Mugre rosa

Fernanda Trías · Capítulo 1 de 1 · parte 1/7

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Mugre rosa

Mugre rosa

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Fernanda Trías

Mugre rosa

ePub r1.0

Titivillus 24.02.2022

Fernanda Trías, 2020

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A mi familia,

Rita, Santi, Mónica y Mia.

A Harold.

Esa es, entonces, la diferencia entre la línea de una sola dimensión y

la superficie de dos dimensiones: una anhela llegar a algún lugar y la

otra ya está allá, pero puede mostrar cómo llegó. La diferencia es de

tiempo, y envuelve el presente, el pasado y el futuro.

La línea y la superficie

Vilém Flusser

Estoy separado de mí por la distancia en que yo me encuentro; el

muerto está separado de la muerte por una gran distancia. Pienso

recorrer esta distancia descansando en algún lugar.

De espaldas en la morada del deseo, sin moverme de mi sitio —frente

a la puerta cerrada, con una luz del invierno a mi lado.

Recorrer esta distancia

Jaime Sáenz

¿Por qué quisiste volverte un santo?

¿Por qué no?

¿Por qué quisiste morderme?

Porque te dejabas.

Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar vueltas sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad. ¿En qué día estoy pensando? Todavía me parece oír el ruido del neón —su vibración eléctrica— y el falso circuito de otra letra a punto de apagarse. Los ocupantes del hotel lo dejaban prendido no por desidia, tampoco por nostalgia, sino para recordar que estaban vivos. Aún podían hacer algo caprichoso, meramente estético, aún podían modificar el paisaje.

 

Si voy a contar esta historia debería empezar por algún lado, elegir un comienzo. ¿Pero cuál? Nunca fui buena para los comienzos. ¿El día del pez, por ejemplo? Esas cosas minúsculas que marcan el tiempo y lo vuelven inolvidable. Hacía frío y la niebla se condensaba sobre los contenedores desbordados. No sé de dónde salía tanta basura. Era como si se digiriera y se excretara a sí misma. ¿Y quién te dice que los desechos no seamos nosotros?, algo así podría haber dicho Max. Recuerdo que doblé en la esquina del viejo almacén, con su puerta y ventanas tapiadas, y al bajar hacia la rambla sur, la luz verdirroja del cartel luminoso se derramó sobre mí.

Mauro volvería al día siguiente y con él también vendría otro mes de encierro y de trabajo. Cocinar, limpiar, controlarlo todo. Cada vez que se lo llevaban, dormía un día entero hasta recuperar el sueño que él amenazaba o interrumpía. La eterna vigilia. Para eso me pagaban una suma exagerada que nunca alcanzaría a recompensarme, y los padres de Mauro lo sabían. Respirar el aire estancado del puerto, merodear las calles, ver a mi madre o a Max eran los lujos de aquellos días en los que mi tiempo dejaba de tener precio. Eso si tenía la suerte de que no hubiera viento.

En la rambla solo encontré a los pescadores, con el cuello de la campera levantado hasta las orejas, las manos rojas y agrietadas. Por todos lados se extendía el agua ancha, un estuario que transformaba el río en un mar sin orillas. La niebla borraba el límite del horizonte. Eran las diez o las once o las tres en esa claridad lechosa y sin matices. Las algas flotaban no muy lejos, como una flema sanguinolenta, pero los pescadores no parecían preocupados. Apoyaban sus baldes junto a las sillas de playa, encarnaban el anzuelo y reunían la fuerza de sus brazos secos para lanzarlo tan lejos como fuera posible. Me gustaba el ruido que hacía el reel al soltar la tanza: me recordaba a los veranos en bicicleta en San Felipe, las ruedas sin freno en la bajada, con las rodillas arriba para que los pies no se enredaran en los pedales. Toda mi infancia estaba en esa bicicleta, en las playas ahora prohibidas, rodeadas por una cinta amarilla que el viento destrozaba y que unos policías enmascarados volvían a colocar. Zona de exclusión, decían las cintas. ¿Para qué? Si solo los suicidas elegían morir así, contaminados, expuestos a enfermedades sin nombre que tampoco auguraban una muerte rápida.

 

Una vez, mucho antes de casarme con Max, vi un banco de niebla tan denso como aquel. Fue en San Felipe, una madrugada de principios de diciembre. Me acuerdo porque el balneario aún estaba vacío, excepto por los pocos que veraneábamos ahí de toda la vida. Max y yo íbamos caminando lento por la carretera, sin mirar hacia la playa negra, acostumbrados al ritmo de las olas que rompían en la orilla. Para nosotros, aquel ruido era como un reloj, una certeza de todos los veranos que vendrían. A diferencia de los turistas, nosotros no íbamos a San Felipe a descansar, sino a confirmar una continuidad. La linterna de Max era nuestra única fuente de luz, pero conocíamos el camino. Nos detuvimos a la altura del mirador, donde generalmente se escondían los amantes, y nos apoyamos en los listones de madera blanca. Max apuntó la linterna hacia la playa y entre la niebla pudimos ver la masa de cangrejos. La arena parecía respirar, hincharse como un animal dormido. Los cangrejos refulgían en el halo de luz, salían a borbotones de entre las grietas del malecón. Cientos de cangrejos diminutos. ¿Qué dijo Max? No lo recuerdo; tengo la sensación de que los dos nos quedamos temblando, como si por primera vez fuéramos conscientes de que existía algo incomprensible, más grande que nosotros.

Pero en el invierno de la rambla sur no se veía saltar ni una lisa. Los baldes de los pescadores estaban vacíos; la carnada inútil dentro de las bolsas de nailon. Me senté cerca de un hombre que llevaba un gorro con orejeras al estilo ruso. Las manos me temblaban de frío, pero no hice nada por contenerlas. Yo, al contrario que Max, no creía que la voluntad fuera algo independiente del cuerpo. Por eso él había pasado los últimos años haciendo ejercicios extravagantes. Purgas, privaciones, ganchos que tiraban de la piel: el éxtasis del dolor. En ayunas el organismo era una membrana prodigiosa, decía, una planta sedienta que había permanecido demasiado tiempo en la oscuridad. Tal vez. Pero lo que Max buscaba era otra cosa: separarse de su cuerpo, esa máquina indomable del deseo, sin conciencia ni límites, repugnante y al mismo tiempo inocente, pura.

 

El pescador se dio cuenta de que lo miraba. Con los pies colgando hacia el agua, sin máscara ni botas de goma y una mochila que parecía llena de piedras, habrá pensado que era otra pobre loca con ganas de saltar al río. Tal vez mi familia hubiera muerto; uno por uno habrían entrado al pabellón de agudos del Clínicas para no salir más. El agua apenas hacía ruido al tocar el muro. Los vientos seguían tranquilos. ¿Cuánto podía durar la calma? Toda guerra tenía su tregua, incluso esta cuyo enemigo era invisible.

La línea se tensó de golpe y vi al pescador cinchar y enrollar el reel hasta que un pez diminuto se alzó en el aire. Se curvaba sin fuerza, pero el breve brillo de las escamas plateadas despertó en el hombre una sonrisa. Lo agarró con la mano sin guante y le quitó el anzuelo. Quién sabe qué muerte y qué milagro contenía ese animal, y así lo miramos, el hombre y yo. Esperé que lo pusiera en el balde, aunque fuera por un rato, pero él lo devolvió enseguida al agua. Era tan liviano que entró sin hacer ruido. El último pez. Un minuto más tarde ya estaría lejos, inmune a la espesura de raíces, a la trampa mortal de algas y desechos. El hombre giró para mirarme y me hizo un gesto con la mano. Este es el punto de mi relato, el falso comienzo. Aquí podría fácilmente inventarme un augurio o una señal de todo lo que vendría después, pero no. Eso fue todo: un día cualquiera a una hora cualquiera, excepto por ese pez que se elevó en el aire y volvió a caer al agua.

Había una vez.

 

¿Qué?

Había una vez una vez.

¿Lo que nunca hubo?

Lo que nunca más.

Los pocos taxis que circulaban por la rambla avanzaban lento, con las ventanillas cerradas. Iban a la pesca de alguna urgencia, algún desgraciado que colapsara en plena calle y al que deberían dejar en la puerta del Clínicas. Valía la pena el riesgo. Salud Pública pagaba el viaje y la tarifa de insalubre. Le hice señas a uno que me tocó bocina antes de seguir de largo. Me saqué la mochila de la espalda y la apoyé en el suelo. Iba llena de libros. La epidemia nos había devuelto lo que años atrás parecía irreversible: un país de lectores, sepultado lejos del mar, los ricos en sus estancias o casonas sobre las colinas, los pobres desbordando las ciudades del interior, aquellas mismas de las que antes nos burlábamos por vacías, escasas, obtusas.

Dos taxis más siguieron de largo antes de tener suerte. Ni bien el taxista me saludó, reconocí su tipo. Era de los que se creían dueños de una verdad profunda, la verdad de la calle.

—Con esa mochila vas llamando la atención —dijo.

—No van a encontrar gran cosa.

Acomodé la mochila en el asiento y le di la dirección de mi madre. Por la ventanilla vi el templo masón, al otro lado de la rambla, diluido tras el telón mugriento de la niebla.

—Los Pozos. ¿Vivís ahí?

—Voy a ver a alguien.

Él se jactó de conocer bien el barrio. Había pasado su infancia en la zona, en casa de su abuela. Yo le dije que también, aunque no fuera verdad. Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas, con ese orgullo de la aristocracia venida a menos. Querían los jardines pulcros, las ventanas sin tapiar, las habitaciones libres de linyeras. Ese pasado glorioso era lo que le daba seguridad a mi madre, no la distancia que había puesto entre las algas y ella. Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podría atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colara el viento. Las aguas del riachuelo estaban menos contaminadas que las de la rambla, pero un olor pestilente, mezcla de basura, limo y químicos, inundaba el barrio.

Justo en la esquina, unos metros antes de llegar, alguien revolvía dentro de un contenedor de basura.

—¿Ves? Esos son los que después nos roban —dijo el taxista—. No le tienen miedo al viento rojo ni a su roja madre.

Las piernas del hombre se agitaban como las patas de un insecto para mantener el equilibrio y no caer de cabeza en la basura. La niebla tampoco se diluía en Los Pozos. Al contrario, al resguardo del viento, se empantanaba más. Las nubes parecían fabricarse ahí, exhaladas por la tierra, y la humedad se sentía en la cara, lenta y fría como la baba de un caracol.

—¿Sabés cómo les digo yo a los que viven acá? —dijo el taxista.

—¿Cómo?

—Los nifunifá. Ni tan locos ni tan cuerdos —se rio—. Decime si no tengo razón.

 

Abrí el portón de entrada y di la vuelta directo hacia el jardín. ¿Para qué anunciarme? Si no la encontraba en la casa, seguro estaría en lo de la maestra, que no había querido irse con tal de no abandonar su piano de cola. Pasaban las tardes así, mi madre leyendo, la maestra tocando el piano o fingiendo tocar algo sublime. A veces llegaban otros viejos de Los Pozos, y mi madre y la maestra oficiaban de anfitrionas en una ciudad en ruinas. La gente le pedía recomendaciones de libros a mi madre y ella hablaba de los personajes de las novelas como si hablara de sus vecinos: ¿qué se puede esperar de él?, a esa mejor perderla que encontrarla, una mujer sufrida, un pobre diablo.

Encontré a mi madre en el jardín, con los pies hundidos en el cantero, podando las plantas con una tijera enorme. El crujido de mis pisadas la alertó y, al verme, se sacó uno de los guantes sucio de tierra, demasiado grande para su mano:

—Vení a ver esto —dijo.

Me mostró los nuevos brotes de las plantas, lo que ella consideraba un milagro, el triunfo de la vida sobre esa muerte de ácido y oscuridad. Yo le conté que en Chernóbil había más animales que nunca, y hasta los que estaban en peligro de extinción se habían reproducido gracias a la ausencia de humanos. Mi madre no lo interpretó como una ironía, sino —otra vez— como el triunfo de la vida sobre la muerte.

—Humana, mamá. Sobre la muerte humana.

—Es un detalle —dijo, y señaló la puerta de la cocina—. ¿Tenés hambre? Hice escones.

Sobre la mesada de mármol encontré panes, queso, mermelada de naranja y hasta una palta. De dónde había sacado la palta, mejor no saber. Los escones estaban cubiertos con un repasador blanco. Un banquete para mí, que apenas podía tragar mi comida delante de Mauro. Comer cuando el cuerpo me lo pedía era un concepto ajeno, un impulso al que me había vuelto indiferente. Debía olvidar mis necesidades, sincronizar mi hambre con la de Mauro, embucharme algo rápido mientras él dormía para evitar otro berrinche. Eran trucos, estrategias que había ido aprendiendo con el paso de los meses.

Puse todo sobre una bandeja y volví al jardín.

—Hay que aprovechar la tregua —dije, apoyando la bandeja tintineante sobre la mesa de vidrio, con sus patas de hierro algo herrumbradas.

Dos escones, manteca, mermelada, una taza de té, un cubierto para cada función. Tuve que disimular la alegría que me daban esas cosas banales: partir el escón con la mano y sentir el clac seco que hacía al separarse por la mitad; sacar la manteca en finas láminas con ese cuchillito especial, de punta redonda, que parecía de juguete; revolver el té con la cuchara de plata, más pesada que todas mis cucharas juntas. Los privilegios que solo un desastre podía habernos concedido. Estábamos tomando el té en un jardín de Los Pozos y la niebla nos envolvía como jirones de gasa.

—Te cortaste el pelo —dijo mi madre—. Y lo tenés más crespo.

—Eso es mérito de la humedad.

—Te quedaba más lindo largo. Así te queda como apagado. El pelo largo te da más vida.

—A mí me gusta así.

—Yo solo cumplo con el deber de decírtelo —dijo, y se encogió de hombros—. Si tu propia madre no te dice las cosas…

—Sos honesta, te lo concedo.

—Peor es ser cínica, hija. Una tiene que agradecer la franqueza en estos tiempos. Además, solo te estoy hablando de pelo. El pelo crece, ¿no?

Miró para otro lado, lejos, hacia el jardín de la casa vecina, con los postigos cerrados y agujeros negros donde faltaban tejas en el techo. Más allá se adivinaban otras casas desdibujadas tras la neblina, la mayoría tapiadas, corroídas por el abandono o los gases del aire.

—La resignación no es un valor —dijo—. Hay que luchar por lo que se quiere en esta vida.

—Decime, mamá, ¿vos por qué seguís acá?

Los guantes de jardín estaban sobre la mesa y me hicieron pensar en las manos cercenadas de un gigante.

—Eso mismo te pregunto a vos. ¿Qué querés demostrar, hija? ¿Cuánto te hicieron sufrir que ya no te importa ni tu propia vida?

—Max no tiene nada que ver con esto.

—¿Qué sabés de él? Decímelo. Podés confiar en mí.

—Nada. No sé nada.

—Hiciste lo que pudiste —dijo—. Pero ese matrimonio estaba maldito.

—Qué palabra… ¿Y te acordás de quién lo maldijo desde el primer día?

Miró hacia abajo, entre sus pies, y se agarró la cabeza, con los codos apoyados en el borde metálico de la mesa de vidrio. Los rulos le caían hacia adelante, cubriéndole la cara. Me agota, la oí decir, te juro que me agota. Me preparé para escuchar algo mordaz, algo que iría directo al meollo de mi personalidad, pero esta vez no dijo nada. Se quedó ahí, ofreciéndome las raíces canosas de su pelo en la coronilla. Era como si habláramos idiomas distintos y ninguna de las dos estuviera dispuesta a aprender la lengua de la otra. Toda la vida me había dedicado a analizar sus gestos, a interpretar lo que yo creía eran señales secretas. De pronto volví a pensar en aquella masa de cangrejos. Mi madre me generaba el mismo desasosiego, el mismo miedo primitivo, y en aquel momento hubiera preferido volver a la manera cómoda en que antes nos odiábamos.

—Mamá… —Metí los dedos entre sus rizos deshechos y llegué a tocar sus nudillos gruesos y rugosos. Ese contacto era mucho más de lo que nos habíamos permitido en años—. No importa.

Ella levantó la cabeza. Tenía la cara enrojecida.

—Ya sé —dijo—. Ya sé. Qué sentido tiene.

Se levantó y agarró el plato en el que solo quedaban algunas migas amarillas. Fue hasta la cocina y volvió con más escones. Yo los devoré tan rápido que no pude sino pensar en Mauro. Le conté a mi madre sobre la vez en que se me olvidó sacar la basura y desperté a mitad de la noche con un ruido de ratones. La luz de la cocina estaba prendida y desde el umbral vi a Mauro en calzoncillos, la bolsa destrozada a su alrededor, mientras revisaba la basura y se llevaba a la boca todos los desperdicios que encontraba, comestibles o no, incluso el envoltorio de aluminio de una hamburguesa. El aluminio le dio electricidad en los dientes y lo escupió con rabia, mascado como un chicle.

—Siempre vuelve así. No sé para qué se lo llevan.

La humedad de la niebla ya empezaba a atravesarme el pantalón, a pesar del almohadoncito duro y chato que cubría la silla de hierro. Envolví la taza con las manos y dejé que el vapor me calentara la cara.

—Pobre chiquilín —dijo mi madre, aunque quería decir otra cosa. Vi el miedo en sus ojos; el pavor de imaginarme en una casa del puerto, expuesta al viento rojo, conviviendo con la enfermedad. Ella no me creía capaz de tanto —. ¿Y cuánto te falta para juntar la plata?

Ahí estaba. La pregunta. Se había mordido la lengua esperando el momento más oportuno para soltarla.

—No sé, unos meses, un año. Yo estoy bien acá.

—Estás expuesta, hija.

—Vos también.

Chasqueó la lengua:

—Yo ya viví mi vida.

La epidemia había tenido el efecto de reconciliarnos. Hasta hacía poco, apenas podíamos estar más de cinco minutos en el mismo espacio. Sus preguntas con doble sentido, sus campañas bienintencionadas para dirigir mi vida. No se puede desear tanto el bien de otra persona; es monstruoso, agresivo incluso. Apenas un año antes, cualquier comentario sobre Max me habría expulsado de la casa con un portazo. Como el viento que va desenterrando unos huesos sueltos y resecos, la epidemia nos había acercado, aunque solo fuera a ese lugar baldío.

Y sin embargo le mentí. Ya tenía la plata para irme. Tenía más de lo que cualquiera en el puerto podía tener. Tenía tanta plata que podría haber hecho sándwiches de billetes, alimentar a Mauro con lechuga de papel. Pero yo, igual que los pescadores, tampoco era capaz de imaginarme en otra parte.

—No vine acá para hablar de eso —dije—. Contame de vos. ¿Qué tal la vida en este pozo?

Ella se puso a contarme los pequeños chismes de los vecinos. La maestra tenía una aventura con un agrónomo. Desde que el viento rojo había hecho estragos con los animales, el hombre pasó de ser un donnadie a convertirse en un nuevo rico de primera línea, un autodenominado experto en leguminosas. Era, además, uno de los inversionistas de la nueva procesadora y de otros proyectos inmobiliarios en el interior. Si viajaba a la ciudad era solo para reclutar hordas de desesperados en el puerto y otros barrios, mano de obra barata que se llevaba en camiones para adentro.

—Pero ella está boba con él —dijo mi madre e hizo un gesto de desdén. Se sentía inmune a ese tipo de pasiones—. A mí no me gusta nada ese hombre, tiene la piel como resbaladiza, húmeda.

Cuando reía, la cara de mi madre se plegaba de un modo atroz, un ojo se le cerraba más que el otro y la piel sobrante de las mejillas se enrollaba revelando algunas piezas metálicas entre los dientes. Eso es lo que hacía el tiempo con las caras, y aun así era una marca superficial, apenas el recordatorio de lo que ocurría en la parte invisible de nosotros. Ahora se la veía tranquila, olvidada de todo. Tenía los dedos tiesos por el reuma, las manos de venas azules y protuberantes. Las dos tomábamos las pastillas de calcio y de vitamina D que recomendaba el Ministerio de Salud, pero nadie sabía cuánto tardaríamos en quebrarnos como ramas secas. Con la punta de los dedos, mamá recogió las migas de los escones y las volvió a soltar sobre el plato. A mí me hacía bien salir por un rato de mis pensamientos circulares, de lo que alguna vez llegué a llamar mi monotema. Mi madre pensaba en Max como en un pusilánime, alguien que se había salido de la vida por su incapacidad para hacerle frente. Según ella, yo debía pasar la página, relegarlo a ese espacio indeseable y digno de olvido que era el pasado. ¿Y él? ¿Qué pensaba de ella? Acaso la pensara como un mal necesario, una oportunidad para practicar la compasión. Que ese gesto estuviera lleno de soberbia a él lo tenía sin cuidado. En el fondo, Max y mi madre eran dos enemigos que se disputaban un terreno minúsculo.

—Y Valdivia está con tos. Se lo llevaron al Clínicas y ahí lo tuvieron un día entero, pero lo volvieron a mandar para la casa.

Ramón Valdivia era el dueño del único almacén de Los Pozos, nuestro vínculo con los pueblos robustos y florecientes del interior, algo así como el eslabón entre la vida y nosotras.

—Será gripe —dije—. Ese hombre ni duerme.

—Y tiene dos nietitos nuevos allá adentro. De la hija menor. Él los sostiene a todos.

—Los de adentro no paran de reproducirse.

El negocio para Valdivia estaba cada vez más difícil. No solo por la competencia ilegal, vendedores ambulantes que armaban su changuito en cualquier ventana, sino porque más y más gente seguía emigrando a las ciudades de adentro. Algo los asustaba de golpe: un pariente que aterrizaba en la sala de cuarentena del Clínicas, la alarma que los sorprendía en la calle y los obligaba a correr; es decir, de pronto adquirían una conciencia real del viento rojo y no solo la idea, la inminencia del viento. Porque mientras no lo hubieras vivido no podías imaginar el olor nauseabundo, el calor repentino, el agua del río que se hinchaba como un pulpo y la espuma ocre, teñida por las algas. En un solo momento el paisaje se transformaba: la alarma rugía ensordecedora, se veían manos emerger de los edificios y cerrar rápido las ventanas, los pescadores levantaban campamento. Los de adentro miraban el fenómeno por televisión, veían subir las cifras de enfermos y temían que toda esa gente se mudara algún día a sus ciudades limpias y seguras.

—¿Y cuándo vuelve el chiquilín?

—Mañana, lo traen al mediodía.

—Criatura… Los niños necesitan de la madre.

—Él está bien conmigo.

—No es lo mismo.

—A veces puede ser mejor.

—Nunca es lo mismo. —Hacía años ya que había adoptado el discurso de la santidad de la madre, totalmente opuesto al que sostuvo toda la vida, cuando quedó claro que yo me acercaba a los cuarenta años y mi matrimonio se acercaba a su fin—. Bueno —dijo—, mejor andate. En cualquier momento salta la alarma.

—Hace días que estamos de niebla.

—No tientes a la suerte.

Saqué los libros de la mochila y armé una torre alta y enclenque sobre la mesa del jardín.

—Que conste que volvieron todos —dije.

Ella miró los lomos, algunos rotos e ilegibles; parecía que su dedo fuera una de esas varas que se usaban para buscar agua subterránea.

—Ahí te tengo la pilita preparada —dijo.

Después entrará a llamar un taxi y al rato volverá con los últimos escones envueltos en papel de cocina y una pila con cuatro o cinco libros.

—Tu taxi está viniendo.

Yo meteré los libros en la mochila y los escones en el bolsillo del abrigo, donde encontraré migas sueltas de visitas pasadas. Mamá me acompañará hasta el portón y nos despediremos con un abrazo corto.

—Prometeme que te vas a cuidar.

—Vos también. Te quedaron ricos los escones.

 

El nuevo taxista era del tipo religioso, con estampitas de la Virgen colgando por todos lados y la radio prendida en el canal cristiano. Aun así, se cuidaba de cerrar bien las ventanas; su fe no alcanzaba para tanto.

—¿Alguna vez viste cómo queda uno de esos contaminados? —dijo.

—¿Usted sí?

—Despellejado. El otro día tuve que llevar a uno. Me dejó el asiento lleno de piel, como si fuera caspa, ¿viste?, toda así, seca, blanca, un poquito transparente. Se despellejan, van quedando en carne viva.

—Rumores hay muchos.

—Sí, pero creeme lo que te digo. Yo lo vi. El viento los deja sin piel.

Avanzamos las siguientes cuadras en silencio. Yo me concentré en alejar las imágenes. Mi superstición me decía que, mientras negara cualquier imagen de Max tomado por la enfermedad, nada podría pasarle. Para distraerme pensé en Mauro y en las cosas que me faltaba organizar para su llegada. En ese momento estaría en la estancia, comiéndose el pasto y las flores, con parches rojos en las mejillas blancas, desacostumbradas a la luz. Por la tarde, algún peón lo llevaría a caballo por el monte, lo alimentarían sin restricciones todo el fin de semana, y luego yo tendría que lidiar con su hambre y sus berrinches. En menos de veinticuatro horas el padre o la madre (nunca los dos juntos) iba a dejarlo en mi puerta, con varios kilos más y la culpa bien ordeñada hasta el mes siguiente. Me lo devolverían como quien devuelve un producto que no convenció a los compradores.

Dejé que Mauro ganara terreno, que se inflara como un globo aerostático en mi mente para no ver a Max despellejado, la piel desgarrada, hendida, abriéndose para exponer la carne. Sobre la falda llevaba la mochila. Nunca le había dicho a mi madre, y ya nunca podré decirle, que no iba a leer sus libros, que a lo sumo los hojearía para balbucear algo más o menos coherente cuando ella me preguntara.

—Imaginate morir así —dijo el taxista—, sintiendo todo… ¿cómo decirlo?

—¿A flor de piel?

—Hasta tuvieron que desinfectarme el taxi. Que el Señor lo tenga en Su Gloria.

Dijo esto último en un suspiro, tal vez con vergüenza. Había tardado demasiado en pensar en su dios.

Imaginate que me conocieras hoy.

 

Imposible.

Imaginate.

¿Dónde nos conocemos?

En algún lugar absurdo.

Una tienda de colchones.

Imaginate que nos conocemos en una tienda de colchones.

Yo pruebo colchones y vos…

Los dos probamos colchones.

Un showroom, con esos colchones envueltos en plástico.

Y las luces de neón.

Nos sentamos en el mismo colchón. Uno doble, pero barato.

Vos hacés como que rebotás un poco.

¿Y qué pasa después?

Los dos nos echamos hacia atrás.

Estamos comprobando el confort.

Miramos hacia arriba, a los neones blancos que hacen tzzzzzzz.

Dos desconocidos.

Pero vos girás la cabeza y me mirás.

¿Yo? Está bien.

Yo también giro la cabeza y, por un segundo, nos miramos.

Ahí.

Sobre el colchón plastificado.

¿Y entonces?

Imaginate que hubiera sido así.

Mi madre tenía razón. El Clínicas estaba colapsado. Hice quince minutos de fila para llegar al mostrador de las visitas, y mientras la recepcionista buscaba el nombre de Max en el registro, sobrevino ese segundo en que el miedo adquiría la forma concreta de una roca. Ya no figura entre nuestros pacientes, podía decirme la funcionaria, sin un temblor en la voz. Tal vez los entrenaran así. Tal vez los funcionarios que anunciaban la muerte hicieran un curso intensivo donde aprendían a repetir la misma frase con naturalidad y eficiencia. Lo sentimos, no figura. Una forma limpia de inventariar la muerte, de convertirla en un par de medias o de zapatos: no hay, no queda, no tenemos.

Pero esta vez estaba, al menos seguía estando, y la recepcionista me entregó mi tarjeta verde. Había visto a Max doscientos ochenta minutos en el último año, sin contar los primeros dos meses que estuvo en cuarentena en la sala de incubación. ¿Qué pasaría si intentaba quedarme más de la media hora reglamentaria? Nunca lo había pensado, pero tampoco estaba segura de querer hacerlo. ¿Para qué? ¿Para verlo así, postrado y enflaquecido, la piel floja y amarilla? La media hora nos aliviaba a todos, a los que nos íbamos y a los que se quedaban. La regla de la media hora, si se mira bien, fue el único acto misericordioso del nuevo ministerio.

 

¿Cuántos años teníamos cuando ocurrió lo de los cangrejos? Dieciocho, diecinueve. Fingíamos ser más grandes de lo que éramos. Queríamos acelerar el tiempo, convertirnos en adultos, porque parecía que allá estaba la verdadera vida, y que la que nosotros estábamos viviendo era solo un ejercicio de preparación. Con Max no teníamos origen. Todas las cosas deben tener un comienzo, ¿o no? No. El verano llegaba y Max era una de las certezas que me esperaban en San Felipe; nunca se me había ocurrido que alguna vez no estaría, que alguna vez no había estado. Era como. ¿Como qué? Una sabe que las cosas están hechas de átomos, que los átomos no son compactos sino huecos, con electrones girando a toda velocidad en torno al núcleo. Pero lo que vemos es otra cosa. Una mesa. Una lámpara. Una cacerola. De eso hablábamos con Max, sentados en una duna, hurgando la arena en busca de caracoles. Si pudiéramos verlo, dijo Max, veríamos todo en movimiento, girando y girando. Y vos, dije, a vos también te vería girando, no tendrías ojos ni boca, no tendrías brazos. Imaginate.

 

Subí en el ascensor que se reservaba al ala de la epidemia. Iba tan lleno que tuve que comprimirme contra el fondo para dejarle espacio a otra cara llena de miedo. En ese ascensor había dos tipos de caras: las caras llenas de miedo y las caras muertas como un pedazo de madera. No es que las caras muertas hubieran superado el miedo, pero ya ni siquiera tenían espacio para él. La puerta no cerraba; demasiados cuerpos apretados contra el sensor. Una voz dio la orden y los cuerpos se estrujaron con ansiedad. Cada minuto era preciado, cada tarjeta debía atesorarse, sin dobleces ni manchas. Si se arrugaba, había que acercarse al mostrador de Trámites y documentos y esperar semanas, incluso meses, a que se procesara una nueva. Nadie sin tarjeta podía visitar a un enfermo.

El ascensor no tenía espejo y eso era un alivio. No solo Max había envejecido; yo también me veía pálida y ojerosa. Dicen que la gente se queda para siempre de la edad en que la conocimos. No es cierto. Yo a Max lo vi crecer y cambiar la voz. Y luego lo vi secarse como una rama, vi el abdomen hundido por el ayuno, las uñas amarillas de tanto liar tabaco, las primeras canas en la barba. Cómo me vería él a mí, si acaso me veía, era un misterio. Los que lo conocían pensaban que Max miraba más allá de la superficie. Al principio eso los inquietaba, después se sentían halagados por la manera en que les clavaba los ojos. Pero yo sé que no miraba hacia adentro, a esa zona que él consideraba inasequible del otro, sino literalmente a través de ellos, como si las personas se interpusieran entre él y su deseo, que siempre estaba en otra parte.

Cuando las puertas se abrieron en el décimo, tuve que empujar para escurrirme de la gente. Otra vez era la única que se bajaba ahí. Mientras decía «con permiso», noté cómo el silencio se iba expandiendo. Se parecía a la admiración, pero en realidad era el silencio de la envidia. Todos deseaban ser uno de esos elegidos que habían logrado escapar de la zona crítica, el pabellón de agudos (un lugar que era más un tiempo que un espacio), para ser trasladados al pabellón de los enfermos crónicos. Excepciones, tal vez milagros.

—Con permiso —dije—. Con permiso —entre murmullos de protesta.

La recepcionista escuchaba la radio a un volumen muy bajo, como un ruido blanco que camuflaba las quejas de los enfermos, las esporádicas risas de los familiares. Le anuncié que venía a la 1024 y me pidió la tarjeta. Mientras anotaba con cuidado mi nombre y la hora de ingreso, me fijé en el letrero detrás de ella: Pabellón de crónicos. Ahí dormían las rarezas estadísticas, los que no lograban avanzar ni retroceder. Tal vez para eso le había servido a Max el estoicismo, para mantenerse vivo a fuerza de incredulidad o indiferencia. Según el ministerio, todos los enfermos valían lo mismo (Cada vida es única, decía el nuevo eslogan), pero los médicos querían vivos a los crónicos mucho más que a los agudos o a los de cuarentena. Los crónicos guardaban en ellos el secreto de las algas.

La mujer me devolvió la tarjeta y me hizo señas para que pasara. Caminé por el pasillo lustroso hasta la 1024. Por la puerta entreabierta se oían voces. Me acerqué a la rendija y vi a una enfermera arreglando las mantas de Max. Él le decía algo que no alcancé a escuchar y ella se reía, hamacándose sobre el taco de sus zapatos negros. Vos y tu vicio de agradar, pensé, pero una parte de mí entendía que se estaba muriendo y que era inmune a cualquier reclamo. Me quedé en el pasillo a pesar de los minutos perdidos. Estudié los movimientos de la enfermera, la sonrisa y el modo en que apoyaba una mano sobre la manta, justo donde estaba la rodilla de Max, como si se le hubiera olvidado ahí. Era joven, le calculé de lejos. Tal vez guardara la ilusión de que existía un futuro y que podría construirlo junto a él. Ella no sabía, no podía saber cómo era estar unida a Max por un elástico que te lanzaba hacia él con la misma fuerza con la que intentabas alejarte. No importaba cuánto tiempo pasara sin verlo, porque era ese mismo elástico el que, aun a la distancia, me mantenía en una tensión vibrante, dolorosa, que era la inminencia del regreso. Al salir, la enfermera me dijo que Max estaba mejor que cualquiera de nosotras juntas. No llegaba a los veinte años; de cerca parecía una niña disfrazada, con la bata dos talles más grande, que le cubría las rodillas.

La habitación era compartida con dos crónicos más. Cuando entré, los dos estaban dormidos, sedados o hartos de sostener tanta esperanza. Max me abrazó y yo aproveché para olerle el cuello, con un dejo a tabaco.

—¿Cuántos días te llevó convencerla? —dije.

—¿A quién?

—Estás fumando. ¿No se preocupa por tus pulmones o también te cree inmune a eso?

—No sé. ¿Cómo te convencí a vos?

Estiró la mano y entrelazamos los dedos. Me miró despacio, estudiándome, y yo sentí el peso conocido de esa mirada que venía de muy lejos, como una sonda que traía noticias de una estrella apagada. Me preguntó por las cosas en la agencia y por un momento tuve la certeza de que solo fingía ser él mismo, algún tipo de fachada para proteger al mundo de su ausencia.

—¿Todavía siguen editando la revistita? —dijo—. ¿Cómo se llamaba? ¿Amaestrar?

—Bien-Estar —dije—. Y no, renuncié a la agencia hace siglos. Ahora cuido a Mauro, ¿te acordás?

—¿El nene gordo por el que me dejaste?

—No te burles, Max.

—Está bien, está bien. No me dejaste por él, me dejaste por mérito propio. —De pronto era el mismo de siempre, como si en esos pocos minutos se hubiera recordado—. Pero es gordo, ¿o no?

—No hables así.

—¿Qué tiene de malo lo que dije? El Universo es verdad.

—Sí, sí. El Universo es la verdad.

—Verdad. No la verdad, como si hubiera una sola.

Miré hacia la ventana, la niebla gris tapaba la vista del otro lado.

—¿Querés saber la verdad, Max? Sos insufrible.

—Esa es una verdad —dijo, y se rio.

Nos quedamos en silencio. Él no insistió y yo no miré el reloj. Cuando se cumpliera el tiempo reglamentario, la enfermera joven vendría a llamarnos la atención.

—Explicame por qué saliste, si la alarma estaba sonando.

Max se miró los pies, ahí donde la manta tensa se interrumpía con una elevación.

—¿No vas a sentarte? —dijo, señalando el silloncito de las visitas, un taburete enano cubierto con una funda removible parecida a una sábana.

—Decime. Por qué no te importó el viento.

—¿El viento? ¿El viento, querés decir? ¿O por qué no me importaste vos?

Nos miramos y ninguno aflojó la mirada hasta que me senté en la butaca de las visitas. Esperé a que dijera algo más. Él también esperó y el silencio se hizo largo. Sentí el gusto metálico en la boca; otra vez me estaban sangrando las encías. El enfermo de la cama más cercana a la de Max giró la cabeza hacia nosotros, parecía que iba a despertarse, pero soltó un bufido, se lamió los labios y volvió a quedar inmóvil. Max ni siquiera lo miró.

—Seguís viniendo a verme porque estás llena de rabia —dijo.

—Esa es una verdad.

—¿Y la otra?

—Tenía la tarde libre.

En ese momento se oyó un ruido en la puerta. La enfermera joven venía con una bandeja.

—Tranquila —dijo—, todavía falta. Solo vine a cambiar este suero.

Fue hasta la cama del tercer enfermo, el que dormía en la otra punta, junto a la pared, y maniobró con la bolsita plástica. Miré a Max, interrogándolo con los ojos. Los enfermos crónicos no recibían medicamentos ni terapia. Él hizo un gesto como diciendo que la historia era larga.

—Patricio se está negando a comer —dijo—. Quiere irse de este cuarto aunque sea por la puerta de atrás.

La enfermera se limitó a sonreír.

—Es comprensible. Digo, lo de querer irse.

—Es egoísta —me corrigió la enfermera—. Cuántos darían por estar en su situación.

Terminó de enchufar el tubo del suero y consultó su reloj. No era bonita, excepto por esa redondez y esa despreocupación que le otorgaba la juventud.

—Los dejo solos unos minutos para que se despidan.

Al salir, no cerró la puerta del todo. Max me hizo un gesto para que me acercara. Yo me trepé a la cama por el lado derecho, donde había más espacio, y recosté la cabeza en su hombro. Era tan alto que apenas entraba sentado en esa camita de hospital. Nos quedamos en silencio, que en esa habitación significaba el ronroneo tenue de respiraciones y máquinas lejanas. Al cerrar los ojos, la claridad de la ventana se dibujó como un rectángulo verde en mis párpados. El rectángulo se fue poblando de sombras y en esa sombra vi a Max. Vi el mar picado y gris, las olas rompiendo desordenadas. No se arqueaban, sino que corrían sobre la superficie como un rodillo de pintura blanca. Iba a haber puesta de sol, porque las nubes no cubrían el horizonte. La arena estaba húmeda y me enfriaba los pies. El viento nos embolsaba la ropa como el aleteo furioso de un pájaro. Max, la sombra de Max, avanzó hacia la orilla, recortada, negra, larga al principio, pero más corta en la medida en que el agua se iba comiendo las piernas. Lo vi entrar a la espuma revuelta y sucia. El frío no le importaba, nunca le importó. El sol ya había pasado la franja de nubes y ahora era un disco enorme y cegador. Las olas se estrellaban contra la sombra, se iban comiendo el torso, los hombros, y solo la cabeza entraba y salía del agua. Negra la cabeza, rojo el sol, blanca la espuma rota.

Algo se movió. Max. Los cables y todas las partes metálicas de la cama chirriaron. Abrí los ojos y en vano busqué algo en el rectángulo de la ventana.

—¿Qué le dice un monje budista a su hijo? —preguntó Max.

—Qué, a ver.

—Un día, hijo, todo este vacío será tuyo.

El olor de su aliento estancado me llegó justo en el momento en que la enfermera volvió a asomarse a la puerta y anunció que se había cumplido el tiempo de las visitas. Dijo «visitas», en plural, como si yo no fuera la única en la habitación. Mientras me acomodaba el abrigo y la mochila, vi su figura rígida y blanca esperando en el vano de la puerta.

—¿A esta dónde la entrenaron? —dije bajito.

Max levantó los hombros y la comisura izquierda de la boca, un gesto que le conocía desde la infancia. El elástico que nos unía se tensó y, en las semanas siguientes, a medida que los días con Mauro se fueran repitiendo, alcanzaría el punto más lejano posible antes de lanzarme otra vez en dirección a él.

—Qué querés —dijo—. Somos mártires de la patria.

Decime.

¿Qué?

¿Cómo es la paradoja de que para rendirse primero hay que soltar, pero que

no es al soltar que uno se rinde?

El comienzo nunca es el comienzo. Lo que confundimos con el comienzo es solo el momento en que entendemos que las cosas han cambiado. Un día aparecieron los peces; ese fue un comienzo. Las playas amanecieron cubiertas de peces plateados, como una alfombra hecha de tapitas de botellas o de fragmentos de vidrio. Brillaba, con destellos que herían los ojos. El ministerio mandó a los trabajadores de la basura a limpiar las playas. Los peces ni siquiera aleteaban, estaban tiesos desde hacía rato, incluso antes de que el agua los expulsara. Los hombres vinieron armados con palas y rastrillos, pero sin tapabocas. Durante todo el día fueron amontonando los pescados, palada tras palada, hasta formar pirámides resplandecientes sobre la arena. El sol aún brillaba en el cielo. Eso otro que habría de comenzar aún no había empezado. Las pirámides parecían espejismos, tiritando en la resolana de la tarde. Después llegó el ejército; envolvieron los pescados en grandes redes y subieron los costales a un camión. Se los llevaron. No dijeron adónde.

 

Estaba volviendo del Clínicas cuando saltó la alarma. El taxista no aceleró; era del tipo escéptico. Adepto a las teorías de confabulación, dijo que todo era una mentira organizada por el Estado.

—¿Entonces usted se bañaría en la Martínez?

—No —dijo—, pero nunca me bañé en la Martínez. Cuando era chico mi hermano se agarró una parálisis infantil en esa playa. Imagínese cuántos años hace. Le quedó una pierna más corta que la otra y no sé si la diabetes le vino por eso, pero le vino. Fíjese, le hablo de hace sesenta años. Más de medio siglo que estos vienen preparando la historia de las algas.

—¿Nunca vio un contaminado?

—Mire lo que le voy a decir: los hay que, si no tienen enfermedades, se las inventan. Una vez llevé a uno que gritaba como si lo estuvieran matando. Se miraba las manos, los brazos, y gritaba. Yo le miré bien los brazos y no vi nada, excepto que tenía la piel roja de tanto gritar.

—¿Y qué más pasó?

—Después el ministerio me dio un tiquecito para que me desinfectaran el auto, pero yo nunca fui. Para qué perder tiempo. Y míreme, acá estoy contando la historia. Hay que dejarse de tanta cosa. La gente es la gente.

Bajé del taxi y me quedé un momento en la puerta del edificio mirando la calle. La niebla se había disipado; los edificios al otro lado de la plaza se veían nítidos por primera vez en días, las hamacas solas, los árboles inmóviles, a la espera del próximo azote. Era el borde difuso entre dos tiempos, con lo bueno de los dos confluyendo en ese instante. Al principio me daba culpa disfrutarlo. La niebla era la contracara del viento rojo, y, según Max, yo quería ir por la vida sin pagar ningún precio por nada. Tal vez sea cierto, y por eso vivo dando vueltas en la calesita del pasado, arrebujada en la memoria como en un sillón demasiado blando. Sin la niebla, los árboles se llenaban de detalles. Cada rama seguía una curva caprichosa y única; las hojas dejaban de ser una masa genérica de colores imprecisos y podía verse dónde terminaba una y empezaba la otra. Ya no me daba culpa pararme a mirar las calles como habían sido en otra época, los breves minutos en que las cosas se volvían tangibles, aun si eso significaba la inminencia del viento. Yo siempre había creído que el misterio era aquello oculto que intuíamos pero que se nos escapaba; ahora sé que no. El misterio siempre estuvo en la superficie de las cosas. El viento iba a soplar de un momento a otro, pero yo estiré el tiempo un poco más, empujando el límite del peligro, hasta que un camión patrullero apareció en la esquina de la plaza y me hizo juego de luces para que entrara al edificio.

Durante el viento rojo, los camiones blindados de la policía patrullaban la ciudad. Su tarea consistía en rescatar a los audaces e impedir que los locos saltaran al agua. Antes que nada, primaba el pudor: evitar el pequeño número exhibicionista de despellejarse en público. El patrullero no se detuvo, pero avanzó lento, vigilando mi intención. Le hice una seña tranquilizadora. Todo estaba bien.

 

El asunto de los peces obligó a renunciar al ministro de Salud. Ahí empezaron los escándalos que luego terminarían en la creación del nuevo ministerio, más autónomo, más rico, una especie de Estado paralelo. El río no se vació por completo de peces, pero ningún biólogo o experto en medioambiente pudo explicar por qué algunos pocos se adaptaron. El nuevo ministerio tomó las riendas del asunto, las riendas del río con peces mutantes y algas color borra de vino que estaban acabando con el ecosistema. Comenzó la restructuración del Clínicas, cerraron la fábrica del cerro, donde don Omar había trabajado toda su vida, por obsoleta e insalubre, y proyectaron la construcción de una nueva.

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