Mi tierra eres tú

Bela Marbel · Capítulo 28 de 28

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Mi tierra eres tú

Un poquito más…

 

 

Al llegar al lago Byron paró el motor. Candy intentó saltar de entre sus

brazos, pero eran fuertes y poderosos y la sujetaron mientras lloraba.

—Tienes dos minutos para desahogar tu frustración. Después voy a hacer

que te olvides hasta de tu nombre y no quiero que vuelvas a pensar en él en

esos términos. No quiero tener que matarlo.

—¡Déjame! ¡Suéltame! Quiero… quiero…

No la dejó terminar. Enredó la tosca mano en el sedoso cabello y tiró de él

hasta dejar su garganta completamente expuesta. La lamió de abajo a arriba,

hasta llegar a la jugosa boca que intentaba, con poco éxito, inhalar algo de

aire que llevarse a los pulmones.

—Te queda un minuto. Llora, patalea, grita… Después se acabó. No más

George, nunca más.

—Tú no puedes decirme a quién querer. No puedes obligarme, Tú… tú…

—Intentaba articular las palabras mientras él deslizaba la otra mano por su

espalda, para introducirla con habilidad bajo el vestido.

Ella seguía aferrada a su chaqueta y se dejaba hacer a la vez que intentaba

protestar.

—Eso es, princesa. Yo. Yo. Así me gusta. Te quedan treinta segundos. Yo

que tú, saldría corriendo.

Ella también lo habría hecho. Candy sabía que tenía que hacerlo pero, por

algún motivo, no podía moverse de donde estaba. No quería perder el amparo

de ese fuerte cuerpo. La realidad la golpeó como un puñetazo; quería tener

dentro ese duro cuerpo.

—Se acabó el tiempo —la informó, a la vez que bajaba la mano hasta sus

nalgas y las apretaba con fuerza.

No la estaba besando, a pesar de que su boca se empeñaba en buscarlo,

entreabierta y dispuesta. Con un hábil movimiento, él la colocó a horcajadas

encima de él. Sintió un ramalazo de placer al notar la protuberancia que él

restregaba con descaro contra su sexo.

—Me asustas —gimió ella.

—Mejor. —Y se lanzó a su boca, casi engulléndola.

Nunca la habían besado de esa forma. Era brutal, exigente, primitivo…

salvaje. «Su salvaje». No, estaba loca; no podía pensar en él en esos términos.

Se sentía confundida, asustada, y él estaba aprovechándose, decidió. «Sí,

pensando así se sentía mejor con su conciencia».

—Cuando se enteren de que me has secuestrado y me estás forzando, mi

familia te va a matar —lo amenazó, mientras levantaba el trasero y dejaba que

él le arrancara el fino tanga rojo de un tirón.

—Los estaré esperando.

Los dedos de él vagaron entre sus nalgas. Sin darse cuenta, se tensó ante

el placer que le proporcionó descubrir que deseaba que él siguiera explorando

aquella sensación desconocida para ella. Y lo hizo, al tiempo que soltaba su

cabello y bajaba por la garganta la mano con que lo aferraba, llegando hasta el

pecho. Lo tomó con la palma y rozó el pezón con el pulgar, que estaba duro y

excitado. Luego se lo metió en la boca para chupar y tirar de él hasta que ella

no pudo evitar gemir y arquearse contra aquel salvaje y duro cuerpo.

El deseo que sintió fue brutal, devastador. Ella no sabía que le gustase

tanto que le tocaran el trasero, sobre todo de esa manera; tan duro, tan áspero,

tan fuerte…

«Le gustaba. Le gustaba mucho. Si solo le apretara un poco más, podría

correrse en ese mismo instante».

La había hechizado, estaba claro. Ella era modosita, más bien tímida en

cuestiones de sexo y esas cosas le daban vergüenza. Se odió por sentirse tan

excitada y necesitada por culpa de un maldito salvaje que la trataba como a

una…

—Eres un bruto. George siempre fue dulce…

Una fuerte palmada resonó contra su trasero. El picor la puso tan al límite

del abismo del placer que la enfureció.

—Si vuelves a nombrar a otro hombre cuando estás conmigo, te pondré

este hermoso y redondo culo como un tomate —la amenazó.

Ella se movió como una gatita. Delicadamente le pasó la mano por la

cintura y, en un rápido movimiento, se hizo con el cuchillo que él siempre

llevaba en la parte de atrás del cinturón. Lo apretó contra la garganta y alzó

las cejas mientras sonreía con gesto ganador al tiempo que, con la otra mano,

se enredaba el oscuro y largo cabello de Byron en el brazo y tiraba de él.

—Si vuelves a amenazarme conseguiré que te arranquen esta linda

cabellera de la manera más dolorosa posible.

—Ya sabía yo que en algún rincón de ese oscuro corazón tuyo retenías a

la pantera que en realidad eres.

Él le agarró la muñeca y la empujó hasta dejarla tumbada contra el

depósito de la moto mientras que, con la otra mano, le quitaba el cuchillo.

Luego se irguió sobre ella, deshaciéndose de la chaqueta y la camisa antes de

pasar la afilada punta del Comanche 440 por entre sus pechos, haciendo saltar

los pequeños botones que unían el vestido hasta que sus senos quedaron

completamente expuestos.

Le vio clavar la navaja en el suelo con un golpe de muñeca y bajarse la

cremallera de los pantalones. Casi sin darle tiempo, ella subió las piernas y las

enroscó alrededor de sus caderas.

—La próxima vez escoge el que llevo en la bota. Con el cortaúñas no

podrías arrancarme ni un mechón de recuerdo.

Ella pensó que podría morir de placer en ese mismo instante. Nunca había

sentido algo parecido al fuego que ahora mismo corroía sus entrañas. Jamás la

necesidad de ser poseída había sido tan apremiante; lo necesitaba en su

interior, empujando y llenándola por completo. Ya habría tiempo de

arrepentirse después. Siempre podría dar la dirección exacta a su primo, para

que fuera a buscarlo y le pegara un tiro.

Byron pasó la mano por la cintura de Candy y se la colocó encima,

sentada a horcajadas sobre él, mientras él se acomodaba de nuevo en el sillín.

Por un momento dudó en tumbarla en el suelo, pero no quería darle la

oportunidad de cambiar de opinión. Esta primera vez sería rápido. Ella estaba

húmeda y dispuesta; hinchada y preparada para él.

—No voy a ensuciarme las manos con tu repulsiva sangre. Será cuando

menos te lo esperes. Vas a pagar por esto —le amenazó ella, mordiéndole el

lóbulo de la oreja.

—Lo sé, princesa, créeme. Lo sé. —Se introdujo en ella con fuerza y la

sintió temblar y estremecerse entre sus brazos.

Él continuó empujando y ella siguió suspirando, casi gritando de placer.

No sabía que se podía sentir algo así; un deseo tan fuerte que doliera y un

dolor que proporcionara tanto placer.

—Di mi nombre —exigió él.

—¡Salvaje! —contestó, provocativa. En respuesta, él dejó de moverse.

Candy levantó el trasero y se dejó caer sobre él suavemente, mirándolo a

los ojos mientras se pasaba la lengua por los labios. Él le propinó otra

palmada en el trasero.

Sintió una descarga de placer que la hizo temblar hasta el punto de

aferrarse a él y morderle con fuerza en el hombro. Él la agarró por las caderas

y tiró de ella hacia arriba, retirándose prácticamente por completo.

—He dicho que digas mi nombre.

—Si me haces esto juro que no solo morirás, sino que además será

doloroso.

—Dilo.

—¡Byron!

Se introdujo en ella de golpe. Estaba tan excitado que pensó que de

verdad moriría si ella no se corría pronto. Llevó los dedos hasta su clítoris y

lo presionó y acarició al compás de las embestidas. En pocos segundos los

dos cayeron en un éxtasis brutal, repleto de jadeos, gritos y sudor. Un viaje

que les llevaría directos al cielo… y al infierno.

 

Mark recibió una llamada en el móvil. Un tono, dos tonos…

—Jacob —respondió una voz.

—Mark, ella está en la casa del lago. Ven a recogerla, está fuera de sí. No

puedo controlarla.

—Byron, ¿qué has hecho? —exigió Mark.

—Lo que todos esperáis de mí. Ahora tú haz lo que todos esperamos de ti

y ven a rescatar a la princesa pálida.

—Byron, aún te puedo partir la cara.

—Que te jodan Mark.

Terminaste Mi tierra eres tú

Bela Marbel

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