Mister Johnson

Joyce Cary · Capítulo 3 de 5 · parte 3/3

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Mister Johnson

Parte 3

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Entonces empieza a salir de ella un ruido como de tres o cuatro mujeres y

de varios hombres —bajo, barítono, falsete— insultando a Gollup, pidiéndole

misericordia, quejándose y disculpándose a la vez con alaridos, gemidos,

gruñidos y súbitos gritos penetrantes, mientras Gollup la apalea y la muele a

puntapiés.

Mientras tanto, Johnson intenta evitar que mate a la mujer y le prepara a

ésta la huida. En el transcurso de seis o siete luchas de éstas, le ha quitado a

Gollup de las manos las más diversas armas —botellas, jarras, porras, sillas—

y ha recibido docenas de golpes que se proponían aplastar el cráneo o la cara

de Matumbi. Pero esos golpes son accidentales. Gollup, incluso en pleno

ataque de ira, nunca se vuelve contra Johnson. Su idea fija es matar a

Matumbi.

Al día siguiente, por supuesto, se halla de nuevo en perfectas relaciones

con la mujer, que pide como indemnización el derecho a coger lo que más le

guste. Además, el sargento no le guarda ningún rencor a Johnson por haber

oído sus confesiones y haberle visto borracho. A la mañana siguiente, lo

saluda como de costumbre.

—¿Qué tal le va esta mañana, Johnson?

—Muy bien, señó, grasias. Yo siento perfectamente.

—Ése es el camino. —Gollup, a pesar de sus mejillas verdosas y de sus

ojos hundidos con ojeras, está animado—. No te dejes abatir. Hay que estar

en forma.

Tiene el aspecto de uno que hubiera derrotado a un peligroso enemigo. En

realidad, Gollup parece siempre un veterano luchando en país enemigo:

vigilante, suspicaz, emprendedor, siempre alerta, siempre dispuesto a luchar,

no demasiado exigente con los detalles y enemigo de los convencionalismos;

pero, a pesar de sus buenos deseos, feroz y dispuesto en cualquier momento a

toda clase de violencia.

 

Aunque Gollup tiene su juerga privada las tardes del domingo, no permite

que se beba ni haya jaleo en su casa. Se opone a toda falta de decoro en el

sagrado recinto de la tienda. Por otra parte, le parece muy bien que la gente se

emborrache. Suele decir: —«Todos necesitan un buen trago una vez a la

semana, lo mismo que necesitan ejercicio. Lo malo que tienen esos puritanos

es que les engorda el cerebro». Muchas veces les da a sus trabajadores y al personal de la tienda diez chelines para que se diviertan en el pueblo. En los

aniversarios religiosos y patrióticos, como el cumpleaños del Rey, Pascua, el

día del Imperio, el Derby y Navidad, llega a darles una libra y les ordena que

se gasten en bebidas hasta el último penique de ella. Por una libra dan en Fada

unos cuatrocientos cincuenta litros de cerveza fuerte. Repartida esa cantidad

entre cuarenta hombres, basta para una juerga de dos días y un dolor de

cabeza que dure una semana. No es sorprendente que Gollup tenga siempre

trabajadores a su disposición y que pueda formar la mejor cuadrilla del río.

Johnson, antes de conocer la costumbre de Gollup, organiza su fiesta en la

tienda el día de cobro, lo cual le vale un ojo negro y la nariz partida, y varios

de sus invitados más distinguidos son expulsados a patadas.

La fiesta siguiente la da Johnson en el poblado e invita a los labradores así

como a gente del pueblo. Quiere hacer olvidar la vergüenza de su primer

fracaso. Convence a Waziri para que vaya mediante un regalo al joven Saleh,

un espejo de mano que le ha robado a Gollup en sus mismas narices.

Johnson alquila tambores, instrumentos de cuerda y dos gramófonos.

Todos tocarán a la vez. Dispone de ginebra para los principales invitados, y

del mejor cantante de improvisaciones, que a la vez es el mejor narrador de

cuentos en Fada.

La fiesta es un gran éxito. Hacia la una de la madrugada, cuando muchos

de los invitados se han quitado ya la ropa, empieza a venir más gente sin que

nadie la llame, con los ojos brillantes y anchas sonrisas que revelan lo que

esperan divertirse. Esto ocurre siempre en África cuando se difunde por un

pueblo la noticia de que hay alguna buena fiesta. Estos visitantes, aunque no

han bebido todavía ni una gota, se conducen desde que llegan con más

atrevimiento que los propios invitados. En cuanto llegan, empiezan a gritar,

bailar, cantar y rugir. Son como gente rica de nacimiento que siempre han

estado acostumbrados a divertirse en grande. A las dos, el escándalo de la

reunión se oye a tres kilómetros de distancia.

Johnson anda por entre los grupos de invitados con su mejor traje blanco,

sus zapatos nuevos y un sombrero de fieltro gris perla, exactamente como el

de Gollup, muy ladeado en la cabeza. Le brilla la cara con el sudor y tiene la

boca en una mueca fija, una sonrisa enorme, estereotipada. A cada momento

grita alguna broma, saluda a alguien, acompaña unos pasos a los bailarines,

caricaturiza sus saltos, le arroja una pelota al malabarista o actúa también él

cantando una pequeña canción o bailando para expresar un impulso de

delicia, orgullo o de afecto hospitalario por la Humanidad.

Ajali y Benjamín lo siguen por todas partes. Ajali va pegado a él,

poniéndole su larga barbilla sobre un hombro; y Benjamín, con su cuello duro

de los días de fiesta y unos puños muy largos, guarda más compostura. Nunca

se mueve a la vez que Johnson. Cuando éste gatea por el suelo entre los

frenéticos bailarines para saludar a algún amigo recién llegado, permanece

Benjamín en su habitual actitud distraída y meditabunda, con la cabeza

levantada y los ojos medio cerrados. Pero un momento después, como si se le

hubiera ocurrido hacer algo por su cuenta, se dirige en la misma dirección que

Johnson y se queda a uno o dos metros de él. Este movimiento de Benjamín

es inconsciente. No tiene idea de que su espíritu está subordinado al de

Johnson. Por el contrario, piensa en su amigo con amable condescendencia.

—Gente muy salvaje —le dice a Johnson señalando a los bailarines—.

Pero creo esta gente se divierte grandemente.

Johnson se pone en cuclillas como los danzarines, se retuerce y concentra

sus energías en esa posición; luego, de repente, da un salto de un metro en el

aire, se ladea hasta quedar casi en ángulo recto dando a la vez un chillido casi

más penetrante que el de las viejas que se asustan al verlo.

—¿Cómo puede hacer usted eso, míster Johnson? Resulta usted tan raro

con su ropa inglesa.

Johnson se ríe y canta con los bailarines, improvisando:

Qué temes mujercita, que te escondes en la selva

No tengo palo ni cuchillo…

 

Ajali mira a Johnson muy de cerca, con sus ojos de cangrejo. Ríe a

carcajadas y dice.

—Usté da gran fiesta, Johnson.

—Sí, creo esta fiesta bastante buena.

—¿Cuánto paga usté por esta reunión, Johnson?

—¡Oh, no sé!… quisá sinco libras.

—¿Sinco libras?

Ajali se retuerce de risa y sus ojos relampaguean de envidia e indignación.

—¿Tiene usté sinco libras?

—Sí, las tengo —dice Johnson sonriente y, en seguida, da otro salto

después de estar agachado un instante—. Tengo una chiquita redondita como

el mundo…

—¿Usté cree poder robar sinco libras de míster Gollup?

—Sí, tengo dinero… Ella suave como el agua y brilla como el sielo.

—Míster Gollup es un hombre ilegal —dice Benjamín con gran seriedad

—. Le aconsejo que tenga cuidado con él, míster Johnson.

—¿Cómo sienta su narís, Johnson? —grita Ajali.

 

Llenita como el trigo, huele como hierba nueva

Baila como el árbol, se mueve como las hojas nuevas.

 

Ajali se vuelve y riéndose y más embriagado con su envidia que con la

bebida, vocifera en hausa.

—¡Míster Gollup le ha aporreado a Johnson la nariz!

—Es un hombre ilegal, muy ilegal —suspira Benjamín—. Pero claro, no

es un caballero.

—Es caliente como la tierra —sigue cantando Johnson agachándose para

tocar la tierra, que, efectivamente, está caliente—. Ella es profunda como la

selva —Y entonces, se dispara en el salto.

—¿Usté no amigo de míster Gollup, Johnson? —le dice Ajali poniéndole

la cara encima.

—Te estoy viendo, pequeña Bamu, que te escondes allí.

—Johnson dice es el amigo de míster Gollup —grita Ajali dirigiéndose a

los presentes—. Míster Gollup le da puñetazos en la nariz y patadas en el

trasero todos los días.

—Allí te voy a coger, muchachita mía.

—¿No le tiene usted miedo a míster Gollup, Johnson?

Johnson engalla la cabeza, adelanta una pierna en una gran pose y dice.

—No tengo miedo de él, míster Ajali. No tengo miedo de nada en

absoluto.

Benjamín mira pensativo a su amigo.

—Pero suponga usted que le da un puñetazo en un ojo o le parte el

estómago; ¿qué va a sacar usted con eso, Johnson? A él no le importa hacerlo

porque no tiene educación. Creo que usted mejor tener cuidado con un

hombre como míster Gollup. Es sencillamente estúpido e insensato que un

salvaje como ése pueda estropear la buena salud de usted. Porque en este caso

no servirá usted para nada.

—¡Oh, no, no!, Johnson no tiene miedo de nada —exclama Ajali burlón.

Se vuelve a la concurrencia y grita.

—Johnson no teme a nadie en el mundo.

—No, a nadie ni a nada.

Johnson mueve la cabeza al compás de la música y dobla las rodillas.

—Johnson tiene el mayor corazón. No teme nada.

Entonces saltando y extendiendo los brazos.

 

El corazón de Johnson es fuerte como un motor

Late, late en su pecho el tambor de guerra: pum, pum.

Agachándose, levantándose y volviéndose a agachar para saltar de nuevo,

a la vez que agita sus largos brazos como un boxeador, baila por todo el

recinto, fingiendo que boxea con enemigos imaginarios.

¿Qué idiota es el que se pone en camino de Johnson;

qué idiota éste, en el camino de Johnson?

Quítate de en medio, criatura loca; cuando Johnson va de paseo el mundo entero le abre paso, y también leones de la selva;

todo el mar se seca para él como para aquel rey Moisés de Egipto; todo el sielo da lú para él como el fuego para Moisés;

toda la selva se inclina ante él como para camino de míster Rudbeck. Quitáte de en medio, criatura loca, si no quieres morir,

mis ojos te queman para sacrificarte.

Mi huracán te arroja volando por los aires,

mis pies te pisan muerto como los de un elefante.

¡Cómo! ¿Quién osa decir míster Johnson cobarde?

Johnson dise ¿qué significa esa palabra miedo?

¿Qué significa eso? ¿Miedo? ¿Sirve para comer?

¿Es la pierna de un hombre cuando la arrancó de un bocado? ¿Es buena para beber? ¿Es como la sangre de un hombre?

Cuando yo me la bebo.

¿Qué quieres decir con miedo? Enséñame algún miedo,

porque nunca lo he visto. Debe ser palabra salvaje.

 

Esta canción se hace más popular incluso que la canción de Bamu. La

repiten con nuevas variantes en muchas «fiestas de cerveza». No debe

olvidarse que los hombres de Fada, como la mayoría de los primitivos,

consideran la composición de verso libre como una parte de la conversación

corriente y, lo mismo que los hombres de la época isabelina inglesa o que un

irlandés, emplean las expresiones más poéticas en medio de la charla más

vulgar. Por eso, las canciones surgen continuamente en Fada creadas por la

gente más diversa desde dos a ochenta años y nadie se preocupa de recogerlas

cuidadosamente. Cuando en una reunión le piden a Johnson la «canción de

Bamu» o la «canción de los tam-tam», no esperan oír las mismas palabras,

sino solamente una improvisación sobre el mismo tema. Es más, casi todos

los que oyen la canción empiezan en seguida a improvisar variaciones por su

cuenta y las aplican a otras circunstancias. El ritmo del tambor, que es lo más

sugestivo, se hace parte de la imaginación popular. Johnson, al escuchar una

canción de guerrero, ni siquiera recuerda que es autor de la idea y se une al

coro sin el menor sentido de celos artísticos.

 

Corazón grande tiene un tambor de guerra en el pecho pum, pum cuando llama a sus hombres para la guerra.

 

Johnson asiste a muchas reuniones por esta época, porque no sólo es un

famoso cantante sino un hombre muy rico. Ha perfeccionado sus métodos comerciales. Compra cueros para sí mismo a los que van a llevárselos a su

casa y se los vuelve a vender también a él mismo, en la tienda, por medio de

un chico que está a su servicio. Por estas pieles paga siempre precios muy

elevados. Un par de veces ha protestado Gollup contra estos precios y ha

procurado rebajarlos a puñetazos y patadas; pero como Gollup, por su parte,

gana el cincuenta por ciento en esas operaciones, tampoco extrema la

exigencia. Además, se aficiona cada vez más a Johnson. Ahora, en las noches

de domingo, cuando empieza a ponerse sentimental exclama, por ejemplo:

—Me llevo bien contigo, Johnson. Eres el mejor negrito que he conocido

en mi vida. Esto no es decir mucho, pero soy sincero al decirlo. Me eres

simpático por tu honradez y porque sabes ponerte en tu sitio y también porque

no me tienes miedo. Ésa es la verdad, negro Wog: aunque tu cara sea una

equivocación y no se pueda tener contigo una conversación interesante y tu

nariz no me guste, pero tienes riñones. Eso te lo concedo. ¿De verdad no me

temes?

—No, señó, no le temo.

—¿Y no me has tenido nunca miedo, ni siquiera al principio?

—No, señó, nunca. Yo tengo grande corasón.

—Sí, es verdad; todavía me acuerdo del primer «beso» que te di en el

«oledor», cuando acababas de llegar aquí… Me salió muy bien. Fue uno de

mis mejores puñetazos. No sé cómo no te rompí el cuello.

—Sí, señó, él fue gran golpe… Muy bueno. Pero a mí no importar nunca.

Sólo reírme de usté.

—Desde luego, te reíste… Digo yo —añadió el sargento mirando a

Johnson con sus ojos azules— eres demasiado bueno para ser negro. Es una

lástima. Debías haber pertenecido a una de las razas superiores, para tener

también la inteligencia. Ahora tienes la naturaleza de los buenos, pero te falta

la inteligencia.

—No temo nada del mundo.

—Ya sé, hombre, ya sé. Te subiría el sueldo si la Compañía lo resistiera.

A la noche siguiente, tiene Gollup que ausentarse. Va de caza con Tring.

Quieren encontrar un león. Desde hace algún tiempo, Tring, enterado de que

Gollup ha cazado ya varios leones en Fada, le ha estado pidiendo que

organice una cacería de leones. El nuevo juez está impaciente por cazar un

león en esta su primera estancia en la selva, por temor a no tener luego otra

ocasión. Es como si el joven funcionario, al comienzo de su carrera colonial,

esperase no residir más en un puesto lindante con la selva. Por lo pronto, quiere sacarle a la selva todo el jugo que ésta puede darle a un joven

ambicioso, incluyendo un león.

A Gollup no le gustan los funcionarios coloniales, a pesar de su faceta

militarizada, porque los considera como enemigos naturales de todos los

soldados y de todo gobierno racional; pero no le ha sido posible rechazar la

cortés invitación de Tring. A las cinco de la mañana sale con su viejo rifle del

ejército, su maleta, una cesta de comida y acompañado por un cazador

indígena. Se dirigen a una aldea donde un león se ha comido recientemente a

una mujer. Sus últimas palabras a Johnson han sido.

—Sabe Dios cuándo estaré de vuelta; el joven míster Tringaling se ha

empeñado en tener su piel de gato aunque me cueste media semana de marcha

y seis semanas de lumbago. Estos niños de sus mamás son muy tercos cuando

se trata de ser héroes. En fin, que si no estoy aquí mañana no olvides ponerle

la leche a la gata… Quiero decir, que le des a Matumbi su botellita de licor…

y no andes jugando con ella… Si baja a fastidiar por la tienda, dale un buen

empujón. Por supuesto, no se te ocurra hacer de las tuyas —¿comprendes,

negrito?— que ya conozco tus trucos. Te prohíbo terminantemente que te

aproveches de mis barassa (bebidas) porque te daría una tunda que saldrías

rodando por los aires. Y nada de fiestas en mi casa, porque si me entero que

has traído aquí a tus amigotes te sacaré las tripas y te las ataré al cuello, ¿te

enteras, negrito? Ya tú me conoces y sabes que yo también te conozco a ti.

Hemos sido todos muy felices aquí; de modo que sigamos siéndolo o me veré

obligado a alterar tu vida doméstica porque tendrán que alimentarte con una

bomba de bicicleta de estropeada que va a quedársete la cara.

Johnson sonríe encantado y dice.

—¡Oh, sargento, yo tengo cuidado de todo demasiado bien!

Y, al instante, coge una escoba y empieza a barrer el suelo. Incluso

cuando el sargento se ha marchado ya, sigue Johnson dando muestras de

responsabilidad y de celo. Comprueba el dinero que hay en la caja y, abriendo

el cajón del cambio con su «llave» particular, cuenta el dinero que hay en él y,

al ver que faltan tres chelines, sólo coge tres más para gastos menudos.

Entonces invita a Benjamín para pasar un rato charlando tranquilamente

en la tienda. Después, le sorprende caer en la cuenta de que no ha dado una

fiesta desde hace mucho tiempo; por lo menos cuatro días. Invita a dos

policías, cinco o seis jóvenes de la ciudad, un sólo tambor y a Matumbi. Una

hora después, por acuerdo general, manda llamar a dos tambores más, pide

más cerveza e invita más mujeres. Matumbi llama a unas cuantas

compañeras; una docena de muchachas cuarteleras que empiezan a relinchar como caballos y a maldecir como carreteros desde un kilómetro antes de

llegar al almacén. A las siete y media, cuando hay quizá cincuenta personas

en el recinto del almacén armando una terrible algarabía, se levanta un fuerte

vendaval. Empiezan los truenos, que hacen temblar la tierra, y caen chispas

por allí cerca. La lluvia arrecia como si se hubieran roto los diques del cielo.

Los bailarines y los cantantes, que estaban en los patios del recinto, se

refugian en el edificio de la tienda y Johnson, comprendiendo que la reunión

necesita ánimos, manda traer ginebra abundante. En efecto, ha sido una idea

muy sensata porque todos se reaniman como por encanto y el ruido aumenta

en proporciones alarmantes. Es imposible decir si lo que hace vibrar el

edificio de la tienda son los truenos o la danza. Imposible saber si el

crescendo, que produce en los cráneos la sensación de que van a saltar hechos

pedazos, lo causa el martilleo de la lluvia en los tejados de hojalata o el

espantoso redoble de los tambores o del tam-tam debajo del mostrador; si la

demoníaca aparición de los bailarines desnudos, que chillan y hacen los más

horribles visajes y cuyas caras parecen inhumanas a fuerza de dislocarse sus

facciones, si este efecto se debe a los relámpagos reflejados por el río a través

de las ventanas, o a pura escenografía de la fiesta. Para Johnson, todo esto es

un gran éxito. Está en medio del torbellino humano, debajo de la lámpara

especial contra huracanes, vestido con su mejor traje blanco y su sombrero

gris pálido y tiene una expresión seria. Suda a chorros como si se estuviera

disolviendo en el propio calor de su cordialidad y abre la boca de vez en

cuando para lanzar un potente alarido de la misma calidad y casi de la misma

fuerza y duración que una sirena antiaérea. Ha acabado de lanzar una de esas

prolongadas ululaciones victoriosas y su rostro vuelve a recobrar su aspecto

tranquilo y contento, cuando la puerta trasera del recinto se abre de pronto, y

Gollup, con su traje de la selva empapado, entra como una flecha. Viene

silencioso como una bomba. Utilizando como trampolín la mesa escritorio, da

un salto de dos metros hacia el interior de la habitación y tumba de un

puñetazo al primer hombre que encuentra, un enorme barquero, a quién envía

contra uno de los tambores. Luego ve a Johnson debajo de la lámpara y

embiste contra él como un toro de la selva. Johnson no tiene tiempo ni de

cambiar de expresión antes de que el puño de Gollup le dé en la nariz y le

envíe rodando al suelo con los talones por encima de la cabeza.

Hay un instante en que los presentes ven a Johnson apoyado sólo en la

nuca y con sus largas y delgadas piernas ondeando horizontalmente por

encima de su cara. Los que se hallan cerca, manchados de la sangre sacada de la nariz de Johnson por ese único golpe, se limpian las mejillas mientras se

retiran lentamente.

Johnson, que se ha quedado como de piedra, va recobrándose poco a

poco, se levanta lentamente y apenas ha recobrado el equilibrio cuando recibe

otro golpe en la nariz que le hace dar otro salto mortal. Esto le enfada mucho

y cuando consigue ponerse a cuatro patas, echando sangre por la nariz como

por un grifo, exclama:

—¡Yo no tengo miedo a usté, sargento Gollup!

—Levántate, cochino, hijo de perra, levántate y deja que te dé uno de

verdad.

—Yo no temo a usté, sargento Gollup. Usté no sirve de golpearme a mí;

usté se va ahora.

—Ajajá, ¿conque yo no sirvo para pegarte, eh? Levántate y ahora lo verás.

Johnson salta de pronto sobre Gollup con los brazos girando como un

molino y los pies en frenético movimiento. Gollup, asombrado, da un furioso

puñetazo en el aire, pero la movilidad de Johnson impide que le toque. La

rodilla del negro le alcanza en pleno estómago mientras que el molinete de su

puño le da en el ángulo de la mandíbula y le hace caer, flojo como un saco

vacío. Sus ojos azules miran al cielo, inmóviles y con el mismo asombro

reflejados en ellos, mientras que su puño derecho se abre y se cierra aún

varias veces como en un débil entrenamiento de una serie de knockouts. Las

puntas de su bigote se levantan muy despacio, rígidas como las antenas de un

insecto moribundo. Por fin, la mano se relaja y se queda abierta e inmóvil.

Johnson, que se ha caído hacia atrás por la violencia de su esfuerzo, está

otra vez a cuatro patas mirando con horror e incredulidad el cuerpo yacente de

su amo. Hay en el local un silencio absoluto. Entonces, repentinamente,

empiezan todos a gritar aterrorizados y todos a la vez se precipitan hacia la

puerta. El almacén tiembla, la madera se resquebraja por algunos sitios, una

mujer chilla, y por fin los pasos se pierden en todas direcciones. En la tienda

no quedan más que Johnson y el cuerpo de su amo. Waziri llega en seguida

galopando.

Tring, muy disgustado por el fracaso de la caza y por el escándalo del

almacén, se presenta en pijama de seda azul pálido con pintas rojas.

—¿Qué diablos pasa aquí, Waziri?

—El empleado Johnson ha matado al comerciante Gollup.

Tring toca su silbato inmediatamente; llama al sargento, va a vestirse

adecuadamente y vuelve a la tienda. Todavía está iluminada. Se oyen voces

dentro. Tring, con el revólver en la mano, empuja la puerta y ve a Gollup sentado muy derecho en el suelo y a Johnson también sentado en la misma

postura frente a él. Gollup se sostiene la mandíbula con una mano y levanta la

otra con un gesto profético. Ambos miran sorprendidos al ver a Tring. Gollup

se levanta, se limpia el polvo de las rodillas y dice:

—Perdone usted, míster Tring.

—Entonces, ¿no lo han asesinado a usted? ¿Le atacó Johnson? ¿Quiere

usted presentar la demanda?

—No, míster Tring. De ningún modo. Ha sido un leve accidente… nada

más.

—Pero, ¿no necesita usted nuestra ayuda?

—No, señor.

Gollup rechaza esta intervención con fría dignidad.

Tring se retira. Gollup se vuelve a Johnson y le dice:

—No me gusta lavar en público los trapos sucios de la Compañía y

tampoco sería justo contigo, Johnson. Sé que ha sido un accidente porque tú

no lo habrías hecho nunca queriendo. Pero comprenderás que no puedo

permitir estas juergas en mi casa. Si no mantuviera aquí la disciplina, ¿adónde

iríamos a parar? Desde luego, esto ha sido un escándalo delante de tanta

gente, y, lo siento, pero tendrás que estarte un mes sin aparecer por aquí.

Sintiéndolo mucho, Johnson, sintiéndolo de verdad, debes creerme, no podría

permitir que siguiera en mi casa una persona que falta a la disciplina aunque

sea por accidente. Te tengo mucho afecto, Johnson, pero he de pensar en mi

responsabilidad para que las cosas marchen como deben. ¿Cuánto te debo?

Tres libras, seis chelines y ocho peniques, menos cinco chelines como multa.

Gollup abre la caja de caudales, le paga a Johnson, que le firma un recibo,

y le ordena salir de su casa antes de las seis de la mañana.

—Lo siento, amigo Wog, lo siento de verdad. Eres el mejor negro que he

conocido y nunca me tuviste miedo.

—No —dice Johnson, muy triste—. Nunca le tuve miedo, míster Gollup.

Se separan con un apretón de manos y Johnson, cogiendo su linterna y

dirigiéndose hacia su casa, se repite a sí mismo: «No le tenía miedo.» Entra

en la choza de Bamu y la encuentra profundamente dormida. La despierta y

ella se le queda mirando extrañada.

Johnson se estira todo lo que puede para darse mayor importancia y dice:

—¿Me ves bien, Bamu? Pues yo he tumbado a míster Gollup, que parecía

muerto. Y vino el juez con la policía.

Bamu, en vista de que sólo se trataba de eso, vuelve a cerrar los ojos. La

vieja Sozy acude para calentar los queridos pies de su amo.

—¿Oyes, Sozy? Yo mato a hombre blanco.

—¡Oh!, da dadi.

—Ven, Bamu querida. Tenemos que hacer el equipaje.

Bamu dice con voz soñolienta:

—¿Adónde vamos?

—Vamos al Sur, donde está el buen comercio. Seremos ricos, querida

mía. Tendremos un auto y serás tan importante como una gran señora de

Lagos.

Bamu no hace el menor comentario. Se levanta y empieza a preparar sus

cosas en el gran cajón. Sozy se alarma y la mira. Murmura un par de veces:

«Da dadi».

—Ven, Sozy, recoge todas las cosas de la cocina.

Sozy se siente ya aliviada. Sabe que todavía la necesitan. Reúne las ollas,

los platos, las cantimploras, los recipientes llenos de harina, pimienta, sal y

azúcar, la botella de aceite de nuez, la nafta, dos pollos y el paquete de astillas

secas.

Al amanecer no quedan rastros de Johnson y de su familia. Sólo se sabe

que han pasado en dirección sur por la vieja carretera.

 

Tring no tiene vacaciones hasta diciembre. Termina su investigación de la

oficina de Fada en agosto y está escribiendo un informe especial sobre «La

organización de un puesto colonial en la selva» cuando algunos de los

periódicos ingleses, durante la temporada en que no ocurren otras cosas

dignas de mención, piden una reforma penitenciaria. En las tres semanas

siguientes se dedica Tring a reconstruir la cárcel de Fada con celdas aparte

para los condenados, saca fotografías de ellas con algunos presos

cuidadosamente lavados y envía un informe especial sobre «La organización

de las prisiones indígenas», por J. S. Tring. Este informe es citado poco

después por el Gobernador en el suyo anual y se discute en los medios

oficiales de Inglaterra, donde el asunto de la reforma penitenciaria ocupa aún

mucho espacio en la Prensa y en la opinión.

Nadie, ni siquiera Bulteel, llama a Tring un farsante, porque, en realidad,

es un funcionario muy competente. Cumple con su deber tan bien como el

que más. Su prisión es modelo. Pero no cabe duda de que es una de esas

personas que por una habilidad congénita e inconsciente, sabe aprovechar las

ocasiones y ocuparse de lo que, en cada momento, interesa más a la gente que

a él le interesa. Cuando pide permiso antes de tiempo, en octubre, para

resolver asuntos privados de carácter urgente, se lo conceden en seguida y se

marcha en el primer barco disponible para asistir a un curso de criminología y para dar una serie de conferencias sobre el tema «Una nueva vida para el

delincuente africano».

Tring deja irás él la certeza —incluso en las mentes indígenas— de que

nunca volverá a un sitio tan salvaje como Fada. Incluso ha conseguido

llevarse su piel de león. A Blore le han concedido el retiro y no queda nadie

disponible para Fada excepto Rudbeck, el cual, de regreso de su permiso, en

noviembre, vuelve a ser destinado a su antiguo distrito con una severa

advertencia que le hace Bulteel para que lleve bien las cuentas.

—Sí, no puedo exponerme a más historias —le dice Rudbeck.

—Es verdad, como padre de familia… porque me han dicho… el oficial

médico de aquí, me contó algo… —Bulteel parece un benévolo médico de

cabecera.

—Bueno, todavía es un poco prematuro.

Rudbeck ha superado sus primeras timideces de hombre casado. Habla del

embarazo de Celia con toda naturalidad.

—Todavía le faltan siete meses, pero ella está completamente segura.

—Querido Rudbeck, me alegro muchísimo.

—Sí, no es mal asunto. Veo que tiene usted ahí el mismo árbol de kuka.

Creí que iba usted a mandarlo quitar.

Rudbeck mira por la ventana. El tono de su voz expresa verdadera alegría

al reconocer el decrépito kuka frente a la residencia de Dorua.

—Sí, todavía sigue ahí. ¿Se alegra de haber regresado?

—Sí, bastante.

Y Rudbeck, al decirlo, parece extrañado.

—Muy bien, pues me alegro mucho de volverle a ver. Ya vio usted lo que

dijeron de su carretera. Su Excelencia le ha concedido mención especial.

—Sí, pero ese arrivista de Tring ha congelado todos los fondos.

—Es una desgracia —Bulteel frunce sus labios gruesos y pequeños y de

pronto exclama—: Este asunto ha tenido el efecto más sorprendente sobre los

ingresos provinciales… Sí, de lo más sorprendente.

Su voz revela una gran satisfacción. Bulteel ha leído media docena de

informes de Rudbeck insistiendo en que la carretera debe ser terminada para

mejorar el comercio de la región, y en todos ellos ha escrito al margen: «El

punto de vista de míster Rudbeck merece ser considerado con toda atención

en cuanto el estado del Tesoro permita ampliar la construcción de carreteras.

De la terminación de ésta hay que esperar un gran aumento del comercio

local.»

Pero le deja asombrado ver que con menos de cincuenta kilómetros de

carretera, sin más enlaces, se haya producido efectivamente ese gran aumento

del comercio. Como todos los demás funcionarios antiguos que, después de

escribir un millar de informes, se maravillan de que uno de ellos haya

producido efectos prácticos, le parece como si el papel de sus despachos

empezara a tomar vida.

—Desde luego, me ha producido una gran sorpresa —continúa,

levantando las cejas—. Incluso nuestro mercado casi se ha duplicado, lo cual

ha sido estupendo en el informe anual. —Y se ríe con una risita que le

arrebola el rostro, y mira a Rudbeck—: Incluso nos han felicitado, por

primera vez en muchos años. —Y moviendo la cabeza con pesadumbre,

añade—: Es una verdadera lástima que no podamos seguir con ella.

—El comercio ha estado siempre allí —dice Rudbeck, dirigiéndose hacia

la otra ventana y haciendo resonar el suelo con sus pesadas botas de selva.

Está inquieto como un hombre cansado de las vacaciones y deseoso de volver

a emplear sus energías—. El más tonto podía haberlo visto. —Entonces

enrojece y frunce el entrecejo. Tiene la sensación de haber dicho alguna

impertinencia pero no sabe qué es. Bulteel le sonríe y le vuelven a

desaparecer los ojos. No se siente ofendido porque sabe que lo que Rudbeck

ha querido decir no es «usted era tonto al no darse cuenta», sino «no me

atribuyo el mérito de haberlo visto antes que nadie».

—Si usted, Bulteel, consiguiera el dinero para terminarla,

transformaríamos la provincia.

—¡Ah!, sería estupendo… sería una gran ventaja para todos. —Se ríe—.

Yo sería el primero en salir ganando. Me considerarían un hombre

extraordinario.

—Lo harían a usted gobernador, señor.

—Mientras tenga algo de qué informar, creo que me irá muy bien en

Dorua. Después de todo, disponemos de un magnífico campo de golf.

Y se ríe entre dientes hasta ponerse otra vez colorado, y Rudbeck sonríe y

frunce el entrecejo al mismo tiempo. De pronto, Bulteel se pone serio y dice:

—De todos modos, es una lástima.

Evidentemente, comprende que el desarrollo de los transportes sería más

interesante que el golf.

—Pero, ¿de dónde va a salir el dinero?

Se miran unos momentos y luego dice Bulteel:

—No puede usted volver a arriesgarse.

Después, una pausa y Bulteel pregunta con repentina animación:

—¿Cómo van las cosas por allá?

—El mismo lío de siempre.

—Ah, sí, claro, eso no tiene remedio. —Mueve la cabeza y parece

abatido. Nadie sabe cómo pueden arreglarse las cosas.

—Parece que todo se va a ir a la porra.

—Sí, la civilización lleva mal camino.

Ambos reflexionan unos instantes.

—Y es que todo va demasiado deprisa —dice Bulteel, moviendo la

cabeza y frunciendo los labios.

—O demasiado despacio.

—Sí, también pudiera ser.

Entonces Bulteel sonríe de nuevo, contento de ver allí otra vez a Rudbeck

y de poder discutir con él sobre el buen éxito de la carretera y el informe

anual.

Rudbeck dice con voz preocupada:

—Lo único cierto es que habrá que pagar las consecuencias de todo esto

antes o después.

Al mirar a Bulteel, lo ve sonreír intencionadamente.

—Desde luego, hay aquí una parte de la consignación que no se ha

empleado —dice Bulteel.

Rudbeck recobra en seguida los ánimos. Ya se ha cumplido el

imprescindible rito del sacrificio al espíritu de los tiempos.

—Si yo pudiera disponer de un centenar… Me bastaría con cincuenta

libras para empezar.

—Creo que hay bastante más en la provincia, pero no debe usted tener

líos con la Hacienda, Ruddy, nunca me lo perdonaría.

—Lo comprendo, señor. Tendré mucho cuidado. Haré trabajar a Suli de

acumulador.

—¿Suli? ¿Quién es Suli?

—«A Suli por confeccionar doce uniformes dogarai poniendo el paño y

los materiales.»

—¡Ah!, sí, sí. —Bulteel levanta las cejas y luego rompe a reír

ruidosamente—. Vaya, vaya, vaya. Suli es un miembro muy valioso de la

Administración.

—No sé cómo andaría este país si no lo tuviéramos a él.

—Bueno, pensándolo bien, este Suli no está muy complicado.

—No; hasta ahora se ha mantenido al margen como un hombre invisible.

—Sí, sí. ¡Ja, ja, ja! Pero, Ruddy, tiene usted que ser muy prudente y no

sólo por usted mismo. Como hombre casado, no puede permitirse…

—Seré prudente, señor —Rudbeck está un poco impaciente—. ¿De

cuánto cree usted que puedo disponer?

—Recuerde que ningún departamento administrativo puede exponerse a

que las normas sean vulneradas.

—Ya lo sé; ya me cuidaré de que no suceda nada de eso, ¿Cree usted que

podré disponer de cien libras?

—Creo que sí…, si contamos también con la Administración indígena de

Dorua. Al Emir no le importará. Acabo de conseguirle un aumento de sueldo.

Disponemos de algún dinero en la sección de obras imprevistas y una

consignación especial para el nuevo Tribunal indígena. Además, el jardinero

del puesto ha fallecido hace poco. Podríamos utilizar su sueldo para uno de

los capataces de la carretera… o quizá diera para dos.

—Dos Sulis.

—¿Dos qué? ¡Ah!, sí, sí. Pero la verdad es que se llamaba José.

Tendremos que seguir empleando su nombre para que no haya dificultades.

No quiero perder mi jardinero.

—¡Estupendo! Será un alivio poder cambiar de nombre en los recibos.

José nos vendrá muy bien. Pero, ¿cómo se las va a arreglar usted, señor, para

cultivar el jardín y la huerta?

—No se preocupe. Dedicaré a esa tarea uno de los presos indígenas o a

algunos de ellos, y el sargento de policía los vigilará.

—Gracias, señor.

—¡Ah!, tendremos que matar a José antes de que yo me vaya de permiso.

—Estoy seguro de que Suli estará dispuesto a substituirle. Entrará en

funciones otra vez.

—¿Qué Suli? ¡Ah!, ya sé. Bueno, pero tenga usted mucho cuidado,

Rudbeck. No merece la pena arriesgar su porvenir. Aténgase a los

reglamentos lo más que pueda. Ésa es la manera de seguir en el escalafón,

querido amigo, y ahora lo necesita usted como padre de familia.