Mugre rosa
Mugre rosa
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
Lo peor de esos días sin luz no era el miedo a que se arruinaran los alimentos congelados, cuando aún faltaba mucho para que vinieran a buscar a Mauro. Lo peor era el hastío que me generaba estar sola con él, sin televisión, sin ese ruido que me atontaba y me protegía. Preparaba la comida, limpiaba los vidrios, mantenía las provisiones bajo llave, me cuidaba de no dejar restos de comida en la basura, sacaba la bolsa a diario y la tiraba sobre las otras bolsas viejas, podridas, en la esquina de la plaza, o si estábamos de viento simplemente las bajaba al hall del edificio y las amontonaba ahí, en el hedor que se iba acumulando durante días. Hacíamos ejercicios dentro de la casa; subíamos y bajábamos las escaleras. Le había enseñado a saltar el elástico, que poníamos en las patas de las sillas, y a jugar a la rayuela. Me pagaban por mantenerlo en movimiento, por cada caloría que Mauro gastara y cada gramo de grasa que se desprendiera de su cuerpo. Por quitarle el aliento y hacerlo resollar mientras subía hasta el octavo piso. Por dejarme vencer e inventar campeonatos de hulahula. Yo misma había perdido peso. Llegaba a las noches con tal agotamiento que no tardaba ni un minuto en dormirme. Me pagaban por eso también. Por adelgazar y cederle mi cuerpo a Mauro. ¿A Mauro o al síndrome? No solo habían comprado mi tiempo sino también mi energía; habían comprado mis músculos, mis cuádriceps doloridos y mis brazos temblorosos de tanto levantar a Mauro para hamacarlo en el juego del helicóptero. Vivía para el síndrome, buscando agotar a ese animal insaciable y acceder, acaso por un momento, al verdadero Mauro, el que estaba detrás del hambre. Cuando el síndrome no podía más, cuando caía rendido, oliendo a sudor rancio y a manos que se habían arrastrado por todo el edificio, yo había cumplido mi trabajo.
Más tarde, esa misma mañana, oímos ruidos en el pasillo. Nos asomamos a la puerta, yo adelante, Mauro oculto entre mis piernas, y vimos a los de transporte sanitario acomodando una camilla frente al 503. Todos con máscaras alemanas. Nos dijeron algo, no pude entender qué, pero por las señas supe que debíamos cerrar la puerta. La entorné bastante, pero no la cerré del todo. Por la rendija vi al vecino del 503 salir en calzoncillos, la cara roja como si hubiera sufrido una insolación y parches blancos y morados en el torso. Lo ayudaron a acostarse sobre la camilla, y cuando iban a cubrirlo con la manta, el hombre dijo: no, por favor, levantando apenas la mano para resguardarse. Se lo llevaron así, semidesnudo y rojo, a punto de perder la piel. El resto de la maniobra la seguimos por la ventana. Los del transporte sanitario intentaban meter la camilla dentro del camión sin que se cayera el hombre. Tuve que cerrar bien los ojos para imaginar a Max protegido por una burbuja de luz. A veces, de verdad me convencía de que era yo, mi propio deseo, lo que lo mantenía vivo. El camión sanitario se fue, y cuando Mauro me preguntó a dónde llevaban al señor, le dije que me dejara en paz.
—Dejame quieta un rato, andá. Andá a jugar a tu cuarto.
Me sangraban las encías y las estuve apretando con la lengua durante un rato, tragando el sabor metálico que me escurría entre los dientes. Desde el cuarto llegaba el murmullo de Mauro, su lenguaje incomprensible.
Lo oí jugar por algo más de una hora, al parecer tranquilo, hasta que un ruido como de arcadas me alertó. ¿Mauro?, lo llamé, y a cambio solo oí otro ajjj ajjj. Cuando llegué, lo vi con la boca entreabierta y los ojos lagrimeantes. Mauro, ¿qué tenés ahí? Él intentaba tragar algo, pero su garganta lo rechazaba con un silbido asmático, que ni siquiera le permitía toser. Mauro, ¿qué estás comiendo? Contra la piel pálida, levemente azul, contrastaban los labios y el ribete de los ojos morados y violentos. Apenas alcancé a abrirle la boca y a meterle los dedos hasta la garganta para sacar una bola húmeda y caliente de algodón. El paquete, que usé para limpiarle un corte en la rodilla la noche anterior, había quedado sobre la mesa de luz, y ahora Mauro hacía fuerza para llegar hasta él. Dejá eso quieto, dije, eso no se come, mientras él tosía y jadeaba, recuperando el aire. Después, con el paquete ya fuera de la vista, se puso a llorar y a sorberse los mocos.
—Ya está —dije—, ya pasó.
Entre babas lo oí decir que tenía hambre. Para calmarlo le ofrecí un palito de hielo. Sentado en el parqué, dejó que el agua con colorante le chorreara por las manos y las muñecas y goteara sobre sus piernas desde el codo. No lo rezongué por eso. Estaba circunspecto y le daba lengüetazos al pedazo de hielo, analizando por qué lado se derretía más rápido, anticipando las gotas que se derramaban a una velocidad mucho mayor que el movimiento de su lengua. Cuando ya no quedaba más, mordisqueó un poco el palo de madera, blando y enrojecido, y lo tiró contra la pared.
—Andá a lavarte las manos.
—No —respondió él, firme, ensombrecido.
Sacudió las manos en el aire para secarlas. Las imaginé frías y pegajosas.
—Vení para acá, entonces.
Se sentó a mis pies, frente al televisor, junto a sus juguetes desperdigados, y se puso a hacer construcciones con los bloques de Lego. Ahora se le había dado por hacer dinosaurios. Su favorito era una especie de alebrije, con la cola amarilla y la cabeza azul. Aún tenía la camiseta húmeda de llanto y la marca roja de mis dedos en el brazo. Ni los había sentido; su umbral de dolor era tan alto que una vez había llegado a clavarse un tenedor en el brazo como si se tratara de un brazo ajeno. La noche anterior se había hecho ese corte en la rodilla, quién sabe con qué, y no se dio cuenta hasta que lo vi, con chorretes de sangre seca por toda la pierna. Por eso también había que cuidarlo, protegerlo de sí mismo.
No creo haber sentido miedo cuando pasó lo del algodón. Susto sí, pero no miedo. La sensación de estarle causando un perjuicio terrible a otra persona, pero no a mí misma. Un minuto más y podría haberse ahogado. ¿Lo quería, entonces? Yo siempre había confundido el miedo con el amor, ese terreno inestable, esa zona de derrumbe. Mauro era mi responsabilidad, y de a poco se fue convirtiendo también en mi obligación.
Bajo la camiseta, el vientre abultado se movía con cada respiración corta y agitada.
—Respirá bien —dije, y simulé el gesto de tragar mucho aire y sostenerlo en los pulmones. Él me copió, inflando los cachetes al máximo. Después soltó el aire con fuerza y eso le hizo gracia.
—Baboso —dije.
Cuando reía, los ojos le desaparecían en la cara, y por la boca asomaba la lengua teñida de rojo y sus dientes de leche.
—Sí, reíte nomás, sos un baboso.
Levantó el giganotosaurio a medio construir y se lo llevó a la boca.
—Morder no.
Sin mediar un segundo, lo arrojó lejos de él y el reptil del viento del sur se deshizo en rectángulos de colores. Yo me levanté, fingiendo naturalidad, y fui hasta el rincón a recoger las piezas.
—¿Por qué hacés eso, Mauro? Mirá cómo quedó tu dinosaurio, pobrecito.
Le devolví las piezas, y ni bien las recibió, volvió a tirarlas bajo el sillón. Me miraba de costado, tanteando el límite de mi paciencia.
—Está durmido —dijo.
—No lo hagas dormir ahí.
—¿Por qué?
—Porque ahí abajo hay un perro malo y lo puede morder.
Él se agachó con dificultad. Era tan gordo que las articulaciones no se le marcaban, ni en las rodillas ni en los codos. Con el pelo llovido sobre los ojos, miró debajo del sillón hacia las piezas desperdigadas en esa oscuridad llena de pelusas, pero no se animó a meter la mano.
¿Qué suena mejor: caos o trampolín?
Caos.
¿Humano o lucha?
Humano.
¿Falta o falda?
Falda.
¿Sombra o sombrero?
Sombra.
¿Furioso o fugaz?
Todos esperamos que con los pájaros pasara lo mismo que con los peces, que un día empezaran a caer del cielo, como frutos maduros. Todos creímos que un día, sin más, los veríamos estrellarse contra el piso. Pero no. Los pájaros dejaron de verse. Nadie lo advirtió, porque se fueron de a poco, en bandadas, y cuando la primera persona se dio cuenta, los demás le habremos restado importancia. Al contrario que los peces, los pájaros deshabitaron el cielo sin graznidos ni muertes innecesarias. Desalojaron el aire, y un día se sintió el silencio en los parques, en las mañanas, y alguien dijo en la televisión: las aves migraron, y fue como si nos hubieran dado el permiso de notarlo. La gente se enloqueció; salían a los parques con binoculares, llenaban las plazas de migas de pan. Nadie volvió a ver un pájaro, ni siquiera una paloma. Se organizó un panel de expertos en la televisión. El programa se tituló ¿Volverán las aves? y batió récords de rating. Habían invitado a un biólogo oficial, a un funcionario del Estado y a varias figuras públicas, los charlatanes de siempre. El set tenía un dibujo enorme de una gaviota sobre la pared de utilería. Dijeron: migración, avistamiento, rutas de vuelo. Dijeron: GPS, radiotelemetría. Se habló mucho, pero el silencio ya se había apoderado del cielo. Varias veces, después de eso, me parecería ver un gorrión en alguna rama, oír un graznido o un aleteo. Pero no. Los pájaros nos dejaron solos con el viento rojo.
Estoy pensando si el perro que perseguía a Delfa en el sueño tendría algo que ver con el perro rabioso que enterramos vivo. Al menos quince o veinte niños veraneábamos en San Felipe: estaban los seis hijos de Albertito, un amigo de mi madre de toda la vida; Ximena y Maite, las mellizas acróbatas; todos los hijos de los buzos, en los apartamentos de la cooperativa; y Max, a dos casas de la mía. Los buñuelos de algas se vendían en el único restaurante, donde trabajaban las esposas de los buzos, pero si conocías a la madre de José Luis, también podías comprárselos a ella, que te los pasaba por la ventana de la cocina en una canastita de plástico. José Luis era el más chico de los buzos y no tenía hermanos. A veces nos traía los buñuelos envueltos en servilletas de papel que habían quedado transparentes por el aceite y se nos deshacían entre los dedos. Lo otro que más comíamos eran mejillones recién sacados de las rocas, pejerreyes que los hombres iban a pescar a la acantilada con faroles de mantilla y pescado frito. Durante el día teníamos que bombear para llenar el tanque de agua y por la noche prendíamos los faroles, las velas o las linternas. Cada niño estaba obligado a bombear diez veces en cualquier casa que visitara, y también a juntar pinocha para el fuego. Para mí la felicidad era ese estado de bienestar sin horizonte, sin final. Los peligros adquirían formas más visibles, aunque también traicioneras: alacranes, abrojos, aguavivas, olas gigantes.
El día que ocurrió lo del perro estaban Alejandro, el hijo mayor de Albertito, que nos llevaba dos años a Max y a mí, José Luis y las mellizas acróbatas. Habíamos ido de excursión al Elefante, la roca más alta y peligrosa de la punta. En el camino, un perro nos empezó a ladrar. El hijo de Albertito, que siempre llevaba una rama en la mano, lo amenazó y el perro se echó hacia atrás, pero siguió gruñendo y mostrando unos dientes filosos encastrados en sus encías rojas y brillantes.
—Algo estará viendo —dijo Max—. Ellos tienen otros sentidos.
—Vista infrarroja —dijo José Luis.
—No digás pavadas —lo hizo callar el hijo de Albertito—. Es por el olfato que ellos ven.
—Capaz que hay un fantasma —dijo una de las mellizas, no sé si Ximena o Maite, con hebras de miedo en los ojos.
—¿Y si tiene rabia? —pregunté yo.
El caso es que cuando nos adentramos en las rocas, el perro no se había ido. Ya no ladraba, pero nos perseguía un metro más atrás, mirándonos con desconfianza, como si esperara algo, como si supiera. Porque teníamos prohibido subir al Elefante. Un buzo se había caído mientras intentaba escalarla para hacer un clavado desde ahí. Fue una apuesta con los amigos, pero él cayó de espaldas y murió desnucado, ensartado entre las piedras.
—Yo creo que este tiene el alma del muerto adentro —dijo José Luis. Se lo veía pálido y empezaba a dudar de la excursión—. Capaz nos está diciendo algo.
Empezó así, con ese comentario de José Luis, porque cualquiera sabe que el miedo es contagioso y va pasando de uno a otro como las fichas de un dominó cuando se caen. La única manera de detenerlo es hacer algo radical, un corte drástico, pero eso no lo sabíamos aún, al menos no con palabras.
—Está custodiando la roca —dijo Max—. El espíritu no nos va a dejar subir.
A nadie se le ocurrió que el perro iba atraído por el olor a carne cruda que llevábamos en bolsas de nailon para hacer un asado como verdaderos exploradores, sin más implementos que un yesquero y un poco de papel de diario. No recuerdo de quién fue la idea, tal vez no quiera recordar que fue de Max. Mía no fue, pero sí sé que la idea me atrajo de inmediato, como una corriente eléctrica que viajó directo al centro de la excitación y la curiosidad. Juntamos rocas y piedras, las amontonamos junto a la entrada de la cueva, y luego tiramos un pedazo de carne al fondo, silbándole al perro para que entrara. El perro bajó sin dificultad y mientras se entretenía mordisqueando la carne, nosotros nos apuramos a sellar la entrada de la cueva. El agujero no era muy grande, más bien redondo, como un ojo vacío, y cuando terminamos de acomodar las piedras salimos corriendo tan rápido como pudimos. No se oyó nada más. Teníamos tanto miedo que nos dio un ataque de risa, y cuando la risa se fue apagando, quedamos mudos y avergonzados. Ese día no trepamos al Elefante. José Luis se subió a su bicicleta, Max y yo corrimos directo a nuestras casas; no sé qué hicieron los otros, pero nunca volvimos a hablar del perro, ni siquiera con Max. Nunca volvimos a acercarnos a esa cueva.
Lo del perro ocurrió el mismo verano del beso, no sé si antes o después. Estábamos en el porche de mi casa, Max y yo, a la hora de la siesta, cuando teníamos prohibido bajar solos a la playa. Él nunca me hablaba de cosas tristes y eso me intrigaba, porque la tristeza estaba en él como el aire estaba en el aire; por eso, creía yo, ni siquiera se preocupaba por sentirla, igual que el aire no necesitaba respirarse a sí mismo.
—¿Vos nunca llorás? —le dije.
—No me sale.
—¿Cómo no te va a salir llorar?
—A veces me obligo, me pellizco fuerte hasta que me salen lágrimas.
—Sos la persona más rara que conozco —dije.
—Cuando se murió mi abuela tampoco pude llorar.
—¿Y por qué no te pellizcaste?
Él se encogió de hombros. Miraba lejos, hacia la bajada donde se estacionaban los autos de los que venían a pescar. Las chicharras sonaban fuerte. El sol hacía brillar todas las cosas con un halo de espejismo, y los destellos en el vidrio de los autos dejaban manchas verdes en los ojos. Levanté el brazo y se lo mostré a Max.
—Mostrame cómo hacés —dije—. Pellizcame.
—No quiero pellizcarte —dijo él.
—Te lo pido yo. Quiero llorar por esa planta, mirá, que se está muriendo de sed.
Él miró hacia el cantero seco que separaba mi casa del camino de pedregullo. Había una hortensia marchita, con las hojas arrugadas hacia adentro y las flores deslucidas, algunas pocas de un celeste pálido, pero en su mayoría amarillentas, quemadas por el sol.
—Vos podés llorar sola. Igual qué te importa esa planta a vos.
—Pellizcame, te digo. Si sos mi amigo, me pellizcás. ¿Sos o no sos mi amigo?
Le ofrecí la mano y esta vez me la agarró.
—Soy —dijo.
Antes de pellizcarme advirtió que no me iba a soltar hasta que llorara y que lo hacía porque éramos amigos. Es un pacto, dije. Yo tenía la piel renegrida y tirante de tanta sal y en las rodillas se veían dos cicatrices blancas de la vieja caída en bicicleta. ¿Lista?, preguntó. Lista. Max me clavó las uñas y yo solté un ay instantáneo y quise, por puro reflejo, sacar la mano, pero él no me dejó. La sostuvo firme y siguió apretando y mirándome fijo. La cara se me había puesto roja, podía sentir el calor en los cachetes y el canto de las chicharras en los oídos, pero aguanté las lágrimas, dispuesta a resistir hasta el final. Era como jugar al serio, y Delfa me había enseñado que el secreto estaba en pensar en otra cosa. Podías pensar, por ejemplo, en un pingüino. Podías pensar, por ejemplo, en un colibrí. Max me analizó la humedad en los ojos, hasta que lo vi ceder y bajar la mirada.
—Basta —dijo, y me soltó.
La hendidura que habían hecho sus uñas en mi piel latía con fuerza.
—Me soltaste antes de que llorara —dije.
Entonces se inclinó hacia adelante y me dio un beso, los labios firmes y cerrados. Nada más. No volvimos a tocarnos durante cinco años. Yo nunca había besado a alguien y tampoco pude decir nada, porque un segundo después Max estaba revolcándose de risa.
—¡Tu cara! —dijo—. Tendrías que haberla visto.
—¿Qué cara? ¿Qué pasa con mi cara?
Max no podía hablar; la risa lo atoraba, se apretaba el estómago con los antebrazos. Se había echado hacia atrás, de espalda sobre las baldosas calientes del porche.
—Tu cara… Tu cara… —era lo único que alcanzaba a decir.
—¡Tarado! —dije, ya contagiada de risa—. ¡Mirate! Ahora sí estás llorando.
Esa cara, la que él dijo haber visto mientras me clavaba las uñas, se le apareció a Max en sus alucinaciones la primera noche que tomó la planta medicinal. Más de veinticinco años habían pasado entre aquel comienzo, envuelto en el sonido de las chicharras, y el final que ya intuíamos cercano. El chamán, me dijo, sopló dentro de la mano y luego él vio una serpiente que iba perdiendo la piel. La piel se le derretía sobre el lomo, igual que el papel se va arrugando cuando se quema, fino y oscuro. Max pasó dos días en una carpa donde unas piedras calentaban el aire y había que tirarse al piso, con la nariz pegada a la tierra, para no ahogarse. Respirábamos tierra, dijo, y en la tierra había oxígeno. No sé si el efecto de la planta seguía activo cuando volvió a casa. Parecía otro. Tranquilo y a la vez eufórico, pero con una euforia contenida. Me contó que en aquella visión la serpiente abrió la boca y por ahí asomó algo.
—Un feto le salía por la boca —dijo—, y yo sabía que el nacimiento la estaba matando.
Lo que salió de la serpiente fue una mujer que tenía mi cara, aquella cara de la infancia que él había visto, pero que al mismo tiempo era un monstruo.
—Vos sos el envoltorio —dijo—, pero abajo hay otra cosa. Abajo está esa cara. Una niña disfrazada de monstruo.
—¿O un monstruo disfrazado de niña?
—¿Importa? —dijo.
—A mí sí me importa.
—El monstruo y la niña eran la misma cosa.
Al final el castillo de arena se desmorona.
Sí.
Vos lo sabés, siempre lo supiste. Entonces ¿para qué lo construías?
Decime vos.
No para que durara, no para protegerlo de la ola.
Ya sé adónde querés llegar.
El viaje, si no está lleno de paradojas, no es un viaje.
Los días siguieron pasando, entre un apagón y el otro, sin saber nada de mi madre. No me resulta fácil describir el tiempo del encierro, porque si algo caracterizaba el encierro era esa sensación de no tiempo. Existíamos en una espera que tampoco era la espera de nada concreto. Esperábamos. Pero lo que esperábamos era que nada pasara, porque cualquier cambio podía significar algo peor. Mientras todo siguiera quieto, yo podía mantenerme en el no tiempo de la memoria. Mauro me había visto llamar a mi madre tantas veces que ya le parecía un juego, y hasta agarró la costumbre de levantar el teléfono y sostener conversaciones en su idioma inventado. A veces yo marcaba el número de mi madre y dejaba que él se quedara ahí, con el tubo en la oreja, oyendo los timbres que retumbaban al otro lado. Al rato se cansaba y me pasaba el tubo:
—Hola no —decía.
Los apagones empeoraban el encierro, ese tiempo que patinaba sobre sí mismo, ese tiempo poroso. Digo poroso porque los pensamientos se pegaban a él, como las cintas de cassette que Max y yo escuchábamos hacia atrás encerrados en mi cuarto. Porque escuchar una cinta hacia atrás era otra de las cosas que los adultos nos prohibían sin explicación alguna. Queríamos descubrir el mensaje oculto. Otluco ejasnem le rirbucsed somaíreuq. Al final, la cinta se enredaba en los cabezales y terminábamos desarmando el cassette, buscando el misterio también en las entrañas del aparato, en la parte física de las cosas.
Era miércoles o jueves. Era viernes o sábado. Daba igual; los días, la hora, si era invierno o primavera. Lo que importaba era la espesura de la niebla o los hilos rojos de nubes; lo que importaba era el silencio o el estallido de la alarma que anunciaba el viento. Había aprendido a leer las nubes, a temerle a la claridad del día. Ya iba para dos semanas sin saber nada de mi madre. Me echaba en el sillón a hojear uno de sus libros, pero no lograba pasar de las primeras páginas. Buscaba anotaciones en los márgenes, algo que me pudiera dar una pista de ella, las cosas que le interesaban o la herían. ¿Quién era ella cuando no estaba conmigo? ¿En qué consistían sus otros personajes, el de vecina, el de amiga, el de amante?
Más o menos por la época en que Delfa apareció con la peluca, mi madre empezó a salir con hombres. Nunca me presentó a ninguno de manera oficial, pero yo les abría la puerta cuando pasaban a buscarla, o corría de la casa al auto para alcanzarle a mi madre algo que se le hubiera olvidado. Ellos me saludaban sin exagerar la cortesía. Los hombres que le gustaban eran bastante parecidos entre sí, y durante un tiempo llegué a creer que eran el mismo: gris, callado y tosco. Mi madre asociaba la virilidad con la falta de palabras, o al menos con la falta de elocuencia, mientras que ella era una imagen sonora y estridente que nos encandilaba a todos. Una vez la escuché decir que quería darse una oportunidad.
Delfa empezó a quedarse conmigo, las noches que mi madre salía. Comíamos mirando televisión, películas dobladas o el programa Atrévase a soñar. Bajo la luz azul del televisor, yo apoyaba la cabeza en la falda de Delfa y ella me peinaba con los dedos. Debía resistir el encanto, el efecto adormecedor de sus dedos desenredando mi pelo, porque quería estar despierta con ella, no dormirme y abrir los ojos cuando ya se hubiera ido. ¿Con qué te atreverías a soñar vos?, me preguntó Delfa. Por ese entonces mis pensamientos ya giraban en torno a Max, pero no se lo dije a Delfa. Dije que ella y yo podríamos vivir en una casa alta sobre un árbol y no tener que trabajar más. Delfa se rio. Dijo: eso sería lindo. Sin mi madre, dije, para que no me obligue a hacer deberes. Yo también te obligo a hacer deberes, dijo ella. Sí, pero por un rato corto. Delfa me mandaba a mi cuarto cuando aparecía el mensaje de los niños, un ratón en pijama que nos deseaba las buenas noches. A esa hora, yo no tenía sueño y daba vueltas bajo las frazadas, con el reflejo tenue de la luz que llegaba del living, donde Delfa seguía mirando programas sin volumen. Cuando ella pasaba por mi cuarto yo me hacía la dormida, pero aun con los ojos cerrados podía notar su volumen en el marco de la puerta. En algún punto de la noche alcanzaba a oír el tintineo de las llaves de mi madre, y a la mañana siguiente encontraba folletos de teatro sobre la mesa del living, una servilleta con el logo de un restaurante, el souvenir de una fiesta, envoltorios arrugados de bombones brasileros.
Con los años, mi madre dejó de salir por las noches. Para entonces yo era adolescente y ya no me importaba si llegaba tarde o no. No había encontrado lo que buscaba, la oí decirle a una de sus amigas por teléfono, pero nunca entendí si había buscado mal, en rincones inaccesibles, vacíos, o si lo que buscaba simplemente no existía. Nunca más me enteré de que frecuentara a alguien, y con el tiempo el discurso fue mutando. El deseo de toda su vida ya no estaba en esa atención que una serie de desconocidos le había prodigado desde que tenía conciencia, sino en mí, en su rol de madre. De pronto yo me había convertido en el centro de su vida, y nunca supe cómo ni por qué. Sin duda esa decisión no tenía nada que ver conmigo. No creo que mi madre haya sufrido ni una sola vez por amor. Le gustaba sentirse admirada, le gustaban los pequeños gestos, las frivolidades del placer, pero tampoco los necesitaba, y ese fue su mayor descubrimiento.
Mauro se acercó para preguntarme si era su cumpleaños. Desde que lo habíamos festejado, con el gorro de cartón, vivía pendiente de eso.
—No —le dije—, pero podés ponerte tu gorro.
Él lo sacó de encima del televisor y se lo puso. Tenía el elástico vencido, pero igual alcanzaba a sostenerse, tirante bajo la papada.
—¿Es mi cumpleaños?
—Ya te dije que no.
Me pregunto por qué no le mentía. ¿No daba lo mismo si era lunes o martes, si eran las tres o las seis? Podíamos celebrarlo todos los días, cantar el feliz cumpleaños, inventarnos un tiempo nuevo. En cambio, yo me empecinaba con la verdad.
—Luz no —dijo Mauro.
—Ya va a volver.
—¿Ahora?
—Más tarde. Antes de que se haga de noche.
Le dije que jugáramos a encontrar el sol, otro de sus juegos favoritos.
—A ver, Mauro, ¿dónde está el sol?
Él se acercó a la ventana, apoyó sus manos pegajosas sobre el vidrio y analizó el cielo. Buscaba una zona clara, una mancha de mercurio fundido. A veces no era fácil; la bola blanca quedaba oculta tras los árboles de la plaza, o la niebla era tan espesa que el sol no alcanzaba a taladrarla con su único ojo. Otras veces no podía encontrarlo, o lo confundía con la luz de una de las grúas del puerto, mucho más pequeña y brillante, o señalaba algo tenue que se movía a lo lejos, una luz lenta, tal vez un helicóptero del ejército en el segundo o tercer anillo. Entonces se quedaba frente a la ventana y empañaba el vidrio con el aliento para dibujar sobre él con el dedo.
—Allá el sol —dijo Mauro, señalando un hueco blancuzco en el cielo. Parecía que las nubes fueran a escaparse por ahí.
—Muy bien —dije, y aplaudí la hazaña—. Lo encontraste.
Él también aplaudió. Después señaló hacia los árboles del parque:
—Pájaro.
Por un momento yo también me alerté. Miré las copas perennes de los pinos y las ramas semidesnudas de los otros árboles, entre las que asomaba el monumento con la estatua ecuestre, ese caballo oscuro que en otras épocas estuvo cubierto de excrementos de paloma.
—Acá no viven los pájaros, Mauro.
—¿Dónde están?
—Allá, donde vive tu mamá. ¿Vos ves pájaros cuando estás allá?
—No —dijo, y agachó la cabeza, como si acabara de decir la cosa más triste del mundo—, están durmidos.
En eso se oyó un parpadeo eléctrico y la lámpara junto al televisor se encendió.
—¡Luz! —dijo Mauro y pegó un saltito. Dio dos vueltas corriendo en torno al televisor, siempre a punto de patinar con la alfombra y de empujar la lámpara—. ¡Luzluzluz!
El pelo le caía sobre los ojos y lo dejaba corriendo a ciegas. Parecía un mamut lanudo.
—Vení para acá —dije, medio riendo—, vamos a hacer algo con ese pelo.
Estaré cortándole el pelo a Mauro cuando suene el teléfono. Él tendrá una toalla alrededor del cuello, los mechones húmedos y extendidos, la mitad derecha más cortos que la mitad izquierda, donde el pelo cae tieso y oscurecido sobre su hombro.
—Quedate quieto que están llamando —diré.
—Hija.
La urgencia con que mi madre pronuncia esa palabra me alcanzará para saber que nada bueno está pasando.
—Internaron a Valdivia. Tienen el almacén cerrado con cinta amarilla.
Dirá esto y se echará a llorar.
—Mamá, hace dos semanas que te llamo. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no atendías?
Mauro sentirá la tensión con que retiro la mano de su hombro y levantará la cabeza para mirarme. Le haré un gesto con los ojos, diciendo que no pasa nada.
—¡Internaron a Valdivia! —dirá ella entre llanto.
—Tranquilizate un poco, ¿podés?
—¿No ves lo que está pasando?
—Mamá, buscamos otra tienda.
—No es eso.
—¿Ustedes tienen luz? Acá no hace una hora que volvió y ya está titilando de nuevo.
—¿Luz? Lo menos que me importa en este momento es la luz. Vida desgraciada…
Por un rato solo la oiré llorar; pensaré en los camiones patrulleros levantando cuerpos, los mismos cuerpos que una semana antes habrán salvado del suicidio. No es por la tienda que llora mi madre, sino porque se había creído resguardada en su pozo de niebla y ahora la enfermedad también habrá roto ese pequeño cerco de ilusión.
—¿Y la maestra qué dijo?
—Quiere irse. El agrónomo le propuso que se fuera para adentro con él.
—¿Con piano y todo?
—Hija, los de adentro están orquestando esta historia. Se quisieron sacar a Valdivia de encima. Son mafias, ¿entendés? Trafican víveres. Los de adentro se lo sacaron de encima.
Mauro se escurrirá del banco, se quitará la toalla del cuello y jugará con ella como si fuera la capa de un torero. Ole, dirá, entre una vuelta y la otra. Después de varias vueltas le vendrá mareo y se dará contra la pared.
—Despacio, Mauro.
—Quieren controlar el negocio.
—¿De dónde sacaste eso?
—El agrónomo. Él tiene contactos, él sabe.
Cuando vuelva a mirar, Mauro estará en la cocina, sentado en el suelo y revolviendo la basura. Se estará comiendo el cogollo de una lechuga, pero no tendré energía para retarlo, para quitarle más comida de la boca. Voy a pensar: es solo lechuga.
—Buscamos otra tienda hasta que vuelva Valdivia.
—¿Dónde?
—En estos días te llevo provisiones. No pienses más en eso.
—No, no salgas. ¿No viste cómo está el clima? ¿Cuándo va a terminar esto?
El viento rojo que había traído el fenómeno del Príncipe era tan potente que ya empezaba a llegar a las primeras ciudades de adentro. El pánico había provocado motines y evacuaciones. En el noticiero, los drones mostraban caravanas de autos intentando salir por la carretera norte.
—Tranquila…
Pensaré rápido; voy a sentir mi cerebro temblar, analizando posibilidades. Una parte de mí querrá increparla, decirle que la había imaginado muerta, pero mi yo más sensato y resignado va a impedírmelo. Dialogar con mi madre era como acercarse a un animal salvaje; se sentiría acorralada y volvería a atacar.
—Cuando se lleven a Mauro, voy y paso unos días contigo —diré—. No falta tanto para que vengan.
Ella no va a escucharme. Habrá entrado en ese estado de pánico en que solo el monólogo parece un mecanismo viable de defensa.
—¿Qué va a pasar con Valdivia? Hija, ¿qué va a pasar con nosotros?
Por la noche nos quedamos con Mauro hasta tarde mirando televisión. Estaban repitiendo el noticiero del mediodía: imágenes de muchedumbres alborotadas, con tapabocas, con máscaras de filtro. Por primera vez el viento se insinuaba en una ciudad profunda.
—Vendimos todo para venir acá —lloraba una mujer frente a la cámara —. Y ahora esto.
—Nos van a empujar hacia el norte hasta que nos caigamos del país — dijo otro.
La gente hacía cola en los supermercados y en las estaciones de servicio. No quedaba agua, no quedaban pastillas purificadoras; las góndolas de los supermercados desabastecidas, excepto por los vasitos de Carnemás apilados en las gigantescas heladeras. Ahora verían lo que se siente. El olor eternamente impregnado en la nariz, la textura arenosa erosionando la lengua. Carnemás era el producto estrella de la nueva procesadora, y los de adentro lo evitaban siempre que fuera posible. El alimento soñado: veinte gramos de proteína por porción, en un minúsculo vasito de plástico. La nueva fábrica se abría como una gran boca para escupir esa mugre rosa, los vasitos resbalaban por la lengua transportadora y caían, hermosos y bien diseñados, sobre nuestra falda. Todos odiábamos la nueva fábrica, pero dependíamos de ella, y por eso le debíamos agradecimiento. Una buena madre, proveedora. Y ahí estábamos nosotros, atragantados de rabia, como un puñado de adolescentes que odia a sus padres pero les debe la vida. Yo te traje al mundo, decía mi madre, yo te di la vida, e inmediatamente me veía con una gigantesca deuda en las manos, una bolsa invisible de monedas que debería cargar para siempre. Así nacemos: un coágulo de carne, boqueando por un poco de oxígeno; una bola de mugre rosa que, una vez expulsada, ya no tiene más remedio que aglutinarse a ese otro cuerpo, el de la madre, morder con fuerza la teta de la vida. Pero no. Soy injusta. No todos los hijos odian la mano que los protege y les abre heridas en la piel. Los hay que no. Conocí a muchos. Y así supongo que también habría quienes adoraran la procesadora nacional, quienes sintieran orgullo y le perdonaran todo.
Nadie podía saber si el Príncipe sería un fenómeno pasajero. Un panel de expertos discutía en el set. Entre ellos había un escritor famoso, un opinólogo que había alcanzado la fama con un folletín de aventuras; una bióloga marina; la directora del sindicato de trabajadores de la salud; y un barbudo con lentes gruesos al que conocía de la agencia: un tipo tartamudo que había entrado por la época en que yo me estaba yendo y que ahora se sentaba despatarrado como un magnate en el silloncito del set. El problema es la soberbia de las autoridades, dijo alguien. No hicieron el barrido cuando tenían que hacerlo, dijo otro. Mauro se había quedado dormido en mis brazos y su peso sobre mi pierna intensificaba el hormigueo. Por momentos su cuerpo se estremecía con un temblor. ¿Acaso sentiría hambre también mientras soñaba?
—¿Desde cuándo tengo yo que rescatar a cualquier loco que ande suelto?
El barbudo gesticulaba con una mano en el aire, mientras con la otra frotaba el cable del micrófono. La bióloga lo miraba con terror.
—No todos se quedaron por voluntad propia.
El cuerpo de Mauro volvió a temblar. Shhh, dije. Le bajé el volumen al televisor y me quedé mirando la imagen muda y gesticulante del barbudo. Por la convicción con la que hablaba, seguro había hecho carrera como reportero oficial. Tal vez hubiese empezado como yo, redactando artículos de relleno que solo servían para distraer a los lectores de lo que estaba pasando. Cuando me fui, hacía poco que la agencia había ganado el contrato del nuevo ministerio. Redactábamos contenidos para el boletín Bien-Estar, noticias esperanzadoras sobre los avances en el drenaje del río y la remodelación del Clínicas, recomendaciones del protocolo de seguridad, historias de triunfo de los migrantes de adentro. El tipo sería un charlatán, pero al menos tenía determinación. Yo, en cambio, como le dije a mi jefa el día que presenté la renuncia, ni siquiera creía en el oficio. Por supuesto que ella no insistió. Había decenas de barbudos esperando mi puesto, cada uno con su kit de brochas embellecedoras de la realidad. Vos no creés que el mundo merezca ser contado, me dijo ella en su oficina. La conocía desde mis años en la facultad y de algún modo le debía agradecimiento. Tal vez, dije, o tal vez no haya a quién contárselo.
Me escurrí del sofá, cubrí a Mauro con una frazada y lo dejé durmiendo ahí. No quería que se despertara, y me habría resultado imposible cargarlo hasta la cama. Desde la puerta de mi cuarto volví a mirarlo. Parecía bañado por la luz de una lámpara infrarroja, tan intenso era el resplandor del cielo esa noche.
Una nube es una nube, no importa a qué distancia esté del suelo.
Cuando abrí los ojos, por la mañana, tenía la cabeza de Mauro inclinada sobre mí. La noche no había aplacado el cansancio y lo sentí en cuanto hice el primer movimiento: como un centro de gravedad que me hundía en la cama. Tenía la impresión de que podía quebrarme en tantos pedazos que sería imposible reconstruirme, que mis encías sangrantes dejarían de sostener los dientes. Me acuerdo de aquellos chocolates que la gente traía de Bariloche, el chocolate en rama. Eran quebradizos, llenos de aire, y se te deshacían en las manos. Aún faltaban siete días para que vinieran a buscar a Mauro, y en esa recta final, siempre me levantaba con sensación de ahogo. Hacía mis tareas mecánicamente, como una trabajadora en una fábrica de pollos; lo vestía y lo desvestía, le cortaba las uñas, pasaba la esponja por los pliegues de su anatomía adiposa. A veces me imaginaba tomando un ómnibus nocturno, un cochecama que me permitiría cerrar los ojos y despertar en otra tierra. A veces me imaginaba cavando un túnel largo y profundo que me sacaría del país. Pero todas las rutas de escape me devolvían a Max; como esas orejas de las grandes autopistas que te escupen al mismo lugar del que saliste. Pensaba en los ahorros dentro de la caja fuerte. Un día cualquiera volverían de la estancia y encontrarían la casa vacía, sin mí, sin mi fajo de billetes. La madre de Mauro lo depositaría como a un tubérculo frente a la puerta, un pimpollo incapaz de convertirse en flor. Pero yo estaría lejos, del otro lado del país, al otro lado de la noche.
—¿Ya es día? —dijo Mauro, de pie junto a mi cama. Una marca profunda del almohadón le cruzaba la mejilla.
Era de día, pero la claridad no se abría paso, como esas tardes que de pronto se vuelven nocturnas, ensombrecidas por nubes amenazantes. Miré hacia la ventana, todavía embotada por el sueño. Por fin había amanecido con niebla. Eso significaba, al menos, que los vientos estaban tranquilos. Una tregua, por corta que fuera.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Es día.
Prendí la portátil que estaba junto a mi cama. Mi ánimo era una carreta o un arado que debía empujar al levantarme. Siete días podían ser una eternidad, pero no como dice la gente: la vida de siete polillas. Una vez tuve que escribir sobre eso, los diez animales con menos esperanza de vida. De los primeros artículos de relleno que me encargaron en la agencia. Las mariposas podían vivir entre una semana y seis; las abejas apenas cuatro, un poco más que las moscas, y solo un insecto de cuerpo transparente y ojos gordos como lentejas vivía menos de un día: las efímeras, el insecto con el nombre más triste del mundo. No, no se trataba de ese tipo de eternidad, sino como si te obligaran a caminar siete días con los pies llagados sin poder detenerte, las ampollas soltando su líquido tibio, los zapatos horadando siempre la misma herida.
Fui hasta la ventana y Mauro se acomodó en puntas de pie a mi lado. Los dos miramos el paisaje monótono y gris: cúpulas, antenas de televisión, tanques de agua, viejos alambres sin ropa, las grúas inservibles del puerto. Miré esas grúas, iluminadas por focos también inservibles, y recordé haber leído en algún lado sobre un hombre que soñó con un jardín de jirafas.
—Va a llover —dije.
Lo dije así, con toda naturalidad, aunque sabía que era imposible, que cualquier cosa que descargaran esas nubes no sería agua acumulada en el cielo. Hacía mucho que no llovía; seguro que Mauro no recordaba la última vez. Yo tampoco, en realidad. Fue una lluvia sin nada memorable. No rompió paraguas, no desbordó desagües ni alcanzó a formar goteras. Así es con todo. Solo recuerdo que ocurrió un poco antes de que aparecieran los peces.
La última vez que vi a Max fuera del hospital tampoco supe que sería la última. Por la mañana tomé un interdepartamental a Villa del Rosario. Había amanecido con cerrazón y con el frío punzante de los días sin viento. La nueva casa de Max, su casa de soltero, era una construcción a medio terminar, con ese aire maltrecho y caprichoso de la arquitectura aficionada. Se le había ocurrido irse a vivir a la costa, el lugar más peligroso del país, porque allá había conseguido esa casa, entre sus amigos de las plantas medicinales. Al bajarme del bus fui por la calle de atrás, donde quedaba la arboleda, un terreno baldío. Él no me esperaba. Caminé sobre la pinocha húmeda y silenciosa. Desde ahí se podía ver la casa, el parrillero y el patio, con las cuerdas de ropa y los palillos de colores. No tuve que esperar mucho antes de que saliera. A pesar del frío, Max no soportaba el encierro. Lo miré ir y venir cargando troncos. Cada vez que respiraba, una nube de vapor salía del cuerpo caliente. Llevaba un suéter azul de escote en V que, si no era el mismo de siempre, igual estaría agujereado, comido por las polillas y con alguna quemadura de cigarro. Tenía la garganta al descubierto, las manos secas apretando la corteza rugosa de los troncos. Ese desdén por el dolor lo había tenido toda la vida, mucho antes de empezar los primeros ejercicios para domar el cuerpo. Como si no fuera todo lo mismo, le decía yo, apenas la parte visible del iceberg que constituía su persona. Él podía caminar sobre abrojos, soportar sin rascarse la picadura de los mosquitos y quedarse quieto bajo el sol hasta que los hombros se le ponían morados. Después la espalda se le pelaba y yo arrancaba las capas de piel transparentes que dejaban al descubierto otra, más nueva y más roja. Le decía: ¿te das cuenta de que esta piel nunca tocó el aire? Mis dedos, mi propia piel eran lo que tocaba por primera vez.
Max dejó la leña adentro y volvió a sentarse en uno de los bancos frente al parrillero. Fumaba, lánguido como un adolescente envejecido. Si de verdad tenía poderes, debía de saber que yo lo espiaba desde la arboleda; debía de estar actuando para mí. De todos modos, él siempre había actuado para las mujeres. Durante una época, incluso, había querido ser actor. Llegó a hacer audiciones y apareció en una película nacional en la que se lo veía sentado dentro de un auto en una noche lluviosa. Después lo abandonó, como abandonaba todo lo que emprendía. Tenía una manera desdeñosa de referirse a esas viejas pasiones. Una vez lo encontré mirando la película. Era de día, pero él había bajado las persianas del cuarto y el televisor refulgía envuelto en una nube de humo. Se miraba a sí mismo, con la media sonrisa inclinada.
—Mirá —dijo, sin levantar los ojos de su imagen—. Antes quería ser todos, ahora no necesito ser nadie.
Max terminó el cigarrillo y lo aplastó sobre la mesa del fondo. Tiró la colilla al parrillero y se quedó con la mirada perdida, mientras la niebla se condensaba en algunas gotas que el suelo absorbía sin ruido. Solté los coquitos de eucalipto que había ido juntando en una mano y los dejé caer sobre la pinocha húmeda. El guante me olía a menta. ¿Cómo es la paradoja de que para rendirse primero hay que soltar, pero que no es al soltar que uno se rinde? Max pudo soltar hasta la compasión por sí mismo; yo me sentía una especie de pulpo prehistórico, aferrada a todo lo que alguna vez había tenido. ¿Por qué era más difícil soltar a Max que a esos coquitos de eucalipto? En los bosques de Suiza existía una garrapata que producía una encefalitis fulminante. La esperanza de vida de los inuits era quince años menor que la del resto de los habitantes de Canadá. La luz y el oxígeno oxidaban la carne, por lo que debían curarla con nitrito de sodio. Todo eso yo lo sabía por mi trabajo en la agencia, donde día tras día mi cabeza se llenaba de datos inútiles.
De pronto me ganó el desánimo. No sé qué había esperado que sucediera, qué alquimia misteriosa, pero ya no sabía para qué había ido hasta la casa de Max, qué estaba haciendo escondida detrás de un árbol. Fue en ese momento que tomé la decisión de renunciar a la agencia y de aceptar la oferta de los padres de Mauro. Al principio me pidieron que me fuera para adentro con ellos, que me pondrían una casita en el Once de Octubre, un pueblo nuevo a treinta kilómetros de la estancia, pero yo me negué, era demasiado lo que me retenía en la ciudad. Esta es mi casa, dije, acá hay espacio para los dos. A los pocos días trajeron a Mauro. La madre me lo entregó junto con varias cajas de comida que llenaron la alacena. Ellos tenían sus valijas hechas y ya cargadas en la cuatro por cuatro que esperaba en el garaje. ¿Fue antes o después de la última lluvia? El edificio aún conservaba más de la mitad de los inquilinos; el ascensor aún subía y bajaba con su soplido de hipopótamo. Los que se iban, a los ojos de los que nos quedábamos, habían sucumbido al pánico de la televisión. Me acuerdo de que sentí alivio cuando se despidieron y quedé sola con Mauro, como si Mauro fuera un portal hacia un mundo mejor. Todo el tiempo me repetía lo mismo: que nada me ataba a él y que, pronto, nada me ataría tampoco a Max, que en pocos meses juntaría la plata y me iría a vivir al Brasil.