Mi tierra eres tú
Un poquito más…
Al llegar al lago Byron paró el motor. Candy intentó saltar de entre sus
brazos, pero eran fuertes y poderosos y la sujetaron mientras lloraba.
—Tienes dos minutos para desahogar tu frustración. Después voy a hacer
que te olvides hasta de tu nombre y no quiero que vuelvas a pensar en él en
esos términos. No quiero tener que matarlo.
—¡Déjame! ¡Suéltame! Quiero… quiero…
No la dejó terminar. Enredó la tosca mano en el sedoso cabello y tiró de él
hasta dejar su garganta completamente expuesta. La lamió de abajo a arriba,
hasta llegar a la jugosa boca que intentaba, con poco éxito, inhalar algo de
aire que llevarse a los pulmones.
—Te queda un minuto. Llora, patalea, grita… Después se acabó. No más
George, nunca más.
—Tú no puedes decirme a quién querer. No puedes obligarme, Tú… tú…
—Intentaba articular las palabras mientras él deslizaba la otra mano por su
espalda, para introducirla con habilidad bajo el vestido.
Ella seguía aferrada a su chaqueta y se dejaba hacer a la vez que intentaba
protestar.
—Eso es, princesa. Yo. Yo. Así me gusta. Te quedan treinta segundos. Yo
que tú, saldría corriendo.
Ella también lo habría hecho. Candy sabía que tenía que hacerlo pero, por
algún motivo, no podía moverse de donde estaba. No quería perder el amparo
de ese fuerte cuerpo. La realidad la golpeó como un puñetazo; quería tener
dentro ese duro cuerpo.
—Se acabó el tiempo —la informó, a la vez que bajaba la mano hasta sus
nalgas y las apretaba con fuerza.
No la estaba besando, a pesar de que su boca se empeñaba en buscarlo,
entreabierta y dispuesta. Con un hábil movimiento, él la colocó a horcajadas
encima de él. Sintió un ramalazo de placer al notar la protuberancia que él
restregaba con descaro contra su sexo.
—Me asustas —gimió ella.
—Mejor. —Y se lanzó a su boca, casi engulléndola.
Nunca la habían besado de esa forma. Era brutal, exigente, primitivo…
salvaje. «Su salvaje». No, estaba loca; no podía pensar en él en esos términos.
Se sentía confundida, asustada, y él estaba aprovechándose, decidió. «Sí,
pensando así se sentía mejor con su conciencia».
—Cuando se enteren de que me has secuestrado y me estás forzando, mi
familia te va a matar —lo amenazó, mientras levantaba el trasero y dejaba que
él le arrancara el fino tanga rojo de un tirón.
—Los estaré esperando.
Los dedos de él vagaron entre sus nalgas. Sin darse cuenta, se tensó ante
el placer que le proporcionó descubrir que deseaba que él siguiera explorando
aquella sensación desconocida para ella. Y lo hizo, al tiempo que soltaba su
cabello y bajaba por la garganta la mano con que lo aferraba, llegando hasta el
pecho. Lo tomó con la palma y rozó el pezón con el pulgar, que estaba duro y
excitado. Luego se lo metió en la boca para chupar y tirar de él hasta que ella
no pudo evitar gemir y arquearse contra aquel salvaje y duro cuerpo.
El deseo que sintió fue brutal, devastador. Ella no sabía que le gustase
tanto que le tocaran el trasero, sobre todo de esa manera; tan duro, tan áspero,
tan fuerte…
«Le gustaba. Le gustaba mucho. Si solo le apretara un poco más, podría
correrse en ese mismo instante».
La había hechizado, estaba claro. Ella era modosita, más bien tímida en
cuestiones de sexo y esas cosas le daban vergüenza. Se odió por sentirse tan
excitada y necesitada por culpa de un maldito salvaje que la trataba como a
una…
—Eres un bruto. George siempre fue dulce…
Una fuerte palmada resonó contra su trasero. El picor la puso tan al límite
del abismo del placer que la enfureció.
—Si vuelves a nombrar a otro hombre cuando estás conmigo, te pondré
este hermoso y redondo culo como un tomate —la amenazó.
Ella se movió como una gatita. Delicadamente le pasó la mano por la
cintura y, en un rápido movimiento, se hizo con el cuchillo que él siempre
llevaba en la parte de atrás del cinturón. Lo apretó contra la garganta y alzó
las cejas mientras sonreía con gesto ganador al tiempo que, con la otra mano,
se enredaba el oscuro y largo cabello de Byron en el brazo y tiraba de él.
—Si vuelves a amenazarme conseguiré que te arranquen esta linda
cabellera de la manera más dolorosa posible.
—Ya sabía yo que en algún rincón de ese oscuro corazón tuyo retenías a
la pantera que en realidad eres.
Él le agarró la muñeca y la empujó hasta dejarla tumbada contra el
depósito de la moto mientras que, con la otra mano, le quitaba el cuchillo.
Luego se irguió sobre ella, deshaciéndose de la chaqueta y la camisa antes de
pasar la afilada punta del Comanche 440 por entre sus pechos, haciendo saltar
los pequeños botones que unían el vestido hasta que sus senos quedaron
completamente expuestos.
Le vio clavar la navaja en el suelo con un golpe de muñeca y bajarse la
cremallera de los pantalones. Casi sin darle tiempo, ella subió las piernas y las
enroscó alrededor de sus caderas.
—La próxima vez escoge el que llevo en la bota. Con el cortaúñas no
podrías arrancarme ni un mechón de recuerdo.
Ella pensó que podría morir de placer en ese mismo instante. Nunca había
sentido algo parecido al fuego que ahora mismo corroía sus entrañas. Jamás la
necesidad de ser poseída había sido tan apremiante; lo necesitaba en su
interior, empujando y llenándola por completo. Ya habría tiempo de
arrepentirse después. Siempre podría dar la dirección exacta a su primo, para
que fuera a buscarlo y le pegara un tiro.
Byron pasó la mano por la cintura de Candy y se la colocó encima,
sentada a horcajadas sobre él, mientras él se acomodaba de nuevo en el sillín.
Por un momento dudó en tumbarla en el suelo, pero no quería darle la
oportunidad de cambiar de opinión. Esta primera vez sería rápido. Ella estaba
húmeda y dispuesta; hinchada y preparada para él.
—No voy a ensuciarme las manos con tu repulsiva sangre. Será cuando
menos te lo esperes. Vas a pagar por esto —le amenazó ella, mordiéndole el
lóbulo de la oreja.
—Lo sé, princesa, créeme. Lo sé. —Se introdujo en ella con fuerza y la
sintió temblar y estremecerse entre sus brazos.
Él continuó empujando y ella siguió suspirando, casi gritando de placer.
No sabía que se podía sentir algo así; un deseo tan fuerte que doliera y un
dolor que proporcionara tanto placer.
—Di mi nombre —exigió él.
—¡Salvaje! —contestó, provocativa. En respuesta, él dejó de moverse.
Candy levantó el trasero y se dejó caer sobre él suavemente, mirándolo a
los ojos mientras se pasaba la lengua por los labios. Él le propinó otra
palmada en el trasero.
Sintió una descarga de placer que la hizo temblar hasta el punto de
aferrarse a él y morderle con fuerza en el hombro. Él la agarró por las caderas
y tiró de ella hacia arriba, retirándose prácticamente por completo.
—He dicho que digas mi nombre.
—Si me haces esto juro que no solo morirás, sino que además será
doloroso.
—Dilo.
—¡Byron!
Se introdujo en ella de golpe. Estaba tan excitado que pensó que de
verdad moriría si ella no se corría pronto. Llevó los dedos hasta su clítoris y
lo presionó y acarició al compás de las embestidas. En pocos segundos los
dos cayeron en un éxtasis brutal, repleto de jadeos, gritos y sudor. Un viaje
que les llevaría directos al cielo… y al infierno.
Mark recibió una llamada en el móvil. Un tono, dos tonos…
—Jacob —respondió una voz.
—Mark, ella está en la casa del lago. Ven a recogerla, está fuera de sí. No
puedo controlarla.
—Byron, ¿qué has hecho? —exigió Mark.
—Lo que todos esperáis de mí. Ahora tú haz lo que todos esperamos de ti
y ven a rescatar a la princesa pálida.
—Byron, aún te puedo partir la cara.
—Que te jodan Mark.
Terminaste Mi tierra eres tú
Bela Marbel
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