Mi gran amor
Capítulo 22
que hay cosas peores que la humillación. No importaba que tuviera casi treinta y tres años, que los óvulos se me estuvieran avinagrando o que no quedaran hombres en Filadelfia, que no quedaran hombres en ninguna parte excepto tal vez en Alaska, con lo que tendría que ir a Alaska a buscar a un hombre y a China a buscar un bebe, lo que requería mucho tiempo en Internet y vuelos de larga distancia, dos cosas que no me gustan nada. No importaba nada de todo aquello. Lo único que importaba era que no era amor. No era el gran amor. Me di cuenta de que me podía pasar el resto de mi vida aferrada a Tom. Podía atarlo con mil nudos. Podía convencerlo de que le resultaría imposible vivir sin mi. Pero de repente veía otra opción.
Podía dejarlo marchar. Y así, como si tal cosa, sentí que algo cambiaba en mi interior, algo que no se había movido desde que tenia memoria.
Fue todo tan sorprendente que me sentí como si despertara de un sueno, de verdad. Me doy perfecta cuenta de que parece un cliché muy manido, pero lo describe a la perfección. Sacudí la cabeza, volví a mirar a Tom, y fue como si lo viera por primera vez. Estaba echado hacia atrás en la silla para charlar con Victor, que seguía asomado por la ventana. Hablaban de intereses hipotecarios. La luz de uno de los candelabros de pared le daba en la nuca y el pelo rubio le brillaba. Siempre me ha encantado el pelo de Tom.
Siempre que me imaginaba que rasgos quería que heredaran nuestros hijos variaba un poco las cosas para que no resultara aburrido, pero ese rasgo lo mantenía invariable; el pelo era siempre el suyo. La nariz era siempre la mía y el pelo el suyo.
–Yo creo que con el amor debería ser suficiente -dije sin dirigirme a nadie en concrete.
–¿Perdona? – dijo Larry.
–Creo que con el amor debería ser suficiente -dije, ya en voz alta.
–Tenemos que fugarnos juntos, Alison -me dijo Victor. Lanzo una bocanada de humo al interior de la habitación-. Somos los últimos románticos que quedan.
–Nunca había sido romántica, pero me parece que voy a cambiar -dije.
Mire a Tom.
–Tenemos que irnos -añadí.
Capítulo 22
Tom y yo rompimos aquella noche. Fue todo muy adulto, muy maduro y muy definitivo. Creí que era lo mínimo que le debía. A la mañana siguiente a primera hora me fui a casa de Cordelia. Mi plan era quedarme con ella hasta encontrar otro empleo, y luego buscarme un apartamento propio.
–Por tu nueva vida -dijo Cordelia brindando conmigo.
–Por mi nueva vida -respondí.
Cuando llegó del gimnasio al día siguiente me encontró en su cama, en posición fetal.
–¿No me habías dicho que lo llevabas bien?
–Lo llevo bien -asegure.
Se sentó en la cama a mi lado.
–En teoría -añadí.
Asintió con la cabeza.
–Solo tengo que ponerme a la altura de la teoría -dije.
El lunes ya tenia todas las persianas bajadas, había traído el televisor de la sala y lo había puesto sobre un baúl al pie de la cama. Estaba reclinada entre almohadones contra el cabecero y pasaba de un canal a otro sin prestar atención.
–No entiendo a la gente que dice que en la tele no ponen nada bueno -le comente a Cordelia cuando volvió del trabajo.
Cordelia cruzo la habitación y abrió una ventana.
–Tengo una teoría -dije-. Los que dicen que en la tele no ponen nada bueno es porque no ven suficiente tele.
Cordelia se agacho para recoger unas cuantas revistas y las puso en la mesita de noche.
–Hay todo un mundo ahí dentro -dije.
De modo que, durante un tiempo, me recluí en la cama de Cordelia. He de señalar que ella lo llevo de maravilla. Su madre, cuando cumplió setenta, se había encerrado a oscuras en un dormitorio del segundo piso, de manera que mi comportamiento no la alarmo tanto como habría sido de esperar. Me hizo puré de patatas y huevos revueltos. Me compro mi capricho favorito -
galletas con mermelada de arándanos- y ni siquiera parpadeó cuando una gota de mermelada fue a aterrizar sobre su edredón. No recuerdo gran cosa de nuestras conversaciones. En cambio si que recuerdo que una noche, mientras Cordelia me daba masajes en los pies con aceite menta, pensé que
empezaba a comprender por que su madre no se había cansado de estar meses y meses en la cama. Nunca lo habría conseguido sin ella.
Me quede en la cama horas enteras, días enteros, repasando una y otra vez lo que había sucedido entre Tom y yo, friéndome el cerebro. No dejaba de dar vueltas a la misma idea. Cuando estaba en el asiento del taxi, calendario en mano y sin saber de quien seria el hipotético bebe que llevaba dentro, había pasado una cosa: todo el rato me imaginaba las orejas de Henry. En la cabeza del bebe. Luego, con toda deliberación, me había quitado esa idea de la cabeza. Era de Tom. Me gustaban las orejas de Tom.
Pero allí, tumbada en la cama de Cordelia, rememoraba el momento una y otra vez y, por extraño que parezca, me hacia sentir mejor. Ya no tendría que despertarme al lado de aquellas orejas el resto de mi vida. La verdad era que no quería pasarme el resto de mi vida con aquellas orejas. Y algo en mi interior se había dado cuenta, aunque al resto le estuviera costando lo suyo llegar a la misma conclusión.
–Estoy deprimida -le dije por fin a Cordelia.
–Estas mudando las plumas -me respondió con afecto.
–Me quiero morir.
–Estas dentro de tu capullo.
–No puedo mover los miembros.
–Eso te pasa porque estas dentro de un capullo -dijo-. No hay sitio para mover los miembros.
Y de repente, una mañana, abrí los ojos y solo vi las motas de polvo que centelleaban al sol, y supe que había terminado. El cambio de plumas, digo.
Salí de la cama y fui a ducharme. Me puse las zapatillas deportivas y salí a correr. Llame a una empresa de empleos temporales. La mujer que me entrevisto me conocía por mi columna, y enseguida me encontró un chollo de empleo -al menos en lo que al trabajo temporal se refiere- como correctora en una agencia de publicidad, sustituyendo a una mujer en baja por maternidad («Trillizos. A los cuarenta -me dijo la mujer de la empresa cuando me telefoneo para hacerme la oferta-. Es lo que pasa con los tratamientos para la fertilidad»). Me corte mucho el pelo, cosa que resulto un error, pero también perdí cuatro kilos, así que acabo en empate.
El primer apartamento que fui a ver estaba en la acera de enfrente del de Cordelia. Era pequeño, barato y, a mis ojos, perfecto. Las ventanas eran grandes, la luz de la tarde entraba a raudales y estaba tan alto que te daba
una perspectiva muy a lo Mary Poppins de los tejados, las chimeneas y las copas de los árboles. Nina Peeble me acompañaba aquel día en la búsqueda de piso, y mientras yo me maravillaba con las ventanas ella arrugaba la nariz ante los baldosines color aguacate del baño y los dos armarios de tamaño insignificante.
–No puedes vivir en un paisaje, Alison -me dijo.
Pues a mi me pareció que si podía. Así que ahora vivo en un paisaje.
Y empecé a tener esa sensación, esa sensación maravillosa de que el mundo se empieza a abrir de nuevo, cuando te fijas en un anuncio de clases de italiano en un poste de la luz, recortas la tirita con el número de teléfono para guardártela en la cartera, y al verla de nuevo una semana mas tarde no te lo piensas dos veces y llamas, y acabas pasando dos horas todos los miércoles por la noche con seis desconocidos en la parte de atrás de un café recibiendo las lecciones de Alessandro, que lleva pantalones de cuero y te llama principessa cuando habla contigo después de la clase. Ya saben a que sensación me refiero. La vida, que se había encogido para adoptar unas proporciones mundanas y predecibles, de repente estaba llena a rebosar de… bueno, de vida. Compré sujetadores de encaje y botas de excursión.
Tenia un libro de Keats en el baño y por fin me decidí a enfrentarme a Proust. Me leía la sección de viajes del Sunday Times con la intensidad de quien cree que cualquier cosa es posible en cualquier lugar. Fui a la opera, empecé a hacer yoga y aprendí a preparar suflé de chocolate.
Nunca he vivido esta sensación tan especial cuando he tenido pareja.
Sencillamente, he sido incapaz. Bueno, claro que hago cosas cuando tengo pareja -voy a comprar, cocino, hago viajes, leo libros-, pero nunca con esa sensación de que mi vida podría cambiar en cualquier momento y convertirse en otra cosa, Es un problema. Es uno de los problemas mas graves de mi vida. Seguro que hay una razón, una explicación al hecho de que la vida se abra y se cierre en torno a una persona, y empecé a desarrollar una teoría al respecto pero luego me detuve. He tornado la decisión de luchar. De dejar de encogerme. De expandirme, pase lo que pase.
Unos meses después de que me mudara a mi nuevo apartamento sucedió algo que se podría calificar de inesperado. Recuerdo que en aquel momento pensé que no sabia si se trataba del final de esta historia o del principio de
una nueva. Era domingo por La tarde y estaba fisgoneando en una tienda de la calle Chestnut, en la sección de libros de viajes. Una voz me llamo.
–¿Alison?
Me di la vuelta. Era Henry.
–Hola -dijo.
Se inclino hacia delante y me dio un beso torpe en la mejilla.
–¿Cómo estas?
–De maravilla -dije-. ¿Y tu?
–Voy tirando.
–Me entere de que habías dejado el periódico.
–Dejado, despedido… -dijo Henry-. Me Imagino que la diferencia carece de sentido cuando ambas partes se están insultando a gritos en un pasillo.
–¿Le gritaste a Sid?
–Sí.
–Ojalá le hubiera gritado yo -suspire.
–Recibimos un montón de cartas acerca de ti -dijo Henry-. Protestaban por tu despido.
Me lo quede mirando.
–Define «montón».
–Vale -sonrió Henry-. Seis. Pero tienes seis admiradores muy leales y muy furiosos.
–Cuéntame algo de la otra -dije-. De la que me quito el trabajo.
–¿De Mary Ellen? ¿Que quieres que te cuente?
–No se. – Me encogí de hombros-. Cualquier cosa que sea mala.
–No sabe escribir -dijo Henry.
–Eso, cosas así.
–Y le gusta arrancarles la cabeza a los gatitos.
–Una mas, por favor -pedí.
–En el fondo es una persona patética e insegura -dijo Henry-. De verdad, da lastima.
–No soporto esas cosas, ¿sabes?
–¿Que cosas?
–Lo de que ser patético e inseguro sirva como excusa para cualquier cosa -dije-. O sea, yo soy patética e insegura. No conozco a nadie que no sea patético e inseguro.
–Tienes toda la razón. Mary Ellen es mala y ya esta.
–Y carece de talento -señalé.
–Por completo.
Henry sonrió.
–¿Que? – pregunte.
–Nada -dijo.
–¿Por que sonríes?
–No lo se. Sonrío, ya esta.
–Bueno, ¿y ahora que vas a hacer?
–No lo sé -dijo-. Tomarme un descanso. Reconsiderar.
Me enseñó el montón de guías de viajes que Llevaba: Tailandia, Nepal, Camboya y Tibet.
–Le dije al dependiente que quería ir a algún lugar barato donde la gente vistiera largas túnicas naranjas -dijo-. Por lo visto tengo que concretar mas.
–Buscas montañas y caminatas o playas y putas? – pregunte.
Fingió un suspiro burlón.
–Me quedare con las caminatas.
Le quite las guías de Tailandia y Camboya y las volví a poner en la estantería.
–Ya esta -dije-. Ya has concretado mas.
–¿Tú vas a alguna parte?
Asentí.
–A Italia. Dentro de dos semanas.
–¿Por que a Italia? – pregunto Henry.
Opte por decirle la verdad.
–Me recompenso a mi misma por no haberme acostado con mi profesor de italiano.
Se echo a reír.
–Era un tío… no se -dije-. Sexy y raro. Sentía curiosidad. Pero luego me di cuenta de que lo sexy era la parte italiana y lo raro era el.
Henry me pregunto si quería tomar un café. Le dije que si. Pagamos nuestros respectivos libros y fuimos a una pequeña cafetería. Pasamos mucho rato charlando.
Cuando salimos ya había oscurecido. Henry me dio la mano al cruzar la calle con el semáforo en rojo, y al llegar a la otra acera no me la soltó.
Era una noche clara, despejada, la luna llena brillaba en el cielo. No sabia adonde íbamos, pero tampoco importaba porque los cerezos habían florecido por fin, y el aire olía al ultimo fuego de alguna chimenea. Yo solo quería contemplar la luna. Solo quería alzar el rostro hacia la luna, serena, como una flor al sol.
* Cristianos renacidos: secta estadounidense cuya doctrina se rige por el
Apocalipsis. Esperan la segunda llegada de Jesucristo y el Juicio Final, en
el que sólo ellos serán salvados. (N. de la T.)
This file was created with BookDesigner program bookdesigner@the-ebook.org
19/01/2010
LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; msh-tools.com/ebook/
OceanofPDF.com
Document Outline
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capitulo 4
- Capitulo 5
- Capitulo 6
- Capítulo 7
- Capitulo 8
- Capitulo 9
- Capitulo 10
- Capitulo 11
- Capitulo 12
- Capitulo 13
- Capitulo 14
- Capitulo 15
- Capitulo 16
- Capitulo 17
- Capitulo 18
- Capitulo 19
- Capitulo 20
- Capitulo 21
- Capítulo 22
Terminaste Mi gran amor
Sarah Dunn
Libros como este
-
Me Gustas Un Latte
-
La maquilladora
-
LUNES
-
Siete Días Sin Besos
-
Louis Lennox - The Wine Down
-
Amar y Cuidar
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.