Mugre rosa

Fernanda Trías · Capítulo 1 de 1 · parte 6/7

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Mugre rosa

Mugre rosa

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Cuando uno lee libros de historia tiende a olvidar que alguien estuvo ahí. Alguien de carne y hueso, y en esta historia ese alguien soy yo. Yo estuve ahí cuando aparecieron los peces; fui hasta la playa Martínez y vi la arena cubierta de pescados que parecían basura resplandeciente, trocitos de lata y de vidrio arrojados por la marea. Y vi a los niños que jugaban entre ellos. Habían bajado y caminaban en esa arena nueva, hecha de carne, pisando con cuidado, agachándose para observar de cerca las bocas abiertas y los ojos secos. La ola minúscula venía y los arrastraba hacia adentro, dándoles por un momento una ilusión de vida, para luego arrojarlos como cualquier botella vieja nuevamente hacia la arena. Muchos otros pescados flotaban en el agua. Se había saturado la arena y las olas ya no podían deshacerse de todos. Yo vi jugar a los niños sin máscara ni traje, y vi a los adultos rebuscar entre los peces de la orilla alguno que todavía estuviera boqueando y llenar sus baldes. Recién cuando llegaron los del ministerio echaron a los niños y precintaron la zona. Eso salió en la televisión, la cinta amarilla rodeando la playa y la gente amuchada detrás, curiosos pero a salvo. Yo vi al presidente en cadena nacional anunciando la evacuación de los barrios costeros. Ante todo, calma, dijo, el Ministerio de Salud está trabajando. Pero la gente ya no lo escuchaba, porque se había puesto a correr por sus casas, a armar valijas, desenchufar electrodomésticos, amontonar dinero y joyas, la plata en rollos gordos que metían entre la ropa y la piel sudorosa, los billetes mojándose dentro de los calzones o del sutién o de las medias, los dedos que no aguantaban más anillos, las manos como un carnaval de pulseras. Y cuando la cadena nacional se terminó y empezó a sonar el himno, la gente estaba cargando los autos, tapiando ventanas, descolgando sus marinas de las paredes. Estaban abrochando el cinturón de seguridad de sus bebés y arrastrando como podían a sus ancianos, aunque ellos dijeran que preferían morirse donde habían nacido. ¿Por qué todos queremos morir donde nacimos? ¿Para qué, si de todos modos ya nada será igual, ya todo habrá mutado hasta convertirse en un territorio desconocido? Arrastraron a los viejos, así tuvieran que romperles la cadera para llevárselos, y luego la ciudad colapsó, los autos quedaron atascados en el único y monstruoso embotellamiento de la historia del país. Yo lo vi. Estuve en el único y monstruoso embotellamiento de nuestra historia. Solo que yo miraba desde la vereda, parada junto a muchos otros que también habían salido a presenciar el espectáculo, a ser testigos de algo que aún no alcanzábamos a entender. ¿Cuántas de esas personas seguirán con vida? ¿Cuántas habrán terminado en el Clínicas? Ah, pero aquello era un verdadero espectáculo; había que verlo, un sofá patas arriba en el techo, una aspiradora saliendo por la ventanilla, un colchón amarrado a la baca junto a una bicicleta infantil. Las caras pegadas a los vidrios, las manos sucias de los niños contra el parabrisas de atrás. Los perros ladrando por las rendijas de las ventanas. Y el concierto de bocinas.

La caravana siguió así, atascada, avanzando lentamente, tanto que parecía una ilusión óptica de absoluta inmovilidad. Pero avanzaba. A los tres días, las calles volvieron a vaciarse, las cámaras de televisión mostraron las carreteras silenciosas, llenas de la basura que la gente había tirado por la ventanilla, y el caos se trasladó a otra parte, a donde yo no estaba ni estuve. No estoy. Se convirtió en una historia ajena, contada por otros que a su vez dijeron: yo estaba ahí.

Así ocurrió.

 

Tuvieron que pasar otras dos semanas antes de aceptar que los padres de Mauro no vendrían a buscarlo. Que no era por el incendio ni por las carreteras ni por las líneas caídas. Al final, lo habían abandonado. ¿Puedo decir que me sorprendió? En retrospectiva, todo está lleno de minúsculas señales de aviso. Los días que siguieron me dediqué a racionar la comida y a esperar que el veneno del aire cediera lo suficiente para salir a buscar un almacén clandestino. Comimos poco, yo menos que Mauro, que se mantuvo extrañamente dócil a pesar del hambre y de las porciones cada vez más reducidas, de la comida seca y monótona, del constante sabor a mugre rosa aplastado contra el paladar. Así y todo, fue un tiempo de calma. Días sin pensar en mi madre ni en Max. La vida enfocada como un embudo en Mauro, en su estómago, en sus quejidos nocturnos. Ahora sentía el cansancio como un absceso, un dolor encapsulado y lleno de pus que no encontraría alivio excepto mediante un tajo. No había espacio para nada más. No tenía un plan alternativo y una parte de mí imaginó que así sería la nueva vida. ¿Por qué no? Sitiados por las algas, hundidos en un pantano de niebla.

Los niveles tóxicos del aire se mantuvieron tan altos que ni los camiones patrulleros circulaban por la ciudad. Eso lo contaron en las noticias. Los drones del canal del Estado sobrevolaban las calles, sin poder elevarse más allá del primer anillo, y mostraban imágenes de los barrios desolados, la espuma sucia del río rodando como manojos de pelos por la rambla. Nos resignamos a la espera, y esa espera, de algún modo, se parecía a la fe. Fe de que la niebla bajaría de nuevo. ¿Cuándo? Algún día. Hasta que un día lo hizo.

Yo te pedía poco a vos.

 

Pero querías todo.

Yo te pedía poco.

Pero prohibías que te exigiera nada.

Salí por la tarde, cuando la niebla había alcanzado su punto más espeso. Caminé lento las dos primeras cuadras, buscando señales, adaptándome a la opacidad que olía a basura fermentada. La desolación ya no era algo que pudiera definirse por la ausencia de personas. También los sonidos habían caído en una caja acolchada y tuve la impresión de que ni yo misma sería capaz de generar uno. La niebla compacta, firme como un músculo, se apretaba contra mi cuerpo y formaba una especie de traje sin contornos. De atrás, de lejos, me llegó el ronroneo de un motor. Imposible ignorarlo en ese silencio de tumba, y aun así fingí no oírlo hasta que un auto rojo y descascarado, con manchas blancas que se comían la pintura, avanzó despacio junto a mí. El tejido de la niebla parecía resistirse al movimiento, pero él forzaba su trompa roja, su mancha de color desgarrando la grisura. Tras la ventanilla, el hombre me miraba. No me dio confianza: su cara de policía encubierto, demasiado cuadrada, demasiado pulcra, el volumen de sus brazos reventando las mangas de la camisa y unas manos mullidas en el volante. Ya nadie tenía tanta comida en el cuerpo como para verse así. Entre los taxistas se hablaba de escuadrones de limpieza sanitaria que levantaban vagabundos y los desaparecían. Tal vez los llevaran al Clínicas, que era casi la misma cosa, pero esos hombres y mujeres no volvían a verse durmiendo en las calles. Apuré el paso; le hice que no con la mano. Él se mantuvo unos metros detrás, con los faros encendidos. Había hecho su apuesta y yo era la perdedora. El crujido de las llantas sobre el pavimento, como una serpiente que se arrastra por un pajonal, quebraba el aire. Pero yo conocía el barrio, su cartografía de huecos y callejones sin salida, y recordaba que pasando la esquina había un edificio sin tapiar. Caminé fingiendo toda la naturalidad que me permitía el cuerpo hasta llegar a la puerta del edificio, dos hojas altas de madera deslucida.

Adentro me recibió el frío inhabitado, donde la niebla se aligeraba como una estela de humo que llegara de lejos. Di unos pasos sobre escombros y basura, y me quedé ahí, escondida detrás de una de las hojas de la puerta, escuchando cómo el motor del auto ronroneaba. Cada sonido se distinguía, filoso y nítido, como un paisaje. Oí el motor apagarse y la puerta del auto que se abrió y cerró con un portazo. El silencio se tragaba ahora los pasos del hombre, que acaso estuviera ahí, de pie, esperando alguna pista. Después sí pude distinguirlos. Se acercaban. Pero justo cuando creí que entraría al edificio, las pisadas se volvieron esponjosas y enseguida se callaron. Sin respirar siquiera, intenté mirar por el espacio que abría la bisagra de la puerta. Una línea de claridad, pero no lo suficiente como para ver algo, excepto una sombra que de pronto interrumpía la luz y volvía a liberarla. El hombre se movía afuera. ¿No me habría visto entrar? Ahora el ruido de un nailon, algo plástico que era estrujado y de nuevo las pisadas esponjosas, la puerta del auto que se abría. Nailon, sí. Nailon estrujado. Una mano que se cierra sobre nailon, algo plástico, y luego un golpe seco, como paladas de arena. Tardé un momento más en descifrar que el hombre cargaba algo y que ese algo eran bolsas de basura. Fue y vino, hasta que supuse que habría llenado el baúl, porque la puerta se cerró con un golpe definitivo y lo oí subirse y prender el motor. Las llantas crepitaron sobre el asfalto roto y lentamente el auto se fue alejando.

Esperé a que la caja de huevos en que se había convertido la ciudad lo absorbiera por completo, e incluso más, por un rato exageradamente largo. No intenté adivinar qué cosa podía esconderse detrás del negocio de la basura, pero sí pensé en la ciudad como una inmensa zona franca sujeta a una economía siempre cambiante y misteriosa. Nada se oía ya. El silencio era doloroso. Quién podría haber imaginado el hueco auditivo de una ciudad sin insectos, sin zumbidos, pero también sin bocinas, sin el bufido lento de un ascensor o el murmullo de voces lejanas, sin todo lo artificial que —ahora entiendo— era lo que llamábamos vida. Entonces me pareció oír pasos en el edificio; arriba, me pareció. Podía tratarse de una alucinación, un espejismo sonoro, porque el silencio hace eso con los oídos, pero al fondo del pasillo se enroscaba una escalera semiderruida, cuya parte superior se hundía en la penumbra.

Esquivé una silla patas arriba y más trozos de madera quemada. Había cenizas de viejas fogatas, palos negros desintegrándose en carbón. Los restos del saqueo, el destino de todos los edificios abandonados. Subí lento, aguzando el oído. El silencio había vuelto con toda su brutalidad, y cada uno de mis pasos estrujaba un cascote de cal o un pedazo de vidrio. ¿Qué buscaba? Era seguro que ahí no iba a encontrar un almacén clandestino. En el primer piso todos los apartamentos tenían la puerta arrancada de cuajo. Adentro, espacios sin enchufes ni zócalos ni grifería, hollín en las paredes, grafitis, vidrios rotos, las bisagras corroídas por la humedad. Recorrí las entrañas del edificio; era imposible que alguien viviera así, sin ventanas ni protección alguna contra el viento rojo. Cuando me di vuelta para irme, me pareció que algo acababa de moverse en la escalera, en el tramo que llevaba a la segunda planta.

—¿Hay alguien? —dije.

Ni siquiera el eco.

—Estoy buscando un almacén —dije—. Comida.

Me acerqué a la escalera, miré hacia arriba, a los escalones cubiertos de escombros y fierros. Un olor nauseabundo se elevaba del piso. Subí igual, tratando de no tocar las paredes, aunque se me hacía difícil mantener el equilibrio. Buscaba con el pie un espacio firme donde apoyarme antes de dar el siguiente paso. Un musgo ocre crecía en los boquetes abiertos de las ventanas. ¿Sería eso lo que hedía? Tuve que subirme la bufanda por encima de la nariz y enseguida sentí el vaho de mi aliento. El musgo rojizo tenía minúsculas hojas redondas y gordas, hinchadas de agua.

En la segunda planta la situación no era muy distinta: apartamentos arrasados, sin puertas, excepto por uno, que tenía la puerta entornada. De cerca, vi que era una especie de injerto y que no encajaba del todo en el hueco original. Por la rendija no podía verse nada, pero creí reconocer el roce de una tela, como si alguien se hubiera cruzado de piernas o se girara en el sueño.

—¿Hay alguien? —dije, y empujé un poco la puerta con el pie.

Seguí empujando hasta que quedó una abertura lo suficientemente grande como para pasar de lado. Metí el hombro primero, y cuando tuve la mitad del cuerpo dentro del apartamento destrozado, con las paredes manchadas por múltiples fogatas, vi la jaula. Junto a la ventana sin vidrio, solo cubierta con un nailon opaco que no filtraba la luz, una jaula blanca, grande, de barrotes y ornamentos finos, algo abollada pero elegante, y dentro de la jaula un animal —¿un pájaro?— quieto, asustado.

—Hola —dije—. Buenas tardes.

Volví a oír el roce, ahora con claridad; el pájaro se había movido, un leve y monstruoso sacudimiento de las alas. En el piso, entre los escombros, restos de madera hecha carbón, botellas de plástico vacías, algunas cortadas para hacer cuencos; también había un colchón sin sábanas ni cobijas, hundido en la mitad, con algunos agujeros en la tela por los que emergían burbujas de polifón amarillo. El olor era aún más putrefacto a medida que me acercaba a la jaula. Después vi que, no muy lejos del colchón, no muy lejos también de una cacerola pequeña y negra de tizne, había excrementos humanos. El pájaro me pareció otra alucinación, pero cuando por fin estuve frente a la jaula, supe que era real, que el pájaro estaba moribundo, con unas malformaciones blancas en el pico y en los ojos. Era imposible que me viera, porque esa sustancia purulenta le impedía abrirlos, pero intuyó mi presencia y se agitó.

—¿Quién te necesita tanto? —dije, y mi propia voz me dio pavor.

Vi al pájaro estremecerse y hacer ese ruido de arrullo con las plumas opacas, que alguna vez habían sido azules, tal vez tornasoladas, exóticas como perlas, pero que ahora eran cenicientas y apenas podían agitarse con ese temblor que le recorría el cuerpo y que era su único signo de vida. Desenganché el pequeño alambre que aseguraba la puerta y abrí la jaula; una puerta alta, con suficiente altura para que el pájaro saliera sin agachar la cabeza. Pero él no se movió. Tenía las alas cortadas, muertas. Me quedé un minuto más mirándolo, y enseguida descarté la idea de llevarme la jaula. Tuve la sensación de que me picaba la nariz, de que me ardía la garganta, como si la sustancia blancuzca del pájaro se me hubiera pegado. Eso fue lo que sentí, que pronto tendría los párpados cerrados, carcomidos por los hongos, cerrados para siempre a toda esa podredumbre, por fin, pudriéndome yo también, la garganta llagada, la nariz en carne viva. ¿Cuántos vientos más harían falta para liberar al pájaro? ¿Cuántos más para liberarme a mí?

Dejé la jaula abierta y me fui. Bajé las escaleras lo más rápido posible, tratando de no tropezar, y otra vez me recibió la calle con su resplandor monocromo. El aire se sentía limpio en comparación con la fetidez que se cocía adentro. Bajé por San Jerónimo. La niebla se movía a mi ritmo como un perro fiel del que solo alcanzara a vislumbrar una parte del lomo gigantesco y gris, siempre interpuesto entre mi visión y las cosas. Volví a doblar, esta vez en Asunción Norte. Ni una ventana abierta con disimulo, ningún centinela, nada que pudiera interpretarse como el indicio de una actividad clandestina. Sobre una puerta alguien había pintado una calavera blanca. Otras puertas habían sido forzadas. La calle estaba intransitable, cubierta de cables de luz caídos, y ningún auto volvió a seguirme.

A lo lejos me pareció ver una figura, un volumen largo y estrecho perforando la malla elástica del aire. Otro espejismo. Respiraba con dificultad. La niebla era ahora el cemento que me endurecía los pulmones. Caminé otro poco, cada paso un movimiento inútil. No hay nada y sé que nada habrá. Pero unas cuadras más adelante, al mirar hacia la fachada de una de esas casas coloniales con balconcito de hierro, veré la silueta de un hombre en la ventana, con la cara pegada al vidrio y una brasa encendida en los labios. Al descubrir mi mirada, el hombre se esconderá tras la cortina. Entonces saltará la alarma. El ruido llegará de golpe y de todas partes, como dicen que pasa con esos paisajes muy blancos, de nieve o de sal, donde no existen puntos de referencia, no hay arriba ni abajo, ni principio ni horizonte.

Volveré a casa caminando rápido, con la sensación de que la niebla ya empieza a levantarse, fina, a punto de ser borrada por el viento, y cuando abra la puerta Mauro estará ovillado en el sofá, tapándose las orejas con las manos. Me acostaré junto a él. Él no dirá nada excepto por esa mirada anhelante, ese momento en que los ojos se abren un poco más de la cuenta y muestran el alivio. Lo abrazaré y el aire de mi abrigo inflado se desplazará como quien aplasta una almohada.

—Viento —dirá Mauro.

—Sí, mi amor, es el viento. Nada más.

Él tendrá la piel húmeda, no de sudor sino de lágrimas recientes que se habrán estancado en los pliegues de su cuello. Palparé esa humedad con la nariz, después con los labios. Él aflojará la tensión del cuerpo, los brazos me rodearán, y sentiré cómo sus dedos juguetean con la piel falsa que recubre el cuello de mi abrigo. Es como una cola de zorro, y él va a acariciar esa piel, la peinará lento con los ojos cerrados. No pasa nada, diré, te prometo que no pasa nada. Su respiración va a irse aquietando, mientras mis encías rezuman sangre y la sangre me llena la boca.

—Hambre —dirá.

—Vi un pájaro, ¿sabés? Un pájaro hermoso con plumas de colores.

—¿Tiene hambre?

—Sí, pero volaba por todo el cielo. ¿Querés que te cuente?

Mauro acomodará la cabeza en mi hombro. El agujero que lleva en el vientre va a contraerse un momento. No durará demasiado.

Imaginate que me contaras todo lo que pensás.

Sí.

Entonces no pararías de hablar, porque al contarme una cosa, ya tendrías

otra cosa para decir, y después otra y otra. ¿Te imaginás? Nunca estarías callado.

Hay veces que no pienso en nada.

¿Cuándo?

Ahora.

Mentira: estás pensando que no pensás en nada.

Decime vos en qué pensás.

Pienso en pájaros.

Pienso en los días posteriores al primer viento rojo, el pánico, la incertidumbre. Las llamadas de los amigos repitiendo teorías contradictorias, cada uno aferrado a su verdad y luego justificando la decisión de irse: la vida que vale la pena vivir, el cuerpo que vale la pena cuidar. La enumeración desesperada de razones. ¿Para qué? Mejor vivir como una rata que no vivir. Era cómico que todos creyeran que hacía falta tener razones. Incapaces de aceptar que vivíamos por puro capricho, tal vez por inercia. ¿Y para qué tenían que decírmelo a mí? Nadie les pedía razones, pero todos llamaban ofreciéndolas, cotejando estrategias, desempolvando viejos conceptos sobre el instinto de supervivencia y la preservación de la especie. Llamaban para que yo validara sus razones, para que los reconfortara en su lógica de la vida a cualquier precio. Y cuando se encontraban con mi desinterés, que era casi indiferencia, se empeñaban en hacerme cambiar de opinión mostrándome el lado positivo de las cosas, como si estuvieran salvando almas. Luego, su fracaso los llenaba de un rencor tan instantáneo que era fácil entender que siempre había estado allí; y me culpaban de todo, incluso de su desgracia.

 

Lo peor pasó unas semanas después del entierro fallido de los buzos. Hacía días el cielo estaba encapotado; la temperatura había subido en pleno invierno. Se hablaba de un veranillo. Todos los días esperábamos la lluvia; decíamos: esto no va a aguantar, pero de un modo inexplicable el veranillo aguantaba y despertábamos a la constatación de que esa noche tampoco había llovido. Veíamos cómo la tormenta se elaboraba allá arriba, en un mundo de nubes negras y remolinos, una batalla entre cielos, por completo ajena a nosotros. Mientras tanto, el sopor del veranillo nos aplastaba, nos hinchaba las piernas, nos tenía boqueando en la humedad. La tormenta llegó unas noches después, cuando ya nadie la esperaba, cuando todos creíamos que pasaría de largo. Hacia el final de esa tarde el cielo se fue deshilachando, como un tejido resistente que por fin comenzara a ceder, y las gotas se estrellaron pesadas contra el ventanal, el mismo que daba al patio de la escuela.

Max había salido, y excepto por la luz de la lámpara de pie, el resto de la casa estaba a oscuras. Levanté la persiana hasta arriba para ver la lluvia y me senté en el borde del sofá, cerca del teléfono. Vi mi reflejo iluminado en el ventanal, las manos flojas, las rodillas abiertas en una especie de rombo, y dentro de mi reflejo, o sobre él, la ciudad apiñada: techos de casas, edificios de distintos tamaños, pero sobre todo antenas, cientos de antenas y cables. Todas esas antenas, cada una vigilando su pequeña porción de espacio, como espantapájaros, pensé, espantapájaros de ciudad. Me levanté y apagué la lámpara. El viento agitaba los árboles; parecía que fuera a arrancarlos de cuajo. Cada tanto, un resplandor se encendía lejos, mudo, y era como si la ciudad se sacudiera. Imaginé a Max apurándose para llegar a casa. Por la mañana había salido en sandalias, con un pantalón finito de verano que le colgaba de los huesos protuberantes de la cadera. Te confiás en el veranillo, le dije. La lluvia iba a descolgarse en cualquier momento sobre la ciudad expectante, cada uno en su ventana admirando el milagro. Yo seguía quieta en la oscuridad, concentrada en los focos de la escuela, el único espacio de luz que revelaba unas pocas gotas horizontales. El resplandor lejano y mudo de un rato antes se había acercado y ya no era un fulgor suave que encendía y apagaba el cielo, sino un relámpago nítido, un árbol de electricidad que descargaba sobre nosotros todo su ánimo vengativo. Conté los segundos entre el relámpago y el trueno. Ahí estaba, acercándose, el triunfo del invierno. De a poco el relámpago y el trueno fueron sincronizándose. Los rayos caían sobre la ciudad, pero tal vez no sea preciso decir que caían, porque era como si nacieran del centro de la Tierra y se abrieran paso por el asfalto reventando las veredas. La ciudad convertida en una flor terrible, un capullo que se abría a la violencia y la recibía con gusto, con goce. Tuve miedo. Estiré la mano para agarrar el teléfono y marqué el número de mi madre. El timbre sonó varias veces. Era común que saliera por las noches, nunca le pregunté adónde ni con quién, y ella tampoco me lo contaba, no por vergüenza o porque se reprobara a sí misma, sino porque le gustaba tener secretos, saber que existía una zona de ella infranqueable para el resto del mundo. El timbre sonó y sonó, y aunque quedaba claro que no respondería, tampoco colgué. Imaginé el teléfono sonando en la oscuridad. Podía oír el estallido de los truenos allá, y la campana que llenaba el silencio entre un trueno y el siguiente.

Así fue. Pero la lluvia nunca llegó. Nunca. Y a la mañana siguiente, exhaustos, trasnochados, despertamos envueltos por la niebla.

Explicámelo.

 

¿Por qué?

Quiero entender.

¿Y qué pasa si te digo que ya sabés todo lo que hay para saber?

Entonces ya sé el final de esta historia.

Nada es tuyo hasta que alguien más lo pierde o lo abandona. Lo supe entonces, pero no con palabras, como lo estoy poniendo ahora, sino de un modo mucho más desordenado y furioso. Ahí está: furioso, la misma furia con la que imagino que un tallo endeble rompe la cáscara de la semilla y se abre paso entre raíces y capas de tierra dura. Qué sería de Mauro si me pasaba algo a mí, el más mínimo roce del viento, o si algún patrullero me recogía en la calle y me arrojaba a la puerta del Clínicas. El pensamiento me abría un hueco de terror en el cuerpo. Podía reconocer los bordes rugosos de ese hueco, palpándolos por primera vez, asombrada y furiosa al mismo tiempo. Veía a Mauro, solo, en la casa. Lo veía abrir las ventanas —él desnudo, jugando a alguna danza incomprensible, y el viento rojo errando entre los cuartos vacíos—, o lo veía comer hasta ahogarse, rodeado de vómito, hundido en el basural de la esquina, o vagando por la rambla, junto al río oscuro como un vino agrio. De pronto, ya no tenía derecho a arriesgar mi vida. El miedo iba unido a un ahogo, una especie de claustrofobia de un lugar del que no podría salir, y ese lugar era yo misma.

La noche del pájaro volvimos a cenar garbanzos. Estaban desabridos, bañados en aceite, revueltos con un poco de mugre rosa. Mauro no se quejó, pero al rato ya tenía hambre y chupó dos palitos helados de frutilla. Después, en medio de un berrinche, quiso abrir la heladera y terminó rompiendo los dibujos de dinosaurios que yo había pegado con imanes en la puerta. Los hizo picadillo y los pisó, y el cuerpo se le puso morado de tanto gritar hasta quedarse ronco. Habíamos agotado todas las medidas de seguridad, todos los trucos. El síndrome tenía hambre y era capaz de matarlo. Ya nada lo distraía: ni las historias de pájaros, ni los juegos cada vez más estrambóticos y desafiantes, ni los caramelos que había que roer como a pequeñas rocas.

Dormimos mal. Las patas de madera crujían cada vez que Mauro giraba en la cama y ese crujido me acompañó toda la noche. Me levanté dos veces al baño. Me picaban la garganta y la nariz, pero al mirarme al espejo, bajo la luz blanca, no encontré más que los surcos y las blanduras de siempre, los labios secos, con unas hebras de pellejo blanco que había levantado el frío, y la fina red de venas azules alrededor de los ojos. Volví a acostarme, y a la mañana le di a Mauro mi parte del desayuno.

 

Recién pensaba en algo que dijo Max una vez: ¿vos qué sentís cuando te equivocás? Debe haber sido poco antes del divorcio, o en alguna de las visitas al Clínicas, porque recuerdo que la pregunta me puso tensa, lista para recibir el golpe. ¿Cómo?, dije. Cuando cometés un error. ¿Qué sentís? Yo sabía lo que sentía él: ira, porque lo había visto muchas veces agarrar a patadas las cosas y dejar caer el puño contra la mesa hasta que los vasos se volcaban, lo había visto literalmente quedar ciego de rabia y abrirse cortes en los brazos, fuera de sí, y luego volver como un perro herido, manso, buscando mi mano, mi silencio. Ese era el Max que él deseaba aniquilar mediante gurúes y ejercicios, mediante viajes y visiones, pero también era el Max que me había querido o, al menos, el que me había necesitado. Pero yo, ¿qué sentía cuando me equivocaba? Rabia no, otra cosa, que me volvía frágil y me hacía sentir estúpida. Era como oír la voz de mi madre pidiéndome que le trajera esto o aquello, que sacara la cubetera de hielos y los volcara con cuidado dentro del vaso. No mojes todo el piso, decía ella. Los cubos se me resbalaban de las manos, la cubetera de metal se me pegaba a los dedos y al arrancarla me tiraba de la piel. Vergüenza, dije, pero Max movió la cabeza diciendo que no. Eso sentís después, dijo, pero en el momento mismo en que te estás equivocando no sentís nada. Era como el asunto del Coyote y el Correcaminos, dijo, cuando el Coyote seguía corriendo más allá del precipicio, con las patas girando a toda velocidad en el aire. Mientras el Coyote no mirara hacia abajo, mientras no se diera cuenta de que corría en el aire, sin tierra bajo sus patas, no empezaba a caer.

Algo así supongo que pasó entonces: por fin había entendido que no había un piso bajo nuestros pies. Si no lograba conseguir comida, si ellos tenían razón… ¿Ellos, quiénes? Todos. Todos ellos. La voz de mi madre diciendo: sos terca como vos sola. Y había vuelto a sentir la presencia del ser defectuoso que vivía en mí, una boca negra que se abría y se cerraba. Por momentos pensaba que el ser defectuoso y yo éramos la misma cosa; otras veces lo veía como a un parásito que quería suplantarme. La boca negra hablaba, decía que yo era una inservible, siempre hundida en el caldo tibio y aguachento de mi vida, y que debía ceder el mando. Pienso en los helicópteros del Parque Infantil: los niños se acomodan en el asiento y mueven las palancas, presionan los botones, el tablero parpadea con luces de colores y el helicóptero sube y baja, da vueltas y vueltas. La ilusión del juego es tan perfecta que los niños no perciben que no son sus órdenes las que mueven el helicóptero, sino las de alguien más, guiando en secreto los brazos metálicos que los hacen girar, mientras ellos celebran y temen.

¿Es así como terminan las cosas? Un final es solo la constatación de que algo más ha empezado. Yo me resistía a ver ese nuevo principio, como me había resistido a todos los principios, desde siempre. Me resistía a juntar la plata de la caja fuerte y abandonar la ciudad; me resistía a cumplir mi fantasía falsa de rescatar a mi madre y huir al Brasil. Y en mi fantasía falsa mi madre me daba las gracias: si no fuera por vos, la oía decirme, y luego a mi prima Cecilia, a la maestra, a todos: si no fuera por ella, mi hija… Era tonto, nada más que la ilusión de los helicópteros de juguete, porque ¿cuánto faltaba para que las algas llegaran hasta allá también? Incluso si lograba conseguir los certificados de salud para sacarnos del país. Nos unía el mismo mar envenenado. ¿Entonces qué? La mejor salida de un laberinto siempre es por arriba. Eso lo decía Max. Mi madre decía: vos construís tus laberintos sin salida.

 

Lo intenté de nuevo, esta vez con otra ruta en mente. Iba a alejarme del puerto y caminar hacia el Obelisco, buscando en las calles laterales, tal vez en los alrededores de las plazas. Y si no lo lograba… Hasta ahí llegaba el pensamiento. Bajé en dirección al Hotel Palacio y pasé junto a la librería sellada tras la cortina de metal. Al fondo de la calle, el neón del hotel titilaba. La niebla nos tenía enterrados hasta el cuello, pero el resplandor verdirrojo latía como una mancha difusa, despojada de cualquier brillo. Solo una mancha de color, una mancha verde, una mancha roja, el verde y el rojo formando una especie de aurora boreal, marcando el cuerpo gris de la ciudad. Avancé hacia ella, como una polilla, y en el camino pasé junto a la vitrina vacía del viejo anticuario. Me detuve un segundo a mirar, pero lo único que vi fue mi propia sombra reflejada, con el abrigo que me hacía parecer una muñeca deforme, uno de esos gigantes inflables que se mantenían en pie gracias a un chorro de aire que subía desde la base y los ponía a temblar y a doblarse desarticulados. En los bolsillos no me cabían los billetes, pero no podía comprar ni un paquete de arroz. Quién iba a decirlo. Puesto de cierta manera, cualquier cosa puede verse como una ironía. El dueño del anticuario había sido un viejo italiano que decía haber pertenecido a una familia aristocrática. Lo apodaban el Conde. Otros contaban que era un ludópata que había llegado al país huyendo de las deudas. De ser así, tenía experiencia en la huida. Yo hablaba a veces con él, me decía carina, y una vez me había regalado una postal antigua, de esas donde pintaban de rojo las mejillas y los labios de la gente. Él decía ser un zorro viejo, y señalaba el zorro disecado que tenía sobre la mesa. Un día pasé frente al anticuario y ya no quedaba nada, ni siquiera el animal con piel comida por las polillas y espantosos ojos de vidrio. Me imaginé al Conde llenando la camioneta de libros, los muebles Enrique II patas arriba en el techo, un buffet de la escuela de Fontainebleau, los cuadros de marinas envueltos en papel burbuja. ¿Habría previsto que las marinas, con su óleo resquebrajado, algún día valdrían tanto? Es extraño que alguien quiera colgar en la pared un recordatorio de lo perdido. Siempre me han dado miedo los retratos de personas muertas, los óleos oscuros de antepasados. Y ahora me dan pavor las marinas. Los ricos se peleaban en las subastas, habrían dejado fortunas por un mar pintado sobre una tabla, de un color que nunca más volverían a ver. Alimentaban la nostalgia a diario, mientras desayunaban productos del mercado negro. Ellos serían los dueños de la memoria, sí, pero solo los afortunados tienen el olvido.

Seguí calle abajo, muy lento, mirando dentro de cada hueco infecto de vieja arquitectura, aunque ya no tuviera ilusiones de encontrar nada en ese barrio. La mancha verdirroja del neón había crecido hasta volverse un aura, una esfera de color, y de a poco fui entrando en ella, con su estática electrificante. Los escalones del hotel se veían sucios, las ventanas cubiertas con frazadas o sábanas inmóviles, a falta de postigos. Pero el lugar parecía abandonado; la puerta cancel, que coronaba la pequeña escalera de mármol ennegrecido, estaba tapiada, con varios listones de madera atravesados entre ambas hojas. Ahora me encontraba dentro de la mancha: el verde y el rojo en su lucha íntima, y ambos como un escudo que empujaba la niebla. Desde ahí vi un auto que doblaba la esquina del viejo almacén. Podía ser un taxi sanitario, no estaba segura. ¿Era negro o amarillo? Apuré el paso hasta llegar al límite del color y atravesé la membrana que me hundió otra vez en el mundo. Para cuando llegué a la esquina, el auto se había perdido de vista.

La puerta del viejo almacén había estado tapiada por mucho tiempo, pero ya no quedaba ninguna tabla en pie. Algunas se habían caído solas, podridas por la humedad, y el viento de los últimos días habría terminado de arrancar el resto, porque los vidrios de la puerta seguían intactos, la cadena y el candado aún aseguraban las dos hojas, sin rastros de saqueo. Antes de la evacuación, los dueños vivían en la casa de atrás y se turnaban día y noche para no cerrar nunca. Incluso tenían un anuncio, un jingle pegajoso que sonaba en la radio: No cerramos nunca, no cerramos nunca. En la pared, bajo la vitrina principal, alguien había escrito en aerosol: Ahora sí cerraste, cagón! Limpié un poco el vidrio con la manga e intenté mirar hacia adentro. Los anaqueles estaban vacíos excepto por lo que parecían ser unas botellas grandes, de desinfectante u otro producto de limpieza. Jabón antibacterial. Cloro. Míster Músculo. Mata el 99 por ciento de los gérmenes. Esponjas de aluminio. Pulidor. Mauro podía tragarse todo eso en un minuto.

Sacudí la puerta con fuerza, pero el candado no cedió. Hacia las esquinas, tras la cerrazón, todo se veía muerto y desolado. Ningún rastro de policía. Levanté un adoquín suelto de la vereda y di un golpe. El vidrio se deshizo. El agujero inicial propició el derrumbe, pero en la masilla dura de los bordes quedaron atrapadas algunas puntas filosas. Las arranqué una por una y las tiré al piso. Cuando no quedaron más vidrios, metí la pierna derecha y quedé atascada con la pierna adentro y el torso demasiado alto para curvarme por el espacio de la ventana. Volví a intentarlo, esta vez sosteniéndome en los brazos para pasar las dos piernas al mismo tiempo, luego el tronco, arqueado hacia atrás, y por último los brazos, como el puente que de niñas practicábamos con las mellizas acróbatas.

El polvo se había asentado en el piso de tablas largas, y cada paso levantaba una nube de pelusas. La luz tímida que llegaba de afuera delataba esa nube de tiempo sólido, el residuo de las horas y los minutos acumulados. Me cubrí la nariz con la bufanda y la até fuerte detrás de la nuca. Pasé junto a la máquina registradora y apreté algunos botones al azar. No se abrió. A todas las casas abandonadas les habían cortado la electricidad. Seguí hacia la parte de atrás, esa zona de acceso exclusivo para el personal, ahí donde estaban los frascos de vidrio llenos de caramelos de colores que los niños mirábamos de lejos, escondidos tras el mostrador. Los frascos seguían estando, con sus tapas metálicas, pero no quedaba un solo caramelo, y, vistos así, fríos y transparentes, daban la impresión de ser un artefacto quirúrgico, una serie de recipientes enormes para guardar los frutos de extraños experimentos.

Al fondo casi no llegaba la luz. Decidí que volvería más tarde con una linterna, pero antes pasé la mano por lo que parecían ser más anaqueles vacíos. Toqué el polvo, tan grueso como el pelo ralo de un animal. Arrastré el polvo con la mano, y al llegar a la distancia máxima que me permitía el brazo, en el anaquel más alto, mi mano se dio contra algo. Me puse en puntas de pie y palpé con cuidado. Eran latas. Latas apiladas en varias torres enanas. Agarré la de más arriba y la toqué sin apuro: la etiqueta y la presilla de abrefácil. Bajé una lata, pero no pude leer la etiqueta. Recién cuando me acerqué al chorro de luz que arrojaba el vidrio roto de la puerta, vi el dibujo y las letras azules: Atún en aceite. Dios mío. Y por un momento eso es lo único que pensé: Dios mío. Estaba eufórica, casi mareada; no podía recordar la última vez que había visto una de esas. Volví al anaquel del fondo y me trepé al estante inferior para meter bien el brazo. Eran once latas, todas olvidadas en el anaquel más alto, contra la pared. Las bajé y metí algunas en los bolsillos, otras dentro de la bufanda, que até como un paquete.

Salí por el hueco de la puerta, ya sin la misma agilidad. El pantalón se me enganchó en una astilla de la madera y le hizo un desgarro diminuto. La adrenalina se sentía como un ardor, una sustancia ajena a mi cuerpo. Imposible aguantar hasta llegar a casa. Me senté en el cordón de la vereda y limpié una lata con la tela del puño. No brillaba como un cofre del tesoro, pero así se sentía. Adentro estaba la carne imposible, la carne prohibida de un animal extinto. Sus parientes lejanos, desconocidas mutaciones, nadaban en nuestro río. Nadie los acechaba; sin predadores naturales, estas mutaciones proliferaban y llegaría el momento, si es que no había llegado ya, en que no quedaría ningún animal en el mar que no fuera una mutación.

Tiré de la presilla y la lata se abrió. Enseguida subió el perfume marino. Lo olí; acerqué la carne rosada a la nariz y me quedé con los ojos entrecerrados, disparada hacia los recuerdos como una bala. Veloz, dolorosa. Vi a las mujeres vestidas con sus overoles blancos en el puerto de San Felipe, empuñando el cuchillo con el que raspaban las escamas de los pescados recién traídos del mar; el piso blanco y resbaladizo, el olor nauseabundo. El mismo cuchillo despanzurraba al animal, le abría una grieta profunda y la mano enguantada se metía por ahí, y salía arrancando tripas y chorreando jugos.

Mis manos estaban sucias, completamente negras de polvo, pero igual agarré un poco de atún, usé los dedos como pinzas finas y me lo metí en la boca. No me fijé en la fecha de vencimiento de la lata; no me interesaba en lo más mínimo y sé que me lo hubiera comido así estuviera fosilizado. Apreté la lengua contra el paladar hasta que soltó el aceite. La bala seguía horadando la memoria y ya no pude saber si lo que mordía era una fruta, el durazno que soltaba su jugo almibarado y que debía lamer antes de que se precipitara entre los dedos y me pegoteara el brazo, o si lo que oía eran las moscas revoloteando sobre las peras, que se habían ido machucando en algunas zonas, como parches de una piel más blanda, o si veía a Delfa quitándole las semillas a la sandía, con paciencia, escarbando la pulpa roja, porosa y crujiente. Delfa y el olor a garrapiñada; ese olor que se mezclaba con el de cloro y el jabón de manzanilla. Todos los olores del mundo cabían en las manos de Delfa. El aceite me chorreaba entre los dedos y se escurría por la palma hacia la muñeca y dentro de la manga del abrigo. Sentía la barbilla resbalosa y suave. Intenté limpiarme, pero solo terminé extendiendo el aceite, refregándome el olor a pescado por la cara. Supuse que también me habría manchado con el tizne de mis dedos y me gustó imaginar algún tipo de pintura ritual, mi propia marca negra y aceitosa como una declaración de guerra. Si quedaba algún animal en esa ciudad, algún bicho que no fuera una cucaracha, se me habría acercado. Me levanté del cordón de la vereda con las manos untadas, sintiendo la compañía de la niebla, su poder, y caminé de vuelta a casa.

¿Qué es el silencio?

La pausa entre un pensamiento y el siguiente.

Por la noche preparé un bol de arroz con atún y mayonesa. Qué no hubiera dado por tener un tomate, aunque más no fuera un tomate hidropónico, cultivado en una de esas máquinas parecidas a una incubadora, un tomate turgente a base de inyecciones, lleno de agua o fungicidas, un tomate sin gusto a nada, pero que al menos evocara la imagen de un tomate. Serví la comida en unos platos grandes, con bordes dorados y flores de largos y sinuosos tallos verdes, no en los platitos cascados de siempre. Era un festín, pero Mauro no podía notarlo. Nos sentamos en el piso, con los platos sobre la mesa ratona, frente al televisor. Estaban pasando una publicidad de hamburguesas congeladas. Dos panes redondos, el queso derretido y humeante, y una miríada de partículas de sal que habían saltado en el aire, resplandecientes, suspendidas por la magia de la cámara lenta. Entre los panes, la carne abierta en un mordisco se veía roja en el centro, fresca y jugosa, en nada parecida a la hamburguesa reseca, chata y dura como una suela de goma que venía dentro de la caja. Los padres de Mauro siempre las incluían en el surtido del mes y era lo primero en acabarse. En la caja aparecía el dibujo de una vaca que pastaba en una hermosa colina, y encima, el sello rojo de la procesadora nacional. Apagué el televisor y Mauro se quejó.

—No —dijo—. Tele.

—Vamos a comer algo especial.

Por primera vez no quería distraerlo de la comida, pero él hizo una mueca de disgusto con el primer bocado. Un sabor demasiado fuerte, tal vez, desconocido para sus papilas infantiles. Revolvió dentro del arroz con la cuchara y analizó el atún desmenuzado. Su desconfianza duró un segundo más, antes de juntar una montaña de arroz y tragársela sin siquiera masticarla una vez.

—Comé despacio —dije.

—Hambre —volvió a quejarse.

—Estás comiendo, Mauro, no podés tener hambre.

—¿Dónde está la luna?

—Estamos de niebla. ¿Querés ir a ver si la encontrás?

Hizo que no con la cabeza. Sin viento ni televisor, solo se oía el ruido de su cuchara al raspar el plato.

—Hoy estamos contentos —dije.

Él me mostró los cachetes inflados y los dientes blancos de mayonesa. Masticaba, lo vi esforzarse por masticar diez veces antes de tragar, como le había enseñado. El síndrome se sentía lejano, vencido.

—¿Está rico?

La boca llena murmuró que sí.

—Vamos a estar bien —dije—. Te lo prometo.

 

A la mañana siguiente me levanté con esa ansiedad alegre, esa expectación que te tiene toda la noche mal dormida, esperando el amanecer. En las noticias hablaban del único tema posible: el incendio de la procesadora, la muerte de los animales y la destrucción de las máquinas. La pérdida millonaria de los inversionistas extranjeros, de los ganaderos, del agrónomo. Pensé si acaso los padres de Mauro también habrían invertido en la nueva fábrica. Todos perdemos, decían en la tele, pero yo sabía que no. Estaban los que perdían y estaban los que siempre podrían arreglarse. Por un segundo imaginé al padre de Mauro hablando frente a la cámara como aquel conductor de Atrévase a soñar: porque los sueños, sueños son… pero aquí, se hacen realidad.

Abajo se deslizaba el anuncio meteorológico: Niebla y frío, bajo riesgo de viento.

—¿Estamos contentos? —dijo Mauro, que jugaba en el piso, desentendido del noticiero.

—Hoy sí —dije.

Fui a la cocina y eché un chorro de detergente sobre los platos del desayuno. Después apronté la ropa de Mauro, como cuando venían a buscarlo, construyendo una especie de muñeco de trapo sobre la cama.

—Al agua, Mauro —dije, y él me siguió, resignado.

Lo bañé bien. Tuve que pasar el dedo enjabonado por los pliegues del abdomen, donde siempre se le acumulaba una línea negra y reseca de sudor mugroso. Su carne se hundía sin oponer resistencia; parecía no tener fin, una ausencia de órganos. Lo sequé con fuerza, para calentarlo, y él se quejó y me hizo difícil la tarea, pero finalmente levantó los brazos para que le pusiera su camiseta favorita. Mientras le acomodaba las medias y los zapatos, le pedí que buscara el sol y me dijera dónde estaba. Él miró hacia las ventanas, buscando el foco de claridad detrás de anillos y anillos impenetrables de nubes. Lo peiné hacia el costado, no con la mano, como hacía siempre, sino con la raya bien recta y delineada por el peine fino, y luego le pedí que levantara los brazos otra vez para ponerle el buzo de tela polar. Tenía el gorro y los guantes rojos haciendo juego, uno de los primeros regalos inútiles de la madre, porque era demasiado riesgoso salir con Mauro a la calle y porque ella misma me lo había prohibido. Por fin los iba a estrenar, y encajado en toda esa ropa roja, parecía una morcilla feliz.

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