus parientes, estoy naturalmente

temerosa de que nos pase algo».

Y así seguía la carta, larga y tendida, amontonando razones y disculpas por el

envío de María Luz, las que por más justificadas que parecían, no lograron satisfacer

a don Juan.

«¡Bah! —concluyó pensando él—. ¡Venirme a mí con Brunes y talaveras! Aquí

lo que hay es que me he descuidado con las remesas de dinero para los gastos de

María Luz, y como éstos suman algunos cientos de pesos, que mis buenos parientes

creen que no se los voy a reembolsar, de ahí esa cartita de apaga y vámonos. Pues

bien, hay que remitirles esos pesos en el día y pasarle una raya roja al nombre de esos

parientes. Y ahora a ver cómo nos la componemos con la compañía de esta señorita,

con quien dicho sea de paso, voy a tener que hacer hasta de madre».

Y su primer pensamiento fue irse a habitar con ella en su casa de San Francisco.

Pero aún no había acabado de proponerse tal pensamiento cuando tuvo que renunciar

a él, pues no sólo su casa estaba un poco destartalada, sino que todo lo que en ella

había pedía a gritos renovación. El vaho corruptor de una larga clausura había

deshecho la seda de los damascos y terciopelos y carcomido la madera de los

muebles. Por otra parte, un alojamiento semejante tenía que obligarlo a dividir su

atención entre la fábrica y la ciudad, a aumentar la servidumbre, a recibir visitas con

frecuencia y retornarlas, cosa que no cuadraba con sus ideas y costumbres, y a dar de

tarde en tarde algún sarao, con el riesgo de no dejar satisfechos a sus invitados y ser

la comidilla de ellos.

Y, sobre todo, ¿qué iba a hacer ahí durante el día su pobre hija sola sino aburrirse?

Este último razonamiento, hecho en forma categórica, lo decidió a desistir de toda

idea de división de domicilio, y prefirió dejarla en La Tina, sacrificándola a las

exigencias de sus negocios, en vez de entregarla inmediatamente a las exigencias del

mundo social; confiado en que siempre habría de encontrar en él un buen puesto para

los dos y en que sus pesos de buena ley, sacados del fondo de sus tinas de jabón y de

sus noques, le habrían de conseguir un buen partido para María Luz.

Y se aferró más a esta idea al ver después a su hija sonreír con complacencia a

todo lo que él le refería sobre la vida provinciana, y aceptar, al parecer gustosa, su

nueva situación. Pero es que don Juan tenía más ojos para la vida exterior que para

ciertas cosas del mundo espiritual, y menos para las que pudieran agitarse en la

imaginación de una mujer. Su perspicacia estaba como absorbida por las atenciones

de sus negocios. Sabía cuándo la gente estaba contenta, pero no cuando estaba

aburrida; cuándo un vecino suyo venía a fiar con ánimo de trampearle, pero no

cuando una joven sonriente suspiraba por dentro, ahogada de nostalgia y tristeza. No

conocía las artes del disimulo, ni la máscara del aburrimiento, ni las sonrisas

nerviosas del llanto, ni las súbitas alegrías o desfallecimientos de la pubertad

femenina. Él suponía a su hija contenta y feliz al lado suyo, y para evitar que esta

tranquilidad le fuera turbada lo menos posible, la había instalado en el piso alto, sobre

sus habitaciones, con cierta independencia, y dándole para su servicio dos criadas, la

una, joven como ella y la otra, vieja, su antigua nodriza, agradecida esclava de su

casa.

Y la joven era la Rita, que días antes de la llegada de María Luz, había sido

mandada al yogamiento con todas las recomendaciones y formalidades del caso, y recibida por la otra, la Casilda, con una caprina sonrisa de faunesa. Don Juan no

había querido enterarse del encuentro, que se consumara la primera noche al rumor

de los comentarios obscenos del galpón y de la inconsciente deshonestidad de la vieja

esclava.

Pero como al día siguiente don Juan Francisco, al cruzar el patio de la fábrica, se

sintiera ofendido con la presencia de la moza y, al mismo tiempo, compadecido de

verla esquivar el rostro avergonzada y huir como una liebre, no pudo menos que

arrepentirse de su condescendencia. En la almona su arrepentimiento fue mayor y

tuvo hasta vergüenza de sí mismo.

Los negros, olvidados por un momento del respeto que le debían a su amo,

soliviantados tal vez por la rijosidad que les atenaceaba las entrañas, recibiéronle con

sonrisas maliciosas y un tanto llenas de reproche, como si hubieran querido decirle:

«¡cómo se ha olvidado su merced de nosotros! ¿Que sólo ese maldito de José Manuel

es hombre?».

Y ante estas mudas interrogaciones, don Juan se retiró inmediatamente por seguir

su cotidiana inspección. Una vez en sus habitaciones, tocó una especie de gong, que

pendía sobre una consola, y, como por ensalmo, apareció un negro patizambo, viejo,

magro y enhiesto como un poste de algarrobo carbonizado.

—Vas a decirle a la Casilda que no quiero más apareamientos como el de anoche

en esta casa. Basta ya de servicios de esta clase, que son una vergüenza. Que se lleve

a su cuarto a la muchacha de los Rejones y que la tenga allí hasta que yo determine

otra cosa. ¿Me has entendido?

—Comonó, su mercé, que la mulatía esa que trajieron ayer arrunfle con ella ña

Casilda y que no se la güelva a echá al garañón…

—¿Cómo has dicho?

—Que la tenga a su lao pa que José Manué no la güelva a echá la garra encima.

El amo, indiferente a la variación de la respuesta, volteó las espaldas y se puso a

pasear de un extremo a otro de la habitación, renegando de esa especie de

proxenetismo inventado por la codicia de los amos y mantenido por la celotipia de

sus mujeres. «¡Puah! —pensaba él—, hasta dónde puede llegar el deseo del lucro y la

despreocupación de las gentes, a pesar del encumbramiento».

«¡No, qué diablos! Yo no estoy aquí para consentir esas cosas, aunque sea

haciéndome el desentendido. Que se intervenga en el padreo de las bestias está bien.

Las bestias son bestias y por lo mismo su acoplamiento a nadie humilla ni encola.

Pero arrojar, para que le echen la garra, como muy bien ha dicho el negro Antonio, a

una mujer casi impúber a un hombre, tal como en otros días se le echaban doncellas a

los monstruos mitológicos para aplacar su salacidad, es un delito, del cual yo no

puede seguir haciéndome cómplice, sin faltarme a mí mismo el respeto y emporcar

mi apellido, limpio hasta hoy de toda mácula».

Y, encogiéndose de hombros, acabó por tomar una resolución: quedarse con la

mulatita a cualquier precio y reservarla para el servicio de su hija, que pensaba traer al lado suyo. Y este propósito se vio realizado más pronto de lo que esperaba. Con la

llegada de María Luz, su conciencia se aquietó y sus sentimientos paternales

recobraron todo su imperio. En adelante no tuvo ya otro pensamiento que esta hija

suya y el trabajo. Su vida toda giró entre estos dos ideales, de los cuales el uno le

transmitía el ardor y la fe necesarios para conseguir el bienestar definitivo, y el otro,

la satisfacción de ver su yermo jardín espiritual alegrado con la belleza de una flor

brotada de su sangre.