Matar al rey

Jose Luis Corral · Capítulo 2 de 13 · parte 1/4

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Matar al rey

1. La minoría del rey

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

1

La minoría del rey

1

El rey de Castilla y León necesitaba urgentemente que el papa Clemente V

ratificara la legalidad del matrimonio de su padre don Sancho con doña María de Molina, o su trono peligraría.

Su primo, el infante Alfonso de la Cerda, no renunciaba a sus derechos al trono, que le correspondían según la ley de las Siete Partidas, y reclamaba la corona apoyado por una parte de la nobleza.

El matrimonio de los padres de Fernando IV había sido legitimado por el papa Bonifacio VIII, pero este pontífice, aun después de muerto, seguía siendo considerado como el gran enemigo por Clemente V, quien había anulado muchos de los acuerdos y decretos de su antecesor.

Si se decretaba la nulidad del matrimonio real, Fernando de Castilla y León se convertiría inmediatamente en hijo ilegítimo, de modo que el trono pasaría a Alfonso de la Cerda.

Tenía que actuar deprisa, muy deprisa. Envió al señor de Vizcaya, a pesar de que su padre había sido el preceptor de los infantes de la Cerda, a Aviñón para negociar la ratificación papal del matrimonio de sus padres.

—Es fundamental evitar que el papa Clemente procese al papa Bonifacio y anule sus decisiones —le dijo el rey al señor de Vizcaya.

—Pero si Bonifacio ya está muerto, mi señor.

—Sí, bien muerto y enterrado, pero el papa actual odia incluso a los muertos. Bonifacio se enfrentó al rey Felipe de Francia, que lo humilló de

tal modo que la vergüenza lo arrastró a la muerte. Ahora Clemente es un títere en manos del rey francés; incluso ha trasladado la sede de San Pedro a Aviñón, abandonando la del Vaticano tras trece siglos y medio en Roma.

—¿Cuáles son vuestras órdenes, alteza?

—Deberéis convencer al papa Clemente para que ratifique la legalidad del matrimonio de mis padres, don Sancho y doña María, y para que no se ponga en entredicho todo cuanto ha sucedido en estos reinos desde la muerte de mi abuelo el rey Alfonso. ¿Lo habéis entendido?

—Por supuesto, señor, pero supongo que el papa demandará alguna compensación a cambio.

—Si ratifica todos los acuerdos y no cuestiona mi legalidad, decidle que le daré cuanto pida. El notario real os expedirá una copia del documento del año 1301 en el que el papa Bonifacio aceptaba como legítimo ese matrimonio; bastará con que el papa Clemente lo ratifique. Y si no desea que se cite en el nuevo documento al papa Bonifacio, que elimine su nombre, me es indiferente.

Los reinos de Castilla y León atravesaban tiempos convulsos; sus nobles y sus ciudades y villas andaban divididos y enfrentados.

Hacía ya casi medio siglo que la nobleza, antaño símbolo y encarnación del honor y la gloria, se dedicaba al robo, la rapiña, la violación y la intriga.

Los nobles castellanos y leoneses no eran los gentiles caballeros llenos de virtudes que se encumbraban y ensalzaban en los poemas y los romances, aquellos hombres de fama intachable que protegían a las damas y a los débiles, sino perversos malhechores sin escrúpulos que encabezaban pandillas de asesinos y ladrones, asolaban pueblos y aldeas, quebrantaban

heredades y haciendas, saqueaban campos y ganados, quemaban casas y graneros, y violaban mujeres.

Los hombres de los concejos, artesanos, comerciantes y labradores libres, y los campesinos sujetos a la tierra, siervos de señores violentos y crueles, reclamaban protección y ayuda de su rey. Clamaban por un reino con justicia y una tierra con derecho.

A sus veinticinco años, don Fernando carecía de la bravura, la férrea voluntad y la energía de su padre. Sus tíos y primos le disputaban el trono y los grandes nobles ni acataban sus órdenes ni respetaban su autoridad.

Fernando IV pretendía someter a la nobleza rebelde, pero carecía de soldados para imponer la ley y la justicia real. Necesitaba la ayuda de algunos grandes del reino, todos ellos miembros de sangre real, como sus tíos don Juan Manuel y don Juan el de Tarifa, dueños de inmensas propiedades, más ricos y poderosos que el propio monarca.

Señores de extensos feudos en Villena, Cuenca, Galicia, Asturias, Vizcaya, La Rioja, Extremadura y el valle del Guadalquivir, los magnates del reino conspiraban contra su señor natural en permanentes conjuras que debilitaban día a día el poder del soberano.

—Necesito vuestra ayuda, tío —le pidió el rey Fernando a don Juan Manuel.

—Querido sobrino, mi padre don Manuel era hermano de nuestro abuelo el rey Alfonso el Sabio, de modo que por nuestras venas corre la sangre de nuestro antepasado común el rey Fernando, que ya goza de fama de santidad. Es mi obligación, como familiar vuestro que soy, ayudaros a conservar el trono; pero, señor mi rey, las leyes de la caballería, sobre las que algún día tal vez escriba un libro, obligan a los señores a corresponder a la ayuda de sus vasallos —ironizó el poderoso señor de Villena.

—¿Qué esperáis a cambio?

—Poseo abundantes feudos en Murcia y en Castilla, pero no tengo ningún cargo en la corte .

—¿Aceptaríais el puesto de mayordomo real? —le propuso el rey, tan solo tres años menor que su tío.

—Acepto.

Don Juan Manuel era el noble más poderoso del reino de Castilla, dueño de enormes propiedades y rentas, capaz de echar un pulso al rey y ganárselo.

—No me fío del señor de Vizcaya. Lo envié a Aviñón con la misión de que convenciera al papa para que ratificara la legitimidad del matrimonio de mis padres, pero creo que me ha engañado. Es un hombre demasiado ambicioso.

—Don Juan es vuestro primo y mi sobrino...

—Es hermano de don Fernando de la Cerda y tío de don Alfonso de la Cerda, que no ha renunciado a los derechos al trono y que asegura seguir poseyéndolos.

—Las Cortes de Castilla y de León ya zanjaron la cuestión sucesoria: vuestra alteza sois el monarca legítimo.

—Mis agentes me aseguran que el señor de Vizcaya está tramando una conspiración contra mí, y en ella están implicados varios miembros de la alta nobleza. Supongo, tío, que no sabéis nada de eso.

—Solo los rumores que corren por ahí, pero si hicierais caso de todos esos rumores, deberíais ordenar que encarcelaran a la mitad de vuestros súbditos.

—No es solo eso. Don Juan abandonó el sitio de Algeciras, que no pude conquistar por su traición.

El rey estaba planeando asesinar al señor de Vizcaya, al que consideraba el cabecilla de una conjura para derrocarlo, pero no se fiaba de nadie, pues

cualquiera de los nobles del reino podía estar implicado en esa trama, incluso el propio don Juan Manuel.

Fernando IV creía que la mejor manera de acabar con las traiciones de la nobleza era dar un gran escarmiento, y qué mejor que apresar a uno de sus más relevantes miembros, nada más y nada menos que uno de los nietos de don Alfonso el Sabio, confiscarle todos sus bienes y ajusticiarlo.

Ejecutar al señor de Vizcaya en la plaza de alguna de las ciudades importantes del reino, como Toledo, Burgos o Segovia, constituiría un golpe de autoridad extraordinario y un aviso para posibles nuevos candidatos a encabezar una conjura contra la autoridad real.

—Ya sois mi mayordomo, ¿qué creéis que debería hacer con don Juan Núñez?

—Querido sobrino —don Juan Manuel apeó el tratamiento real—, confisca las propiedades del señor de Vizcaya, pero no ordenes su ejecución.

—¿Por qué no debo hacerlo, dímelo?

—Porque si ya tienes en contra a la mitad de la nobleza, con la ejecución de don Juan te enfrentarás al rechazo de la otra mitad

—Mis agentes me han asegurado que cuando fue en mi nombre a Aviñón me engañó y que no cumplió mis órdenes, sino que trató de poner al papa en mi contra. Lo hizo siguiendo instrucciones de su sobrino don Alfonso de la Cerda, que sigue empeñado en arrebatarme el trono que en derecho me pertenece. Debería ejecutarlo.

—No cometas ese error. Si ordenas la ejecución de un nieto del rey Alfonso el Sabio, toda la nobleza se enemistará contra ti. No lo hagas, porque si te enfrentas a todos, no podrás salvar tu trono.

—¿Qué harías tú en ese caso?, ¿te pondrías en mi contra? —El rey Fernando también usaba el tuteo.

—Ya conoces las leyes de la caballería: un hombre de palabra y de honor, y yo lo soy, debe estar siempre al lado de su señor..., mientras su señor también sea un hombre de palabra y de honor. —Don Juan Manuel dibujó una leve y enigmática sonrisa.

Los reinos de Fernando IV vivían sumidos en el caos. Los magnates y los nobles más poderosos intrigaban constantemente para deponerlo. Si había logrado mantenerse en el trono pese a su minoría de edad, había sido gracias a la habilidad de su madre, doña María de Molina, que una y otra vez había logrado abortar todas las conjuras tramadas contra su hijo.

2

El rey Fernando comía y bebía sin moderación y de manera desordenada.

Carne y vino eran su comida y su bebida favoritas, lo que le provocaba un considerable desorden gástrico.

En abril del año 1311, en la ciudad de Palencia, se sintió muy enfermo.

Su esposa, la reina Constanza, hija del rey Dionisio I de Portugal, estaba embarazada de su tercer retoño. Las dos primeras, de las que solo sobrevivía Leonor, la primogénita, habían sido hembras.

Desde Palencia, con gran esfuerzo y consumido por la fiebre, el rey se trasladó hasta Toro, donde se detuvo para recuperarse de la enfermedad. Un tumor en la pierna derecha apenas le permitía caminar, y los médicos que lo trataban lo sometieron a sangrías con sanguijuelas, que no hicieron sino debilitarlo más.

Su trono atravesaba una situación tan delicada como su salud. Su hermano el infante don Pedro, ante la falta de autoridad del rey, encabezó otra conjura para hacerse con León y Galicia, algunos de cuyos nobles

ansiaban desde hacía tiempo la segregación de Castilla para formar un reino propio, como ya lo fuera antaño. Los leoneses consideraban que su reino era el más importante y antiguo, y que Castilla no era otra cosa que un condado de León, donde radicaba la esencia de la realeza.

La revuelta de don Pedro estuvo a punto de triunfar, de no haber sido por la pronta y eficaz intervención de doña María de Molina, que, una vez, más supo volver a mantener la corona en las sienes de su hijo.

3

Mientras el rey curaba su enfermedad en la villa de Toro, la reina Constanza dio a luz en Salamanca.

Tras haber parido dos hembras, al fin parió al ansiado hijo varón, al que bautizaron en la catedral con el nombre de Alfonso; el heredero fue enviado a Ávila para ser criado a expensas del cabildo de la catedral del Salvador.

Asegurada la descendencia masculina, el infante don Pedro se dio cuenta de que sus pretensiones de convertirse en rey de León y de Galicia carecían de posibilidad alguna de éxito; renunció a sus reivindicaciones y juró fidelidad al nuevo heredero.

María de Molina era quien sostenía el reino. Durante años había estado atenta a sofocar todas las conjuras y conspiraciones que sus propios parientes habían puesto en marcha para derrocar a don Fernando, cuya maltrecha salud no hacía sino empeorar el gobierno y alentar nuevas intrigas.

—La ambición ciega a los hombres. Todos los príncipes de esta familia quieren ser reyes. Ninguno se conforma con los grandes privilegios que les ha otorgado su alto nacimiento. Mis propios hijos don Pedro y don Felipe

desean sustituir a su hermano el rey don Fernando, mis cuñados don Juan de Tarifa y don Fernando de la Cerda estarían dispuestos a sentarse en el trono si tuvieran la fuerza necesaria para lograrlo. Estoy segura de que todos ellos se sienten capaces, legitimados y con derechos para ser los reyes de Castilla y León. —Doña María se quejaba con notable amargura ante su nuera la reina doña Constanza por los diversos movimientos que se detectaban entre los nobles para hacerse con el trono.

—Castilla y León ya tienen un heredero varón al frente —alegó doña Constanza.

—Tu hijo es un niño indefenso, y la enfermedad puede llevárselo en cualquier momento. Y tu esposo tiene una salud muy precaria. No sé cuánto aguantará, pero, dadas sus condiciones y el poco cuidado que pone en ello, me temo que no sobrevivirá demasiado tiempo.

—Si muere mi esposo, ¿qué será de nosotros?

—Mientras yo viva —asentó doña María—, mi nieto será el heredero legítimo, y no permitiré que nadie le arrebate el trono, nadie.

—Si es preciso, pediré ayuda a mi padre, don Dionisio —dijo Constanza.

—Dejemos a tu padre a un lado. Si Portugal interviene en nuestros asuntos, lo que podemos dirimir como un conflicto interno podría convertirse en un gravísimo problema, e incluso desencadenar una guerra de consecuencias imprevisibles. No, Portugal no tiene que intervenir de ningún modo en los asuntos de Castilla y León.

—¿Olvidáis que mi hijo don Alfonso también es nieto de don Dionisio?

—demandó doña Constanza.

—No, por supuesto que no lo olvido, pero tu hijo es el heredero de Castilla y de León, y me temo que pronto será rey, un monarca en minoría de edad, rodeado de ambiciosos príncipes que anhelan sentarse en su trono.

Debemos resolver nuestros problemas entre nosotros, sin injerencia de un reino extranjero —sentenció doña María.

Conforme se deterioraba la salud del rey Fernando, cuyos médicos se sentían incapaces de mejorar, los magnates del reino cerraban coaliciones y pactos con la vista puesta en un inminente desenlace y en el reparto de los bienes del reino.

En los últimos meses del año 1311, dos bandos se disputaban el control del trono.

Uno de ellos estaba encabezado por el infante don Pedro, hermano del rey Fernando IV, a quien apoyaban las reinas doña María y doña Constanza; y el otro lo dirigía el infante don Juan, tío abuelo del rey, quien buscaba el apoyo de doña Constanza, a la que no cesaba de enviarle peticiones para que se pasara a su lado.

4

La nueva conspiración se puso en marcha.

El infante Juan el de Tarifa y Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya, se reunieron para sellar un pacto de sangre.

—Cada día que pasa, mi sobrino el rey está más débil. Este es el momento que esperábamos para acabar con él —propuso Juan de Castilla, hijo de Alfonso X.

Desde que murió Sancho IV, este infante, al que todos llamaban «Juan el de Tarifa», aspiraba a convertirse en rey. Hacía diez años, en la minoría de edad de su sobrino el rey Fernando IV, que se había proclamado rey de León, de Galicia y de Sevilla, pero poco después renunció a ese trono, pidió perdón y se sometió a Fernando IV. Pese al arrepentimiento público, en el

fondo de su corazón no había perdido la ambición que lo guiaba desde tiempo atrás, aunque ya había renunciado a todas sus pretensiones y ahora apoyaba a su sobrino don Pedro como futuro rey.

—Sí, este es el momento para derrocarlo definitivamente —asentó el señor de Vizcaya.

—¿Habéis hablado con doña María?

—Le hemos enviado un correo y estamos esperando su respuesta, pero me temo que no apoyará nuestra rebelión. La reina viuda, como siempre ha hecho, defenderá la causa de su hijo don Fernando.

—Entonces, no podemos contar con ella.

—No. Vuestro sobrino don Pedro sigue siendo nuestro candidato al trono. De los hijos de don Sancho es el que concita mayor apoyo de los nobles. En cuanto derroquemos a don Fernando, proclamaremos rey a su hermano don Pedro.

—Si no contamos con su apoyo, habrá que neutralizar a doña María. Si consigue reunir en bando a varios nobles, y esa mujer tiene argumentos suficientes para hacerlo, nuestro plan fracasará.

—Lo estamos intentando, pero doña María mantiene fuertes apoyos en las tierras de su señorío de Molina y en comarcas linderas con Aragón.

La respuesta de María de Molina a la propuesta de Juan de Castilla y del señor de Vizcaya para que abandonara a su hijo el rey Fernando y apoyara a los nobles rebeldes fue contundente: el rey legítimo era don Fernando, y ella, como madre y reina, lo apoyaría y sostendría con todas sus fuerzas.

Una vez más, esa nueva conjura fracasó, aunque algunos rebeldes se resistían a admitir su derrota.

—Todavía podemos triunfar. Disponemos de varios centenares de

caballeros y de más de dos mil peones; si nos adelantamos y asestamos un golpe de mano, podemos ganar esta partida —propuso Juan de Castilla.

—No, sin el apoyo de la reina doña María estamos condenados al fracaso —asentó Juan Núñez.

—En esta situación, ¿qué podemos hacer?

—Buscar un pacto con el rey.

—¿Estará dispuesto a hacerlo?

—Por supuesto. Sabemos que está débil y enfermo, y que tiene graves problemas con Aragón y con los moros de Granada; su heredero solo tiene tres meses edad, y la mayoría de la nobleza no lo apoyaría en una guerra por el trono. No le queda más remedio que pactar con nosotros.

Y así fue. A finales de octubre de 1311, Fernando IV firmó en Palencia una concordia con los nobles rebeldes. El rey se comprometió a respetar todos los bienes, haciendas y propiedades de la nobleza, que mantuvo sus ya abundantes y abusivos privilegios. A cambio, los magnates de todos sus reinos le prometieron fidelidad y lealtad, y se comprometieron a respetar lo acordado y a jurar al pequeño Alfonso como heredero legítimo de Castilla y León.

Una vez más, y ya eran muchas, María de Molina había logrado mantener a su hijo en el trono.

Acordada la paz con los nobles, para retener el poder real Fernando IV

también necesitaba firmar una paz duradera con la Corona de Aragón, cuyo monarca, el astuto Jaime II, gozaba de un prestigio y un poder acrecentados porque el papa le había concedido el derecho a la conquista del reino de Cerdeña, que sumado al de otros territorios del Mediterráneo andaba

camino de convertir al rey de Aragón en el monarca más poderoso e influyente de la cristiandad.

El rey de Castilla ya había cedido ante el de Aragón al concederle el dominio sobre las tierras de Alicante, Orihuela y Elche, que habían pertenecido por derecho de conquista a los castellanos; pero en 1304

pasaron a formar parte de la Corona de Aragón, integradas en el reino de Valencia. Aprovechando la minoría de edad de Fernando IV, Jaime II había invadido esas posesiones castellanas, alegando que habían sido conquistas aragonesas y que, por tanto, debían pertenecer a la Corona de Aragón. Las ocupó sin apenas resistencia. El aragonés renunció al dominio sobre Murcia, a pesar de haber sido una conquista de Jaime I, y la devolvió a Castilla, pero a cambio de que le cedieran el dominio perpetuo de Alicante, Elche y Orihuela.

Neutralizado el nuevo intento de golpe de la nobleza y calmados sus reinos, al menos por el momento, Fernando IV se dedicó a asentar la paz con Aragón para afrontar con las espaldas cubiertas el reto de la conquista del reino moro de Granada, la última tierra bajo domino musulmán que quedaba al norte del estrecho de Gibraltar.

Los reyes de Aragón y de Castilla se citaron en la villa de Calatayud en el mes de diciembre de 1311. En las semanas previas al encuentro, los embajadores de ambos monarcas se reunieron en varias ocasiones para cerrar los principios del tratado.

Las sierras que perfilan el valle del río Jalón amanecieron nevadas aquella mañana de diciembre.

A sus cuarenta y cuatro años de edad, Jaime II de Aragón se encontraba en la plenitud de su poder y de su vida. Nieto del gran Jaime I, hijo de Pedro III y hermano de Alfonso III, tenía una enorme experiencia como político, negociador y guerrero.

Empeñado en acrecentar los dominios de la Corona de Aragón, su gran proyecto consistía en dominar todas las tierras ribereñas del Mediterráneo occidental, desde Sicilia hasta el estrecho de Gibraltar. Aunque el reparto de Al-Andalus estaba ya acordado y la conquista de Granada era para Castilla, el aragonés no había renunciado a que una parte del reino nazarí, en concreto los territorios de Almería, cayeran en manos de la Corona de Aragón, como ya había ocurrido con los de Alicante.

El encuentro de los dos reyes fue muy cordial.

—Querido primo —le dijo Jaime II a Fernando IV, utilizando el tratamiento afectuoso entre los reyes—, te apoyaré en la conquista de Granada, pero, a cambio de mi ayuda, una sexta parte de ese reino será para Aragón, en concreto el territorio de Almería. Desde que hace dos años se resistiera esa ciudad a mi conquista, tengo una espina clavada.

Jaime II se refería al sitio de Almería que él mismo había dirigido sin éxito. El control del puerto de esa ciudad era primordial en los planes de la Corona de Aragón para el dominio de las costas del norte de África.

—Está bien: Almería será para Aragón en cuanto caiga Granada —

aceptó Fernando IV.

—Cuando nuestros antepasados se pusieron de acuerdo y se aliaron en su lucha contra los moros, nuestros reinos progresaron y ambos ganaron tierras y riquezas. Debemos aprender del pasado y cerrar una sólida alianza entre nuestras Coronas.

—Estoy convencido de ello. Si la marina de Aragón bloquea el Estrecho y evita que los granadinos reciban ayuda de sus hermanos africanos, mis huestes tendrán más fácil la conquista de Granada.

—Ratificaremos este pacto con sangre, la de nuestros propios hijos.

Como bien sabes, mi padre acordó que yo me casara con tu hermana Isabel, pero ese matrimonio no llegó a consumarse ni a consagrarse por la Iglesia,

de modo que quedó anulado, aunque bien pudimos haber sido cuñados. La unión de la sangre real es sagrada; es precisamente la sangre lo que nos hace a los reyes distintos del resto de los mortales; es la sangre real lo que sacraliza nuestras personas y nos convierte en soberanos a los ojos de Dios y de los hombres. No lo olvides.

—Así me lo han enseñado —asentó Fernando IV.

—Este acuerdo debe ser ratificado con sangre real. Como ya han acordado nuestros embajadores, tu hija doña Leonor me será entregada para que sea educada en mi casa, y en cuanto alcance la mayoría de edad se casará con mi hijo y heredero don Jaime. Y mi hija doña María se casará con tu hijo y heredero don Alfonso. Este doble enlace sellará nuestro acuerdo.

—Sea —asentó el rey de Castilla y León.

—Dios lo quiere —dijo Jaime II.

El doble acuerdo matrimonial se ratificó en sendas escrituras junto a los demás acuerdos adoptados en Calatayud.

Los consejeros del castellano no parecían del todo contentos. Los hijos del rey de Aragón eran mayores en edad que sus homólogos castellanos.

Tanto Jaime como María les sacaban doce años a Leonor y a Alfonso, lo que los colocaba en clara ventaja.

En cualquier caso, los dos hijos del rey de Castilla tenían cuatro y un año, de manera que todavía quedaba mucho tiempo por delante hasta que se pudieran celebrar y consumar sus matrimonios con sus novios aragoneses.

Y quién sabe cuántas cosas podrían cambiar hasta que llegara ese momento.

Los problemas del rey de Castilla no acabaron con los acuerdos de Calatayud.

La astucia de Jaime II de Aragón se volvió a manifestar con rotundidad.

Sabedor de las dificultades que atravesaba Fernando IV para mantenerse en el trono, acordó que una de sus hijas, la infanta doña Constanza, se casara con el infante don Juan Manuel, el poderoso señor de Villena.

Don Juan Manuel, hombre culto y refinado, era hijo del infante don Manuel, el menor de los hijos del rey Fernando III. Viudo de la infanta Isabel, hija del rey Jaime II de Mallorca, había acordado su segundo matrimonio con Constanza, hija del rey Jaime II de Aragón, cuando esta solo tenía seis años de edad. Desde entonces, la niña se había criado en el castillo de Villena, en espera de que cumpliese los doce años, la edad legal para que una mujer pudiera casarse en Castilla.

Dueño de grandes dominios, don Juan Manuel era el propietario de la espada Lobera. En la familia real castellanoleonesa se decía que, momentos antes de su muerte, el rey Fernando III había llamado a su presencia a su hijo menor y le había dicho que no le podía legar reino alguno, pues esa herencia le correspondía al primogénito, pero que le entregaba su espada más preciada, con la que había conquistado Córdoba y Sevilla.

—Esta es la espada Lobera. —Don Juan Manuel se la mostró orgulloso a su suegro, el rey Jaime de Aragón.

—No parece gran cosa —ironizó el aragonés.

—Es el símbolo de la realeza de nuestro linaje. Se cuenta que fue propiedad del conde Fernán González, el fundador del condado de Castilla, que andando el tiempo dio origen al actual reino, hace ya más dos siglos y medio. El conde la usaba en sus cacerías; muy pronto le atribuyeron poderes mágicos, de modo que también la empuñó en sus batallas. Es una espada que obra milagros.

—¿Lo habéis comprobado vos mismo? —preguntó el rey de Aragón.

—Quien empuña esta espada en un combate siempre resulta vencedor

en la contienda. Tomadla.

Jaime de Aragón empuñó la espada Lobera y la blandió. Le pareció un arma bien equilibrada pero normal, sin nada que la hiciera especial.

—Mañana os convertiréis en mi yerno. Espero que si esta espada participa en alguna batalla, sea a favor de Aragón.

—Yo soy castellano, señor...

—Mañana mi hija Constanza se convertirá en vuestra esposa, y los hijos de vuestra unión llevarán la sangre real de Aragón en sus venas. Ya sabéis que, a diferencia de lo que ocurre en Castilla y León, las mujeres no pueden gobernar esta tierra, pero sí pueden transmitir la potestad regia. De modo que, si Dios lo quiere, alguno de vuestros hijos podría ocupar mi trono, y supongo que en ese caso esa espada sería suya.

—Soy miembro del linaje de los reyes de Castilla, no podría ir en contra de mi reino, ni de mi sangre —dijo don Juan Manuel.

—Tal vez la solución a este dilema sea que Aragón y Castilla se fundan en un mismo reino. ¿Acaso no fue esa la intención de nuestros antepasados los reyes don Alfonso el Batallador y doña Urraca?

—Lo fue, aunque las crónicas cuentan que aquel matrimonio resultó un fracaso y acabó anulado. Don Alfonso era un formidable guerrero, pero no tenía demasiadas ganas de engendrar descendencia. He leído en algunas historias que prefería la compañía de los soldados a la de las mujeres.

—El destino es inescrutable —cambió don Jaime de tema—. Vuestro sobrino el rey Fernando tiene muy mala salud. Mis espías en la corte de Castilla me informan de que no vivirá mucho tiempo. Su heredero, el infante don Alfonso, ni siquiera ha cumplido su primer año de vida, y la infanta Leonor será la esposa de uno de mis hijos, de modo que la corona de Castilla bien podría recaer en vos, don Juan Manuel, o en vuestros hijos.

Pensad en ello.

La boda de Constanza de Aragón con don Juan Manuel se celebró a comienzos de abril en la villa de Játiva, en el reino de Valencia, justo cuando Constanza cumplió doce años. No fue del agrado del rey Fernando IV de Castilla, que veía en su pariente un competidor.

5

Había conquistado la ciudad de Gibraltar, pero había fracasado en la toma de Algeciras, por lo que el rey Fernando IV buscaba resarcirse de esa frustración.

Necesitaba un triunfo importante que hiciera olvidar el fiasco de Algeciras. Conquistar Granada resultaría el mayor de los éxitos, pues con la caída de la ciudad todo ese reino se derrumbaría y dejaría de haber territorios bajo dominio musulmán en la Península. El sueño de una Hispania totalmente cristiana parecía estar a su alcance.

Para lograrlo necesitaba unir a todas las fuerzas de sus reinos, pero sus agentes le informaban sobre las aviesas intenciones de algunos nobles, nada propicias a los intereses de la corona y sin intención alguna de ayudar a su rey.

Los magnates no cesaban de cuestionar su autoridad. Varios de ellos se consideraban con los mismos derechos y privilegios que el soberano, y no perdían la ocasión de demostrarlo. Dueña de extensos dominios, la alta nobleza vivía sumida en un permanente juego de intrigas, siempre aspirando a ganar más tierras, sumar más títulos, atesorar más riquezas y acumular más poder.

En el verano de 1312 Fernando IV andaba empeñado en conquistar varios castillos en el sur de Jaén, en la frontera con el reino moro de

Granada, para asentar las bases estratégicas desde las que lanzarse a la conquista del rico sultanato de los nazaríes. Para lograrlo necesitaba que sus dominios se mantuvieran en paz, pero había demasiados interesados en impedirlo.

Las conjuras se desataban por todas partes. Una de ellas la encabezaron dos hermanos llamados Pedro y Juan Alfonso de Carvajal, que fueron acusados de tramar un atentado contra la corona, al asesinar una noche en una emboscada a Juan Alonso Gómez de Benavides, privado del rey y hombre de su absoluta confianza.

—Alteza —anunció un consejero real—, hemos apresado a los asesinos de Benavides. Son dos escuderos, los hermanos Carvajal. Los tenemos presos en esta villa.

Fernando IV estaba en la villa de Martos, preparando la toma de Alcaudete.

—¿Es seguro que han sido esos dos los asesinos de don Juan? —

demandó el rey.

—Todos los indicios y presunciones que hemos reunido así lo indican.

—¿Han confesado su crimen?

—No, señor. Los escuderos lo niegan. Dicen que Dios es testigo de su inocencia, pero las pruebas en su contra son contundentes. Aquí están las declaraciones. —El consejero entregó un memorial con los detalles.

—En ese caso, condeno a muerte a los hermanos Carvajal.

—¿Cómo han de ser ejecutados?

—Serán introducidos en una jaula de hierro, con pinchos hacia dentro, y arrojados al vacío desde lo más alto de la peña de Martos.

La peña de Martos era un escarpado monte de piedra, con un cortado rocoso a modo de precipicio, en cuya cumbre se alzaba el castillo y a cuyo pie se extendía el caserío de la villa.

Los oficiales del rey comunicaron a los dos hermanos la sentencia.

Ambos dos se declararon inocentes, clamaron justicia y alegaron que el rey los condenaba a muerte sin razón ni prueba alguna.

Uno de ellos proclamó a gritos, y en nombre de la justicia divina, que emplazaba al rey Fernando en un período de treinta días ante el Altísimo para que compareciera y diese razón de su injusticia al mismo Dios.

Informado de esa amenaza, el rey no se dejó convencer por esta treta y ordenó que se ejecutara la sentencia de manera inmediata. Mediado el mes de agosto, los dos escuderos fueron despeñados dentro de la jaula y acabaron muertos, hechos jirones entre los riscos de la peña de Martos.

Don Juan Manuel acababa de despertarse. Había pasado la noche en brazos de su jovencísima esposa la infanta Constanza de Aragón, a la que había desflorado recién cumplidos los doce años. Se levantó con apetito.

Mientras desayunaba en su castillo de Villena, un mensajero se presentó con una noticia urgente. Había cabalgado toda la noche para llevarla cuanto antes a su señor.

—¿Cómo ha sido? —preguntó don Juan Manuel.

—Nadie lo sabe, mi señor. El rey comió carne y bebió vino en abundancia, como acostumbraba pese a las recomendaciones de los físicos para que moderara la ingesta de comida y bebida. Ya sabéis el dicho de que

«Comer y beber sin mesura daña la natura». Se acostó para dormir una siesta en una sala del castillo de Jaén, y, según dicen, aunque había estado enfermo en las semanas anteriores y había sido sometido a varias sangrías para intentar curar un tumor que tenía en la pierna derecha, esa tarde no se encontraba mal de salud. Pasaban las horas y no se despertaba, de modo que un criado lo llamó en reiteradas ocasiones, y ante el silencio como

respuesta, entró en el aposento y lo encontró muerto. Nadie lo vio morir, nadie supo lo que le pudo ocurrir.

—¿Lo envenenaron?

—Los físicos que estaban con el rey y examinaron su cadáver aseguran que no presentaba síntomas de haber ingerido veneno alguno, ni tampoco se apreciaban signos de violencia en su cuerpo. Lo que se cuenta que le ocurrió es casi sobrenatural —relató el mensajero con la mirada llena de miedo.

—Explícate.

—Unas semanas antes de morir, don Fernando había ordenado ejecutar a dos escuderos a los que se acusó de ser los asesinos de su valido y hombre de confianza. Ambos escuderos, que eran hermanos, juraron que eran inocentes y para demostrarlo emplazaron al rey a comparecer antes de treinta días ante el tribunal del mismísimo Dios Padre.

—¡Qué!

—Poco antes de ser despeñados en Martos y ejecutados, los dos hermanos anunciaron que en el plazo de un mes se encontrarían frente a frente con don Pedro, pero no aquí en la Tierra, sino en un juicio divino en el más allá.

—Eso suena a una maldición.

—A mí me dijeron que era un emplazamiento. En cualquier caso, el rey estaba muy preocupado por lo sucedido y su ánimo se alteraba y conmovía, más aún conforme se acercaba el final de ese periodo de un mes vaticinado por los escuderos. En la corte de Castilla se rumorea que la muerte del rey Fernando ha sido consecuencia de la aplicación de la justicia divina y que ha pagado su culpa por la injusta ejecución de dos inocentes.

—Patrañas...

—Dos días antes de que se cumpliera el plazo, don Fernando se trasladó

desde Martos a Jaén. Tenía la intención de acudir a tomar posesión del castillo y la villa de Alcaudete, conquistada por su hermano a los moros dos días antes, pero..., bueno, ya sabéis el resultado, mi señor.

—Impartir justicia requiere de una extraordinaria atención por parte de los jueces. En el libro del Génesis se lee que Dios demandará al juez que cause sangre sin haber mediado un pecado.

—Mi señor, algunos dicen que el rey no obró con justicia en el caso de esos dos hombres. Algunos ya lo llaman «don Fernando el Emplazado».

La extraña y misteriosa muerte de Fernando IV de Castilla conmocionó a muchos de sus vasallos. Hubo quienes consideraron que había sido envenenado por una facción de nobles preocupados porque este soberano tenía la intención de recortar los privilegios de la alta nobleza en beneficio de los infanzones, los artesanos, los mercaderes y los labradores; otros decían que había fallecido a causa de sus excesos con la comida y con el vino, y otros aducían que se trataba de un castigo divino por haber ejecutado a dos inocentes. Solo Dios podía saberlo.

Pero, a veces, las maldiciones se cumplían, incluso con los monarcas.

6

A comienzos de septiembre hacía mucho calor. El sol abrasaba los cerros de Jaén como una invisible cortina de fuego.

—Tenemos que sacar de aquí el cuerpo del rey, o se descompondrá pese a los aceites, ungüentos y bálsamos que le han aplicado los físicos judíos.

Hablaba el infante Pedro de Castilla, hermano del fallecido monarca, que se había trasladado hasta Jaén con la reina viuda doña Constanza para hacerse cargo del cadáver de Fernando IV.

—Mi esposo manifestó su voluntad de ser enterrado en Sevilla, junto a su abuelo don Alfonso el Sabio.

—En Sevilla se han desatado algunas revueltas callejeras, quizá no sea un lugar seguro, al menos por el momento. Córdoba está más cerca; lo llevaremos allí —dijo don Pedro.

—El consejo del reino te ha encomendado la custodia de mi hijo don Alfonso.

—Que cumpliré con cuidado.

—Yo ejerceré la tutoría.

—Sea.

Alfonso XI de Castilla y León tenía un año de edad. Comenzaba una larga minoría de trece años en la que el panorama que se vislumbraba presagiaba demasiadas dificultades.

La nobleza siguió maquinando sobre cómo conseguir más ventajas y privilegios, ahora con más insistencia ante la debilidad de un rey niño sentado en el trono; los musulmanes granadinos se reforzaron para mantener su independencia ante los planes de conquista de los castellanos, que quedaron paralizados a la muerte de Fernando IV, y la Corona de Aragón asentó su dominio sobre las tierras conquistadas de Alicante, Orihuela y Elche, e incluso planeó la anexión del reino de Murcia, aunque no la ejecutó.

Tras depositar los restos de don Fernando en Córdoba, la reina Constanza se fue alejando de don Pedro y se acercó a don Juan el de Tarifa, que hacía tiempo que buscaba aliarse con ella.

Negros nubarrones amenazaban con descargar una terrible tormenta sobre el reino.

La reina viuda necesitaba ayuda. Constanza era hija del rey de Portugal, y por parte de su madre doña Isabel estaba emparentada con los reyes de Aragón, así que pidió auxilio a Jaime II para que la apoyara durante la minoría de edad de su hijo.

—Vuestro tío el rey de Aragón acepta tutelar a vuestro hijo don Alfonso y se compromete a garantizar que velará por sus derechos durante su minoría y asegurará su permanencia en el trono —le comentó el mayordomo real a la reina.

—¡Alabado sea Dios! La ayuda de mi tío es imprescindible para que mi hijo conserve el reino.

—Además, vuestro padre, el rey Dionisio, ha comunicado que Portugal no se inmiscuirá en los asuntos de Castilla. Parece que vuestra madre, doña Isabel, lo ha convencido para que se mantenga al margen de cualquier intervención.

—Mi madre es una mujer extraordinaria. Cuando llegó a Portugal, con apenas diez años de edad, ya era una jovencita llena de piedad y de bondad.

Supo ganarse a su pueblo y ahora es amada por los portugueses, que la consideran su mejor reina.

Lo era. Isabel de Aragón, nieta de Jaime I el Conquistador y del emperador Federico de Suabia, era paciente, educada y sutil. Esposa de Dionisio de Portugal, soportaba con paciencia las constantes infidelidades de su esposo, que tenía una legión de hijos bastardos, tanto de mujeres nobles como plebeyas. Doña Isabel, mujer de profundos sentimientos y de hondas creencias religiosas, rechazaba la conducta lujuriosa de su marido; sus firmes convicciones cristianas le hacían abominar de cualquier forma de pecado, pero era caritativa y acogía incluso a algunos de los bastardos reales en la corte de Lisboa, a los que trataba como los hijos del rey que eran.

Don Dionisio era un amante de la buena vida y de todos los placeres terrenales. Le gustaban la música y la poesía, los más deliciosos manjares y las mujeres bellas. Era un notable trovador, y gran mecenas de las artes y las letras portuguesas. Quería convertir a Portugal en un reino tan poderoso y fuerte como Castilla y León, y para ello necesitaba dotarlo de firmes señas de identidad y convencer a sus súbditos de que podían emprender grandes hazañas. En algunas veladas, en conversaciones con sus consejeros, soñaba con construir un gran imperio que se extendiera desde el curso del río Miño hasta el Algarbe y desde allí al otro lado del estrecho de Gibraltar por todo el norte de África. Hombre culto y refinado, había fundado una escuela de artes en Lisboa, que pronto trasladó a la ciudad de Coimbra, elevándola a la categoría de universidad, como ya habían hecho los castellanos en Palencia, los leoneses en Salamanca y la Corona de Aragón en Lérida.

—Sois la tutora de vuestro hijo el rey Alfonso. Tendréis qué decidir cuál va a ser su educación —le dijo el mayordomo a la reina Constanza.

—Mi hijo crecerá con los mismos valores y virtudes que me enseñó mi madre: fe en Dios, misericordia y caridad para los débiles, y constancia en el esfuerzo.

—Señora, un rey debe mantener su corona, y para ello ha de educarse como un guerrero, no como un clérigo; y también necesita conocer el ejercicio del gobierno, aprender las tácticas de la guerra, prepararse para la batalla...

—Mi hijo será educado en la paz y en el amor a Dios y a los hombres.

—La generosidad y la caridad son virtudes cristianas, pero también lo son la fortaleza, la diligencia y la templanza. Un rey debe atesorarlas todas, porque ha sido designado por la gracia de Dios y ungido por el santo óleo para regir un reino. A veces, mi señora, gobernar requiere de mano dura, e

incluso se debe aplicar la justicia real con toda la fuerza si fuera necesario para salvaguardar la integridad del reino y la defensa de sus súbditos.

»Desde que murió el rey don Alfonso el Sabio, los reinos de Castilla y León se han visto sometidos a demasiados conflictos. La minoría de vuestro esposo se saldó con éxito, y don Fernando pretendía gobernar con mano firme y buen tino hasta que aconteció su desgraciada muerte. La minoría de vuestro hijo don Alfonso ha despertado de nuevo la codicia de los magnates de estos reinos, siempre dispuestos a conseguir más privilegios aprovechando cualquier atisbo de debilidad de la corona.

»Señora, nobles muy poderosos acechan en las sombras para conseguir más dominios y más riquezas si no hay un brazo poderoso al frente del trono que sea capaz de detenerlos en su ambición.

—¿Qué me recomendáis?

—Mi reina, para mantener a vuestro hijo en el trono, al menos hasta que alcance la mayoría de edad y sea capaz de gobernar por sí mismo, necesitáis la ayuda de vuestros parientes portugueses y aragoneses, sí, pero también la de los principales nobles castellanos y leoneses. La nobleza de estos reinos es muy poderosa, más que cualquier otra de esta tierra de España.

—¿Y en quién debo apoyarme? ¿Hay alguien en quien pueda confiar?

—Todos los nobles que conozco son egoístas y ambiciosos. En ocasiones puede ocurrir que se alíen entre ellos si así consideran que van a conseguir alguna ganancia, pero no dudarán en traicionarse unos a otros en cuanto cualquiera de ellos estime que puede obtener alguna ventaja engañando a los demás.

—Entonces, ¿no puedo fiarme de nadie?, ¿ni de uno solo de ellos? —

demandó la reina Constanza con notoria desesperanza.

—Tal vez de don Juan Manuel. Es muy ambicioso, pero también es un hombre de honor. Es pariente de vuestro hijo, y ahora además vuestro de

sangre también, pues se ha casado con la hija de vuestro tío el rey Jaime de Aragón, y mantiene muy buenas relaciones con vuestro padre el rey Dionisio. Es lo suficientemente poderoso como para equipararse a cualquiera de los reyes cristianos y mucho más rico que la mayoría de ellos; y posee una notoria ventaja sobre los demás magnates...

—¿Una ventaja...?

—Sí: concita el mayor de los consensos. En caso de que estallara un conflicto entre los miembros de la alta nobleza, a don Juan Manuel lo seguirían muchos de ellos, quizá la mayoría.

—Obraré como me aconsejáis; buscaré un acuerdo con don Juan Manuel.

Los dos bandos, encabezado uno por el infante Pedro de Castilla y otro por el infante Juan de Tarifa, anhelaban hacerse con el control del rey niño.

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