Mister Johnson

Joyce Cary · Capítulo 3 de 5 · parte 1/3

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Mister Johnson

Parte 3

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Mientras tanto, Johnson, lleno de noble orgullo y de buena voluntad, sonríe a

todos los transeúntes y les grita en hausa los más cordiales saludos: «Que

Dios te acompañe… que tengas salud… que vivas muchos años.» Mientras

más se bambolea más le encantan todas las personas tan simpáticas de este

simpático mundo; y también los simpáticos árboles y el cielo y el sol, tan

simpáticos. La misma posición de su sombrero, ladeado hasta tocar una oreja,

es un gesto de apreciación universal. Está lleno de gratitud por el mundo

entero. Se asoma a la oficina de Correos y dice:

—Usté viene esta noche, míster Benjamín, yo doy a ustedes una fiesta…

Tengo una botella de verdadera ginebra inglesa directamente de la patria…

dos botellas.

Saluda al cocinero de Rudbeck y a Jamesu, que vienen del pueblo. Grita:

—¡Cuku, Jamesu… doy gran fiesta… tres botellas ginebra… río de

servesa… hay tambores… Ustedes vienen esta noche!

El cocinero y Jamesu lo miran estupefactos y disgustados. Johnson ni

siquiera recuerda que Jamesu es su enemigo y no percibe la frialdad de sus

miradas. Cuando llega ante la tienda entra en ella.

Ajali está sirviendo lánguida y despectivamente a un pagano que quiere

sal. La carretera ha traído ya muchos clientes nuevos a la tienda, bárbaros que

no saben qué comprar ni cuánto deben pagar por cada cosa. A Ajali le fastidia

extraordinariamente tener que servirlos.

—Anda, date prisa. ¿Quieres la sal o no la quieres?

Y a Johnson le dice en un tono diferente y en inglés:

—Perdóneme, míster Johnson, pero estos monos de selva me dan mucho

trabajo; no saben de nada.

El forastero examina ahora una tela blanca muy mala llena de manchas de

barro y lanza ojeadas de soslayo a los dos hombres de la «ciudad».

Ajali, que no ha visto a Johnson desde el día anterior, le tiende la mano al

cabo de un rato:

—¿Cómo está usté, míster Johnson?

—¿Cómo está usté, míster Ajali? ¿Ha resibido usté alguna tela nueva

bonita para missus Johnson? Creo que compro la mejor tela de aquí.

—Pero, míster Johnson, usté compra este mes tres telas nuevas para

missus Johnson. Creo cuenta de usté demasiado grande.

—No se preocupe por esa vieja cuenta, Ajali. Yo la pago. ¿Tiene usté

tersiopelo… un buen tersiopelo rojo? Quiero ver missus Johnson con el mejor

pareo nativo. Quiero tersiopelo rojo con rayas doradas.

—Tengo tersiopelo rojo con puntitos dorados, pero muy caro paño, míster

Johnson. Dos libras.

—Lo tomo, Ajali. Quiero dar a missus Johnson el mejor paño de Fada

porque ella la mejor esposa de Fada.

Ajali saca una pieza de plush escarlata y la tira sobre el mostrador. El

cliente salvaje la mira con el rabillo del ojo, atónito. Johnson, sin darle

importancia al género, dice:

—Me gustan más puntos dorados… ¿No tiene usté uno con diamantitos?

—Tengo sinta de diamantes; usted la cose.

—Quiero poner todo sobre el paño. Todo de diamantes. Muy bien, me

llevo sinta.

Ajali desenrolla una tira bordada de diamantes y la extiende sobre la tela.

El pagano vuelve la cabeza como un perro deslumbrado por un reflector.

Luego, lentamente, mira otra vez. Estas maravillas le tienen trastornado. La

nueva vida que les ha abierto la carretera a los hombres le resulta

inconcebiblemente ampliada y no puede creer todavía lo que ve.

—Llevo dos metros para arriba y dos metros para abajo —dice Johnson

—; y dos metros para hacer una banda por la mitad del cuerpo. ¿O cree usté

mejor dos bandas en la cintura?

—Sí, sí, míster Johnson.

—Mejor tres… Y dies metros de tira de diamantes. Creo a missus Johnson

le gusta eso.

Johnson, a pesar de su dignidad de funcionario del Gobierno y de amigo

de Tring, no puede evitar una ancha sonrisa al pensar en la alegría que va a

llevarse Bamu.

—Creo ella tiene los mejores vestidos de Fada.

—Es verdad… Son cuatro libras y sinco chelines, míster Johnson, ¿usté

paga ahora?

—Ponga en mi cuenta, Ajali.

—Le digo su cuenta ya demasiado grande, míster Johnson… Ya, siete

libras.

—¿Demasiado grande? Yo pago a usté onse libras la última vez.

—Pero quizá Waziri no conforme.

—Waziri… ¿Qué quiere usté desir, Ajali? Waziri, amigo mío.

—Waziri no gusta de carretera… Emir no gusta tampoco de carretera…

Disen camino trae toda clase granujas a Fada y estropea gente selva.

—Tonterías, Ajali… Ese Emir, viejo salvaje.

—Yo creo tener él rasón… Estos salvajes vienen aquí todos los días… Me

vuelven loco con sus estúpidas cabesas y después dos horas y nunca compran

nada. Son monos selva como este hombre… Usté lo mira.

Ajali mira al pagano, que está observando con expresión de pánico y de

fascinación el paño de terciopelo y la tira bordada tan reluciente. Su mirada

tropieza con las de Johnson y Ajali fijas en él, la de Ajali despectiva y la de

Johnson, divertida y condescendiente. Al instante, sus cejas se contraen, lanza

un gruñido y retuerce su labio superior como un perro salvaje a punto de

morder.

—Estos salvajes, inútiles y peligrosos —dice Ajali—. Mejor se queda en

la selva como los monos. Creo Emir y Waziri tienen rasón.

—Creo usté es niño tonto, Ajali. El Rey dise él: «Yo quiero mucha

carretera nueva en todas partes y así mi gente puede ir andando para ver el

mundo». Todos funsionarios del Gobierno deben haser lo que el Rey quiera.

Tienen que abrir carretera. El Rey quiere lo mejor para la gente. Para eso está

nombrado. Mister Rudbeck y yo estamos de acuerdo con el Rey. Desimos

«Dios salve al Rey». Y nosotros le abrimos esta carretera de Fada. Y así

hasemos, míster Ajali. Míster Tring acaba de hablarme que oye nombrar

mucho la carretera.

—¿Míster Tring? ¿Quién él?

—Míster Tring, el de ofisina del Residente. Él, el hombre más listo de

Nigeria. ¿Es posible usté no oye hablar nunca de míster Tring, mi gran

amigo?

—¿Él, amigo de usté?

—Él, mi amigo… muy viejo amigo… mi espesial amigo. Cuando me ve,

me coge de la mano, me mira a los ojos y habla: «Míster Johnson, oigo todo

lo de esta famosa obra que usté hase para míster Rudbeck… Admiro a usté.

Creo usté el mejor empleado del Gobierno en toda la provinsia.» Y me

estrecha la mano con fuerza y dise: «Dios le bendiga a usté, míster Johnson.»

—Pero, míster Johnson, ¿ha dicho «Dios le bendiga a usté»?

—¿Usté dise yo miento, míster Ajali?

Johnson está enfadado porque tiene la impresión de que su relato es aún

más verídico que las palabras efectivamente pronunciadas por Tring. Que las

frases de éste, repetidas en frío, no podrían comunicarle a una tercera persona,

y mucho menos a un estúpido y suspicaz como Ajali, el verdadero efecto

producido en el corazón de Johnson —lleno todavía de orgullo y gratitud—

por esta notable experiencia.

—Lo que deseo meterle en cabesa, míster Ajali, es que sólo digo a usté

una pequeña, pequeñita parte de la verdad porque sé que usté no puede resistir

más que un poco sin sufrir. La gran verdad entera no está bien para susios

lagartos de pequeñas chozas como usté. Si yo digo a usté toda cosa que míster

Tring dise para mí, usté se hincha como un chivo muerto y estalla y se rompe

en tres pedasos.

Johnson recoge la tela, pone encima la tira bordada, hace un paquete

dejando por fuera el lado de algodón, y se lo mete debajo del brazo. Ajali

contempla toda esta operación con expresión nerviosa y de despecho. Como

de costumbre, se halla anonadado por la elocuencia de Johnson así como por

lo inesperado de sus salidas, pero está furioso consigo mismo por sentirse

débil ante él.

—Buenas tardes —dice Johnson con su tono más grandioso.

A pesar del paquete que lleva debajo del brazo, tiene un aire majestuoso.

Todavía tiene que decirle algo a Ajali:

—Usté me llama embustero y yo digo a usté: Si, yo soy embustero, yo no

le digo la verdad porque no le digo cuánto está de acuerdo míster Tring

conmigo, porque usté es tan pequeña, pequeñita cosa como un asqueroso

escarabajo. ¿Es que alguien le habla a un escarabajo de la gloria de Dios para

que luego se ponga a apestarlo todo y se le estropee a uno el estómago?

La indignación de Johnson va creciendo a medida que entra más en

situación. Pero ya se ha marchado de la tienda y, ahora murmura para sí

mismo en su lengua nativa: «Le enseña uno un diamante y cree que es un

pedazo de botella rota. Le enseña uno un hermoso caballo y dice que es un

conejo. Se le da una bolsa de oro y cree es cabeza de serpiente llena de

veneno amarillo… Se arrastra sobre su vientre por encima de todas las cosas

como un lagarto de las casas y dice que todo está hecho de porquería.»

 

A la entrada de su recinto ve que Sozy sale de entre unos arbustos y se le

acerca. Seguramente lo ha estado esperando. Johnson oye voces de mujeres

en su patio y en seguida desaparecen de su mente los insultos de Ajali. Piensa

en la sorpresa que va a darle a Bamu. En su anticipado entusiasmo, incluso se

fija en Sozy y, con un gesto señorial, extiende ante ella el terciopelo.

—Mira esto, Sozy —le dice con el orgullo de un artista que enseña su

obra maestra—; el mejor paño de Fada.

Sozy mira deslumbrada el paño y luego la cara de Johnson; por fin, logra

ver concretamente el tejido, da palmadas, mueve la cabeza, dobla las rodillas

y dice:

—Da dadi.

—Muy bueno; y tiene que serlo, porque la primera mujer del Emir no

tiene una tela como ésta. Claro que Bamu es más importante que la mujer del

Emir. Es una esposa del Gobierno.

Sozy, esforzándose por apreciar mejor el paño, se dobla casi por la mitad,

bate palmas alocadamente, mueve la cabeza como un mandarín de juguete y

cacarea:

—Oh, da dadi, da dadi.

Johnson se ríe y entra con la vieja siguiéndole los pasos. Ésta tiene ahora

una expresión de susto y atontamiento. Parpadea continuamente y gime. Se da

cuenta de que no ha empleado la palabra exacta para expresar su admiración

por el paño, pero no sabe ninguna otra. Comprende que le ha fallado a

Johnson y ha perdido una gran oportunidad. Pero no se da por vencida y

espera que se le presentará otra ocasión de ganarse la estimación del

muchacho.

Johnson entra en el recinto de las mujeres, donde encuentra a Bamu y a su

media hermana Falla moliendo mijo en un gran mortero de madera.

Falla es mayor que Bamu y tiene tres niños, incluyendo a un bebé de tres

meses que lleva a la espalda. Ha estado viviendo en casa de Bamu un mes

porque mientras da el pecho a su niño tiene que aislarse. Falla y Bamu charlan

todo el día y, siempre que Johnson se acerca a ellas, lo miran ambas con la

misma expresión, como si fuera un perro desconocido o una fiera nunca vista

y seguramente peligrosa. Ahora también lo miran con esa expresión y con

ojos brillantes y duros como ágatas. Johnson esconde el paquete a su espalda

y le dice a Bamu:

—Tengo buenas noticias para ti, mi querida esposa. He visto al nuevo

juez y me ha dicho las palabras más honorables. Me estrechó las manos varias

veces y me aseguró que yo soy el hombre mejor de Fada. Me dijo: «Míster

Johnson, espero que me ayudará usted en este Gobierno, porque sé cuánta

sabiduría hay en usted y conozco su gran amor por nuestro noble Rey, que es

el rey más grande del mundo.»

Bamu se aprieta la nariz y le pregunta a Falla con voz nerviosa:

—¿Qué está diciendo?

Falla levanta el almirez, dispuesta a empezar de nuevo su trabajo, y dice:

—No lo he oído.

—Sí me has oído —grita Johnson. Falla le es muy antipática—. Le he

dicho a Bamu que el juez me habló del modo más honorable y que ella es la

esposa de un hombre distinguidísimo.

Bamu tuerce la cabeza como si acabara de sentarse sobre una espina y

dice con disgusto:

—¿Qué quiere decir?

—No lo sé.

—Mira, Bamu —dice Johnson riéndose, y descubriendo de pronto el paño

que ocultaba, lo extiende ante las dos mujeres—: ¿Qué os parece?

Falla y Bamu dejan caer a la vez sus almireces para coger la tela. Bamu

dice indignada:

—Lo estás arrastrando por el polvo.

—Ponlo en el bokkis —le recomienda Falla—. Ten mucho cuidado.

—Tendré cuidado.

Bamu se lleva la tela doblándola cuidadosamente. Falla, después de

pensarlo un poco, la sigue, le coge la tela y la vuelve a doblar por los mismos

pliegues. Mientras maneja el terciopelo de imitación, se le anima la cara y

Bamu lo mira como una madre inquieta mientras alguien admira a un recién

nacido. Desaparecen ambas murmurando advertencias y consejos. Después de

cinco minutos, vuelven con rostros virtuosos, como si acabaran de realizar

una buena acción, y emprenden de nuevo su tarea.

Johnson, contento por la reaparición, sonríe y les dice con tono afectuoso:

—Bueno, ¿qué os ha parecido?

—Estabas estropeándolo.

—Pero, Bamu, ¿no te alegras de que te haya regalado un paño tan bueno?

—Es demasiado caro —dice Falla.

—Es demasiado bueno —añade Bamu—. Sólo podría llevarlo la mujer de

un jefe.

—Pero si tú eres la mujer de un jefe… mucho más que la mujer de ningún

jefe, porque eres la esposa de un hombre del Gobierno. Ya no eres una de esas

muchachas salvajes de la selva. Puedes ponerte al lado de cualquier mujer

blanca. Por esto te regalo una tela propia de una esposa del Gobierno.

—¿Qué está diciendo? —pregunta Bamu, aunque su marido, siempre que

habla con ella lo hace, por supuesto, en hausa.

Falla sigue majando en el mortero.

—No sé; algo sobre el jefe.

Bamu la acompaña inmediatamente con rítmicos golpes en su mortero.

Continúan su tarea sin prisa y sin pausa. Johnson levanta los brazos en un

gesto de desesperación, se echa el sombrero hacia atrás de un manotazo y

entra en su choza dando traspiés. Su manera de andar es por sí sola una

dramática expresión de su desesperado estado de ánimo. Se sienta en el cajón que le sirve de silla y estira las piernas para que Sozy le quite los zapatos.

Mientras, oye el canturreo de la charla de las mujeres en rítmicas frases que

acompañan al majado: «Pues Niji… tuvo gemelos… desde luego… algún

demonio… se ha metido… en su vientre… mientras dormía… en el campo…

pero ella sabía… la gente la maltrataría… por eso escondió… a un niño en su

casa… detrás del montón de batatas… y le decía a la gente… me voy a coger

batatas… y lo que iba a hacer… era darle el pecho al crío.»

Johnson lanza un gruñido cuando Sozy empieza a frotarle los pies:

—Malditas mujeres, siempre estáis contando chismes. No tenéis en la

cabeza más que esas estupideces sobre las brujas y los diablos y los hechizos

y los gemelos.

De fuera le siguen llegando las espasmódicas frases: «Y luego el esposo…

que estaba enfermo… empezó a morirse… y fue al juju… y el juju le dijo…

en tu casa hay demonios… y volvió para descubrirlos… y encontró al crío

escondido… y todo ha sido obra… de un demonio muy malo… y todos

salieron corriendo… después de quemar la casa… pero Niji regresó… y dio

un gran grito… y entró en la casa… pero ella también se quemó del todo…»

Johnson sale furioso y grita:

—¿Qué tonterías estáis diciendo, par de salvajes? No hay bebés que sean

demonios. Y los gemelos no son obra del diablo. ¿Cómo te atreves, siendo mi

esposa, a decir tantas mentiras?

Las dos mujeres cortan en seco la conversación y miran a Johnson con

expresión de sonámbulas a las que un ruido accidental acaba de despertar.

—¿Cómo te atreves, Falla, mujer idiota, a asustar a mi esposa para que se

le estropee el niño que lleva dentro?

Bamu tuerce el gesto y dice resentida:

—¿De qué está hablando ahora?

—Pues no sé —dice Falla con un gesto idiotizado.

—Siempre está diciendo cosas raras —dice Bamu—. ¿Qué quiere decir

con todo eso?

—Es forastero —explica Falla— y por eso no entiende las cosas de

nuestro país.

—Entonces, ¿por qué habla así?

—No puede remediarlo.

—Oh, Dios, ¿qué hase uno con mujeres salvajes como éstas? —dice

Johnson en inglés. Vuelve a entrar en su cabaña y se arroja en la cama donde,

con gran terror de Sozy, permanece gimiendo durante media hora como si se

estuviera muriendo.

Sin embargo, a la hora siguiente está de nuevo en el paraíso, es decir,

recibiendo y entreteniendo a sus invitados. Y contribuye grandemente a su

alegría ver a Bamu, que va de un lado a otro con su aire desdeñoso y envuelta

en su nuevo pareo, sacando mucho su redondeado vientre y contestando a los

saludos y cumplidos de los chicos del puesto oficial. A todos los mira con

mirada inexpresiva y superior. Por supuesto, no lleva su nuevo atavío ni

adopta tan imponente actitud para que la admiren estos animales extraños sino

por el placer que le producen las nuevas sensaciones. Johnson también

contribuye a ello. En cambio, para éste, el placer consiste en admirar y crear

felicidad.

 

Al día siguiente, se levanta, como les ocurre a todos los indígenas tras un

baile celebrado después de la cacería, con un terrible dolor de cabeza. Pero

sigue siendo feliz. Sus lamentos (mientras Sozy le vierte agua fría sobre el

cráneo y le frota suavemente las sienes y el cuello), más parecen expresiones

de placer que de dolor. En el fondo, cree que sólo con un gran dolor de cabeza

se puede rematar una fiesta que ha obtenido tan buen éxito.

—Que Alá te condene, viejo pellejo; me estás matando.

—Ojey… Ojey…

—Véte, véte de aquí. Ya está bien.

Se levanta de un salto y escapa de ella andando bajo el sol, vacilante,

mientras se sujeta la cabeza con las manos.

—Ojey, ojey.

La vieja, que corre detrás de él, da manotazos al aire en señal de

compasión.

—Te digo que basta, vieja con dedos de madera; no puedo soportarlos

más.

Se pone el sombrero y se dirige hacia la oficina con paso de buey cansado.

Pero, en cuanto ve a Tring, que cruza el claro, cambia de actitud, anda con

rapidez y viveza, se olvida de su dolor de cabeza, se estira la chaqueta y llega

a la terraza de entrada con el digno paso de un sargento mayor.

—Buenos días, míster Tring. Reso a Dios para que usté duerme como

niño de pecho.

—Buenos días, míster Johnson, creo que llega usted con un poco de

retraso.

—Oh, señó, creo reloj de la oficina demasiado adelanto.

—Resulta que el reloj de la oficina se ha parado hace varias semanas. Hay

un nido de hormigas entre las ruedas.

—Ah, sí, señó. Pero cuando se paró estaba muy adelantado. Lo dise

míster Rudbeck.

—Ahora nos regiremos por mi reloj y por la trompeta del fuerte. Espero

que llegue usted a la oficina todos los días al toque de diana.

—Sí, señó. Quiero estar aquí antes del primer toque para no desperdiciar

el tiempo del Rey después del último toque.

—Muy bien, míster Johnson. Ahora tiene usted que sacar las copias de las

cuentas. Hoy mismo tienen que salir las cuentas mensuales.

—Yo lo hago, señó.

Johnson trae la copia escrita con hermosa letra, sobre todo la certificación

de la cabecera: «Certifico que esto es copia auténtica del libro de Caja, etc.,

etc.» Sólo falta una línea de números, cosa que Tring descubre al instante. El

nuevo juez hace la suma y la encuentra totalmente equivocada. Se limita a

decir:

—¿Un pequeño desliz, míster Johnson?

—Sí, señó, ya saber yo que hay un pequeño error.

—Entonces, ¿por qué no lo corrigió usted?

Johnson sonríe afectuosamente al amigo que él ha adoptado y dice:

—Yo sé todo el tiempo que está ahí, señó, pero nunca sé dónde está

exactamente.

—¿Dónde está el libro? ¿Y los comprobantes?

Tring comprueba todos los recibos y facturas y observa que míster Suli ha

recibido una gran cantidad de pagos en muy pocos días. Johnson ríe

alegremente del viejo chiste, y dice:

—Ah, ese míster Suli tiene mano muy cansada de tanto haser garabatos

para firmar.

—Supongo que esta persona existe efectivamente, ¿no?

—Oh, sí, señó —dice Johnson riéndose—. Hombre muy rico.

—¿Dónde está Ma-aji, el tesorero indígena?

En ese preciso instante aparece el tesorero, jadeante, en la oficina. Le

acompaña su ayudante. Es un viejo con una fina barba blanca; se dice que no

sabe leer ni escribir. Mientras saluda al nuevo juez con reverencias

reumáticas, su ayudante entrega el libro de Caja. Tring lo comprueba y se

queja de que los números resultan ilegibles y que algunas partidas han sido

borradas. El anciano, consternado, empieza a decir a gritos que él ha servido

al Estado durante cuarenta años. Tring lo tranquiliza:

—No se preocupe, viejo, no le censuro por esto, pero me parece que debía

usted aprender mejor su oficio. Venga usted mañana y le enseñaré a su empleado cómo tiene que hacer las cuentas. ¿Quién es éste?

Audu, el cajero de la carretera, ha entrado en la oficina seguido por

Johnson, que no puede perder esta oportunidad de lucir sus grandes

conocimientos. Audu, vestido con una bata blanca limpia y un turbante

comprado especialmente para esta ocasión, no deja de sonreír y de hacer

muecas para manifestar su buena voluntad. Trae su cuaderno de cuentas

enrollado y envuelto en una piel de macho cabrío, bajo el brazo, y su tintero

con la pluma en la mano derecha. No deja de hacer reverencias ante Tring y

de sonreír confiado. La verdad es que se halla turbadísimo.

—¿Quién es usted? —le pregunta Tring.

—Cajero de la carretera, Zaki.

—Señó, es el cajero de la carretera —explica Johnson.

—¿Qué quiere decir «cajero de la carretera»? En mi vida he oído hablar

de semejante cargo.

Audu sonríe aún más y sus reverencias se acentúan.

Johnson explica que «el cajero de la carretera» es el encargado de guardar

el dinero destinado a la construcción de la carretera.

—¿Y qué dinero es ése?

—Pues, señó, el dinero para hacer camino.

Tring coge el libro de Audu, lo abre y ve filas de bien ordenadas partidas,

pagos de hachas y otros utensilios, de innumerables cuadrillas pequeñas y

grandes, de cuerdas y madera, regalos a los jefes de la tribu, etc. El nombre de

Suli no aparece por ninguna parte.

Tring está asombrado. Su mirada va del libro a Audu y de Audu a

Johnson. Por fin, se echa atrás en la silla y dice con voz afectada:

—Sigo sin entender, míster Johnson, qué dinero es éste. ¿De dónde ha

salido? ¿Quién ha autorizado estos pagos? ¿Son del Tesoro oficial o del

indígena?

—Oh, señó, de los dos tesoros… es el dinero de carretera.

—La consignación para caminos correspondiente al año pasado terminó

automáticamente el mes pasado y la nueva consignación la hemos recibido

hace una semana. ¿Debo entender acaso que esta enorme masa de

transacciones ha ocurrido en una sola semana? Pero, no, no; ya veo que las

partidas empezaron en octubre pasado.

—Está en el libro.

—¿Pero esos pagos, se han hecho de verdad?

—Sí, señó. Audu aquí muy buen hombre y honrado.

Audu empieza de nuevo las reverencias y las sonrisas. Pero su frente se

cubre de sudor. No tiene idea de que nada pueda estar mal, pero esta

importante entrevista, de la que depende su carrera y el sustento de su mujer y

toda su familia, le resulta una terrible experiencia.

—Por favor, míster Johnson, déjeme ver otra vez su libro de Caja.

Johnson trae el libro alargado y Tring lo examina. Después dice:

—Veo que la consignación del año pasado estaba agotada en septiembre.

¿O es que este libro también es un fraude?

—No, señó, todos los pagos se han hecho. Llevo el libro yo mismo.

—Pero, ¿de dónde ha salido el dinero de esta Caja de la carretera o como

le llamen ustedes?

—Del dinero recaudado, señó.

Tring se pone colorado de indignación. Le cuesta trabajo creer lo que oye.

—¿Quiere usted decir que ha sido utilizado, así por las buenas, el dinero

destinado al Estado, míster Johnson?

—Sí, señó, lo usamos para carretera… Todo honrado. Todos los peniques

sin faltar uno van a la carretera. Míster Rudbeck es muy espesial para sus

cosas y no quiere líos. Él escoger a Audu, porque es el hombre más honrado

que encuentra en ninguna parte.

—¿Y entonces falsificaron ustedes el libro de Caja, el libro de Caja del

Real Tesoro, entre ustedes dos?

—No, señó, no, no. —Johnson ríe a carcajadas con aire triunfal—. Todo

está bien, señó, la consignación llegó la semana pasada. Míster Rudbeck y yo

escribimos todos los gastos para ponerlos bien con el nuevo presupuesto. No

hay nada falso, todos los gastos con dinero que existe de verdad, cobrado de

los impuestos y Audu tiene todavía en la Caja de la carretera cuarenta y siete

libras, sinco chelines, seis peniques y cuatro aninís.

Tring ha recobrado la calma —quemada ya toda su indignación— como

una persona que, después de oír las más espantosas revelaciones sobre los

vicios, no puede ya sorprenderse de nada.

—¿De modo que también tienen ustedes una Caja para la carretera…?

—Sí, señó, es para el dinero que se recoge y guardar lo que sobra.

—¿De manera que les ha sobrado dinero?

—Ya le digo: cuarenta y siete libras, sinco…

—¿Se da usted cuenta, míster Johnson, que ha cometido usted

malversación de fondos y falsificación?

Johnson dice tranquilo y sonriente:

—No, señó, porque hemos escrito todos los comprobantes para el Tesoro

(como si quisiera decir que no puede ser falsificación ni malversación estafar

a un tesorero).

—Muy bien, míster Johnson. Creo que empiezo a entender la situación.

Dígale a este hombre que traiga su libro de Caja ilegal para que pueda ser

devuelto el dinero robado. Mientras tanto, pensaré si debo detenerlos. En

cuanto a usted, míster Johnson, queda usted suspendido en su empleo. No

puedo decir ahora mismo cuánta responsabilidad le corresponde en este

extraordinario fraude cometido contra el Estado, pero temo que no lo pase

muy bien, porque las altas esferas no son muy compasivas en estos casos.

Puede usted volver a su casa y estarse allí hasta que le avisen. Prefiero que no

aparezca usted por aquí mientras examino sus papeles.

—Pero, señó, si todo es por la carretera… la carretera de míster Rudbeck,

la mejor del mundo. Yo le enseño a usté. Míster Rudbeck nos dice a Audu y a

mí pagar hasta el último penique a los hombres y todo lo ponemos en libro.

—Un libro ilegal es un libro ilegal y no hay que darle vueltas, míster

Johnson, se use para lo que se use, ¿está claro? Por favor, salga de la oficina.

Audu, sin entender nada de lo que ocurre, multiplica sus reverencias y

sonrisas. Un guardia lo coge del brazo y le explica que está detenido.

Johnson, horrorizado, corre hacia su casa, repitiendo con espanto: «Es que no

entiende… Míster Tring, se lo estoy diciendo, todo el dinero gastado en

carretera. Audu y yo, no ladrones ni de un penique pequeñito.»

Tring reintegra el dinero sobrante en la caja como «sobrante de dinero

malversado, descrito como dinero de carretera». Entonces envía un informe

oficial sobre los dos libros de Caja al Residente, el viejo Bulteel.

Bulteel está asombrado y alarmado. Como todos los funcionarios

veteranos de todas las partes del mundo, le teme a un lío y a un escándalo más

que a un incendio. Se dice a sí mismo, estupefacto: «Es curioso que un

hombre tan sensato como Tring haga esto. ¿Por qué no me habrá enviado una

nota privada para ponerme al corriente de la situación? Claro que no tiene

mucha experiencia.»

Marcha en auto a Fada lo más rápidamente que puede, le agradece a Tring

su informe, mira las cuentas de Audu, las comprueba y dice con alivio:

—Bien, bien, bien; de modo que usted dice que el balance estaba en regla.

Así que todo está bien y no se ha causado daño ninguno. Desde luego, tenía la

seguridad de que el pobre Ruddy no había cogido nada —esto desde luego—,

pero me preocupaba que las cuentas no estuvieran bien, porque no es un gran matemático que digamos. Hemos tenido muchas reclamaciones sobre los

comprobantes de Fada, eso es verdad.

—Desde luego, señor, no he tenido ningún deseo de fastidiar a Rudbeck.

—Por Dios, claro que no. Ya lo sé.

Bulteel, un hombrecillo gordo y calvo con una cabeza muy colorada y un

bigotito blanco, la propia imagen de un hombre bueno y astuto a la vez,

extiende una de sus gordezuelas manos y mueve enérgicamente la cabeza:

—Claro que no, eso lo entiendo perfectamente. Hizo usted muy bien en

ponerme al tanto… por el propio bien de Ruddy. Le contaré todo esto para

que esté prevenido, pero no tiene usted por qué preocuparse; esto no pasará a

mayores. Confíe en mí. —Y, echándose atrás en la silla, sonríe como un buen

papá. Cuando sonríe, se le cierran casi por completo sus ojillos.

—Pero las normas se habían vulnerado de un modo tan evidente…

—Claro, claro… aunque, desde luego, se podría decir que las normas se

han hecho para ser vulneradas. Por supuesto —añade al sorprender la mirada

inquisitiva de Tring— todos hemos de tener mucho cuidado. Lo que he

intentado decir es que todas estas ordenanzas que exigen llevar cuentas hasta

del último penique gastado, resultan un poco anómalas. Si uno quiere estafar

al Estado en grande, le resulta bastante fácil. En cambio, los hombres

honrados se encuentran a las famosas normas como un obstáculo ante ellos

cada vez que intentan realizar una labor útil y honrada, como le ha pasado al

pobre Ruddy con su carretera.

Tring mira impasible a su jefe como un alumno desde su pupitre, y

Bulteel, muy animado, se mete los dedos pulgares en la tirilla de sus

pantalones y cierra los ojos pensativo.

—Después de todo, creo que se debía tener confianza en nosotros. Para

eso nos conceden condiciones especiales a los funcionarios coloniales; y,

verdaderamente, Tring, si no confían en nosotros, todo se vendrá abajo. Si nos

hubiésemos atenido estrictamente a lo ordenado ni siquiera tendríamos la

carretera de Dorua.

—Sentiría haber obrado precipitadamente.

—No, no, en absoluto. Usted ha cumplido con su deber. Y puede usted

tener la seguridad de que la cosa no se complicará más. Gracias a Dios, no

hay nada más que pueda alarmar al Tesoro.

—Excepto el sobrante. Me he apresurado a ponerlo en la cuenta.

Bulteel enrojece y exclama asombrado:

—¡Lo ha puesto en la cuenta! —Va a explotar de indignación cuando

sorprende de nuevo la mirada suave de los ojos azules de Tring y empieza a dudar de haber juzgado acertadamente a este muchacho. «¿Es tan simple

como parece?», se pregunta Bulteel; «siempre he dicho que llegaría lejos en

su carrera y quizá sea éste el camino que va a emplear. No puedo juzgarlo.

Veo que nunca llegaré a gobernador.»

Por eso, reflexiona unos momentos antes de decir tranquilamente:

—Naturalmente, eso ya es distinto. La cosa se complica.

—No había ninguna otra solución.

—Yo creí que usted iba a encontrar un arreglo.

—No puedo hacerme cargo de un puesto y hacer la vista gorda ante las

cuentas falsas.

—No, no, no; aunque ya sabemos que con los comprobantes ocurren

muchas cosas raras. Una vez fueron a parar todos los míos al río Niger

arrastrados por un vendaval, pero la Hacienda no quiso aceptar la explicación.

Pidieron todos los recibos y, por supuesto, tuve que enviarlos.

Tring lo escucha con su expresión cortés y seria. Luego le dice:

—¿Quiere usted decir que las normas de la Hacienda no deben ser

tomadas en serio?

—Hombre, después de todo… —Pero notando otra vez la fija mirada del

muchacho, tiene Bulteel otro momento de duda sobre él y esta vez es una

duda más profunda. Piensa: «Maldita sea, debo tener cuidado. Quizá sea uno

de esos arrivistas. Bien pudiera ser yo el siguiente que denunciara.» Por eso,

dice gravemente al cabo de unos momentos—: Por supuesto, no deben ser

nunca tomadas a la ligera. Sin embargo, a veces son demasiado rígidas y creo

que el verdadero propósito de Rudbeck era construir la carretera para el

tráfico motorizado; y debemos reconocer que hasta ahora nadie había

conseguido adelantar…

—Rudbeck ha tenido buena intención, pero no me gustaría hacer las cosas

a su estilo. Además, lo primero es el deber —añade mirando al Residente con

intención.

—Desde luego, desde luego. Usted ha hecho lo que debía. En fin, pobre

Rudbeck. Esto va a levantar una polvareda.

Pero gracias a una nota particular enviada al Comisario y a que la esposa

de Bulteel tiene un primo hermano en las altas esferas, el informe de Tring,

después de haber dormido y cambiado durante dos meses en las oficinas de la

capital de la provincia y otro en el Ministerio, queda finalmente reducido a un

insignificante informe en el que las palabras «malversación» y «falsificación»

han sido traducidas por: «sobrepasar la consignación» y «relación no

reglamentaria de los gastos». Rudbeck, que pasa su nueva luna de miel en Devonshire, hallándose en una crisis durante la cual no ha hablado a Celia en

tres días y estando dispuesto a asesinar y suicidarse, recibe una fuerte

reprimenda y una advertencia mientras que a Tring le agradecen oficialmente

su celoso cumplimiento del deber. Johnson y Audu son despedidos. Pero hay

que decir —como le advierte Tring a Johnson—, que a éste no lo habrían

despedido de no haber sido por los malísimos informes que habían dado de él

sus jefes.

—Tanto míster Blore como míster Rudbeck dieron informes muy

desfavorables sobre usted y por eso no me extraña, míster Johnson, que el

Departamento no quiera utilizar más sus servicios.

Y las obras de la carretera, una vez que el dinero dedicado a ella ha vuelto

al Tesoro como un sobrante injustificado, se han detenido en seco. Las

cuadrillas de obreros son dispersadas; el capataz, Tasuki, es detenido por el

Emir, castigado a latigazos y encarcelado y el Waziri recibe la advertencia de

su señor de que si se oye hablar algo más sobre carreteras, también será

apaleado.

El Waziri no protesta. Odia las carreteras tanto como su amo, pero sabe

que su deber como Waziri es sufrir las consecuencias del mal humor que otras

personas le causan al Emir.

 

Johnson no lleva en secreto su desgracia. Les cuenta a todos, incluso a las

mujeres del mercado, a los mercaderes de paso y a los obreros sin trabajo, que

lo han despedido.

Se detiene frente a cada persona y grita:

—¿Has oído, amigo? «Me han despedido… a mí, el principal empleado

de Fada y amigo de míster Rudbeck. ¿Oyeron ustedes alguna vez algo

semejante? Y todo ha sido una gran equivocación. Y no ha sido culpa de

míster Tring. Es necesario que no lo olviden ustedes. Él ha estado muy

amable conmigo. Todo es obra del tesorero. Ma-aji Gumna. Os digo que ese

hombre está vendido al diablo. Es el enemigo mortal de míster Rudbeck.

Desde luego, míster Rudbeck conoce los trucos de ese hombre… Rudbeck y

yo somos enemigos peligrosos para el tesorero. Pero míster Tring es

demasiado blando… demasiado confiado… y lo ha engañado ese astuto

granuja de Lagos. Se cree todas las mentiras de Gumna y por eso me ha

echado… a mí, Johnson, el empleado principal…», y así sucesivamente; hasta

que, cuando llega por fin a su casa, la historia se ha convertido en una leyenda

y las mujeres que acompañan a Bamu en su recinto oyen la voz de Johnson al

otro lado de la cerca explicándole a la vieja Sozy que él, el gran Johnson,

principal empleado de la provincia y de la carretera norte, amigo de Rudbeck, de Tring, del Waziri y del Rey de Inglaterra, ha sido vilmente desprestigiado

por los líos de un malvado demonio de Lagos que ha logrado expulsar a

Rudbeck del país robándole cuarenta y siete libras, cinco chelines y seis

peniques, y lanzar un hechizo contra Tring para que sus oídos sean sordos a la

verdad y sus ojos ciegos para la justicia.

Seguir: parte 2 de 3