Mi tierra eres tú
Capítulo 4
Regreso al pasado, miedo al futuro
Eran las diez menos diez de la mañana. Nat se vistió con unos vaqueros, una
camiseta de tirantes con el logo de Harley y unos botines camperos, se
recogió el pelo en la nuca, se puso sus gafas de aviador y, en vez de bolso, se
decidió por una pequeña mochila.
Una vez en la puerta cambió de opinión, cogió el teléfono y estuvo a
punto de llamar a George para anular la cita, después de todo podría decir que
le dolía la tripa, como cuando tenía examen de matemáticas en el colegio, y
no estaría mintiendo. Tomó una chaqueta de cuero del perchero y bajó a la
calle, esperando que él no hubiera llegado todavía. Pero allí estaba, en la
puerta de la tienda; acababa de bajar de la moto cuando lo vio.
Una enorme sonrisa le iluminó la cara cuando sus ojos se encontraron y
ella sintió una descarga que viajó desde el pecho hasta su entrepierna. Ningún
hombre le había afectado nunca de esa manera, pero sí lo había hecho un
chico; él, solo él. Se preguntaba si era posible que en esta vida solo hubiera un
hombre para ella.
Cuando estuvo lo bastante cerca, George alargó las manos hasta su cabeza
y le deshizo el recogido, enterrando los dedos en su pelo antes de acercarla
más a él para darle un ligero beso en los labios. Ella sintió un cosquilleo que
la calentó por dentro, pero pronto él se acercó un poco más y profundizó en su
boca, buscando que ella le devolviera el beso. Con delicadeza, primero pasó
su lengua por el labio de abajo, luego por el de arriba y, por último, entró en
ella y la exploró hasta que ella no pudo más que derretirse en sus brazos,
aferrada a la camiseta de él con ambas manos para mantener el equilibrio.
Había soñado con eso tantas noches durante los últimos diez años y casi
en cada instante durante los últimos días… Tenía el mismo sabor que recordaba; a regaliz. Le había lamido los labios tal y como a ella le gustaba
que lo hiciera, le encantó saber que él también la recordaba a ella.
Sabía que tenía que confesarle la verdad, pero eso sería al final del día;
ahora se olvidaría de todo para disfrutar de su compañía. Solo eso, disfrutarlo.
De repente, algo en su interior le dijo que no debería hacer lo que estaba
haciendo. «¡Mierda, Julio! Tengo novio y estoy besando a otro. ¿Me he vuelto
loca?». Se separó de él bruscamente.
—No deberías haber hecho esto —le recriminó.
—No lo he hecho solo, ¿sabes? —contestó él con una sonrisa frustrada,
mientras cruzaba los brazos por delante del pecho.
—Sí, lo siento. No tendría que haber dejado que sucediera.
—Me lo debías. Además, así no pasarás el resto del día pensando cuándo
me lo cobraría.
—Iba a cobrármelo.
—¿Te lo ibas a cobrar? ¿De verdad?
—No. Tenías que haber dicho «iba a cobrármelo». —Él sonrió,
probablemente porque ya sabía que lo estaba corrigiendo, pero se divertía
poniéndola nerviosa.
—¿Pasamos a saludar a tu hermana?
—No es necesario —respondió ella, alejándose un poco más.
—Sería un maleducado si no le diera las gracias por trabajar por ti para
que tú tuvieras el día libre.
—No te preocupes, seguro que no se ofende. —George la miró con cara
de fastidio—. Está bien —aceptó al fin—, pasemos un momento. Pero en
cuanto miró hacia el interior de la tienda, se dio cuenta de que su hermana
había estado observando la escena. Su cara era un poema.
George abrió la puerta y la mantuvo abierta para que ella pasara primero.
Allí estaba su exquisita educación sureña.
—Laura —dijo acercándose a ella y dándole un sonoro beso en la mejilla
—, gracias por dejármela hoy.
—De nada, guapo. —Laura no era precisamente una chica cohibida—.
¿Te importaría ir a mirar el aceite a la moto? Tengo que decirle algo a mi
alocada e impulsiva hermana. —La discreción tampoco era uno de sus
fuertes.
—¿Tengo que asustarme? —preguntó él.
—En absoluto, cariño —contestó Laura.
—De acuerdo. Entonces, encantado de verte, Laura. —Se despidió
cogiéndole la mano y acercándosela a los labios—. No me tardes —le pidió a ella, acariciándole la cara con los dedos.
En cuanto salió, vio a su alterada hermana girarse hacia ella.
—Dios mío, hermana, eso es un hombre. Te entiendo perfectamente, de
verdad, pero… ¿qué coño haces? Te das el lote con el padre secreto de tu hija,
a las diez de la mañana, en la puerta de la tienda mientras tu novio está
trabajando a, ¿cuánto? ¿Dos calles de aquí? ¿Quién eres tú? ¡Devuélveme a
mi hermana!
—Respira, no te vayas a ahogar. No sé qué estoy haciendo, no puedo
evitarlo. Y te recuerdo que en este lío me metiste tú, dejándome el día libre.
—No pensé que estarías a punto de tirártelo en la puerta.
—Pero qué burra eres.
—¿Besa tan bien como parece?
—Mejor.
—Me estoy muriendo de envidia. ¿Y qué tal era en lo demás?
—No me acuerdo —respondió mientras se le dibujaba una sonrisa
nerviosa y su rostro se teñía de rojo.
—Esa facilidad tuya para que te salgan los colores te delata. ¿Tan bueno?
—Éramos unos críos.
—Tiene pinta de que ha ido a mejor. Promete que me lo contarás todo con
detalles.
—No.
—¿Cuándo vas a hablar con Julio?
—Ni siquiera lo he pensado. George se irá en unos días y todo volverá a
la normalidad.
—Vete ya, que se está impacientando. —Ella miró hacia afuera y vio que
George estaba paseando de un lado a otro como un león enjaulado. Se
despidió de su hermana y salió a su encuentro.
—¿Nos vamos?
—¿Me habéis despiezado ya? —Ella soltó una carcajada.
—Se dice despellejado.
—¿Lo habéis hecho?
—No exactamente. —Él la miró con lo que a ella le pareció intriga,
mientras le tendía un casco.
Al principio ella mantuvo las distancias todo lo que pudo, pero en cuanto
salieron a carretera puso las manos sobre su cintura. George le cogió primero
una y después la otra y se las colocó sobre su estómago. Ella se dejó llevar, se
pegó a su espalda y apoyó la cabeza en él para protegerse del aire, aunque en realidad lo hacía para respirar su aroma. Le gustaba sentirlo así de cerca;
notar ese cuerpo, en otro tiempo tan familiar, pegado al suyo.
Ni siquiera le había preguntado a dónde iban. Se dio cuenta de que cogían
la carretera nacional de la costa en dirección norte. Se relajó por completo,
ojalá aquel viaje durara para siempre. Estar así, enlazada a él, era más de lo
que su corazón podía soportar sin derrumbarse. Supo en ese momento que
tenía que dejar a Julio; después de varios meses no significaba nada para ella,
en ningún momento la había hecho sentirse así. Tal vez su futuro no estaría al
lado de George, pero tenía que buscar a alguien con quien sintiese de nuevo;
alguien que la hiciese vibrar y querer más de él.
Todavía no había tomado una decisión acerca de su hija.
Cuando supo que estaba embarazada y se lo confesó a su hermana María,
esta le aconsejó que hablara con su madre. En su casa la noticia supuso una
verdadera conmoción, pero reaccionaron rápidamente y, después de sopesar
todas las posibilidades, se decidió que tendría al bebé y lo cuidarían entre
todos para que ella pudiese terminar sus estudios. También se acordó que
sería mejor que pasase el embarazo en Madrid, con su tía.
Llegaron a Altea y subieron por la empinada cuesta hasta el entramado de
calles adoquinadas del casco antiguo.
A George le había encantado ese pueblo cuando estuvo de visita días
atrás; las calles estrechas, las subidas, las casas bajas de una o dos plantas
como mucho… Pararon y aparcaron la moto casi en la plaza, que se situaba
en lo más alto del lugar. En ella había una iglesia antigua, además de un par
de restaurantes y un pub con terrazas exteriores.
Cuando desmontaron se quitaron el casco sin dejar de mirarse. George
estiró la mano para coger el que ella había usado y guardarlo en la maleta
lateral, pero al asirlo rozó sus dedos y ella tembló a causa del escalofrío que la
recorrió de arriba abajo.
—¿Todavía sientes escalofríos cuando te toco?
—No —mintió. Pero George vio la mentira reflejada en el color rojo de
sus mejillas.
—Pues yo sí —le hizo saber, sonriendo. Tomó su mano y empezó a
caminar en dirección al mirador.
Las vistas eran impresionantes. Una amplia extensión de mar se abría ante
los ojos colmando sus sentidos; el sonido de las olas, el olor a sal, la perfecta
conjunción de los tonos azules y verdosos con el reflejo de la luz del sol de
junio, el roce del aire en el rostro y la promesa del sabor a regaliz de los besos de George. A pesar de sentirse feliz, una sombra la acompañaba; la sombra de
un secreto. Un secreto demasiado pesado.
Allí, apoyados sobre la barandilla, mirando al horizonte, ella tuvo
tentación de confesarlo todo, como si en ese hermoso paisaje nada malo
pudiera ocurrir; allí todo tendría solución.
¿Por qué no lo había buscado durante todos esos años?
Sí, había hecho alguna investigación en Google, pero no había intentado
localizarlo en serio. Podía haber hablado con sor Alfonsa para averiguar su
dirección en Estados Unidos, o ir a ver a la abuela de Mark y ponerse en
contacto con él, pero la verdad era que, al principio, estaba demasiado dolida
por el abandono y, después, cada vez le resultó más difícil. A medida que
pasaba el tiempo tuvo menos valor y, ahora que lo tenía al lado…
Ahora, en aquel momento, tenía más miedo que nunca.
—¿Cómo conoces este sitio? —le preguntó, cambiando el rumbo de sus
pensamientos.
—Dani nos trajo el día después de su fiesta y me encantó. Solo podía
pensar que ojalá hubie… hubiese venido contigo.
Ella se dio cuenta de que estaba nervioso, cuando se alteraba le costaba
más hablar bien español. De adolescentes lo amaba tanto, que le gustaba
incluso su forma de no pronunciar las jotas o las erres, su costumbre de
alargar las palabras o cómo se atascaba en las difíciles. Aún ahora todo
aquello la seguía enterneciendo.
—No te rías de mí —le escuchó decir.
—No me río, de veras. Es que, no paran de venirme recuerdos a la
memoria.
—A mí también. —George le acariciaba el pelo.
—Y… qué pasó con… ella.
—Hablamos. Le pregunté qué sentía por mí, le dije que yo no sentía lo
mismo y se fue en el avión de la mañana, después de darme una bofetada y
romper algunas cosas de la habitación. —George dio un paso hacia ella—. Y,
¿con tu novio? ¿Qué pasa con él?
—¿Qué tiene que pasar? —preguntó, mirando hacia otro lado y dando un
paso atrás, hasta tener la espalda casi pegada a la pared.
—Después de cómo me has besado antes, no querrás seguir con él —
contestó George, dando un nuevo paso hacia ella hasta que apenas quedó un
palmo entre sus cuerpos, de modo que la obligó a apoyarse contra el muro.
Podía sentir el calor que irradiaba.
—Oye, tú te irás en unos días y volverás con Candy o te liarás con otra.
Lo de antes ha sido por los viejos tiempos y… Y…
George apoyó las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza, y se
inclinó para besarla. Primero rozó sus labios, tentándola, pero ella no se opuso
en absoluto, al fin y al cabo nunca había podido resistirse a ese hombre. Sus
objeciones murieron en los labios de él. Su cuerpo se quejaba porque solo se
tocaban sus bocas, así es que se movió hacia adelante hasta acortar la
distancia.
Él la cogió en brazos, apoyándola de nuevo en la pared, y la besó más
profundamente mientras ella le enredaba las piernas alrededor de la cintura.
Después de lo que a ella le pareció un segundo, aunque sabía que había sido
un buen rato, George le cogió la cara entre las manos y separó su boca.
—Sigues igual de apasionada que antes.
—No sé qué me ha pasado. Yo…
—Shhh. Ahora eres mi novia y no puedes besar a ningún otro —ordenó,
recordando su primer beso.
—Ahora no quiero besar a ningún otro —contestó.
Lo abrazó y, al hacerlo, se dio cuenta de que un grupo de personas de
avanzada edad, con pinta de no ser españoles —tal vez alemanes o ingleses
—, los miraban con interés.
—Creo que será mejor que me bajes, porque tenemos audiencia —sugirió.
—Pues que miren. Te he echado mucho de menos. ¿Lo he dicho bien? —
Muy bien.
—No voy a soltarte hasta que lleguemos al bar para almorzar y…
Pensándolo bien, a lo mejor puedo comer contigo encima.
—No seas tonto, bájame.
—O quizá te coma a ti —dijo, dándole un bocadito en el cuello.
Ella escuchó risas entre el grupo de jubilados vacacionales. Juraría que
incluso les habían sacado una foto.
No iba a pensar en el futuro ni en la semana próxima, ni siquiera en
mañana o esa noche, solo existía el ahora en sus brazos.
George la separó de la pared y caminó con ella abrazada, como si de un
apéndice de él mismo se tratase. Pasearon así por todo el pueblo. De tanto en
tanto, él le acariciaba el cabello y ella correspondía dándole un beso en el
cuello que le hacía estremecer, o se paraban para besarse con pasión, ajenos al
revuelo que estaban organizando.
Después de un rato decidieron, por fin, sentarse en una terraza para tomar
algo.
—¿Te parece bien aquí?
—Sí, pero quiero que sepas que me encanta estar así contigo.
—You are my baby. —Selló su afirmación con un beso, antes de dejarla
en el suelo para retirarle la silla y que se sentara primero. Una vez estuvo
acomodada, él también lo hizo.
—Qué gracioso.
—¿Qué es gracioso?
—Tú y Mark. —Él la miró extrañado.
—Ayer tomé café con él y…
—¿Quedaste con Mark ayer?
—Oye no empieces, ¿vale? Somos amigos. De hecho ligó con la camarera
en mis narices, así es que puedes estar tranquilo; yo no le gusto ni un poquito.
—George sonrió satisfecho—. Lo que decía es que llevaba años sin convivir
con vuestros modales y, ahora, me hace gracia toda esa parafernalia vuestra
de mover la silla y todo lo demás.
—No es parafer… parafer… lo que sea, es buena educación —contestó
con cierto enojo.
El camarero se acercó para tomarles nota. Pidieron cerveza y una tapa de
jamón.
Con el primer trago de cerveza ella se atragantó. «Esto es la ley de
Murphy», pensó. Un íntimo amigo de Julio se acercaba hacia ellos con cara
de sorpresa; pero no de sorpresa agradable, sino más bien del estilo de «¿qué
pasa aquí?».
—Hola, Natalia —saludó al llegar a la mesa que ocupaban ellos.
—Hola, Alberto. ¿Cómo estás? —contestó con calma, deseando por
dentro que no hubiera presenciado la escena del mirador; habría sido
demasiado humillante para Julio y, sinceramente, no se lo merecía.
Ahora se sentía fatal por lo ocurrido. El recién llegado miró con descaro
hacia George, que se mantenía tenso y muy serio en su asiento.
—Perdonad mis modales, este es George, un amigo de la infancia.
George, él es Alberto, un amigo de mi… —Dudó.
—El mejor amigo de su novio. —Alberto terminó la frase con cierto tono
amenazador.
George se levantó de su asiento y le dio la mano con más ímpetu del
necesario, parecía que estaban midiendo sus fuerzas. Con su actitud, uno
decía «es mía» y el otro «es de mi amigo». De repente, comenzó a sentir que
su incomodidad se tomaba en enfado.
—He venido con Diana. Vamos a comer en el Negre, ¿os apuntáis? —
preguntó Alberto, cargado de intención.
—No, nosotros comeremos en Benidorm —contestó ella a toda prisa.
—Voy a entrar a pagar —apuntó George—. Encantado de conocerte.
—Igualmente. Espero que puedas conocer a Julio antes de marcharte. Eres
americano, ¿verdad?
—Sí, soy americano. Y no creo que pueda conocerlo, ya que regreso
mañana a Estados Unidos —informó, mirando hacia ella, con una mueca que
mostraba algo entre el enojo y la decepción—. Ya. Es una pena. En fin, adiós.
—Dale recuerdos a Diana de mi parte —comentó ella.
—Se los daré. Te echamos de menos este fin de semana, Julio nos dijo
que estabas liada con la niña. —Afortunadamente George ya había entrado a
pagar.
—Así es, está de exámenes.
—Espero que no estés jugando con los sentimientos de Julio… —El
comentario hizo que se viera realmente rastrera, pero no podía evitar sentir lo
que sentía por George. Tenía que hablar con Julio cuanto antes.
—Lo que pase entre Julio y yo no tiene nada que ver con George —
respondió.
—El caso es que él confía en ti ciegamente. Nunca diría que está pasando
algo con otro tío.
—Lo que pase en mi vida no es asunto que vaya a discutir contigo. Igual
que tampoco lo discutí cuando Julio tuvo su desliz con la morenita aquella.
De todas formas, George es un amigo de la infancia y…
—¿Es el padre de tu hija? —la interrumpió.
—¿Qué? ¿Por qué…?
—Créeme, se nota que hay algo. Estaba demasiado cerca, demasiado
embelesado, demasiado a la defensiva. Casi me rompe la mano. Si tú no
quieres algo con él, desde luego, él sí que lo quiere contigo.
—Todo eso son tonterías —mintió descaradamente.
—No lo son. Él siente algún derecho sobre ti. Y no me has contestado.
¿Es el padre de tu hija?
—Eso no es algo que vaya a hablar contigo.
—Pues háblalo con Julio, se merece eso por lo menos. —George volvía
en ese momento y ella no sabía cómo deshacerse de Alberto; tenía miedo. No,
pánico en realidad, de que soltase algo de su hija delante de él.
—Nos vemos —dijo Alberto cuando vio que George se acercaba de
nuevo. Ella asintió y suspiró aliviada. Por poco, pero el hecho de saber que George se iría al día siguiente, le confirmaba que había hecho bien en no
revelar su secreto. ¿Qué conseguiría, salvo hacer más daño a su hijita?
En cuanto George llegó junto a la mesa, ella se puso en pie. Se dejó coger
del brazo para dirigirse al lugar en el que habían estacionado la moto, pero se
sintió incómoda de repente con su cercanía y se soltó dando un ligero tirón. Él
se paró un instante para mirarla. «Si las miradas mataran, seguro que me
habría fulminado», pensó, pero no dijo nada. Tampoco lo miró, en cambio
siguió caminando como si tal cosa.
Cuando llegaron a la moto, él cogió los cascos y le tendió el suyo. No dijo
nada y esta vez no hubo roce alguno. Se subió y esperó a que ella hiciera lo
mismo. Tampoco dijo ni hizo nada cuando ella se agarró a su cintura, se
limitó a dejarlo así; no le cogió las manos poniéndolas sobre su estómago.
Quería que lo hiciera, pero George se mantuvo frío y distante hasta que
llegaron a Benidorm.
Una vez allí, se dirigieron a la zona de la playa. Él estacionó la moto
enfrente del Efarley Bar y, cuando ella le pasó el casco, ni siquiera la miró
mientras lo cogía.
—Oye George, ya vale… ¿Qué te pasa exactamente?
—Que me jode, eso me pasa —contestó, muy enfadado, mirándola
directamente a los ojos.
—¿Por qué? Ya sabías que estaba con alguien. Te lo dije.
—No te creí —contestó él, bajando los ojos.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Porque tú… Tú… Tú eres… Eras… Inocente y buena y… No sé
cómo… Por qué… En quién te has convertido.
—Ten cuidado con lo que dices —le advirtió, casi gritando. George se
acercó a ella, amenazante.
—¿Por qué demonios has dejado que te tenga en mis brazos si estás con
otro? ¿Desde cuándo mientes? Tú no mientes. No mentías nunca. Yo siempre
confié en ti. Para mí era importante. —Era la voz más grave que ella había
escuchado nunca.
—Ya te he dicho que no sabía lo que me había pasado. Yo… No puedo
pensar con claridad cuando estás tan cerca. Además, tú también estuviste a
punto de besarme cuando aún estabas con Mandy o Sandy o…
—Candy. Pero no lo hice, ¿verdad?
—Me da igual como se llame. Y, ¿qué quieres que te diga? Parece que
sigo siendo una debilucha cuando se trata de ti, ¡mierda! —espetó ella, bajando la voz y clavando la mirada en el suelo, mientras se retorcía las
manos.
—Tú me pediste que me deshiciera de ella y lo hice inmediatamente. No
creo que eso me haga parecer muy fuerte —contestó él, pasándole la mano
por el pelo. Ella se la quitó de un manotazo.
—Yo no te pedí que te deshicieras de ella. Te dije que te aseguraras de sus
sentimientos para que no se llevara un chasco.
—No me pareció que me estuvieses diciendo eso.
—Será por el idioma —se defendió ella, poniéndose las manos en las
caderas y alzando la barbilla desafiante—. ¿Por qué no me habías dicho que
te vas mañana? —Él se apoyó en la moto.
—No ha surgido la ocasión —comentó en voz baja—. Quería seducirte y,
cuando te tuviera en la cama, pedirte que vinieses conmigo a Houston.
Entonces tú dirías que sí.
Esa brutal sinceridad la dejó estupefacta. Con toda su cara reconocía que
la estaba manipulando para llevársela a la cama. Sintió rabia, emoción y
deseo a la vez.
—Tú nunca mientes, ¿verdad? Yo… No sé qué decir, salvo que no me vas
a llevar a la cama después de la que me has liado…
—Me dijiste que no querías que te besara ningún otro —susurró él,
acercándose peligrosamente.
—Pues ahora no quiero que me beses tú tampoco. —George la cogió por
la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo.
—¿Estás segura? —murmuró contra sus labios.
—Déjame —le pidió, empujándolo con las manos.
—Ven conmigo —reclamó, dándole un beso en la frente.
—No puedo.
—¿Por qué? —le escuchó preguntar.
—Tengo que trabajar para ganarme la vida.
—Tu hermana puede sustituirte un par de semanas. Serán unas
vacaciones… —Acompañó sus palabras con caricias en sus brazos—. Tienes
que dejarlo.
—Dejar, ¿qué?
—A él. Quiero que lo dejes. No puedo creer lo mucho que me jode pensar
en ti con otro; es como si siguieses siendo mía.
—Pues no lo soy. George, en mi vida han cambiado muchas cosas, tengo
responsabilidades. No puedo desaparecer así, sin más, y tampoco quiero. —
Se dio la vuelta dándole la espalda—. No tienes derecho a aparecer de repente y hacer como si no hubieran pasado diez años —sentenció, apoyándose en la
barandilla que daba a la playa. Él se pegó a su espalda, poniendo cada una de
sus manos al lado de las de ella.
—Pero me voy mañana y no quiero volver a perderte —susurró en su
oído.
—Pues quédate —le pidió.
—No puedo, se me han acabado las vacaciones y yo no sé estar lejos de
allí. Y, además del trabajo, está el rancho.
—Pues vete —escupió, dándose la vuelta y mirándolo a los ojos—.
Tampoco es la primera vez que me abandonas.
—Yo no te abandoné entonces. Éramos críos, apenas…
—Tú sigues siéndolo. Pero tienes razón, ha pasado mucho tiempo, éramos
críos y ahora todo ha cambiado. Quiero que me lleves a casa. No tengo
hambre.
—Vamos Nat, no seas así. Vayamos a comer y hablemos.
—No quiero hablar, quiero irme a casa —dijo, casi haciendo pucheros.
Quería evitar llorar a toda costa, sabía lo nervioso que se ponía él con las
lágrimas, por lo menos cuando era un muchacho. Era algo que no podía
resistir y que lo doblegaba inmediatamente.
—No llores, por Dios. Nat, por favor, yo no quería hacerte llorar. Es que
no sé qué es lo que estoy sintiendo… —La tomó entre sus brazos y la apretó
con ternura.
Ella se calmó estando ahí, refugiada. Era su cuerpo, su aroma, su aliento;
era todo él. Lo amaba. Lo amaba como el primer día; el día en que lo conoció,
hacía ya tantos años.
—Está bien, te dejo que me invites a comer, pero no va a pasar nada entre
nosotros.
—Te estás mintiendo —aseguró él.
—Engañando, me estoy engañando —le corrigió, aunque la verdad era
que lo decía más para sí misma—. La relación con Julio…
—¿Ese es su nombre?
—Sí. —Titubeó antes de proseguir—. Es la tercera vez que lo intentamos.
—No estás enamorada de él —comentó George, más como afirmación
que como pregunta.
—Supongo que si estuviera enamorada de él no andaría por ahí
morreándome contigo.
—¿Entonces por qué estás con él?
—Hay otras cosas. La compañía, la amistad; no sé. ¿Tú te enamoras de
todas las mujeres con las que sales?
—Tampoco he salido con tantas.
—No me has contestado.
—Supongo que no. Pero de ti sí me enamoré. —Al escuchar cómo se lo
decía, se le encogió el corazón.
—Como tú has dicho, éramos niños. —Él le cogió la cabeza entre las
manos, dándole un beso en la nariz.
—No te imaginas cuánto me costó acostumbrarme a estar sin ti. —George
rozó su barbilla contra la cabeza de ella, aspirando su aroma.
—Yo… Era el momento apropiado para decirle la verdad, se estaban
sincerando, pero algo en su interior le decía que tenía que tener cuidado.
—Vamos a comer, venga.
George la cogió de la mano y así, callados y caminando muy despacio, se
dirigieron al restaurante más cercano. Estaba decorado en madera y era una
especie de pub irlandés donde daban comida rápida y había música en directo.
Un tipo de unos sesenta años, con una gran barba blanca y una melena que le
llegaba a los hombros, cantaba viejos temas de blues y de rock, acompañado
únicamente por una guitarra.
Se sentaron cerca del paseo, desde donde podían ver el mar con total
nitidez. Cuando el tipo se dio cuenta de la presencia de George —que por otro
lado no podía pasar desapercibido, con el sombrero marrón encasquetado—,
se acercó a ellos y les saludó. Ella descubrió rápidamente el origen del
hombre gracias a su forma de arrastrar las palabras, pero no le quedó ninguna
duda cuando vio cómo cogía un Stetson de detrás de la barra y se lo
encasquetaba, para regocijo de George.
Ella llevó su mirada hacia las olas que acariciaban con una cadencia
armónica la orilla. Había niños haciendo castillos de arena y un padre jugaba
con su hija, de unos cinco años, a sortear las dulces embestidas de las olas.
Sintió que se le encogía el corazón; eso era algo que su hija no había tenido,
algo de lo que había privado también a George. Pero entonces era tan joven…
Todo parecía tan difícil… Tenía que confesárselo antes de que se fuera, lo
sabía, pero no en esos momentos; tal vez por la tarde, cuando regresaran a
Alicante.
Ambos pidieron hamburguesa para comer y Bud para beber. Siempre
habían tenido los mismos gustos.
—Nat, perdona mi arranque de celos pero es que… Bueno soy texano —
corroboró, remarcando ese acento tan característico.
—Oye, ser texano no lo justifica todo, ¿sabes?
—Pero los texanos somos poseedores. —Ella se rio a carcajadas.
—¿De qué te ríes? —preguntó él con cara de indignación.
—Se dice «posesivos». Pero eso no es porque seas texano, es porque eres
tú.
—Ok. No he cambiado tanto, ¿no?
—No, pero me gusta. Me siento muy cómoda contigo. —George sonrió
con la boca, con los ojos, con el alma… Y ella sintió que esa sonrisa se
clavaba directamente en su corazón.
Durante la comida no pararon de hablar de los viejos tiempos, de sus
aventuras, de sus escapadas, de Mark, de Dani, de sor Alfonsa, de la abuela de
Mark, de sus queridos caballos…
—Yo tengo un par de caballos y algunos animales más en el rancho, pero
no tengo demasiado tiempo, así es que tengo ayuda —le contó.
—Entonces, ¿sigues montando a menudo?
—Sí, prácticamente todos los días. —A ella se le curvaron los labios en
una sonrisa.
—Recuérdame que te enseñe a pronunciar la erre.
—¿Es que no te gusta cómo lo digo?
—En realidad suena muy sensual.
—Entonces, mejor lo dejamos así, ¿no? —Ella asintió con la cabeza.
—¿Tú sigues montando? —preguntó él.
—Sí, llevo a mi… —Se interrumpió enseguida, al darse cuenta de lo que
iba a decir. El color abandonó su rostro y clavó la mirada en el plato, ya
vacío.
—Prefer… pref… No quiero que me hables de él.
—Ok —contestó. George había supuesto que se refería a Julio. De
momento lo dejaría así. Pidieron los cafés.
—Necesito ir al baño.
Ella se levantó y George hizo lo mismo. En ese momento sonó un
mensaje en su móvil. Miró la pantalla, era Julio. Levantó la vista hacia
George, que la observaba inquisitivamente, e hizo caso omiso del mensaje
continuando su camino hacia el baño. Antes de entrar, se volvió hacia George,
que tenía los ojos fijos en el dichoso aparato y una expresión entre pícara y
enfadada, desconcertante; parecía que tramaba algo. Se sacudió esas
sospechas con un movimiento de cabeza y siguió su camino.
Entró en el lavabo, se echó agua en la cara y se miró al espejo. Tenía
marcadas las ojeras, el agotamiento se reflejaba en su cara, consecuencia directa de los días que llevaba sin pegar ojo. Desde que se encontró con los
chicos en la playa apenas había podido dormir unas tres o cuatro horas
seguidas; no podía apartar de su cabeza la imagen de su hija con George, de la
reacción de él al saberlo, de Nina al conocerlo, de cómo terminaría todo…
Por mucho que lo intentaba, aquellas ideas no paraban de dar vueltas.
Los acontecimientos de los últimos días, especialmente los de ese día, la
estaban volviendo loca. Necesitaba un minuto lejos de George para pensar,
ordenar sus ideas y decidir qué hacía con todo lo que había vuelto a sentir.
Probablemente nunca había dejado de sentirlo, solo estaba dormido, guardado
bajo siete llaves en algún rincón del corazón, pero ahora se daba cuenta de
que, en cuanto lo vio en casa de Dani, los candados se habían abierto de par
en par y todo el amor que había estado reteniendo salió a borbotones. ¿Qué
iba a hacer con eso ahora? ¿Qué iba a hacer con George?
Lo único que tenía claro era que no iba a cometer el mismo error que
cuando eran adolescentes. No iba a hacer el amor con él para luego perderlo,
ya sabía por experiencia que así dolía más.
Miró por el ventanuco del baño y vio a George concentrado con algo en la
mano; su móvil, parecía.
«Olvídate —se dijo—. No es asunto tuyo», intentó convencerse sin
ningún éxito. Salió dispuesta a pelear.
Al llegar cogió su propio móvil para mirar el mensaje que le había
enviado Julio y poder jorobar un poco a George. Cuando abrió el mensaje no
se lo podía creer. No podía ser que la estuvieran dejando por mensaje. Por
Dios, eso no podía estar pasándole a ella.
—¿Qué te pasa? —preguntó George al ver su cara.
—Me… Me acaban de… Julio me ha dejado con un mensaje de móvil.
No es que le culpe, pero…
—Ah —contestó él sin demasiada emoción en la voz.
A ella le pareció ver un brillo extraño reflejado en sus ojos mientras
apretaba la boca. Todo estaba resultando demasiado extraño pero, la verdad,
se lo merecía. Se sentía fatal por su comportamiento hacia Julio. Estaba
segura de que Alberto lo habría llamado y él pensaría que todo aquello era
una venganza por su última aventura. No era así, pero tampoco importaba.
—Habrá sido ese amigo vuestro. Puede que nos haya visto cuando… Ya
sabes, antes —alegó George, mirando fijamente su taza de café americano.
—Supongo. ¿Sabes? En realidad me siento aliviada pero, ¿por mensaje?
—A veces los hombres somos cobardes. ¿Le vas a contestar?
—Ummhhh. ¿Te importa que lo llame? —Vio que él torcía el gesto.
—Prefer… Me gustaría que no lo hicieras.
—Pre-fe-ri-rí-a. No es tan difícil.
—Para mí sí lo es. No puedo mentirte, nunca he podido. —A ella se le
aceleró el corazón. ¿De qué demonios le estaría hablando? ¿En qué le habría
mentido él?
—¿De qué estás hablando? —lo interrogó con vista. George alzó los ojos
hacia ella para mirarla de frente, dispuesto a asumir la bronca que se le venía
encima.
—He sido yo.
—Has sido tú, ¿qué?
—El tipo ese. Te ha mandado un mensaje para quedar contigo esta tarde y
he contestado.
—Qué has hecho ¿qué? —Ella se alteró, levantándose de su silla.
—Siéntate y cálmate, por favor. Le he dicho que estabas conmigo y que
dejara de joder. Ha sido un acto reflejo. Lo he hecho sin pensar.
—¡Oh, no! George Hansen, te conozco perfectamente. Tú nunca haces
nada sin pensar —lo acusó, señalándolo con el dedo.
—Es que, me voy mañana y no quiero que vuelvas con él —se defendió,
cogiéndola por la muñeca y tirando de ella para obligarla a sentarse de nuevo.
—No es decisión tuya. Lo que haga es cosa mía. ¿Cómo te has atrevido a
interferir así? —contestó, cediendo y sentándose.
—Ya te lo dije antes —murmuró George, acariciándole la muñeca con el
pulgar—. Te siento mía, no puedo permitir que en cuanto me vaya, tú… —
Desvió la mirada antes de continuar—. Tú, corras a los brazos de otro.
—George —susurró ella retirando la mano que él acariciaba—, cuando te
vayas mañana se habrá acabado. Nos separa un océano, una vida. ¿Recuerdas
lo que ocurrió hace diez años? Todas las cosas que nos impidieron seguir
juntos continúan separándonos. —Él la miró con rabia apenas contenida.
—No es lo mismo, ahora somos adultos. Entonces no podía llevarte
conmigo, ni tus padres ni los míos lo habrían consentido, pero ahora… Ahora
puedes venir —afirmó en tono exigente.
—No, George, no puedo —negó ella—. Tengo mi vida aquí; mis amigos,
mi trabajo, mi familia… Igual que tú allí. Ni entonces ni ahora te has
planteado nunca ser tú el que se quede —le recriminó, sacando el monedero
para pagar la cuenta que el camarero había dejado en la mesa.
George se adelantó cogiendo el ticket y poniendo un billete en su lugar.
Acto seguido, se levantó sin decir nada y se dirigió hacia la moto. Ella lo miró
durante un momento. Era el mismo de siempre, con unos años más pero con los mismos arrebatos; seguía siendo el rey de la manada, imponiendo su
férrea voluntad sobre los demás. Guapo, arrogante, manipulador. A ella le
ardía el corazón desde hacía tantos años cada vez que pensaba en ese hombre,
que realmente estaba tentada de aceptar su oferta. Pero había algo más, ese
algo más que ella no sabía cómo afrontar.
Por fin se decidió a seguirlo. Él estaba desatando los cascos. Le tendió
uno a ella sin levantar la mirada.
—No puedes encerrarte así en ti mismo cada vez que no te guste lo que
oyes, eres como un niño George —le regañó.
—No estoy enfadado. —Por fin alzó los ojos hacia su rostro—. Estoy
pensando. —Ella lo miró con cara de curiosidad. Una idea cruzó por su
mente.
—Dame las llaves —exigió.
—¿Qué llaves? —repuso él, sorprendido.
—Las de la moto —confirmó, extendiendo la mano. George echó la
cabeza ligeramente hacia atrás entornando los ojos.
—Te has vuelto loca, ¿verdad? —exclamó por fin.
—Llevo moto desde que tenía dieciocho años.
—Nena, esto no es una moto, es una Harley.
—Vamos, gallina machista.
—No soy una gallina. —Lo de machista no le había afectado lo más
mínimo.
—Venga, que quiero llevarte a un sitio muy especial —susurró,
acariciándole la mano con la que sujetaba fuertemente las llaves. Con cada
caricia la mano cedía. Un poco más, un poco más, hasta que estuvo abierta y
ella las cogió.
—No te arrepentirás —agradeció, colocándose rápidamente el casco y
sentándose frente al manillar. George seguía de pie, mirándola fijamente, y
probablemente preguntándose cómo se había dejado convencer.
Ella suponía que el motivo era que su moto estaba a salvo en su casa, en
Texas. Sintió el cuerpo de George completamente pegado al suyo y notó algo
duro rozándose contra su trasero. Aquello la hizo sonreír bajo la visera.
Salieron del paseo y se dirigieron a una zona de intrincadas callejuelas
que finalizaba en una cuesta. Aminorando la velocidad, escogió el camino
empinado y guio la moto curva tras curva. Sentía las piernas de George
apretarse contra ella y los fuertes dedos clavándose en sus caderas con cada
giro de la escarpada subida.
A la derecha se veía el mar, de un azul intenso, en completa calma. En las
calas que se vislumbraban abajo, a lo lejos, algunos veraneantes disfrutaban
del sol y la temperatura del mes de junio alicantino.
Pronto empezaría la temporada de vacaciones y aquello estaría repleto de
gente, pero aún quedaban lugares secretos, apartados del mundanal ruido,
escondidos de los veraneantes y forasteros. Lugares que solo los autóctonos
sabían encontrar, como el rincón del acantilado al que ella quería llevar a
George. Un lugar único en el que disfrutar uno del otro sin que nada se
interpusiera. Iba a ser un momento mágico. Aquello sería todo lo que tendría
de George a partir del día siguiente; ese momento y su hija.
Se sintió miserable de nuevo. Él no había sido capaz de engañarla con
algo tan tonto como el mensaje a Julio y en cambio ella… El secreto que ella
guardaba…
Unas cuantas curvas más y llegarían a su destino.
A George se le estaban poniendo los pelos de punta. Cada vez que miraba
hacia abajo notaba erizarse el vello de su piel. No tenía miedo a las alturas,
pero sí la inseguridad de ir de paquete en la moto, sobre todo teniendo en
cuenta que la conducía una mujer. Claro que, en su defensa, tenía que
reconocer que lo hacía bastante bien.
Unas cuantas piedras de grava rodaron por el precipicio hasta el mar, o
eso suponía él, porque las perdió de vista enseguida. No así la sensación de
inseguridad, aunque no tenía muy claro si eso se debía a la carretera o a Nat y
sus renacidos… No, más bien despertados, sentimientos por ella.
En pocos minutos llegaron a una zona menos escarpada. Nat paró la moto
y, quitándose el casco, le hizo saber que ya habían alcanzado el punto de
destino.
—Es un sitio precioso —comentó él, bajándose de la Harley y dejando el
casco en el asiento. Decidió acercarse más al precipicio. Las vistan eran
espectaculares, pero no pudo evitar un escalofrío al mirar hacia abajo.
Nat se acercó a él despacio.
—Quería que lo conocieras antes de irte. Todo esto se llama Rincón de
Lois, pero este acantilado es mi favorito. Ven, bajemos un poco y te enseñaré
mi sitio secreto.
—¿Tienes un sitio secreto?
—Sí y te va a encantar.
—¿Has traído alguna vez al tipo ese aquí? —La siguió después de un
momento.
—Ten cuidado con las rocas que se desprenden al bajar —contestó ella
haciendo caso omiso de su pregunta.
Bajaron por un camino estrecho que les llevó a una pequeña cueva
escarbada en la montaña, desde donde se veían a lo lejos las calas con algunos
veraneantes foráneos y otros nativos, y la inmensidad del mar.
—Dios mío, eso son delfines —se sorprendió él.
—Sí, pasan por aquí en esta época.
Los animales saltaban por turnos, enseñando la panza.
Él rio a carcajadas.
—Mira, parece que nos estén saludando —comentó.
—Sí, yo diría que sí.
La abrazó tiernamente, arropándola entre sus brazos mientras le besaba la
coronilla.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué? —Por darme esto. Es sencillamente espectacular.
—De nada. Ven, sentémonos.
No pudo evitar un estremecimiento al sentir cómo ella le cogía de la mano
y se dejó llevar hasta el suelo. Luego la miró con una sonrisa traviesa.
—No me gusta esa sonrisa. ¿Qué estás tramando?
Él no contestó. Con un rápido movimiento, se colocó detrás de ella y la
rodeó con sus brazos, forzándola a recostarse en su pecho.
Con el dorso de la mano le acarició el rostro y bajó por el cuello hasta
llegar al hueco entre sus clavículas. Allí se demoró, jugando a rodearlo y
llenarlo con su dedo corazón.
A Nat le temblaron los labios. Querían ser besados, eso estaba claro,
porque se dejó llevar por los impulsos, alzando el rostro hacia él.
Él enterró la mano en su pelo y agachó la cabeza hasta rozar sus labios.
Aspiró profundamente su aroma y de algún recóndito lugar emanaron
sentimientos ocultos durante una década; amor, pasión, entrega… y un beso,
el primero.
Mordisqueó y lamió hasta tenerla totalmente entregada, casi rogando por
más con sus gemidos. La tentación era insoportable así que entró en ella,
ocupando toda su boca, acariciando el paladar que tan ávidamente se le
ofrecía.
Mientras la mantenía firmemente sujeta por el cabello, bajó la otra mano
al escote. Acarició el pecho con la única barrera de una camiseta de algodón y
lo que, intuyó, debía ser un sujetador deportivo. Sus dedos pellizcaron el pezón haciéndola emitir un gritito de placer, que hizo que él se pusiese duro al
instante.
Seguramente Nat notó un bulto apretarse contra su trasero y gimió. Una
oleada de escalofríos le recorrió la espalda.
Él continuó jugando con su boca mientras que su mano se ocupaba de
retorcer suavemente aquel tentador pezón endurecido. Sus caricias se
volvieron más exigentes, mientras seguía jugando con su pecho y con la otra
mano acariciaba el estómago de Nat. Pronto se encaminó hacia el ombligo y
más abajo, introduciéndose por el pantalón hasta rozar el elástico de sus
braguitas.
—Algodón, nada de encajes ni mies ¿eh? —murmuró con voz ronca al
sentir ese tacto.
—¿Tules? —se rio Nat—. ¡Por Dios!, nadie lleva mies en las bragas.
—Me gustan. Eres tan natural, tan sencilla…
—No sé si eso es un cumplido —contestó ella, revolviéndole el pelo.
Él sacó la mano de su maravilloso escondite, ganándose un murmullo de
protesta por parte de Nat. Pero sus intenciones no eran dejar la cosa así.
Ayudándose con la otra mano, desabrochó primero el cinturón y después el
botón del vaquero de ella, que se retorció nerviosa.
—George… —murmuró.
—Tranquila cariño —susurró en su oído—. Cierra los ojos, escucha el
mar, huele el aroma a sal y concéntrate en sentir. Déjame hacer, cielo. Déjame
quererte un poco.
Él pensó que podía morir de placer, su niña se había hecho mayor y
absolutamente deseable. Bajó los dedos hasta rozar el vello que decoraba su
pubis, apenas una pequeña franja. Joder, lo que daría por verla; recordaba
perfectamente que también ahí tenía el color del fuego.
—Te has hecho mayor —murmuró.
—¿Sabes que eso no es un piropo para… wnmhh… las mujeres? —Él
pudo escuchar cómo las palabras se le atascaban a la salida de la garganta.
Garganta que había decidido lamer por completo.
—Te has cortado el vello.
—Me depilo, como todas las chicas. ¿Crees que esta es una buena
conversación en este… ¡Joder, George…! Momento? —Sus dedos habían
encontrado su clítoris y jugaban a toquetearlo y pellizcarlo alternativamente.
—Me gusta. Quiero probarlo. —Estás loco si piensas que te voy a dejar
que hagas eso aquí, al aire libre, donde podrían vernos…
—No creo que a los delfines les importe —afirmó mientras introducía un
dedo siguiendo su humedad.
Ella solo pareció capaz de emitir un gemido largo y profundo al notar que
él metía en ella otro dedo.
—George si no paras… Yo…
—Tú ¿qué?, baby.
—Yo… Estoy muy… —gimió, moviendo inquieta las piernas.
—Mojada para mí. Me gusta que estés así. Me gusta que te retuerzas de
placer. Quiero saborearte mientras te corres; quiero oírte decir lo caliente que
estás. Dímelo, nena. Dime lo que te hago sentir.
Él incrementó el ritmo de la penetración de sus dedos mientras con el
pulgar le acariciaba el clítoris y con la otra mano la agarraba de la garganta
para hacerla subir la cabeza y besarla a conciencia.
Introdujo su lengua con ferocidad, apoderándose de toda su boca.
Nat no podía respirar. Sentía fuego en el pecho y una creciente necesidad
de explotar. Se aferró con las manos a los rubios mechones de George,
mientras apretaba con fuerza las piernas al notar cómo llegaban las
convulsiones más feroces que había sentido nunca.
Echó la cabeza hacia atrás e incluso se alzó un poco sobre sí misma,
impulsada por una fuerza arrolladora. George continuó tocándola mientras
besaba su cuello hasta conseguir calmarla.
Un hondo suspiro resbaló de su boca, un suspiro que respiró George,
volviéndose loco. La tumbó salvajemente sobre la espalda y se acomodó entre
sus piernas.
Se frotó contra ella… Pero al instante su mirada cambió. Todo el deseo
que hacía apenas unos instantes brotaba de sus ojos, ahora se había
convertido en frustración.
—Shoot!
—¿Qué pasa? —preguntó ella entre jadeos.
—No llevo… eso, ya sabes…
George no podía creer en su mala suerte. ¿Cómo no lo había pensado?
Para ser sincero, sí lo había hecho, pero no se atrevió a creer que pudiera
hacerse realidad. Prácticamente era la primera vez que se veían desde hacía
diez años, pero sus sentimientos hacia ella no habían cambiado en lo más
mínimo.
La amaba. Tanto como cuando eran adolescentes. Él tenía familia; estaban
sus abuelos, su madre e incluso su padre de vez en cuando, pero ella era la
única persona que le hacía sentir que pertenecía a alguien; igual ahora que hacía casi una década. Se sentía unido a ella como nunca lo había sentido con
nadie. Y quería estar en ella con todo su ser.
—¿Condones? —preguntó Nat, sabiendo la respuesta.
—Aba.
—¡Mierda!
A él le dio la risa. La cara de frustración de su chica casi podía superar la
suya, eso seguro. Sintió que las ganas que tenía Nat de notarlo dentro eran las
mismas que tenía él de estar ahí.
Ella decidió entonces introducir su mano entre ambos y llevarla hasta la
importante erección que empujaba contra su cuerpo, luchando por liberarse.
Nat la dejó resbalar por el estómago, con la palma abierta, y siguió hasta
llegar a la cintura del pantalón. No se detuvo, la introdujo hasta conseguir
agarrar su objetivo; lo acarició, lo apretó. Luego continuó bajando hasta
encontrar los testículos y los mimó igualmente.
Él se mordió el labio mientras un escalofrío recorría su espina dorsal.
Capturó la boca de ella de forma salvaje y desesperada y, con pesar, notó que
Nat sacaba la mano de su escondite. Aunque no la llevó muy lejos, sino que
se entretuvo desabrochando su cinturón y, en cuanto lo consiguió, continuó
con el botón y la cremallera. Él siseó, intentando resistir las acometidas de
placer que se esparcían por todo su cuerpo. Dios, como necesitaba a esa
mujer.
—Nat, ¿es que no has escuchado lo que te he dicho? Déjalo ya —rogó
casi en un suspiro.
—Te he escuchado, pero no hace falta que lleguemos al final. Yo puedo…
—No —la interrumpió bruscamente, agarrándola por la muñeca y
obligándola a alejar la mano de su cuerpo.
—¿Por qué no? —preguntó enfadada.
Él se alejó de ella y se sentó, apoyando la cabeza en la fría roca,
intentando controlar la respiración.
—Baby, hazme caso por una vez.
—No te estoy diciendo que lo hagamos, pero puedo…
—Sé lo que me estás ofertando y no quiero.
—Se dice «ofreciendo». ¿Y por qué demonios ibas a no querer? No lo
hago tan mal, ¿sabes?
Él le dirigió una mirada repleta de rabia.
—Esa es una imagen que podías haberme evitado —la recriminó.
—Lo que te pasa es que eres un egoísta —lo acusó ella, mientras se
entretenía recomponiéndose la ropa.
—¿Egoísta? Después de lo que acaba de pasar. Te aseguro que la mayoría
de las mujeres estarían encantadas.
—Sí, bueno, yo no soy la mayoría. A lo mejor Sandy prefiere no tocarte,
pero a mi…
—Candy —la corrigió él mientras su gesto se debatía entre la incredulidad
y la risa.
Si la dejaba continuar, no podría controlarse; la tomaría allí mismo sin
pensar en las consecuencias. ¿Cómo podía Nat decir que él estaba pensando
en sí mismo? El único motivo por el que se frenaba era su deseo real de ser
padre. Para él eso era sagrado. Algo con lo que no se jugaba ni se bromeaba.
Cuando él fuera padre, trataría de ser el mejor. Nunca se alejaría, jamás
dejaría a sus hijos entre niñeras y colegios internos. Él nunca había entendido
cómo algunos padres podían abandonar a sus hijos y vivir sin verlos durante
más de tres años, tal y como hicieron con él o con Mark. El padre de su amigo
lo mandó al internado incluso en contra de los deseos de su esposa. Eso es
algo que ella nunca le perdonó, por lo que le abandonó para no volver, y él la
entendía, lo hizo entonces y seguía haciéndolo ahora. Él jamás perdonaría
algo así. Que lo alejaran de esa manera de alguien que formaba parte de su
ser, era simplemente inconcebible.
—¡Cómo sea, no me importa cómo se llame! No me importa ella, pero si
solo vas a estar aquí una noche más, deberíamos…
—No va a volver a ocurrir lo de la otra vez, Nat. Tuvimos suerte de que
no fuera más allá. Imagina que te hubieras quedado embarazada.
Nat sintió toda su sangre en la cara de golpe. Creyó morir, él estaba
horrorizado ante la idea. Lo que para ella había sido lo más hermoso del
mundo, para él sería una carga. Eso la reafirmó en su decisión; no le diría
nada.
Salió a gatas de la cueva en la que estaban refugiados y se puso de pie casi
al borde del acantilado.
—¡No hagas eso! Are you crazy? —la censuró, asiéndola fuertemente por
la cintura. Dio dos pasos hacia atrás y la apretó contra su pecho.
—Sabes que no entiendo el inglés. Es bonito, ¿verdad?
—Mucho. ¿No aprendiste nada durante los veranos conmigo y con Mark?
—Con Mark y conmigo.
—¿No aprendiste nada?
—Sé decir idiot, y… incredible… y…
—Mentirosa. Te he escuchado hablar inglés perfectamente desde que eras
una cría. Pero te parece muy gracioso verme sudar con el español —se rio George. Antes de levantarse no se había abrochado el pantalón y Nat sintió
toda su pasión en la cadera, convirtiéndola en gelatina líquida.
—George… —susurró.
—Umhhh —gimió él en su oído.
—I need you. Tenemos toda la tarde. Podemos ir a una farmacia y…
—¿Sabes que el hombre soy yo, y que soy yo quien tendría que hacer esa
propuesta?
—En realidad es una proposición. ¿Qué me contestas?
—¿Nos vamos a tu casa?
—Eh… no, a mi casa no. Mi… mi hermana estará por allí. —Ella intentó
pensar con rapidez.
—Tu hermana estará en la tienda toda la tarde.
—Mi otra hermana, es una historia larga. Hay un hotel en Calpe… —
Pensar con rapidez siempre se le había dado bien—. Es muy bonito, con
vistas al mar, y tiene jacuzzi. ¿Te imaginas la de cosas que podemos hacer?
George no pudo evitar reírse, seguía siendo la misma niña descarada que
había sido siempre. Tampoco pudo evitar la reacción de su propio cuerpo al
oír la proposición. Amaba incluso la forma en que lo corregía. Hacía tanto
tiempo que nadie lo incordiaba de esa manera… ¡Dios, cómo la había echado
de menos!
—Ok, vamos antes de que pierda las riendas y no lleguemos a ese jacuzzi.
—¿Sí? Bien. —Nat se dio la vuelta y, rodeando con los brazos su estrecha
cintura, lo apretó contra sí.
—George.
—¿Qué?
—Me gustaría que te quedases más tiempo —le confesó sin llegar a
mirarlo.
—Sabes que no puedo —admitió él.
—Sí, solo estaba, ya sabes. Es una tontería, lo sé, pero si te quedases más
tiempo yo… podría confesarte… Podría… Yo…
—Es imposible. Vamos.
Nat lo soltó y George aprovechó para recomponerse la ropa mientras ella
lo observaba con avidez. Tenía un cuerpo perfecto, único para el pecado; alto,
musculoso, fibroso, duro como una roca. Lo vio extender su mano hacia ella y
la aceptó. Cogidos como adolescentes fueron hacia la moto.
Volvieron a bajar por el acantilado.
Con el paso de las horas el color del agua se había tornado de un azul más
intenso, más oscuro. El mar continuaba en calma y desprendía olor a sal. El maravilloso vaivén de las tímidas olas, que se atrevían a estrellarse contra las
rocas, proporcionaba paz a sus corazones. En ese momento, en ese lugar, no
existían el tiempo ni el espacio. No había miles de kilómetros que los
separaran ni un maravilloso secreto que desvelar. No había otro él ni otra ella.
No había nadie ni nada más.
El vértigo que sintió George al comenzar a bajar y ver la altura a la que
estaban, el vuelco que le dio el estómago al mirar hacia abajo y sentir esa
atracción hacia el vacío que los separaba del agua, se disolvieron por
completo al sentir el fuerte abrazo de la mujer que le conducía hacia el más
maravilloso y doloroso momento de su vida.
Recorrieron el camino de la carretera nacional que les separaba de Calpe.
Las vistas seguían siendo espectaculares, todo era tan diferente a las áridas
tierras de su Houston natal.
El rancho en el que él vivía se llamaba La Rosa, como la flor y como su
abuela. Ahora él se encargaba de dirigirlo, pero se dedicaba sobre todo a lo
que siempre había querido; era ranger, como su abuelo paterno, algo que su
padre nunca había visto con buenos ojos. Él era un hombre de negocios,
viajaba mucho y había conseguido hacer dinero, pero en el proceso había
olvidado que tenía una familia. Quería para su hijo una carrera universitaria,
siempre lo comparaba con Mark, y aún recordaba la discusión que tuvieron
cuando él se atrevió a plantarle cara y decirle a qué iba a dedicar su vida.
—Tanto te costaría estudiar una carrera, como tu amigo. Me da igual que seas
abogado o médico o lo que te dé la gana, pero poner tu vida en peligro día tras día por un mísero sueldo… ¿Eso es lo que quieres?
—No es nada deshonroso, ¿o acaso te avergüenzas de lo que fue tu padre? —
contestó él, con todo la soberbia que dan los dieciocho años.
—No te atrevas a hablarme así. ¿Acaso no recuerdas cómo terminó sus días tu
abuelo? ¿De verdad mes que puedo aprobar que mi hijo sufra ese mismo destino?
—Las cosas no tienen por qué ser así. Además, voy a averiguar quién lo hizo y
entonces…
—No seas idiota, tú no vas a averiguar nada. Lo único que vas a conseguir es
que te maten —sentenció su padre y, perdiendo el poco control que estaba consiguiendo mantenerlo en sus cabales, dio un puñetazo en la mesa que la hizo astillarse.
Su padre era un hombre muy corpulento. Era alto como él mismo, pero más
grande; de esqueleto imponente, espesa barba y cabello largo recogido en una
trenza. Siempre vestía con carísimos trajes y, en vez de corbata, usaba lazo
tejano. Y al igual que él, un Stetson negro del que era inseparable.
En otro tiempo sus padres habían sido hippies, incluso habían vivido en
una comuna hasta que Luna, su madre, se quedó embarazada. En ese momento todo cambió para su padre.
Se recogió el largo cabello, cambió los pantalones de colores vivos por los
trajes de chaqueta, buscó trabajo en un bufete de abogados y, en cuanto
ahorró suficiente, compró una casa en la que instaló a su mujer y a su hijo.
Luego él se dedicó a viajar y a hacer dinero.
Él seguía luchando contra sus recuerdos cuando Nat le indicó que girara
hacia la playa, ya que el hotel en cuestión estaba en el paseo marítimo.
El lugar era idóneo para enamorados. Los alrededores estaban repletos de
restaurantes de marisco que servían en bandejas. En cuanto bajaron de la
moto, un camarero se acercó con una jarra de sangría.
—Ya han llegado al final de su ruta, ¿verdad?
—Verdad —contestó George, mirándola a ella con una sonrisa pícara que
hacía brillar sus ojos. Nat creyó ver estrellitas salir de ellos, como en los
dibujos. Sin duda, le fallaba la razón cuando estaba cerca de este hombre.
—Pues venga esa sangría —respondió el camarero, sirviendo con gracia
dos copas. Ellos las aceptaron e, instintivamente, las hicieron chocar entre sí.
—Un brindis. Por nuestro reencuentro —propuso George.
—Por el reencuentro. Por cierto —comentó ella, dando una entonación
intrascendente a las palabras que dirigió al camarero—. ¿Sabes dónde hay por
aquí una farmacia?