Mutacion

Robin Cook · Capítulo 1 de 13

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Mutacion

Prólogo

–¡Ay, Dios mío! – exclamó Mary Millman, agarrando las sábanas con las manos. El dolor se extendía desde el bajo vientre hacia el pubis y la base de la columna como una lanza de acero fundido -. ¡Deme algo para calmar el dolor! ¡Por favor, no aguanto más! – Soltó un alarido.

–Todo marcha muy bien, Mary – dijo el doctor Stedman serenamente -. Respira hondo. – Se puso los guantes de cirujano y ajustó los dedos.

–¡No aguanto más! – gritó Mary. Torció el cuerpo para acomodarse mejor, pero no sintió alivio. El dolor se intensificaba.

Contuvo el aliento, y sus músculos reaccionaron con una fuerte contracción.

–¡Mary! – El doctor Stedman le cogió el brazo con firmeza -: Mary, no hagas fuerza. No sirve de nada mientras no se dilate el cuello. ¡Y

además podrías hacerle daño al bebé!

Mary abrió los ojos y trató de relajarse. La simple respiración le producía más dolor.

–No puedo evitarlo – gimió entre lágrimas -. ¡Ayúdeme, por favor!

¡No aguanto más!

Mary Millman, una mujer de veintidós años, era secretaria en una gran tienda de Detroit. Cuando leyó el anuncio en el que se pedía una madre de alquiler, le pareció un regalo caído del cielo: con el dinero podría cancelar las deudas que habían quedado después de la larga enfermedad de su madre. Pero nunca había sufrido un embarazo ni visto un parto, salvo en el cine; no tenía la menor idea de lo que entrañaba. En ese momento no se le ocurría pensar en los treinta mil dólares que recibiría después de que todo terminara, aunque era una cantidad mucho mayor que la vigente en el “mercado” de madres de alquiler de Michigan, el único

Estado que admitía la adopción prenatal. Creía que iba a morir. El dolor fue creciendo hasta alcanzar un determinado nivel.

Mary aprovechó el momento para respirar.

–Quiero una inyección para el dolor – dijo. Sentía la boca reseca.

–Ya te hemos dado dos – replicó el doctor Stedman. Se quitó los guantes que había contaminado al coger el brazo de la muchacha y se

puso un nuevo par esterilizado.

–No me han hecho efecto – gimió Mary.

–En el momento de la contracción, no. Pero hace unos instantes estabas dormida.

–¿De verdad? – Mary buscó la ratificación de los ojos de Marsha Frank, la madre adoptiva, que le humedecía la frente con un pañuelo mojado en agua fresca. Marsha asintió con una sonrisa cálida y comprensiva. Mary la quería, le gustaba tenerla a su lado durante el parto. Esa había sido una de las condiciones impuestas por los Frank, aunque a Mary no le gustaba el futuro padre, con su actitud hosca y autoritaria.

–Recuerda que lo que te inyectan a ti, también se lo dan al bebé –

decía Frank en ese momento -. No vamos a poner en peligro su vida sólo para aliviar tu dolor.

El doctor Stedman le echó una ojeada. La presencia de aquel tipo lo ponía nervioso. Era el peor futuro papá que jamás había admitido en la sala de partos. Lo más extraño era que Frank también era médico y se había especializado en obstetricia antes de dedicarse a la investigación.

Si tenía alguna experiencia, no la demostraba en la sala de partos.

Mary soltó un suspiro, y el doctor Stedman volvió a concentrarse en la paciente.

La mueca de dolor se borraba de su cara. Evidentemente, la contracción había pasado.

–Muy bien – dijo el médico, y le indicó a la enfermera que quitara la sábana que cubría las piernas de Mary -: Veamos cómo marcha esto.

– Se inclinó y alzó las piernas de Mary hasta la posición ginecológica.

–¿Qué le parece si le aplicamos ultrasonido? – sugirió Víctor -. Esto no va muy rápido que digamos.

El doctor Stedman se enderezó.

–¡Doctor Frank! Si me permite… – dejó la frase inconclusa, pensando que su tono de fastidio lo decía todo.

Víctor Frank levantó los ojos y en ese momento Stedman advirtió que estaba aterrado. Su rostro estaba lívido y le caían gotas de sudor de la frente. Tal vez el empleo de una madre de alquiler producía una tensión insoportable, aunque el futuro padre fuera médico.

Mary soltó una exclamación y un chorro de líquido fluyó sobre la cama. El doctor Stedman se olvidó de Frank y se volvió hacia ella.

–Bueno, has roto la bolsa – dijo -. Es normal, ya te lo dije antes. A ver cómo viene el bebé.

Mary cerró los ojos al sentir los dedos hurgando en su cuerpo.

Tendida sobre sábanas empapadas con sus propios fluidos, se sentía humillada, vulnerable. Se había autoconvencido que no lo hacia sólo para ganar dinero, sino también para dar felicidad a una pareja que no podía tener un segundo hijo. Marsha se había mostrado muy dulce y persuasiva. Ahora se preguntaba si había hecho lo correcto. Pero en ese momento la nueva contracción le dejó la mente en blanco.

–¡Bien, muy bien! – exclamó el doctor Stedman -. Lo haces muy, pero que muy bien, Mary. – Se quitó los guantes y los dejó a un lado -.

La cabeza del bebé ya ha bajado y tu cuello casi está en la máxima dilatación. ¡Perfecto! – Se volvió hacia la enfermera -: Bueno, vamos a la sala.

–¿No me dan algo para el dolor? – preguntó Mary.

–En la sala de partos – dijo el doctor Stedman. El momento de máxima tensión había pasado. Pero una mano le cogió del brazo.

–¿No tiene demasiado grande la cabeza? – preguntó Víctor, atrayéndolo con brusquedad.

El doctor Stedman advirtió el temblor de la mano que le agarraba el brazo y la apartó con suavidad.

–He dicho que la cabeza ya ha bajado. Eso significa que está alojada en el canal pelviano. ¡No lo habrá olvidado en tan poco tiempo!

–¿Está seguro de que ha bajado?

La ira estuvo a punto de hacerle estallar, pero se contuvo al advertir la ansiedad de Víctor.

–Sí, no hay duda de que ha bajado. – Y añadió -: Está muy nervioso. Seria mejor que esperara fuera.

–¡No puedo! – exclamó Víctor -. Tengo que seguir hasta el final.

Los médicos se miraron cara a cara. El doctor Stedman había advertido desde el comienzo algo extraño en la actitud del futuro padre.

Al principio había atribuido la tensión al hecho de recurrir a una madre de alquiler, pero había algo más. El doctor Frank no era el típico padre ansioso.

–“Tengo que seguir hasta el final.” Qué extraño escuchar esas palabras en boca de un futuro padre, a pesar de la situación. Parecía como si se tratara de una misión en lugar de una experiencia feliz –

aunque traumática – para los seres humanos.

Marsha era consciente de la extraña actitud de su esposo. Pero al seguir la camilla de Mary hacia la sala de partos estaba tan concentrada en el alumbramiento que no pensó en ello. Deseaba de todo corazón haber sido ella la mujer tendida en esa camilla.

Hubiera soportado el dolor, aunque el parto de su hijo David, cinco años antes, le había provocado una hemorragia tan violenta que el médico había practicado una histerectomía para salvarle la vida.

Anhelaban tanto tener un segundo hijo que estudiaron diversas posibilidades, hasta que finalmente optaron por la de la madre de alquiler. Marsha se sentía feliz, sobre todo porque el niño era legalmente suyo incluso antes del parto, pero de todos modos hubiera deseado llevar al bebé en su seno. Se preguntó cómo era posible que Mary aceptara que se lo quitaran. Justamente por eso estaba satisfecha con las leyes de Michigan.

Las enfermeras trasladaron a Mary a la mesa de parto.

–Todo marcha bien – dijo Marsha -. Falta muy poco.

–La quiero de costado – dijo a la enfermera el anestesista doctor Whitehead. Cogió el brazo de Mary -: Voy a hacerle un bloqueo epidural, como le dije hoy.

–Me parece que no conviene hacerle un epidural – dijo Víctor, que se había acercado a la camilla -. Sobre todo si piensa hacerlo por vía caudal.

–¡Doctor Frank! – dijo Stedman con tono severo -. Le doy a elegir: deje de entrometerse o salga de la sala de partos. Escoja.

El doctor Stedman estaba harto de lidiar con Frank. Se había sometido a sus exigencias, que incluían una batería completa de análisis prenatales, desde la amniocentesis hasta una biopsia de la microvellosidad coriónica. Durante las tres primeras semanas del embarazo le había administrado un antibiótico llamado cefaloclor.

Consideraba que nada de esto era necesario, pero lo había aceptado ante la insistencia del doctor Frank y en vista de las peculiaridades de la situación. Además, Mary no se oponía; ya que era parte de su

acuerdo con el Frank. Pero el parto era otra cosa: el doctor Stedman no iba a alterar sus métodos de trabajo sólo para complacer a un colega neurótico. Se preguntó qué clase de medicina habría estudiado Frank.

Seguramente conocía las técnicas quirúrgicas usuales. Sin embargo, a cada paso ponía sus objeciones.

Víctor y el doctor Stedman se miraron a los ojos, furiosos los dos mientras crecía la tensión. El doctor Frank había crispado los puños y por un instante Stedman pensó que le iba a golpear.

Pero Víctor optó por alejarse a un rincón para seguir el proceso desde allí.

El corazón le latía con violencia y sentía el estómago revuelto.

“Por favor, que sea un bebé normal”, rogó para sus adentros. Miró a su esposa con los ojos llenos de lágrimas. ¡Quería tanto ese bebé!

Nuevamente empezó a temblar. “Hice mal – se dijo -. Pero, por el amor de Dios, que sea un bebé normal.” Miró el reloj de pared.

El segundero tardaba una eternidad en barrer el círculo completo.

Se preguntó si seria capaz de soportar la tensión hasta el final.

Las hábiles manos del doctor Whitehead colocaron en pocos segundos el analgésico caudal. Marsha cogió a Mary de la mano y sonrió para darle ánimos mientras se disipaba el dolor. Mary sintió entonces que la despertaban, porque había llegado el momento de empujar. La segunda etapa del parto fue r pida y sin tropiezos, y a las 18.04 nacía un lozano bebé: Víctor Frank, hijo.

En el momento del alumbramiento, Víctor contenía el aliento y trataba de no perderse detalle desde la posición que ocupaba, detrás del doctor Stedman. Estudió rápidamente al niño mientras el doctor Stedman cortaba el cordón umbilical. Luego entregó el recién nacido al pediatra, quien lo llevó a una incubadora con temperatura regulada por termostato. Víctor lo siguió, observando cuando lo examinaba.

Experimentó una sensación de alivio. El bebé parecía normal.

–Apgar diez – dijo el médico. Era la máxima calificación para un recién nacido.

–Perfecto – dijo Stedman, ocupado con el postalumbramiento.

–Pero no llora – objetó Víctor, con una sombra de duda en medio de la euforia.

El pediatra palmeó suavemente las plantas de los pies del bebé y le frotó la espalda, pero no lloró.

–Respira bien – dijo.

Cogió la jeringa succionadora para limpiarle la nariz, y casi se cayó de espaldas cuando el bebé levantó la mano, le arrancó la jeringa y la arrojó al suelo.

–Bueno, no cabe duda – dijo con una sonrisa -. No tiene ganas de llorar.

–¿Me permite? – preguntó Víctor.

–Pero que no coja frío.

Víctor se inclinó sobre la incubadora y alzó al bebé rodeándole el torso con las manos. Era hermoso, con cabello rubio y mejillas regordetas y rosadas que le daban un aire de querubín. Pero lo más destacado eran los ojos, azules y brillantes. Al contemplarlos Víctor advirtió, atónito, que el bebé lo miraba.

Qué hermoso, ¿no? – dijo Marsha, mirando sobre su hombro.

–Si, es hermoso – asintió Víctor -. ¿Pero de dónde le viene el pelo rubio? Los dos tenemos pelo castaño.

–Yo fui rubia hasta los cinco años – dijo Marsha, y rozó la piel rosada del bebé con un dedo.

Víctor miró a su esposa, que estaba embelesada con el bebé.

Su cabello era castaño oscuro con algunos mechones grises. Tenía unos ojos de color azul gris ceo y unos rasgos muy marcados, a diferencia de la cara regordeta del niño.

–¡Y qué ojos! – dijo Marsha.

Víctor miró nuevamente al bebé.

–Son increíbles, ¿no? Hace un momento tuve la impresión de que me estaba mirando.

–Parecen zafiros – dijo Marsha.

Víctor giró el cuerpo del bebé para que mirara a Marsha. ¡Pero los ojos del niño siguieron clavados en los suyos! Eran de un profundo azul turquesa, fríos y brillantes como el hielo. Sintió una punzada de miedo.

Víctor Frank giró el volante de su “Oldsmobile Cutlass” para coger el camino de gravilla que conducía a su casa, una vieja granja restaurada, de paredes de madera. Los Frank estaban eufóricos.

Muchos planes, mucha angustia en los viajes a Detroit hasta hallar la madre adecuada, mucha tensión durante el proceso de fertilización in vitro, y finalmente el premio anhelado. Tenían un hijo. Mientras lo acunaba en sus brazos, Marsha agradeció en silencio la bondad de Dios.

Cuando el vehículo cogió la última curva, Marsha alzó al niño y le apartó la manta del rostro para que viera su hogar. Como si comprendiera, Víctor hijo parpadeó al contemplar la casa, bonita aunque modesta, por la ventanilla del coche. Se volvió hacia Víctor sonrió.

–Parece que te gusta, ¿no, campeón? – rió el padre -. Aunque sólo tiene tres días, no me sorprendería que fuera capaz de hablar.

–¿Qué te gustaría que dijera? – preguntó Marsha al acomodar a VJ

sobre su regazo. Le habían puesto ese sobrenombre para diferenciarlo de Víctor padre.

–No sé – dijo éste mientras detenía el coche frente a la puerta -. Tal vez que le gustaría ser médico, como su viejo.

–¡Por Dios! – exclamó Marsha al abrir la puerta del coche.

Víctor corrió a ayudarla. Era un hermoso día de octubre, muy soleado y claro. Los árboles detrás de la casa mostraban sus mejores galas otoñales: las hojas escarlatas del arce, las anaranjadas del roble, las amarillas del abedul. En ese momento se abrió la puerta y Janice Fay, la niñera, salió corriendo.

–Déjeme verlo dijo mientras se precipitaba hacia Marsha.

Se llevó la mano a la boca, asombrada.

–¿Le gusta? – preguntó Víctor.

–¡Ay, es un ángel! – exclamó Janice -. ¡Qué hermoso! ¡Y esos ojos azules! – Extendió los brazos -. Déjeme tenerlo un poco.

–Cogió al niño y lo acunó suavemente -. Qué extraño que sea rubio,

¿verdad?

–A nosotros también nos sorprendió – dijo Marsha -. Pero le viene de mi familia.

–Claro que si – observó Víctor -. Entre los hunos de Atila había infinidad de rubios.

–¿Dónde está David? – preguntó Marsha.

–En casa – dijo Janice, sin quitar los ojos de VJ.

–¡David! – llamó Marsha.

El niño apareció en la puerta, cargado con un osito de peluche que había abandonado tiempo atrás. Tenía cinco años y era menudo, con el cabello oscuro y ensortijado.

–Ven a conocer a tu hermanito.

David se acercó a regañadientes al grupo, que sólo tenía ojos para el bebe.

Janice se inclinó para mostrárselo. David se lo quedó mirando y arrugó la nariz.

–Huele feo.

Víctor se echó a reír. Marsha lo besó y le dijo que cuando VJ tuera más grande tendría un bonito olor como él. Cogió a VJ en sus brazos y fue hacia la casa. Janice suspiró con placer. Era un día feliz. Le gustaba cuidar bebés recién nacidos. Sintió que David le cogía la mano. Bajó la vista. El niño la miraba

–No me gusta mi hermanito – dijo -. Devolvedlo.

–Vamos, no seas así – dijo Janice, abrazándolo -. El es un bebé, y tú un chico grande.

Entraron en la casa cogidos de la mano, justamente cuando Marsha y Víctor entraban en el flamante cuarto del bebé en la planta alta. Fueron a la cocina, donde Janice estaba preparando la cena. David se sentó en una silla y puso el osito en otra, frente a él.

–A quién quieres más, ¿a mí o al bebé?

Janice dejó las legumbres que estaba lavando, cogió a David en sus brazos y apoyó la frente contra la suya

–Yo te quiero más que a nadie en el mundo – dijo, y lo abrazó con fuerza. David le devolvió el abrazo.

No sabían que les quedaban pocos años de vida.

19 de marzo de 1989

Domingo al atardecer

Las largas sombras de los arces despojados de sus hojas que bordeaban la entrada, se extendían sobre el patio empedrado de guijarros que separaba la gran mansión de estilo colonial del granero.

Al atardecer se había levantado el viento, y las sombras se agitaban suavemente como telarañas gigantescas. Aunque según el calendario

faltaban pocos días para la primavera, el invierno reinaba todavía en North Andover, Massachusetts.

Frente al fregadero de la gran cocina campestre, Marsha contemplaba el jardín a la luz del crepúsculo. La distrajo un destello en el camino de entrada: era VJ, que volvía a casa en bicicleta.

Por un instante sintió un nudo en la garganta. Desde la muerte de David, cinco años atrás, la inquietaba cualquier pequeña tardanza del niño en volver a casa. Jamás olvidaría aquel día horroroso cuando el médico le dijo que la ictericia de David se debía a un cáncer. Su rostro amarillo y demacrado quedó grabado en su corazón. Recordaba cómo se había aferrado a ella con el resto de sus fuerzas antes de morir. En ese momento había tenido la certeza de que trataba de decirle algo, pero sólo se escuchaban sus jadeos mientras se desesperaba por aferrarse a la vida.

Las cosas cambiaron desde entonces, e incluso empeoraron un año después. La obsesión de Marsha por la seguridad de VJ se debía en parte a la muerte de David, pero también a las terribles circunstancias de la muerte de Janice un año más tarde. Los dos habían contraído un tipo sumamente raro de cáncer hepático, y aunque los especialistas excluían la posibilidad de un contagio.

Marsha no conseguía librarse del miedo al no hay dos sin tres.

La muerte de Janice era aún más memorable por lo que tuvo de horrenda

Era otoño, poco después del cumpleaños de VJ. Los árboles empezaban a perder las hojas y hacia frió. Antes de su enfermedad Janice había comenzado a tener una conducta extraña. Se negaba a comer alimentos que no preparara ella misma y que no procedieran de envases cerrados. Había abrazado con verdadero fanatismo una secta cristiana particularmente virulenta. Marsha y Víctor sólo la aceptaban en casa porque después de tantos años de trabajar para ellos era prácticamente un miembro de la familia.

Durante los meses finales y críticos de la vida de David, su ayuda había sido providencial. Pero poco después de la muerte del niño, Janice empezó a llevar su Biblia a todas partes, apretada contra su pecho como un escudo para defenderse de males horribles. Sólo se desprendía de ella, y de mala gana, cuando realizaba sus tareas.

Además se había vuelto hosca y malhumorada, y durante la noche cerraba la puerta de su cuarto con llave.

Lo peor de todo fue su actitud hacia VJ. Un día decidió que nada tendría que ver con el niño, que entonces tenia cinco años.

Aunque era una criatura muy independiente, en ocasiones se requería la colaboración de Janice, pero ella se negaba a prestarla.

Evitaba cruzarse con él, y cuando le preguntaban por qué, desvariaba hablando de la presencia del demonio en la casa y de otras sandeces religiosas.

La enfermedad de Janice llevó a Marsha al borde de la desesperación.

Fue Víctor quien advirtió el tinte amarillo de sus pupilas y le comunicó el hecho a Marsha, quien recordó, aterrada, el color de los ojos de David. Víctor la sometió a exámenes médicos en Boston. A pesar del color de sus ojos, el diagnóstico los traumatizó profundamente: padecía un cáncer hepático, del mismo tipo virulento que había provocado la muerte de David.

Esta doble incidencia de un tipo raro de cáncer en el mismo hogar en menos de un año los llevó a encargar una minuciosa investigación epidemiológica. Pero los resultados fueron negativos.

No existían factores ambientales. Los ordenadores determinaron que los dos hechos eran producto del azar.

El cáncer de hígado explicaba en cierta medida la extraña conducta de Janice, pues según los médicos probablemente había hecho metástasis al cerebro. Después del diagnóstico, el curso de la enfermedad fue fulminante e inexorable. Perdió peso a pesar de la terapia y en menos de dos semanas quedó reducida a piel y huesos.

Pero el suceso más traumático se produjo el día antes de su partida hacia el hospital, donde habría de morir.

Víctor acababa de llegar y estaba en el cuarto de baño contiguo a la sala de estar. Marsha preparaba la cena en la cocina cuando se oyó un grito aterrador que retumbó por toda la casa.

Víctor salió del cuarto de baño.

–¿Quién ha lanzado ese grito?

–Ha salido del cuarto de Janice – dijo Marsha, muy pálida.

Intercambiaron una mirada sombría y se precipitaron al garaje para subir las escaleras hasta el cuarto de la joven. Antes de llegar, escucharon un segundo alarido, salvaje y aterrador, que hizo temblar las ventanas.

Víctor llegó primero, seguido por Marsha.

Incorporada sobre su cama, Janice aferraba su Biblia contra el pecho. Tenía un aspecto lamentable. Parecía un demonio con el cabello quebradizo y erizado, la cara demacrada, la piel amarilla estirada sobre los huesos y la mirada alucinada de sus ojos, amarillos como luces de neón.

Marsha quedó paralizada a la vista de la mujer transformada en arpía. Pero siguió su mirada: en la puerta trasera del cuarto estaba VJ, que miraba a Janice serenamente y sin parpadear.

Marsha comprendió: el niño había subido por la escalera de atrás y al parecer había asustado a Janice, quien presa de su psicosis producida por la enfermedad había soltado aquel terrible alarido.

–¡Es el demonio! – gruñó Janice entre dientes -. ¡Es un asesino!

¡Sáquenlo de aquí!

–Trata de calmar a Janice – exclamó Marsha. Se precipitó hacia VJ, lo levantó en brazos y se lo llevó a la sala de estar, cerrando la puerta con el pie. Luego lo estrechó contra su pecho, pensando que era una estupidez permitir que aquella mujer trastornada permaneciera en la casa.

Finalmente lo soltó. VJ la apartó y se la quedó mirando con sus ojos cristalinos.

–Janice no hablaba en serio – dijo Marsha. Rogaba para sus adentros que el horrible incidente no dejara huellas en el niño.

–Ya lo sé – dijo VJ con una madurez asombrosa para sus años -.

Está muy enferma. No sabe lo que dice.

Desde entonces, Marsha no pudo volver a disfrutar de la vida como antes. Temía que Dios volviera a castigarla y pensaba que no podría soportar la pérdida de VJ.

Como psiquiatra infantil, sabía que no cabía esperar que el niño evolucionara como ella quisiera, pero a menudo deseaba que VJ fuera más afectuoso. Desde muy pequeño había mostrado un grado de independencia impropio de su edad. De vez en cuando permitía que lo

abrazaran, pero a veces ella anhelaba que se sentara sobre su regazo y se apretara contra su pecho como solía hacer David.

Mientras lo veía bajar de la bicicleta, se preguntó si siempre estaba tan absorto como parecía. Agitó el brazo para llamar su atención, pero él dejó caer las alforjas de la bicicleta sin alzar la vista. Abrió el portón del garaje y guardó la bicicleta. Después salió con las alforjas y se dirigió hacia la casa. Marsha agitó el brazo de nuevo, pero él no respondió, aunque se dirigía directamente hacia ella. Mantenía la cabeza gacha, caminando contra el viento frío que siempre soplaba en el patio.

Iba a golpear la ventana para llamar su atención, pero se contuvo.

Últimamente la asaltaba la premonición horrible de que algo marchaba mal. Dios era testigo de que lo quería tanto como si hubiera salido de su propio vientre, pero su frialdad e indiferencia le daban miedo.

Genéticamente era su hijo, pero no manifestaba la naturaleza cariñosa y alegre que ella recordaba de su propia infancia. Por las noches, antes de dormir, la asaltaba la idea de que tal vez el hecho de haber sido concebido en una probeta había congelado sus sentimientos. Sabía que era ridículo, pero la idea la obsesionaba.

Sacudió la cabeza y dijo

–Ha llegado VJ.

Víctor, que leía frente a la chimenea en la sala de estar, lanzó un gruñido, pero no alzó la vista.

La puerta trasera se cerró con fuerza y poco después se oyeron ruidos en la entrada, donde el niño se quitaba las botas y el abrigo.

Poco después apareció en la puerta de la cocina. Era un muchacho apuesto, de un metro cincuenta, un poco alto para sus diez años. Su pelo dorado no se había oscurecido como el de Marsha, y aún conservaba sus rasgos de querubín. Su rasgo más notable seguía siendo unos helados ojos azules, de mirada intensa, que hablaban de una inteligencia superdotada.

–A ver, jovencito – dijo Marsha con fingida irritación -. ¿Cuántas veces tengo que decirte que debes volver a casa antes de que se haga de noche?

–Pero si todavía es de día… – dijo VJ con su clara voz de soprano.

Entonces advirtió que su madre bromeaba -. He estado en casa de

Richie – añadió dejando las alforjas y acercándose al fregadero.

–¡Qué bien! – dijo Marsha, evidentemente satisfecha -. ¿Por qué no has llamado por teléfono? Hubieras podido quedarte hasta más tarde y yo te hubiera ido a buscar.

–Tenia ganas de volver a casa – dijo VJ. Cogió una de las zanahorias que Marsha acababa de pelar y le dio unos mordiscos.

Marsha lo estrechó entre sus brazos y sintió la fuerza de aquel cuerpo delgado y juvenil.

–Ahora que no tienes clases, pensé que querrías estar con Richie y divertirte un poco.

–¡Bah! – dijo VJ, desembarazándose de su madre.

–¿Otra vez está s haciendo regañar a tu madre? – preguntó Víctor en tono burlón. Apareció en la puerta de la sala con una revista científica abierta en la mano y las gafas de lectura en la punta de la nariz.

–¿Qué harás esta semana? – preguntó Marsha, pasando por alto la interrupción -. ¿Tienes planes con Richie?

–Yo. Voy a pasar la semana con papá en el laboratorio. Bueno si papá está de acuerdo – dijo, y miró a Víctor.

–Por mí no hay problema – dijo Víctor, encogiéndose de hombros.

–¿Se puede saber por qué te gusta tanto ir al laboratorio? –

preguntó Marsha. Pero era una pregunta retórica, a la que no habría respuesta. VJ iba al laboratorio con su padre desde muy pequeño. El servicio de guardería de “Chimera” era excelente pero además le encantaba jugar en el laboratorio. Se había convertido en un h bito, sobre todo después de la muerte de Janice Fay

–¿Por qué no llamas a unos cuantos chicos del colegio y te vas con ellos y Richie a jugar?

–Déjalo en paz – dijo Víctor -. Si VJ quiere venir conmigo, me parece perfecto.

–Está bien, está bien – capituló Marsha, derrotada por el frente del padre y el hijo -. Cenamos a las ocho – añadió, y dio al niño una palmada en las nalgas.

VJ cogió las alforjas que había dejado sobre la silla junto al teléfono y se dirigió a la escalera trasera. Los viejos peldaños de madera crujían

bajo sus treinta kilos de peso. VJ fue directamente al estudio de la planta alta, un cuarto acogedor revestido de caoba Se sentó ante el ordenador de su padre y lo encendió. Aguzó el oído para asegurarse de que sus padres seguían conversando en la cocina y luego efectuó una serie de pasos complejos para llamar un archivo al que había denominado STATUS. La pantalla se llenó de datos. VJ

abrió las alforjas, contempló su contenido y efectuó una serie de cálculos. Luego incorporó una serie de cifras en el ordenador. Toda la operación le llevó pocos minutos.

Después de efectuar las entradas, VJ volvió al menú principal e hizo subir el Pac-Man. Sonrió cuando la bola amarilla empezó a recorrer el laberinto devorando sus presas.

Marsha se escurrió el agua de las manos y las secó con la toalla colgada de la puerta del frigorífico. Su preocupación por VJ

aumentaba a su pesar. No es que existiera ningún problema concreto.

Sus maestras jamás tenían quejas. A pesar de que no acertaba a definir el problema, crecía en ella la convicción de que algo marchaba mal.

Cogió a Kissa, la gata negra que se frotaba parsimoniosa contra sus piernas, y fue a la sala de estar. Tendido en el sofá. Víctor leía revistas científicas, como tenía por costumbre antes de acostarse.

–¿Podemos hablar? – preguntó Marsha.

Víctor la miró por encima de las gafas. Era un hombre de cuarenta y tres años, menudo y esbelto, de pelo oscuro y revuelto, y rostro inteligente. Había sido buen jugador de squash en la Universidad y todavía lo practicaba tres veces a la semana. Chimera, poseía terrenos de juego propios gracias a Víctor.

–Me preocupa VJ – dijo Marsha. Se sentó en el sillón junto al sofá sin dejar de acariciar a Kissa, que se acomodó en su regazo.

–¿Qué sucede? – dijo Víctor, sorprendido -. ¿Algún problema?

–Ninguno en concreto – dijo Marsha -. Es como una suma de pequeñas cosas. Por ejemplo, tiene-muy pocos amigos. Hace unos minutos, cuando me dijo que había estado con ese chico, Richie, me sentí tan contenta como si se tratara de una hazaña. Y ahora dice que no quiere pasar más tiempo con él durante la semana de vacaciones. Un chico de su edad tiene que tener amigos. Es un aspecto importante de su desarrollo.

Víctor la miró con fastidio. Le molestaban las discusiones psicológicas, aunque ella era psiquiatra. No tenía paciencia. Además, el tema del desarrollo de VJ parecía suscitar en él ciertas ansiedades que aparentemente se esforzaba por evadir. Lanzó un suspiro, pero no respondió.

–¿No te preocupa? – insistió Marsha ante el silencio de Víctor.

Acarició la gata, que parecía soportar las caricias con resignación.

Víctor meneó la cabeza.

–La verdad es que no. VJ me parece uno de los chicos mejor adaptados que conozco. ¿Qué vamos a cenar?

–¡Víctor! – exclamó Marsha -. Es importante.

–Bueno, está bien – replicó él, y cerró la revista.

–Se lleva muy bien con los adultos – prosiguió Marsha -, pero nunca está con otros chicos de su edad.

–En la escuela, si.

–Es cierto pero ése es un ambiente estructurado.

–Bueno té diré lo que pienso – dijo Víctor. Sabía que iba a herirla, pero la ansiedad que VJ suscitaba en él, una ansiedad muy distinta a la de su esposa, le impedía discutir el tema -.

Marsha, hizo un esfuerzo para contener las lágrimas y seguir la discusión.

Cuando compramos a Kissa, le dijimos que la gata era suya, pero es extraño que VJ nunca hable de ella. Cuando se lo dijimos, reaccionó como alguien que está perturbado, eres tú. Llevas cinco años llorándolo.

–Sólo quería que supieras lo que pienso – dijo, y se fue la cocina.

19 de marzo de 1989

Domingo al anochecer

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