Matar al rey

Jose Luis Corral · Capítulo 2 de 13 · parte 4/4

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Matar al rey

1. La minoría del rey

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—¿Podrás lograrlo?

—Hijo, ¿acaso no me conoces? He vivido situaciones mucho más graves a lo largo de mi vida. Tuve que convencer al papa para que legitimase mi matrimonio con tu padre y lo admitiera como verdadero rey de Castilla y León; tuve que enfrentarme a las poderosísimas fuerzas que durante la minoría de tu hermano Fernando cuestionaron que fuera el rey y evité en varias ocasiones las conjuras que se maquinaron para deponerlo; tuve que navegar en medio de tenebrosas tempestades para evitar que los nobles arrancaran la corona de su pequeña cabeza; tuve que sufrir cómo, ya mayor de edad, se convirtió en un títere en manos de los magnates, y consentir que eso sucediera para que no perdiese el trono; tuve que sufrir su muerte y logré que las Cortes ratificaran a Alfonso como sucesor y heredero legítimo, pese a que solo tenía un año de edad y ni siquiera podía tenerse en pie, y tuve que admitir la regencia conjunta de tu hermano Pedro y de tu tío

Juan para evitar que estos reinos se sumieran en una sangrienta guerra fratricida.

»Ya ves, hijo, las circunstancias, y la voluntad de Dios, me han sometido a pruebas durísimas, pero siempre he salido adelante.

María de Molina evitó mencionar que algunos magnates gallegos habían utilizado al propio Felipe para acabar con el reinado de Fernando, y que Felipe había sido jurado por algunos de ellos como rey de León y de Galicia años atrás, aunque había renunciado a ese trono en pro de la unidad de la corona.

—Madre, te prometo que cumpliré con mi deber. Desde ahora declaro mi lealtad a mi sobrino don Alfonso, y lo reconozco como mi rey y señor; y acepto ser el regente de Castilla y León hasta que alcance la mayoría de edad.

La reina viuda abrazó a su hijo y lo besó en las mejillas. Felipe era el menor, y habría sido un monarca decidido y valiente si el tiempo y la voluntad de Dios así lo hubieran querido, pero el derecho de primogenitura lo había relegado del trono.

—Comienza a ejercer como tal y da la orden para que tu hueste deje de hostigar a las aldeas de Segovia.

—Así lo haré.

—Júralo.

—Lo juro, madre, lo juro.

En tanto el consejo de regencia y las Cortes ratificaban a don Felipe como regente, los cadáveres de los dos infantes muertos en la vega de Granada fueron llevados a Burgos, donde recibieron sepultura, tal cual había sido la voluntad de ambos.

Tras no pocas tensiones y debates, los nobles, altos eclesiásticos y nuncios de los principales concejos de Castilla y León aceptaron la propuesta de la reina viuda doña María para que el infante don Felipe, don Juan Manuel y Juan el Tuerto ejercieran la corregencia del rey don Alfonso, en tanto la tutoría seguiría en manos de la reina.

En el palacio real de Valladolid, un niño de ocho años recibía lecciones de gramática y latín junto a su hermana Leonor, cuatro años mayor.

—¿Cuándo seré rey? —le preguntó don Alfonso a su preceptor.

—Ya lo sois, señor.

—No; todos decís que soy el rey y me llamáis alteza y señor, pero no puedo hacer lo que quiera y tampoco puedo salir de este palacio cuando me apetece.

—Alteza, las leyes de estos reinos otorgan la mayoría de edad para ejercer el gobierno a partir de los dieciséis años, aunque de manera extraordinaria puede adelantarse a los catorce; hasta ese momento vuestros reinos serán gobernados por los regentes, vuestros parientes don Felipe, don Juan Manuel y don Juan.

—¿Y mi abuela?

—Doña María es vuestra tutora.

—¿Tutora?, ¿qué es tutora?

—Dado que todavía sois menor de edad, vuestra abuela es la persona que os representa y que dirige vuestra educación.

—Quiero ser rey y quiero mandar en mis reinos.

—Alteza, deberéis esperar seis años más...

—¡Seis años! ¿Has oído, Leonor?, ¡seis años!

—Hermano, seis años es mucho tiempo, pero luego tendrás toda la vida para ser rey y mandar sobre todos nosotros —respondió la infanta.

—El tiempo discurre más deprisa de lo que suponéis, señor. A vuestra

edad un año os puede parecer toda una vida, pero conforme vayáis creciendo, las años discurrirán como estaciones, las estaciones como meses y los meses como semanas.

—¿Cuántos años tienes tú? —le preguntó el rey a su maestro.

—La próxima primavera cumpliré cincuenta, señor.

—¡Cincuenta! ¿Acaso eres el hombre más viejo del mundo?

—No, los hay más viejos que yo. Vuestra abuela doña María tiene cincuenta y cinco y todavía hay gente más vieja; el papa Juan pronto cumplirá setenta y cinco.

—¡Setenta y cinco años!

—Y ahora, alteza, debemos volver a vuestros estudios.

—Un rey no necesita estudiar.

—Claro que lo necesita. Un rey ha de gobernar su reino con justicia, y para ello debe conocer las leyes y entender las palabras que contienen; para eso estudiáis latín y gramática.

—¿Y una reina? ¿Porque voy a ser reina, verdad? —preguntó Leonor.

—¡Oh, sí, mi señora! Vais a serlo pronto. Apenas teníais cuatro años cuando el rey de Aragón solicitó a vuestro padre el rey don Fernando vuestra mano para su hijo, el príncipe aragonés don Jaime, el heredero de todos los reinos y Estados de la Corona de Aragón. Ya habéis cumplido los doce años de edad, en unos días viajaréis a ese reino para casaros con don Jaime, y cuando vuestro futuro esposo suba al trono, vos seréis su reina, la reina de Aragón.

Ese mismo verano de 1319 se había recibido una carta del papa Juan XXII en la que conminaba al rey Jaime II de Aragón a cumplir el acuerdo de esponsales de 1311 y proceder a casar a su hijo Jaime con Leonor de Castilla, y el aragonés había escrito de inmediato a doña María de Molina para cerrar la fecha de la boda.

La comitiva que iba a escoltar a Leonor hasta las tierras del rey de Aragón estaba preparada a la puerta del palacio real de Valladolid.

En el patio esperaba el carruaje engalanado con las armas de Castilla y León que iba a trasladar a la infanta.

—Vas a ser reina antes que yo rey —le dijo don Alfonso a su hermana cuando se despedían.

—Tú ya lo eres, hermano. Dicen que el rey don Jaime, mi suegro, tiene poco más de cincuenta años; si vive tanto tiempo como el papa...

—¿Cuántos años tiene tu esposo?

—Don Jaime ha cumplido veintitrés.

—¡Tantos! ¿Vas a casarte con un viejo?

—Es mi deber. Recuerda lo que nos han enseñado: los reyes y los hijos de los reyes debemos cumplir con nuestra obligación, y la mía es casarme con el príncipe de Aragón para que nuestros reinos sigan en paz.

—¿Cuándo volveré a verte?

—No lo sé, hermanito, no lo sé. Pero te prometo que te escribiré cartas y así tendrás noticias mías. ¿Te das cuenta?, para eso sirve aprender a leer, para que puedas escuchar mi voz escrita en un papel y saber cómo me siento.

Los dos hermanos se abrazaron. Nunca se habían separado, siempre habían estado juntos.

—Señores, tenemos que partir... —les dijo el capitán de la escolta.

Leonor subió al carruaje y tras ella las dos damas de compañía, de plena confianza, que la reina doña María de Molina había designado para acompañar a su nieta, y a las que acabó de dar las últimas instrucciones.

Al estallido de la tralla, las cuatro mulas que tiraban de la carreta arrancaron al paso y pusieron rumbo a Aragón.

—¿Cuándo volverá Leonor, abuela? —le preguntó don Alfonso a María

de Molina, que había cogido de la mano al rey niño.

—Solo Dios lo sabe, Alfonso, solo Dios conoce nuestro destino.

Corría la última semana del mes de octubre de 1319. El mensajero real llegó al palacio de Valladolid jadeante y agotado; había cabalgado desde la villa de Gandesa, muy cerca del gran río Ebro, atravesando al galope todo Aragón y toda Castilla sin apenas detenerse salvo para comer, dormir y cambiar de caballo.

En cuanto le avisaron de la urgencia y gravedad del asunto, doña María de Molina se dirigió a la cocina del palacio, donde el mensajero reponía fuerzas dando buena cuenta de una escudilla de carne guisada de carnero con cebollas, habas y nabos, un buen pedazo de queso y una gruesa rebanada de pan.

—¡Oh!, excusadme, señora... —El mensajero se puso en pie al ver entrar a la reina—, pero no he comido en todo el día y apenas he descansado desde que al amanecer salí de Peñafiel.

—Sentaos. ¿Qué ha pasado?

La reina tenía noticia de que la boda de su nieta doña Leonor con el infante don Jaime se había truncado. Lo habían comunicado con señales luminosas a través de la red de atalayas que se extendía desde la frontera con Aragón, mucho más rápidas que cualquier jinete, pero se desconocían los detalles.

—Nos dirigíamos a Tarragona para celebrar la boda de doña Leonor y don Jaime, como estaba previsto, pero cuando atravesábamos un valle en el límite oriental del reino de Aragón, justo antes de entrar en la tierra que llaman Cataluña, nos alcanzaron unos jinetes que portaban un diploma del

rey de Aragón. Nos dijeron que debíamos dirigirnos, acompañados por ellos, a una villa llamada Gandesa, pues allí se celebraría la boda.

—¿Era una trampa? —preguntó la reina.

—No, mi señora, era cierto. En Gandesa nos esperaban el rey don Jaime, su hijo y el arzobispo de Tarragona, que iba a celebrar la ceremonia nupcial.

—¿No os pareció raro?

—En un primer momento sí, y recelamos por ello, pero al llegar a Gandesa todo parecía normal. La iglesia estaba engalanada, la calzada de la calle principal cubierta con paja y juncos y había algunas enramadas en las fachadas de las casas principales.

»Un notario nos mostró el acta por la cual el infante don Jaime aceptaba el matrimonio y prometía casarse con doña Leonor, tal cual estaba comprometido en el acuerdo de 1311. Pero todo se vino abajo de repente.

—¿Qué? —Doña María estaba sorprendida.

—Todo estaba listo para la ceremonia, pero el infante don Jaime huyó antes de que se celebrara.

—¿Lo visteis vos?

—Sí, mi señora. Yo estaba presente en el momento en que el príncipe escapó a la carrera. Al llegar a la puerta de la iglesia, y sin mediar palabra con nadie, salió al galope y desapareció como el rayo. Todos los que allí estábamos quedamos sorprendidos. Yo mismo llegué a pensar que se trataba de algún extraño ritual, y pregunté por la razón de aquel acto. El caballero aragonés que me acompañaba puso una cara de sorpresa mayor que la mía, y se encogió de hombros. El rey don Jaime tampoco salía de su asombro, y tardó algún tiempo en reaccionar.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Durante una hora al menos nadie supo qué hacer. Los invitados a la

ceremonia comentaban lo sucedido, el rey de Aragón se mostraba confundido y el infante no aparecía. Al rato, entre tanto desconcierto, vino un caballero e informó al rey de que su hijo había sido visto cabalgando como alma que lleva el diablo por el camino que conduce a Tarragona, y que, según parecía, no tenía la menor intención de volver.

—¿Y qué hizo entonces el rey don Jaime?

—Se puso rojo de pura ira. Al darse cuenta de lo que había hecho su hijo, ordenó que se suspendiera la ceremonia. Los que ya habían entrado en la iglesia y no se habían enterado de lo que había ocurrido a la puerta salieron despistados con caras de circunstancias. Una vez que se aclaró lo sucedido, algunos miembros de la corte aragonesa nos confesaron con discreción que el infante don Jaime era un hombre de comportamiento muy extraño, que adolecía de fortaleza mental, que era depravado y que prefería la compañía de hombres en su lecho a la de mujeres; aunque también se decía que era un hombre muy religioso, y que siempre había manifestado su intención de profesar como novicio en un convento.

—¿No sabía todo eso el rey don Jaime? ¿No conocía cómo era su hijo?

—Claro que sabía las debilidades de su primogénito, pero se las perdonaba todas porque había sido durante varios años el procurador general de la Corona, que en esos reinos es el cargo más importante tras el rey, y según se dice había ejercido su cargo con eficacia, tanto que don Jaime estaba muy orgulloso de su heredero. Un caballero de la corte, que sirve en el palacio que los soberanos de Aragón poseen en Barcelona, nos comentó que el año pasado el rey descubrió que su hijo guardaba en su aposento de palacio un hábito de monje de la Orden de San Francisco, que solía ponerse para dormir; pero no le dio demasiada importancia, pues algunos reyes de Aragón han sido hombres piadosos y han lucido hábitos eclesiásticos, incluso uno de ellos fue monje antes que rey

—¿Qué más sabéis?

—Cuando le informaron de que su heredero había huido y que no regresaría a su boda, don Jaime ordenó salir en su busca y traerlo de inmediato a su presencia, pero los perseguidores no lograron alcanzarlo. El infante había cogido el corcel más rápido y consiguió llegar al convento que los frailes dominicos tienen en Tarragona, donde buscó asilo. Cuando salí de Gandesa para informaros, allí seguía refugiado.

—¿Qué ha sido de mi nieta?

—El rey don Jaime se portó con ella como un verdadero padre. Le explicó lo ocurrido, la consoló y le prometió que la devolvería sana y salva a Castilla; e incluso llegó a decirle que, aunque era mucho más mayor, y si no tuviera ya esposa, él mismo se casaría con ella para resarcirla de semejante afrenta.

»Y eso es todo cuanto sé, señora. El capitán de la comitiva me ordenó que saliera a toda prisa hacia Valladolid, y que lo hiciera sin detenerme salvo para lo imprescindible, a fin de informaros cuanto antes.

—Acabad vuestra comida y que os preparen un aposento para que podáis descansar.

—Gracias, mi señora.

El día de fin de año de 1319 llegó al palacio real de Valladolid un informe completo de lo sucedido en Gandesa. Poco después, doña María recibió una carta del rey Jaime II de Aragón en la que le pedía perdón por lo sucedido, se excusaba por el indigno comportamiento de su hijo y le confesaba la vergüenza que sentía como rey y como padre por lo que había hecho el infante don Jaime, cuyo extraño arrebato explicaba aduciendo un repentino ataque de locura.

Jaime, infante de Aragón, hijo primogénito del rey Jaime II, buscó refugio en el convento de San Francisco de Tarragona, renunció a sus

derechos al trono, que pasaron a poder de su hermano Alfonso, que fue proclamado nuevo heredero de Aragón, y profesó como monje en la Orden de San Juan de Jerusalén, aunque acabaría tomando el hábito de la Orden de Calatrava. Siempre quiso ser monje, nunca quiso ser rey.

11

No es bueno que haya tres soles luciendo en el mismo cielo, y eran tres los regentes que se disputaban el control del gobierno de Castilla y León, y cada uno de los tres pretendía ser el único sol.

Esa situación solo provocaba debilidad en el ejercicio del poder, que aprovechaban los grandes nobles para beneficiarse ante la fragmentación de la autoridad, los recelos entre los regentes y la minoría del rey Alfonso.

Desde Valladolid, doña María de Molina hacía cuanto podía para mantener la paz, pero apenas tenía fuerza para imponerla en muchas regiones. Los nobles gallegos y leoneses campaban a sus anchas, extorsionaban a los campesinos, cargaban rentas abusivas a sus siervos y saqueaban las aldeas que se resistían a pagar los elevados tributos que les exigían. Los magnates leoneses recurrían a sus antiguos fueros y privilegios, anteriores a las leyes de la Siete Partidas, para extorsionar a los labriegos de sus señoríos y exprimirlos con sus abusivas exigencias. Los señores que habían ganado tierras y fortuna en la frontera del sur eran insaciables y exigían más y más derechos; muchos de ellos se comportaban como verdaderos bandidos, cogían a la fuerza lo que les apetecía, robaban a sus propios vasallos y actuaban al margen de cualquier ley o acuerdo.

En el palacio real de Valladolid, los problemas se amontonaban ante María de Molina.

—Señora —le anunció el mayordomo—, soldados del rey de Navarra han invadido y atacado algunas comarcas de La Rioja; en una de sus cabalgadas ha llegado hasta las cercanías de Burgos.

—¿Han causado daños? —demandó la reina.

—Sí, mi señora. Han robado cientos de cabezas de ganado, han talado árboles frutales y han quemado algunas casas y muchas cosechas.

—Ordenad a los concejos de Burgos, Vitoria, Logroño y Calahorra que organicen milicias concejiles para la defensa, y enviad cartas a don Juan para que acuda a la frontera con Navarra con cuantas tropas pueda reunir.

—De inmediato, señora. —El mayordomo hizo una reverencia y se retiró.

—¿Estamos en guerra, abuela? —le preguntó don Alfonso.

—Parece que sí, mi niño. Hay hombres cuya naturaleza necesita la guerra. El rey Felipe de Navarra es también rey de Francia, un reino muy poderoso al norte de nuestras tierras. Dicen que es un hombre muy ambicioso, que aspira a reconstruir bajo su dominio el gran imperio que creara Carlos el Grande.

—¿Quién es Carlos el Grande?

—Un rey que vivió hace muchos años y que fundó un imperio con el que quiso resucitar al desaparecido Imperio de Roma. El rey Felipe de Francia y de Navarra quiere emularlo, y para ello pretende conquistar todas las tierras que antaño pertenecieron a don Carlos.

—Con Castilla no podrá; cuando yo sea mayor, la defenderé del rey de Navarra.

—Claro, Alfonso, claro que lo harás, pero para eso todavía faltan cinco años.

—Abuela, quiero ser el rey.

—Ya lo eres, pero, como te he dicho en otras ocasiones, no puedes

ejercer como tal hasta que cumplas catorce años. Tienes que esperar a que llegue ese momento. La paciencia, mi niño, es una virtud que tienes que aprender a practicar. La precipitación suele conducir al fracaso. No lo olvides nunca.

Tras el fiasco de la frustrada boda con el infante Jaime de Aragón, Leonor fue conducida a la ciudad de Tortosa, donde el rey Jaime II dispuso que quedara custodiada y a salvo hasta ser devuelta a Castilla.

En la primavera, con las fronteras en calma y con buen tiempo, Leonor regresó a Castilla escoltada por un escuadrón de caballeros; lo hizo sana y salva, pero soltera y humillada. Jaime II se excusó de nuevo ante María de Molina por lo ocurrido, e insistió en que su hijo se había vuelto loco como para explicar lo sucedido a las puertas de la iglesia de Gandesa.

La situación de la infanta castellana era terrible. Su horizonte vital se vislumbraba tan oscuro como el que presagia la más amenazadora de las tormentas. ¿Qué príncipe iba a aceptar casarse ahora con una mujer a la que su novio había dejado plantada al pie del altar? ¿Qué iba a ser de Leonor?

¿Qué futuro le esperaba? Su abuela no dudó en enviarla, al menos de momento. al convento de las Huelgas de Burgos, donde quedó recluida en tanto se decidía qué hacer con ella. Algunos consejeros le comentaron a doña María que lo más apropiado sería que su nieta profesara como novicia en ese cenobio, donde solían recalar infantas y reinas viudas, y que dedicara el resto de su vida a la contemplación y la oración como monja; pero la tutora se negó. Leonor era hija de un rey y hermana de otro, de modo que, a pesar de lo sucedido en Gandesa, seguía teniendo mucho valor para un futuro pacto. El matrimonio de la infanta aún podía ser útil para Castilla,

aunque para ello hubiera que esperar algún tiempo y que remitiera el escándalo levantado por aquella frustrada boda.

En estos momentos nadie podía siquiera sospechar el destino que aguardaba a Leonor, y mucho menos el terrible final que años después sufriría la desdichada hermana del rey Alfonso XI.

Atribulada por las incertidumbres que se cernían sobre las fronteras de Castilla y León, amenazadas por navarros, franceses, aragoneses, portugueses y granadinos, acuciada por la presión de los nobles, desconfiada ante la indefinición de los principales concejos y con los tres regentes enfrentados en una larvada pugna por hacerse con el control del reino, doña María de Molina trataba de ganar tiempo.

Sabía que tenía que garantizarse la confianza del rey Jaime II de Aragón, y evitar que este monarca, empeñado en hacer de su Corona un imperio en el Mediterráneo, siguiera arrebatándole terreno a Castilla. Hacía ya dos décadas que Alicante, Elche y Orihuela habían dejado de ser castellanas y habían pasado a los dominios de la Corona de Aragón, que continuaba aspirando a incorporar el viejo reino de Murcia. Los aragoneses y los valencianos alegaban que Murcia había sido ganada por su gran rey Jaime el Conquistador y que les correspondía su propiedad por derecho de esa conquista. Los castellanos respondían que en todos los tratados internacionales firmados por varios soberanos de ambos reinos, y ratificados en diversas ocasiones, Murcia pertenecía a Castilla, y así lo habían confirmado también varios papas.

Pese a que los acuerdos entre Castilla y Aragón eran muy claros y precisos, María de Molina no se fiaba de las verdaderas intenciones de Jaime II. Sabía que era un hombre muy hábil, tan bien dotado para la

diplomacia como para la guerra, capaz de invadir Murcia, incorporarla a su Corona y justificar su acción aduciendo que lo hacía por el bien de toda la cristiandad, como ya había hecho con Alicante.

—Señora, don Juan Manuel sigue colgando el sello real en los documentos que firma como regente —le informó el mayordomo—. Así lo ha hecho en una carta que ha enviado al rey don Jaime de Aragón en respuesta a la que recibió sobre el traslado de doña Leonor a Castilla.

—¿Reconoce el rey de Aragón a don Juan Manuel como el verdadero regente de Castilla y León?

—Sí, mi señora.

—En ese caso, no nos queda más remedio que acordar un pacto de amistad. Tenemos que lograr que don Jaime no apoye las pretensiones de don Juan Manuel para convertirse en rey de Castilla y León —adujo doña María.

—¿Creéis que eso es lo que pretende ese infante? —preguntó el mayordomo, sorprendido por la suposición de la reina madre.

—No tengo duda alguna de que si contara con el apoyo de la mayoría de la nobleza, de parte de la Iglesia y de la mitad al menos de las universidades, don Juan Manuel se proclamaría rey.

—Pero no tiene derecho...

—¿Derecho decís...? Ese hombre es nieto de don Fernando, nuestro rey más recordado. Le bastaría alegar esa razón para reclamar el trono.

—En ese caso...

—En ese caso —interrumpió doña María a su mayordomo—, nuestra única salida es llevarnos bien con Aragón, y aprovechar que don Jaime está contrariado y avergonzado por la cobardía y la afrenta de su hijo hacia mi nieta. Además, sé por nuestros espías en Valencia y Barcelona que don Jaime ambiciona la posesión de la isla de Cerdeña, ahora bajo influencia de

la república de Pisa. El rey de Aragón necesita sus minas de plata y de sal, los mercaderes catalanes y valencianos ambicionan Cerdeña como base de expansión de sus negocios hacia Oriente, y la nobleza aragonesa aspira a recibir tierras y haciendas en esa isla para resarcirse y olvidar que Jaime el Conquistador no les entregara la posesión del reino de Valencia; además, su posición estratégica en el Mediterráneo es esencial para ampliar el dominio en ese mar. ¿Sabéis que se dice que el rey don Jaime ha confesado en alguna ocasión su pretensión de que hasta los peces lleven pintadas en sus lomos las barras rojas y amarillas de Aragón?

María de Molina estaba al tanto de todo cuanto ocurría en sus dominios, pero también disponía de una amplia red de espías y agentes que la mantenían bien informada de cuanto sucedía en las cortes y cancillerías de los países vecinos. Gracias a ello había logrado que su esposo don Sancho fuera coronado como rey, a pesar de las leyes en contra dictadas por Alfonso X; solo así había conseguido que Sancho IV permaneciera en el trono pese a los intentos de parte de la nobleza por deponerlo; solo así había mantenido a su hijo Fernando IV como rey pese a los convulsos tiempos de su minoría de edad, y solo así estaba haciendo posible que siguiera siendo rey su nieto Alfonso XI, pese a su minoría y a todas las conjuras y conspiraciones que los magnates del reino estaban organizando para derrocarlo.

—Y en cuanto a doña María, la esposa de vuestro hijo don Pedro, y a vuestra nieta doña Blanca, ¿qué habéis decidido? —El mayordomo requería instrucciones sobre el destino de la viuda del infante don Pedro, muerto en Granada, y de su hijita.

—Mi nieta doña Blanca ha heredado las extensas tierras y los ricos señoríos que fueron de mi hijo el regente don Pedro, pero apenas tiene dos años de edad, y no puede defenderlas por sí misma.

—Si me permitís, señora, quizás un compromiso de doña Blanca con vuestro hijo el rey acabaría con las veleidades de algunos por hacerse con esas tierras, que de este modo volverían al patrimonio de la Corona.

—Don Alfonso y doña Blanca son primos hermanos.

—Sí, haría falta una dispensa papal, pero creo que el rey don Jaime de Aragón vería con muy buenos ojos que su nieta se casara con vuestro nieto.

Supongo que con esa boda se olvidaría de sus planes para anexionarse Murcia y quizás dejaría de sentirse culpable por la huida de su hijo dejando plantada a doña Leonor.

—Tal vez tengáis razón, pero he decidido que doña María y doña Blanca vayan a Aragón, y que se queden por un tiempo en la corte de don Jaime; luego, ya veremos qué hacer con ellas.

El mayordomo inclinó la cabeza y se retiró pensando que si aquella mujer hubiera sido un hombre y hubiese gobernado con plenos poderes, la Corona de Castilla y León sería sin duda la nación más poderosa de la tierra.

Doña María y su hijita doña Blanca fueron trasladadas hasta la frontera de Castilla con Aragón, y allí, una vez entregadas a una escolta enviada por el rey don Jaime, las llevaron al monasterio de Sigena, donde las dos mujeres aguardarían a que se decidiera su destino.

No parecía posible lograr la paz sin el uso de la fuerza, pero muchos de los magnates de Castilla y León no querían la paz, sino el conflicto y la guerra.

Dueños de castillos y señores de mesnadas integradas por soldados mercenarios, era en la guerra donde conseguían fortuna y riqueza.

Partidarios de bandos opuestos se enzarzaban en cruentas peleas, que en ocasiones se dilucidaban en plena calle de las ciudades, como ocurrió en

Sevilla en el otoño de 1320, cuando se enfrentaron partidarios de don Felipe y de don Juan Manuel.

En aquellos días los poderosos causaban estragos en las comunidades campesinas, sobre todo en tierras de Galicia y de León, donde los abusos eran constantes. Cualquier señor que poseyera una fortaleza donde refugiarse y un puñado de soldados a su servicio se dedicaba a realizar razias en aldeas y villas poco pobladas, en las que no encontrara resistencia armada.

Sin necesidad de excusa alguna, un pelotón de hombres armados aparecía de improviso en una aldea y robaba todo cuanto podía ser transportado. No les importaba otra cosa que hacerse con todo el botín, violar a las mujeres y quemar casas y graneros.

Nada era respetado por aquellas partidas de hombres violentos, dispuestos a ofrecer sus servicios al mejor postor o al noble que les garantizara absoluta impunidad y una parte de la ganancia.

Doña María de Molina sufría mucho cada vez que era informada de los daños causados por los malhechores señoriales, pero carecía de la fuerza necesaria para poner fin a tantos desmanes. Además, la regencia había quedado repartida entre los tres infantes. Don Juan Manuel, don Felipe y don Juan el Tuerto eran los regentes al mismo nivel de competencia, pero ninguno de ellos se fiaba lo más mínimo de los otros dos, de manera que cada vez que ocurría una injusticia o se producía un ataque, ninguno de los tres se aprestaba a poner remedio, no fuera a ser que el noble que había provocado el altercado se volviese contra alguno de ellos y rompiera el endeble equilibrio de la regencia.

Tenía cincuenta y siete años y era una mujer fuerte y enérgica, había salvado la minoría de su hijo Fernando y ahora lo estaba haciendo con la de su nieto don Alfonso, pero su corazón no pudo más.

Mediado el mes de junio de 1321 se sintió enferma, y supo que le quedaba muy poco tiempo de vida.

La reina viuda se levantó aquella azulada mañana con fuertes dolores en el pecho. Había llegado el momento, pensó.

—Traed a mi nieto a mi presencia —le ordenó María de Molina a su mayordomo.

El rey Alfonso se presentó ante su abuela en la alcoba que la reina ocupaba en el palacio real de Valladolid.

El joven monarca todavía no había cumplido los diez años.

—Buenos días, abuela —la saludó el rey.

—Ven, Alfonso, siéntate a mi lado.

El joven monarca se acomodó al borde la cama donde reposaba doña María.

—¿Te vas a morir?

—Todos tenemos que morir, algún día. Somos caminantes que pasamos por este mundo en tránsito hacia la vida eterna que nos prometió Dios Nuestro Señor, y debemos hacerlo cumpliendo sus mandamientos para que a nuestra muerte la recompensa sea el cielo.

—¿Vas a ir al cielo?

—Eso espero, pero antes quiero que escuches de mi boca unos consejos.

Eres el rey legítimo de estos reinos, que dentro de cuatro años tendrás que gobernar. Ser rey es un don que Dios otorga mediante su gracia a muy pocos, y tú has sido elegido por Él para sentarte en el trono de Castilla y León. Los reyes no son como los demás hombres. Sobre sus hombros recae una responsabilidad extraordinaria, que algunos no saben o no pueden soportar.

—Yo sí sabré —asentó Alfonso.

—No lo dudo, pero quiero decirte tres cosas, que debes recordar

siempre.

»Un rey ha de ser magnánimo con sus súbditos, escuchar y atender sus justas demandas, aplicar la ley y obrar siempre en derecho; un rey debe respetar a la Iglesia, ser un hombre de Dios y cumplir con los preceptos que nos enseñó Jesucristo, y, por fin, un rey debe obrar con fortaleza y anteponer los intereses del reino por encima de cualesquiera otros, sobre todo los de los nobles, que actúan siempre de manera egoísta y solo miran en su propio beneficio.

»Si actúas así, y lo haces con prudencia, templanza y virtud, tus súbditos te amarán, los poderosos te temerán y la Iglesia te bendecirá.

Recuérdalo siempre.

Sed de justicia, temor de Dios y defensa del reino fueron los tres consejos que María de Molina le dio a su nieto. El rey Alfonso no los olvidaría nunca.

Pocos días después, la reina dictó testamento, en Valladolid, a 29 de junio de 1321, y dos noches más tarde falleció la mujer que había sostenido todo un reino. Tal cual había sido su última voluntad, su cadáver se trasladó al monasterio de las Huelgas de Burgos, donde fue sepultada.

La muerte de la tutora desencadenó un enorme desasosiego que se extendió por todos los reinos. Ella había sido la que había logrado mantener la unidad y la ley, resistiendo cuantos intentos había procurado la alta nobleza de hacerse con el poder, con el fin de convertir al joven rey Alfonso en un mero títere al servicio de aquellos egoístas magnates. Ella había logrado imponer cierta cordura en una tierra en llamas y había evitado que los daños y abusos provocados por las banderías hubieran sido todavía mayores. Ella había garantizado la legitimidad y la continuidad del linaje de su esposo don Sancho al frente de la corona.

Pero doña María ya no estaba, y todavía faltaban cuatro años para que el

rey alcanzara la mayoría de edad para ejercer el gobierno por sí mismo, mientras los tres regentes se miraban con recelo y ninguno de ellos se mostraba dispuesto a renunciar a sus ambiciones.

Tanto don Juan Manuel como don Felipe y don Juan el Tuerto eran conscientes de que si fallecía don Alfonso, cualquiera de ellos podía reclamar la corona; sobre todo don Felipe, tío de don Alfonso, que se había convertido en el primero en la línea de sucesión en tanto el rey no engendrase un heredero. Aducía don Felipe a sus íntimos que su padre el rey Sancho IV había logrado el trono de esa misma manera, ocupándolo por encima de los derechos de sus sobrinos los infantes de la Cerda, que, aunque eran hijos del primogénito de Alfonso X, no habían alcanzado la mayoría de edad cuando murió el rey Sabio; y así, su padre se había convertido en rey para no dejar indefensos y en manos de un menor de edad la suerte de esos reinos.

Toda la gente de esa tierra vivía en una extrema tensión. La posibilidad de que don Felipe diera un golpe de mano y se proclamase rey alegando la minoría de su sobrino y el desgobierno que campaba por todas partes constituía una amenaza muy cierta; pero también lo era que don Juan Manuel, hombre lúcido, inteligente y ambicioso, solicitase ayuda del rey Jaime de Aragón para hacerse con el trono, alegando que era nieto y descendiente directo por tanto del rey don Fernando.

12

Los recelos entre los tres regentes no cesaban, y no había forma de que se pusieran de acuerdo, de modo que el desgobierno seguía campando por doquier.

El reino estaba dividido, lo que favorecía los saqueos y los abusos de los poderosos, pero también las algaradas en la frontera con el reino de Granada, cuyo rey aprovechaba aquella debilidad para enviar a sus caballeros a realizar razias en tierras cristianas, a las que no cesaba de instigar ante la falta de una respuesta defensiva. Los concejos de la frontera solicitaban una y otra vez auxilio a los regentes, alertando con desesperación que si esa ayuda no llegaba, los musulmanes granadinos se harían con el dominio de ciudades y villas en la frontera, y lo logrado durante el reinado de don Fernando se perdería, tal vez para siempre. Los concejos de Medina Sidonia, Tarifa, Cabra, Lucena y aun el de Jaén se sentían en grave peligro y temían no poder resistir un ataque contundente de los nazaríes.

Don Juan Manuel cazaba con halcones en los montes al sur de Cuenca.

Le apasionaba la cetrería. Poseía varios halcones y gerifaltes, algunos de ellos amaestrados en el reino de Granada por los expertos cetreros de sus sultanes.

El viento del oeste soplaba con fuerza, dificultando el vuelo de las rapaces.

—Poned los pájaros con el viento a la espalda, a sotavento —ordenó don Juan Manuel.

—Si lo hacemos así, las torcaces olerán a los halcones y se espantarán

—alegó un noble que lo acompañaba en la caza.

—Las palomas no huelen. Haced lo que os digo; los halcones tendrán el viento a su espalda y ganarán velocidad en el ataque.

El infante no se equivocó. Con el viento a favor del vuelo, las rapaces alcanzaron con mayor facilidad a sus presas.

Al final de la jornada de caza, decenas de piezas se apilaban en el pabellón de don Juan Manuel.

—Buena caza, señor —le dijo el maestro cetrero.

—Esos pájaros —don Juan Manuel señaló la alcándara donde reposaban

— son magníficos. En el arte de la cetrería, los sarracenos saben domesticar a los halcones mejor que nadie.

—Señor —un vasallo de don Juan Manuel interrumpió su conversación con el halconero—, se ha recibido este mensaje urgente.

—Trae.

Don Juan Manuel cogió el billete de papel, que estaba sellado con el cuño del obispo de Valencia, y lo abrió.

Su rictus cambió al leer la nota.

—El papa no acepta el acuerdo de matrimonio del rey Alfonso con doña Blanca. ¡Maldita sea!

Don Juan Manuel había intentado que la joven Blanca, de dos años de edad, fuera la futura esposa del rey Alfonso XI.

Hija del infante don Pedro, muerto en la batalla de la Vega de Granada, y de doña María, una de las cinco hijas de Jaime II de Aragón, Blanca era dueña ahora de inmensas propiedades y feudos en la frontera oriental castellana. Había heredado de su padre tan rico patrimonio, y don Juan Manuel pretendía que su boda con el rey debilitara a los otros dos regentes y lo encumbrase como el verdadero señor de Castilla.

Pero el proyecto de boda, que se había llevado en secreto, se había frustrado al no dar su consentimiento el papa Juan XXII.

—Ese canalla de Garcilaso de la Vega ha sido el culpable de este fracaso; él y don Felipe —masculló don Juan Manuel.

No se equivocaba. Don Felipe y Juan el Tuerto, preocupados por el aumento de influencia de don Juan Manuel y avisados de las intenciones de Jaime II de casar a su nieta doña Blanca con el rey Alfonso, habían actuado con diligencia, frustrando la boda. El papa se había negado a otorgar su

consentimiento al alegar que doña Blanca y don Alfonso eran parientes en segundo grado, y que para poder casarse era necesaria la dispensa papal, que no se otorgaría de ninguna manera.

Juan el Tuerto y don Felipe no podían consentir que la influencia aragonesa siguiera creciendo en Castilla. Recelaban de las intenciones de Jaime II, cuya desmedida ambición era considerada un gravísimo peligro para sus intereses, pues ya había podido colocar a su hijo don Juan como arzobispo de Toledo; con sus presiones y alguna generosa bolsa de dinero lograron anular el proyecto de boda.

La situación era demasiado tensa, y la muerte de María de Molina la había agravado mucho más. Los tres regentes concertaron una entrevista para tratar de evitar una guerra y la fragmentación de Castilla y León, pero no alcanzaron acuerdo alguno. Ninguno de los tres estaba dispuesto a renunciar a su parte de influencia, y ninguno se fiaba de los otros dos.

La división era absoluta, y la falta de autoridad se reflejó en tres años de saqueos, conflictos y violencia, mientras los granadinos aprovechaban el caos para saquear poblaciones cristianas en la frontera.

Durante dos años los conflictos asolaron Castilla y León. El infante don Felipe y don Juan el Tuerto cerraron una sólida alianza para evitar que don Juan Manuel se hiciera con todo el poder. Don Felipe se incautó de los extensos feudos y dominios que doña Blanca, que se mantenía al cuidado de su madre doña María en el monasterio aragonés de Sigena, poseía en las comarcas fronterizas de Castilla con Aragón, mientras Garcilaso, que había sido mayordomo del infante don Pedro, se ganaba la confianza del joven rey, que lo admitió a su lado como su principal consejero.

A comienzos del año 1324 la situación era un verdadero caos. A los

saqueos y rapiñas de los nobles se sumaba la inseguridad que provocaban las bandas de soldados de fortuna convertidos en bandoleros, que asaltaban a los comerciantes en los caminos y robaban a los mercaderes. Nadie se atrevía a viajar por los caminos de Castilla y León sin una fuerte escolta que lo protegiera de los bandidos.

Una guerra total entre lo regentes parecía inevitable, y doña María de Molina ya no estaba para mediar entre ellos y evitar más derramamiento de sangre. Las peleas, los enfrentamientos y las trifulcas se extendieron por varias ciudades, cuyos concejos restauraron las murallas y las fortalecieron con nuevos torreones, muros más altos y puertas mejor protegidas. Las nuevas defensas no se levantaron para protegerse de las algaradas de los moros, como hicieran siglos atrás, sino para evitar los ataques de grupos de cristianos armados en busca del botín y de las riquezas que atesoraban las villas y ciudades más importantes. Ávila, León, Zamora o Segovia gastaron cuantiosas sumas de dinero en fortificarse, y reestructuraron sus milicias concejiles no para ir a la guerra contra el moro, sino para defenderse de la agresión de la nobleza y de las banderías organizadas.

En ese año se mostró especialmente violento el bando del regente don Felipe. Sabedor de que era el primero en el orden de sucesión y de que, si moría su sobrino el rey Alfonso, él se sentaría en el trono, permitió que sus seguidores cometieran todo tipo de desmanes.

El más grave fue el propiciado por Pedro Lasso de la Vega, el cruel y violento hijo mayor de Garcilaso y caballero al servicio de don Felipe, quien al frente de una notable mesnada arrasó las tierras de Segovia.

—¡Señor, señor, debéis intervenir y detener esta matanza! —alertó uno de sus caballeros a don Juan Manuel.

—¿Qué ocurre? —le preguntó el infante.

—Hombres al servicio de don Felipe y mandados por Pedro Lasso han

arrasado las tierras de Segovia.

—¿Cómo ha sido?

—Don Felipe estaba en Segovia prometiendo a sus vecinos que guardaría sus fueros y privilegios y que los defendería de cualquier agresión, pero en cuanto salió de la ciudad las tropas que mandaba Pedro Lasso de la Vega comenzaron a robar, destruir y matar.

»Las gentes del concejo de Segovia lograron organizarse e hicieron frente a Pedro Lasso, y consiguieron ponerlo en fuga.

—El joven De la Vega es un hombre sin Dios —musitó don Juan Manuel.

—Dicen algunos que se trata del mismísimo demonio encarnado en su piel. Los segovianos han conseguido expulsarlo de su ciudad, pero Pedro Lasso ha huido con algunos de sus hombres dejando atrás un reguero de sangre, muerte y destrucción.

—¿Cómo está ahora Segovia?

—Los segovianos han asaltado la cárcel, han ejecutado a cuantos partidarios de De la Vega han encontrado y han liberado a los demás presos.

La ciudad se ha convertido en un verdadero infierno. Pedro Lasso ha prometido que volverá a Segovia y la arrasará, y parece que su padre ha convencido al rey, que se ha puesto de su lado.

—En una ocasión le dije a doña María de Molina que ese hijo suyo causaría muchos problemas y que no debería ser regente, pero la reina madre no me hizo caso. Era su único hijo varón vivo, y el sentimiento materno pesó en ella mucho más que la razón. Y ahora, los De la Vega no han hecho sino agravar todavía mas la situación —dijo don Juan Manuel.

Castilla y León ardían, y no parecía que hubiera nadie capaz de apagar el incendio.

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