Mi gran amor

Sarah Dunn · Capítulo 2 de 22

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Mi gran amor

Capítulo 2

momentos antes de la defunción de cada uno de los poetas, que de eso iba aquel libro. Resulta que el subtitulo era Escritos por monjes zen y autores de haikus al borde de la muerte. Tom se leía unos cuantos poemas de estos cada noche antes de acostarse y luego no estaba de humor para tener relaciones sexuales. A veces hasta me leía alguno en voz alta, cosa que en su momento me pareció muy bonita (Tom y yo nunca habíamos sido de esas parejas que se leen en voz alta el uno al otro, éramos mas bien de las del tipo «cuando lo termine lo tienes que leer»), aunque ahora mucho me temo que lo hacía para que yo tampoco estuviera de humor para tener relaciones sexuales. Aquellos poemas eran deprimentes hasta limites inconcebibles.

Como un tronco podrido /casi cubierto por la tierra, mi vida /que no alcanzó a florecer, llega /ahora a su triste fin.

En fin, el caso es que estaba yo en la cama hojeando el libro de poemas sobre la muerte, bebiendo vino y tratando de no pensar en Tom, ni en Tom y Kate, ni en lo que harían juntos, ni en si lo estaban haciendo en aquel mismo instante, cuando sonó el teléfono.

El corazón me dio un vuelco.

Deje que saltara el contestador. Era Nina Peebie, una de las que habían estado un rato antes en mi cuarto de estar, que me llamaba desde el móvil.

–Solo quiero que tengas presente una cosa, Alison -dijo Nina al contestador-. Siempre acaban por volver.

Capítulo 2

Lo último que me dijo Tom aquella noche antes de colgar el teléfono fue «No escribas acerca de esto». Se temía que sintiera la tentación de coger la mostaza, la cena y la llamada de teléfono, convertirlas en setecientas palabras y publicarlas en mi columna semanal. Llevaba escribiendo básicamente la misma columna desde los tiempos de preuniversitaria, pero en el momento en que Tom y yo rompimos se publicaba en un periódico alternativo, The Philadelphia Times. The Philadelphia Times tenía vocación de ser como The Village Voice, una publicación abierta y cultural, solo que esto es Filadelfia, no Nueva York, lo que pone la cosa bastante difícil. Mi amigo Eric se crió aquí y ahora vive en Manhattan, y siempre dice que Filadelfia es de esas ciudades donde a los locutores de la televisión local se los considera famosos. Eric tiene un montón de frases por el estilo, frases

certeras de una manera evidente y fundamental, y a la vez de lo mas deprimentes.

De todos modos, como decía, no me imaginaba como iba a poder evitar escribir sobre Tom. Tom Hathaway era un personaje recurrente de mi columna, era imposible hacerlo desaparecer de repente, como si tal cosa.

Me iba a ver obligada a contar la verdad, cosa que conllevaría varios problemas de índole general y uno muy concrete Para empezar, no había sido de esas rupturas que dejan a la victima en muy buen lugar. De eso me había dado cuenta nada mas colgar el teléfono. La verdad era que, si no hubiera tenido la sala de estar llena de invitados, con toda probabilidad habría retocado un poquito la historia. Habría hecho que el comportamiento de Tom resultara menos repulsivo, y no para protegerlo, sino para protegerme. Luego estaba la pregunta que surge siempre en este tipo de situaciones, a saber, que hacia ella (yo) con él (Tom) para empezar. Faltaban demasiadas piezas del rompecabezas, y si resultaba evidente para mi, que era quien había estado viviendo en medio de las piezas del rompecabezas sin saber resolverlo, era fácil suponer como lo vena cualquiera desde fuera.

Esos eran los problemas generales. Ahora, el problema concreto: resulta que Tom es abogado y se me ocurrió que, si escribía sobre lo que había sucedido aquella noche después de que el me lo prohibiera, acabaría con una demanda. Conozco a cierto tipo de periodistas que despilfarran un montón de energía preocupándose por si les ponen una demanda, y por lo general solo son idiotas que se dan demasiada importancia, pero a decir verdad en este caso no las tenia todas conmigo. Me temo que el hecho de que llame siempre a la gente por el mismo nombre que tienen en la vida real solo sirve para empeorar las cosas. Pero no lo puedo evitar. De lo contrario no me salen personajes creíbles. Tampoco me gusta cambiar demasiado los detalles. Es lo que los libros sobre técnicas de escritura te dicen siempre que debes hacer: «Cambia los detalles demasiado identificativos». Pero yo no puedo.

Considero oportuno señalar que me convertí en la columnista que soy mucho antes de que fuera un cliché, mucho antes del fenómeno contagioso de De repente, Susan, mucho antes de que todo esto se volviera aburrido, estúpido y manido. Pero cuando Llegó todo eso ya era demasiado tarde. Ya era adicta. Me imagino que, si me hubiera sumergido en Dorothy Parker a una edad impresionable, habría querido ser como ella de mayor, pero en

Arizona, cuando yo era niña, no teníamos ninguna Dorothy Parker; teníamos a Nora Ephron. Así que quise ser Nora Ephron de mayor. Hasta muchos anos mas tarde, después de que me hubiera sumergido en Dorothy Parker por mi cuenta y hubiera contemplado vagamente la posibilidad de ser como ella, no descubrí que Nora Ephron había querido ser Dorothy Parker de mayor, cosa que me alegro bastante.

Por desgracia, no es fácil para alguien como yo convertirse en alguien como Dorothy Parker. Ni en alguien como Nora Ephron, ya que estamos, dado que no soy judía. Y no es solo que no sea judía, es que soy todo lo contrario a judía. Me educaron como cristiana evangélica, cien por den

«renacida»*, tribu que carece por completo de tradición cómica, y casi

carece de tradición intelectual. Bien pensado, tampoco estamos muy bien

surtidos en el tema de tradición autocrítica, aunque bien sabe Dios que el

resto del mundo esta deseando que la desarrollemos lo antes posible.

Porque, y me imagino que a nadie le supondrá una novedad, todo el mundo

detesta a los cristianos evangélicos. Los detestan, los detestan, los detestan.

Detestan el derecho cristiano, detestan la Superioridad Moral, detestan a

Jerry Falwell, detestan a los pro-vida, detestan a los que llevan el pececito

de plata en la parte trasera de sus monovolúmenes, detestan al tipo de la

oficina con ese extraño corte de pelo que no pone dinero para la porra de

fútbol. El tipo de la oficina con el extraño corte de pelo podría ser mormon,

claro, pero no se por que la gente no detesta a los mormones. La mayoría

piensa que los mormones son una especie de supercristianos inofensivos.

De hecho, los únicos que no consideran cristianos a los mormones son los

mormones y los cristianos. Hace unos años, mi madre me llamó por

teléfono y me dijo que los nuevos vecinos eran mormones.

–¿Tienen cama elástica? – pregunte.

–¿Cómo lo sabes? – se sorprendió mi madre.

–A los mormones les encantan las camas elásticas -dije-. No me preguntes por que, pero les encantan.

El caso es que mi madre se hizo amiga de la nueva vecina y las dos se pasaron los tres años siguientes intercambiándose recetas de platos únicos y tratando en vano de convertirse la una a la otra. Lo que nos lleva al problema fundamental que tiene la gente con los cristianos renacidos, y es que se niegan a dejarse convertir. Se niegan incluso a considerar la idea de que tal vez tuvieran que convertirse. Lo que pasa es que, en algún momento

de la conversación, el candidato a converso pregunta algo como «¿Y que sucede si paso?», y el convertidor pondrá cara de sincero pesar y responderá

«Pues que te pasaras el resto de la eternidad en el infierno». Esto molesta mucho, aunque pienses que tu interlocutor no dice mas que gilipolleces. Por no mencionar que el resto tampoco es nada divertido.

Incluso de niña yo ya sabia que no era nada divertido. En el instituto, fuera lo que fuera lo que estuviéramos haciendo, siempre saltaba alguno de la pandilla y decía «¿Lo veis?, no hace falta beber para divertirse». Y ya entonces sospechaba yo lo que ahora se a ciencia cierta que es mas divertido beber, consumir drogas y hacer el amor. Pero que mucho mas divertido.

Me imagino que se preguntaran que hacia yo viviendo en pareja con mi novio Tom si era cristiana evangélica. Pues la verdad es que no he sido lo que se dice muy cristiana desde hace tiempo. Desde el preuniversitario, para ser sinceros, aunque algunos de los efectos secundarios mas llamativos, como los jerséis rosas y el pelo mal cortado, me acompañaron hasta los veintitantos. Si me hubiera parado a pensar en el tema me habría bajado del tren antes de empezar el preuniversitario, porque ser cristiana evangélica en el preuniversitario es aburrido a mas no poder. A tu alrededor los demás se dedican a beber, a fumar, a probar hongos psicodélicos, a tener experiencias lésbicas y a lamer gelatina del ombligo de un desconocido en Cancún durante las vacaciones de Pascua, mientras tu te quedas ahí parada y tratas de ser buena. Lo peor que te puede pasar es ser cristiana evangélica en una universidad de las mas prestigiosas, precisamente mi caso, porque no solo tienes que tratar de ser buena, encima tienes que tratar de ser lista. Acabas manteniendo una y otra vez esas conversaciones sobre creacionismo o evolución en el dormitorio común… pero adivina de que lado estas tu.

Adivina a que bando te toca defender. Y luego esta todo el tiempo que te pasas sentado en círculos reducidos con otros cristianos, planteándote cuestiones imponderables. Una de las clásicas es: ¿podría Dios crear una roca tan grande que ni El pudiera levantarla? ¿Podría crear un gato negro que fuera blanco? ¿Podría crear un circulo cuadrado? Después vienen los temas que de verdad importan. Por ejemplo, hasta donde puedes llegar sin que dejen de considerarte virgen. Es un punto muy debatido, pero hay algo que les puedo garantizar: lo que se dice de las chicas cristianas y las mamadas es completamente cierto. En cambio no es verdad lo que se dice

de las chicas cristianas y el sexo anal, con la excepción de unas pocas pioneras, de las cuales yo solo he conocido a una.

Ahora caigo en la cuenta de que aquí hace falta aclarar un poco las cosas, y señalar que con el cristianismo evangélico no hay medias tintas.

Mamadas aparte. Por ejemplo, es posible recibir una educación católica y luego crecer, dejar de obedecer las normas, dejar de ir a la iglesia, que en tu vida no quede nada que pueda sugerir a un ser humano medianamente razonable que eres católico, y aun así, para ti y para el resto del mundo, seguirás siendo católico. Con el evangelicalismo la cosa no funciona así. O

estas dentro o estas fuera. O estas con ellos o estas contra ellos. Así que, antes de seguir, quiero dejar bien claro que en la actualidad yo estoy fuera.

Otra cosa que quiero dejar bien clara es que este tipo de cosas son las que me resultaron siempre mas molestas del evangelicalismo.

No me gusta confesar esto en publico, por mis padres. Mis pobres padres. Mis queridos, mis bondadosos, mis devotos y cristianos padres. De verdad, no han hecho nada para merecerse esto. Bueno, he estado yendo al psicólogo durante once años, así que es de suponer que habrán hecho algo para merecerse algo, pero nada para merecerse esto. Me da reparo hablar de mis once años de psicoterapia porque sin duda van ustedes a pensar que estoy mal de la cabeza. El hecho de que una persona con problemas normales tenga que ir a un psicólogo durante once años solo lo entiende otra persona mas o menos normal que también lleve mucho tiempo de terapia, así que no sirve de nada que intente explicarme aquí. En cambio, lo verdaderamente interesante es como me he podido pagar las sesiones.

Cuando termine el preuniversitario estaba en la ruina y deprimida, así que empecé a acudir a una clínica publica en la que solo me cobraban trece dólares por hora, y para cuando me quise dar cuenta habían pasado once anos. No hice lo que se dice muchos progresos, sobre todo porque era una clínica de practicas donde los estudiantes recién graduados trabajaban durante un año antes de empezar a ejercer en consultas particulares, de manera que cada mes de septiembre mi terapeuta le entregaba mi informe al nuevo y los dos teníamos que volver empezar otra vez, desde el principio, contando mi infancia.

No hace falta que intenten seguirles la pista a todos mis terapeutas. He tenido demasiados, de verdad. El mas reciente se llamaba William y sufría de vértigo. Yo soy de las que habían creído toda la vida que el vértigo es un

dolencia inventada, de esas que los guionistas de cine se sacan de la manga para explicar por que el chico de la película no puede cruzar el puente para salvar a la chica, pero William tenia vértigo de verdad. Hasta tal punto que a veces, durante las sesiones, se deslizaba de la silla hasta el suelo para quedar tendido a mis pies. «Puedes seguir -decía-. No es nada, solo uno de mis ataques.»

–Debería marcharme -dije la primera vez que lo hizo.

–¡Por que deberías marcharte? – respondió William. Me estaba mirando desde la alfombra-. ¿Esto te hace sentir incomoda?

–Si -dije.

–¿Por que te sientes incomoda? – preguntó William.

–Porque mi loquero esta tumbado en el suelo.

–Tumbarme en el suelo es una respuesta lógica a mi ataque de vértigo -

dijo William-. ¿Por que debería hacerte sentir incomoda?

–No lo se. Pero estoy incomoda.

–¿Te provoca algún tipo de respuesta sexual?

–Ni de lejos.

–Me cuesta creerlo -dijo.

–¿Y eso por que?

–Porque te sientes atraída por hombres no accesibles, hombres como Tom, que puede que sea tu novio pero emocionalmente es inaccesible para ti; y yo, como terapeuta tuyo, soy inaccesible por definición.

Todo esto desde el suelo.

–A mi no me pareces tan inaccesible, William.

–¿Quieres decir que crees que siento una inclinación sexual hacia ti?

–Yo no he dicho eso.

–Pues si la siento -replico el-. ¿Quieres que exploremos ese terreno?

Ya, ya lo se, tendría que haber dejado las sesiones con William, pero no lo hice. Hay que tener en cuenta que solo pagaba trece dólares la hora, y por trece dólares la hora estaba dispuesta a soportar un comportamiento no del todo convencional por parte de mi terapeuta. Además, tampoco me interesaba armar jaleo en la clínica, porque si alguien se paraba en serio a examinar mi expediente no tardaría en darse cuenta de que tenían que subirme la tarifa. Cosa que, por desgracia, fue precisamente lo que sucedió tres semanas antes de la noche de la cena. Cuando me presente para mi cita habitual del lunes por la mañana, la directora de la clínica asomo la cabeza

por la sala de espera y me dijo que pasara a su despacho. Se sentó frente a mí tras el escritorio y con toda tranquilidad me informo de que William ya no trabajaba allí. Lo habían tenido que mandar al manicomio, con camisa de fuerza y todo, aunque ese detalle no me lo contó ella, me lo dijo mas tarde Yolanda, la recepcionista. Por lo visto fue todo un espectáculo. El caso es que resulto que yo era la única paciente de William que no había presentado una queja sobre el, y por eso termine en el despacho de aquella mujer. Dio por hecho que yo debía de tener algún problema. Todos los que iban a la clínica tenían problemas, claro, pero dio por hecho que los míos eran de los gordos.

Todo lo anterior es solo para poner de relieve algo tan sencillo como que, aunque llevaba once anos de terapia, en el momento de los acontecimientos aquí relatados, los acontecimientos que componen esta historia, no tenia terapeuta. Y tampoco estaba curada, cabe señalar. Lo que si tenia era cierta afinidad, interés y familiaridad con mi yo interior. Por eso, ahora que me paro a pensarlo, el hecho de que me cogiera por sorpresa me cogió por sorpresa. ¡Once años de psicoterapia! ¡Un padre que me abandono a los cinco anos! No hay que excavar tanto para llegar a mi subconsciente, esta a plena luz, instalado en mi vida, disfrazado de destino.

La verdad es que lo que me había pasado con Tom era de lo mas predecible.

Lo que aun no he conseguido es averiguar como se pasa de comprender por que te suceden cosas malas en un momento dado a aprender a evitar que te sucedan. Ese truco sigo sin cogerlo. Es la pregunta para la que no he conseguido una respuesta directa de ninguno de mis terapeutas. Se la llegue a plantear a Janis Finkle (mi última terapeuta de verdad, la predecesora inmediata de William) en la ultima sesión que tuvimos juntas.

–No se puede -me dijo.

–¿No se puede?

–No se puede.

–Entonces, ¿para que sirve todo esto? – quise saber.

–¡Para que crees tú que sirve? – dijo Janis.

Sigo sin saber para que sirve. Otra de las cosas que tampoco he llegado a descubrir es si la religión de mi infancia es la fuente de mis problemas neuróticos o la solución para ellos. Por supuesto, he descubierto otras muchas cosas, pero la mayor parte no sirven para nada.